Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 3

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Estar sujeto también requiere el cumplimiento que corresponde a las reglas establecidas para mantener el orden familiar. En las familias en que todo funciona bien, las cosas no se dejan al azar, sino que se regulan con reglas fijas. Hay un tiempo para cada cosa y cada cosa en su tiempo… Las comidas, oraciones, acostarse a la noche y levantarse a la mañana se realizan en el tiempo determinado para cada una. Es el deber obvio de cada miembro de la familia someterse a estas reglas. Los hijos y las hijas pueden estar ya mayores y pueden haber llegado a la adultez, esto no importa, tienen que someterse a las reglas de la casa, y su edad es una razón más para ser sumisos, ya que se supone que la madurez de su juicio los capacita para percibir con mayor claridad la razón de cada obligación moral. Quizá opinen que las reglas son demasiado estrictas, pero si el padre o la madre las estableció, tienen que sujetarse a ellas, en tanto sigan siendo integrantes de ese núcleo familiar, aunque sea hasta casi su vejez. Corresponde también al padre o a la madre decidir qué visitas entran en la casa: y es totalmente incorrecto que un hijo traiga o quiera traer a la casa una amistad a la cual él sabe que se opone uno de sus padres. Lo mismo se aplica a las diversiones: los padres determinan cuales serán, y ningún hijo que tiene los sentimientos correctos de un hijo querrá establecer diversiones que el gusto, y especialmente que la conciencia, de la madre o el padre prohíbe. Han ocurrido casos en que los jóvenes han invitado a tales amigos para tales diversiones en la ausencia de sus padres, aunque saben que esto es decididamente contrario a las reglas de la casa. No hay palabras para expresar lo abominable que es una acción de rebelión vil y malvada contra la autoridad paternal, y un desprecio tan carente de escrúpulos de lo que saben es la voluntad de los padres. Aun los libros que entran a la casa deben coincidir con las reglas domésticas. Si el padre o la madre prohíbe traer novelas, romances o cualquier otro libro, el hijo, en la mayoría de los casos, tiene que renunciar a sus propias predilecciones y acatar una autoridad a la cual no se puede oponer sin oponerse a los dictados de la naturaleza y la religión.

5. ES EL DEBER DE LOS HIJOS CONSULTAR CON SUS PADRES: Ellos son los guías de tu juventud, tus consejeros naturales, cuyos consejos y respuestas debes recibir con piadosa reverencia. Aun si con justa razón sospechas de la solidez o percepción que ha generado la determinación de ellos, es por tu relación con ellos que no debes emprender nada sin explicarles el asunto y obtener su opinión. Cuanto más dispuesto debes estar de hacer esto cuando tienes toda la razón de confiar en su criterio. Eres joven y sin experiencia: todavía no has andado por la senda de la vida, y siempre surgen contingencias que no tienes la experiencia para comprender… Ellos ya han andado por esa senda y conocen sus curvas, sus peligros y sus dificultades. Recurre, pues a tus padres en cada circunstancia: consulta con ellos en cuanto a tus amigos, libros y diversiones. Haz que el oído de tu padre o tu madre sea el receptor de todos tus cuidados. No tengas secretos que guardas de ellos. Consúltalos especialmente en los temas relacionados con tu vocación y matrimonio. En cuanto a lo primero, quizá necesites de su ayuda [económica], ¿y cómo puedes esperar esto si no sigues sus consejos en cuanto a la mejor manera de invertir su inversión en ti? En cuanto al matrimonio… las Escrituras nos brindan muchos ejemplos excelentes de la deferencia de los hijos a los padres en las épocas patriarcales. Isaac y Jacob parecen haber dejado la selección de sus esposas a sus padres. Rut, aunque nuera, estaba dispuesta a ser guiada enteramente por Noemí. Ismael le pidió a su madre su consejo. Sansón buscó el consentimiento de sus padres. La simplicidad de aquellas épocas ha desaparecido, y el avance de la sociedad ha traído aparejado más poder de elección por parte de los hijos. Pero éste no debe ser practicado independientemente del consejo paternal. Un anciano consagrado le dijo esto a sus hijos: “Mientras son ustedes jóvenes, escojan su vocación, cuando sean hombres, escojan a sus esposas, pero llévenme con ustedes. Es posible que los ancianos veamos más lejos que ustedes”… En todo esto, tienes que esforzarte de manera especial de que tu fe en Cristo sea consecuente y práctica, visible en toda tu conducta y más particularmente evidente en la manera amable, tierna y diligente en que cumples tus obligaciones para con ellos.

Hasta aquí el compendio de los deberes filiales. Hijos e hijas: léanlos, estúdienlos, anhelen sinceramente cumplirlos, y oran pidiendo al Dios Todopoderoso que la gracia de Cristo Jesús les ayude a llevar a cabo sus obligaciones.

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 1

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CONSIDERA con cuidado la relación que tienes con tus padres. Existe una conexión natural entre ustedes, por el hecho de que son ellos los propios instrumentos de tu existencia: una circunstancia que de por sí parece investirlos… de una autoridad casi absoluta sobre ti. Lo usual, la universalidad del vínculo, distrae de pensar en su intimidad, su ternura y su santidad. Eres, literalmente, parte de ellos y no puedes reflexionar en ningún momento en tu nacimiento sin que te impresione el peso maravilloso y solemne que llevas de tu obligación hacia tu padre y tu madre. Pero considera que no hay solamente una cuestión natural de tu deber hacia ellos, sino una conexión establecida entre ustedes. Jehová mismo ha intervenido y, uniendo el lenguaje de revelación con los dictados de la razón y la fuerza de autoridad a los impulsos de la naturaleza, te ha llamado a la piedad filial, no sólo como una cuestión de sentimientos, sino de principios. Estudia entonces la relación: piensa cuidadosa y seriamente en la conexión que existe entre ustedes. Pesa bien la importancia de las palabras padre y madre. Piensa cuánto contiene que tiene que ver contigo, cuántos oficios contiene en sí: protector, defensor, maestro, guía, benefactor, sostén de la familia. ¿Cuáles, entonces, tienen que ser las obligaciones del hijo? Lo siguiente es un breve resumen de los deberes filiales:

1. DEBES AMAR A TUS PADRES. El amor es la única actitud de la cual pueden surgir todos los demás deberes que te corresponden hacia ellos. Al decir amor, nos referimos al anhelo de cumplir los deseos de ellos. Por cierto que es lo que un padre y una madre merecen. La propia relación que tienes con respecto a ellos lo demanda. Si te falta esto, si no tienes en tu corazón una predisposición hacia ellos, tu actitud es extraña y culpable. Hasta que contraigas matrimonio, o estés por hacerlo, deben ellos, en la mayoría de los casos, ser los objetos supremos de tu cariño terrenal. No basta con que seas respetuoso y obediente y aún amable, sino que, donde no existan razones [bíblicas] para alejarte de ellos, tienes que quererlos. Es de importancia infinita que cuides tus sentimientos y no caigas en una antipatía, un distanciamiento o una indiferencia hacia ellos y que se apague tu cariño. No adoptes ningún prejuicio contra ellos ni permitas que algo en ellos te impresione desfavorablemente. El respeto y la obediencia, si no brotan del amor… son muy precarios.

Si los amas, te encantará estar en su compañía y te agradará estar en casa con ellos. A ellos les resulta doloroso ver que estás más contento en cualquier parte que en casa y que te gusta más cualquier otra compañía que la de ellos. Ninguna compañía debe ser tan valorada por ti como la de una madre o un padre bueno.

Si los amas, te esforzarás por complacerles en todo. Siempre ansiamos agradar a aquellos que queremos y evitamos todo lo que pudiera causarles un dolor. Si somos indiferentes en cuanto a agradar o desagradar a alguien es obviamente imposible que sintamos algún afecto por él. La esencia de la piedad hacia Dios es un anhelo profundo de agradarle, y la esencia de la piedad filial es un anhelo por agradar a tus padres. Joven, reflexiona en este pensamiento sencillo: el placer del hijo debiera ser complacer a sus padres. Esto es amor y la suma de todos tus deberes. Si adoptas esta regla, si la escribes en tu corazón y si la conviertes en la norma de tu conducta, dejaría a un lado mi pluma: porque ya estaría todo dicho. Ojalá pudiera hacerte entrar en razón y determinar esto: “Estoy comprometido por todos los lazos con Dios y el hombre, de la razón y revelación, del honor y la gratitud, hacer todo lo posible para hacer felices a mis padres, por hacer lo que sea que les produce placer y por evitar todo lo que les cause dolor; con la ayuda de Dios, desde este instante, averiguar y hacer todo lo que promueva su bienestar. Haré que mi voluntad consista en hacer la de ellos y que mi felicidad terrenal provenga de hacerlos felices a ellos. Sacrificaré mis propias predilecciones y me conformaré con lo que ellos decidan”. ¡Noble resolución, justa y apropiada! Adóptala, llévala a la práctica y nunca te arrepentirás. No disfrutes de ninguna felicidad terrenal que sea a expensas de ellos.

Si los amas, desearás que tengan una buena opinión de ti. Es natural que valoremos la estima de aquellos a quienes amamos: queremos que piensen bien de nosotros. Si no nos importa su opinión de nosotros es una señal segura de que ellos no nos importan. Los hijos deben anhelar y ansiar que sus padres tengan una opinión excelente de ellos. No hay prueba más decisiva de una mala disposición en un hijo o una hija que ser indiferente a lo que sus padres piensan de él o ella. En un caso así, no hay nada de amor, y el joven va camino a la rebelión y destrucción…

2. EL PRÓXIMO DEBER ES REVERENCIAR A TUS PADRES. “Honra a tu madre y a tu madre”, dice el mandamiento. Esta reverencia tiene que ver con tus sentimientos, tus palabras y tus acciones. Consiste, en parte, de tener conciencia de su posición de superioridad, o sea de autoridad, y un esfuerzo por conservar una actitud reverente hacia ellos como personas que Dios puso para estar por encima ti. Tiene que haber… un sometimiento del corazón a la autoridad de ellos que se expresa en un respeto sincero y profundo… Si no hay reverencia en el corazón, no puede esperarse en la conducta. En toda virtud, ya sea la más elevada que respeta a Dios o la clase secundaria que se relaciona con otros humanos como nosotros, tiene que ser de corazón: sin esto, dicha virtud no existe.

Tus palabras tienen que coincidir con los sentimientos reverentes de tu corazón. Cuando hablas con ellos, tu manera de hacerlo, tanto tus palabras como tu tono, deben ser modestos, sumisos y respetuosos, sin levantar la voz, sin enojo ni impertinencia ni tampoco descaro. Porque ellos no son tus iguales, son tus superiores. Si alguna vez no concuerdas con su opinión, debes expresar tus puntos de vista no con displicencia ni intransigencia como con alguien con quien disputas sino con la curiosidad humilde de un alumno. Si ellos te reprenden y quizá más fuerte de lo que te crees que mereces, tienes que taparte la boca con la mano y no ser respondón ni mostrar resentimiento. Tu reverencia por ellos tiene que ser tan grande que refrena tus palabras cuando estás en su compañía, por todo lo que ellos se merecen. Es extremadamente ofensivo escuchar a un joven irrespetuoso, grosero, hablador, que no se controla en la presencia de su madre o su padre y que no hace más que hablar de sí mismo. Los jóvenes deben ser siempre modestos y sosegados cuando está con otros, pero con mayor razón cuando sus padres están presentes. También debes tener cuidado de cómo hablas de ellos a otros. Nunca debes hablar de sus faltas… ni decir nada que puede llevar a otros a pensar mal de ellos o a ver que tú piensas mal de ellos. Si alguien ataca la reputación de ellos, con presteza y firmeza, aunque con humildad, has de defenderlos hasta donde la verdad te permita, y aún si la acusación es verdad, justifícalos hasta donde la veracidad te lo permita y protesta en contra de la crueldad de denigrar a tus padres en tu presencia.

La reverencia debe incluir toda tu conducta hacia tus padres. En toda tu conducta con ellos, dales el mayor honor. Condúcete de manera que otros noten que haces todo lo posible por respetarlos, y que ellos mismos lo vean cuando no hay nadie alrededor. Tu conducta debe ser siempre con compostura cuando están cerca, no la compostura del temor, sino de la estima…

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Honra a tu Padre y a tu Madre

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I. Los hijos deben honrar a sus padres teniéndoles un aprecio respetuoso.
Tienen que demostrarles un respeto cortés y profundo. Por eso, cuando el apóstol habla de los padres terrenales, habla también de reverenciarlos (Heb. 12:9). Esta reverencia ha de ser expresada:

(1) Interiormente, con un temor combinado con amor. “Cada uno temerá a su madre y a su padre” (Lev. 19:3). En el mandamiento, el padre es mencionado primero; aquí, la madre es mencionada primero, en parte para honrar a la madre, porque en razón de las debilidades inherentes a su sexo, es propensa a ser desdeñada por sus hijos. Y en parte porque la madre soporta más por sus hijos.

(2) Externamente tanto con palabras como con acciones. Reverenciar a los padres con palabras se refiere a cuando se habla directamente con ellos o cuando se habla de ellos a otros. “Pide, madre mía”, dijo el rey Salomón a Betsabé, su madre (1 Rey. 2:20).Cuando hablan de sus padres, los hijos deben hablar honorablemente. Tienen que hablar bien de ellos, si eso merecen. “Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada” (Prov. 31:28). Y en caso de que, por debilidad, un padre o una madre cometa una indiscreción, el hijo debe hacer todo lo posible por disculparlo con sabiduría para cubrir la desnudez de sus padres.

(3) Teniendo una conducta sumisa… José, aunque era un gran príncipe y su padre había empobrecido, se inclinó ante él y se comportó con una humildad como si su padre hubiera sido un príncipe y él mismo fuera un pobre hombre (Gén. 46:29). El rey Salomón, cuando su madre se acercó a él, “se levantó a recibirla, y se inclinó ante ella” (1 Rey. 2:19)… ¡Ay, cuántos hijos distan de rendir esta reverencia a sus padres! En cambio, los desprecian. Se comportan con tanto orgullo e indiferencia hacia ellos que son una vergüenza para el evangelio, y causan que sus padres ya ancianos vayan al sepulcro con dolor. “Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre” (Deut. 27:16). Si todos los que deshonran a sus padres son malditos, ¡cuántos hijos en nuestra época se encuentran bajo esa maldición! Si los que son irrespetuosos con sus padres viven hasta tener hijos, sus propios hijos serán una espina en su carne, y Dios les recordará sus pecados en el día de su castigo.

II. Los hijos deben honrar a los padres siendo cuidadosamente obedientes.
“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo” (Col. 3:20). El Señor Jesús fue un ejemplo en esto para los hijos. Se sujetó a sus padres (Luc. 2:51). Él, a quien se le sujetaban los ángeles, se sujetaba a sus padres. Esta obediencia a los padres se demuestra de tres maneras:

(1) Siguiendo sus consejos. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Prov. 1:8). Los padres ocupan, por así decir, el lugar de Dios. Para que te puedan enseñar el temor del Señor, tienes que atender sus palabras como si fueran oráculos y no ser como una víbora sorda, tapándote los oídos. Los hijos de Elí no siguieron los consejos de su padre y fueron llamados “impíos” (1 Sam. 2:12, 25). Y así como los hijos deben seguir los consejos de sus padres en cuestiones espirituales, deben también hacerlo en asuntos que se relacionan con esta vida, como la elección de una carrera y de contraer matrimonio. Jacob no se iba a casar, aunque ya tenía cuarenta años, sin la aprobación de sus padres (Gén. 28:1-2)… Si los padres de familia [evangélicos] aconsejaran a un hijo a formar pareja con un inconverso o católico romano, creo que este caso es obvio, y muchos de los letrados opinan que en este caso el hijo puede negarse y no está obligado a hacer lo que el padre pide. Los hijos deben “casarse en el Señor”, por lo tanto, no con personas inconversas, porque eso no es casarse en el Señor (1 Cor. 7:39).

(2) Cumpliendo sus órdenes. El hijo debe ser el eco de los padres: cuando el padre habla, el hijo debe ser su eco obedeciendo. El padre de los recabitas les prohibió beber vino. Le obedecieron y fueron felicitados por ello (Jer. 35:14). Los hijos deben obedecer a sus padres en todo (Col. 3:20). En las cosas en que no coinciden, por más que les cueste, tienen que obedecer a sus padres. Esaú obedeció a su padre cuando le ordenó que le trajera carne de venado porque probablemente le gustaba cazar. Pero se negó a obedecerle en una cuestión más importante: la elección de una esposa. Pero aunque los hijos tienen que obedecer a sus padres “en todo”, no obstante, “es dentro de la limitación de cosas justas y honestas”. “Obedeced en el Señor”, es decir, siempre que las órdenes de los padres coincidan con las órdenes de Dios (Ef. 6:1). Si ordenan algo que es contrario a Dios, pierden su derecho a ser obedecidos. En dichos casos, tienen que desobedecer.

(3) Satisfaciendo sus necesidades. José se ocupó de suplir las necesidades de su padre en su vejez (Gén 47:12). Se trata meramente de pagar una deuda justa. Los padres crían a sus hijos cuando son chicos, y los hijos deben ocuparse de sus padres en su ancianidad… Los hijos, o monstruos debiera llamarlos, son ellos mismos una vergüenza cuando se avergüenzan de sus padres cuando envejecen y decaen, y les dan una piedra cuando piden pan. Cuando las casas se ven cerradas, decimos que allí está la plaga, cuando el corazón de los hijos se cierra contra sus padres, tienen la plaga. Nuestro bendito Salvador cuidó mucho a su madre. En la cruz, encargó a su discípulo Juan que la llevara a su casa con él como si fuera su madre y se ocupara de que no le faltara nada
(Juan 19:26-27).

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 2

Blog142B

Considera también: Si estuvieras por hacer un viaje, te prepararías para hacerlo. ¿No es verdad que lo harías si fueras a viajar unas cien o doscientas millas? Si estuvieras a esta distancia de tu hogar, ¿no pensarías en éste con frecuencia? Si aparecieran obstáculos en el camino que amenazaran impedir que jamás regresaras, ¿no usarías todos tus medios y tus fuerzas para eliminarlos? ¿Eres realmente sólo un extraño y viajero sobre la tierra? ¿Vas hacia delante en un corto lapso de tiempo a un mundo eterno, donde encontrarás una morada sin fin del más profundo sufrimiento o el más perfecto gozo? ¿Se juntan muchas cosas para impedirte alcanzar el reino de los cielos? ¿Es éste tu caso? Sí, lo es. ¿Irás hacia delante, sin importante a dónde vas? ¿Sin importarte lo que te espera al entrar en aquel mundo oculto: ese mundo oculto, desconocido y sin fin de gozo inefable o de sufrimiento imposible de imaginar?… Es imposible ser demasiado serio contigo. Si alguna vez alcanzas a conocer el valor de la verdadera piedad, estarás convencido de que así es. Si viéramos a miles durmiendo al borde de un precipicio y a otros cayendo y muriendo continuamente, ¿no sentiríamos una pasión por despertar a los que todavía no han caído?

¡Ay, mi joven amigo, si has sido indiferente al evangelio de Cristo, el peligro es infinitamente peor, un peligro eterno te amenaza! ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Te ruego que despiertes! ¡Despierta antes de que sea demasiado tarde! ¡Antes de que la eternidad selle tu condenación!… ¡Despierta! Te ruego que comiences a pensar en esa sola cosa que tanto necesitas, ¡el alimento no es ni la mitad de necesario para el pobre desgraciado que se muere de hambre, ni lo es la ayuda para aquel que se hunde en el mar o para el que se está quemando en las llamas!

Quizá todo lo que te digo para conseguir tu atención lo digo en vano. ¿Será así? ¿Despreciarás a tu Dios asegurándote tu propia destrucción? ¿Serás un enemigo más cruel de ti mismo que los diablos mismos pudieran ser? ¡Ay! Si así es, ¿en qué condición estarás pronto? Pero tengo mejores esperanzas para ti, y te hago un pedido: Mira a Dios… conmigo, elevando la siguiente oración. Luego pide que tenga de ti misericordia:

UNA ORACIÓN PIDIENDO LA BENDICIÓN DIVINA SOBRE ESTE ARTÍCULO: Dios eternamente bendito y santo, tu sonrisa es vida, tu ceño fruncido es muerte. Tú tienes acceso a cada corazón y conoces todos los pensamientos de toda criatura en tu amplio dominio. Desde tu trono eterno dígnate a mirar y enseñar a una de tus criaturas más indignas a implorar humildemente tu misericordia. Sin tu amor, somos pobres en medio de la abundancia y desdichados en medio del gozo del mundo. Tu amor es placer aunque estemos en medio de sufrimientos y es riqueza en medio de la pobreza mundana. El que te conoce y te ama, aunque muerto de pobreza y hambre, es infinitamente más rico y feliz que el rey que gobierna el más amplio de los imperios, pero no te conoce. Tú eres nuestra única felicidad; no obstante, no hemos buscado en ti el bien. Tú eres nuestra única dicha; no obstante, te hemos pedido que te alejes. Tú tienes el primer y más razonable derecho a nuestro corazón; no obstante, por naturaleza, los corazones están cerrados contra ti. Pero si tú has bendecido al que da voz a esta oración porque te conoce, bendice también a los que la leen o la dicen con el mismo conocimiento del cielo.

Dios grande, sólo tú sabes lo que es el hombre: un desdichado y miserable, una criatura rebelde y esclava del pecado, un heredero merecedor de ira y condenación. Tu compasión ha abierto para él el camino de vida, ¡pero cuán pocos son los que lo encuentran! Y, ¡ah!, ninguna mano sino la tuya puede guiar al pecador en esa senda llena de paz. Duro es el corazón que tu bondad no derrite: ninguna piedra es tan dura. Frío es el corazón que tu bondad no calienta: ningún hielo es tan frío. No obstante, ¡ay!, Dios grande, así es todo corazón humano por naturaleza… ¡Pero tú tienes poder para ablandar la roca, derretir el hielo y cambiar el corazón! ¿Y acaso no es eso lo que deseas? Creador misericordioso… tú has dicho: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). Miles ahora en gloria han experimentado tu poder salvador. Los instrumentos más débiles pueden en tu mano realizar las obras más poderosas. Una piedrita y una honda pueden arrasar con el enemigo más orgulloso. Ahora, entonces, Dios compasivo, demuestra tu poder para salvar. Concede que los que lean este artículo cedan a tu persuasión y consideren seriamente lo que más los beneficia. Por medio de instrumentos débiles, tú has despertado muchos corazones indiferentes. Aun si éste es el más débil de los débiles instrumentos, magnifica tu poder y misericordia haciendo que llegue a un alma (¡Oh, que sean muchas!) con un llamado solemne y avivador. Permite que algunos de sus lectores aprendan el fin para el cual la vida les fue dada. ¡Oh, no dejes que duerman el sueño del pecado y la muerte para ser despertados por el juicio y la destrucción!

Dios benigno, enséñales que la vida no es dada para perderla por negligencia y pecado. Por el poder del evangelio, somete tú al corazón de Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas  piedra y rompe la piedra de hielo. Con una voz eficaz como la que despertará a los muertos, llama a los muertos en pecado a levantarse y vivir. Llama al joven pecador que lea estas palabras a huir de la ira que vendrá. Dios misericordioso, por tu Espíritu Conquistador haz que este escrito, que en sí es una débil caña, sea poderoso para llevar al arrepentimiento, la oración y la conversión, a algún joven que se haya descarriado de las sendas de la paz. ¡Oh tú que te compadeces del hombre desdichado, enseña a los jóvenes lectores… a tener compasión de sí mismos! No dejes que por su pecado y su necedad hagan aun de la inmortalidad una maldición. No dejes que desprecien tus llamados misericordiosos, ni que pisoteen tu amor hasta la muerte. No dejes que el infierno se regocije y el cielo llore por ellos, sino que deja que los ángeles que moran en tu presencia y los santos que rodean tu trono se gocen por
algún penitente despertado por este débil instrumento: por algún joven que acepta el evangelio de tu Hijo, encontrando en él todo bien.

¡Dios grande, concede este pedido! ¡Haz que los sufrimientos del Salvador lo impulsen! ¡Haz que la intercesión del Salvador lo obtenga! ¡Haz que las influencias del Espíritu lleven a cabo lo que aquí anhelamos!… ¡Confiérale tu Espíritu a este ruego, oh Dios de amor! ¡Confiere esas influencias de bendición, oh tú, Salvador de la humanidad, que has recibido dones para los hombres! ¡Confiérelos, oh Padre y Señor de todo, y trae a algún joven pecador a los pies de tu Hijo crucificado! Aunque sea sólo uno, haz que éste acuda a él para vida… Ahora, oh Dios de gracia, oye esta súplica y enseña al joven sincero de corazón que preste toda su atención a lo que sigue. Concede esto, Dios grande, en nombre del que murió en el Calvario aquí en la tierra, que vive, reina y ruega por el hombre en los cielos, y cuyo reino, poder y gloria son para siempre jamás. AMÉN.

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 1

Blog142A

Mi querido joven: Si alguien se levantara de entre los muertos para hablarte, si pudiera venir del otro mundo para contarte lo que allí vio, ¡con cuánta atención escucharías sus palabras y cuánto te afectarían! No obstante, un mensajero de entre los muertos no te podría decir cosas más importantes que las que ahora te ruego escuches.

He venido para rogarte que creas en DIOS, que ahora sigas al REDENTOR divino, y que andes tempranamente en la agradable senda de la piedad. ¡Ah, que pudiera yo con todo el fervor de un moribundo rogarte que te ocupes de los únicos asuntos realmente importantes! Porque, ¡de qué poca consecuencia es para ti este pobre mundo transitorio cuando tienes un mundo eterno que atender! ¡No es una insignificancia que pido des tu atención a tu vida, tu todo, tu todo eterno, tu Dios, tu Salvador, tu cielo y a todas las cosas que merecen que reflexiones en ellas y las anheles! No dejes que un extraño esté más ansioso que tú de tu bienestar eterno. Si hasta ahora no has tomado esto en serio, hazlo ahora. Ya es hora que lo hagas. Ya has malgastado
bastantes años.

Piensa en las palabras de Sir Francis Walsingham2: “Aunque reímos, todas las cosas a nuestro alrededor son serias. Dios, él que nos preserva y nos tiene paciencia, es serio. Cristo, él que derramó su sangre por nosotros, es serio. El Espíritu Santo es serio, cuando lucha por nosotros. Toda la creación es seria en servir a Dios y en servirnos a nosotros. Todos en el más allá son serios. ¡Qué apropiado es que el ser humano sea serio! Entonces, ¿cómo podemos nosotros ser superficialmente alegres?”

¿Sonríes ante estas palabras graves y dices: “Este es el lenguaje del fanatismo eeligioso”?… La advertencia amistosa puede descuidarse y las verdades de la Biblia rechazarse, pero la muerte y la eternidad pronto obligan a los corazones aun más indiferentes a estar profundamente convencidos de que la religión es lo que necesitan. Sí, mi joven amigo, es lo que necesitas. Así lo dijo el Señor de la vida (Luc. 10:42), es lo que necesitamos tú, yo y todos. Los vivientes la descuidan, pero los muertos conocen su valor. Cada santo en el cielo siente el valor de la religión al ser partícipes de las bendiciones a las que lleva. Y cada alma en el infierno sabe su valor al carecer de ellas. Es sólo sobre la tierra que encontramos a los indiferentes: ¿Serás tú uno de ellos? ¡No lo permita Dios!

Lee, te ruego, este breve mensaje orando seriamente. Recuerda que lo que busco es tu bienestar. Anhelo que seas feliz aquí y, cuando tu tiempo se haya cumplido, que seas feliz para siempre. Anhelo persuadirte que busques un Refugio en los cielos y amigos que nunca fallan. Defiendo ante ti un caso que es más importante que cualquiera que jamás se haya presentado ante un juez. No es uno que concierne al tiempo solamente, sino que concierne a una larga eternidad. No es uno del que depende alguna riqueza o reputación, sino uno del cual dependen tus riquezas eternas o pobreza eterna, gloria eterna o vergüenza eterna, la sonrisa o el ceño fruncido de Dios, un cielo eterno o un infierno eterno. Es tu caso el que defiendo y no el mío: ¿Lo defenderé en vano ante ti? ¡Ay, mi Dios, no lo permitas!

Sé, mi joven amigo, que tenemos la tendencia de leer los llamados más serios como si fueran meras formalidades, de un poco más de consecuencia para nosotros que las trivialidades que publica el periódico, pero no leas de esta manera estas líneas. Créeme: te hablo muy en serio. Lee, te ruego, lo que sigue tomándolo como un serio mensaje… de Dios para ti.

Reflexiona en lo que significarán dentro de cien años los consejos que aquí te daré. Mucho antes de entonces, habrás dejado este mundo para siempre. Para entonces, tu cuerpo, ahora vigoroso y juvenil, se habrá convertido en polvo y tu nombre probablemente habrá sido olvidado sobre la tierra. No obstante, tu alma inmortal estará viviendo en otro mundo en un gozo o sufrimiento más consciente de lo que ahora es posible. En aquel entonces, mi querido joven, ¿qué pensarás de esta advertencia de amigo? ¡Qué feliz estarás si seguiste los consejos que contiene! No te creas que los habrás olvidado. Los llamados y las bendiciones olvidados aquí serán recordados allá, cuando cada pecado será traído a la memoria del pecador… pero tu día de gracia es ahora; después, otra generación será la que viva su día de gracia.

Piénsalo: mientras tú lees esto, miles se están regocijando en el cielo porque hicieron caso en años pasados a llamados tan importantes. Antes fueron tan indiferentes como quizá lo has sido tú, pero la gracia divina les dio disposición para escuchar la Palabra de vida. Hicieron caso a las advertencias dirigidas a ellos. Encontraron salvación. Han ido a su descanso. Ahora, con cuánto placer pueden recordar el sermón ferviente Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas o el librito que bajo la mano de Dios, primero despertó su atención y primero impresionó sus corazones… Sí, creo que mientras tú lees… miles de almas desgraciadas en total oscuridad y desesperación están maldiciendo esa locura descabellada que los llevó a no escuchar las advertencias amistosas que alguna vez les dirigieron. ¡Ay, mi joven amigo, te ruego por los gozos de los santos en el cielo y por los horrores de los pecadores en el infierno que no trates con ligereza este afectuoso llamado!

Continuará …

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.