No me averguenzo. Consejos a Timoteo

¿Qué esperanza tenemos en esta vida, ante tantas dificultades e inseguridades? Las cuestiones a las que se enfrenta esta obra son tan esenciales como el problema de la vida misma, y están en la propia base de nuestra fe. Hay tantas enseñanzas, teorías e ideas, ¿pero han cambiado realmente la vida de alguien? El cristianismo dice tener la respuesta, ¿pero cómo podemos saber si funciona? La prueba que demuestra la verdad de cualquier filosofía es su puesta en práctica. ¿Qué evidencias puede presentar el Evangelio de su capacidad para salvar?; ¿qué diferencia produce realmente en la vida?.

El Doctor, como solían llamar afectuosamente al autor de este libro, Martyn Lloyd-Jones no era un doctor en teología, sino en medicina. Formado en uno de los hospitales más prestigiosos de Londres, llegó a ser asistente con sólo 23 años de uno de los médicos más eminentes de la Inglaterra de los años veinte. Este Lord Horder era especialmente conocido por su habilidad en el diagnóstico. Uno de los legados que Lloyd-Jones recibió de su maestro fue su copia personal de los Principios de Ciencia de Jevon, un tratado sobre el método lógico y científico. Cuando en 1927 su discípulo abandona su brillante carrera para hacerse predicador en un oscuro pueblo de Gales, el Doctor se hace en realidad medico de almas, poniendo su “lógica en fuego y la razón en elocuencia”, como a él le gustaba describir la predicación.

Estos mensajes evangelísticos son en realidad sermones presentados a su congregación en Westminster Chapel, Londres, la primavera de 1964. Son once predicaciones basadas en un mismo texto que encontramos en la Segunda Carta que el apóstol Pablo escribe a Timoteo, capítulo 1, versículo 12: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé en quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Sobre esta grandiosa declaración el Doctor demuestra la verdad del cristianismo, que presenta como la única respuesta a los problemas del mundo. Todos estamos enfermos sin Dios, y necesitamos esta cura, que es la salvación que recibimos por medio de Cristo Jesús en la Cruz.

La verdadera predicación ha de comenzar siempre con el problema. Porque ¿de qué nos sirve saber que Cristo es la respuesta, si no sabemos cuál es la pregunta? Lloyd-Jones siempre empezaba por eso describiendo al mundo tal y como es, perdido y desesperado. El hombre ha buscado muchas soluciones, pero todas han fracasado. ¿Qué podemos hacer entonces?; ¿cuál es la raíz de problema? La verdad es que somos pecadores, en rebelión contra Dios, pero nos cuesta aceptar el diagnóstico. Tenemos que aceptar que no hay otro remedio. Ya que solo hay un camino de salvación, solo un Salvador, Cristo Jesús.

Es esta metodología la que hace de sus sermones algo tan especial. Él trata también el temperamento de Timoteo, que era tímido como sabemos. Pero muestra que el Evangelio es para todos. El cristianismo no va dirigido a cierto tipo de personas, sino que es para todo nosotros, sea cual sea nuestro carácter. El Apóstol no se avergüenza de esta Buena Noticia. Y tampoco debemos hacerlo nosotros.

Índice
Prefacio por Christopher Catherwood

  1. El problema de la vida
  2. El verdadero cristianismo
  3. El diagnóstico correcto
  4. ¿Quién es el hombre?
  5. Cristo nuestro Salvador
  6. El propósito inmutable de Dios
  7. El camino de Dios en cuanto a la redención
  8. Vida abundante
  9. Liberados del temor
  10. «Aquel día»
  11. Seguro

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Obras, Gracia y Salvación 3

Esto nos trae al último principio, que resumiré de esta manera: El hecho de que seamos cristianos es enteramente el resultado de la obra de Dios. El verdadero problema de muchos de nosotros es que nuestro concepto de lo que nos hace cristianos es tan bajo, tan pobre. Somos incapaces de comprender la grandeza de lo que significa ser cristianos. ¡Pablo dice que “somos hechura suya”! Es Dios quien ha hecho algo, es Dios quien está obrando; somos hechura suya. No nuestras obras, sino su obra. Entonces, vuelvo a repetir que no es nuestra vida recta, ni son todos nuestros esfuerzos, ni nuestra esperanza de ser cristianos al final, lo que nos hace cristianos.

Pero permítanme decir algo más. No es tampoco nuestra decisión, nuestra “decisión de seguir a Cristo” lo que nos hace cristianos; esa es obra nuestra. La decisión tiene su lugar, pero no es nuestra decisión lo
que nos hace cristianos. Pablo dice que somos hechura suya. Vemos, pues, ¡cuán extremadamente grave es nuestro pensamiento superficial y cómo nuestras palabras superficiales representan mal al cristianismo! Recuerdo a un buen hombre —sí, un buen hombre cristiano— cuya manera de dar su testimonio era siempre: “Hace treinta años decidí seguir a Cristo y nunca me he arrepentido”. Éste era su modo de expresarlo. Éste no es el modo como Pablo describe cómo se llega a ser cristiano. “¡Somos hechura suya!”, ese es el énfasis. No algo que yo emprendí, no algo que yo decidí, sino algo que Dios me ha hecho. Aquel hombre lo hubiera expresado mejor si hubiera dicho: “Treinta años atrás, yo estaba muerto en delitos y pecados, pero Dios empezó a hacer algo conmigo, tenía conciencia de que Dios estaba haciendo algo en mí, sentía que Dios me quebrantaba, sentía las manos de Dios que me estaban renovando”. Así era como lo decía Pablo: No decía yo decidí, no yo acepté el cristianismo, no yo decidí seguir a Cristo, no señores. Eso es parte, pero viene después.

Somos hechura suya. El cristiano es alguien en el cual Dios ha obrado. Y podemos notar qué tipo de obra es, según Pablo. No es nada menos que una creación. “Creados en Cristo Jesús para buenas obras”. Al Apóstol le gustaba decir esto. Miren como lo expresa a los filipenses: “[Estoy] convencido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (1:6). ¡Dios! ¡Él es el que ha comenzado la buena obra en ustedes! ¡Es la obra de Dios! Vino cuando estaban muertos y les vivificó, les dio vida. Esto es lo que los convierte en cristianos. No nuestras buenas obras, no nuestra decisión, sino la determinación de Dios en cuanto a nosotros llevada a la práctica.

Es aquí donde comprobamos cómo nuestras ideas de lo que es ser cristiano están irremediablemente equivocadas cuando las consideramos a la luz de lo que enseña la Biblia. El cristiano es una nueva creación. No es simplemente un hombre bueno o un hombre que ha mejorado algo, es un hombre nuevo, “creado en Cristo Jesús”. Ha sido colocado en Cristo y la vida de Cristo mora en él. Somos “participantes de la naturaleza divina” (2 P. 1:4). “¡Participantes de la naturaleza divina!”. ¿Qué es un cristiano? ¿Es un hombre bueno, un hombre de buena moralidad, un hombre que cree ciertas cosas? ¡Sí, pero infinitamente más! ¡Es un hombre nuevo; la vida de Dios ha venido a su alma; ha sido “creado en Cristo, es “hechura de Dios”! ¿Se habían dado cuenta ustedes de que eso es lo que los hace cristianos? No es su asistencia a los cultos. No es cumplir ciertos deberes. Estas cosas son todas excelentes, pero nunca pueden convertirnos en cristianos. (¡Podrían convertirnos en fariseos!). Es Dios quien convierte al hombre y ésta es su manera de hacerlo. Creó todo de la nada al principio y se acerca al hombre y lo
vuelve a crear dándole una nueva naturaleza, convirtiéndolo en un hombre nuevo. El cristiano es “una nueva creación”, nada menos que esto.

“Si están ustedes interesados en las obras”, dice Pablo, “les diré qué tipos de obras son las que le interesan a Dios”. No son las obras lamentables que podemos hacer por naturaleza como criaturas en pecado. Es un nuevo tipo de obra —“Creados en Cristo Jesús para buenas obras”— ¡las buenas obras de Dios! ¿Qué significa esto? Significa que nuestro problema no es sólo que nuestro concepto del cristianismo es inadecuado, sino que nuestro concepto de las buenas obras es más inadecuado todavía. Anote en un papel las buenas obras que, según la gente, son suficientemente buenas para convertir a alguien en un cristiano. Pídales que anoten ellos todas las cosas en que confían. Anótenlas en papel y luego llévenselas a Dios y díganle: “Esto es lo que he hecho”. ¡Es una acción ridícula, es monstruosa! ¡Observen lo que están haciendo! No son las buenas obras lo que le interesa a Dios. ¿Cuáles son las buenas obras de Dios? El Sermón del Monte y la vida de Jesucristo tienen la respuesta: No sólo un poquito de bondad y moralidad, ni hacer ocasionalmente algo bondadoso y tenerlo muy en cuenta, ¡no!
¡Se trata de un amor desinteresado! “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8), que se da a otros sin contar el costo. Esas son las buenas obras de Dios. ¡Amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos! ¡No se trata de una buena acción de cuando en cuando, sino de amarlo como a nosotros mismos! ¡Olvidarnos de nosotros mismos mientras nos preocupamos por nuestro prójimo! Esas son las buenas obras de Dios. Y esas son las obras para las cuales nos ha creado.

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Obras, Gracia y Salvación 2

El primero es esta cuestión de las obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Siempre es en relación con las
obras que somos más susceptibles de jactarnos. Es aquí donde el diablo nos tienta a todos de una manera muy sutil. ¡Obras! Esa era la razón por la cual los fariseos eran los peores enemigos de Jesucristo: no porque simplemente hablaban, sino porque realmente hacían. Cuando aquel fariseo dijo: “ayuno dos veces a la semana”, estaba diciendo la verdad. Cuando dijo: “doy diezmos de todo lo que gano” era exactamente lo que hacía (Lc. 18:12). No era que los fariseos simplemente dijeran que hacían cosas, en realidad las hacían. Y por esto, resintieron tanto la predicación del Hijo de Dios y fueron los más responsables de su crucifixión. ¿Es demasiado decir que siempre es más difícil convertir a una persona buena que a una mala? Creo que la historia de la Iglesia da prueba de ello. Los peores opositores de la religión evangélica han sido siempre gente buena y religiosa. Algunos de los perseguidores más crueles en la historia de la Iglesia han sido de esta clase. Los santos siempre han sufrido al extremo a manos de gente buena, moral y religiosa. ¿Por qué? Por las obras. El verdadero evangelio siempre denuncia la dependencia de las obras y el orgullo por las obras y el jactarse de las obras, y la gente así no puede soportarlo. Toda su posición se basa en eso: En lo que son y lo que han hecho y lo que siempre han estado haciendo. Ésta es toda su posición y si se les quita eso, no tienen nada. Por lo tanto, aborrecen tal predicación y se defenderán hasta el último suspiro. El evangelio nos convierte en mendigos a todos.
Nos condena a cada uno. Nos desnuda. Pablo argumenta en todas partes que no hay diferencia ante Dios, entre el gentil que está fuera del redil y el judío religioso. “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Las
obras deben continuar, pero no ser motivo de jactancia. Sin embargo, tenemos la tendencia de jactarnos de ellas. Nos jactamos de nuestra vida recta, de nuestras buenas obras, de nuestras prácticas religiosas, de nuestra asistencia a los cultos (y particularmente si asistimos temprano en la mañana) y de muchas cosas más. Estas son las cosas, o sea, las actividades religiosas, que nos hacen cristianos. Ese es el argumento.

Pero el Apóstol expone y denuncia todo esto y lo hace, sencillamente, diciendo que hablar de las obras es volver a estar bajo la Ley. Dice que si usted piensa que su vida recta es lo que lo hace cristiano, está
volviendo a estar bajo la Ley. Agrega que hacerlo es inútil, por esta razón: Si vuelve a ponerse bajo la Ley, se condena a sí mismo porque “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20). Si trata usted de justificarse por su vida y por sus obras, va rumbo a la condenación porque las mejores obras del hombre no son suficientes a los ojos de Dios. La Ley ha condenado a todos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Por tanto, dice Pablo, no sean necios, no le den la espalda a la gracia porque al hacerlo, van camino a la condenación. Las obras de ningún hombre serán jamás suficientes para justificarlo a los ojos de Dios. ¡Qué necio pues, es volver a estar bajo las obras!

Pero no sólo eso, sigue explicando en el versículo diez, hacerlo es poner las cosas al revés. La gente como la mencionada, cree que por sus buenas obras se convierte en cristiana, mientras que Pablo dice
que es exactamente lo contrario: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. La tragedia es que las gentes piensan que hacer ciertas cosas y evitar otras, y que ayudar a los demás, es la manera de llegar a ser cristianos. “¡Qué ceguera!”, dice Pablo. La manera de considerar las buenas obras es ésta: Dios nos convierte en cristianos a fin de que podamos hacer buenas obras. No es cuestión de que las buenas obras conduzcan al cristianismo, sino que el cristianismo conduce a las buenas obras. Es exactamente lo contrario de lo que la gente tiende a creer. Por lo tanto, no hay nada que sea tan completamente contradictorio a la verdadera posición cristiana que esta tendencia de jactarse de las obras y de pensar que por lo que somos y hacemos nos convertimos en cristianos. ¡No! Dios hace que la persona
llegue a ser cristiana por gracia, por medio de la fe, y luego, siendo cristiana ésta hace sus buenas obras. La jactancia queda excluida en lo que llegar a ser cristiano se refiere. No debemos jactarnos de nuestras obras. Si de alguna manera somos conscientes de nuestra bondad o si estamos dependiendo de algo que hemos hecho, estamos negando la gracia de Dios. Es lo opuesto al cristianismo.

Pero, por desgracia, no son sólo las obras y acciones las que tienden a insinuarse. Hay algo más: ¡La fe! La fe tiende a entrar y hace que nos jactemos. Hay mucha controversia sobre el versículo 8 de Efesios 2:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La gran pregunta es a qué se refiere el “esto”. Y hay dos corrientes de opiniones. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [o sea la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”, dice una corriente. Pero según la otra corriente, el “esto” no se refiere a la “fe”, sino a la “gracia” mencionada al principio de la frase: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [esta posición de gracia] no de vosotros, pues es don de Dios”. ¿Es posible resolver la disputa? No lo es. No es una cuestión de gramática, no es una cuestión de palabras… es una cuestión que no puede ser resuelta. Y hay un sentido en el que realmente no importa para nada porque, al final de cuentas, resulta lo mismo. O sea que es importante que evitemos convertir a la fe en “obras”.

Pero hay muchos que lo hacen. Convierten su fe en un tipo de obras. Existe en nuestros días una enseñanza popular sobre evangelización que afirma que la diferencia en el Nuevo Testamento es la siguiente: En el Antiguo Testamento, Dios se dirigió a su pueblo y dijo: “Ésta es mi Ley, estos son los Diez Mandamientos, cúmplanlos y les perdonaré, y serán salvos”. Pero siguen diciendo, ahora no es así. Dios ha descartado todo eso, ya no hay ninguna Ley. Dios simplemente dice: “Cree en el Señor Jesucristo” y si lo haces, serás salvo. En otras palabras, dicen que por creer en el Señor Jesucristo el hombre se salva a sí mismo. Esto es convertir a la fe en obras porque indica que nuestra acción es lo que nos salva. En cambio, el Apóstol dice “esto”. Si “esto” se refiere a la fe o a la gracia no importa; “usted es salvo”, dice Pablo, “por gracia… y esto no de vosotros”. Si es mi creencia lo que me salva, me he salvado a mí mismo. Pero Pablo dice “no de vosotros”, no se trata de mí mismo, por lo que nunca debo hablar de mi fe de manera que sea “de mí”. Y no sólo eso. Si llegara a ser cristiano de esa manera, entonces me da algo de razón para jactarme; pero Pablo dice: “no por obras, Algunas autoridades en la lengua griega creen que esto se refiere a toda la frase “porque por gracia sois salvos por medio de la fe”, lo cual incluye la fe para que nadie se gloríe”. El jactarme tiene que ser totalmente excluido.

Por lo tanto, cuando pensamos en la fe, hemos de tener cuidado de considerarla con base en eso. La fe no es la causa de la salvación. Cristo es la causa de la salvación. La gracia de Dios en el Señor Jesucristo es la causa de salvación y nunca debemos hablar de modo que presentamos a la fe como la causa de nuestra salvación. Entonces, ¿qué es la fe? La fe no es más que el instrumento por medio del cual nos llega. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe”. La fe es el canal, es el instrumento por medio del cual nos llega esta salvación que es por la gracia de Dios. Somos salvos por gracia “por medio de la fe”. Ésta es simplemente el medio por el cual la gracia de Dios que salva, entra en nuestra vida. Por ende, tenemos que tener siempre mucho cuidado de nunca decir que el hecho de que creemos es lo que nos salva. Creer no salva. La fe no salva. Cristo salva, Cristo y su obra consumada. No nuestra creencia, no nuestra fe, no nuestro entendimiento, nada que podamos hacer nosotros; “no de vosotros”, “la jactancia queda excluida”, “por gracia, mediante la fe”.

Es indudable que toda la finalidad de los tres primeros versículos de este capítulo es mostrar que no hay otra posición posible. ¿Cómo puede el “muerto” en delitos y pecados salvarse a sí mismo? ¿Cómo puede
el hombre “muerto”, cuyo corazón está “enemistado contra Dios” (porque eso es lo que la Biblia nos dice del hombre natural), hacer algo meritorio? Es imposible. Lo primero que nos sucede, nos ha dicho el
Apóstol en los versículos 4 al 7, es que Dios “nos dio vida”. Puso una nueva vida dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque sin vida nada podemos hacer. Lo primero que necesita el pecador es vida. No puede pedirla
porque está muerto. Dios le da vida y demuestra que la tiene creyendo en el evangelio. Tener vida es el primer paso. Es lo primero que sucede. Yo no pido tener vida. Si lo pidiera, no necesitaría que me
dieran vida porque ya la tengo. Pero estoy muerto y soy un enemigo, y estoy en contra de Dios; no entiendo y estoy lleno de odio. Pero Dios me da vida. Me ha dado vida juntamente con Cristo. Por lo tanto, jactarse queda totalmente excluido, tanto jactarse de las obras como jactarse de la fe. La jactancia tiene que quedar excluida. La salvación es exclusivamente de Dios.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Obras, Gracia y Salvación 1

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. (Efesios 2:8-10).

Somos cristianos total y exclusivamente como resultado de la gracia de Dios. Recordemos que gracia significa “favor inmerecido”. Es una acción que surge enteramente del carácter divino lleno de gracia. Entonces, la proposición fundamental es que la salvación es algo que nos viene enteramente de parte de Dios. Lo que es aún más importante es que, no sólo viene de parte de Dios, sino que viene a pesar de nosotros mismos, es un favor “inmerecido”. Es decir, no es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Hay muchos que parecen creer que lo es, que la salvación es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Pero la palabra gracia niega eso. Es a pesar de nosotros. El Apóstol, como hemos visto, se ha preocupado mucho por afirmar esto… Préstele atención: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” y luego, en lugar de seguir con su tema, dice en paréntesis “(por gracia sois salvos)” (Ef. 2:5). Aquí lo dice un poco más explícitamente. La salvación no es en ningún sentido la respuesta de Dios a algo en nosotros. No es algo que en ningún sentido merezcamos o nos ganemos. La esencia total de la enseñanza aquí y en todo el Nuevo Testamento es que no tenemos ningún derecho a la salvación; que no
merecemos nada más que castigo y el infierno y ser quitados de la presencia de Dios por toda la eternidad y que, sin embargo Dios, por su propio amor, gracia y maravillosa misericordia, nos ha otorgado esta salvación. Ese pues, es el significado más exacto del término gracia.

Continuemos con este tema que enfocaron los siete versículos anteriores. ¿Cuál es la finalidad de esos versículos? ¿No es simplemente para mostrarnos el mismo tema negativa y positivamente? ¿Cuál es la
finalidad de esa horrible descripción del hombre natural como resultado del pecado en los primeros tres versículos de Efesios 2, sino para mostrar que el hombre, por estar en pecado, sólo merece castigo? Es
hijo de ira por naturaleza y, no sólo por naturaleza, sino también por su comportamiento, su conducta, por toda su actitud hacia Dios, viviendo según las normas de este mundo, siendo gobernado por el príncipe de la potestad del aire. Esa es la clase de criatura que es: Muerta en sus delitos y pecados, una criatura de pasiones, deseos de la carne, “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Ef. 2:3). No hay descripción posible más atroz. Es imposible imaginar un estado peor. Una criatura así, ¿puede merecer algo? ¿Tiene tal criatura derecho alguno a estar en la presencia de Dios? ¿Puede presentarse con un pedido o una exigencia? La finalidad del Apóstol es declarar que una criatura tal no merece nada de parte de Dios, sino justo castigo. Y luego se prepara para presentar su gran contraste: “pero Dios”… Y todo el propósito de eso es indudablemente exaltar la gracia y la misericordia de Dios, y mostrar que, aunque el hombre no merece nada de nada, Dios no sólo le da, le da generosamente y hasta lo colma de las “abundantes riquezas de su gracia” (Ef. 2:7).

Ese, por lo tanto, es el primer principio: Somos cristianos, total y exclusivamente, como resultado de la gracia de Dios. Me he referido a ese quinto versículo porque es de suma importancia en esta discusión.
Notemos la manera cómo el Apóstol lo insertó aquí, lo deslizó, lo insinuó. ¿Por qué lo hizo? Notemos el contexto. Dice que cuando “aun estando nosotros muertos en pecados”, Dios nos dio vida. Allí de inmediato agrega: “…por gracia sois salvos”. Si no lo comprendemos a estas alturas, no lo comprende-remos nunca. Lo que ha estado diciendo es esto: Estábamos muertos, lo que significa totalmente sin vida, y, por lo tanto, sin ningún tipo de habilidad y, necesariamente, lo primero era que nos vivificara, que nos diera vida. Y dice que eso es exactamente lo que Dios ha hecho por nosotros. Por lo tanto dice: “¿No lo entienden? Es por gracia que sois salvos”. Lo incluye aquí obviamente por esa razón. Es la única conclu-sión a la que podemos llegar. Las criaturas que se encontraban espiritualmente muertas, ahora están vivas, ¿cómo sucedió? ¿Puede un muerto resucitarse a sí mismo? Imposible. Hay sólo una respuesta: “Por gracia sois salvos”. Llegamos, por lo tanto, a esta conclusión inevitable: Somos cristianos en este instante, total y exclusivamente por la gracia de Dios.

El Apóstol nunca se cansaba de decirlo. ¿Qué más podía decir? Cuando recordaba aquel Saulo de Tarso blasfemo, que aborrecía a Cristo, a la Iglesia Cristiana, que respiraba amenazas y muerte y se empeñaba por exterminar al cristianismo; y luego observaba cómo era ahora, ¿qué más podía decir que: “Soy lo que soy por la gracia de Dios?”. Y tengo que confesar que no puedo comprender cómo ningún cristiano puede observarse a sí mismo y decir algo diferente. Cuando se arrodilla usted ante Dios y no percibe que sólo es “un deudor de su misericordia”, confieso que no lo entiendo. Tiene algo trágicamente defectuoso, ya sea en su sentido de pecado o en su comprensión de la grandeza del amor de Dios. Éste es un tema constante del Nuevo Testamento, es la razón por la cual los santos, a través de los siglos, siempre han alabado al Señor Jesucristo. Ven que cuando no tenían ninguna esperanza, cuando estaban realmente muertos y eran viles y repugnantes, “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3), como lo expresa Pablo cuando le escribe a Tito, Dios posó su vista sobre ellos. Mientras éramos “aún pecadores”, “siendo enemigos” (Ro. 5:8, 10) —estando enemistados, sabiéndonos extraños, viviendo totalmente
opuestos a él— fuimos reconciliados con Dios por medio de su Hijo. No podemos dejar de ver que es por gracia y sólo por gracia que somos cristianos. Es algo enteramente inmerecido, es sólo como resultado de
la bondad de Dios.

La segunda proposición, como lo he indicado, es presentada por el Apóstol en una forma negativa. Dice que el hecho de que seamos cristianos, no nos da ningún derecho a jactarnos. Esa es la forma negativa de la primera proposición. La primera es que somos cristianos, total y exclusivamente como resultado la gracia de Dios. Por lo tanto, en segundo lugar, tenemos que decir que el hecho de ser cristianos no nos da ningún derecho a jactarnos. El Apóstol lo dice en dos declaraciones. La primera es: “esto no de vosotros”. Pero no se conforma con eso, tiene que ser aún más explícito con estas palabras: “para que nadie se gloríe”. Tenemos aquí dos declaraciones de vital importancia. Es indudable que nada puede ser más fuerte que esto: “no de vosotros, para que nadie se gloríe”. Este tiene que ser siempre la prueba crucial de nuestro concepto de la salvación y de lo que nos hace cristianos.

Examínese por un momento. ¿Cuál es su idea de usted mismo como cristiano? ¿Cómo llegó a ser cristiano? Serlo, ¿de qué depende? ¿Cuál es el antecedente, cuál es la razón? Esa es la pregunta crucial, según el Apóstol la prueba vital. Su idea de cómo llegó usted a ser cristiano, ¿le dio algún derecho de jactarse de sí mismo? ¿Refleja de alguna manera sus propios méritos? De ser así, de acuerdo con esta declaración —y no vacilo en decirlo— usted no es cristiano. “No de vosotros, para que nadie se gloríe”. En el tercer capítulo de la epístola a los Romanos, el Apóstol lo dice con más claridad todavía. Hace su pregunta. Aquí, dice, está el camino de salvación y enseguida pregunta en el versículo 27: “¿Dónde, pues, está la jactancia?”. Y contesta diciendo: “Queda excluida”, fue echada por la puerta y se puso bajo llave. Aquí no hay ningún lugar para esto.

No es de sorprender que al apóstol Pablo le gustara tanto expresar esto en esa manera particular porque antes de su conversión, antes de ser cristiano, sabía mucho de jactancias. Nunca hubo alguien más
satisfecho de sí mismo, ni más seguro de sí mismo que Saulo de Tarso. Estaba orgulloso de sí mismo en todo sentido: Orgulloso de su nacionalidad, orgulloso de la tribu israelita en que había nacido, orgulloso
del hecho que había sido educado como fariseo y a los pies de Gamaliel, orgulloso de su religión, orgulloso de su moralidad, orgulloso de sus conocimientos. Nos revela todo esto en el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses. Se jactaba. Se ponía de pie y afirmaba, por así decir: “¿Quién puede negar esto? Aquí estoy, un hombre bueno, moral y religioso. Vean cómo cumplo mis deberes religiosos, vean cómo vivo mi vida, véanme en todo sentido; me he entregado a esta vida pía, santa y estoy satisfaciendo a Dios”. Esa era su actitud. Se jactaba. Se creía ser un hombre así y que había vivido de una manera de la que podía sentirse orgulloso. Jactancioso es una de las palabras que mejor lo describían. Pero cuando fue salvo, comprendió que una de las mayores diferencias de ser cristiano le significó que todo eso fue echado fuera y era irrelevante. Por eso es que usaba un lenguaje bastante fuerte. Cuando recordaba todo de lo que tanto se jactaba, decía que estimaba todo como: “pérdida y basura”. No se conformaba con decir que era malo; era vil, sucio, repugnante. ¿Jactancia? ¡Excluida! Pero el Apóstol conoce tan bien el peligro que esto representa, que no se conforma con una declaración general, sino que indica dos sentidos en particular en que somos más susceptibles de jactarnos.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

¿Cómo saber si eres parte del Reino de Dios?

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

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De lo profundo

El arrepentimiento es una cuestión que nadie puede permitirse pasar por alto. Es imposible que una persona se convierta en cristiana sin él. Asimismo, el arrepentimiento es una parte continua e indispensable de la experiencia del cristiano durante su vida en la tierra. Peca a diario y debe arrepentirse, pues, diariamente. Sin el arrepentimiento no conocerá la salvación, la santidad o un gozo verdadero en la vida cristiana.

¿Pero en qué consiste exactamente el arrepentimiento y qué es lo que implica? ¿Cómo podemos estar seguros de haber experimentado un arrepentimiento verdadero y no algo falso? ¿Cómo podemos ser cristianos verdaderamente felices?

En este conmovedor estudio del Salmo 51, el Dr. Martyn Lloyd-Jones examina estas cuestiones y otras similares con un estilo sensible, espiritual y compasivo. Los que buscan con fervor, los cristianos con dificultades y todos aquellos implicados en la labor de aconsejarles encontrarán de gran ayuda esta magistral exposición. Es un verdadero pozo de aplicación práctica y de sabiduría pastoral.

Su lectura no solo infunde humildad, sino que también constituye todo un estímulo.

Es un privilegio presentarles este libro. Consta de una serie de sermones vespertinos sobre el Salmo 51 predicados en Westminster Chapel los domingos de octubre de 1949. Esta no es la primera recopilación de los sermones de Lloyd-Jones sobre el Antiguo Testamento, y espero sinceramente que no sea la última. En lo que a mí concierne, evocan algunas maravillosas noches de domingo que se remontan ya a muchos años atrás. Nunca leo Lucas 24:44-45 sin desear haber formado parte de aquella maravillosa congregación para escuchar a nuestro Señor mismo mostrar a sus discípulos el evangelio del Antiguo Testamento. Pero él mostró el camino, y el Espíritu Santo siempre utilizará a sus siervos para enseñarnos. Deseo que Dios utilice este libro para el enriquecimiento de las almas y para su gloria.

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Apagando el Espíritu 1

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Pensamientos Martyn Lloyd-Jones

“La necesidad de arrepentimiento es otra premisa fundamental de la fe cristiana, y es también una de las verdades que más ofende a las personas. Hablar de arrepentimiento enfurece a la gente de hoy, tanto como lo hizo entre los gobernantes en Jerusalén. No existe diferencia alguna en este sentido entre el siglo I y el actual. El hecho de que el
mensaje de arrepentimiento sea considerado como un gran insulto es una prueba más de ese fariseísmo fatal que siempre es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del evangelio”.

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

El mensaje de la Biblia

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Verdadera Felicidad

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. (Salmo 1:1-2)

Una exposición del Salmo 1. La gente busca la felicidad por todas partes sin encontrar más que decepciones. Esto se debe a que la buscan como un fin en sí misma mientras que, según el Dr. Lloyd-Jones, únicamente puede hallarse en el conocimiento de Dios.

En esta exposición del Salmo 1, predicada originariamente en forma de cuatro sermones de Año Nuevo a comienzos de 1963, el Dr. Lloyd-Jones muestra la profunda diferencia que existe entre la verdadera felicidad y los falsos sustitutos que la gente intenta poner en su lugar. El Dr. Lloyd-Jones ministró en Westminster Chapel, Londres, durante treinta años hasta su jubilación en 1965. Murió el 1 de marzo de 1981.

Este primer salmo es de gran interés y los expertos están de acuerdo en que es verdaderamente significativo. Sin lugar a dudas, es una especie de introducción general a todo el libro de los Salmos. Este es un libro que enseña una filosofía concreta, una forma de ver la vida. También la encontramos en Proverbios y en los otros libros de sabiduría (Job, Eclesiastés); asimismo, la encontramos en las partes más didácticas de la Biblia, las teológicas. Pero aquí la tenemos, bajo esta forma poética en concreto, expresada como una experiencia por la que ha pasado el autor, el salmista; cómo ha entendido la enseñanza de Dios con respecto a eso y cómo Dios, en esa misma experiencia, lo ha guiado a una comprensión más profunda de sus caminos con respecto a los hombres. Este salmo es, pues, una introducción y, por tanto, tal como podríamos esperar, en él encontramos la enseñanza y la filosofía básicas de todo el libro.

UN MENSAJE

Pero al mismo tiempo, pues, y por la razón que acabo de exponer, es una introducción y un resumen muy bueno del mensaje de toda la Biblia. Porque la Biblia contiene un solo mensaje: lo expresa de diversas formas, pero se trata de un solo mensaje. Encontramos bastante geografía y geología, y bastante historia; se nos habla mucho de reyes, príncipes, guerras, luchas, nacimientos, bodas, muertes; infinitos detalles, pero un solo tema: los hombres y las mujeres en su relación con Dios y lo que Dios ha hecho por nosotros y nuestra salvación.

Hallamos esto, pues, en cada lugar y pasaje de la Biblia; y puesto que es el gran tema del Libro de los Salmos en general, también lo encontramos concentrado en este Salmo 1. Podemos decir, pues, que aquí tenemos la quintaesencia de la enseñanza de la Biblia con respecto a los hombres y las mujeres y a sus vidas en este mundo y en el tiempo. Por eso pido que prestes atención. Somos criaturas del tiempo y por eso cada año que pasar es significativo para nosotros. Dividimos el tiempo de esa forma: no tiene nada de malo si lo utilizamos correctamente. Cualquier cosa que nos haga detenernos y reflexionar y meditar, cual-quier cosa que nos haga considerar estas cuestiones y nuestra relación con el Dios todopoderoso, es positiva.

«Pero —dirá alguno—, ¿por qué nos cuentas estas cosas? ¿No te has quedado un poco anticuado? ¿No es esto una especie de anacronismo con respecto a este mundo moderno? ¿No nos puedes ofrecer algo más actual? ¿No puedes ofrecernos algo moderno? ¿No puedes ofrecernos una enseñanza nueva? Estamos en un nuevo mundo, en una época científica. ¿No puedes analizar la vida tal como es hoy día y ofrecernos tus conclusiones, así como lo que otros piensan y defienden? ¿Por qué no intentas aventurar lo que sucederá en el futuro? ¿Por qué no nos dices ~que debiéramos hacer, aquello por lo que deberíamos movilizarnos y que tendríamos que intentar que hicieran nuestros gobernantes? ¿Por qué no intentas planificar un nuevo orden mundial o una forma mejor de vivir? ¿Por qué no haces algo así, por qué retroceder a ese viejo Libro tuyo? ¿Por qué no haces algo nuevo?».

Esa, en mi opinión, es una pregunta justa. No pongo objeciones a ella. Y su respuesta se ofrece en un libro de la Biblia llamado Eclesiastés: «Nada hay nuevo debajo del sol» (Eclesiastés 1:9). ¡Nada en absoluto, nada nuevo! Si alguien pudiera demostrarme que la situación en que nos encontramos en la actualidad es verdaderamente distinta, pensaría que la argumentación precisa de un nuevo enfoque; pero creo que podré demostrar que no hay nada diferente en absoluto.

La situación de los hombres y las mujeres en el mundo sigue siendo la de siempre. Podemos advertir lo que la gente buscaba en los tiempos del salmista. La felicidad. «Feliz es el hombre —¡ahí lo tenemos!—, feliz es el hombre que no anduvo en consejo de malos»: Bienaventurado, feliz. Estaban buscando la felicidad, y este hombre lo sabía; él mismo la había estado buscando.

Hoy día, pues, la necesidad fundamental de las personas sigue siendo la felicidad. No somos las primeras personas que han deseado ser felices: el género humano siempre ‘ha estado en busca de ello. Toda la vida, la Historia y la civilización no es sino esta gran búsqueda de la felicidad. Nadie quiere ser desgraciado; nadie quiere ser infeliz; todo el mundo busca el gozo, la felicidad y el regocijo. La situación, pues, es exactamente la misma, no hay nada nuevo.

«¡Ay —dirás—, pero mira el mundo»! Pero el mundo siempre ha sido como es: un lugar de guerra y envidia; un lugar de celos, malicia, pesar y decepción. Siempre ha sido así. Puede adoptar diversas formas, pero eso no supone diferencia alguna en sí. Hubo un tiempo en que el cañón era tan terrible como lo es la bomba para nosotros.

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:


La vida en Cristo es fructifera

Nació el 20 de diciembre en Cardiff (Gales, Reino Unido). La familia se mudó a Llangeitho (Cardiganshire), escena del predicador de avivamientos Daniel Rowland (1711-90), que dio origen al movimiento calvinista metodista de Gales. La mayor parte de su vida la pasó en Inglaterra. En Londres estudió la la carrera de medicina, consiguiendo un brillante doctorado (1921).

En 1935 comenzó su relación con la Inter Varsity Fellowship (IVF). A partir de 1939, como presidente de la IVF jugó un papel importante en la creación de la Fraternidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (IFES). Contribuyó también en la creación de la Biblioteca Evangélica de Londres, donde se reune la mejor colección de literatura puritana del mundo; el London Bible College, cuyo primer director fue E.F. Kevan (v.); el Movimiento Evangélico de Gales, que continúa la tradición del antiguo calvinismo metodista de Roland y Whitefield (1714-70); y el Seminario Teológico de Londres, y El Estandarte de la Verdad, editorial dedicada por completo a rescatar la literatura puritana y reformada, puesta en olvido por entonces, a cuyo cargo estaba I.H. Murray (v.).

Aunque nunca tuvo una formación teológica de academia o seminario, ha sido uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX. Fue un gran lector de literatura reformada, puritana y moderna, con especial interés por la historia y la biografía. Agudo y penetrante como un bisturí contribuyó al renacimiento del calvinismo evangélico en todo el mundo. “No sólo conocía a los puritanos mejor que nadie, así como los clásicos del avivamiento del siglo XVIII, sino que además estaba muy documentado en la historia secular, la poesía, la política y la filosofía” (C. Catherwood).

Enseño a los estudiantes cristianos a pensar y hacer uso riguroso de la mente. Oliver Barclay dice que les enseñó a valorar y amar la doctrina, haciéndola materia poderosa y viva. Profundizó en las interioridades del alma como un maestro de la espiritualidad, su obra sobre la depresión espiritual ha pasado a la lista de los clásicos.

En 1968 dejó su ministerio de predicación, debido a una grave enfermedad. Desde entonces comenzó un ministerio literario consistente en la edición de sus sermones expositivos, en especial Romanos y Efesios. Siempre buscó restaurar la verdadera naturaleza de la predicación cristiana, consistente en exposición de la Escritura, y dependiente de la iluminación del Espíritu, sobre lo cual pronunció unas importantes conferencias en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia (EE.UU.). Supo ver que la incredulidad humana es más una cuestión moral que intelectual, por cuanto la salvación, como el pecado, afecta a la persona entera. Defensor del calvinismo ortodoxo respecto a la salvación o doctrinas de la gracia, fue a la vez un gran evangelista y entusiasta de los avivamientos, que por todos los medios trató de esclarecer y promocionar.

Predicador extraordinario y directo fue descrito por E. Brunner como “el más grande del cristianismo de hoy”. Otros le han calificado de profeta del siglo XX, en su vigoroso llamamiento al testimonio evangélico unido.

Un tiempo de gran sequía espiritual

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Hijos, autoridad y sociedad 4

Blog145D

Pero creo que hay otra implicación aquí. Hay algo acerca de esta relación entre los hijos y los padres que es única en este sentido: señala aun otra relación más elevada. Después de todo, Dios es nuestro Padre. Ese es el vocablo que él mismo utiliza, ese es el vocablo que nuestro Señor usa en su oración modelo: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Por lo tanto, el padre terrenal es, por así decir, un recordatorio del otro Padre, el Padre celestial. En la relación de los hijos con los padres, tenemos un ejemplo de la relación de toda la humanidad originalmente con Dios. Somos todos “hijos” frente a Dios. Él es nuestro Padre: “Porque linaje suyo somos” (Hech. 17:28). Así que de un modo muy maravilloso la relación entre padre e hijo es una réplica y un retrato, una predicación de esta relación total que subsiste entre los que son cristianos y Dios mismo… Toda la relación de padre e hijo debe recordarnos siempre nuestra relación con Dios. En este sentido, esta relación particular es única… Esta relación nos recuerda que Dios mismo es el Padre y que nosotros somos los hijos. Hay algo muy sagrado en cuanto a la familia, en cuanto a esta relación entre padres e hijos. Dios, de hecho, nos lo ha dicho en los Diez Mandamientos. Cuando se dispuso a dar este mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” le agregó esta promesa.

¿Qué promesa? “Que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. No cabe duda que cuando la promesa fue dada originalmente a los hijos de Israel, significaba lo siguiente: “Si quieren seguir viviendo en esta tierra de promesa a la cual los estoy conduciendo, cumplan estos mandamientos y éste en particular. Si quieren tener bendiciones y felicidad en la Tierra Prometida, si quieren seguir viviendo bajo mi bendición, cumplan estos mandamientos, especialmente éste”. No cabe duda de que esta era la promesa original.

Pero ahora el Apóstol generaliza la promesa porque está tratando aquí con gentiles al igual que con judíos seguidores de Cristo. Entonces, dice en efecto: “Ahora bien, si quieren que todo ande bien con ustedes, y si quieren vivir una vida larga y plena sobre la tierra, honren a su padre y a su madre”. ¿Significa esto que si soy un hijo o una hija que honra a sus padres voy a vivir hasta la vejez? No, esto no es así. Pero la promesa sin duda significa esto: Si quieres vivir una vida bendecida, una vida plena bajo la bendición de Dios, obedece este mandamiento. Él puede elegir mantenerte largo tiempo sobre esta tierra como un ejemplo y una ilustración. Pero sea cual fuere la edad que tengas cuando partas de este mundo, sabrás que estás bajo la bendición y la mano buena de Dios…

Esto nos trae al tercer y último punto. Fíjate cómo lo expresa el Apóstol: “Hijos, obedeced a vuestros padres. Honra a tu padre y a tu madre”. La naturaleza lo dicta, pero no sólo la naturaleza: la Ley lo dicta. Pero tenemos que ir aún más allá: ¡la Gracia! Este es el orden: naturaleza, Ley, Gracia. “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor”. Es importante que agreguemos esa frase “en el Señor” a la palabra correcta. No significa: “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor”. Es, más bien: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”. Es decir, el Apóstol esta repitiendo justamente lo que dijo en el caso de esposos y esposas. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia”. Cuando llegamos a sus palabras a los siervos dice: “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo”. Eso es lo que significa “en el Señor”. O sea que esta es la razón suprema. Hemos de obedecer a nuestros padres y honrarles y respetarles porque es parte de nuestra obediencia a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En suma, esa es la razón por la cual debemos hacerlo… Hacerlo “como al Señor”. Obedece a tu padre y a tu madre “en el Señor”. Ese es el mejor y más excelente aliciente. Agrada al Señor, es prueba de lo que dijo, estamos avalando sus enseñanzas. Dijo que había venido al mundo para redimirnos, limpiarnos de nuestros pecados, darnos una nueva naturaleza y hacernos hombres y mujeres nuevos. “Bien, compruébalo, demuéstralo con tus acciones”. Hijo, demuéstralo por medio de obedecer a tus padres: ¡serás entonces distinto a todos los demás hijos! No seas como esos hijos arrogantes, agresivos, orgullosos, fanfarrones y mal hablados que te rodean! ¡Demuestra que eres distinto, demuestra que el Espíritu de Dios mora en ti, demuestra que perteneces a Cristo! Tienes una oportunidad maravillosa, y le serás motivo de gran gozo y gran placer.

Pero hagámoslo también por otra razón. “Hijos, obedeced a vuestros padres” también por esta razón: cuando Jesús estaba en este mundo, así lo hizo. Eso es lo que encontramos en Lucas 2:51: “¿Por qué me buscabáis? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”. La frase se refiere al Señor Jesús a los doce años. Había subido a Jerusalén con María y José. Éstos habían emprendido el viaje de regreso y habían viajado un día antes de descubrir que el muchacho no estaba entre los que viajaban con ellos. Regresaron y lo encontraron en el templo, en medio de los doctores de la Ley, escuchando, y haciendo y contestando preguntas, y todos los que lo oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Y él dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Luc. 2:49). Tuvo esta experiencia a los doce años que le hizo entender cuál era su misión. Pero luego dice la Biblia que volvió con ellos a Nazaret: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos”. ¡El Hijo de Dios encarnado sometiéndose a María y José! Aunque tenía conciencia de que estaba en este mundo para atender los negocios de su Padre, se humilló a sí mismo y fue obediente a sus padres. Sigamos su ejemplo: comprendamos que lo estaba haciendo principalmente para agradar a su Padre en los cielos, a fin de poder cumplir su Ley en todo sentido y dejarnos un ejemplo para poder seguir en sus pasos.

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad 3

Blog145C

Consideremos las razones por las cuales el Apóstol da esta orden. La primera es –y las estoy poniendo en este orden particular por una razón que verás más adelante—“porque esto es justo”. En otras palabras: está volviendo a todo el orden de la creación establecido desde el principio, empezando por el libro de Génesis… Nos dice que, en lo que se refiere a los hijos, el principio existe desde el principio. Siempre ha sido así, es una parte del orden de la naturaleza, es parte de las reglas básicas de la vida. Esto es algo que encontramos no sólo entre los seres humanos, sino también en los animales. En el mundo animal, la madre cuida a su hijo pequeño que acaba de nacer, vela por él, lo alimenta y lo protege… Este es el orden de la naturaleza. La cría en su debilidad e ignorancia, necesita la protección, dirección, ayuda e instrucción que le da su progenitor. Por eso, el Apóstol Pablo dice: “Obedeced a vuestros padres… porque esto es justo”. Los cristianos no están divorciados del orden natural encontrado en toda la creación.

Es lamentable que sea necesario decirles esto a los cristianos. ¿Cómo puede ser posible que la gente se desvíe de algo que es tan totalmente obvio y se aplica al orden y curso de la naturaleza? Aun la sabiduría del mundo lo reconoce. Hay personas a nuestro alrededor que no son cristianas, pero creen firmemente en la disciplina y el orden. ¿Por qué? Porque toda la vida y toda la naturaleza lo indica. Que un hijo se rebele contra sus padres y se niegue a escucharles y obedecerles es ridículo y necio… Es antinatural que los hijos no obedezcan a sus padres. Están violando algo que claramente es parte de la estructura misma sobre la que se edifica la naturaleza humana, se ve en todas partes, de principio a fin. La vida ha sido planeada sobre esta base. Si no lo fuera, por supuesto, la vida muy pronto sería caótica, y terminaría con el fin de su propia existencia.

¡“Esto es justo”! Hay algo en este aspecto de las enseñanzas del Nuevo Testamento que me parece muy maravilloso. Demuestra que no debemos dividir el Antiguo Testamento del Nuevo. No hay nada que demuestre más ignorancia que el que un cristiano diga: “Es claro que siendo ahora cristiano, el Antiguo Testamento no me interesa”. Esto es totalmente equivocado porque, como el Apóstol nos recuerda aquí, es Dios el que creó todo al principio y es Dios el que salva. Es un mismo Dios desde principio a fin. Dios creó a varón y hembra, a padres e hijos, en todos los seres vivientes que encontramos en la naturaleza. Lo hizo de esa manera, y la vida tiene que conducirse según estos
principios. Por lo tanto, el Apóstol comienza su exhortación diciendo prácticamente: “¡Esto es justo, esto es básico, esto es fundamental, esto es parte del orden de la naturaleza! ¡No se aparten de eso! Si lo hacen, están negando su cristianismo, y negando al Dios quien estableció la vida de esta manera y la hizo funcionar según estos principios. La obediencia es justa”.

Habiendo dicho esto el Apóstol procede a su segundo punto. No sólo es lo justo, dice, sino que es también “el primer mandamiento con promesa”. “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa”. Quiere significar que honrar a los padres no sólo es esencialmente justo, sino que es una de las cosas que Dios señaló en los Diez Mandamientos. Este es el Quinto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxo. 20:12)…

¿Qué quiere decir el Apóstol con la expresión “el primer mandamiento con promesa”? Este es un punto difícil, y no podemos dar una respuesta absoluta. Es obvio que no significa que este es el primer mandamiento que tiene una promesa adjunta, porque hemos de notar que ninguno de los otros mandamientos tiene una promesa adjunta. Si fuera cierto decir que los mandamientos 6, 7, 8, 9 y 10 tienen promesas adjuntas, entonces podríamos decir: “Pablo dice que ciertamente este es el ‘primero’ de los mandamientos al que le incluye una promesa”. Pero ninguno de los otros tiene una promesa, así que ese no puede ser el significado.

Entonces, ¿qué significa? Puede significar que aquí en el quinto mandamiento comenzamos a tener enseñanzas con respecto a nuestras relaciones unos con los otros. Hasta ese momento han sido con respecto a nuestra relación con Dios, su nombre, su día, etc. Pero aquí empieza a hablar de nuestras relaciones unos con otros, por lo que puede ser el primero en ese sentido. Pero sobre todo, puede significar que es el primer mandamiento, no tanto en cuanto al orden sino al rango, y que Dios ansiaba grabar esto en la mente de los hijos de Israel por lo que agregó esta promesa a fin de hacerlo cumplir. Primero, por así decir, en rango y ¡primero en importancia! No que en última instancia alguno de éstos sea más importante que los demás, porque son todos importantes. No obstante, existe una importancia relativa.

Por lo tanto, lo interpreto así: esta es una de esas leyes que, cuando se descuidan, llevan al colapso de la sociedad. Nos guste o no, el colapso de la vida familiar tarde o temprano lleva al colapso en todas partes. Este es, sin lugar a dudas, el aspecto más peligroso de la sociedad en la actualidad. Una vez que la idea de la familia, la unidad familiar, la vida familiar se quebranta: pronto se desprovee de toda otra lealtad. Es lo más serio de todo. Y esa es quizá la razón por la cual Dios le agregó esta promesa.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad 2

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Pero existe una segunda razón por la que todos necesitamos esta enseñanza. Según las Escrituras, no sólo la necesitan los cristianos en la forma como he estado indicando, sino que los cristianos necesitan esta exhortación también porque el diablo aparece en este momento de una forma muy sutil y trata de desviarnos. En el capítulo quince del Evangelio de Mateo, nuestro Señor toca este tema con los religiosos de su época porque, de un modo sutil, estaban evadiendo uno de los claros mandatos de los Diez Mandamientos. Los Diez Mandamientos les decían que honraran a sus padres, que los respetaran y cuidaran. Pero lo que estaba sucediendo era que algunos, que pretendían ser ultra religiosos, en lugar de hacer lo que el mandamiento ordenaba, decían en efecto: “Ah, he dedicado este dinero que tengo al Señor. Por lo tanto, no puedo cuidarlos a ustedes, mis padres”. El Señor lo dijo así: “Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre” (Mat. 15:5-6). Estaban diciendo: “Esto es corbán, esto es dedicado al Señor. Por supuesto que quisiera cuidarlos y ayudarlos, pero esto lo he dedicado al Señor”. De esta manera, estaban descuidando a sus padres y sus obligaciones hacia ellos…

Por lo tanto, a la luz de estas cosas, notemos cómo el Apóstol expresa el asunto. Comienza con los hijos, valiéndose del mismo principio que usó en el caso de la relación matrimonial. Es decir, comienza con los que deben obediencia, los que han de sujetarse a ella. Comenzó con las esposas y luego siguió con los maridos. Aquí comienza con los hijos y sigue con los padres. Lo hace porque está ilustrando este punto fundamental: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). La orden es: “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Luego les recuerda el Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

De pasada, notamos el punto interesante de que aquí, nuevamente, tenemos algo que distingue al cristianismo del paganismo. Los paganos en estos asuntos no relacionaban a la madre con el padre, sino que hablaban únicamente del padre. La posición cristiana, que es la posición judía según fue dada por Dios a Moisés, coloca a la madre con el padre. El mandato es que los hijos tienen que obedecer a sus padres, y la palabra obedecer significa, no sólo escucharles, sino escucharles sabiendo que están bajo su autoridad… No sólo escuchar, sino reconocer su posición de subordinación, y proceder a ponerla en
práctica.

Pero es imprescindible que esto sea gobernado y controlado por la idea que lo acompaña: la de “honrar”. “Honra a tu padre y a tu madre”. Esto significa “respeto”, “reverencia”. Esta es una parte esencial del Mandamiento. Los hijos no deben obedecer mecánicamente o a regañadientes. Eso es malo. Eso es observar la letra y no el espíritu. Eso es lo que nuestro Señor condenaba tan fuertemente en los fariseos. No, tienen que observar el espíritu al igual que la letra de la Ley. Los hijos deben reverenciar y respetar a sus padres, tienen que comprender su posición para con ellos, y deben regocijarse en ella. Tienen que considerarla un gran privilegio, y por lo tanto, tienen que hacer lo máximo siempre para demostrar esta reverencia y este respeto en cada una de sus acciones.

La súplica del Apóstol da a entender que los hijos cristianos deben ser totalmente lo opuesto a los hijos descarriados que por lo general muestran irreverencia hacia sus padres y preguntan: “Y ellos, ¿quiénes son?” “¿Por qué tengo que escucharles?” Consideran a sus padres “pasados de moda” y hablan de ellos irrespetuosamente. Imponen su opinión y sus propios derechos y su “modernismo” en toda esta cuestión de conducta. Eso estaba sucediendo en la sociedad pagana de la cual provenían estos efesios, tal como está sucediendo en la sociedad pagana a nuestro alrededor en la actualidad. Leemos constantemente en los periódicos de cómo se está infiltrando este desorden, y cómo los hijos, según lo expresan: “están madurando tempranamente”. Por supuesto, tal cosa no existe. La fisiología no cambia. Lo que está cambiando es la mentalidad y actitud que llevan a la agresividad y un apartarse de ser gobernados por principios bíblicos y enseñanzas bíblicas. Uno escucha esto por todas partes: los hijos hablan irrespetuosamente a sus padres, los miran sin respeto insubordinándose abiertamente a todo lo que les dicen, e imponen su propia opinión y sus propios derechos. Es una de las manifestaciones más feas de la pecaminosidad y el desorden de esta época. Ahora bien, una y otra vez, el Apóstol se declara contra tal conducta, diciendo: “Hijos, obedeced a vuestros padres, honrad a vuestros padres y vuestras madres, tratadlos con respeto y reverencia, demostradles que sabéis vuestra posición y lo que significa”.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.