La exposición de los lobos

El siglo II de la era cristiana vio a la Iglesia emerger de las sombras y comenzar a empuñar armas en el mundo de las ideas. 

El inicio no fue fácil. A principios de siglo, el emperador Trajano (98-117), uno de los cuatro «emperadores buenos» (junto con sus sucesores Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), tomó como política no buscar cristianos y rechazar las denuncias anónimas. De este modo, los cristianos eran perseguidos solamente cuando se daban a conocer. Esta política pudiera entenderse como tolerante y benevolente, pero el resultado, por supuesto, fue el martirio precisamente de aquellos cristianos que no estaban dispuestos a guardar silencio sobre su fe. 

Las autoridades imperiales no fueron los únicos que hostigaron a los cristianos. La hostilidad pagana hacia el cristianismo creció a lo largo del siglo, y numerosos paganos escribieron duramente en contra de este. Los más famosos fueron Luciano de Samósata y el filósofo Celso, cuya diatriba anticristiana, Discurso Verdadero, inspiró la obra apologética de Orígenes de Alejandría, Contra Celso

No obstante, fue un movimiento al interior de la misma Iglesia, un movimiento que se mostraba a sí mismo como una élite, con un entendimiento superior del cristianismo, el que presentó el desafío más significativo a la Iglesia creciente. Este movimiento fue conocido como gnosticismo. 

Irónicamente, el martirio de Potino, obispo de Lyon en la Galia, quien fue llevado a la muerte por Marco Aurelio, el «emperador filósofo», alrededor del 177 d. C., trajo a la fama al hombre que más hábilmente respondió a los gnósticos. Ireneo sucedió a Potino como obispo y llegó a ser uno de los más efectivos defensores tempranos de la verdad cristiana, entregándole a la Iglesia una clara definición frente a la desviación más peligrosa de la ortodoxia cristiana. 

En una época se creyó que el gnosticismo había surgido desde dentro de los círculos cristianos, esto debido a que se había hecho notorio principalmente por los intentos de los cristianos ortodoxos de refutarlo. Más recientemente ha salido a la luz que el gnosticismo, por el cual se entiende un fenómeno subversivo existente dentro del campo cristiano, era el aspecto cristiano de un movimiento gnóstico mucho más grande, que incluso afectaba al judaísmo y al mundo pagano. Hoy existe un paralelo distinto al movimiento gnóstico del segundo siglo. Es conocido como Nueva Era, y tal como el antiguo gnosticismo, tiene representantes dentro de la cristiandad y fuera de ella. 

El gnosticismo, así como el movimiento gnóstico más amplio fuera de la Iglesia, era un fenómeno de muchos rasgos como para caracterizarlo en un par de párrafos —tal como lo es hoy la Nueva Era— pero hay algunas características sobresalientes que eran comunes a la mayoría de los gnósticos. Como su nombre implica (tomado de la palabra griega gnosis, que significa «conocimiento»), los gnósticos consideraban que el conocimiento, o un tipo particular de conocimiento, era la clave para la comprensión de toda verdad y la fuente de salvación. Los gnósticos «cristianos» enseñaron que el Cristo de los Evangelios y los Evangelios mismos eran de hecho una revelación, pero de un nivel inferior, adecuada para los de mente simple (tal como el mundo intelectual y la élite mediática mira hoy a la religión evangélica).

Por lo tanto, el gnosticismo era elitista, pues consideraba que solo una parte de la humanidad, la verdaderamente espiritual, era capaz de recibir la gnosis salvadora o conocimiento oculto, que se transmitía en secreto y que no estaba disponible para la gran masa de personas. Las personas menos espirituales, irremediablemente sumidas en el mundo material, eran rechazadas como «terrenales».

En términos tanto de contenido como de actitud, el movimiento gnóstico representaba una tendencia humana recurrente; como ya se ha sugerido, ha reaparecido en nuestra propia época como el movimiento Nueva Era, con su increíble variedad de ideas fantásticas. Por esta razón, es útil observar el gnosticismo cuasi-cristiano y ver cómo la Iglesia evitó ser subvertida por él, con Ireneo como figura destacada en la lucha.

El combate no solamente se libró en el plano intelectual; parte de la razón del éxito que tuvo la Iglesia en su autodefensa yació en la prontitud con la que líderes de congregaciones individuales tomaron medidas contra los infiltrados o conversos gnósticos. Estos fueron rápidamente identificados, denunciados como falsos creyentes y expulsados. La mayoría de los líderes verdaderamente cristianos reconocieron instintivamente el peligro de tolerar sus ideas, que alegaban, tal como lo ofrecieron, un tipo de conocimiento más elevado a la élite intelectual o la élite en potencia en sus congregaciones. Aún así, la pronta acción disciplinaria de los líderes congregacionales no habría sido suficiente sin el trabajo de los primeros teólogos, quienes contrarrestaron la amenaza gnóstica al tratar en detalle tanto sus principios generales como sus errores particulares.

Uno de los enfoques favoritos de los gnósticos era afirmar que creían y respetaban las enseñanzas del evangelio, y que simplemente estaban trayendo verdades más grandes y secretas a aquellos que eran lo suficientemente espirituales como para recibirlas. En consecuencia, una de las principales tácticas de opositores tales como Ireneo fue insistir en que el mensaje canónico del evangelio era completamente suficiente y que otras verdades aparentes no eran mejoras sino que, de hecho, representaban un peligro real para la salvación, porque la salvación viene por creer en el evangelio, no por aceptar una gnosis elitista.

La necesidad de definir, aclarar y justificar la legítima creencia cristiana frente a las nociones fantasiosas del gnosticismo llevó a Ireneo a producir una de las primeras obras importantes en la teología cristiana, Adversus Haereses [Contra las herejías]. Al leer a Ireneo, incluso podríamos decir que el gnosticismo fue una ayuda para el cristianismo porque estimuló la buena teología cristiana.

Ireneo sucedió a Potino como obispo de Lyon alrededor del 177 d. C., luego de que Potino fuera martirizado. Anteriormente, había sido discípulo de Policarpo, quien también había sido martirizado ya anciano cerca del 167 d. C., durante el reinado del mismo «emperador bueno», Marco Aurelio. Por lo tanto, Ireneo sabía de primera mano el peligro de defender a Cristo en el mundo multicultural y tolerante a la religión del emperador filósofo. Los cristianos del siglo XXI en Estados Unidos probablemente no enfrentan un peligro mayor que ser despreciados y posiblemente perder sus empleos por presentar la enseñanza exclusivista de que la salvación se encuentra solo en Jesucristo. Pero si Ireneo pudo defender la verdad cristiana contra el gnosticismo en los días en que atraer la atención pública como cristiano podía llevar a la muerte, ciertamente deberíamos ser capaces de rechazar sus variantes modernas cuando el peor peligro que corremos es ser denunciados como políticamente incorrectos o intolerantes. Desde la perspectiva de los protestantes ortodoxos del siglo XXI, la exaltación de Ireneo de la suficiencia del evangelio contra las supuestas mejoras de los gnósticos también ofrece un ejemplo útil de cómo manejar la afirmación del catolicismo romano de que la tradición es una fuente esencial de doctrina además de las Escrituras.

El gnosticismo presentaba tres grandes amenazas para los primeros cristianos. Primero, se agregaron «verdades» gnósticas secretas al registro del evangelio, diluyendo los fundamentos de la fe bíblica con enseñanzas extrañas y a menudo fantásticas. Segundo, la afirmación de los maestros gnósticos de tener acceso a verdades secretas socavaba la autoridad de los obispos y presbíteros. Tercero, la impartición de la gnosis solo a un cuerpo selecto o autoseleccionado de buscadores dividió las congregaciones y les dio a los gnósticos neófitos una razón para exaltarse a sí mismos como miembros verdaderamente «espirituales» de una clase de élite muy por encima del rebaño común de aquellos que tenían únicamente una «fe simple».

Además de la Nueva Era, el gnosticismo del siglo II tiene un paralelo en nuestros días en otro tipo de tentación gnóstica, a saber, una fascinación por la experiencia teológica y una disposición acompañante para tomar lo que los «expertos» nos dicen en sus palabras. Algunos que han obtenido doctorados y otras distinciones en el estudio de las Escrituras y la teología actúan como si supieran algo nuevo y verdaderamente esencial, a lo que los cristianos más simples solo pueden acceder al escucharlos. Naturalmente, estos «cristianos más simples», crédulos, inadvertidamente alimentan el elitismo autoinfatuado de estos maestros cuando con su aprendizaje superior difieren, cuestionan o contradicen las claras enseñanzas de las Escrituras.

Como obispo, Ireneo comenzó insistiendo en la autoridad de la comunidad de obispos, afirmando que uno puede estar seguro de la verdad solo si está en comunión con los líderes que han sido designados para defenderla. Su insistencia en la autoridad de los obispos como grupo y no en el obispo de Roma como único jefe de la Iglesia a menudo se ha utilizado como argumento en contra de la supremacía papal. En un controvertido pasaje en Contra las herejías, Ireneo habla de Roma como el lugar donde las iglesias se reúnen y dan fe de su unidad, pero no el lugar al que se someten.

Nadie de la generación de Ireneo pudo estar mejor arraigado que él en la tradición ni, de haber sido necesario, tenido un mejor acceso al conocimiento secreto, porque Ireneo había sido alumno de Policarpo, y Policarpo había sido alumno del apóstol Juan. Esta herencia le da a sus escritos la autenticidad inusual de una conexión distante con el último de los discípulos originales de Cristo. Si Cristo realmente hubiera impartido un conocimiento secreto a su círculo más íntimo durante los 40 días posteriores a la resurrección, que es una de las supuestas fuentes de gnosis, Ireneo habría estado en una buena posición para aprenderlo.

Al igual que Lucas en su Evangelio y en Hechos, Ireneo escribió Contra las herejías para un amigo. El amigo le había preguntado sobre el sistema de Valentín, un atractivo maestro que quería ser considerado un verdadero cristiano, solo que más conocedor (gnóstico) que el rebaño común. Valentín, el gnóstico más importante del siglo II, era un hombre altamente educado y sensible, lleno de celo y pathos religioso. Desafortunadamente, sus doctrinas transformaron la fe simple del evangelio en algo muy diferente. Podríamos comparar a Valentín con un teólogo moderno cuya genialidad y encanto nos hacen perder de vista la naturaleza errónea de sus enseñanzas.

En varios capítulos del Libro I, Ireneo describe el elaborado sistema de Valentín con cierto detalle; de hecho, Contra las herejías es una de nuestras mejores fuentes para conocer a Valentín y su típico rechazo gnóstico de la doctrina bíblica de la creación. Para los gnósticos, la entidad espiritual suprema era demasiado elevada para que se contaminara (a sí misma) mediante la producción o interacción con la materia básica. (La adhesión de la mayor parte del mundo educativo contemporáneo a la evolución naturalista es una presuposición tan grande como la idea gnóstica de que el espíritu no puede afectar la materia). A los ojos gnósticos, la materia era mala y el único Proarché (Protoprincipio) espiritual del cual vinieron todas las cosas no pudo haberse contaminado mediante el contacto con ellas. Valentín, por lo tanto, concibió un orden descendente de entidades espirituales, llamadas eones, un número inmenso con muchos nombres exóticos, agrupados en formaciones con otros nombres exóticos, que incluyen, por ejemplo, la Pléroma (plenitud), la Ogdóada (grupo de ocho), la Década (10) y la Docena (12). Finalmente, al final de una larga y confusa lista de entidades espirituales cada vez menos puras, se genera el mundo burdo de la materia.

Por supuesto, Valentín realmente no tuvo éxito en explicar cómo la creación ex nihilo de la Escritura pudo ser pasada por alto por los eones espirituales que gradualmente se convirtieron en materia, pues nunca resolvió realmente la cuestión de cómo la materia puede existir a través de la degeneración de aquello que es espiritual. La proliferación de sus eones simplemente ocultó la contradicción.

Sin embargo, Ireneo lo expuso de manera brillante y con mucho humor. Luego de entrar en el sistema de eones de Valentín, con sus nombres imaginativos y fascinantes, Ireneo escribió una parodia que expone lo absurdo de evadir la doctrina de la creación mejor que cualquier descripción que podamos idear:

Nada obstaculiza a nadie, al tratar el mismo tema (el origen de la materia a partir del espíritu), para colocar nombres de la siguiente manera: hay un cierto Proarché (Protopincipio), real, que supera todo pensamiento, un poder que existe antes que cualquier otra sustancia, y extendido en el espacio en todas las direcciones. Pero junto con él existe un poder que yo llamo Calabaza, y junto con esta Calabaza existe un poder que nuevamente llamo Vacío Absoluto. Esta Calabaza y este Vacío, dado que son uno, produjeron (y, sin embargo, no produjeron, para estar separados de sí mismos), una fruta, visible en todas partes, comestible y deliciosa, que el lenguaje de las frutas llama Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, que nuevamente llamo Melón. Estos poderes, la Calabaza, el Vacío Absoluto, el Pepino y el Melón, produjeron la multitud restante de los melones delirantes de Valentín.

Ireneo merece respeto por la amplitud y claridad de su pensamiento, y se ubica entre los principales teólogos del cristianismo primitivo. Hizo mucho más que refutar el gnosticismo, contribuyendo a nuestra comprensión de la encarnación, de la obra de Cristo y de la naturaleza humana. Sin embargo, su exitosa defensa contra el gnosticismo haría más para las futuras generaciones que cualquier otro trabajo suyo. ¿Podemos seguir su ejemplo de los melones delirantes al tratar con los innumerables absurdos de la Nueva Era?

El Dr. Harold O.J. Brown fue profesor de teología en Reformed Seminario Theological Seminary en Charlotte, N.C.

Paganos y Cristianos

Lo que sigue es un extracto de John G. Paton: Missionary to the New Hebrides (John G. Paton: Misionero a las Nuevas Hébridas) editado por James Paton. Esta extraordinaria autobiografía exhibe las maravillas de la gracia salvífica de Dios. Tras años trabajando duramente entre los caníbales, Dios usó el que Paton cavara un pozo para extraer agua, para quebrantar la garra del paganismo y llevar a los caníbales a inclinarse delante de nuestro Dios soberano. Asombrados al ver el agua saliendo de la tierra, en el pozo, el viejo jefe Namakey dio más tarde su testimonio en la iglesia misionera de Paton:

“Mi pueblo… el pueblo de Aniwa… ¡el mundo está trastocado desde que la palabra de Jehová vino a esta tierra! ¿Quién esperó jamás ver la lluvia subiendo y atravesando la tierra? ¡Siempre había descendido de las nubes! Maravillosa es la obra de este Dios Jehová. Ningún dios de Aniwa había respondido jamás las oraciones como lo ha hecho el Dios de Missi. Amigos de Namakey, todos los poderes del mundo no podían habernos obligado a creer que la lluvia podía salir de las profundidades de la tierra, si no lo hubiéramos visto con nuestros ojos, tocado y probado como lo hacemos aquí. Ahora, con la ayuda de Jehová Dios, el Missi puso ante nuestros ojos esa lluvia invisible de la que nunca habíamos oído hablar ni habíamos visto y… (golpeándose el pecho con la mano, exclamó)… Aquí, dentro de mi corazón, algo me dice que Jehová Dios existe de verdad, el Invisible del que nunca supimos hasta que Missi lo puso en nuestro conocimiento. Se ha eliminado el coral y la tierra se ha limpiado y ¡he aquí que surge el agua! Invisible hasta este día, aunque de todos modos estaba allí, pero nuestros ojos eran demasiado débiles. De modo que yo, vuestro jefe, ahora creo firmemente que cuando muera, cuando se quiten los trozos de coral y los montones de polvo que ahora ciegan mis viejos ojos, veré al invisible Dios Jehová con mi alma, como me dice Missi. Y así será, tan cierto como que he visto la lluvia subir de la tierra de abajo. Desde este día, pueblo mío, debo adorar al Dios que ha abierto el pozo para nosotros y que nos llena de lluvia de abajo. Los dioses de Aniwa no pueden escuchar, no pueden ayudarnos como el Dios de Missi. De aquí en adelante soy un seguidor de Jehová Dios. Que todo aquel que piense como yo vaya ahora a buscar a los ídolos de Aniwa, los dioses a los que temían nuestros padres y los echen al suelo, a los pies de Missi. Quememos estas cosas de madera y piedra, enterrémoslas y destruyámoslas, y que Missi nos enseñe cómo servir al Dios al que no podemos escuchar, el Jehová que nos dio el pozo y que nos dará cualquier otra bendición porque Él envió a su Hijo Jesús a morir por nosotros y llevarnos al cielo. Esto es lo que Missi nos ha estado diciendo cada día desde que desembarcó en Aniwa. Nos reímos de él, pero ahora creemos lo que nos dice. El Dios Jehová nos ha enviado lluvia de la tierra. ¿Por qué no nos mandaría también a su Hijo desde el cielo? ¡Namakey, levántate para Jehová!

Este discurso y la perforación del pozo hicieron el trabajo de quebrantar el paganismo que había en Aniwa. Aquella misma tarde, el viejo jefe y varios hombres de su pueblo trajeron sus ídolos y los echaron a mis pies, junto a la puerta de nuestra casa. ¡Oh, qué entusiasmo tan intenso durante las semanas que siguieron! Unos tras otros vinieron hasta allí, cargados con sus dioses de madera y piedra, haciendo montones con ellos, entre las lágrimas y los sollozos de algunos y los gritos de otros, entre los que se podía oír la palabra “¡Jehová! ¡Jehová!” repetida una y otra vez. Echamos a las llamas todo lo que se podía quemar; otras cosas fueron enterradas en hoyos de entre tres metros y medio y cuatro metros y medio de profundidad y, unas pocas, las más susceptibles de poder alimentar o despertar la superstición, las hundimos muy lejos, en la profundidad del mar. ¡Que ningún ojo pagano pueda volver a fijarse en ellos nunca más!

Con esto no quiero indicar que, en todos los casos, sus motivaciones fueran elevadas o iluminadas. No faltaron los que deseaban hacer pagar a este nuevo movimiento ¡y se disgustaron en gran manera cuando nos negamos a “comprar” sus dioses! Al decirles que Jehová no estaría satisfecho, a menos que ellos los entregaran por su propia voluntad y los destruyeran sin dinero o recompensa, algunos se los volvieron a llevar y esperaron toda una estación junto a ellos y otros, los tiraron con desprecio. Se celebraron reuniones y se pronunciaron discursos, ya que estos vanuatuenses son oradores irreprensibles, floridos y sorprendentemente gráficos. A esto, le seguía mucha conversación y la destrucción de los ídolos continuó aprisa. Enseguida dos Hombres Sagrados y algunas otras personas escogidas se constituyeron como una especie de comité detective que descubriera y expusiera a quienes fingieron entregarlos todos, pero seguían escondiendo ciertos ídolos en secreto, y para alentar a los indecisos a que vinieran a una profunda [conversión] a Jehová. En aquellos días intensos, llenos de entusiasmo, “estuvimos quietos” y vimos la salvación del Se-ñor.

Ahora nos rodeaban en manadas en cada reunión que celebrábamos. Escuchaban con avidez la historia de la vida y la muerte de Jesús. Voluntariamente iban adoptando alguna que otra prenda de vestir. Y todo lo que sucedía, se nos sometía de forma completa y fiel buscando nuestro consejo o información. Uno de los primerísimos pasos en la disciplina cristiana que dieron con buena disposición y casi de forma unánime fue pedir la bendición de Dios en cada comida y alabar al gran Jehová por su pan de cada día. A cualquiera que no actuara así se le consideraba pagano. (Pregunta: ¿cuántos blancos paganos hay?). El siguiente paso, que se dio como si fuera por consenso común y que no fue menos sorprendente que gozoso, fue una forma de adoración familiar, cada mañana y cada noche. Sin lugar a duda, las oraciones eran con frecuencia muy extrañas y se mezclaban con muchas supersticiones que quedaban; pero eran oraciones al gran Jehová, el compasivo Padre, el Invisible… no más dioses de piedra.

Eran características llamativas, por necesidad, de nuestra vida como cristianos en medio de ellos: oración familiar mañana y tarde, y gracia a la mesa; de ahí que, de la forma más natural, su instintiva adopción e imitación de aquello, como primeras muestras externas de la disciplina cristiana. Cada casa donde no hubiera oración a Dios en la familia, se consideraba por ello pagana. Era una prueba directa y práctica de la nueva fe; en un sentido amplio (y, en lo que cabe, es desde luego muy amplio, cuando subyace algo de sinceridad), la prueba era una sobre la que no podía haber error por ninguna de las partes.


Tomado de John G. Paton y James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

La Adoración familiar puesta en práctica 4

3. Para orar

Sean breves: Con pocas excepciones, no oren durante más de cinco minutos. Las oraciones tediosas hacen más mal que bien.

No enseñen en su oración: Dios no necesita la instrucción. Enseñen con los ojos abiertos; oren con los ojos cerrados.
Sean simples sin ser superficiales: Oren por cosas de las que sus hijos sepan ya algo, pero no permitan que sus oraciones se vuelvan triviales. No reduzcan sus oraciones a las peticiones egoístas y poco profundas.

Sean directos: Desplieguen sus necesidades delante de Dios, defiendan su causa y pidan misericordia. Nombren a sus hijos adolescentes y a los pequeños, y las necesidades de cada uno de ellos a diario. Esto tiene un peso tremendo en ellos.

Sean naturales, pero solemnes: Hablen con claridad y reverencia. No usen una voz poco natural, aguda o monótona. No oren demasiado alto ni bajo, demasiado rápido o lento.

Sean variados: No oren todos los días por las mismas cosas; eso se vuelve monótono. Desarrollen mayor variedad en la oración recordando y enfatizando los diversos ingredientes de la oración verdadera como: La invocación, la adoración y la dependencia. Empiecen mencionando uno o dos títulos o atributos de Dios, como “Señor misericordioso y santo…”. Añadan a esto una declaración de su deseo de adorar a Dios y su dependencia de Él por su ayuda en la oración. Por ejemplo, digan: “Nos inclinamos humildemente en tu presencia. Tú que eres digno de ser adorado, oramos para que nuestras almas puedan elevarse a ti. Ayúdanos por tu Espíritu. Ayúdanos a invocar tu Nom-bre, por medio de Jesucristo, el único por quien podemos acercarnos a ti”.

Confesión de los pecados familiares: Confiesen la depravación de nuestra naturaleza, luego los pecados reales, sobre todo los cotidianos y los familiares. Reconozcan el castigo que merecemos a manos de un Dios santo y pídanle a Él que perdone todos sus pecados por amor a Cristo.

Petición por las mercedes familiares: Pídanle a Dios que los libre del pecado y del mal. Podrían decir: “Oh Señor, perdona nuestros pecados a través de tu Hijo. Somete nuestras iniquidades por tu Espíritu. Líbranos de la oscuridad natural de nuestra mente y la corrupción de nuestros propios corazones; de las tentaciones a las que fuimos expuestos hoy”.

Pídanle a Dios el bien temporal y espiritual: Oren por su provisión para toda necesidad en la vida diaria. Rueguen por sus bendiciones espirituales. Supliquen que sus almas estén preparadas para la eternidad.

Recuerden las necesidades familiares e intercedan por los amigos de la familia: Recuerden orar para que, en todas estas peticiones, se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, no permitan que la sujeción a la voluntad de Dios les impida suplicarle que escuche sus peticiones. Implórenle por cada miembro de su familia, en su viaje a la eternidad. Oren por ellos basándose en la misericordia de Dios, en su relación de pacto con ustedes y en el sacrificio de Cristo.

Acción de gracias como una familia: Den gracias al Señor por la comida y la bebida, por las misericordias providenciales, las oportunidades espirituales, las oraciones contestadas, la salud recobrada y la liberación del mal.

Confiesen: “Por tus misericordias no hemos sido consumidos como familia”. Recuerden la Pregunta 116 del Catecismo de Heidelberg, que declara: “Dios dará su gracia y su Espíritu Santo sólo a aquellos que, con deseos sinceros, le piden de forma continua y son agradecidos por ellos”.

Bendigan a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho. Pidan que su Reino, poder y gloria se manifiesten para siempre. Luego, acaben con “Amén” que significa “ciertamente así será”.

Matthew Henry dijo que la adoración familiar matinal es, de forma especial, un tiempo de alabanza y petición de fuerza para el día y de bendición divina sobre las actividades de la familia. La adoración vespertina debería centrarse en el agradecimiento, las reflexiones de arrepentimiento y las humildes súplicas para la noche.

4. Para cantar

Canten canciones doctrinalmente puras: No hay excusa para cantar un error doctrinal, por atractiva que resulte su melodía. (De ahí la necesidad de himnos doctrinalmente sanos como el Himnario Trinity).

Canten salmos principalmente sin descuidar los himnos sólidos: Recuerden que los Salmos, denominados por Calvino “una anatomía de todas las partes del alma”, son la mina de oro más rica de la piedad profunda, viva y experimental que sigue disponible hoy para nosotros.

Canten salmos sencillos si tienen hijos pequeños: Al escoger Salmos para cantar, busquen cánticos que los niños puedan dominar fácilmente y canciones que sean particularmente importantes para que puedan aprenderlas. Elijan canciones que expresen las necesidades espirituales de sus hijos en cuanto al arrepentimiento, la fe, la renovación del corazón y de la vida; cánticos que revelen el amor de Dios por Su pueblo y el amor de Cristo por los corderos de su rebaño. Palabras como justicia, bondad y misericordia deberían ser señaladas y explicadas de antemano.

Canten con ganas y con sentimiento: Como afirma Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Mediten en las palabras que están cantando. En ocasiones, expliquen una frase del cántico.

Después de la adoración familiar

Al retirarse para pasar la noche, oren pidiendo la bendición de Dios sobre la adoración familiar: “Señor, usa la instrucción para salvar a nuestros hijos y hacer que crezcan en gracia para que puedan depositar su esperanza en ti. Usa la alabanza que brindamos a tu nombre en los cánticos para acercar tu nombre, tu Hijo y tu Espíritu a sus almas inmortales. Usa nuestras oraciones para llevar a nuestros hijos al arrepentimiento. Señor Jesucristo, que tu soplo esté sobre nuestra familia durante este tiempo de adoración con tu Palabra y tu Espíritu. Haz que sean tiempos vivificantes”.


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La Adoración familiar puesta en práctica 3

3. Solemnidad esperanzada. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”, nos dice el Salmo 2. Es necesario que mostremos este equilibrio de esperanza y sobrecogimiento, de temor y fe, de arrepentimiento y confianza en la adoración familiar. Hablen con naturalidad, pero con reverencia, durante ese tiempo, usando el tono que utilizarían para hablar con un amigo al que respetan profundamente, de un tema serio. Esperen grandes cosas de un gran Dios que cumple el pacto.

Seamos ahora más específicos:

1. Para la lectura de las Escrituras
Tengan un plan: Lean diez o veinte versículos del Antiguo Testamento por la mañana y unos diez a veinte del Nuevo Testamento por la noche. O lean una serie de parábolas, milagros o porciones biográficas. Sólo asegúrense de leer toda la Biblia a lo largo de un periodo de tiempo. Como dijo J. C. Ryle: “Llena sus mentes (de los hijos) con las Escrituras. Que la Palabra more en ellos ricamente. Dales la Biblia, toda la Biblia, aunque sean pequeños”.

Para las ocasiones especiales: Los domingos por la mañana, podrían leer los Salmos 48, 63, 84 o Juan 20. En el Sabbat (el Día del Señor), cuando se debe administrar la Santa Cena, lean el Salmo 22, Isaías 53, Mateo 26 o parte de Juan 6. Antes de abandonar la casa para las vacaciones familiares, reúnan a su familia en el salón y lean el Salmo 91 o el Salmo 121.

Involucren a la familia: Cada miembro de la familia que pueda leer debería tener una Biblia para seguir la lectura. Establezcan el tono leyendo las Escrituras con expresión, como el Libro vivo, viviente que es.

Asignen varias porciones para que las lean sus esposas e hijos: Enseñen a sus hijos cómo leer de manera articulada y con expresión. No les permitan murmurar ni leer a toda prisa. Muéstrenle cómo leer con reverencia. Proporcionen una breve palabra de explicación a lo largo de la lectura, según las necesidades de los hijos más pequeños.

Estimulen la lectura y el estudio de la Biblia en privado: Asegúrense de que sus hijos acaben el día con la Palabra de Dios. Podrían seguir el Calendario para las lecturas de la Biblia de M’Cheyne, de manera que sus hijos lean toda la Biblia por sí mismos una vez al año. Ayuden a cada niño a construir una biblioteca personal de libros basados en la Biblia.

2. Para la instrucción bíblica
Sean claros en cuanto al significado: Pregúntenle a sus hijos si entienden lo que se está leyendo. Sean claros al aplicar los textos bíblicos. A este respecto, el Directorio de la Iglesia de Escocia de 1647 proporciona el siguiente consejo:

“Las Sagradas Escrituras deberían leerse de forma habitual a la familia; es recomendable que, a continuación, consulten y, como asamblea, hagan un buen uso de lo que se ha leído u oído. Por ejemplo, si algún pecado ha sido reprendido en la palabra que se ha leído, se podría utilizar para que toda la familia sea prudente y esté vigilante contra éste. O si se amenaza con algún juicio en dicha porción de las Escrituras leída, se podría usar para hacer que toda la familia tema que un juicio como éste o peor caiga sobre ellos, a menos que tengan cuidado con el pecado que lo provocó. Y, finalmente, si se requiere algún deber o se hace referencia a algún consuelo en una promesa, se puede usar para fomentar que se beneficien de Cristo para recibir la fuerza que los capacite para realizar el deber ordenado y aplicar el consuelo ofrecido en todo lo que el cabeza de familia debe ser el patrón. Cualquier miembro de la familia puede proponer una pregunta o duda para su resolución (Párrafo III)”.

Estimulen el diálogo familiar en torno a la Palabra de Dios, en línea con el procedimiento hebraico de pregunta y respuesta de la familia (cf. Ex. 12; Dt. 6; Sal. 78). Alienten sobre todo a los adolescentes para que formulen preguntas, hagan que salgan de su caparazón. Si desconocen las respuestas, manifiéstenselo; incítenlos a buscar las respuestas. Tengan uno o más, buenos comentarios a mano como los de Juan Calvino, Matthew Poole y Matthew Henry. Recuerden que si no les proporcionan respuestas a sus hijos, irán por ellas a cualquier otro lugar y, con frecuencia, serán las incorrectas.

Sean puros en la doctrina: Tito 2:7 declara: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad”. No abandonen la precisión doctrinal cuando enseñen a sus hijos; que su objetivo sea la simplicidad y la solidez.

Que la aplicación sea pertinente: No teman compartir sus experiencias cuando sea adecuado, pero háganlo con sencillez. Usen ilustraciones concretas. Lo ideal es que vinculen la instrucción bíblica con lo que hayan escuchado recientemente en los sermones.

Sean afectuosos: Proverbios usa continuamente la expresión “hijo mío”, mostrando la calidez, el amor y la urgencia en las enseñanzas de un padre temeroso de Dios. Cuando deban tratar las heridas de un padre amigo a sus hijos, háganlo con amor sincero. Díganles que deben transmitirles todo el consejo de Dios porque no pueden soportar la idea de pasar toda la eternidad separados de ellos. Mi padre solía decirnos, con lágrimas en los ojos: “Niños, no quiero echar de menos a ninguno de ustedes en el cielo”. Háganles saber a sus hijos: “Les permitiremos cada privilegio que la Biblia nos permita claramente darles, pero si les negamos algo, deberán saber que lo hacemos por amor”. Como declaró Ryle: “El amor es un gran secreto de entrenamiento exitoso. El amor del alma es el alma de todo amor”.

Exijan atención: Proverbios 4:1 advierte: “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura”. Padres y madres tienen importantes verdades que transmitir. Deben pedir que en sus hogares se escuchen con atención las verdades divinas. Esto puede implicar que se repitan al principio normas como estas: “Siéntate, hijo, y mírame cuando estoy hablando. Estamos hablando de la Palabra de Dios y Él merece ser escuchado”. No permitan que sus hijos abandonen sus asientos durante la adoración familiar.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La vida a la Luz de la Cruz

Al igual que muchos creyentes reformados, alabo a Dios por Su asombrosa gracia, que no solo se manifestó al salvarme, sino también al hacer que después conociera las doctrinas de la gracia. Recuerdo claramente cuando al fin pude ver que la Escritura enseñaba la soberanía de Dios en todas las cosas: que había nacido de nuevo hace muchos años, no porque yo mismo lo hubiera decidido (Jn 1:13) sino porque Dios me ama (Ef 2:4) y me justificó por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo (2:8); que Él está obrando todo conforme al consejo de Su voluntad (1:11), y que mi vida y mi futuro están seguros en Sus manos (Jn 10:28). Incluso aprendí a cantar: «¡Oh, maravilla de Su amor, por mí murió el Salvador!». Sin embargo, durante muchos años permití que la fe reformada que acababa de descubrir, e incluso la cruz de Cristo, alimentaran un orgullo espiritual pecaminoso en mí. En vez de humillarme y crecer en amor por los demás miembros del cuerpo de Cristo, me gloriaba en mi superioridad teológica. Tomaría muchos años de la obra santificadora del Espíritu para yo poder ver mi corrupción y debilidad remanente, y para que el asombroso amor de mi Salvador crucificado se desbordara en mi vida y alcanzara a los quebrantados, a los débiles y a los heridos que me rodeaban por todos lados.

La Escritura confirma claramente lo que sabemos que es cierto por revelación general: que la vida de este lado de la gloria está marcada por la debilidad. Los espinos, los abrojos y el sudor de la maldición (Gn 3) nos afectan a todos. Incluso después de haber sido justificados únicamente por la gracia de Dios mediante la fe sola (Rom 3:24-25), e incluso después de haber sido salvados por el poder de la palabra de la cruz (1 Co 1:18), gemimos interiormente en este cuerpo de flaqueza, aguardando la redención de nuestro cuerpo (Rom 8:23). Sin embargo, mientras esperamos, debemos ser equipados para poder servir y ministrar en un mundo caído como parte del cuerpo unificado del Señor Jesucristo (Ef 4:12), quien fue prometido «como luz para las naciones, para [abrir] los ojos a los ciegos, para [sacar] de la cárcel a los presos, y de la prisión a los que moran en tinieblas» (Is 42:6-7).

Lamentablemente, a menudo son nuestros propios ojos los que necesitan abrirse a lo que nos rodea y a la obra que Dios nos llama a realizar. En vez de gloriarnos en nuestro conocimiento teológico superior, el Espíritu de Dios nos exhorta a que animemos «a los desalentados, [sostengamos] a los débiles y [seamos] pacientes con todos» (1 Tes 5:14). De hecho, ¿acaso no somos nosotros, los que vivimos a la luz de la cruz, los medios por los cuales Él alcanza a los débiles? Nuestras órdenes son claras: «Porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien le auxilie. Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará» (Sal 72:12-13) y «A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles» (1 Co 9:22).

Un punto de inflexión en mi propia vida fue cuando empecé a trabajar con «los pobres y necesitados» en la cárcel de mi condado como capellán a tiempo parcial. Aunque durante años me parecía mucho a los cristianos de Éfeso descritos en Apocalipsis 2, que eran prontos para identificar la herejía teológica pero no tenían amor, servir en la cárcel del condado me abrió los ojos para poder ver las maneras prácticas en que la obra consumada de Cristo y Su Espíritu poderoso están actuando en los más estropeados, débiles, extraviados y heridos.

Hay un día específico que se destaca en mi mente, en el que conocí a un joven centroamericano al que acababan de arrestar por ser acusado de un cargo muy serio, uno que ahuyentaría a la gente «respetable». Era tan serio que ameritaba que él estuviera bajo vigilancia para impedir que se suicidara. Le llevé una Biblia en español, busqué la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14) y lo animé a leerla en voz alta. Con la Biblia sobre los barrotes de su celda, observé que las lágrimas caían a raudales por su rostro y empapaban las páginas del evangelio de Lucas. Luego, al igual que el recaudador de impuestos, clamó con el corazón quebrantado: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Fue un momento santo, una obra poderosa del Espíritu de Dios que hizo que ese joven volviera a su litera justificado esa noche y yo regresara a casa profundamente afectado. Volví a darme cuenta de que, ante la cruz de Cristo, ese hombre y yo ahora éramos parte del mismo cuerpo espiritual: que éramos pecadores débiles y heridos, sin esperanza y necesitados de gracia. Pero ahora, en Cristo Jesús, los dos «que en otro tiempo [estábamos] lejos, [hemos] sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2:13).

Justo la semana pasada, otro nuevo creyente de la cárcel me mandó a decir que necesitaba «confesarme algo». Lo primero que pensé fue que aún tenía remanentes del catolicismo romano, pero cuando al fin nos reunimos, admitió humildemente que no había sido honesto conmigo con respecto a un asunto en particular, que no podía dormir sin pedirme perdón y que se preguntaba si siquiera era cristiano. Cuán grande fue el gozo que llenó mi corazón al ver la obra finalizada de Cristo y el poder del Espíritu, que eran evidentes en este nuevo creyente. Abrí la Biblia para asegurarle, a partir del libro de Romanos, que su lucha era un fruto de su justificación. Ahora estaba viviendo una vida nueva, y esta batalla en su corazón era una parte normal de la vida cristiana (Rom 6 – 7). Le mostré que fue la obra interna del Espíritu Santo (cap. 8) lo que lo impulsó a confesar su pecado. Le aseguré que yo lo perdonaba y que debía cobrar ánimo en la seguridad de su salvación por la sangre derramada de Cristo (3:24-25), la promesa del evangelio (10:13) e incluso la obra del Espíritu Santo, que lo estaba convenciendo poderosamente en ese preciso momento.

A la luz de la cruz y el amor de Cristo por mí, a menudo experimento convicción cuando leo la advertencia a los pastores de Israel:

Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad (Ez 34:4).

¿Es la compasión por los débiles, los descarriados y los necesitados una característica común de nuestras iglesias reformadas? Pido en oración que lo sea en las nuestras, así que regularmente oro así por mí mismo: «Señor, abre mis ojos y ablanda mi corazón hacia cada alma que Tú pones en mi camino, sin importar quién sea, qué haya hecho o cuán débil pueda ser». Esto es parte de lo que significa vivir a la luz de la cruz.

El reverendo Eric Hausler es pastor de la Christ the King Presbyterian Church en Naples, Florida.

¿Por quién murió Cristo?

Soy un calvinista extraño. La idea de que la expiación se limita a los elegidos es la última piedra de tropiezo para muchos, pero fue uno de mis primeros pasos en la teología reformada. Si bien muchas personas aceptan de buena gana que somos totalmente depravados, que Dios nos escogió incondicional y eternamente en Cristo, que creemos en Cristo solo por la gracia irresistible del Espíritu, y que el Dios trino nos preserva para que perseveremos hasta el final, les resulta más difícil aceptar que Cristo murió solamente por los elegidos. Vine a los pies de Cristo al entender que Dios le imputó nuestro pecado a Su Hijo para poder imputarnos la justicia de Su Hijo encarnado (2 Co 5:21). Tan pronto alguien señaló que todas las personas deben ser salvas si Cristo hizo estas cosas por todas las personas, fui convencido de la expiación limitada.

Como dice un catecismo infantil: «Cristo murió por todos los que le fueron dados por el Padre». El asunto es el diseño o la intención del Dios trino en la expiación. Podemos entender mejor el hecho de que Cristo vino a salvar a Su pueblo, y solo a ellos, de sus pecados (Mt 1:21) al enraizar la muerte de Cristo en la obra salvadora de toda la Trinidad, y al responder a dos preguntas comunes.

La obra unida de la Trinidad muestra claramente por qué Cristo murió únicamente por los elegidos. El Padre escogió a los creyentes en Cristo antes de que comenzara el tiempo (Ef 1:4-5). El Espíritu Santo es el sello de propiedad del Padre sobre los elegidos (vv. 13-14). Nadie recibe las cosas de Dios o confiesa que Jesús es el Señor excepto por el Espíritu (1 Co 2:10-16; 12:3). El Padre llama a Sus elegidos hacia Cristo por Su Palabra y Espíritu (2 Co 3:16-18; Stg 1:18). La Trinidad es unánime e indivisible. La muerte de Cristo se extiende hasta el propósito de la elección del Padre (Hch 2:23) y el poder efectivo del Espíritu (13:48). No es que el Padre escogió a algunos y el Espíritu cambia a algunos mientras Cristo murió por todos. El Padre salva por elección particular, el Hijo por redención particular, y el Espíritu por llamado particular. El Hijo no será el eslabón roto en la cadena. Tampoco la obra de Cristo está dividida. El no ora por el mundo cuando le pide al Padre que los guarde, que sean uno y que sean santificados en la verdad (Jn 17:11, 19). Oró estas cosas por aquellos a quienes el Padre escogió y entregó a Cristo (vv. 3, 6, 9-10). El Hijo aplica Su muerte a los elegidos a través de Su intercesión para que puedan estar con Él dónde Él está (v. 24). Aquellos por quienes murió mueren al pecado al estar en Él, así como aquellos por quienes resucitó resucitan a una nueva vida (2 Co 5:14-15). Dios hace lo que hace porque es quien es. Dios es trino y la expiación es un acto trinitario unificado en propósito, producción y perfección.

Entonces ¿por qué algunos pasajes de la Escritura parecen universalizar la muerte de Cristo (p. ej.: 1 Jn 2:2)? Porque Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). No discrimina por motivos de raza, sexo, cultura, estatus ni ninguna otra cosa. Él es la propiciación por nuestros pecados y es el único medio para que cualquiera pueda escapar de la ira de Dios. La Biblia no nos llama a recibir la muerte de Cristo porque Él murió por todos los hombres, sino que nos llama a recibir a Cristo quien «es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (4:10).

Esto nos lleva a plantear una pregunta relacionada: ¿Limita la expiación limitada la oferta del evangelio solo a los elegidos? El ministerio del evangelio debe reflejar el ministerio del Espíritu. Él llama a las personas a Cristo de forma general y de forma particular, externa e internamente. Él llama a los pecadores a través de la predicación, aunque algunos se resisten a Su llamado (Hch 7:51). Sin embargo, Él también llama a los elegidos a través de este llamado general, asegurando que responderán al extenderles también el llamado interno. El Espíritu abrió la boca de Pablo para que predicara a Cristo, pero abrió el corazón de Lidia para que recibiera a Cristo (Hch 16:14). Quizás nuestro problema es que mientras le decimos a las personas: «Jesús murió por ti», la Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch 16:31). La Biblia ofrece a Jesús a todas las personas sin distinción y sin ninguna vergüenza de que Cristo no haya muerto por todas las personas sin excepción. Debemos orar para que todas las personas en todas partes sean salvas (1 Tim 2:1-3), y debemos predicar para que todas las personas en todas partes puedan ser salvas (Mt 28:19-20; Mr 16:15). Si queremos ser instrumentos del llamado específico del Espíritu, nuestra predicación y evangelización deben imitar Su llamado general.

Muchos de los cristianos que niegan que Cristo murió solamente por los elegidos creen que Cristo solo salva a los elegidos. Esto es un problema. Cristo vino a salvar a Su pueblo de sus pecados. Es por ellos que Él ora. Él está preparando un lugar para que estén con Él en el cielo. Cristo nació por Su pueblo, vivió por Su pueblo, resucitó por Su pueblo, ascendió al cielo y se sentó allí por Su pueblo, regresará para reunir a Su pueblo, y envía a Su Espíritu a vivir en Su pueblo. ¿Cómo puede Él hacer todas estas cosas por algunas personas y morir por todas las personas? El Hijo es la segunda persona de la Trinidad. Cristo no nos salvará contradiciendo al Padre y al Espíritu, pero tampoco nos salvará sin Ellos. Así como el Espíritu llama a la gente a Cristo a través del evangelio, así debemos presentar a Cristo. Así como Cristo murió por aquellos que le fueron entregados por el Padre, así debemos recibir a Cristo.  

El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].

El Poder y el mensaje del Evangelio

El poder y el mensaje del evangelio” de Paul Washer es uno de los título de la serie Recuperando el Evangelio, la cual aborda temas esenciales que han sido incomprendidos, diluidos, e ignorados en muchos púlpitos evangélicos. Mientras lo leía, reflexionaba acerca de cómo luciría la sociedad de hoy si la Iglesia prestara atención a los más pequeños detalles del mensaje más importante de todos los tiempos.

El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres.

Una de las características más cautivantes de Washer es su interés por la proclamación y la defensa del mensaje del evangelio, unido a su amor por los perdidos. Esto podemos verlo reflejado en cada una de las páginas de esta obra. El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres. Este libro nos invita a reflexionar en la responsabilidad que los creyentes tenemos de tomar con seriedad cada detalle de este mensaje.

“Cuando en muchos púlpitos se está diluyendo, distorsionando y sustituyendo el evangelio, Paul Washer ha sido ampliamente usado por Dios en el mundo de habla hispana para proclamarlo de forma clara y poderosa. Oro para que sus mensajes tengan un alcance aún mayor a través de la página escrita. ¡Lee con cuidado el contenido de este libro, absórbelo, aplícalo a tu propia vida, y luego ve y proclama fielmente este mensaje que hace temblar las puertas del infierno y produce fiesta en los cielos cuando un pecador se arrepiente”. – Sugel Michelén, pastor de la Iglesia Bíblica del Señor Jesús en Santo Domingo, República Dominicana

La locura del evangelio

En este libro, el autor nos deja saber que la “locura del evangelio” es el mensaje fundamental de toda la Escritura. Declara que “intentar eliminar el escándalo del mensaje es anular la cruz de Cristo y su poder salvífico” (p. 52). Washer nos muestra el minucioso cuidado que el apóstol Pablo tuvo con este mensaje en su vida, ministerio, y predicación (1 Cor. 1:18).

El evangelio contiene la revelación de la justicia de Dios, la depravación total del hombre, el perdón de pecados a través de la muerte sustitutiva de Cristo, y la verdadera conversión. Sin embargo, muchos han sustituido este glorioso mensaje por un falso evangelio menos escandaloso, lleno de pragmatismo, revelaciones personales infundadas, humanismo, relativismo, y apoyado en intereses personales de hombres corruptos.

El poder y el mensaje del evangelio” nos lleva a conocer esta realidad a través de tres partes: una introducción apostólica, el poder de Dios para salvación, y la acrópolis de la fe cristiana. Posee un lenguaje sencillo y práctico, presenta citas bíblicas para profundizar en cada tema desarrollado, y es útil para todo aquel que “siempre quiera estar creciendo en el evangelio y en su conocimiento del mismo. [El evangelio] no es la introducción al cristianismo, sino que es cristianismo de la A a la Z” (p. 30).

Oro porque Dios use cada palabra de este libro para desafiarnos a conocer, defender, y proclamar este glorioso mensaje con fidelidad. ¡Tienes que leerlo!

“Estoy profundamente agradecido por la claridad de El Poder & el Mensaje del Evangelio escrito por Paul Washer. Los cristianos de hoy en día parecen tener la falsa impresión de que el evangelio se centra en nosotros como si fuera un plan maravilloso para nuestras vidas, como si fuera una manera de encontrar paz, gozo o realización personal, o como si fuera la manera de alcanzar el cielo. Esas bendiciones (y muchas más) hacen parte de los beneficios de creer en el evangelio, pero no son el punto central ni el objetivo principal del mensaje. El evangelio trata de Dios y de Su gloria eterna […] Paul Washer toca el tema majestuosamente en este poderoso estudio bíblico”. – John MacArthur, pastor-maestro de la Grace Community Church y fundador de Gracia a Vosotros.

Poiema Editorial. – 288 pp. Rústica

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La Doble Cura

Hay un par de versos en el himno «Roca de la eternidad», escrito por Augustus Toplady en el siglo XVIII, que reflejan lo que la expiación de Cristo produce en la vida del cristiano: «Doble cura del pecado: de su culpa, y su poder» (como dice literalmente en sus versos originales en inglés). Si observamos la vida y enseñanza de otra roca, el apóstol Pedro (Petros significa «piedra»), tendremos una mayor perspectiva del significado de estas estas líneas conmovedoras.

PEDRO COMO HOMBRE

La imagen de Pedro que tenemos en los evangelios es la de un discípulo solía terminar en aprietos por su propia cuenta. A ratos, era descaradamente presuntuoso (Mt 16:22; 17:3-4; Mr 14:29) y celoso por el honor del Señor (Lc 22:49-50). En su peor momento, llegó a negar a Cristo (Jn 18:15-18, 25-27).

Sin embargo, entre los evangelios y las epístolas escritas por él, hay un cambio en Pedro. Luego de ser restaurado en Jn 21:15-19, irrumpe en la escena de la Iglesia primitiva testificando de Cristo con valentía. Es más, en sus cartas, ya no es el apóstol torpe; es un creyente maduro que llama a otros creyentes a la madurez.

¿Qué poder obró en su vida para efectuar tal cambio? Desde luego, podemos apuntar al Espíritu Santo, que sembró las semillas que produjeron un fruto cada vez más visible en la personalidad de Pedro. Pero también hay un punto de referencia objetivo al que podemos apuntar, al que el mismo Pedro apuntó: la sangre de Cristo.

EL MENSAJE DE PEDRO

Al inicio de su primera carta, Pedro se dirige a un grupo diverso de cristianos dispersos por toda Asia Menor (que el día de hoy es Turquía) y celebra la obra del Dios triuno en sus vidas: el Padre los conoció de antemano, el Espíritu los santifica y Jesucristo los roció con Su sangre (1:2). 

El lenguaje del rociamiento evoca imágenes del Antiguo Testamento que vinculaban la sangre con el perdón de los pecados. Hay tres de esos pasajes que nos ayudan a entender el mensaje de Pedro con respecto a la sangre de la crucifixión de Cristo.

Levítico 4 es un capítulo saturado del problema del pecado y de la culpa del hombre delante de Dios. No obstante, está igualmente saturado de la gracia de Dios al proveer la remoción de la culpa a través de la ofrenda por el pecado. El sacerdote mataba un novillo y rociaba su sangre siete veces delante del Señor (vv. 6, 17). Como resultado, había expiación y perdón del pecado.

Éxodo 12 tiene lugar en medio de las plagas que sufrió Egipto debido a que Faraón se negó a dejar ir al pueblo de Dios. La última plaga es la matanza de los primogénitos de toda la tierra. La única manera de evitar este horror es que el pueblo de Dios mate un cordero sin defecto y coloque su sangre en los postes y dinteles de sus puertas (vv. 3-13). ¿El resultado? Dios en Su juicio «pasaría sobre» la casa marcada con la sangre; el cordero moriría y recibiría el juicio en lugar de los que estaban dentro de la casa.

Éxodo 24 nos ofrece una imagen vívida de la expiación sangrienta. Moisés confirma el pacto entre el Señor y Su pueblo escogido, momento en el cual el pueblo promete obedecer las palabras del pacto, y, en respuesta, ellos y el altar son rociados con la sangre del pacto (v. 8). Esto simboliza que, aunque el pueblo había prometido obedecer, hay una provisión para la desobediencia, un encubrimiento por medio de la expiación.

Cada uno de estos tres pasajes se cumple en Cristo. Él es nuestra ofrenda por el pecado, ofrecida una vez para siempre, que quita eternamente nuestra culpa delante de Dios por nuestro pecado (Heb 9:11-12). Él es nuestro sustituto (1 Pe 3:18), el Cordero sin defecto por cuya sangre es quitada nuestra culpa, de modo que Dios nos pasa por alto en Su juicio (1 Pe 1:19). Y Su sangre es la provisión para nuestra batalla continua, en la que mortificamos el pecado de forma imperfecta y buscamos obedecer a Jesucristo. Curiosamente, 1 Pedro 1:2 habla de «obedecer a Jesucristo» además de «ser rociados».

Así que cuando Pedro habla de «ser rociados con su sangre», les está diciendo a los cristianos que el registro de su culpa ha sido cubierto con Su sangre. Dios ya no lo ve, así que lo pasa por alto en Su juicio. Hemos sido «sanados» por las heridas sangrantes de Cristo (1 Pe 2:24). Esta es la primera «cura» de la que Toplady quería que cantáramos.

Sin embargo, las implicaciones de Éxodo 24 empiezan a apuntarnos a la segunda «cura» de la expiación de Cristo: por medio de la sangre reconocemos que hay una provisión continua para el pecado en la vida cristiana, de modo que nuestras transgresiones no son usadas en nuestra contra. De hecho, con la conciencia purificada de la culpa mediante la sangre (Heb 9:14), recibimos una libertad poderosa para procurar la obediencia.

Pedro apunta en esta dirección cuando escribe: «Y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia» (1 Pe 2:24). Gracias a la sangre expiatoria de la cruz, buscamos la justicia. Sin embargo, no lo hacemos de forma irreal, como si no necesitáramos el perdón continuo de los pecados que caracterizará nuestras vidas hasta que Cristo vuelva. No lo hacemos con temor, como si nuestros esfuerzos estuvieran basados en nuestro propio fundamento tambaleante. Más bien, lo hacemos esperanzados, sabiendo que podemos resistir el pecado mediante esfuerzos basados en el fundamento firme de la sangre expiatoria y en el poder del Espíritu Santo. La sangre de Éxodo 24 constituyó al pueblo de Dios para que pudieran comenzar su peregrinación obediente hacia la tierra prometida, y así también la sangre del nuevo pacto de Cristo nos constituye como un pueblo perdonado que camina hacia Dios en santidad obediente.

Pedro sabía que la crucifixión había limpiado su culpa (1 Pe 5:1). Sabía que por el poder de la sangre podía «resistir» al diablo y buscar la obediencia (v. 9). Rociado con la sangre, Pedro fue muriendo cada vez más al pecado y viviendo cada vez más a la justicia. ¿Cuál fue el resultado? El discípulo que una vez fue impetuoso e inmaduro se transformó en un discípulo maduro y arrepentido, en un un discípulo salvado de la culpa del pecado.

El Dr. D. Blair Smith es profesor auxiliar de teología sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, Carolina del Norte.

Expiación y Propiciación

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento. 

EXPIACIÓN

La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN

La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28). 

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios. 

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

La doble obediencia de Cristo


Los teólogos hablan con frecuencia de la obediencia activa y pasiva de Cristo. Su obediencia activa consistió en guardar la ley de Dios perfectamente a lo largo de Su vida. Su obediencia pasiva consistió en Su recepción voluntaria del castigo que merecían los pecadores por quebrantar la ley. Ambas les son imputadas a los pecadores que confían en Cristo, de modo que ellos son considerados perfectamente justos en Él, sin condena alguna por quebrantar la ley (ver Confesión de Fe de Westminster, cap. 11). El término «obediencia pasiva» es algo inexacto, ya que cuando Cristo soportó la pena del pecado lo hizo activamente.

El pasaje que afirma con más ímpetu la imputación positiva de la justicia de Cristo es 1 Corintios 1:30: «Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención». La unión de los creyentes con Cristo significa que «en Cristo Jesús» se considera que tenemos la misma «sabiduría… justificación… santificación, y redención» (perfectas) que Cristo posee. Eso no significa que tengamos tales atributos en nuestra existencia personal en esta tierra, sino que Cristo es nuestro representante y que todo eso nos es atribuido gracias a nuestra unión con Él (es decir, a que «estamos en Cristo»). La frase «para nosotros» se refiere a nuestra posición «en Cristo Jesús» y al hecho de que compartimos Sus atributos.

Algunos objetan esta conclusión porque parece difícil entender cómo es que Cristo fue «redimido» de la misma manera en que somos «redimidos» los creyentes. De igual modo, algunos argumentan que las referencias a la «sabiduría», «justificación» y «santificación» tampoco deben interpretarse de forma representativa. Según ellos, el versículo solo se refiere al hecho de que los creyentes se vuelven sabios, santos, justos y redimidos a través de Cristo, y las primeras tres características son cualidades piadosas que deberían caracterizar cada vez más las vidas de los cristianos.

Este problema se mitiga cuando llevamos a cabo un estudio sencillo de las palabras. La palabra que se traduce como «redención» se utiliza a veces en el Antiguo Testamento griego para aludir a la liberación del pecado, pero se usa con mayor frecuencia para hacer referencia a la liberación de la opresión severa. A la luz de esto, parecería normal utilizar la palabra «redención» en 1 Corintios 1:30 para indicar una liberación de la opresión, en particular con respecto a Cristo. Si ese es el caso, hace referencia a Su liberación de la muerte y de la esclavitud a los poderes de Satanás en la resurrección.

La primera parte del versículo refuerza la idea de que los cristianos son representados por estos atributos de Cristo: es por «obra suya» (de Dios) que estamos «en Cristo Jesús», y debido a que estamos «en» Él, compartimos posicionalmente Sus características perfectas. Por lo tanto, no debemos gloriarnos en nuestras propias capacidades (vv. 29, 31), sino en los beneficios resultantes de la representación de Cristo.

En consecuencia, 1 Corintios 1:30 respalda la idea de que los creyentes somos representados por la justicia perfecta de Cristo y, en un sentido posicional, somos tan plenamente justos como Él (ver Rom 5:15-19; Flp 3:9). En 2 Corintios 5:21, Pablo escribe: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Pablo asegura que Cristo asumió una culpa ajena y sufrió un castigo que Él mismo no merecía para que los pecadores por quienes Jesús sufrió el castigo fueran «hechos justicia de Dios en Él [Cristo]». Esto significa que Dios nos ve como «inocentes» que no merecen condena aunque hayamos cometido pecado. Sin embargo, que seamos hechos «justicia de Dios» también significa que estamos identificados con la «justicia de Dios», no solo en la ofrenda de la muerte de Cristo, sino también explícitamente en el Cristo resucitado, de modo que nos es imputado un aspecto positivo de la justicia de Cristo.

Génesis 1:28 y sus reiteraciones a lo largo del Antiguo Testamento nos brindan un trasfondo importante para entender la obra justificadora de Cristo con respecto a Su obediencia activa. La comisión de Génesis 1:26-28 involucraba los siguientes aspectos: (1) «los bendijo Dios»; (2) «sed fecundos y multiplicaos»; (3) «llenad la tierra»; (4) «sojuzgad» la «tierra»; (5) «ejerced dominio sobre… [toda] la tierra». El hecho de que Dios creara a Adán a Su «imagen» y «semejanza» es lo que le permitiría a este último ejecutar los diversos aspectos de la comisión. Como portador de la imagen de Dios, Adán debía reflejar Su carácter, lo que incluía reflejar la gloria divina. Además de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17), la esencia de la comisión consistía en sojuzgar y ejercer dominio sobre la tierra, llenándola de la gloria de Dios, en especial al procrear una descendencia gloriosa de portadores de la imagen divina. Si Adán hubiera obedecido su comisión, habría recibido las bendiciones del fin de los tiempos en magnitud ampliada; en esencia, estas habrían consistido en una incorrupción irreversible y eterna de la vida física y espiritual, que habría tenido lugar en un universo incorruptible, libre de todo mal y toda amenaza pecaminosa.

Sin embargo, Adán desobedeció la comisión al desobedecer la palabra de Dios y no ejercer dominio sobre la creación como debería haberlo hecho, permitiendo que la serpiente irrumpiera y lo corrompiera a él y a su esposa (Gn 3; ver 2:16-17). Pero la comisión de Adán no fue revocada. Hay muchos pasajes bíblicos que indican que la comisión de Adán fue legada a otras figuras semejantes a él, como Noé, los patriarcas y el Israel del Antiguo Testamento. No obstante, todos fallaron al momento de cumplir la comisión. A partir de los tiempos de los patriarcas, las repeticiones de la comisión adánica fueron combinadas con la promesa de una «descendencia» que «bendeciría» a las naciones. Eso indica que, a la postre, la comisión sería cumplida por la «descendencia».

Desde los tiempos de Abraham, las reiteraciones de la comisión de Génesis 1 se presentan como una promesa de un acto positivo que tendría lugar en el futuro o como un mandamiento que resultaría en una obediencia positiva. Tanto las reiteraciones promisorias como las imperativas de la comisión guardan relación con los aspectos positivos de la conquista, la posesión (o herencia), la multiplicación, el incremento y la expansión de la «descendencia». En vista de ello, sería extraño que el Nuevo Testamento nunca se refiriera a Jesús como el último Adán de esa misma manera positiva. En efecto, el Nuevo Testamento ve la sumisión de Cristo a la muerte en la cruz como parte de Su obediencia a la comisión de Adán (ver Rom 5:12-17; Flp 2:5-11; Heb 2:6-10). Jesús no solo hizo lo que el primer Adán debió hacer, sino que también fue obediente hasta la muerte, lo que lo llevó a la victoria de la resurrección y la exaltación.

Pablo habla más de lo que se denomina la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte que de Su obediencia activa al salvar a Su pueblo. Sin embargo, hay pasajes que presentan a Jesús como el último Adán sin aludir a Su muerte, sino al hecho de que hizo lo que Adán debió haber hecho. Un ejemplo es Su tentación en el desierto (Mt 4; Lc 4). Allí, Cristo funcionó como el último Adán y también como el verdadero Israel (es decir, como el Adán colectivo) que obedeció en las mismas áreas en que desobedecieron el primer Adán y el primer Israel.

De la misma manera, Pablo presenta a Cristo como el último Adán que recibió la posición triunfante y la recompensa del señorío incorruptible y glorioso como resultado de Su cumplimiento de todas las condiciones de la obediencia que se requerían del primer Adán, en especial, las de posesión y conquista. En 1 Corintios 15:27 y Efesios 1:22, Pablo afirma que Cristo cumplió el ideal del Salmo 8:6 que el primer Adán debió haber cumplido: «Dios ha puesto todo en sujeción bajo sus pies», lo que significa que Cristo mismo, como el último Adán, también ha ejercido el «poder… para sujetar todas las cosas a sí mismo» (Flp 3:21). 1 Corintios 15:45 se refiere claramente a Cristo como el «último Adán» que obtuvo la bendición exacerbada de la incorruptibilidad que el primer Adán no consiguió. Además, 1 Corintios y Efesios identifican a los creyentes ya sea con el hecho de que Cristo tiene todas las cosas en sujeción a Él (Ef 2:5-6) o de que posee bendiciones incorruptibles (1 Co 15:49-57; ver también Heb 2:6-17).

Pablo entiende que Cristo cumplió la comisión adánica del Salmo 8. Esto significa que Cristo ejerció dominio, sojuzgó, multiplicó Su descendencia espiritual (aunque ese elemento está ausente en el Sal 8) y llenó la tierra con la gloria de Dios de forma perfecta, tanto como le es posible a una persona a lo largo de su vida. Esta idea tiene que ver con la inauguración del fin de los tiempos, pues la obediencia fiel de Cristo como el último Adán se tradujo en la recompensa eterna de transformarse en la nueva creación incorruptible y en el Rey de esa creación. En otras palabras, el cuerpo resucitado de Cristo fue el comienzo de la nueva creación del fin de los tiempos y de Su señorío obediente en esa nueva creación. Así como los cristianos estamos identificados con la posición de Cristo en Su resurrección y exaltación real en el cielo, también lo estamos con Su recompensa, que es el señorío exaltado y la obediencia fiel que sigue caracterizando ese señorío. El señorío de Cristo resucitado y exaltado y Su estatus como el Adán obediente constituyen una irrupción de la nueva creación futura en la era presente. No es una nueva creación perfeccionada, pues los cristianos del siglo presente aún no son reyes perfectamente obedientes ni han experimentado la recompensa consumada de la resurrección plena. No obstante, estamos unidos a Cristo, el último Adán que fue perfectamente obediente.

La doctrina que enseña que Cristo fue el sustituto penal de los pecadores que han quebrantado la ley, a fin de que estos puedan ser considerados inocentes, es la doctrina de la obediencia pasiva de Cristo. 2 Corintios 5:21 también alude a esta noción: el hecho de que Cristo se haya transformado en una ofrenda por el pecado para pagar la pena del pecado de los creyentes se traduce en que nosotros somos declarados inocentes; sin embargo, como vimos antes, los creyentes también recibimos la justicia del Cristo resucitado.

Romanos 3:23-26 también se refiere a la obediencia pasiva de Cristo; la palabra «propiciación», en el versículo 25, hace referencia al «propiciatorio», la cubierta del arca del pacto donde se derramaba la sangre de los sacrificios para representar la sustitución de la pena del pecado de Israel. Ahora, Cristo se ha transformado en el «propiciatorio» donde Él vierte Su propia sangre para pagar la pena del pecado a fin de que los pecadores sean declarados «inocentes» o «justos».

De esta manera, la vida y muerte vicaria de Cristo le atribuyen justicia a Su pueblo y nos declaran inocentes de nuestros pecados. Estaríamos perdidos sin nuestro Salvador.

El Dr. Gregory K. Beale es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica y ocupa la cátedra J. Gresham Machen de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de numerosos libros, entre ellos God Dwells among Us [Dios habita entre nosotros].

Representación federal

El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).

Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?

Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.

En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.

En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.

Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).

El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola. 

Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.

Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.

Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».

Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?

La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.

Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).

En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).

Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).

En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.

Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

La teología de la cruz

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship.

Conociéndome a mi mismo

«¿Qué quieres ser cuando seas grande?». Prácticamente todas las personas enfrentan esta pregunta en algún momento de su niñez.

Cuando yo era pequeño, las respuestas más comunes de los niños varones incluían «vaquero», «bombero» o  «jugador de béisbol», sin embargo, pocos de nosotros terminamos siendo vaqueros, bomberos o jugadores de béisbol. En algún momento, cuando la persona deja la niñez, pasa por la adolescencia y entra en la adultez, la pregunta «¿quién soy?» se libera (al menos en parte) de la fantasía infantil y es respondida en términos más serios, términos que a menudo están determinados por los duros golpes de la realidad.

Lo que es cierto para niños y niñas suele también serlo para las instituciones. De la misma forma que los individuos buscan una identidad, así también lo hacen las organizaciones . La Iglesia no es la excepción. Durante el segundo siglo de la historia cristiana, la Iglesia estuvo ocupada respondiendo la pregunta «¿quiénes somos?». Fue un tiempo de amalgama, codificación y definición. En ese siglo, la Iglesia reflexionó sobre su autoridad suprema (la Escritura), su teología y su organización.

Muy frecuentemente las organizaciones, incluso las naciones, se ven forzadas a definirse con mayor claridad y precisión por sus competidores o enemigos. Eso fue lo que le ocurrió a la Iglesia. Los primeros apologistas cristianos, como Justino Mártir, se esmeraron por clarificar la naturaleza de la Iglesia y el cristianismo para contrarrestar las falsas concepciones difundidas por personas ajenas a la Iglesia como los paganos y los judíos. De forma similar, la doctrina «ortodoxa» fue forjada con el martillo de la herejía. En ese entonces, al igual que ahora, la mayoría de los herejes afirmaban ser defensores del cristianismo verdadero. Sus errores y tergiversaciones obligaron a la Iglesia a definir sus creencias con más claridad.

La Iglesia del siglo II hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana.

El año 2001 Hans Küng, el controvertido teólogo católico-romano, publicó un nuevo libro sobre la Iglesia. Este tenía el simple título de La Iglesia católica: breve historia universal. Küng observó un cambio decisivo en cuanto a la actividad y la autoconciencia de la Iglesia prístina del primer siglo y la «institucionalización» de la Iglesia en el segundo siglo. Él señala que, para responder a los gnósticos y otros herejes como Marción y Montano, la Iglesia estableció claros cánones o estándares con respecto a lo que es verdaderamente cristiano, dentro de los cuales tenemos:

  1. Un credo resumido que comúnmente se usaba en el bautismo. El primer credo bautismal fue la simple afirmación «Jesús es el Señor». Más tarde, esta fórmula fue expandida para incluir afirmaciones de fe en el Dios Todopoderoso y en Jesucristo, el Hijo de Dios nacido el Espíritu Santo. Los rudimentos de lo que llegó a conocerse como «el Símbolo» o el Credo Apostólico, fueron añadidos en este momento. Posteriormente, se agregaron más afirmaciones para formar la versión final del credo.
  2. El canon del Nuevo Testamento. La elaboración de la lista de los libros inspirados fue provocada en gran parte por el trabajo del hereje Marción, que produjo su propio Nuevo Testamento expurgado. A pesar de que el canon neotestamentario no fue finalizado sino hasta finales del siglo IV, casi todo estaba formalmente en su lugar para fines del siglo II.
  3. El oficio docente episcopal. Este oficio evolucionó a medida que la Iglesia se movía en dirección al episcopado monárquico. Se volvió común apelar a las enseñanzas de los obispos para resolver las controversias teológicas. Küng sostiene que este tercer estándar representó un giro con respecto a la Iglesia de la era apostólica, que estaba compuesta por comunidades libres sin un único episcopado ni presbiterio. Él considera que las comunidades apostólicas eran iglesias completas y bien equipadas, que no carecían de nada. Más adelante, las iglesias congregacionalistas (y muchos puritanos) apelarían a estas comunidades como representantes de la estructura original de la Iglesia.

A pesar de que en ciertos aspectos estos cambios históricos lo entristecen, Küng afirma: «No se puede ignorar el hecho de que con los tres estándares mencionados anteriormente, la Iglesia católica creó una estructura para la teología y la organización, y junto a ella, un orden interno muy sólido».

La apreciación de Küng no es muy diferente del análisis protestante. En el libro Historia de la Iglesia cristiana, Williston Walker señala: «Así, de la lucha contra el gnosticismo y el montanismo surgió la Iglesia católica, con su fuerte organización episcopal, estándar de credo y canon autoritario. Era muy diferente de la Iglesia apostólica, pero había preservado el cristianismo histórico y lo había resguardado durante una tremenda crisis». 

Por cierto, Küng señala que los tres estándares establecidos por la Iglesia en el siglo II fueron atacados en eras posteriores. En el siglo XVI, la Reforma planteó dudas con respecto a la estructura episcopal de Roma. Luego, la Ilustración cuestionó tanto el canon de la Escritura como también la Regla de la fe del credo.

La Iglesia del siglo II también hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana. Durante los comienzos de la historia del cristianismo, la Iglesia hizo una distinción entre la proclamación (kerygma) y la instrucción (didache). La Iglesia apostólica era una iglesia misionera que iba más allá de las fronteras del judaísmo. Los gentiles eran alcanzados por la proclamación del evangelio en su forma básica. Se hacía énfasis en la persona y la obra de Cristo, en Su muerte y resurrección. Cuando los convertidos abrazaban a Cristo por medio de la fe, eran bautizados e ingresaban a la comunidad de la Iglesia. Luego, se les daba una instrucción más rigurosa en cuanto a la fe. Para este fin, en el siglo II se produjo un manual de orden eclesiástico conocido como Didaché o «La enseñanza de los doce apóstoles».

Este manual, descubierto apenas en 1873, provee reglas simples para las congregaciones locales, y aborda el bautismo, el aborto (que era considerado como asesinato), las limosnas, el ayuno, la Cena del Señor y otros asuntos. Establece un marcado contraste entre dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. Muchas de las amonestaciones que se encuentran en él son citas textuales de las Escrituras del Nuevo Testamento.

La Didaché terminó siendo utilizada como herramienta catequística y también como una guía para la vida cristiana. Como tal, representa el primer código escrito posapostólico de moralidad cristiana. A pesar de que no forma parte del canon de la Escritura, ofrece valiosas perspectivas sobre la manera en que la Iglesia primitiva se veía a sí misma.

La Iglesia del siglo II desarrolló un fuerte sentido de identidad. Este proceso continuó hasta bien entrado el siglo III, cuando nuevas herejías y nuevos conflictos con el Estado produjeron incluso más desarrollo y nuevas estructuras en la Iglesia.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La Adoración familiar puesta en práctica 1

Acontinuación, unas sugerencias para ayudarles a establecer en sus hogares una adoración familiar que honre a Dios. Confiamos en que esto evite dos extremos: El planteamiento idealista que supera el alcance hasta del hogar más temeroso de Dios y el enfoque minimalista que abandona la adoración familiar diaria porque el ideal parece estar absolutamente por encima de sus capacidades.

Preparación para la adoración familiar
Antes de que ésta dé comienzo, deberíamos orar en privado pidiendo la bendición divina sobre esa adoración. A continuación, deberíamos planear el qué, el dónde y el cuándo de la misma.

El qué. Hablando de forma general, esto incluye la instrucción en la Palabra de Dios, la oración delante de su trono y cantar para su gloria. Sin embargo, es necesario determinar más detalles de la adoración familiar.

Primero, tengan Biblias y copias de El Salterio y hojas de canciones para todos los niños que saben leer. En el caso de niños demasiados pequeños, que no saben leer, lean unos cuantos versículos de las Escrituras y seleccionen un texto para memorizarlo como familia. Repítanlo en alto, todos juntos, varias veces como familia. A continuación, refuércenlo con una breve historia de la Biblia para ilustrar el texto. Tómense tiempo para enseñar sobre una o dos estrofas de una selección del Salterio a estos niños y aliéntenlos a cantar con ustedes.

Para los niños no tan pequeños, intenten usar Truths of God’s Word [Verdades de la Palabra de Dios], una guía para maestros y padres que ilustra cada doctrina. Para niños de nueve años en adelante, pueden usar Bible Doctrine [La doctrina bíblica] de James W. Beeke, una serie que va acompañada de directrices para el maestro. En cualquier caso, expliquen lo que han leído a sus hijos y formúlenles una o dos preguntas.

A continuación, canten uno o dos salmos, un buen himno o coro como “Dare to be a Daniel” (Atrévete a ser como Daniel). Terminen con una oración.

Para niños más mayores, lean un pasaje de las Escrituras, memorícenlo juntos y lean un proverbio y aplíquenlo. Hagan unas preguntas sobre cómo aplicar estos versículos a la vida cotidiana o, tal vez, lean una porción de los Evangelios y su correspondiente sección en el libro Expository Thoughts on the Gospels [Meditaciones sobre los Evangelios] de J. C. Ryle. Este autor es sencillo, a la vez que profundo. Sus claras ideas ayudan a generar conversación. Quizás les gustaría leer partes de una biografía inspiradora. No obstante, no permitan que la lectura de la literatura edificante sustituya la lectura de la Biblia o su aplicación.

El progreso del peregrino de John Bunyan, Guerra Santa o meditaciones diarias de Charles Spurgeon [como Morning and Evening (Mañana y tarde) o Faith’s Checkbook (Cheques del banco de la fe)] son adecuados para niños más espirituales. Los niños más mayores también se beneficiarán de Morning and Evening Exercises (Ejercicios matinales y vespertinos) de William Jay, Spiritual Treasury (Antología espiritual) de William Mason o Poor Man’s Morning and Evening Portions (Porciones matinales y vespertinas del pobre) de Robert Hawker. Después de esas lecturas, canten unos cuantos salmos familiares y, tal vez, podrían aprender uno nuevo antes de acabar con oración.

Asimismo, deberían utilizar los credos y las confesiones de su iglesia. Se les debería enseñar a los niños pequeños a recitar el Padrenuestro. Si se adhieren a los principios de Westminster, hagan que sus hijos memoricen poco a poco el Catecismo Menor. (Si su iglesia usa La Segunda Confesión Bautista de Londres, pueden usar el Catecismo de Spurgeon o el Catecismo de Keach.) Si en su congregación se usa el Catecismo de Heidelberg, la mañana del Sabbat cristiano (domingo) lean en el Catecismo la parte correspondiente al Día del Señor, del que predicará el ministro en la iglesia. Si tienen El Salterio, pueden hacer un uso ocasional de las formas de devoción que se encuentran en las oraciones cristianas. Utilizando estas formas en el hogar les dará la oportunidad —a ustedes y a sus hijos— de aprender a usarlas de una forma edificante y provechosa, una técnica que resulta muy útil cuando se usan las formas litúrgicas como parte de la adoración pública.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

Recuerdos de la adoración familiar 2

Cada uno de nosotros, desde nuestra más temprana edad, no considerábamos un castigo ir con nuestro padre a la iglesia; por el contrario, era un gran gozo. Los seis kilómetros y medio (4 millas) eran un placer para nuestros jóvenes espíritus, la compañía por el camino era una nueva incitación y, de vez en cuando, algunas de las maravillas de la vida de la ciudad recompensaban nuestros ávidos ojos. Otros cuantos hombres y mujeres piadosos del mejor tipo evangélico iban desde la misma parroquia a uno u otro de los clérigos favoritos en Dumfries; durante todos aquellos años, el servicio de la iglesia parroquial era bastante desastroso. Y, cuando aquellos campesinos temerosos de Dios se “juntaban” en el camino a la Casa de Dios o al regresar de ella, nosotros los más jóvenes captábamos inusuales vislumbres de lo que puede y debería ser la conversación cristiana. Iban a la iglesia llenos de hermosas ansias de espíritu; sus almas estaban en la expectativa de Dios. Volvían de la iglesia preparados e incluso ansiosos por intercambiar ideas sobre lo que habían oído y recibido sobre las cosas de la vida. Tengo que dar mi testimonio en cuanto a que la fe cristiana se nos presentaba con gran cantidad de frescura intelectual y que, lejos de repelernos, encendía nuestro interés espiritual. Las charlas que escuchábamos eran, sin embargo, genuinas; no era el tipo de conversación religiosa fingida, sino el sincero resultado de sus propias personalidades. Esto, quizás, marca toda la diferencia entre un discurso que atrae y uno que repele.

Teníamos, asimismo, lecturas especiales de la Biblia cada noche del Día del Señor: Madre e hijos junto con los visitantes leían por turnos, con nuevas e interesantes preguntas, respuestas y exposición, todo ello con el objeto de grabar en nosotros la infinita gracia de un Dios de amor y misericordia en el gran don de su amado Hijo Jesús, nuestro Salvador. El Catecismo menor se repasaba con regularidad, cada uno de nosotros contestábamos a la pregunta formulada, hasta que la totalidad quedaba explicada y su fundamento en las Escrituras demostrado por los textos de apoyo aducidos. Ha sido sorprendente para mí, encontrarme de vez en cuando con hombres que culpaban a esta “catequización” de haberles producido aversión por la fe cristiana; todos los que forman parte de nuestro círculo piensan y sienten exactamente lo contrario. Ha establecido los fundamentos sólidos como rocas de nuestra vida cristiana. Los años posteriores le han dado a estas preguntas y a sus respuestas un significado más profundo o las han modificado, pero ninguno de nosotros ha soñado desear siquiera que hubiéramos sido entrenados de otro modo. Por supuesto, si los padres no son devotos, sinceros y afectivos, —si todo el asunto por ambos lados no es más que trabajo a destajo o, peor aún, hipócrita y falso—, ¡los resultados deben ser de verdad muy distintos!

¡Oh, cómo recuerdo aquellas felices tardes del Día de reposo; no cerrábamos las persianas ni las contraventanas para que no entrara ni el sol, como afirman algunos escandalosamente! Era un día santo, feliz, totalmente humano que pasaban un padre, una madre y sus hijos. ¡Cómo paseaba mi padre de un lado a otro del suelo de losas, hablando de la sustancia de los sermones del día a nuestra querida madre quien, a causa de la gran distancia y de sus muchos impedimentos, iba rara vez a la iglesia, pero aceptaba con alegría cualquier oportunidad, cuando surgía la posibilidad o la promesa, de que algunos amigos la llevaran en su carruaje! ¡Cómo nos convencía él para que le ayudáramos a recordar una idea u otra, recompensándonos cuando se nos ocurría tomar notas y leyéndolas cuando regresábamos! ¡Cómo se las arreglaba para convertir la conversación de una forma tan natural hasta alguna historia bíblica, al recuerdo de algún mártir o cierta alusión feliz al Progreso del peregrino! Luego, sucedía algo parecido a una competición. Cada uno de nosotros leía en voz alta, mientras el resto escuchaba y mi padre añadía aquí y allí algún pensamiento alegre, una ilustración o una anécdota. Otros deben escribir y decir lo que quieran como quieran; pero yo también. Éramos once, criados en un hogar como éste, y nunca se oyó decir a ninguno de los once, chico o chica, hombre o mujer, ni se nos oirá, que el Día de reposo era aburrido o pesado para nosotros, o sugerir que hubiéramos oído hablar o visto una forma mejor de hacer brillar el Día del Señor y que fuera igual de bendito para los padres como para los hijos. ¡Pero que Dios ayude a los hogares donde estas cosas se hacen a la fuerza y no por amor!

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

El estado de Gracia

Aunque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:13; 2 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:18; 13:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15; Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-17; 2 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

Recuerdos de la adoración familiar 1

El “cuartito de oración” era una habitación pequeña entre las otras dos, que sólo tenía cabida para una cama, una mesita y una silla, con una ventana diminuta que arrojaba luz sobre la escena. Era el santuario de aquel hogar de campo. Allí, a diario y con frecuencia varias veces al día, por lo general después de cada comida, veíamos a mi padre retirarse y encerrarse; nosotros, los niños, llegamos a comprender a través de un instinto espiritual (porque aquello era demasiado sagrado para hablar de ello) que las oraciones se derramaban allí por nosotros, como lo hacía en la antigüedad el Sumo Sacerdote detrás del velo en el Lugar Santísimo. De vez en cuando oíamos los ecos patéticos de una voz temblorosa que suplicaba, como si fuera por su propia vida, y aprendimos a deslizarnos y a pasar por delante de aquella puerta de puntillas para no interrumpir el santo coloquio. El mundo exterior podía ignorarlo, pero nosotros sabíamos de dónde venía esa alegre luz de la sonrisa que siempre aparecía en el rostro de mi padre: Era el reflejo de la Divina Presencia, en cuya conciencia vivía. Jamás, en templo o catedral, sobre una montaña o en una cañada, podría esperar sentir al Señor Dios más cerca, caminando y hablando con los hombres de forma más visible, que bajo el techo de paja, zarzo y roble de aquella humilde casa de campo. Aunque todo lo demás en la religión se barriera de mi memoria por alguna catástrofe impensable, o quedara borrado de mi entendimiento, mi alma volvería a esas escenas tempranas y se encerraría una vez más en aquel cuartito santuario y, oyendo aún los ecos de aquellos clamores a Dios, rechazaría toda duda con el victorioso llamado: “Él caminó con Dios, ¿por qué no lo haría yo?”.

Al margen de su elección independiente de una iglesia para sí mismo, había otra marca y fruto de su temprana decisión piadosa que, a lo largo de todos estos años, parece aún más hermosa. Hasta ese momento, la adoración familiar se había celebrado en el Día de Reposo, en la casa de su padre; pero el joven cristiano conversó con su simpatizante madre y consiguió convencer a la familia que debía haber una oración por la mañana y otra por la noche, cada día, así como una lectura de la Biblia y cánticos sagrados. Y esto, de buena gana, ya que él mismo accedió a tomar parte con regularidad en ello y aliviar así al vie-jo guerrero de las que podrían haber llegado a ser unas tareas espirituales de-masiado arduas para él. Y así comenzó, a sus diecisiete años, esa bendita costumbre de la oración familiar, mañana y tarde, que mi padre practicó probablemente sin una sola omisión hasta que se vio en su lecho de muerte, a los setenta y siete años de edad; cuando, hasta el último día de su vida, se leía una porción de las Escrituras y se oía cómo su voz se unía bajito en el Salmo y sus labios pronunciaban en el soplo de su aliento, la oración de la mañana y la tarde, cayendo en dulce bendición sobre la cabeza de todos sus hijos, muchos de ellos en la distancia por toda la tierra, pero todos ellos reunidos allí ante el Trono de la Gracia. Ninguno de ellos puede recordar que uno solo de aquellos días pasara sin haber sido santificado de ese modo; no había prisa para ir al mercado, ni precipitación para correr a los negocios, ni llegada de amigos o invitados, ni problema o tristeza, ni gozo o entusiasmo que impidiera que, al menos, nos arrodilláramos en torno al altar familiar, mientras que el Sumo Sacerdote dirigiera nuestras oraciones a Dios y se ofreciera allí él mismo y sus hijos. ¡Bendita fue para otros como también para nosotros mismos la luz de semejante ejemplo! He oído decir que muchos años después, la peor mujer del pueblo de Torthorwald, que entonces llevaba una vida inmoral, fue cambiada por la gracia de Dios y se dice que declaró que lo único que había impedido que cayera en la desesperación y en el infierno del suicidio, fue que en las oscuras noches de invierno ella se acercaba con cautela, se colocaba debajo de la ventana de mi padre y lo escuchaba suplicar en la adoración familiar que Dios convirtiera “al pecador del error de los días impíos y lo puliera como una joya para la corona del Redentor”. “Yo sentía —contaba ella— que era una carga en el corazón de aquel buen hombre y sabía que Dios no lo decepcionaría. Ese pensamiento me mantuvo fuera del infierno y, al final, me condujo al único Salvador”.

Mi padre tenía el gran deseo de ser un ministro del evangelio; pero cuando finalmente vio que la voluntad de Dios le había asignado otro lote, se reconcilió consigo mismo haciendo con su propia alma este solemne voto: Que si Dios le daba hijos, los consagraría sin reservas al ministerio de Cristo, si al Señor le parecía oportuno aceptar el ofrecimiento y despejarles el camino. Podría bastar aquí con decir que vivió para ver cómo tres de nosotros entrábamos en el Santo Oficio y no sin bendiciones: Yo, que soy el mayor, mi hermano Walter, varios años menor que yo y mi hermano James, el más joven de los once, el Benjamín de la manada…

Continuará …

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

El estado de naturaleza

La vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4; Job 34:10; Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:1, 4-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:18, 21). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:22, 45-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:18, 20:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:14; 3:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105, 111).

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .

La adoración dirigida por mujeres

Pregunta: Algunos han deseado recibir la siguiente información: “¿En el caso de la ausencia o enfermedad de un esposo, en una familia, le correspondería a la esposa mantener dicho deber familiar?”. Y ocurre lo mismo con las viudas u otras personas de ese mismo sexo que son las únicas que están a la cabeza de las familias.

Respuesta: Debemos decir que una norma no puede adaptarse a todos los casos. Puede haber una gran variedad porque las circunstancias difieren. Pero,

  1. Nada es tan claro como que mientras la relación conyugal permanece, la parte femenina desempeña una parte real en el gobierno de la familia. Esto se afirma de forma explícita en 1 Timoteo 5:14: “…que gobiernen su casa”. El término es oikodespotein, tener un poder despótico en la familia, un poder de gobierno que debe recaer en ella exclusivamente en ausencia o pérdida del otro cónyuge, y esto es algo que no puede abandonarse ni dejarse de hacer en modo alguno. Y dado que todo el poder y toda orden proceden de Dios, no se puede negar, repudiar ni dejar a un lado sin herirle.
  2. De modo que, si en una familia hay un hijo o un criado prudente y piadoso a quien se le pueda asignar esta labor, estos podrían hacerlo de manera bastante adecuada por asignación de ella. Y, así, la autoridad que le pertenece a ella por su rango se conserva y el deber queda realizado. Que semejante tarea pueda serle adjudicada a otra persona más adecuada que lo haga como es debido, queda fuera de toda duda y debería ser así. Y nadie cuestiona lo apropiado de asignar esa tarea oficialmente a otro en las familias donde las personas se mantienen con el propósito de desempeñar los deberes familiares.
  3. Es posible que haya familias que, en la actualidad, estén formadas por completo por personas del sexo femenino; en cuanto a ellas no hay pregunta alguna.
  4. Donde la familia es más numerosa, está formada por personas del sexo masculino y ninguno es adecuado ni está dispuesto a emprender esa tarea, y la mujer no puede hacerlo con propiedad, en ese caso, deberá seguir el ejemplo de Ester (digno de gran elogio), con sus criadas y los niños más pequeños cumpliendo con esta adoración en su familia; en todo lo que esté en su mano, deberá advertir y encargar al resto que no omitan su parte (aunque no estén de acuerdo), juntos o por separado, que invoquen el nombre del Señor a diario.

Tomado de Family Religion and Worship, Sermón 5.

John Howe (17 Mayo 1630 – 2 Abril 1705) fue un teólogo puritano inglés. Sirvió como capellán de Oliver Cromwell.

El Padre y la Adoración Familiar 3

La hora de la oración y la alabanza domésticas también es el momento de la instrucción bíblica. El padre ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeña manada. Admite, pues, ser su maestro y subpastor. Tal vez no sea más que un hombre sencillo, que vive de su trabajo, poco familiarizado con escuelas o bibliotecas y, como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Éx. 4:10). No obstante, está junto al pozo abierto de la sabiduría y, como el mismísimo Moisés, puede sacar el agua suficiente y dar de beber al rebaño (Éx. 2:19). Por ahora, se sienta en “la silla de Moisés” y ya no “ocupa el lugar de simple oyente” (1 Co. 14:16). Esto es alentador y ennoblecedor. Así como la madre amorosa se regocija de ser la fuente de alimentación del bebé que se aferra a su cálido seno, el padre cristiano se deleita en transmitir mediante la lectura reverente “la leche espiritual no adulterada” (1 P. 2:2). Ha resultado buena para su propia alma; se regocija en un medio señalado para transmitírsela a sus retoños. El señor más humilde de una casa puede muy bien sentirse exaltado reconociendo esta relación con aquellos que están a su cuidado.

Se reconoce que el ejemplo del padre es importantísimo. No se puede esperar que el manantial sea más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá constreñido a decir: “Estoy guiando a mi familia a dirigirse solemnemente a Dios; ¿qué tipo de hombre debería ser? ¿Cuánta sabiduría, santidad y ejemplaridad?”. Éste ha sido, sin duda y en casos innumerables, el efecto que la adoración familiar ha tenido sobre el padre de familia. Como sabemos, los hombres mundanos y los cristianos profesantes que no son consecuentes, están disuadidos de llevar a cabo este deber mediante la conciencia de una discrepancia entre su vida y cualquier acto de devoción. Así también, los cristianos humildes se guían por la misma comparación para ser más prudentes y para ordenar sus caminos de manera que puedan edificar a los que dependen de ellos. No pueden haber demasiados motivos para una vida santa ni demasiadas salvaguardas para el ejemplo parental. Establece la adoración a Dios en cualquier casa y habrás erigido una nueva barrera en torno a ella contra la irrupción del mundo, de la carne y del diablo.

En la adoración familiar, el señor de la casa aparece como el intercesor de su familia. El gran Intercesor está verdaderamente arriba, pero “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Ti. 2:1) han de hacerse aquí abajo y ¿por quién si no el padre por su familia? Este pensamiento debe producir solemnes reflexiones. El padre, quien con toda sinceridad viene a diario a implorar las bendiciones sobre su esposa, sus hijos y sus trabajadores domésticos, tendrá la oportunidad de pensar en las necesidades de cada uno de ellos. Aquí existe un motivo urgente para preguntar sobre sus carencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus errores y sus transgresiones. El ojo de un padre genuino es rápido; su corazón es sensible a estos puntos; y la hora de la devoción reunirá estas solicitudes. Por tal motivo, como ya hemos visto, después de las fiestas de sus hijos, el santo Job “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que haya sido el efecto que esto tuvo en sus hijos, el efecto sobre Job mismo, sin duda, fue un despertar sobre su responsabilidad parental. Y éste es el efecto de la adoración familiar en el cabeza de familia.

El padre de una familia se encuentra bajo una influencia sana cuando se le lleva cada día a tomar un puesto de observación y dice a su propio corazón: “Por este sencillo medio, además de todos los demás, estoy ejerciendo alguna influencia definida, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio de manera innecesaria; tal vez no puedo omitirlo por com-pleto sin que sea en detrimento de mi casa. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar ni orar sin dejar alguna huella en esas tiernas mentes. ¡Con cuánta solemnidad, afecto y fe debería, pues, acercarme a esta ordenanza! ¡Con cuánto temor piadoso y preparación! Mi conducta en esta adoración puede salvar o matar. He aquí mi gran canal para llegar al caso de quienes están sometidos a mi cargo”. Estos son pensamientos sanos, engendrados naturalmente por una ordenanza diaria que, para demasiadas personas, no es más que una formalidad.

El marido cristiano necesita que se le recuerden sus obligaciones; nunca será demasiado. El respeto, la paciencia, el amor que las Escrituras imponen hacia la parte más débil y más dependiente de la alianza conyugal, y que es la corona y la gloria del vínculo matrimonial cristiano, no se ponen tanto en marcha como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años son llevados día tras día al lugar de oración y elevan un corazón unido a los pies de una misericordia infinita. Como la Cabeza de todo hombre es Cristo, así también la cabeza de la mujer es el hombre (cf. 1 Co. 11:3). Su puesto es responsable, sobre todo en lo espiritual. Rara vez lo siente con mayor sensibilidad que cuando cae con la compañera de sus cargas ante el trono de gracia.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El estado de inocencia

Es importante entender que el mundo como fue creado al principio era un lugar muy distinto al mundo en que vivimos hoy en día. El mundo en que vivimos es un lío enredado. Cada día, las noticias documentan desastres naturales y la conducta violenta de los seres humanos. Los primeros dos capítulos del Génesis describen la creación original intacta, lo que tiene implicaciones para nuestro entendimiento de la vida actual.

Génesis 1 comienza con Dios, quien ha existido por toda la eternidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (v. 1). El primer capítulo de la Biblia narra el poder de Dios para tomar la tierra, que era un lugar inhabitable («sin orden y vacía»), y volverla habitable en seis días para los seres humanos (v. 2). Dios es poderoso, majestuoso y trascendente. Él habla, y las cosas comienzan a existir, y Él ordena el mundo que ha creado. En Génesis 1, Dios es Elohim, un nombre en la forma hebrea intensiva plural que enfatiza Su majestuosa Deidad. A diferencia de los relatos de la creación en el antiguo Cercano Oriente, en la narrativa de Génesis no hay un poder opositor que Dios tenga que vencer al crear el mundo ni tampoco está la muerte que pueda estropear la creación de Dios. Por el contrario, se hace varias veces la siguiente afirmación: «Y vio Dios que era bueno» (vv. 10, 18, 21, 25), además de la declaración final: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (v. 31). La creación de Dios es un lugar hermoso y magnífico para el disfrute de todas Sus criaturas, pero en especial de los seres humanos.

Es importante discutir el lugar y la labor del ser humano en el contexto de un mundo que no ha sido afectado por el pecado. La creación de la humanidad por parte de Dios es distinguida de Su creación de los animales con las palabras «Hagamos al hombre» (v. 26). Ya sea que estas palabras expresen una autodeliberación o una autoexhortación por parte de Dios, ellas enfatizan que Dios se involucró personalmente en la creación de la humanidad, de una forma diferente a como interactuó con los animales. Los seres humanos son hechos a la imagen de Dios y exhiben la «semejanza» de Dios. A pesar de que existen muchas maneras en que podríamos describir la imagen y semejanza de Dios, los aspectos principales que separan a los seres humanos de los animales son la autoconciencia, la habilidad de comunicarse, la habilidad de razonar y la habilidad de tomar decisiones morales. La imagen de Dios nos da una dignidad que no poseen los animales porque somos un reflejo de Dios. Estamos hechos de una forma única en la creación de Dios. Somos capaces de tener una relación personal con Dios al comunicarnos y tener comunión con Él. Hemos sido creados para adorarlo y para encontrar nuestro mayor propósito en vivir nuestras vidas para Su gloria. 

Cuando fueron creados por primera vez, Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia que todavía no estaba manchado por el pecado, y poseían tanto la habilidad de pecar (posse peccare) como la habilidad de no pecar (posse non peccare). Esta era una condición natural llamada justicia original. Había armonía en las facultades humanas, de modo que la mente, la voluntad y los afectos eran rectos y sumisos a Dios. Esta condición habría sido legada a los descendientes de Adán si él no hubiera pecado. Por otro lado, el catolicismo romano argumenta que la justicia original era un don sobrenatural añadido a la condición natural de la humanidad, pero esa perspectiva contradice la enseñanza de la Escritura. Dicha perspectiva asume que había algo faltante en la condición original de la humanidad, pero toda la creación que Dios había hecho, incluyendo la humanidad, fue declarada buena (v. 31). Cuando Dios le dio a Adán el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17), Adán tenía la habilidad de obedecerlo. En otras palabras, Adán tenía la habilidad de «no pecar». 

A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien.

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, también les dio dominio sobre Su creación, mencionando específicamente a los peces, las aves y el ganado (1:26). El dominio humano se ha convertido en un punto de discordia debido a que muchos han negado el lugar especial de los seres humanos en la creación al atribuirles a los animales el mismo nivel de importancia. Sin embargo, el dominio debe entenderse en el contexto de Génesis 1 – 2, donde el papel de los seres humanos refleja la manera en que se presenta Dios. En Génesis 1, Dios es el Creador poderoso y majestuoso que le da forma a Su creación para que sea habitable para la humanidad. El dominio humano sobre la creación es un reflejo de la actividad de Dios. A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien. La palabra hebrea traducida como «dominio» en Génesis 1:26-28 significa «gobernar» y ocurre en contextos donde un grupo gobierna a otro grupo, por ejemplo, el del gobierno de Israel sobre sus enemigos (Is 14:2) y el de las naciones gentiles sobre los pueblos sometidos a ellas (v. 6). La palabra «sojuzgar» aparece en Génesis 1:28, donde la humanidad recibe la orden de ser fructífera, multiplicarse y llenar la tierra, orden que es seguida de los mandamientos de sojuzgarla y ejercer dominio sobre ella. Esta palabra es un término fuerte que se refiere a poner algo bajo control. Aparte de Génesis 1:28, aparece en el contexto de un mundo caído donde existe oposición expresa y, de ahí, la necesidad de que haya algún tipo de coerción (Nm 3:22, 29; Jos 18:1; Miq 7:10). Antes de la caída, Adán debía ejercer este papel llevando el mundo ordenado y domesticado del jardín hacia el mundo virgen y bueno pero salvaje fuera del jardín.

Génesis 1 presenta una de las caras del papel de los seres humanos en la creación de Dios, que es descrita en los términos del dominio y el gobierno. Génesis 2 presenta la otra cara, donde el énfasis está en el cuidado de la creación. Este papel también sigue el modelo de la actividad de Dios, donde el Dios creador poderoso y trascendente de Génesis 1 ingresa a Su creación para crear personalmente a Adán y a Eva, y para prepararles un lugar especial para vivir. El nombre de Dios no solo es Elohim, como en Génesis 1, sino «SEÑOR Dios» (Yahweh Elohim). El nombre Yahweh se vuelve significativo como el nombre pactual de Dios en el éxodo de Egipto, donde Dios escucha el clamor de Su pueblo y lucha para librarlos. El papel de Adán en el jardín sigue el modelo de la actividad de Dios, pues es colocado «en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (2:15). De esta manera, el papel adecuado de los seres humanos en el mundo de Dios sigue el modelo de la actividad de Dios e incluye tanto el dominio como el cuidado de la creación.

Génesis 1 presenta el panorama general de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios. Génesis 2 se enfoca en la actividad de Dios en el huerto al describir cómo creó a Adán y a Eva y les proveyó un lugar especial para vivir y trabajar. Estos capítulos son importantes porque establecen el diseño de Dios para la humanidad en varias áreas que son fundamentales para la vida humana. Dios interactúa con los seres humanos a través de un pacto, así que no es sorpresa que encontremos evidencia de una relación pactual en Génesis 2. A pesar de que la palabra pacto no aparece en Génesis 2, tampoco aparece en 2 Samuel 7, pero otros pasajes bíblicos señalan que en ese capítulo se establece un pacto (2 Sam 23:5; Sal 89:3, 28; 132:11-12). Hay una relación similar entre Génesis 3 y Oseas 6:7. La clave no es si el término pacto aparece, sino si los elementos de un pacto están presentes. Este pacto hecho con Adán es comúnmente llamado el pacto de obras, ya que ofrece vida con la condición de una obediencia personal y perfecta, la condición de que Adán haga perfectamente las obras que Dios le encomendó (Confesión de Fe de Westminster 7.2).

Las partes del pacto eran Dios y Adán. La condición de su relación pactual era el mandato que Dios le dio a Adán de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). La bondad abundante de Dios fue demostrada al permitirle a Adán comer de todos los árboles del jardín prohibirle comer de solo un árbol. Dios probó a Adán para ver si desdeñaría Su provisión benéfica de alimento para comer del árbol prohibido. Este mandato ligado a un castigo se enfoca en la necesidad de que Adán obedeciera a Dios en todo. Le enfrenta a una clara elección entre la obediencia y la desobediencia a Dios.

Los pactos también tienen bendiciones y maldiciones. En Génesis 1:28, Dios bendice a la humanidad y les ordena que se multipliquen y llenen la tierra. Las bendiciones de Dios se experimentan en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Las bendiciones de Dios también se ven en cómo Él provee todo lo que Adán necesita en el jardín para tener una vida plena y productiva (Gn 2). La maldición está conectada con la prohibición de que Adán comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal: «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (v. 17). El castigo por quebrantar el mandato de Dios es la muerte. Si Adán desobedece, ocurrirán cambios trascendentales en su relación con Dios, su relación con su esposa Eva, su relación con la creación y su autopercepción. La muerte incluiría la pérdida de la vida física, pero también tendría consecuencias espirituales inmediatas.

Los pactos operan sobre la base de un principio representativo, de modo que las acciones del representante pactual afectan a los demás que son parte de la relación del pacto, incluyendo a los descendientes del representante (Gn 17:7; Dt 5:2-3; 2 Sam 7:12-16). La pena establece claramente que si Adán come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirá. La entrada del pecado y la muerte al mundo no solo lo afectaría a él (Gn 3:9-12) y a sus descendientes (ver las consecuencias del pecado en Gn 4), sino también al resto de la creación (Gn 3:17-19). Adán era la cabeza pactual de la raza humana, y su pecado afectó negativamente a todos sus descendientes naturales. Teológicamente hablando, a cada descendiente natural de Adán le fue imputado o acreditado el pecado debido a su transgresión (Rom 5:12-13). Esto implica que si Adán hubiera obedecido el mandato de Dios y hubiera pasado la prueba, habría disfrutado de la vida con una bendición aún mayor. Adán fue creado en un estado de santidad positiva y no estaba sujeto a la ley de la muerte, pero tenía la posibilidad de pecar. Todavía no disfrutaba de la vida plena en el grado máximo de la perfección, de la vida que no se puede perder. Habría alcanzado la condición de non posse peccare (no poder pecar). Esta vida era simbolizada por el árbol de la vida (Gn 3:22), una prenda del pacto de vida (Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 20), la recompensa prometida por la obediencia. 

Aunque Adán no cumplió con los términos del pacto de obras al comer del fruto prohibido, las ordenanzas fundamentales de la creación establecidas por Dios para la humanidad en ese pacto continúan. Dios estableció el matrimonio para que se pueda cumplir el mandato de fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:28). La creación de la humanidad como varón y hembra por parte de Dios está diseñada para establecer la relación de una sola carne del matrimonio, tanto para el compañerismo como para la procreación de hijos (2:24). Dios le dio a Adán la tarea de labrar y cuidar el jardín (v. 15), que incluía plantar y cultivar las plantas (v. 5), ejerciendo un papel de dominio real al nombrar a los animales del jardín (vv. 19-20), y cuidar su espacio sagrado (un rol sacerdotal que tiene su foco de atención en el capítulo 3). Adán debía cumplir su papel como mayordomo de la creación de Dios, como portador de la imagen de Dios sumiso a la voluntad de Dios (un rol profético) y como alguien que debía honrar a Dios en todo lo que hacía. Dios formó personalmente a Adán del polvo de la tierra, le infundió vida (2:7) y sacó una costilla de su costado para proporcionarle una ayuda idónea (vv. 21-22). Dios es el Creador de Adán, pero es más que su Creador, ya que el jardín era un lugar especial donde la primera pareja podía tener comunión con Dios (las asociaciones entre el jardín y el templo como los querubines, el árbol de la vida y el agua que fluía del lugar de la presencia de Dios respaldan esto). Dios debe haber acudido al jardín muchas veces para tener comunión con Sus criaturas antes de dirigirse a él para juzgarlas, ya que, en lugar de ir al encuentro de Dios, Adán y Eva se escondieron de Él (3:8). Nuestros primeros padres, al igual que todos los seres humanos, fueron creados para adorar (Rom 1:21-23). La tarea de Adán en el huerto era más que solo una manera de sostener físicamente a su familia; era una vocación porque tenía el propósito de glorificar a Dios.

Al final del relato de la creación, Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día (Gn 2:1-3). De esta manera, ese día se volvió especial ya que Dios lo bendijo y lo apartó como santo. Más tarde, Moisés se refiere a este mismo patrón en el contexto del cuarto mandamiento como una razón para acordarse del día de reposo y santificarlo (Ex 20:11). Aunque no hay ninguna mención específica de la observancia del día de reposo en el huerto, tampoco hay menciones específicas de la adoración ni de ninguno de los otros mandamientos del Decálogo. Sin embargo, muchos de ellos están implicados en la estructura vital establecida en el jardín. Dios le dio a Adán un trabajo que debía realizar para cubrir sus necesidades diarias. El trabajo implica que las personas deben contentarse con lo que tienen (ver el décimo mandamiento) y no robar para conseguir lo que quieren (ver el octavo mandamiento). La relación exclusiva de una sola carne del matrimonio respalda la prohibición del adulterio del séptimo mandamiento. Las consecuencias negativas de las mentiras y el engaño de Satanás muestran la importancia de decir la verdad (ver el noveno mandamiento). El hecho de que Dios sea el único Dios verdadero y busque establecer una relación con Adán y Eva implica la importancia de los mandamientos sobre la adoración y el honor del nombre de Dios (ver el primero, el segundo y el tercer mandamiento). La bendición del séptimo día y el hecho de que haya sido apartado como santo es importante porque tiene implicaciones para la humanidad como un patrón de nuestros seis días de trabajo por uno de reposo (el cuarto mandamiento). Experimentamos este patrón todas las semanas cuando cesamos de trabajar y adoramos en el día de la resurrección de Cristo.

La salvación que Cristo aseguró para nosotros trae el descanso final (Mt 11:28-29) porque Él cumplió toda justicia al guardar la ley en nuestro lugar (cumpliendo el pacto de obras). Sin embargo, no entraremos a la plenitud de ese reposo hasta que Él vuelva otra vez. Hasta entonces, qué privilegio tenemos de experimentar un anticipo de ese reposo en la presencia de Dios con el pueblo de Dios en la adoración semanal mientras nos preparamos para esa adoración gloriosa al final de los tiempos, cuando experimentaremos la plenitud del reposo de nuestra salvación al regreso de Cristo. Entonces alcanzaremos la gloria escatológica y el reposo de no poder pecar (non posse peccare), llegando a la meta que Dios había planeado originalmente para la humanidad.

El Dr. Richard P. Belcher Jr. es profesor de Antiguo Testamento y decano académico en Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y Atlanta, y es un anciano de la Iglesia Presbiteriana en América.

El Padre y la Adoración Familiar 2

El mantenimiento de la adoración doméstica en cada casa se le encomienda principalmente al cabeza de familia, quienquiera que pueda ser. Si es del todo inadecuado para el cargo por tener una mente incrédula o una vida impía, esta consideración debería sobresaltarlo y horrorizarlo; se le somete con afecto a cualquier lector cuya conciencia pueda declararse culpable de semejante imputación. Existen casos donde la gracia divina ha dotado en ese sentido a alguno de la familia, aunque no sea el padre, la madre ni el más mayor para delegar en él la realización de este deber. La madre viuda, la hermana mayor o el tutor de la familia puede ocupar el lugar del padre. Puesto que en una gran mayoría de casos, si se celebra este culto ha de ser dirigido por el padre, trataremos el tema bajo esta suposición, teniendo como premisa que los principios establecidos se aplican en su mayoría a todas las demás influencias.

Ningún hombre puede acercarse al deber de dirigir a su familia en un acto de devoción sin una solemne reflexión sobre el lugar que ocupa con respecto a ellos. Él es su cabeza. Lo es por constitución divina e inalterable. Son deberes y prerrogativas que no puede enajenar. Hay algo más que una mera precedencia en la edad, el conocimiento o la sustancia. Es el padre y señor. Ninguno de sus actos y nada en su carácter puede no dejar una marca en aquellos que lo rodean. Será apto para sentirlo cuando los llame a su presencia para orar a Dios. Y cuanto mayor devoción ponga en la labor, más lo sentirá. Aunque todo el sacerdocio, en el sentido estricto, haya acabado en la tierra y haya sido absorbido en las funciones del gran Sumo Sacerdote, sigue habiendo algo parecido a una intervención sacerdotal en el servicio del patriarca cristiano. Ahora está a punto de ir un paso por delante de la pequeña morada en la ofrenda del sacrificio espiritual de la oración y la adoración. Por ello, se dice en cuanto a Cristo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15). Ésta es la ofrenda perpetua que el cabeza de familia está a punto de presentar. Hasta que la larga perseverancia en una aburrida formalidad rutinaria haya mitigado toda sensibilidad, debe entregarse a la solemne impresión. A veces lo sentirá como una carga para su corazón; se hinchará en ocasiones con sus afectos como “vino que no tiene respiradero” (Job 32:19). Son emociones saludables que elevan, que van a formar el serio y noble carácter que se puede observar en el viejo campesinado de Escocia.

Aunque no fuera más que un pobre hombre iletrado que inclina su canosa cabeza entre una cuadrilla de hijos e hijas, siente mayor y más sublime veneración que los reyes que no oran. Su cabeza está ceñida de esa “corona de honra” que se encuentra “en el camino de justicia” (Pr. 16:31). El padre que, año tras año preside en la sagrada asamblea doméstica, se somete a una fuerte in-fluencia que tiene un efecto incalculable sobre su propio carácter de padre.

¿Dónde es más verosímil que un padre sienta el peso de su responsabilidad que donde reúne a su familia para adorar? Es verdad que debe siempre vigilar sus almas; pero ahora está en el lugar donde no puede sino probar la certeza de esta responsabilidad. Se reúne con su familia con un propósito piadoso y cada uno mira hacia él para obtener guía y dirección. Su ojo no puede detenerse en un solo miembro del grupo que no esté bajo su cuidado especial. Entre todas estas personas no hay una sola por la que no tenga que rendir cuenta delante del trono de juicio de Cristo. ¡La esposa de su juventud! ¿A quién recurrirá ella para la vigilancia espiritual, sino a él? ¡Y qué relación familiar tan poco natural cuando esta vigilancia se repudia y esta relación se invierte! ¡Los hijos! Si llegan a ser salvos es probable que, en cierto grado, se deba a los esfuerzos de su padre. Los empleados domésticos, los aprendices, los viajeros, todos están encomendados por tiempo más largo o más corto a su cuidado. El ministro doméstico clamará con seguridad: “¿Quién es suficiente para estas cosas?” y, sobre todo, cuando esté realizando estos deberes. Si su conciencia se mantiene despierta por una relación personal con Dios, nunca entrará a la adoración familiar sin sentimientos que impliquen esta misma responsabilidad y tales sentimientos no pueden sino grabarse en el carácter parental.

Le seguirá un bien indecible, si cualquier padre pudiera sentirse como el manantial terrenal principal de la influencia piadosa de su familia, así desig-nado por Dios. ¿No es verdad? ¿Habría algún otro medio de hacerle sentir que eso es cierto que se pueda comparar con la institución de la adoración familiar? Ahora ha asumido su lugar de pleno derecho como instructor, guía y alguien ejemplar en la devoción. Ahora, aunque sea un hombre silencioso o tímido, su boca está abierta.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El Padre y la Adoración Familiar 1

No hay miembro de una familia cuya piedad tenga tanta importancia para el resto como el padre o cabeza. Y no hay nadie cuya alma esté tan directamente influenciada por el ejercicio de la adoración domés-tica. Donde el cabeza de familia es tibio o mundano, hará que el frío recorra toda la casa. Y si se da alguna feliz excepción y otros lo sobrepasan en fidelidad, será a pesar de su mal ejemplo. Él, que mediante sus instrucciones y su vida, debería proporcionar una motivación perpetua a sus subalternos y sus hijos, se sentirá culpable de que en el caso de semejante negligencia ellos tengan que buscar dirección en otra parte, aunque no lloren en lugares secretos por el descuido de él. Donde la cabeza de la familia es un hombre de fe, de afecto y de celo, que consagra todas sus obras y su vida a Cristo, resulta muy raro encontrar que toda su familia piense de otro modo. Ahora bien, uno de los medios principales para fomentar estas gracias individuales en la cabeza es éste: Su ejercicio diario de devoción con los miembros. Le incumbe más a él que a los demás. Es él quien preside y dirige en ello, quien selecciona y transmite la preciosa Palabra y quien conduce la súplica, la confesión y la alabanza en común. Para él equivale a un acto adicional de devoción personal en el día; pero es mucho más. Es un acto de devoción en el que su afecto y su deber para con su casa son llevados de forma especial a su mente y en el que él se pone en pie y defiende la causa, de todo lo que más ama en la tierra. No es necesario preguntarse, pues, por qué situamos la oración en familia entre los medios más importantes de revivir y mantener la piedad de aquel que la dirige.

La observación muestra que las familias que no tienen adoración familiar se encuentran de capa caída en las cosas espirituales; que las familias donde se realiza de un modo frío, perezoso, descuidado o presuroso, se ven poco afectadas por ella y por cualquier medio de gracia; y que las familias en las que se adora a Dios cada mañana y cada tarde, en un culto solemne y afectuoso de todos los que viven en la casa, reciben la bendición de un aumento de piedad y felicidad. Cada individuo es bendecido. Cada uno recibe una porción del alimento celestial.

La mitad de los defectos y de las transgresiones de nuestros días surgen de la falta de consideración. De ahí el valor indecible de un ejercicio que, dos veces al día, llama a cada miembro de la familia, como poco, a pensar en Dios. Hasta el hijo o criado más negligente e impío debe, de vez en cuando, ser forzado a hablar un poco con la conciencia y meditar en el juicio cuando el padre, ya de cabello gris, se inclina delante de Dios, con voz temblorosa y derrama una fuerte súplica y oración. ¡Cuánto más poderosa debe ser la influencia sobre ese número más amplio de personas que, en diez mil familias cristianas del país tengan grabada, en mayor o menor medida, la importancia de las cosas divinas! ¡Y qué peculiar, tierna y educativa debe ser la misma in-fluencia en aquellos del grupo doméstico que adoran a Dios en espíritu y que con frecuencia secan las lágrimas que salen a borbotones, cuando se levantan después de haber estado arrodillados, y miran a su alrededor al esposo, padre, madre, hermano, hermana, niño, todos recordados en la misma devoción, todos bajo la misma nube del incienso de la intercesión!

Tal vez entre nuestros lectores, más de uno pueda decir: “Durante tiempos inmemoriales he sentido la influencia de la adoración doméstica en mi propia alma. Cuando todavía era niño, ningún medio de gracia público o privado despertó tanto mi atención como cuando se oraba por los niños día a día. En la rebelde juventud nunca me sentí tan acuciado por mi convicción de pecado como cuando mi respetable padre suplicaba con fervor a Dios por nuestra salvación. Cuando, por fin, en infinita misericordia empecé a abrir el oído a la instrucción, ninguna oración llegó tanto a mi corazón ni expresó mis afectos más profundos como las que pronunciaba mi venerado padre”.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

No temas porque Yo estoy contigo

El temor paraliza a las personas. Es una plaga que puede devastar al pueblo de Dios, impidiendo que caminemos confiadamente con nuestro Dios y hagamos Su voluntad. Cuando nos sentimos abrumados por los «gigantes de la tierra», lo único que puede eliminar nuestro temor es la poderosa presencia de Dios.

El libro de Josué comienza con una nota desalentadora. Moisés había muerto. El gran profeta y líder de Israel a quien Dios usó como agente humano para sacar al pueblo de Israel de Egipto ya no estaba con ellos. Moisés murió fuera de la tierra prometida como resultado de sus pecados. Sería difícil exagerar lo categóricamente desconcertante que esto debió haber sido para Israel: el hombre que los había sacado no podría entrar. Además, toda una generación de israelitas había muerto en el desierto debido a su incredulidad. De esa generación, solo Josué y Caleb estaban vivos. Los hijos de esa generación que habían crecido y remplazado a sus padres entrarían en la tierra. El temor no fue simplemente una plaga que amenazó al pueblo de Israel sino que dio a luz a la incredulidad en sus corazones y les impidió obtener la promesa.

Es contra este telón de fondo tan aleccionador que Dios establece Su promesa redentora de esperanza. Dios le había dado dos regalos a Israel para ayudarlos a superar su temor y entrar en la tierra prometida. El primer regalo fue Josué. Dios sabía que el pueblo de Israel necesitaba un líder, un hombre elegido por Él para proporcionarles un liderazgo decisivo y visible, uno que llevara al pueblo desde donde estaban hasta donde tenían que ir. Josué era el hombre para un tiempo como este, y Dios colocó claramente el manto de Moisés sobre sus hombros. Josué estaría con ellos y los guiaría.

El mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Por muy bueno que fuera, Josué era solo un hombre, pero Dios le dio a Israel algo mucho más valioso que el liderazgo de Josué: Dios se dio a Sí mismo. Lo que Dios le dio a Israel en Josué 1 para remover su temor fue la promesa de Su propia presencia permanente: «¿No te lo he ordenado Yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1:9). Josué fue el líder que los precedió, pero Dios mismo fue el verdadero Capitán de su salvación, su Retaguardia y su Consolador permanente.

Lo que Dios esperaba de Su pueblo era fe en Su promesa y en Su presencia. Lo opuesto a estar «temeroso y acobardado» es ser «fuerte y valiente». Solo había un problema: el pueblo estaba lleno de un temor pecaminoso. Su valor menguaba más de lo que aumentaba, y con el tiempo Dios tendría que hacer aún más por Su pueblo pactual. Y lo hizo. Muchos años y episodios más tarde, en el contexto de una etapa aún más sombría, Dios levantó a otro libertador: el Profeta que superó la fidelidad de Moisés y el Capitán que superó el éxito de Josué: Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para transformar esta etapa de oscuridad en una de esperanza radiante. Vino a luchar contra todo lo que nos amenaza y venció nuestro mayor temor, la muerte misma, con Su propia vida, muerte y resurrección.

¿Resulta acaso sorprendente que en la narración de la resurrección, en Mateo 28, se le dijera al pueblo de Dios que no temiera? Primero, los ángeles dijeron a las mujeres en la tumba que no tuvieran temor (v. 5); luego, Jesús —habiendo resucitado de entre los muertos— dijo a las mujeres que dijeran lo mismo a los discípulos (v. 10); y finalmente, Jesús nos encargó la gran comisión con la singular promesa que echa fuera todo nuestro temor: «He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (v. 20).

La tendencia de Israel era a estar «temerosos y acobardados». También es la nuestra. En ocasiones, el temor se apodera del corazón y aturde la mente, y esto a veces nos lleva a lo incorrecto o nos impide hacer lo debido. Pero debemos recordar que nos acompaña Aquel que es mucho más fuerte que cualquier cosa que nos amenace, y Él no tiene temor. Todavía hay muchos gigantes en la tierra, pero el que está con nosotros es mayor. Él ya derrotó a Sus enemigos y a los nuestros. Él está subyugando victoriosamente los corazones, tal como lo prometió. Él está produciendo fe en nosotros, tal como lo prometió. Y el mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

El Dr. Eric B. Watkins es el pastor principal de Covenant Presbyterian Church (OPC) en St. Augustine, Florida, y autor de The Drama of Preaching [El drama de la predicación].

7 razones por las que las familias deberían orar 3

RAZÓN Nº 5: Deberían orar a Dios en familia a diario porque todos están sujetos cada día a las tentaciones. Tan pronto como se levantan, el diablo estará luchando por sus primeros pensamientos. Y cuando se hayan levantado, los instará a hacerle a él el primer servicio y los ayudará todo el día para arrastrarlos a algún pecado odioso antes de la noche. ¿No es el diablo un enemigo sutil, vigilante, poderoso e incansable? ¿No necesitan todos ustedes juntarse por la mañana para que Satanás no pueda prevalecer contra ninguno de ustedes antes de la noche, hasta que vengan de nuevo juntos delante de Dios? ¡A cuántas tentaciones se enfrentarán en sus llamados y su compañía, que, sin Dios, no podrán resistir! ¡Y cómo caerían y deshonrarían a Dios, desacreditarían su profesión, contaminarían sus almas, perturbarían su paz y herirían sus conciencias! Orígenes lo denunciaba en su lamento. Y es que ese día [en el que] omitió la oración, pecó odiosamente: “Pero yo, ¡oh infeliz criatura! Me deslicé de mi cama al amanecer del día y no pude acabar mi acostumbrado devocional ni llevar a cabo mi habitual oración; [sino que] cedí y me envolví en las trampas del diablo”.

RAZÓN Nº 6: Deberían orar en familia a diario porque todos están sujetos a los riesgos, las casualidades y las aflicciones cotidianas y la oración puede prevenirlos, dar fuerza para soportarlos y prepararlos para ellos. ¿Saben ustedes qué aflicción podría caer sobre su familia en un momento del día o de la noche, ya sea por una enfermedad, la muerte o pérdidas externas en su propiedad? ¿Tal vez podría ser una persona que no paga una deuda y se marcha con mucho de tu dinero y otra persona se lleva otro tanto? ¿Están ustedes realmente tan alejados del mundo que esto no provocaría en ustedes una mala reacción que los haría pecar contra Dios? ¿O será que pueden soportarlo sin murmurar y sin descontento, que no necesitan orar para tener un corazón sereno, si estas cosas vienen sobre ustedes? ¿Si salen al extranjero o envían a un hijo o criado están seguros que ustedes o ellos regresarán con vida? Aunque salgan con vida, pueden ser traídos de vuelta muertos. ¿No tienen, pues, necesidad de orar a Dios por la mañana para que guarde sus salidas y entradas, y no deben bendecirle juntos por la noche si lo hiciera? ¿A cuántos males está el hombre expuesto, esté en su casa o fuera? Los pecados que se cometen diariamente, ¿no claman en voz alta que también merecen un castigo diario? ¿Y no deberían ustedes clamar tan alto en su oración diaria que Dios, en sus misericordias, los impida? ¿O si caen sobre ustedes, que los santifique para su bien o los quite? ¿O si permanecen, que los afirme bajo el peso de ellos? Sepan que en ningún lugar estarán a salvo sin la protección de Dios, de día o de noche. Si sus casas tuvieran cimientos de piedra y los muros estuvieran hechos de cobre o de diamante, y las puertas de hierro, con todo, no podrían seguir estando a salvo si Dios no los protege de todo peligro. Oren, entonces.

RAZÓN Nº 7: Deben orar a Dios en familia a diario o los paganos mismos se levantarán contra ustedes, los cristianos, y los condenarán. Los que nunca tuvieron los medios de gracia (como ustedes los han tenido) ni una Biblia para dirigirlos y enseñarles (como ustedes la han tenido), ni ministros enviados hasta ellos (como ustedes los han tenido en abundancia), avergüenzan a muchos de los que se llaman “cristianos” y que hasta hacen grandes profesiones. Cuando he leído lo que dicen algunos paganos que mostraban lo que acostumbraban hacer, y observado la práctica y la negligencia de muchos cristianos en sus familias, he estado a punto de concluir que los paganos eran mejores hombres. Como ustedes pueden saber a través de sus poetas, era su costumbre el sacrificar a sus dioses por la mañana y por la tarde, para poder tener el favor de ellos y tener éxito en sus propiedades.

¿No avergüenzan los paganos a muchos de ustedes? Decían: “Ahora hemos sacrificado, vayamos a la cama”. Ustedes dicen: “Ahora que hemos cenado, acostémonos” o “juguemos una partida o dos de naipes y vayámonos a la cama”. ¿Son ustedes hombres o cerdos con aspecto humano? El Sr. Perkins asemejó a tales hombres a los cerdos que viven sin oración en sus familias, “que están siempre alimentándose de bellotas
con avaricia, pero que nunca miran la mano que las hace caer ni al árbol del que han caído”.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Sangre de la Vida


La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:1, 4). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

John Stephen Piper (11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos) es un  predicador  evangélico bautista evangelista, autor, escritor bautista, y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, afiliada a Converge, durante 33 años.

7 razones por las que las familias deberían orar 2

RAZÓN Nº 3: Deberían ustedes elevar sus plegarias a Dios en familia cada día porque son muchas las carencias que tienen a diario y nadie las puede suplir, sino Él. ¡Dios no [necesita] sus oraciones, pero ustedes y los suyos [necesitan] las misericordias que vienen de Él! Si desean estas bendiciones ¿por qué no oran por ellas? ¿Pueden ustedes suplir las necesidades de su familia? Si les falta salud, ¿acaso pueden ustedes dársela? Si no tienen pan, ¿pueden ustedes proporcionárselo, a menos que Dios lo provea? ¿Por qué, pues, nos dirigió Cristo a orar de la siguiente manera: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11)? Si están faltos de gracia, ¿pueden ustedes obrarla en ellos? ¿O es que nos les importa que mueran sin ella? ¿No es Dios el Dador de toda cosa buena? “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Stg. 1:17).

Las bendiciones son del cielo y las buenas dádivas vienen de lo alto; la oración es un medio señalado por Dios para hacerlas descender. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Stg. 1:5). ¿Piensan que no necesitan sabiduría para realizar sus deberes hacia Dios y hacia el hombre, para guiar a sus familias para su bien temporal, espiritual y eterno? Si es ésta su convicción, son ustedes unos necios. Y si creen que no tienen necesidad de sabiduría, por esos mismos pensamientos pueden discernir su [falta] de ella. Si creen que tienen suficiente, es evidente que no tienen ninguna. ¿Y no se la pedirían a Dios si quisieran tenerla? Si ustedes y los suyos carecen de salud en sus familias, ¿no deberían pedírsela a Dios? ¿Pueden ustedes vivir sin depender de Él? ¿O pueden decir que no necesitan su ayuda para suplir sus necesidades? Si es así, ustedes se contradicen y es que estar pasando necesidades y no ser seres dependientes es una contradicción. Pensar que no viven en dependencia de Dios es creer que no son hombres ni criaturas. Y si en verdad dependen de Él y necesitan su ayuda para suplir sus [necesidades], su propia pobreza debería hacerlos caer de rodillas para orar a Él.

RAZÓN Nº 4: Deberían orar en familia a diario, por los empleos y las tareas cotidianas. Cada uno que pone su mano a trabajar, su cabeza a idear, debería poner su corazón a orar. ¿No sería su actividad comercial en vano, su labor y su trabajo, sus preocupaciones y sus proyectos para el mundo, sin propósito sin la bendición de Dios? ¿Les convencería que Dios mismo se lo dijera? Entonces lean el Salmo 127:1-2:“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican… Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores”. ¡Pan de dolores! Sin Dios, trabajan en vano para conseguir pan para ustedes y sus familias. Podrían sufrir necesidad aun después de todo su afán. Y sin la bendición de Dios, si lo comen cuando lo han conseguido con mucho esfuerzo y preocupación, lo comerán en vano porque sin Él no podrá nutrir sus cuerpos.

Después de considerar estas cosas, ¿no es necesario orar a Dios para prosperar y tener éxito en sus llamados? La oración y el duro trabajo deberían fomentar aquello que es su objetivo. Orar y no hacer las obras de sus llamados sería esperar provisiones mientras son negligentes. Trabajar duro y comerciar sin orar sería esperar prosperar y tener provisión sin Dios. La fe cristiana que les da deberes santos no les enseña a descuidar sus llamados ni tampoco a confiar en sus propios esfuerzos sin orar a Dios. Pero ambas cosas deben mantener su lugar y tener una porción de su tiempo. La oración es una cosa media entre la dádiva de Dios y nuestra recepción. ¿Cómo pueden recibir si Dios no da? ¿Y por qué esperan que Dios de, si no piden? “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2).

Oren por aquello por lo que trabajan. Y en aquello por lo que oran, trabajen y esfuércense. Y ésta es la verdadera conjunción de trabajo y oración. ¿O acaso serán ustedes como [aquellos] a los que les habla el apóstol? “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos” (Stg. 4:13). ¿Harán, pero no pedirán permiso a Dios con respecto a si pueden o no? ¿Irán, aunque Dios los postre en una cama de enfermedad o en sus tumbas? Háganlo si pueden. ¿Pasarán allá un año? ¿Y qué si la muerte los arrastra tan pronto como lleguen allí? Si la muerte manda que sus cuerpos vuelvan al polvo, a la tumba y los demonios vienen a buscar sus almas para llevarlas al infierno, después de esto “¿seguirán en esa ciudad durante un año?”. Si una parte de ustedes está en la tumba y la otra en el in-fierno, ¿qué parte de ustedes va a seguir en la ciudad? ¿Comprarán y venderán? ¿Y si Dios no les da ni dinero ni crédito? Me pregunto con quiénes negociarán. ¿Obtendrán ganancia? Están decididos a hacerlo; piensan que lucharán y prosperarán y que se harán ricos. ¿Y si Dios maldice sus esfuerzos y dice: “¡No lo harán!”? Quieren todo esto y tendrán lo que quieren; pero su poder no equivale a su voluntad. Aquí hay mucha voluntad, pero ni una palabra de oración. No deberían ir a su trabajo ni a sus tiendas y llamados hasta haber orado primero a Dios.

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

7 razones por las que las familias deberían orar 1

RAZÓN Nº 1: Porque cada día recibimos misericordias de la mano de Dios para la familia. Cada día nos colma de beneficios (Sal. 68:19). Cuando se despiertan por la mañana y encuentran que su morada está segura, que no la ha consumido el fuego ni ha sido allanada por ladrones, ¿no es esto una misericordia de Dios para la familia? Cuando despiertan y no encuentran a nadie muerto en su cama, ni reciben malas noticias por la mañana, ni hay ningún niño muerto en una cama y otro en otra; y no hay dormitorio en la casa, en el que la noche anterior muriera alguien, sino que, al contrario, los encuentran a todos bien por la mañana, refrescados por el descanso y el sueño de la noche, ¿no son estas y muchas otras bendiciones de Dios sobre la familia suficientes para que al levantarse ustedes llamen a su familia y todos juntos bendigan a Dios por ello? De haber sido de otro modo, [si] el amo o la ama de casa [estuvieran] muertos, o los niños, o los criados, ¿no diría el resto: “Habría sido una misericordia para todos nosotros si Dios lo hubiera dejado vivo a él, a ella, a ellos?”. Si sus casas hubieran sido consumidas por las llamas y Dios los hubiera dejado a todos en la calle antes del amanecer, ¿no habrían dicho: “Habría sido una misericordia si Dios nos hubiera mantenido a salvo a nosotros y nuestra morada, y hubiéramos descansado, dormido y nos hubiéramos levantado a salvo?”. ¿Por qué no reconocen ustedes, señores, que las misericordias son misericordias hasta que Dios se las quita? Y si lo admiten, ¿no deberían alabar a diario a Dios? ¿Acaso no fue Él mismo quien vigilaba mientras ustedes dormían y no podían cuidar de ustedes mismos? “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia… Pues que a su amado dará Dios el sueño” (Sal. 127:1-2).

De la misma manera en que las familias reciben muchas misericordias durante la noche para que bendigan a Dios por la mañana, también tienen muchas otras durante el día para que puedan darle gracias, por la noche, antes de acostarse. Me parece que no deberían dormir tranquilamente hasta haber estado juntos, arrodillados, no vaya a ser que Dios diga: “Esta familia que no ha reconocido mi misericordia hacia ellos en este día ni me ha dado la gloria por esos beneficios con los que los he confortado, no volverá a ver la luz de otro día ni tendrá misericordias un día más por las que bendecirme”. ¿Qué ocurriría si Dios les dijera cuando ya están acostados en su cama: “Esta noche vendrán a pedir sus almas, ustedes que se han ido a la cama antes de alabarme por las misericordias que he tenido con ustedes durante todo el día y antes de que oraran pidiendo mi protección sobre ustedes en la noche”? Pongan atención: Aunque Dios sea paciente, no lo provoquen.

RAZÓN Nº 2: Deberían orar a Dios a diario con sus familias porque hay pecados que se cometen a diario en la familia. ¿Pecan ustedes juntos y no orarán juntos? ¿Y si fueran condenados todos juntos? ¿Acaso no comete cada miembro de su familia muchos pecados cada día? ¿Cuán grande es el número de todos ellos cuando se consideran o se contemplan juntos? ¡Cómo! ¿Tantos pecados cada día bajo el mismo techo, entre sus paredes, cometidos contra el glorioso y bendito Dios, y ni una sola oración? Un pecado debería lamentarse con un millar de lágrimas; pero no se ha derramado ni una sola, nadie ha llorado por nada, juntos en oración, ni por un millar de pecados. ¿Es esto arrepentirse cada día cuando no confiesan sus pecados a diario? ¿Quieren que Dios perdone todos los pecados de su familia? ¡Contesten! ¿Sí o no? Si no quieren, Dios podría dejarles ir a la tumba y también al infierno con la culpa del pecado sobre sus almas. Si quieren [que Dios perdone todos los pecados de su familia], ¿no merece la pena pedir perdón? ¿Querrían y no lo suplicarían de las manos de Dios? ¿No juzgarían todos que un hombre justamente condenado, que aún pudiera tener vida solo con pedirla y no lo hiciera, merecería la muerte? ¿Cómo pueden acostarse tranquilamente y dormir con la culpa de tantos pecados sobre sus almas, sin haber orado para que sean borrados? ¿De qué está hecha su almohada, que sus cabezas pueden descansar sobre ella bajo el peso y la carga de tanta culpa? ¿Acaso es su cama tan mullida o su corazón tan duro que pueden descansar y dormir cuando a todos los pecados que han cometido en el día le añaden por la noche, este otro de la omisión? Tómense en serio los pecados que a diario se cometen en sus familias y sentirán que hay una razón por la que deberían orar a Dios juntos cada día.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Una Iglesia del primer Siglo

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

La Palabra de Dios y la oración familiar 2

  1. Considera los grandes y profundos misterios contenidos en la Palabra de Dios que deben leer juntos. Verás que también aparecerá la necesidad de orar juntos. ¿No encierra, acaso, esa Palabra la doctrina concerniente a Dios, la forma en que se le debería conocer, amar, obedecer, adorar y deleitarse uno en Él? En cuanto a Cristo, Dios y hombre, es un misterio sobre el cual se maravillan los ángeles y que ningún hombre puede entender o expresar, y que ninguno puede explicar por completo. Con respecto a los oficios de Cristo, la Palabra declara que son los de Profeta, Sacerdote y Rey. El ejemplo y la vida de Cristo, sus milagros, las tentaciones que soportó, sus sufrimientos, su muerte, sus victorias, su resurrección, ascensión e intercesión y su venida para juzgar se plasman en la Palabra divina. ¿No se encuentran en las Escrituras la doctrina de la Trinidad, de la miseria del hombre por el pecado y su remedio en Cristo? ¿Y también el pacto de gracia, las condiciones de éste y los sellos del mismo? ¿Los muchos privilegios preciosos y gloriosos que tenemos por Cristo: La reconciliación con Dios, la justificación, la santificación y la adopción? ¿Las diversas gracias por obtener, los deberes que realizar y el estado eterno de los hombres en el cielo o en el infierno? ¿No están estas cosas y otras como ellas, en la Palabra de Dios que se debe leer a diario en tu hogar? ¿Y sigues sin ver la necesidad de orar antes y después de leer la Palabra de Dios? Sopésalo bien y lo comprenderás.

3. Considera cuánto le incumbe a toda la familia saber y entender estas cosas tan necesarias para la salvación. Si las ignoran, están perdidos. Si no conocen a Dios, ¿cómo podrán amarlo? Podemos amar a un Dios y a un Cristo invisibles (1 P. 1:8), pero nunca a un Dios desconocido. Si tu familia no conoce a Cristo, ¿cómo creerán en Él? Y, sin embargo, tienen que perecer y ser condenados de no hacerlo. Tendrán que perder para siempre a Dios y a Cristo, al cielo y sus almas, si no se arrepienten, creen y se convierten. Y dime, si la lectura de este Libro es la que los hará comprender la naturaleza de la verdadera gracia salvífica, ¿no será necesaria la oración? Sobre todo cuando muchos poseen la Biblia y la leen, pero no entienden las cosas que tienen que ver con su paz.

4. Considera, además, la ceguera de sus mentes y su incapacidad, sin las enseñanzas del Espíritu de Dios, para conocer y comprender estas cosas. ¿No es necesaria la oración?

5. Considera también, que el atraso de sus corazones a la hora de prestar atención a estas verdades importantes y necesarias de Dios, y su falta de disposición natural al aprendizaje demuestran que es necesario que Dios los capacite y les dé la voluntad de recibirlas.

6. Una vez más, considera que la oración es el medio especial para obtener conocimiento de Dios y su bendición sobre las enseñanzas y las instrucciones del cabeza de familia. David oró pidiéndole a Dios: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). En la Palabra de Dios hay “maravillas”. Que el hombre caído pueda ser salvo es algo maravilloso. Que un Dios santo se reconciliara con el hombre pecador es maravilloso. Que el Hijo de Dios adoptara la naturaleza del hombre, que Dios se manifestara en la carne y que el creyente fuera justificado por la justicia de otro son, todas ellas, cosas maravillosas.

Sin embargo, existe oscuridad en nuestra mente y un velo sobre nuestros ojos; además, las Escrituras forman un libro con broche, cerrado, de manera que no podemos entender estas cosas grandiosas y maravillosas de una forma salvífica, y depositar nuestro amor y nuestro deleite principalmente en ellas, a menos que el Espíritu de Dios aparte el velo, quite nuestra ignorancia e ilumine nuestra mente. Y esta sabiduría es algo que debemos buscar en Dios, mediante la oración ferviente. Ustedes, los que son cabezas de familias, ¿no querrían que sus hijos y criados conocieran estas cosas y que estas tuvieran un efecto sobre ellos? ¿No querrían, ustedes, que se grabaran en sus mentes y en sus corazones las grandes preocupaciones de su alma? ¿Los instruyen ustedes a este respecto? La pregunta es: ¿Pueden ustedes llegar a sus corazones? ¿Pueden ustedes despertar sus conciencias? ¿No pueden? Y aun así, ¿no te lleva esto a orar a Dios con ellos para que Él lo lleve a cabo? Mientras estén orando juntamente con ellos, Dios puede estar disponiendo en secreto y preparando poderosamente sus corazones para que reciban su Palabra y las instrucciones de ustedes a partir de estas.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Cruz de Cristo

¿Por qué dedicarnos a reflexionar sobre la muerte de Jesucristo en el Monte Calvario en las afueras de Jerusalén? ¿No es una pérdida de tiempo dar tanta importancia a un acontecimiento lejano en el tiempo, del que, fuera de la Biblia, tenemos muy pocos datos, y que pasó desapercibido para la inmensa mayoría de los contemporáneos de Jesús de Nazaret?

Entre muchas razones, podemos destacar tres. Primero, porque la cruz de Cristo se halla en el centro del evangelio cristiano que tenemos la misión de proclamar. John Stott afirmó en su magnum opus sobre la cruz que “la cruz ocupa el centro mismo de la fe evangélica […], ocupa el lugar central en la fe bíblica e histórica”. Este fue el mensaje que los seguidores de Jesús comenzaron a propagar con enorme celo desde pocos días después de su muerte y resurrección, y que siguen proclamando hoy en día en todo el mundo. Para una humanidad atrapada por la maldad, perdida en la oscuridad y que es incapaz de resolver los problemas acuciantes del egoísmo, el odio, la violencia y la crueldad que marcan al ser humano de manera innegable, no existen mejores noticias que las que aporta el evangelio de Cristo. Solo el mensaje de perdón, transformación y salvación que Dios nos ofrece, en base al sacrificio de Cristo en la cruz, presenta la solución que el mundo necesita de manera desesperada. Sin la predicación del evangelio, no hay esperanza para el mundo. Sin la cruz de Cristo, no hay evangelio que predicar.

En segundo lugar, la cruz de Cristo es lo que mejor nos ilumina a nosotros y a nuestra situación existencial. Es a través de la cruz cómo podemos llegar a comprender el peligro de gravedad incalculable que nos amenaza a los seres humanos caídos, colocados bajo el juicio de Dios, el justo Juez de toda la tierra, él que “tiene poder para arrojar al infierno”. La maldad anida en el corazón humano, como enseñó Jesucristo,’ y como demuestra de manera indiscutible la historia de la humanidad. Siglos y milenios de esfuerzo humano han sido incapaces de resolver este problema fundamental y universal. La cruz nos enseña que no hay escapatoria para los que somos pecadores ante Dios, que no sea la muerte de su Hijo en el Calvario, donde tomó el lugar que nos correspondía a nosotros. Pablo el apóstol habló acerca de “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen, porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron, y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe”. Solo la cruz de Cristo ofrece un camino de liberación de nuestra esclavitud al mal. Solo el poder del evangelio es capaz de transformar a pecadores en santos.

Podemos aducir una tercera razón: la cruz ilumina también a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo. “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. La cruz nos proporciona la evidencia más contundente acerca del amor inagotable de Dios hacia sus criaturas rebeldes y empedernidas en la maldad. “En esto conocemos el amor, en que él [Cristo] puso su vida por nosotros”. A pesar del hecho de que nosotros habíamos dado la espalda a Dios, despreciando su invitación a experimentar la reconciliación y la paz, él tomó la iniciativa, por medio de su Hijo Jesucristo, para buscar nuestra redención de la situación de esclavitud al maligno, al pecado y a la muerte en que estábamos atrapados. Lo hizo al impulso de su compasión y amor, aun cuando el precio de nuestro rescate fue tan alto.

El apóstol Pablo comprendió perfectamente la centralidad de la cruz de Cristo en el mensaje del evangelio. En su primera carta a los cristianos en Corinto, afirma de forma contundente: “En verdad, los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios Y sabiduría de Dios”. Seguía insistiendo: “pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado”. Casi al final de la misma carta, señaló los elementos esenciales del evangelio que predicaba: “Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. En el corazón de su fe y de su predicación se encontraba la cruz de Cristo.

A lo largo del tiempo, y de forma más destacada en los últimos siglos, ha habido una tendencia a reducir el significado de la muerte de Cristo a un ejemplo de cómo enfocar el sufrimiento injusto. Es cierto que el apóstol Pedro señala este aspecto de la cruz: “Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas”. Pero el argumento de Pedro no se reduce a esta faceta ejemplar, sino que insiste en que “[Cristo] mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados”. Más tarde en la misma carta vuelve a enfatizar este aspecto expiatorio y sustitutorio del sacrificio de Jesús: “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. Al citar las palabras de otro apóstol, Pablo, a su discípulo Timoteo, “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, Andrew Birch afirma: “En el centro mismo de este mensaje está la cruz. Jesús de Nazaret murió crucificado. Pero su cruz es mucho más que solo el lugar y la manera de su muerte; es también el lugar y la manera de nuestra salvación”.

Si desplazamos la predicación de la cruz de su lugar central en el mensaje cristiano, seremos culpables de pervertir el evangelio de Cristo. Esto es lo que ocurría en las iglesias de Galacia, hecho que impulsó el asombro y la denuncia vehemente del apóstol Pablo, a la vez que un resumen enfático de las verdades centrales del evangelio.” Si reconocemos que el mensaje de la cruz es el fundamento irremplazable de la fe cristiano, es de vital importancia que reflexionemos constantemente sobre él, que lo proclamemos con plena convicción y que lo vivamos en todas sus implicaciones insoslayables. “Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”.

TIMOTEO GLASSCOCK
Estudió derecho en Inglaterra antes de llegar a Madrid como misionero en 1972. Tuvo el privilegio de tener como mentores en sus primeros años en España a personas como Ernesto Trenchard, Pablo Wickham y Juan Solé. Se casó con Elena Gil y en 1982 se trasladaron a Galicia, donde formaron parte del equipo pastoral de la Iglesia de Marín durante veintitrés años. Después de once años colaborando con una iglesia de Salamanca, volvieron a Marín, donde residen en la actualidad. Timoteo tiene un ministerio itinerante de enseñanza bíblica entre las iglesias evangélicas en España y colabora con Proyecto Éfeso, IBSTE y la Escuela Evangélica de Teología. Tienen tres hijos y seis nietos.

ÍNDICE

Capítulo 1. Anticipar la Cruz: la pasión profetizada

Capítulo 2. Contemplar la Cruz: la pasión narrada. Los Evangelios

Capítulo 3. Meditar en la Cruz: la pasión analizada. La primera carta de Pedro

Capítulo 4. Gloriarse en la Cruz: la pasión aplicada. La carta a los Gálatas

112 pp. Andamio Editorial – 2020

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Trazando la historia de la Navidad

Para poder entender la historia de la Navidad, necesitamos retroceder en el tiempo. No solo un par de miles de años hasta el nacimiento de Jesús, sino retroceder por completo hasta llegar a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Dios los puso en el frondoso y perfecto jardín del Edén. Ellos tenían todo lo que necesitaban. Era perfecto. Pero luego, ellos pecaron. Como consecuencia, Dios los expulsó del jardín. Y desde ese entonces, Adán y Eva vivieron bajo maldición. Pero mientras Dios resonaba desde el cielo declarando la maldición, también les dio una promesa.

Dios les dio la promesa de una Simiente, una Simiente que nacería de una mujer. Esa Simiente transformaría todo el mal en bien. Él restauraría completamente todo lo que estuviera roto. Esta Simiente traería paz y armonía donde las luchas y los conflictos bramaran como un mar tempestuoso.

Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin.

En el Antiguo Testamento, el tercer capítulo del primer libro, Génesis, habla de conflicto y enemistad. Adán y Eva, quienes habían conocido solo la experiencia de la tranquilidad, ahora vivirían continuamente en conflictos amargos. Incluso la tierra los desafiaría. Los pinchazos de las espinas serían un recordatorio constante. Como dicen los poetas: “La naturaleza, roja en uñas y dientes”. Hasta la Simiente prometida entraría en este conflicto, luchando contra la Serpiente, el gran saboteador. Pero Génesis 3 promete que la Simiente triunfaría contra la Serpiente, asegurando así la victoria final y marcando el comienzo de una ola de paz tras otra.

Sin embargo, la Simiente tardaría mucho en llegar.

Adán y Eva tuvieron a Caín y a Abel, y ninguno resultó ser la Simiente. Cuando Caín mató a Abel, Dios trajo a Set a través de Adán y Eva, una pequeña muestra de gracia en un mundo lleno de problemas. Pero Set no era la Simiente. Más hijos nacieron. Generaciones llegaron y generaciones pasaron.

Luego apareció Abraham en el escenario mundial. Dios llamó a este hombre desde tiempos antiguos para crear a través de él y de su esposa Sara una nación nueva y grande que sería un faro de luz en medio de un mundo perdido y sin esperanza. Dios nuevamente prometió una Simiente a esta pareja, un hijo. Ellos pensaron que era Isaac, pero Isaac murió.

La misma historia se repitió de generación en generación, aumentando la expectación sobre la llegada de Aquel que vendría a traer paz y rectitud. Una viuda llamada Noemí y su nuera viuda, Rut, también fueron parte de esta historia. Ellas se encontraban en circunstancias desesperantes. En el mundo antiguo no existían ayudas sociales que se encargaran de personas tan marginadas.

Sin esposos y sin hijos, sin derechos y sin recursos, las viudas vivían sin saber de dónde vendría su próxima comida. Cada día era una lucha por no perder la esperanza. Luego llegó Booz y se dio la clásica historia de un chico que conoce a una chica. Booz conoció a Rut y se casó con ella. Poco tiempo después, casi al final de la historia bíblica de Rut, vemos que ella dio a luz un hijo, una simiente. Este hijo sería un restaurador de vidas, un redentor. Pero él era solo una sombra de la Simiente que vendría. Él también murió.

El hijo de Rut y Booz fue llamado Obed. Obed tuvo un hijo llamado Isaí. Isaí tuvo muchos hijos, y uno de ellos fue un pastor de ovejas. Un día, este pastor tomó un puñado de piedras y derribó a un gigante. Se enfrentó a leones, y también fue un gran músico. Para sorpresa de todos, incluso para su padre, este hijo de Isaí, el bisnieto de Rut y Booz, fue ungido como rey de Israel.

Mientras David ocupaba el trono, Dios hizo otra promesa a él directamente. Esta era otra promesa de un hijo. Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin. Esa fue la promesa de Dios.

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life.

La Palabra de Dios y la oración familiar 1

Los cabeza de familia deberían leer las Escrituras a sus familias e instruir a sus hijos y criados en los asuntos y las doctrinas de la salvación. Por tanto, deben orar en familia y con sus familias. Ningún hombre que no niegue las Escrituras, puede oponerse al incuestionable deber de leerlas en el hogar; [el deber que tienen] los gobernantes de la familia de enseñar e instruir a sus miembros de acuerdo con la Palabra de Dios. Entre una multitud de versículos expresos, analicemos estos: “Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: “¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas” (Éx. 12:26-27). Los padres cristianos tienen el mismo deber de explicar a sus hijos los sacramentos del Nuevo Testamento para instruirlos en la naturaleza, el uso y los fines del Bautismo y de la Santa Cena: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”, es decir, mañana y tarde (Dt. 6:6-7; 11:18-19). “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). Y a Dios le agradó esto en Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová” (Gn. 18:19). Esto es, pues, innegable si se ha de creer en la Palabra que hemos recibido como reglamento y a la que debemos brindar obediencia. Incluso los paganos enseñaban la necesidad de instruir a la juventud a tiempo.

La razón de esta consecuencia, desde la lectura familiar hasta las instrucciones de orar en familias, es evidente ya que necesitamos rogar a Dios para que nos proporcione la iluminación de Su Espíritu, que abra los ojos de todos los miembros de la misma y que derrame su bendición sobre todos nuestros esfuerzos, sin la cual no hay salvación. Esto será más paten-te si consideramos y reunimos los siguientes argumentos:

  1. ¿De quién es la palabra que se ha de leer juntos en familia? Acaso no es la Palabra del Dios eterno, bendito y glorioso. ¿No requiere esto y, hasta exige, oración previa en mayor medida que si uno fuera a leer el libro de algún hombre mortal? La Palabra de Dios es el medio a través del cual Él habla con nosotros. Por medio de ella nos instruye y nos informa acerca de las preocupaciones más elevadas e importantes de nuestras almas. En ella debemos buscar los remedios para la cura de nuestras enfermedades espirituales. De ella debemos sacar las armas de defensa contra los enemigos espirituales que asaltan nuestras almas para ser dirigidos en las sendas de la vida. ¿Acaso no es necesario orar juntos, pues, para que Dios prepare todos los corazones de la familia para recibir y obedecer lo que se les lea, procedente de la mente de Dios? ¿Es tan formal y sensible toda la familia a la gloria, la santidad y la majestad de aquello que Dios les transmite en su Palabra que ya no haya necesidad de orar para que así sea? Y si ven la necesidad, ¿no debería ser lo primero que hagan? Después de leer las Escrituras y de escuchar las amenazas, los mandamientos y las promesas del glorioso Dios; cuando los pecados han quedado al descubierto y también la ira divina contra ellos; cuando se han impuesto los deberes y explicado los preciosos privilegios y las promesas de un Dios fiel, “promesas grandes y preciosas” para quienes se arrepienten, creen y acuden a Dios con todo su corazón, sin fingimientos, ¿no tienen ustedes la necesidad de caer juntos de rodillas, rogar, llorar e invocar a Dios pidiendo perdón por esos pecados de los que los ha convencido esta Palabra, de los que son culpables y por los que deben lamentarse delante del Señor? ¿[No tienen la necesidad de orar] para que cuando se descubra el deber, todos tengan un corazón dispuesto para obedecer y ponerlo en práctica, y juntos arrepentirse sin fingimientos y acudir a Dios, para que puedan aplicarse esas promesas y ser copartícipes de esos privilegios? Basándonos en todo esto, pues, existe una buena razón para que cuando lean juntos, también oren juntos.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Motivos para la Adoración Familiar 2

3. Para producir verdadero gozo en el hogar: ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le proporciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desafortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!.

La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericordioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).

4. Para consolar durante momentos de prueba: Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la piedad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería administrarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nombre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas.

Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se transmite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).

5. Para influir en la sociedad: ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship”


J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y catedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

¿Es la Navidad un fiesta pagana?

Esa pregunta surge cada año en Navidad. En primer lugar, no hay un mandamiento bíblico directo para celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre. No hay nada en la Biblia que incluso indique que Jesús nació un 25 de diciembre. De hecho, hay mucho en las narrativas del Nuevo Testamento que indicaría que no ocurrió durante esa época del año. Resulta que el 25 de diciembre en el Imperio romano había una fiesta pagana ligada a las religiones mistéricas; los paganos celebraban su fiesta el 25 de diciembre. Los cristianos no querían participar en eso, así que dijeron: «Mientras todos los demás celebran esta cosa pagana, nosotros vamos a tener nuestra propia celebración. Vamos a celebrar lo que es más importante en nuestras vidas, la encarnación de Dios, el nacimiento de Jesucristo. Así que, este va a ser un tiempo de gozosas festividades, celebración y adoración a nuestro Dios y Rey».

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año. Ten en cuenta que todo el principio de festividad y celebración anual está profundamente arraigado en la antigua tradición judía. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, hubo momentos en que Dios enfáticamente ordenó al pueblo que recordara ciertos eventos con celebraciones anuales. Aunque el Nuevo Testamento no requiere que celebremos la Navidad todos los años, ciertamente no veo nada de malo en que la Iglesia entre en este tiempo de gozo de celebrar la Encarnación, que es el evento que divide toda la historia humana. Originalmente, tuvo la intención de honrar, no a Mitras o a cualquier otro culto de la religión mistérica, sino el nacimiento de nuestro Rey.

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año.

A propósito, la Pascua puede ser rastreada hasta la diosa Ishtar en el mundo antiguo. Pero que la Iglesia cristiana se reúna para celebrar la resurrección de Jesús no creo que sea algo que provoque la ira de Dios. Ojalá tuviéramos más festividades anuales. La Iglesia católica romana, por ejemplo, celebra con gran gozo la Fiesta de la Ascensión cada año. Algunas entidades protestantes lo hacen, pero la mayoría no. Desearía que celebráramos ese gran evento en la vida de Cristo cuando fue levantado al cielo para ser coronado Rey de reyes y Señor de señores. Celebramos Su nacimiento; celebramos Su muerte. Desearía que también celebráramos Su coronación.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Motivos para la Adoración Familiar 1

Hemos dicho, hermanos míos, en una ocasión anterior, que si queremos morir su Muerte, debemos vivir su Vida. Es cierto que hay casos en los que el Señor muestra su misericordia y su gloria a los hombres que ya se encuentran en el lecho de muerte y les dice como al ladrón en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El Señor sigue dándole a la Iglesia ejemplos similares de vez en cuando. Y lo hace con el propósito de exhibir su poder soberano por el cual, cuando le agrada hacerlo así, puede quebrantar el más duro de los corazones y convertir a las almas más apartadas de Dios para mostrar que todo depende de su gracia y que tiene misericordia de quien tiene misericordia. Con todo, estas no son sino raras excepciones de las que no pueden depender en absoluto y, mis queridos oyentes, si desean morir la muerte del cristiano, deben vivir la vida del cristiano. Sus corazones deben estar verdaderamente convertidos al Señor; verdaderamente preparados para el reino y confiar sólo en la misericordia de Cristo deseando ir a morar con Él. Ahora, amigos míos, existen varios medios por los cuales pueden prepararse en vida para obtener, un día futuro, un bendito final. Y es en uno de estos medios más eficaces en el que queremos reflexionar ahora. Este medio es la adoración familiar; es decir, la edificación diaria que los miembros de una familia cristiana pueden disfrutar mutuamente. “Pero yo y mi casa [le dijo Josué a Israel] serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Deseamos hermanos, darles los motivos que deberían inducir-nos a resolver lo mismo que Josué y las directrices necesarias para cumplirlo.

“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. — Josué 24:15

¿POR QUÉ LA ADORACIÓN FAMILIAR?

  1. Para darle gloria a Dios: Sin embargo, hermanos míos, si el amor de Dios está en sus corazones y si sienten que por haber sido comprados por precio, deberían glorificar a Dios en sus cuerpos y sus espíritus, que son de Él, ¿hay otro lugar aparte de la familia y el hogar en el que prefieren glorificarle? A ustedes les gusta unirse con los hermanos para adorarle públicamente en la iglesia; les agrada derramar su alma delante de Él en el lugar privado de oración. ¿Será que en la presencia de ese ser con el que hay una unión para toda la vida, hecha por Dios, y delante de los hijos es el único lugar donde no se puede pensar en Dios? ¿Será tan solo que no tienen bendiciones que atribuirle? ¿Será tan solo que no tienen que implorar por misericordia y protección? Se sienten libres para hablar de todo cuando están con la familia; sus conversaciones tocan mil asuntos diferentes; ¡pero no cabe lugar en sus lenguas y en sus corazones para una sola palabra sobre Dios! ¿No alzarán la mirada a Él como familia, a Él que es el verdadero Padre de sus familias? ¿No conversará cada uno de ustedes con su esposa y sus hijos sobre ese Ser que un día tal vez sea el único Esposo de su mujer y el único Padre de sus hijos? El evangelio es el que ha formado la sociedad doméstica. No existía antes de él; no existe sin él. Por tanto, parecería que el deber de esa sociedad, llena de gratitud hacia el Dios del evangelio, fuera estar particularmente consagrada a él. A pesar de ello, hermanos míos, ¡cuántas parejas, cuántas familias hay que son cristianas nominales y que incluso sienten algún respeto por la religión y no nombran nunca a Dios! ¡Cuántos ejemplos hay en los que las almas inmortales que han sido unidas nunca se han preguntado quién las unió y cuáles serán su destino futuro y sus objetivos! ¡Con cuánta frecuencia ocurre que, aunque se esfuerzan por ayudarse el uno al otro en todo lo demás, ni siquiera piensan en echarse una mano en la búsqueda de lo único que es necesario, en conversar, en leer, en orar con respecto a sus intereses eternos! ¡Esposos cristianos! ¿Acaso sólo deben estar unidos en la carne y por algún tiempo? ¿No es también en el espíritu y para la eternidad? ¿Son ustedes seres que se han encontrado por accidente y a quienes otro accidente, la muerte, pronto separará? ¿No desean ser unidos por Dios, en Dios y para Dios? ¡La fe cristiana uniría sus almas mediante lazos inmortales! Pero no los rechacen; más bien al contrario, estréchenlos cada día más, adorando juntos bajo el techo doméstico. Los viajantes en el mismo vehículo conversan sobre el lugar al que se dirigen. ¿Y no conversarán ustedes, compañeros de viaje al mundo eterno, sobre ese mundo, del camino que conduce a él, de sus temores y de sus esperanzas? Porque muchos andan —dice San Pablo— como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18) por-que nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3:20).

2. Para proteger a los hijos del pecado: Si tienen el deber de estar comprometidos con respecto a Dios en sus hogares y esto para su propio bien, ¿no deberían también estar comprometidos por amor a los que forman su familia, cuyas almas han sido encomendadas a su cuidado y, en especial, por sus hijos? Les preocupa en gran extremo la prosperidad de ellos, su felicidad temporal; ¿pero no hace esta preocupación que el descuido de ustedes por su prosperidad eterna y su felicidad sea aún más palpable? Sus hijos son jóvenes árboles que les han sido confiados; el hogar es el vivero donde deberían de crecer y ustedes son los jardineros. ¡Pero oh! ¿Plantarán esos jóvenes árboles tiernos y preciosos en una tierra estéril y arenosa? Y sin embargo es lo que están haciendo, si no hay nada en el hogar que los haga crecer en el conocimiento y el amor de su Dios y Salvador. ¿No están ustedes preparando para ellos una tierra favorable de la que puedan derivar savia y vida? ¿Qué será de sus hijos en medio de todas las tentaciones que los rodearán y los arrastrarán al pecado? ¿Qué les ocurrirá en esos momentos turbulentos en los que es tan necesario fortalecer el alma del joven con el temor de Dios y, así, proporcionarle a esa frágil barca el lastre necesario para botarla sobre el inmenso océano?

“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea la suya”. —Números 23:10

¡Padres! Si sus hijos no se encuentran con un espíritu de piedad en el hogar, si por el contrario, el orgullo de ustedes consiste en rodearlos de regalos externos, introduciéndolos en la sociedad mundana, permitiendo todos sus caprichos, dejándoles seguir su propio curso, ¡los verán crecer como personas superficiales, orgullosas, ociosas, desobedientes, insolentes y extravagantes! Ellos los tratarán con desprecio y cuanto más se preocupen ustedes por ellos, menos pensarán ellos en ustedes. Este caso se ve con mucha frecuencia; pero pregúntense a ustedes mismos si no son responsables de sus malos hábitos y prácticas. Y sus conciencias responderán que sí, que están comiendo ahora el pan de amargura que ustedes mismos han preparado. ¡Ojalá que la consciencia les haga entender lo grande que ha sido su pecado contra Dios al descuidar los medios que estaban en su poder para influir en los corazones de sus hijos y pueda ser que otros queden advertidos por la desgracia de ustedes! No hay nada más eficaz que el ejemplo de la piedad doméstica. La adoración pública es, a menudo, demasiado vaga y general para los niños, y no les interesa suficientemente. En cuanto a la adoración en secreto, todavía no la entienden. Si una lección que se aprende de memoria no va acompañada por nada más, puede llevarlos a considerar la fe cristiana como un estudio, como los de lenguas extranjeras o historia. Aquí como en cualquier otra parte e incluso más que en otro lugar, el ejemplo es más eficaz que el precepto. No se les debe enseñar que deben de amar a Dios a partir de un mero libro elemental, sino que deben demostrarle amor por Dios. Si observan que no se brinda adoración alguna a ese Dios de quien ellos oyen hablar, la mejor instrucción resultará ser inútil. Sin embargo, por medio de la adoración familiar, estas jóvenes plantas crecerán “como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae” (Sal. 1:3). Los hijos pueden abandonar el techo parental, pero recordarán en tierras extrañas las oraciones que se elevaban en el hogar y esas plegarias los protegerán. “Si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia” (1 Ti. 5:4).

Tomado de “Family Worship”


J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y catedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

Lo que Dios es para Las Familias 2

PROPUESTA 3: Dios es el Amo y Gobernador de sus familias; por tanto, como tales, ellas deberían servirle y orar a Él. Si Él es su Dueño, también es su Soberano y, ¿acaso no le da leyes por las que caminar y obedecer, no sólo como personas particulares, sino también como sociedad combinada? (Ef. 5:25-33; 6:1-10; Col. 3:19-25; 4:1). ¿Es, pues, Dios el Amo de su familia, y no debería ésta servirle? ¿Acaso no le deben obediencia los súbditos a sus gobernantes? “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?” (Mal. 1:6). Sí, ¿dónde? Desde luego no en las familias impías que no oran.

PROPUESTA 4: Dios es el Benefactor de sus familias, por tanto, deberían servir a Dios en oración y alabanza a Él. Dios no los hace buenos y les da misericordias como personas individuales solamente, sino también como una sociedad conjunta. ¿No es la continuidad del padre de familia una merced hacia toda la familia y no sólo hacia él? ¿No es la continuidad de la madre, los hijos y los siervos en vida, salud y existencia, una clemencia para toda la familia? Que tengan ustedes una casa donde vivir juntos y comida para compartir en familia ¿no son para ustedes misericordias familiares? ¿No clama esto a gritos en sus oídos y su consciencia para que den gracias, juntos, a su espléndido Benefactor, y para orar todos por la continuidad de estos así como para que se concedan más cosas según las vayan necesitando? No tendría fin declarar de cuántas formas Dios es el Benefactor de sus familias de manera conjunta y serán ustedes unos desvergonzados si no le alaban juntamente por su generosidad. Una casa así es más una pocilga de cerdos que una morada de criaturas racionales.

¿No llamará Dios a dar cuentas a estas familias que no oran como lo hizo en Jeremías 2:31? “¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a ti?”. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? Hablen familias impías que no oran. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? ¡No! Cada bocado de pan [que] comen les dice que Dios no se olvida de ustedes. Cada vez [que] ven su mesa puesta y la comida sobre ella, comprueban que Dios no se olvida de ustedes. “Entonces, ¿por qué —dice Dios— no vendrá esta familia a mí? Cuando tienen con qué no lloran pidiendo pan, [de manera que] el padre no se ve obligado a decir: “¡Te daría pan, hijo mío, pero no lo tengo!”. ¿Por qué no vienen a mí? Viven juntos y comen juntos a mis expensas, cuidado y custodia y, a pesar de ello, pasan los meses y nunca vienen a mí. Y que sus hijos estén en su sano juicio, tengan ropa, miembros, no hayan nacido ciegos ni tenido un nacimiento monstruoso, y les haya hecho bien de mil maneras, puede decir Dios, ¿por qué, pues, viven años enteros juntos y, sin embargo, no vienen a mí juntos? ¿Han encontrado a alguien más capaz o más dispuesto a hacerles el bien? Jamás lo hallarán. ¿Por qué son, pues, tan ingratos que no vienen a mí?”.

Saben cuando Dios es el Benefactor de las personas (y existe la misma razón para las familias) y no le sirven, ¡qué monstruosa perversidad! Dios los ha mantenido a salvo en la noche y, sin embargo, por la mañana no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha preservado? ¡Vengan, vengan, alabémosle juntos!”. Dios les ha hecho bien a ustedes y a sus familias durante tantos años; pero no dicen: “¿Dónde está el Señor que ha hecho tan grandes cosas por nosotros? ¡Vengan! Reconozcamos juntos su misericordia”. Dios los ha acompañado en la aflicción y en la enfermedad de la familia: La plaga ha estado en la casa y, a pesar de ello, están vivos —la viruela y las ardientes fiebres han estado en sus casas y, con todo, ustedes siguen vivos—, su compañero/a conyugal ha estado enfermo/a y se ha recuperado; los niños casi han muerto y se han curado. Pero ustedes no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha salvado de la tumba y nos ha rescatado del abismo para que no nos pudramos entre los muertos?”. Pero no oran a él ni alaban juntos a su maravilloso Benefactor. ¡Que se asombren de esto los muros mismos entre los cuales viven estos ingratos desgraciados! ¡Que tiemblen las vigas y las columnas de sus casas! ¡Que los travesaños mismos del suelo que pisan y sobre el que caminan se asusten horriblemente! ¡Porque aquellos que viven juntos en semejante casa se van a la cama antes de orar conjuntamente! ¡Que la tierra se sorprenda porque las familias que el Señor alimenta y mantiene son rebeldes y desagradecidas, y son peores que el buey mismo que conoce a su dueño y tienen menos entendimiento que el asno (Is. 1:2-3)!

De lo que se ha dicho razono de esta manera: Si Dios es el Fundador, Dueño, Gobernador y Benefactor de las familias, que estas le adoren conjuntamente y oren a Él.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Escritor de talento y predicador; uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra

¿Pueden los incrédulos hacer buenas obras?

Imagine un círculo que representa el carácter de la humanidad. Ahora imagine que cuando alguien peca, aparece en el círculo una mancha, una especie de mancha moral, que arruina el carácter del hombre. Si ocurrieran otros pecados, aparecerían más manchas en el círculo. Bueno, si los pecados continuaran multiplicándose, eventualmente todo el círculo estaría lleno de manchas y manchas. Pero, ¿han llegado las cosas a ese punto? El carácter humano está claramente contaminado por el pecado, pero el debate es sobre el alcance de esa mancha. La Iglesia católica romana sostiene su posición en que el carácter del hombre no está completamente contaminado, sino que retiene una pequeña isla de justicia. Sin embargo, los reformadores protestantes del siglo XVI afirmaron que la contaminación pecaminosa y la corrupción del hombre caído es completa, haciéndonos totalmente corruptos.

Hay un gran malentendido acerca de lo que los reformadores querían decir con esa afirmación. El término que se utiliza a menudo para el predicamento humano en la teología reformada clásica es la “depravación total”. La gente tiende a estremecerse cada vez que usamos ese término ya que hay una confusión profunda entre el concepto de depravación total y el concepto de depravación absoluta. La depravación absoluta significaría que el hombre es tan malo y tan corrupto como podría serlo. No creo que haya un ser humano en este mundo que sea totalmente corrupto, aunque eso es solo por la gracia de Dios y por el poder contenedor de su gracia común. De los muchos pecados que hemos cometido, podríamos haber hecho muchos peores. Podríamos haber pecado más a menudo. Podríamos haber cometido pecados que eran más atroces. O podríamos haber cometido un mayor número de pecados. La depravación total, entonces, no significa que los hombres son tan malos como pueden ser.

Cuando los reformadores protestantes hablaban de la depravación total, querían decir que el pecado —su poder, su influencia, su inclinación— afecta a la persona entera. Nuestros cuerpos están caídos, nuestros corazones están caídos, y nuestras mentes están caídas; no hay parte de nosotros que pueda escapar los estragos de nuestra pecaminosa naturaleza humana. El pecado afecta nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, e incluso nuestra conversación. La persona entera está caída. Esa es la extensión real de nuestra pecaminosidad cuando somos juzgados por el estándar y la norma de la perfección y santidad de Dios.

Ahondando más en el tema, cuando el apóstol Pablo explica detalladamente esta condición del humano caído, dice: “No hay justo, ni aun uno; … No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10b-12). Esa es una declaración radical. Pablo está diciendo que el hombre caído nunca, nunca, hace ni una sola buena acción, pero eso es un golpe duro a nuestra experiencia. Cuando miramos a nuestro alrededor podemos ver a muchas personas que no son cristianos pero hacen cosas que aplaudiríamos por su virtud. Por ejemplo, vemos actos de heroísmo sacrificado entre aquellos que no son cristianos, como los policías y bomberos. Muchas personas viven tranquilamente como ciudadanos respetuosos de la ley, nunca desafiando al estado. Escuchamos regularmente acerca de actos de honestidad e integridad, como cuando una persona devuelve una billetera perdida en vez de quedarse con ella. Juan Calvino llamó a estos actos: justicia civil. Pero ¿cómo puede haber obras de bondad cuando la Biblia dice que nadie hace el bien?

La razón de este problema es que cuando la Biblia describe la bondad o la maldad, lo mira desde dos perspectivas distintas. Primero, está la varilla de medición de la Ley, que evalúa el desempeño externo de los seres humanos. Por ejemplo, si Dios dice que no es permitido robar, y usted va toda la vida sin robar, desde una evaluación externa podríamos decir que usted tiene un buen historial. Usted ha guardado la ley externamente.

Pero además de la varilla de medición externa, también está la consideración del corazón, la motivación interna de nuestro comportamiento. Se nos dice que el hombre juzga por las apariencias externas, pero Dios mira el corazón. Desde una perspectiva bíblica, hacer una buena acción, en el sentido más completo, requiere no solo que el hecho se ajuste exteriormente a los estándares de la Ley de Dios, sino que proceda de un corazón que lo ama y quiere honrarlo. Recordad el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt. 22:37). ¿Hay alguien leyendo esto que haya amado a Dios con todo su corazón durante los últimos cinco minutos? No. Nadie ama a Dios con todo su corazón, no digamos con toda su alma y toda su mente.

Una de las cosas por las que voy a dar cuenta en el día del juicio es la forma en que he desperdiciado mi mente en la búsqueda del conocimiento de Dios. ¿Cuántas veces he sido demasiado perezoso y no me he dedicado con esfuerzo a conocer a Dios? No he amado a Dios con toda mi mente. Si amo a Dios con toda mi mente, nunca habría un pensamiento impuro en mi cabeza. Pero así no sucede en mi cabeza.

Si consideramos el desempeño humano desde esta perspectiva, podemos ver por qué el apóstol Pablo llegó a su conclusión radical de que no hay nadie que haga el bien, que no hay bondad en la humanidad. Incluso nuestros mejores trabajos tienen una mancha de pecado mezclada. Nunca he hecho un acto de caridad, de sacrificio, o de heroísmo que provenga de un corazón, un alma, y una mente que ame a Dios completamente. Externamente, muchos actos virtuosos ocurren tanto entre creyentes como incrédulos, pero Dios considera tanto la obediencia externa como la motivación. Bajo esa estricta norma de juicio, estamos en problemas.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Lo que Dios es para las familias 1

PROPUESTA 1: Dios es el Fundador de todas las familias; por tanto, estas deberían orar a Él. La sociedad familiar suele estar formada por estas tres combinaciones: Marido y mujer, padres e hijos, amos y siervos, aunque puede haber una familia donde esto no sea así, aun estando dentro de estos parámetros, todas estas combinaciones son de Dios. La institución de marido y mujer viene de Dios (Gn. 2:21-24) y también la de padres e hijos, y amos y siervos. La autoridad de uno sobre otro y la sujeción del otro al uno están instituidas por Dios y fundadas en la ley de la naturaleza, que es la ley de Dios. Él no sólo creó a las personas consideradas por separado, sino también a esta sociedad. Y, así como la persona individual está sujeta a dedicarse al servicio de Dios y orar a Él, así también la sociedad familiar está sujeta conjuntamente a lo mismo, porque la sociedad es de Dios. ¿Acaso ha designado Dios a esta sociedad sólo para el consuelo mutuo de sus miembros o del conjunto de la familia, o también para que el grupo mismo le brinde su propia gloria? ¿Y puede darle gloria a Dios esta sociedad familiar si no le sirve y ora a Él? ¿Le ha dado Dios autoridad a aquel que manda y gobierna, y al otro el encargo de obedecer, sólo en referencia a las cosas mundanas y no en las espirituales? ¿Puede ser el consuelo de la criatura el fin supremo de Dios? No; el fin es su propia gloria. ¿Acaso alguien, por la autoridad de Dios y el orden de la naturaleza, es el paterfamilias, “el amo de la familia”, así llamado en referencia a sus sirvientes y también a sus hijos, por el cuidado que debería tener de las almas de los siervos y de que adoren a Dios con él, como también lo hacen sus hijos? ¿No debería mejorar el poder que ha recibido de Dios sobre todos ellos, para Él y para el bienestar de las almas de ellos, llamándolos conjuntamente a adorar a Dios y a orarle? Que juzguen la razón y la fe.

PROPUESTA 2: Dios es el Dueño de nuestras familias; por tanto, deberíamos orarle a Él, que es nuestro Dueño y Propietario absoluto; no sólo por la supereminencia de su naturaleza, sino también por medio del derecho de creación al habernos dado el ser y todo lo que tenemos. Nosotros mismos y todo lo que es nuestro (siendo nosotros y lo nuestro más suyo que nuestro), estamos incuestionablemente sujetos a entregarnos a Dios en lo que pudiéramos ser más útil para el interés y la gloria de nuestro Dueño. ¿De quién son, pues, sus familias, sino de Dios? ¿Desmentirán ustedes a Dios como Dueño suyo? Aunque lo hicieran, en cierto modo siguen siendo suyos, a pesar de que no sería mediante la resignación ni consagrándose por completo a Él. ¿De quién prefieren que sean sus familias, de Dios o del diablo? ¿Tiene el diablo algún derecho a sus familias? ¿Servirán estas al diablo que no tiene derecho alguno sobre ustedes ni sobre la creación, la preservación o la redención? ¿Y no servirán ustedes a Dios que, por medio de todo esto, tiene derecho sobre ustedes y una propiedad absoluta y completa en ustedes? Si dicen que sus familias son del diablo, sírvanle a él. Pero si afirman que son de Dios, entonces sírvanle a Él. ¿O acaso dirán: “Somos de Dios, pero serviremos al diablo”? Si no lo dicen, pero lo hacen, ¿no es igual de malo? ¿Por qué no se avergüenzan de proceder así y sí se abochornan de hablar y decirle al mundo lo que hacen? Hablen, pues, en el temor de Dios. Si sus familias como tales son de Dios, ¿no sería razonable que le sirvieran y le oraran a Él?

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Escritor de talento y predicador; uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra

Hipócritas en la iglesia

¿Por qué maldijo Jesús a la higuera en Marcos 11? Jesús, entre otras cosas, era un profeta. Una de las formas más gráficas de comunicación profética en el Antiguo Testamento era enseñar por medio de objetos. El profeta tomaba algo de la naturaleza o de la vida cotidiana, como lo hizo Amós con una plomada de albañil para comunicar la verdad de Dios. Aquí Jesús encontró un objeto que ilustraba el pecado de la hipocresía. Tenía la apariencia de fertilidad, pero en realidad era estéril. A lo largo de su ministerio terrenal, Jesús denunció fuertemente el pecado de la hipocresía. Esa era su crítica básica a los fariseos de su tiempo (Lucas 12:1).

En varias ocasiones Jesús reprendió a los líderes religiosos por demostrar espiritualidad y rectitud a pesar de su falta visible de fruto.

Eso debería ser una lección para nosotros. Un ministerio evangelístico encontró durante muchos años que una de las diez principales objeciones al cristianismo es la suposición de que la iglesia está llena de hipócritas. La gente veía las vidas de los miembros de la iglesia a lo largo de la semana y dijeron que se alejaron del cristianismo porque creían que los cristianos no vivían lo que profesaban.

Es cierto que la iglesia está llena de pecadores. De hecho, no conozco de ninguna otra organización en el mundo que requiera que una persona sea un pecador para unirse a ella. Sin embargo, mientras que todos los hipócritas son pecadores, no todos los pecadores son hipócritas. La hipocresía es solo uno de muchos pecados. Es injusto que nuestros críticos digan: “Fulanito es un cristiano, y lo vimos pecando durante la semana; por lo tanto, es un hipócrita”. Eso no es necesariamente así. Si yo afirmo no hacer algo pecaminoso y luego usted me ve hacerlo, soy culpable de hipocresía. Pero si usted me ve hacer algo pecaminoso que nunca dije que no hago, soy un pecador pero no soy un hipócrita. Tenemos que establecer esa clara distinción.

Sin embargo, habiendo dicho eso en defensa de los cristianos que por su naturaleza caída continúan pecando incluso después de abrazar al Salvador, todavía exhorto a que todos tengamos cuidado de evitar el pecado de la hipocresía. Pablo habló de esto cuando dijo: “El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ustedes” (Ro. 2:24).

Los incrédulos nos ven predicando sin ponerlo en práctica, y eso no debería ser así entre nosotros.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 2

En el Nuevo Testamento, las huellas de la adoración familiar no son menos obvias. Nos alegra tomar prestado el animado lenguaje del Sr. Hamilton de Londres y preguntar: “¿Envidias a Cornelio, cuyas oraciones fueron oídas y a quien el Señor le envió un mensajero especial que le enseñara el camino de la salvación? Era un hombre “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” y que estaba tan ansioso por la salvación de su familia que reunió a sus parientes y sus amigos cercanos para que pudieran estar preparados para escuchar al Apóstol cuando éste llegara y, de esta manera, también beneficiarse (Hch. 10:2, 24 y 31). ¿Admiras a Aquila y Priscila, La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia “colaboradores [de Pablo] en Cristo Jesús” y tan diestros en las Escrituras que pudieron enseñarle más exactamente el camino de Dios a un joven ministro? Encontrarás que una razón de su familiaridad con las Escrituras era que tenían una iglesia en su casa (Hch. 18:26; Ro. 16:5). Sin lugar a duda, se reconocía con respecto a las cosas espirituales y también a las temporales, que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Ese espíritu de oración social que llevó a los discípulos a unirse en súplica o alabanza, en aposentos altos, en cárceles, y al borde del mar se manifestó en las devociones diarias de la familia (Hch. 1:13; 16:25; Gá. 4:12; 2 Ti. 1:3).

Nuestros registros del cristianismo primitivo están tan distorsionados y contaminados por una tradición supersticiosa que no debe sorprendernos encontrar un culto sencillo y espiritual como éste bajo la sombra de los ritos sacerdotales. A pesar de ello, discernimos lo bastante para enseñarnos que los creyentes de los primeros siglos no descuidaron la adoración familiar.

“En general —dice Neander en una obra que no se ha publicado entre nosotros—, siguieron a los judíos en la observancia de los tres momentos del día, las nueve, las doce y las tres como horas especiales de oración; sin embargo, ellos no los usaron de forma legal, como en contra de la libertad cristiana; pues Tertuliano afirma, hablando sobre los tiempos para la ora-ción, ‘no se nos exige nada excepto que oremos a toda hora y en todo lu-gar’. Los cristianos comenzaban y terminaban el día con la oración. Antes de cada comida, antes del baño, oraban, ya que, como dice Tertuliano, ‘el refresco y la alimentación del alma debe preceder a los del cuerpo; lo celestial antes que lo terrenal’. Cuando un cristiano del extranjero, tras la recepción y la hospitalidad fraternal en casa de otro cristiano se marchaba, la familia cristiana lo despedía con oración, ‘porque —decían— en tu hermano has contemplado a tu Señor’. Para cada asunto de la vida ordinaria se preparaban mediante la oración”.

A esto podemos añadir las declaraciones de un hombre culto que convirtió las antigüedades cristianas en su peculiar estudio: “En lugar de consumir sus horas de ocio en hueca inactividad o derivando su principal diversión del bullicioso regocijo, el recital de cuentos de superstición o cantar las canciones profanas de los paganos, pasaban sus horas de reposo en una búsqueda racional y vigorizante, hallaban placer en ampliar su conocimiento religioso y su entretenimiento en cánticos dedicados a la alabanza de Dios. Esto constituía su pasatiempo en privado y sus recreos favoritos en las reuniones de su familia y sus amigos. Con la mente llena de la influencia inspiradora de estas, regresaban con nuevo ardor a sus escenarios de dura tarea y para gratificar su gusto por una renovación de ellas, anhelaban ser liberados de la labor, mucho más que apaciguar su apetito con las provisiones de la mesa. Jóvenes mujeres sentadas a la rueca y matronas que llevaban a cabo los deberes de la casa, canturreaban constantemente algunas tonadas espirituales.

“Y Jerónimo relata sobre el lugar donde vivía, que uno no podía salir al campo sin escuchar a los labradores con sus aleluyas, los segadores con sus himnos y los viñadores cantando los Salmos de David. Los cristianos primitivos no sólo leían la palabra de Dios y cantaban alabanzas a su Nombre al medio día y a la hora de sus comidas. Muy temprano en la mañana, la familia se reunía y se leía una porción de las Escrituras del Antiguo Testamento, a continuación se cantaba un himno y se elevaba una oración en la que se daba gracias al Todopoderoso por preservarlos durante las silenciosas vigilias de la noche y, por su bondad, al permitirles tener sanidad de cuerpo y una mente saludable y, al mismo tiempo, se imploraba su gracia para defenderlos de los peligros y las tentaciones del día, hacerles fieles a todo deber y capacitarlos en todos los aspectos para caminar dignos de su vocación cristiana. En la noche, antes de retirarse a descansar, la familia volvía a reunirse y se observaba la misma forma de adoración que en la mañana con esta diferencia: Que el servicio se alargaba considerablemente, más allá del periodo que se le podía asignar convenientemente al principio del día. Aparte de todas estas observancias, tenían la costumbre de levantarse a medianoche para entrar en oración y cantar salmos, una práctica de venerable antigüedad y que, como supone con razón el Dr. Cave, tomó su origen de las primeras épocas de la persecución cuando, no atreviéndose a juntarse durante el día, se veían obligados a celebrar sus asambleas religiosas de noche”.

Cuando llegamos al avivamiento de la piedad evangélica en la Reforma, nos encontramos en medio de tal corriente de autoridad y ejemplo que debemos contentarnos con declaraciones generales. Cualquiera que pudie-ra ser la práctica de sus hijos degenerados, los Reformadores primitivos son universalmente conocidos por haber dado gran valor a las devociones familiares. Los contemporáneos de Lutero y sus biógrafos, recogen sus oraciones en su casa con calidez. Las iglesias de Alemania fueron bendeci- das en mejor época, con una amplia prevalencia de la piedad familiar. Se recogen hechos similares en Suiza, Francia y Holanda.

Tomado de Thoughts on Family Worship.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas institu-ciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Vir-ginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 1

La adoración en familia, como el nombre lo indica, es la adoración conjunta que se rinde a Dios por parte de todos los miembros de una familia. Existe un impulso irresistible a orar por aquellos a quienes amamos y, no sólo a orar por ellos, sino con ellos. Existe una incitación natural, a la vez que benévola, de orar con aquellos que están cerca de nosotros. La oración es un ejercicio social. La oración que nuestro Señor les enseñó a sus discípulos lleva este sello en cada petición. Es este principio el que conduce a las devociones unidas de las asambleas de iglesias y que se manifiesta de inmediato en las familias cristianas.

Aunque sólo hubiera dos seres humanos sobre la tierra, si tuvieran un corazón santificado, se verían atraídos a orar el uno con el otro. Aquí te-nemos la fuente de la adoración doméstica. Hubo un tiempo en el que sólo había dos seres humanos sobre la tierra y podemos estar seguros de que ofrecieron adoración en común. Fue la adoración familiar en el Paraíso.

Que la religión deba pertenecer especialmente a la relación doméstica no es en absoluto maravilloso. La familia es las más antigua de las sociedades humanas. Es tan antigua como la creación de la raza. Los hombres no se unieron en familias por una determinación voluntaria o convenio social de acuerdo con la absurda invención de los infieles: Fueron creados en familias.

No es nuestro propósito hacer ningún esfuerzo ingenioso por forzar la historia del Antiguo Testamento para nuestro servicio o investigar la ado-ración familiar en cada era del mundo. Que ha existido siempre, no lo po-nemos en duda; que el Antiguo Testamento pretendía comunicar este hecho ya no está tan claro. Pero sin ninguna indulgencia de la imaginación, no podemos dejar de discernir el principio de la adoración familiar que aparece y reaparece como algo familiar en los tiempos más remotos.

Aunque toda la iglesia de Dios estaba en el arca, la adoración era por completo una adoración familiar. Y, después de que las aguas retrocedie-ran, cuando “edificó Noé un altar a Jehová” se trataba de un sacrificio fa-miliar (Gn. 8:20). Los patriarcas parecen haber dejado un registro de su adoración social en cada campamento. Tan pronto como encontramos a Abraham en la Tierra Prometida, le vemos levantando un altar en la llanu-ra de More (Gn. 12:7).

Lo mismo ocurre en el valle entre Hi y Betel. Isaac, no sólo renueva las fuentes que su padre había abierto, sino que mantiene sus devociones, edificando un altar en Beerseba (Gn. 26:25). El altar de Jacob en Betel era eminentemente un monumento familiar y así fue señalado por lo que él le dijo a su familia y a todos los que estaban con él en el camino: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros” (Gn. 35:1-2). El altar se llamó El Betel. Esta herencia de ritos religiosos en el linaje de la familia correspondía con aquella declaración de Jehová con respecto a la religión de la familia que debería prevalecer en la casa de Abraham (Gn. 18:19). El servicio de Job en nombre de sus hijos era un servicio perpetuo: “Enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos… De esta manera hacía todos los días” como dice el hebreo, “todos los días” (Job 1:5). El libro de Deuteronomio está lleno de religión familiar y como ejemplo de esto podemos señalar de forma especial el capítulo seis. La Pascua, como veremos de forma más plena más adelante, era un rito familiar.

Por todas partes en el Antiguo Testamento, los hombres buenos tenían en cuenta la unión doméstica en su religión. Josué, aún ante el riesgo de quedarse solo con su familia, se aferra a Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). David, tras su servicio público en el tabernáculo, donde “bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos” regresa “para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Había aprendido a relacionar el servicio a Dios con los lazos domésticos en la casa de su padre Isaí “porque todos los de su familia celebran allá el sacrificio anual” (1 S. 20:6). Y, en las predicciones de la humillación penitencial que tendrá lugar cuando Dios derrame sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de súplicas, la idoneidad de tales ejercicios para la familia como tal no se pasan por alto: “Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí” (Zac. 12:12-14).

Continuará …

Tomado de Thoughts on Family Worship


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas instituciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Virginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

Apuntes de Matthew Henry

¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su Nombre. — Matthew Henry

Matthew Henry, teólogo y comentarista no conformista, nació en Broad Oak, cerca de Bangor-Iscoed, Flintshire, Gales, el 18 de octubre de 1662 y murió en Nantwich, Cheshire, Inglaterra, el 22 de junio de 1714.

Un remedio para el decaimiento de la Fe Cristiana

Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particulares) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación?

En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secunden también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más au-toridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes.

¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipocresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren seriamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno pro-mete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.

Tomado de “The Family Altar”, The Works of Oliver Heywood


Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood

Por qué la Reforma sigue siendo importante

El 31 de octubre de 2016, el papa Francisco anunció que después de quinientos años, los protestantes y los católicos ahora «tienen la oportunidad de reparar un momento crítico de nuestra historia yendo más allá de las controversias y desacuerdos que a menudo nos han impedido entendernos». Al leer esto, da la impresión de que la Reforma fue una disputa desafortunada e innecesaria por tonterías, un arrebato infantil que todos podemos dejar atrás ahora que hemos crecido.  

Pero dile eso a Martín Lutero, quien sintió tal liberación y gozo al redescubrir la justificación por la fe sola que escribió: «Sentí que había nacido de nuevo y que había entrado en el paraíso mismo por puertas abiertas». Díselo a William Tyndale, a quien le parecieron noticias tan «felices, alegres y gozosas» que lo hicieron «cantar, bailar y saltar de alegría». Díselo a Thomas Bilney, quien descubrió que le proporcionaba «consuelo y reposo maravillosos, tanto así que mis huesos magullados saltaron de alegría». Es evidente que esos primeros reformadores no lo vieron como un pleito juvenil, sino como el descubrimiento de buenas nuevas de gran gozo.

BUENAS NOTICIAS EN 1517

A principios del siglo XVI, Europa llevaba ya unos mil años sin una Biblia que la gente pudiera leer. Por tanto, Thomas Bilney nunca se había encontrado con las palabras: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1:15). En lugar de comunicarles la Palabra de Dios, se les decía que Dios es un Dios que capacita a las personas para que se ganen su propia salvación. Como solía decir uno de los maestros de la época: «Dios no le negará Su gracia a los que dan lo mejor de sí». Sin embargo, lo que ellos presentaban como palabras de ánimo le dejaba un sabor amargo a todos los que las tomaban en serio. ¿Cómo puede uno estar seguro de haber hecho el mejor esfuerzo? ¿Cómo puede uno saber si se ha convertido en el tipo de persona justa que merece la salvación?

Martín Lutero ciertamente lo intentó. Escribió: «Era un buen monje y mantuve mi orden tan estrictamente que de ser posible que un monje entrara al cielo mediante la disciplina monástica, yo debería haber entrado». Sin embargo, encontró lo siguiente:

Mi conciencia no me daba certeza sino que siempre dudaba y decía: «No lo hiciste bien. No estuviste suficientemente contrito. Dejaste eso fuera de tu confesión». Cuanto más trataba de remediar una conciencia incierta, débil y atribulada con tradiciones humanas, más aumentaba mi incertidumbre, mi debilidad y mi tribulación.

Según el catolicismo romano, Lutero tenía razón al no estar seguro del cielo. Mostrar esa confianza en tener un lugar en el cielo se consideraba una presunción errada, y fue uno de los cargos formulados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:

Esta mujer peca cuando dice estar tan segura de que será recibida en el Paraíso como si ya fuera partícipe de… la gloria, pues en este camino terrenal ningún peregrino sabe si es digno de gloria o de castigo, algo que solo sabe el Juez soberano.

Ese juicio tenía mucho sentido dentro de la lógica del sistema: si solo podemos entrar al cielo porque (por la gracia habilitadora de Dios) nos hemos vuelto personalmente dignos de él, entonces es obvio que nadie puede estar seguro. Según esa línea de razonamiento, si no puedo afirmar que no tengo pecado, no puedo afirmar que iré al cielo.

Esa fue la razón por la que, siendo un estudiante, el joven Martín Lutero gritó de miedo cuando casi fue alcanzado por un rayo en una tormenta eléctrica. A él le aterrorizaba la muerte, pues sin el conocimiento de la gracia y la suficiencia de la salvación de Cristo, sin el conocimiento de la justificación que es por la fe sola, no tenía esperanza de ir al cielo.

Y fue por eso que su redescubrimiento en las Escrituras de la justificación que es por la fe sola se sintió como entrar al paraíso a través de puertas abiertas. Significaba que, en lugar de toda su angustia y terror, ahora podía escribir:

Cuando el diablo nos arroja nuestros pecados y declara que merecemos la muerte y el infierno, debemos hablar así: «Admito que merezco la muerte y el infierno. ¿Y qué? ¿Significa esto que seré sentenciado a una condenación eterna? De ninguna manera. Porque conozco a Uno que sufrió y proveyó satisfacción por mí. Su nombre es Jesucristo, el Hijo de Dios. Donde Él esté, allí estaré yo también».

Y fue por eso que la Reforma le dio a la gente un gusto por los sermones y por la lectura de la Biblia. Poder leer las palabras de Dios y ver en ellas tan buenas nuevas de que Dios salva a los pecadores, no sobre la base de lo bien que se arrepientan sino por Su propia gracia, fue como un rayo de luz solar en el mundo gris de la culpa religiosa.

BUENAS NOTICIAS EN 2017

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma. Las respuestas a las mismas preguntas claves todavía marcan la diferencia entre la desesperanza y la felicidad humanas. ¿Qué me pasará cuando muera? ¿Cómo puedo saberlo? ¿Es la justificación el don de un estatus justo (como argumentaron los reformadores) o un proceso para uno volverse más santo (como afirma Roma)? ¿Puedo confiar plena y únicamente en Cristo para ser salvo, o mi salvación depende también de mis propios esfuerzos y mi éxito en la santidad?

Lo que casi siempre hace que la gente se confunda y vea la Reforma como un evento histórico que quedó en el pasado es la idea de que fue solo una reacción a algún problema del día. Pero cuanto más se mira, más claro se vuelve: la Reforma no fue principalmente un movimiento negativo para alejar a las personas de Roma y de su corrupción; fue un movimiento positivo para acercarlas al evangelio. Y eso es precisamente lo que preserva la vigencia de la Reforma hoy en día. Si la Reforma hubiera sido una mera reacción a una situación histórica hace quinientos años, uno esperaría que hubiera terminado. Pero como programa para acercarnos cada vez más al evangelio, no puede terminar.

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma.

Otra objeción es que el enfoque de la cultura actual en el pensamiento positivo y la autoestima ha eliminado la percepción de necesidad que debe tener todo pecador de ser justificado. En la actualidad no vemos a muchas personas vestidas de cilicio ni haciendo vigilias de oración durante noches heladas para ganarse el favor de Dios. Por esto, el problema de Lutero de ser torturado por su culpa ante el Juez divino se descarta como un problema del siglo XVI, y su solución de la justificación por la fe sola se descarta como innecesaria para nosotros hoy.

Pero es precisamente en este contexto que la solución de Lutero resuena como una noticia tan feliz y relevante. Al descartar la idea de que podríamos ser culpables ante Dios y, por lo tanto, necesitar Su justificación, nuestra cultura ha sucumbido al viejo problema de la culpa de maneras más sutiles y no tiene los medios para solucionarlo. Hoy en día, todos somos bombardeados con el mensaje de que nos amarán más cuando nos hagamos más atractivos. Puede parecer que eso no está relacionado con Dios, pero sigue siendo una religión de obras y una que está profundamente arraigada en el ser humano. Por eso, la Reforma contiene las buenas noticias que más brillan. Lutero pronuncia palabras que atraviesan la penumbra como un rayo de sol glorioso y completamente inesperado:

El amor de Dios no encuentra lo que le agrada sino que lo crea…. En lugar de buscar su propio bien, el amor de Dios fluye y otorga el bien. Por tanto, los pecadores son atractivos porque son amados; no son amados porque sean atractivos.

UNA VEZ MÁS, HA LLEGADO LA HORA

Quinientos años después, la Iglesia católica romana aún no ha sido reformada. A pesar de todo el cálido lenguaje ecuménico utilizado por tantos protestantes y católicos romanos, Roma todavía repudia la justificación que es por la fe sola. Entienden que pueden hacerlo porque no ven las Escrituras como la autoridad suprema a la que deben conformarse los papas, los concilios y las doctrinas. Y debido a que las Escrituras están tan relegadas, no se fomenta la alfabetización bíblica y, por lo tanto, millones de católicos romanos todavía se mantienen alejados de la luz de la Palabra de Dios.

Fuera del catolicismo romano, la doctrina de la justificación que es por la fe sola es evitada rutinariamente por ser considerada insignificante, errada o desconcertante. Algunas nuevas perspectivas sobre lo que el apóstol Pablo quiso decir con justificación, especialmente cuando han tendido a desviar el énfasis de cualquier necesidad de conversión personal, solo han confundido más a las personas, y han abandonado o comprometido precisamente el artículo que Lutero había dicho que no podían renunciar ni comprometer.

Ahora no es momento de ser tímido en cuanto a la justificación o la autoridad suprema de las Escrituras que la proclaman. La justificación por la fe sola no es una reliquia de los libros de historia; hoy permanece como el único mensaje que realmente libera, el mensaje con el poder más profundo para hacer que los humanos se desarrollen y florezcan. Da seguridad ante nuestro Dios santo y convierte a los pecadores que intentan comprar a Dios en santos que le aman y le temen.

¡Y cuántas oportunidades tenemos para difundir esta buena noticia hoy! Hace quinientos años, la invención de Gutenberg de la imprenta significó que la luz del evangelio podría viajar a una velocidad nunca antes vista. Las Biblias de Tyndale y los tratados de Lutero podrían publicarse por miles. Hoy en día, la tecnología digital nos ha dado otro momento como ese en Gutenberg, y el mismo mensaje ahora se puede difundir a velocidades que Lutero nunca podría haber imaginado.

Tanto las necesidades como las oportunidades son tan grandes como hace quinientos años; de hecho, son mayores. Así que imitemos la fidelidad de los reformadores y sostengamos en alto el mismo evangelio maravilloso, porque no ha perdido nada de su gloria ni de su poder para disipar nuestras tinieblas.

El Dr. Michael Reeves es presidente y profesor de teología en Union School of Theology en Gales. Es autor de varios libros, incluyendo Rejoicing in Christ [Regocijo en Cristo]. Es el profesor destacado de la serie de enseñanza de Ministerios Ligonier The English Reformation and the Puritans [La Reforma inglesa y los puritanos].

Apuntes de Spurgeon

Sobre la Adoración Familiar.

Confío en que no haya nadie aquí, entre los presentes, que profese ser seguidor de Cristo y no practique también la oración en su familia. Tal vez no tengamos ningún mandamiento específico para ello, pero creemos que está tan de acuerdo con el don y el espíritu del evangelio, y que el ejemplo de los santos lo recomienda tanto que descuidarlo sería una extraña incoherencia. Ahora bien, ¡cuántas veces se dirige esa adoración con familia con descuido! Se fija una hora inconveniente; alguien llama a la puerta, suena el timbre, llama un cliente y todo esto apresura al creyente que está de rodillas a levantarse a toda prisa para atender sus preocupaciones mundanas. Por supuesto, se pueden presentar numerosas excusas, pero el hecho sigue siendo el mismo: Hacerlo de este modo reprime la oración.

Ciertamente, la alabanza no es tan común en la oración familiar como otras formas de adoración. No todos nosotros podemos alabar a Dios en la familia uniéndonos en los cánticos porque no todos somos capaces de seguir una melodía, pero estaría bien si lográramos hacerlo. Coincido con Matthew Henry cuando afirma: “Aquellos que oran en familia hacen bien; los que oran y leen las Escrituras, mejor; pero los que oran, leen y cantan son los que mejor hacen”. En ese tipo de adoración familiar existe una completitud que se debería desear por encima de todo.—

C.H. Spurgeon

Hijos que andan la verdad 2

Te digo que los hijos que andan en la verdad sirven a Dios con un corazón sincero. Estoy seguro de que sabes que es muy posible servir a Dios sirviéndole sólo exteriormente. Muchos así lo hacen. Ponen cara de santos y pretenden ser sinceros cuando en realidad no lo son. Dicen hermosas oraciones con sus labios pero no son sinceros en lo que dicen. Se sientan en sus lugares en la iglesia cada domingo y a la vez están pensando todo el tiempo en otras cosas: y tal servicio es un servicio externo y muy errado.

Lamento tener que decir que hay hijos malos que frecuentemente son culpables de este pecado. Dicen sus oraciones regularmente cuando sus padres les obligan, pero no si no los obligan. Parecen prestar atención en la iglesia cuando los observa el maestro, pero no en otros momentos.

Los hijos que andan en la verdad no son así. Tienen otro espíritu en ellos. Su deseo es ser honestos en todo lo que hacen con Dios y le adoran en espíritu y en verdad. Cuando oran, tratan de ser sinceros y todo lo que dicen lo dicen en serio. Cuando van a la iglesia, tratan de ser serios y concentrarse en lo que oyen. Y uno de sus principales lamentos es que no pueden servir a Dios más de lo que lo hacen.

Niño, jovencito: esta es la tercera señal de que uno anda en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Es tu corazón falso o sincero?

Te diré, en último lugar, que los hijos que andan en la verdad
realmente se esfuerzan por hacer las cosas que son correctas ante los
ojos de Dios.
Dios nos ha dicho con mucha claridad lo que él piensa es lo correcto. Nadie que lea la Biblia con un corazón honesto puede quivocarse. Pero es triste ver cómo pocos hombres y mujeres se interesan en complacer a Dios. Muchos desobedecen sus mandamientos continuamente y no parece que esto les importara. Algunos mienten, insultan, se pelean, engañan y roban. Otros dicen malas palabras, no observan el día de reposo, nunca oran a Dios y nunca leen su Biblia. Otros son malos con sus familiares o haraganes o glotones o malhumorados o egoístas. Todas estas cosas, opine lo que opine la gente, son malvadas y desagradan a un Dios Santo.

Los hijos que andan en la verdad siempre tratan de evitar las cosas malas.
No les gustan las cosas pecaminosas de ninguna clase, y no les gusta la
compañía de los que las hacen. Su gran anhelo es ser como Jesús: santo,
inocente y apartado de las prácticas pecaminosas. Se esfuerzan por ser
bondadosos, gentiles, dispuestos a hacer favores, obedientes, honestos,
veraces y buenos en todos sus caminos. Les entristece no ser más santos
de lo que son.

Niño, Jovencito: esta es la última señal de los que andan en la verdad que te daré. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Son tus acciones buenas o malas?

Has oído ahora las señales de andar en la verdad. He tratado de presentártelas claramente. Espero que las hayas entendido. Saber la
verdad acerca del pecado; amar al verdadero Salvador, Jesucristo; servir a Dios con un corazón sincero; hacer las cosas que son buenas y aceptables ante los ojos de Dios: estas son las cuatro. Te ruego que pienses en ellas, y pregúntate: “¿Qué estoy haciendo en este mismo momento? ¿Estoy andando en la verdad?”…

Confía en Cristo, y él se ocupará de todo lo que concierne a tu alma. Confía en él en todo momento. Confía en él sea cual fuere tu condición: en enfermedad y en salud, en tu juventud y cuando seas adulto, en la pobreza o en la riqueza, en la tristeza y en el gozo. Confía en él, y él será un Pastor que te cuidará, un Guía que te guiará, un Rey que te protegerá, un Amigo que te ayudará cuando lo necesites. Confía en él, y recuerda que él mismo dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5). Pondrá su Espíritu dentro de ti y te dará un corazón nuevo. Te dará poder para llegar a ser un verdadero hijo de Dios. Te dará gracia para controlar tu temperamento, para dejar de ser egoísta, para amar a los demás como a ti mismo. Hará más livianos tus problemas y más fácil tu trabajo. Te confortará en el momento de aflicción. Cristo puede hacer felices a los que confían en él… Querido niño o jovencito, Juan sabía muy bien estas cosas. Las había aprendido por experiencia. Vio que los hijos de esta señora serían felices en este mundo, ¡con razón se regocijó!

Tomado de Boys and Girls Playing.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, venerado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) , y muchos otros; nacido en Mcclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Hijos que andan la verdad

¿Qué quiere decir aquí “andando”? No creas que significa andar con tus pies… En cambio, significa nuestro modo de comportarnos: nuestra manera de vivir y de seguir adelante. ¿Y puedo decirte por qué la Biblia llama a esto “andando”? Lo llama así porque la vida del hombre es justamente como un viaje. Desde el momento cuando nacimos al momento de nuestra muerte, estamos siempre andando y siguiendo adelante. La vida es un viaje desde la cuna hasta la tumba, y la manera de vivir de una persona es llamada con frecuencia su “andar”.

Pero, ¿qué significa “andar en la verdad”? Significa andar en los caminos del evangelio bíblico, y no en los caminos malos de este mundo impío. El mundo, lamento decirte, está lleno de nociones falsas y mentiras, y especialmente lleno de mentiras acerca del evangelio. Todas proceden del diablo, nuestro gran enemigo. El diablo engañó a Adán y Eva y causó que pecaran por decirles una mentira. Les dijo que no morirían si comían del fruto prohibido, y eso era mentira. El diablo está siempre ocupado en ese mismo trabajo ahora. Siempre está tratando de lograr que hombres, mujeres y niños tengan nociones falsas de Dios y del cristianismo. Los persuade a creer que lo malo es realmente bueno, y que lo que es realmente bueno es malo: que servir a Dios no es agradable, y que el pecado no les hará ningún daño. Y, lamento decir, muchísimas personas son engañadas por él y creen estas mentiras.

¡Pero los que andan en la verdad son muy distintos! No prestan atención a las nociones falsas que hay en el mundo acerca del cristianismo.
Siguen el camino correcto que Dios nos muestra en la Biblia. Sea lo que se que hacen los demás, su anhelo principal es complacer a Dios y ser sus verdaderos siervos. Ahora bien, éste era el carácter de los hijos del que habla el texto. Juan escribe a casa a su madre y dice: “He hallado a… tus hijos andando en la verdad”.

Queridos hijos, ¿quieren saber si están ustedes andando en la verdad? ¿Les gustaría saber las señales por lo que podemos saberlo? Escuchen cada uno de ustedes, mientras trato de presentarles estas señales en orden. Venga cada hijo e hija a escuchar lo que voy a decir.

Les digo, pues, que por un lado, los hijos que andan en la verdad saben la verdad acerca del pecado. ¿Qué es pecado? Desobedecer cualquier mandato de Dios es pecado. Hacer cualquier cosa que Dios dice que no debemos hacer es pecado. Dios es muy santo y muy puro, y cada pecado que es cometido le desagrada muchísimo. Pero, a pesar de esto, la mayoría de las personas en el mundo, ancianas al igual que jóvenes, casi ni piensan en el pecado. Algunos procuran pretender que no son grandes pecadores y que no desobedecen con frecuencia los mandamientos de Dios. Otros dicen que el pecado, al final de cuentas, no es tan terrible y que Dios no es tan detallista y estricto como dicen los pastores que lo es. Estos son dos grandes y peligrosos errores. Los hijos que andan en la verdad piensan muy distinto. No tienen semejante orgullo ni sentido de superioridad. Se sienten llenos de pecado, y esto los entristece y humilla. Creen que el pecado es la cosa abominable que Dios aborrece. Consideran el pecado como su gran
enemigo y como una plaga. ¡Lo aborrecen más que a cualquier otra cosa sobre la tierra! No hay nada de lo que se quieran librar tanto como librarse del pecado.Niñó, jovencito: esa es la primera señal de estar andando en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Aborreces tú el pecado?

Les digo también que los hijos que andan en la verdad aman al
verdadero Salvador de los pecadores y lo siguen.
Hay pocos hombres y mujeres que de alguna manera no sientan la necesidad de ser salvos.
Sienten que después de la muerte viene el juicio, y les gustaría salvarse
de aquel juicio terrible. Pero, ¡ay! pocos de ellos verán que la Biblia dice que hay un solo Salvador, y que éste es Jesucristo. Y pocos acuden a Jesucristo y le piden que los salve. En cambio, confían en sus propias oraciones, su propio arrepentimiento, su propia asistencia a la iglesia o algo por el estilo. Pero estas cosas, aunque tienen su lugar, no pueden salvar del infierno ni siquiera a un alma. Estos son caminos falsos de salvación. No pueden borrar el pecado. No son Cristo. Nada te puede salvar a ti o a mí sino Jesucristo quien murió en la cruz por los pecadores. Sólo los que confían exclusivamente en él reciben el perdón de sus pecados e irán al cielo. Sólo ellos encontrarán que tienen un Amigo Todopoderoso en el Día del Juicio. Esta es la manera verdadera de ser salvos. Los hijos que andan en la verdad han aprendido todo esto. Si les preguntas en qué confían, responderán: “Solamente en Cristo”. Recuerdan sus palabras llenas de su gracia: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” (Mar. 10:14). Tratan de seguir a Jesús como los corderos siguen al buen pastor. Y lo aman porque leen en la Biblia que él los amó y se dio a sí mismo por ellos. Niño, jovencito: aquí tienes la segunda señal de que uno anda en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Amas a Cristo?

Continuará …

Tomado de Boys and Girls Playing.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, venerado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) , y muchos otros; nacido en Mcclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Por qué necesitan nuestros hijos e hijas fe en Cristo 2

Ahora bien, sabes lo que Dios nos ha dicho en las Sagradas Escrituras acerca de su Hijo. Recuerdas lo que la Biblia dice acerca del nacimiento, la vida y la muerte de Jesús. Aunque moraba en el cielo y estaba con Dios y era Dios (Juan 1:1)… se hizo hombre, creció como otros niños. “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52). Cuando tenía treinta años, comenzó su ministerio. Predicó que todos tenían que arrepentirse y creer en él (Mar. 1:15), de otra manera nunca entrarían en el Reino de los Cielos. Realizó muchos milagros maravillosos que probaban que Dios estaba con él y que realizaba las obras de Dios. Su vida fue enteramente santa, libre de todo pecado. Su ejemplo fue perfectamente bueno… Su enseñanza fue sabia y buena. Aun sus enemigos decían: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Habló de todos los deberes que los seres humanos se deben unos a otros y a Dios… Por último dejó que hombres malos lo apresaran y crucificaran, a fin de que, por su muerte, pudiera hacer expiación por los pecados del mundo1 (1 Juan 2:2) y preparar el camino a fin de que todos los pecadores que se arrepienten y creen en él puedan ser salvos y felices en el cielo para siempre. Después de su muerte, resucitó, apareció vivo a sus discípulos, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15). Luego ascendió al cielo en presencia de muchos de sus amigos, “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Este es un breve resumen de lo que la Biblia nos informa con respecto al Salvador. Ahora Dios requiere que creamos esto, y creer de tal manera que creerlo regirá nuestra conducta y nos convertirá en seguidores y discípulos de Jesucristo. No basta con que digas que no disputas o niegas
lo que Dios dice acerca de su Hijo. No basta con decir que crees en el relato bíblico acerca del Salvador. Si tu creencia no es del tipo que gobierna tus acciones, si no te lleva a hacer lo que el Salvador te indica, si no te hace su amigo y discípulo, no es verdadera fe en él.

Ahora bien, mi joven lector, si has leído atentamente y comprendido lo que has leído, ves que cuando tienes una fe verdadera en Cristo te pondrás totalmente en sus manos. Confiarás únicamente en él para ser salvo. Obedecerás sus órdenes y te esforzaras por ser como él… Esta es la fe de la cual Dios habla en la Biblia… Considera, mi joven amigo, por qué tú mismo necesitas fe. Es porque eres pecador. ¿Alguna vez has considerado esto en serio? Eres un pecador. Tienes, por naturaleza, un corazón malvado, has desobedecido a Dios, y has venido a condenación. La Biblia dice: “El que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18). La única manera de escapar de esta condenación es por la fe en Cristo. Él vino para salvar a pecadores. Dice: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10). Tú estás perdido. Te has apartado del deber y de Dios, y perecerás para siempre si no eres salvo por Jesucristo. Y esta es la razón por lo que necesitas fe en él.

Tomado de Repentance and Faith Explained to the Uniderstanding of the Young,.

Charles Walker (1791-1870): Pastor congregacional, consagrado a enseñar la
verdad de Dios a los jóvenes; nacido en Woodstock, Connecticut.

Niños: Busquen al buen pastor 3

Antes de venir al mundo, Jesús cuidaba a los corderos. Samuel era un niño muy pequeño, no más grande que el más pequeño de ustedes cuando
se convirtió. Vestía un efod de lino. Su madre le cosía una túnica pequeña
y se la llevaba cada año. Una noche, mientras dormía en el lugar santo,
cerca de donde guardan el Arca de Dios, oyó una voz que llamaba:
“¡Samuel!” Se levantó y corrió a Elí, que ya no veía bien, y le dijo: “Aquí
estoy, ¿para qué me llamaste?” Y Elí dijo: “Yo no te he llamado. Vuelve y
acuéstate”. Así lo hizo, pero por segunda vez oyó la voz que lo llamaba:
“¡Samuel!” Se levantó y fue a donde Elí, y dijo: “Aquí estoy, ¿para qué me
llamaste?” Pero Elí volvió a responder: “Yo no te llamé, mi hijo; vuelve a
acostarte”. Por tercera vez la voz santa llamó: “¡Samuel!” Se levantó y fue
a donde Elí diciendo lo mismo. Entonces Elí comprendió que el Señor
había llamado al muchacho. Por lo tanto, Elí dijo: “Ve y acuéstate; y si te
llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye”. Samuel se volvió a
acostar. Una cuarta vez –¡con cuánta frecuencia llama Cristo a los
niñitos!– la voz llamó: “¡Samuel, Samuel!” Entonces Samuel contestó:
“¡Habla, porque tu siervo oye!” De esta manera Jesús tomó en sus brazos
a este cordero y lo llevó en su regazo. Porque: “Samuel creció, y Jehová
estaba con él… porque Jehová se manifestó a Samuel en Silo…” (1 Sam.
3:5-10; 19, 21).

Niñitos, a quienes ansío ver nacer y crecer en Cristo: oren pidiendo que
el Señor mismo se les revele. Algunos dicen que son ustedes demasiado
chicos para convertirse y ser salvos. Pero Samuel no era demasiado chico.
Cristo puede abrir los ojos de un niño con la misma facilidad que los de
un anciano. Sí, la infancia es la mejor etapa en la que ser salvo. No eres
demasiado joven para morir, no demasiado joven para ser juzgado y, por
lo tanto no demasiado joven para acudir a Cristo. No te contentes con oír
a tus maestros hablar acerca de Cristo. Ora para que se revele a ti. Dios
quiera que haya muchos pequeños “Samuel” entre ustedes.


Jesús sigue cuidando a los corderos. El Duque de Hamilton tenía dos
hijos. El mayor [se enfermó de tuberculosis] siendo apenas un muchacho,
lo cual lo llevó a la tumba. Dos pastores fueron a verlo donde yacía en la
mansión de la familia cerca de Glasgow. Después de una oración, el
muchacho tomó su Biblia de debajo de la almohada y leyó 2 Timoteo 4:7-
8: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Por lo demás, me está guardada la corona de justicia”. Agregó: “¡Esto,
señores, es mi gran consuelo!” Cuando se acercaba su muerte, llamó a su
hermano menor y le habló con gran cariño. Terminó con estas palabras
significativas: “Ahora bien, Douglas, en poco tiempo serás un duque, pero
yo seré un rey”…


¿Te gustaría poder partir así? Vé ahora a un lugar solitario: arrodíllate
y clama al Señor Jesús. No te pongas de pie hasta haberlo encontrado.
Ora pidiendo ser recogido en sus brazos y llevado en su regazo. Toma la
punta de su vestidura y di: “No debo dejarte–no me atrevo a dejarte– no
te dejaré ir hasta que me bendigas”.

Tomado de “To the Lambs of the Flock”  en Memoir and Remains of Robert Murray M’Cheyne.
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Robert Murray M’Cheyne (1813-1843): Pastor presbiteriano escocés de St. Peter’s Church, Dundee, cuyo ministerio se caracterizó por una profunda santidad personal, oración y poderosa predicación evangélica; nacido en Edimburgo, Escocia.