Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

La implicación del cristiano en la sociedad 3

4. Recordarás emplear el sábado y domingo solo para ti mismo y no desperdiciarás el tiempo asistiendo a alguna iglesia.

5.Serás feliz con tus dos madres, o tus dos padres si tienes tal privilegio, y aprenderás a ser como ellos. Pero si tienes una madre y un padre, no dudes en denunciarlos a la policía si quieren que hagas algo que no te gusta. (¡A los niños les encanta este mandamiento!).

6.No ejecutarás criminales ni matarás a enemigos en la guerra, ni usarás la fuerza para defender a gente inocente. Pero matarás a cualquier bebé no deseado, antes de que nazca, y a personas mayores si no tienen calidad de vida.

7.Tendrás tantas esposas como desees, a condición de que sea una después de otra. Para la poligamia tendrás que esperar hasta el 2038, cuando el Islam será la religión mayoritaria en Gran Bretaña y quizá en otros paises europeos.

8. No hurtarás abiertamente, pero hazlo en los negocios, en el pago de impuestos y de otras formas en que no te puedan pillar.

9.No mentirás excepto cuando sea necesario y nadie lo advierta.

10. Codiciarás todo tipo de cosas y entretenimientos, con toda clase de malos pensamientos, mientras no dañes a otras personas. Vive y deja vivir.

Si eres consciente de esta agenda secreta, tu deber es exponerla y denunciarla para que la gente sepa lo que está por venir.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene la perspectiva del Reino de Dios. El Reino incluye a la Iglesia, pero abarca mucho más que la Iglesia. Nosotros no somos solo miembros de la Iglesia sino también ciudadanos del Reino de Dios. Nuestra ciudadanía está en los cielos, pero estamos también sobre la tierra. El mundo necesita la voz profética que solo el pueblo de Dios puede dar sobre los grandes problemas del mundo.

El cristiano debería implicarse en la sociedad, porque tiene derecho a demandar de los gobernantes el cumplimiento de sus responsabilidades, puesto que ellos son también designados por Dios. Tenemos el derecho a exigir a nuestros gobernantes que no excedan sus competencias: no se supone que estén para dar directrices morales a la nación. Los ciudadanos tendrían que tener el derecho a educar a sus hijos como quieran (dentro de unos límites, por supuesto). Debemos ver el peligro del totalitarismo. El Estado no debe usurpar el lugar de Dios. Ese fue el gran pecado de la Alemania nazi (mucho peor que la matanza de seis millones de judíos). Debemos ser celosos de la gloria de Dios.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene los mismos derechos que otros ciudadanos. Pablo reclamó sus derechos como ciudadano romano. Sacó provecho de una ley que, en un sentido, era discriminatoria. ¿Es equivocado unir nuestras fuerzas con otros, para cambiar las leyes terrenales y asi conseguir ciertas ventajas? Las leyes actuales en diferentes países europeos están dificultando que los cristianos extiendan el evangelio. Por ejemplo, la ley sobre el “odio religioso” que el Parlamento británico ha estado intentando aprobar. ¿No tenemos que intentar cambiar tales leyes? ¿Es erróneo intentar cambiar las leyes de la tierra si van contra las de Dios? ¿Tenemos que esperar para ello que un porcentaje significativo de la población se convierta?

En el futuro, a los cristianos no se les permitirá hablar en contra de la homosexualidad, de otras religiones, etc. ¿Seremos felices convirtiéndonos solamente en mártires del nuevo totalitarismo? El Señor dijo a sus discípulos: “Pero cuando os persigan en una ciudad, huid a la otra” (Mt. 10:23).

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque el hecho de que la Iglesia esté separada del Estado no significa que el cristiano no pueda tratar de influir en él. El más claro ejemplo de esto son los EE.UU. de América, donde la Constitucion separa a la Iglesia del Estado, pero donde las leyes tienen una gran influencia cristiana. La situación en España es que el Gobierno ha conseguido que la mayoría de las iglesias, de toda índole, se unan para negociar con ellas diferentes asuntos. El resultado es que hay tal mezcla de ideas en estas iglesias que no pueden presentar un frente común de cara al Gobierno sobre las distintas cuestiones. Hitler intentó precisamente formar una Iglesia alemana que aceptara su régimen, pero no logró su propósito. (Es interesante que en España el Gobierno intente algo similar). De hecho, la Iglesia confesante, apoyada por Bonhoeffer, Neimoller y otros, se opuso a ese acuerdo y reaccionó contra el régimen. Las otras iglesias no hablaron claramente contra el régimen nazi y, por tanto, en un sentido colaboraron con él.

La Declaración Barmen en Alemania (1934), contra los llamados “cristianos alemanes”, es un ejemplo de lo que los cristianos pueden hacer para resistir las tendencias equivocadas en la nación y ejercer una buena influencia.

III. ¿En qué forma debería implicarse el cristiano en la sociedad?
La manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad es individualmente, no como iglesia. Es el cristiano individual en principio quien se implica, no la iglesia como tal. Pero dónde trazar la línea divisoria es algunas veces muy difícil de determinar. No obstante, esto no debería ser un obstáculo.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es denunciando leyes y prácticas que son descaradamente contra la ley de Dios: leyes que permiten tales atrocidades como matar a millones de inocentes por medio del aborto, eutanasia, experimentos con embriones, leyes inmorales que dan paso a una educación ética equivocada (no es la función del Gobierno de turno decidir entre lo que es correcto o incorrecto); matrimonios homosexuales y la adopción de niños por ellos, de modo que tengan dos madres o dos padres; prácticas como blasfemias contra Cristo, etc. Los primeros cristianos hablaron claramente contra los pecados de la sociedad. Clamaron: “Vosotros le crucificasteis”, no solo: “El fue crucificado por nuestros pecados”. Nosotros podemos decir ahora: “Vosotros habéis matado a millones de personas. iArrepentíos!”.

Yo, personalmente, he sido criticado por publicar folletos contra el aborto y películas blasfemas. Se me ha dicho que lo que hay que hacer es precisamente predicar el evangelio, porque la sociedad no cambiará de otro modo. Pero la Biblia es clara sobre estos temas: “Abre tu boca por los mudos, por los derechos de los desdichados. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado” (Pr. 31:8-9). “Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los que van con pasos vacilantes a la matanza” (Pr. 24:11). En el pasado, otros cristianos han denunciado malas leyes y prácticas y han cambiado la situación. Wilberforce apoyó la campaña por la completa abolición de la esclavitud. La Clapham Sect (compuesta por conser- vadores) movilizó a la opinión pública y presionó al Parlamento para abolir la esclavitud y legalizar el envio de misioneros a la India.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es anunciándole el juicio, tanto si escuchan como si no. Noé lo hizo durante cien años.

“Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén delante de ti, te sitiarán y te acosarán por todas partes. Y te derribarán a tierra y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación”(Lc. 19:43-44).

Finalmente, la manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad no es solo denunciando el mal y anunciando juicio, sino también haciendo bien a toda clase de personas.

Estas son las implicaciones de la gracia común. Cristo hizo bien a las personas además de predicar el evangelio. Existe el peligro de producir “cristianos de arroz” (como los llaman en Gran Bretaña) y caer en un evangelio social. Pero no obstante, aun deberíamos actuar de esa forma. Grandes hombres y mujeres cristianos hicieron mucha obra social en el pasado, sin comprometer su responsabilidad con el evangelio: reforma de prisiones, orfanatos, hospitales, trabajo de niños, crueldad hacia los animales, la Cruz Roja, etc.

No hay duda que nuestra prioridad es predicar el evangelio. Nunca deberíamos perder esto de vista. El evangelio es la única y última esperanza para la grave situación del hombre y la sociedad. Pero no usemos el evangelio como tapadera para no hacer ninguna otra cosa. El evangelio implica que el mundo, todo, pertenece a Dios. Y así nosotros deberíamos traer la influencia de Dios a todas las esferas de este mundo.

 

 

El lema de la vida

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Andrew Murray

¡Tu salvación esperé , oh Jehová! (Génesis 49:18)

No es fácil decir exactamente en que sentido usó Jacob estas palabras en medio de sus profecías con respecto al futuro de sus hijos. Pero, sin duda indican que tanto él como sus hijos esperaban solamente en Dios. Era la salvación de Dios lo que esperaban; una salvación que Dios había prometido y que Dios solo podría obrar. Jacob sabía que tanto él como sus hijos estaban bajo el cuidado de Dios; Jehová el Dios eterno mostraría en ellos su poder.

Estas palabras señalan la maravillosa historia de la redención, que no ha concluido todavía, y el glorioso futuro en la eternidad a la cual conduce. Nos sugieren que no hay más salvación que la salvación de Dios, y que el esperar de Dios esta salvación, sea para nuestra experiencia personal, o para círculos más extensos, es nuestro primer deber y nuestra verdadera bienaventuranza. Pensemos en nosotros mismos y en la gloriosa salvación que Dios ha obrado por nosotros en Cristo, y que ahora quiere perfeccionar en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Meditemos hasta que comprendamos que cada participación en su gran salvación, momento tras momento, debe ser la obra de Dios mismo. Dios no puede separarse de su gracia, bondad, fuerza como algo externo que nos entrega, como si se tratara de las gotas de lluvia que envía desde el cielo. No, Él solo puede dárnosla, y nosotros podemos disfrutar de ella obrándola directamente en nosotros y de modo incesante. Y la única razón por la cual no la realiza más efectiva y continuamente es porque no le dejamos. Se lo impedimos sea por nuestra indiferencia o por nuestro esfuerzo propio, de manera que Él no puede hacer lo que desea. Lo que nos pide, nuestra entrega, obediencia, deseo y confianza, todo ello está comprendido en esta palabra: Esperar en Él, esperar nuestra salvación de Él. Aquí se combina un sentimiento profundo de total invalidez nuestra para hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, y nuestra perfecta confianza en que Dios lo hará con su divino poder.

Extraído de Esperando en Dios

 

 

CRISTO EL PROFETA

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Aunque hay muchos nombres y títulos dados a Cristo, todos se pueden reducir a los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey. Estos son ejecutados por Cristo en el orden que los he enunciado:
Primero ejerció el oficio profético, desde su bautismo hasta el final de su vida terrenal. Al morir como Sacerdote, se ofreció como sacrificio a Dios por los pecados de su pueblo y ahora vive para siempre intercediendo por ellos. Al ascender al cielo, fue hecho y declarado Señor y Cristo. Sentado como un Rey en su trono desde entonces ha ejercido su oficio real. Lo hará aún más aparente en el más allá.
Comenzaré con su oficio profético…
PRIMERO: FUE PREDICHO QUE CRISTO APARECERÍA COMO UN PROFETA.

Por lo tanto, los judíos lo esperaban como tal. Es por eso que cuando vieron los milagros que hizo, dijeron: “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo” (Juan 6:14), significando lo que Moisés había profetizado, habiéndole dicho el Señor: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú” (Deut. 18:15, 18). Esto no puede comprenderse como una sucesión de profetas, como afirman los judíos; porque aquí habla de una sola persona… no Josué, ni David ni Jeremías, sino solo Jesús de Nazaret, a quien se refieren [los escritos de Moisés y los profetas] (Hech. 3:22; 7:37)… Fue “levantado” por Dios como profeta. De estos tenían conciencia los judíos; y por lo tanto glorificaron a Dios considerándolo como una visitación suya bondadosa y llena de gracia (Luc. 7:16). Fue levantado “en medio de sus hermanos”, siendo el Hijo de Abraham,
Hijo de David, de la tribu de Judá, nacido en Belén; de hecho era israelita según la carne.
Era “como Moisés”, un profeta, como él y más grande que él. Así como la Ley vino por Moisés, la gracia y verdad vinieron por Cristo. Así como Moisés fue levantado y enviado a ser redentor de Israel, sacándolo de la esclavitud en Egipto, Cristo fue levantado y enviado a ser Salvador y Redentor de su pueblo de una esclavitud peor que la egipcia. Así como Moisés fue fiel en la casa de Dios, lo fue también Jesús: En Hebreos 3:2-6 encontramos una comparación entre ambos en la cual Cristo tiene la preferencia. Las palabras de Dios fueron “puestas en la boca” de Cristo. La doctrina que predicaba no era suya propia, sino de su Padre. No hablaba por sí mismo, sino lo que el Padre le decía, eso hablaba; y hablaba “todo” lo que recibía de este y lo que este le mandaba. Así es que Cristo fue fiel a Aquel que lo había ungido (Juan 7:16; 8:29; 12:49-50; 15:15; 17:6, 8). Por lo tanto, Cristo fue escuchado, tal como su Padre les indicó a sus apóstoles que lo hicieran: “Este es mi Hijo amado…a él oíd” (Mat. 17:5), refiriéndose claramente a la profecía ya enunciada.

Versiculo 88
Las cualidades de Cristo para este oficio profético también fueron predichas, estas se encuentran en los dones y las gracias del Espíritu, los cuales recibió sin medida: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos” (Isa. 61:1). Cristo predicó su primer sermón en
Nazaret tomando este pasaje de las Escrituras, y habiendo leído el texto, dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Luc. 4:16-21; ver Isa. 11:1-2).
También hay en el Antiguo Testamento varios nombres dados a Cristo que se refieren a su oficio profético: “Mensajero”, el mensajero del pacto, cuya tarea era explicar y declarar su significado. Igualmente como el apóstol de nuestra profesión: “elocuente mediador muy escogido, que anuncie al hombre su deber” (Job 33:23) —un intérprete de la mente y la voluntad de Dios a quien llevaba dentro y se las revelaba, siendo su misión predicar justicia y rectitud, aun la suya, en la gran congregación. Y lo hizo (Sal. 40:9)… Es llamado “Consejero”, no solo porque estaba ocupado en el consejo de la paz, sino también porque da orientación y consejos sobre el evangelio, tanto a santos como a
pecadores (Isa. 9:6; Apoc. 3:18). Es presentado como un “Maestro” de los caminos de Dios y de las verdades del evangelio, llamados Ley o doctrina (Isa. 2:2-3; 42:4; Joel 2:23)… Además, es llamado “Luz” para alumbrar a los gentiles al igual que a los judíos y para impartir un conocimiento claro de la verdad tal como está en él mismo (Isa. 9:2; 42:6). De la misma manera, [es llamado] “testigo a los pueblos” (Isa. 55:4, y para ser testigo de la verdad es que vino al mundo. ¡Y un testigo fiel es él (Juan 18:37; Apoc. 3:14)! Todo lo que le pertenecía y que señalaba al oficio profético de Cristo apareció y se cumplió en nuestro Jesús. Sí, el mismísimo lugar y los sectores más específicos de Judea, donde principalmente iba a ejercer su función de profeta fueron predichos (ver Isa. 9:1; cf Mat. 4:12-15).

John Gill 2
SEGUNDO, LA EVIDENCIA Y PRUEBA DE QUE CRISTO ERA ESE PROFETA QUE VENDRÍA SON LOS MILAGROS QUE FUERON REALIZADOS POR ÉL.

Cuando Cristo hizo el milagro de alimentar a cinco mil personas con cinco panes y dos pececillos, algunos de los judíos que vieron el milagro se convencieron y dijeron:
Cristo el profeta  “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo”
(Juan 6:14). Y cuando resucitó al hijo de la viuda de Naín a quien llevaban para sepultar, dijeron: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros” (Luc. 7:16). Del mismo modo, por sus milagros, Nicodemo estaba convencido que había “venido de Dios como maestro” (Juan 3:2). Los judíos esperaban que cuando viniera el Mesías, haría muchos y grandes milagros. Tenían buena razón para ello: había sido predicho que así sería (Isa. 35:4-6). Por eso, cuando vieron qué clase de milagros y cuán numerosos eran los que hacía Cristo, algunos de los judíos creyeron que era el Cristo (Juan 7:31). Cuando Juan [el bautista] envió a dos de sus discípulos para que le preguntaran a Cristo si era “el que
había de venir” ––el profeta que había de venir— o si debían esperar a otro, les pide que vayan y le cuenten a Juan lo que habían visto y oído, refiriéndose a los milagros que había realizado. Los menciona específicamente y termina diciendo: “a los pobres es anunciado el evangelio” y con estas palabras finaliza su respuesta (Mat. 11:2-5).
Apelaba frecuentemente a sus milagros, no solo como pruebas de su deidad sino de que era el Mesías (Juan 5:36; 10:37-38). Estos milagros eran reales e indubitables: eran tales que superaban las leyes y el poder de la naturaleza, ¡lo cual una mera criatura nunca hubiera podido hacer!…Lo siguiente a considerar es:
TERCERO, LAS PARTES DEL OFICIO PROFÉTICO CUMPLIDO POR CRISTO, que son:
3.1 Primero, predecir eventos futuros: Por ser Dios omnisciente sabía todas las cosas del futuro… y las anunciaba, [como por ejemplo] un asna atada en cierto lugar a donde mandó a sus discípulos para que la soltaran. Les comunicó lo que los dueños les dirían sobre eso y lo que debían responder. [Predijo] a un hombre llevando una vasija de
agua, a quien sus discípulos debían seguir, lo cual los llevaría al dueño de una casa donde se prepararía la Pascua para él y para ellos (Mar. 11:2-6; 14:13, 16).
Pero más específica y especialmente, Cristo predijo sus sufrimientos y su muerte, cómo habría de morir crucificado (Mat. 16:21; 20:18-19; Juan 12:31-32), y la manera como habría de suceder su muerte ––por la traición de uno de sus discípulos a manos de sus enemigos. Sabía desde el principio quién lo entregaría y les declaró a sus discípulos en
general que sería uno de ellos; y se dirigió a Judas en particular pidiéndole que lo hiciera pronto. Y cuando llegaba el momento para que se cumpliese el ardid de Judas, Cristo le dijo a sus discípulos: “Se acerca el que me entrega”, y enseguida apareció Judas con una gran multitud y una banda de soldados para prenderlo a una señal de Judas  (Juan 6:64; 13:18, 21; Mat. 26:46-47). Cristo predijo la conducta de sus discípulos hacia él una vez preso: se escandalizarían de él lo abandonarían; y que Pedro, específicamente, lo negaría tres veces antes que cantara el gallo, todo lo cual sucedió exactamente como lo anunció (Mat. 26:31, 34, 56, 74-75).
También predijo su resurrección de los muertos el tercer día, lo cual hizo en un lenguaje más oscuro y figurativo, pero con una señal más clara y fácil, [al destacar] la señal del profeta Jonás. Y a pesar de todas las precauciones que tomaron los judíos quienes sabían que lo había predicho, así se cumplió. (Juan. 2:19; 12:39-40; Mat. 16:21; 27:63-66). Habló de cómo sus discípulos serían tratados después de su partida: que serían entregados a los concilios, y azotados en las sinagogas; y delante de gobernadores y reyes serían llevados por causa de él; serían ajusticiados y aquellos que los mataran pensarían que le habían hecho un favor a Dios. Todos esto sucedió y se cumplió en todos sus discípulos (Mat. 10:17-18; Juan 16:2). Predijo la destrucción de Jerusalén, las señales previas, sus sufrimientos y lo que luego seguiría (Mat. 24:1-51)… El libro de Apocalipsis es una profecía dada por Cristo a Juan, concerniente a todo los que sucedería a la iglesia y al mundo, en el primer caso, desde la resurrección de Cristo hasta su Segunda Venida. La mayor parte [de esto] se ha cumplido de un modo asombroso, y hay buena razón para
creer que el resto a su tiempo también se cumplirá.
3.2. Segundo, otra parte del oficio profético de Cristo es la de la predicación de la Palabra. En las Escrituras, esto a veces es llamado profecía (1 Cor. 14:3). Esto realizó Cristo al interpretar la Ley, dándole el verdadero sentido, destacando su espiritualidad y extensión, y vindicándola de los falsos comentarios de los fariseos (Mat. 5:1-48),
pero principalmente predicando el evangelio. Estaba altamente calificado para hacer esto. Lo hacía persistentemente, predicándolo en una ciudad y luego en otra, donde fuera que era enviado, y luego por toda Galilea y otras regiones (Luc. 4:43; Mat. 4:23). Lo hacía con una autoridad que los escribas y fariseos no tenían (Mat. 7:29), declarando
que lo que predicaba lo había recibido del Padre, quien le había dado a conocer su mente y voluntad sellando así las profecías. Por eso, no tenemos que hacer caso a ningunas supuestas profecías y revelaciones de hombre, que no coinciden con la Palabra de Dios (Juan 1:17; 15:15; Heb. 1:1-2; Dan. 9:24), y que Cristo enseñó libremente, con valentía y sin temor ni haciendo acepción de personas, tal como lo admitieron los
judíos mismos (Mat. 22:16). Hablaba con una sabiduría, prudencia y elocuencia, jamás vista hasta entonces (Juan 7:46) y con tal dignidad y Cristo el profeta  con palabras tan llenas de gracia ––la gracia destilaba de sus labios— que los que lo escuchaban no salían de su asombro (Sal. 45:2; Luc. 4:22). Esta parte de su oficio profético no se expresaba únicamente en el ministerio externo de la Palabra, sino también en la iluminación
poderosa e interior de la mente: en abrir el corazón, como sucedió con Lidia (Hech. 16:14) para que prestara atención a lo que se decía, y en abrirle el entendimiento para comprender las Escrituras, para recibir y hacer suyas las verdades divinas: la palabra viniendo no solo como palabra, sino con poder del Espíritu Santo y mucha seguridad.
CUARTO, EL TIEMPO CUANDO CRISTO CUMPLIÓ ESTE OFICIO:

Podemos considerar este oficio como cumplido “inmediatamente” o “mediatamente”.

4.1 Inmediatamente, por Cristo, solo por su persona misma. Esto fue aquí en la tierra en su estado de humillación. Porque vino de Dios como un Maestro, siendo enviado y ungido por él para predicar el evangelio, inició rápidamente este oficio después de su bautismo y siguió ejerciéndolo hasta su muerte, pero solo a las ovejas perdidas de
Israel a las cuales había sido enviado. Les dio a sus discípulos la comisión de predicar el evangelio a ellas solamente en ese tiempo porque era “siervo de la circuncisión”, o sea, un siervo de los judíos circuncidados y a ellos solamente (Rom. 15:8).

4.2 Mediatamente, por su Espíritu, por los profetas del Antiguo Testamento y por los apóstoles y siervos del Nuevo. En este sentido, ejerció el oficio de Profeta tanto antes como después de su estado de humillación.
4.2.1. Antes de su encarnación: De hecho, a veces sí se apareció personalmente en forma humana y predicó el evangelio a los hombres, como a nuestros primeros padres en el huerto del Edén, inmediatamente después de la Caída. Declaró que “la simiente de la
mujer”, dando por entender él mismo, “heriría [a la serpiente] en el calcañar”. Esta buena nueva, estrictamente hablando: fue “anunciada primeramente por el Señor” (Gén. 3:15; Heb. 2:3). Es así que, con el nombre de Ángel del Señor, y muy probablemente en forma humana, se apareció a Abraham y le predicó el evangelio, diciendo: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gén. 22:15-18; Gál. 3:8). Estuvo con miles de ángeles en el Monte Sinaí… Estuvo con Moisés en el desierto, le habló en el Sinaí y le dio las palabras divinas de vida (Sal. 68:17-18; Hech, 7:38)…Y así como los santos profetas 5 inmediatamente –directamente, sin nadie ni nada entre medio.
mediatamente – indirectamente, actuando a través de alguien o algo. Él mismo – algunos creen que la “semilla” incluía también a los escogidos de Dios.  desde el principio del mundo hablaron de Cristo, él, por su Espíritu, hablaba en ellos y testificaba de sus sufrimientos y de la gloria que luego vendría (1 Ped. 3:18-20; 1:11).

4.2.2. Cristo siguió ejerciendo su oficio profético después de haberse terminado su estado de humillación, y fue resucitado de entre los muertos y fue glorificado. Después de eso, se apareció a sus discípulos y les habló sobre lo que las Escrituras decían de él. Les abrió el entendimiento para que pudieran comprenderlas y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios. Los instruyó [en esas cosas] y les renovó la comisión de que predicaran y bautizaran, y la amplió. Cristo les prometió estar con ellos y con sus sucesores hasta el fin del mundo.
Para entonces, no en su propia persona, sino después de su ascensión al cielo, Cristo en y a través de sus siervos, fue y les predicó paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos, tanto judíos como gentiles. Aquellos que los oyen, lo oyen a él. Aquellos que los desprecian, lo desprecian a él. Así continúa y continuará ejerciendo su oficio profético en y a través de sus siervos y a través de su Espíritu, cuidándolos a través de las edades hasta el final de los tiempos, hasta haber recogido a todos sus escogidos.
Tomado de A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from the Scriptures
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John Gill (1697-1771): Pastor bautista, teólogo y erudito bíblico; nacido en
Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

 

John Flavel 2
Aquellos que enseñan a los hombres deben primeramente ser enseñados por
Cristo. Todos los profetas del Antiguo Testamento y todos los profetas, pastores y
maestros del Nuevo Testamento han recurrido a su antorcha para prender sus
velas… Lo que Pablo recibió del Señor, él entregó a la iglesia. Jesucristo es el
Pastor principal, y todos los pastores que son sus siervos, de él reciben sus dones y
sus comisiones. Estas cosas se dan a entender claramente en el oficio profético de
Cristo. —John Flavel

Cristo el mediador

Blog14
Nadie puede leer las Escrituras sin ver la gran importancia que estas le dan a Cristo Jesús en el plan de salvación.

(1) Dice allí que es el Primero y el Último, el Alfa y el Omega, el Autor y Consumador de nuestra fe. Es el Obispo de las almas, la Fuente de agua viva, la Cabeza de la Iglesia, la brillante Estrella de la mañana, la Rosa de Sarón, el principal entre diez mil y codiciable. Pablo sentía tal pasión por él que afirmó: “Me propuse no saber entre vosotros [los corintios] cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Cor. 2:2).

(2) En la iglesia del Antiguo Testamento era conocido con nombres y títulos [como estos]: el Ángel del pacto, el Ángel del Señor, Admirable, Consejero, el Renuevo, el Mesías o Ungido. También lo llama allí Dios Fuerte y Jehová de los Ejércitos (Isa. 6:3; 9:6). En el Nuevo Testamento su nombre personal es Jesús, o Salvador (Mat. 1:21; Luc. 2:21). Su nombre oficial es Cristo o “Ungido”. También es llamado Emanuel, o “Dios con nosotros”. A menudo se lo llama Dios y Señor.

(3) Un mediador es alguien que se pone entre dos partes que están enemistadas a fin de reconciliarlas. Cuando no están enemistadas, no puede haber mediación. “Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno” (Gál. 3:20). Si no hay partes, no puede haber un mediador. Un mediador difiere de un defensor porque este último cuida los intereses de una de las partes, mientras que el primero considera ambas. Cristo es llamado el Mediador del Nuevo Pacto, el Mediador de un pacto mejor y el Mediador del Nuevo Testamento (Heb. 8:6; 9:15; 12:24). En el Antiguo Testamento a un mediador se le llama árbitro (Job 9:33).

(4) Es correcto y apropiado, y quizá necesario, que un mediador sea un igual de ambas partes. Jesucristo llena estos requisitos para hacer su obra. Puede poner su mano sobre Dios al igual que sobre pecadores. Conoce la voluntad de Dios y los derechos de Dios. Conoce los pecados del hombre y las necesidades del hombre. No traicionará a ninguna de las partes. Ser igual a Dios no fue cosa a la cual aferrarse (Fil. 2:6).

(5) Los conflictos y controversias son de tres clases: 1. Los que surgen meramente por errores, 2. Los que resultan por faltas de ambas partes, 3. Los que resultan por faltas de solo una parte. La controversia del hombre con Dios es de esta última clase. Solo el hombre tiene culpa. Solo el hombre ha cometido faltas. Los caminos del Señor son rectos. Los caminos del hombre no son rectos. (cf. Eze. 18:25, 29; 33:17, 20).

(6) Jesucristo es el único Mediador del nuevo pacto. Así lo dice Pablo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Tim. 2:5-6). Si es malo creer en dos o más dioses, lo es también creer en dos o más mediadores. Moisés es llamado mediador una vez (Gál. 3:19). Los antecedentes del evento al cual se refiere son sencillamente estos: Moisés era un mensajero encargado de comunicar a Israel la voluntad de Dios y comunicar a Dios los anhelos del pueblo de Dios. El pasaje
se refiere a la ocasión cuando este dio la Ley, cuando la manifestación de la majestad divina fue tan terrible que Israel le pidió a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Éxo. 20:19). En la mediación entre Dios y los pecadores para asegurarles la salvación, no hay otro
mediador sino Cristo (Hech. 4:12; 1 Cor. 3:11).

(7) La gran finalidad de la mediación de Cristo es la salvación de su pueblo. Así lo dijo el ángel que anunció su nacimiento: “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21). “Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Ef. 5:23). Como mediador, no hace acepción de personas. Su cuna, raza, riquezas, honores, color y nacionalidad no son nada para él. Descarta totalmente todas las distinciones culturales o las inventadas por el hombre. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3:28). Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6).

(8) La necesidad de un mediador se debe a la santidad y justicia de Dios y a los temores, la culpabilidad y los sufrimientos del hombre. Dios es tan santo que no puede tolerar la maldad (Hab. 1:13). ¿Y cómo puede el hombre, librado a su propio criterio, ser justo con Dios? (Job 9:2). No hay dos cosas más opuestas entre sí que la vileza del hombre y la pureza de Dios.

(9) Jesucristo fue escogido por su Padre para ser el Mediador (Isa. 42:1; 1 Ped. 2:4). Dios no eligió a ningún otro para la misma obra. No se otorgó él mismo su oficio. Su Padre declaró repetidamente que sentía complacencia en Cristo y con su actuar. Haberlo levantado de entre los muertos y exaltado a su diestra es la prueba más fehaciente de que se complacía en él. Dios honró grandemente a Moisés cuando lo enterró en un lugar secreto, pero nunca lo sentó a su diestra.

(10) Es grandioso vivir bajo la mediación de Cristo. Por medio de él, contamos con maravillosos descubrimientos del carácter y la gloria de  Dios. Por medio de él son enviadas  influencias celestiales para atraernos a Dios. Jamás se han hecho ofrecimientos más gloriosos a las criaturas que los ofrecimientos de vida y salvación. A los que aceptan
la mediación de Jesucristo le son dadas las bendiciones más ricas que existen. Esto dice Pablo a los creyentes: “Porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor. 3:21-23). “Donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:17-18). “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Cor. 5:1). “Y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Cor. 6:17-18). Todas estas innumerables bendiciones son seguras para el que cree en el Señor Jesucristo y deposita en él toda su esperanza y toda su salvación. La eternidad misma no agotará las riquezas indescriptibles que ha asegurado Cristo para los creyentes.
(11) Es cosa seria vivir en obediencia al evangelio. Nadie puede despreciar la mediación de Jesucristo sin incurrir en la peor de las culpas y exponerse a los más graves peligros. “Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y
desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su
voluntad” (Heb. 2:2-4). No hay nada más pecaminoso o peligroso que pisotear al Hijo de Dios, tratando su sangre como inmunda y afrentando al Espíritu de gracia (Heb. 10:28-29).
Tomado de “Theology for the People”.
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William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano, predicador
del evangelio y autor de numerosos libros; nacido en Greensburg, PA.

La Supremacía de Cristo

Blog11

Me pregunto si es adecuado tener un libro “favorito” en la Biblia. La idea rechina como las uñas sobre una pizarra. ¿Qué nos induciría a preferir una porción de la Palabra de Dios más que otra? Oír a Dios decir lo que sea es una delicia tal para el alma que cada palabra que salga de su boca debería excitar el alma en la misma medida. Quizás cuando alcancemos la gloria, nuestra delicia en Él y en su Palabra será tal que no entenderá de grados comparativos.

Mientras tanto, tenemos nuestras variadas inclinaciones. Cuando pienso en libros “favoritos” de la Biblia, siempre coloco la carta a los Hebreos muy cerca de la parte más alta. ¿Por qué? En primer lugar, este libro conecta, de una forma magistral, el Antiguo Testamento y el Nuevo. Lo que dice San Agustín es verdad: “El Nuevo está escondido en el Antiguo y éste se revela en el Nuevo”. El puente entre los dos es el libro de Hebreos.

Hebreos es un libro de comparaciones y contrastes. El Nuevo Pacto se ve contra el telón de fondo del Antiguo. El Nuevo se ve como algo mejor. “Mejor” es la palabra clave. El Nuevo Pacto es mejor porque es más global (incluye a los gentiles); tiene un mejor Mediador; un mejor Sumo Sacerdote; un mejor Rey y una mejor revelación de Dios.

Lo que tiene el Nuevo Pacto, que falta en el Antiguo, es el cumplimiento del Mesías prometido. En una palabra, tenemos a Jesús, el Verbo hecho carne.

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De hecho, mientras el autor de Hebreos (que, según creo, era Pablo, posiblemente a través de un escribiente) describe la persona y la obra de Jesús, el comparativo cambia rápidamente al superlativo. No basta con ver a Jesús como alguien simplemente “mejor” que lo que vino con anterioridad. Él es más que mejor: es el mejor.

A este respecto, Hebreos se centra en la supremacía de Cristo. Hablar de “supremacía” es hablar de lo que está “por encima” o “sobre” los demás. Alcanza el nivel de lo que es “súper”. En nuestro lenguaje se refiere a aquello (o aquél) que es lo más grande en poder, autoridad o rango. También se usa para describir aquello (o aquel) que tiene la mayor importancia, relevancia, carácter o logro: lo máximo.

En todas estas áreas de consideración, Jesús figura como lo máximo o lo supremo: supremo en poder, rango, gloria, autoridad, importancia, etc.

La alta cristología de Hebreos se levanta contra el trasfondo del Antiguo Testamento. Hebreos comienza con la certificación de que Cristo es la suprema revelación de Dios: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo. Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder” (He. 1:1-3a).

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Aquí, la supremacía de Cristo es su preeminencia sobre los profetas del Antiguo Testamento. Aquellos profetas hablaron la Palabra de Dios, pero Cristo es la Palabra de Dios. No es un simple profeta dentro de una larga lista. Él es el Profeta por excelencia. Esta revelación suprema viene de él, Aquél que es más que un profeta, el propio Hijo de Dios. En este pasaje de apertura en el libro de los Hebreos hay suficiente cristología de peso para ocupar a los astutos teólogos durante toda su vida sin que puedan agotar su riqueza. Aquí se ve a Cristo como Creador del mundo y Aquel que lo defiende por su poder. Él es el Creador de todas las cosas y el Heredero de todas ellas. Es el resplandor mismo de la gloria de Dios. De nuevo, no basta con decir que es el reflejo supremo de la gloria divina. No; él es el resplandor de esa gloria. Es la expresión de la imagen de la persona de Dios, Aquel que lleva el imago dei de forma suprema.

A continuación, Hebreos establece el contraste entre la persona y la función de los ángeles y Jesús. Ningún ángel llega al nivel de unigénito Hijo de Dios. Los ángeles no deben ser adorados, pero a ellos sí se les ordena que adoren a Cristo. El Reino no se da a los ángeles; se le da a Cristo que es el único que se sienta a la derecha de Dios Padre, en la posición de autoridad cósmica. Cristo tiene la supremacía sobre los ángeles en todas las formas posibles y no debe ser confundido como uno de ellos.

Luego, el autor de Hebreos detalla la supremacía de Cristo sobre Moisés. Con toda seguridad, Moisés es la persona que más se exalta en el Antiguo Testamento por su papel como mediador de la Ley. Leemos: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad a Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. El cual fue fiel al que le designó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios. Porque Él ha sido considerado digno de más gloria que Moisés, así como el constructor de la casa tiene más honra que la casa. Porque toda casa es hecha por alguno, pero el que hace todas las cosas es Dios. Y Moisés fue fiel en toda la casa de Dios como siervo […] pero Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios, cuya casa somos nosotros […]” (He. 3:1-6a).

Los contrastes aquí se encuentran entre el siervo de la casa, el constructor y el propietario de la misma. El constructor y propietario están por encima del siervo de la casa. Moisés pudo conducir al pueblo a la tierra prometida terrenal, pero no guiarlos a su reposo eterno.

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Después de esto, se ve a Cristo como Sumo Sacerdote supremo. Los sumos sacerdotes de la antigüedad no eran más que sombras de la realidad que había de venir. Los sacrificios de la antigüedad se ofrecían con regularidad; Cristo ofrece el verdadero sacrificio y lo hizo una vez y para siempre. Los antiguos sacerdotes ofrecían objetos distintos a ellos mismos. El Sumo Sacerdote Supremo se ofreció a sí mismo, sacrificio perfecto. Él es el sujeto y, a la vez, el objeto del supremo sacrificio de expiación.

Finalmente, el sacerdocio de Cristo difiere de aquél de la antigüedad en el que Cristo sirve tanto de Sumo Sacerdote como de Rey. En el Antiguo Pacto, el rey debía venir únicamente de la tribu de Judá. Los sacerdotes debían ser consagrados de la tribu de Leví (según Aarón). Pero Jesús no era levita. Era un sacerdocio diferente, según un orden distinto: el orden de Melquisedec. Este aparece de forma extraña ante Abraham en su condición de rey y sacerdote a quien éste rinde obediencia. Hebreos argumenta que Abraham es mayor que Leví, y Melquisedec es mayor que Abraham y por tanto mayor que Leví. La condición de sumo sacerdote y rey eternos se da a Cristo en cumplimiento del Salmo 110.

Estas referencias no son más que unas cuantas de las riquezas expuestas en Hebreos que declaran la supremacía de Cristo.

 

Robert Charles Sproul (nacido el 13 de febrero de 1939) es un teólogo calvinista estadounidense, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ligonier Ministries.

http://www.ligonier.org/