El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

Pensamientos Martyn Lloyd-Jones

“La necesidad de arrepentimiento es otra premisa fundamental de la fe cristiana, y es también una de las verdades que más ofende a las personas. Hablar de arrepentimiento enfurece a la gente de hoy, tanto como lo hizo entre los gobernantes en Jerusalén. No existe diferencia alguna en este sentido entre el siglo I y el actual. El hecho de que el
mensaje de arrepentimiento sea considerado como un gran insulto es una prueba más de ese fariseísmo fatal que siempre es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del evangelio”.

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 2

Aunque el evangelio es un mandato, es un mandato de dos partes que se explican por sí mismas. “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Conozco algunos muy excelentes hermanos —Dios quisiera que hubiera más como ellos en su celo y su amor— quienes, en su celo por predicar una fe sencilla en Cristo, han tenido un poco de dificultad en cuanto al asunto del arrepentimiento. Conozco a algunos que han tratado de superar la dificultad suavizando la dureza aparente de la palabra arrepentimiento, explicándola según su equivalente griego más común, palabra que aparece en el original de mi texto y significa “cambiar de idea”. Aparentemente interpretan el arrepentimiento como algo menos importante de lo que nosotros usualmente concebimos, dicen que es, de hecho, un mero cambiar de idea. Ahora bien, sugiero a aquellos queridos hermanos que el Espíritu Santo nunca predica el arrepentimiento como algo insignificante. El cambio de idea o comprensión del que habla el evangelio es una obra muy profunda y seria, y no debe ser menoscabado de manera alguna.

Además, existe otra palabra que también se usa en el griego original para significar arrepentimiento, aunque con menos frecuencia, lo admito. No obstante, es usada. Significa “un cuidado posterior”, que incluye algo más de tristeza y ansiedad que lo que significa cambiar de idea. Tiene que haber tristeza por el pecado y aborrecimiento hacia él en el verdadero arrepentimiento, de no ser así leemos la Biblia con poco provecho… Arrepentirse sí significa cambiar de idea. Pero es un cambio total en la comprensión y en todo lo que hay en la mente, de modo que incluye una iluminación, sí, una iluminación del Espíritu Santo. Creo que incluye un descubrimiento de la iniquidad y un aborrecimiento por ella, sin lo cual no puede haber un arrepentimiento auténtico. Opino que no debemos subestimar al arrepentimiento. Es una gracia bendita de Dios el Espíritu Santo, y es absolutamente necesaria para salvación.

El mandato es muy fácil de entender. Consideremos, primero, el arrepentimiento. Es bastante seguro que sea cual sea el arrepentimiento aquí mencionado, es un arrepentimiento totalmente enlazado con la fe. Por lo tanto, obtenemos la explicación de qué debe ser el arrepentimiento por su vínculo con el próximo mandato: “creed en el evangelio”…
Recuerden, entonces, que ningún arrepentimiento es digno de tener que no sea totalmente consecuente con la fe en Cristo. Un santo anciano en su lecho de enfermo usó esta notable expresión: “Señor, húndeme en el arrepentimiento tan bajo como el infierno, pero” —y aquí va lo hermoso— “elévame en fe tan alto como el cielo”. Ahora bien, ¡el arrepentimiento que hunde al hombre tan bajo como el infierno de nada vale si no está la fe que también lo eleva tan alto como el cielo! Los dos son totalmente consecuentes, el uno con el otro. Alguien puede sentir desprecio y abominación por sí mismo, y a la vez, saber que Cristo puede salvarlo y lo ha salvado. De hecho, así es como viven los verdaderos cristianos. Se arrepienten tan amargamente por el pecado como si supieran que deberían ser condenados por él, pero se regocijan tanto en Cristo como si el pecado no fuera nada.

¡Oh, qué bendición es saber dónde se encuentran estas dos líneas, el desnudarnos de arrepentimiento y vestirnos de fe! El arrepentimiento que expulsa el pecado como un inquilino malvado y la fe que da entrada a Cristo como el único Soberano del corazón; el arrepentimiento que purga el alma de las obras muertas y la fe que llena el alma con obras vivientes; el arrepentimiento que tira abajo y la fe que levanta; el arrepentimiento

que desparrama las piedras y la fe que agrupa las piedras; el arrepentimiento que establece un tiempo para llorar y la fe que ofrece un tiempo para danzar. Estas dos cosas unidas componen la obra de gracia interior por medio de la cual las almas de los hombres son salvas. Sea pues declarado como una gran verdad, escrita muy claramente en nuestro texto: el arrepentimiento que tenemos que predicar es uno conectado con la fe. Siendo así, podemos predicar a una el arrepentimiento y la fe sin ninguna dificultad…

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en Institución de la Religión Cristiana, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero? 2

El evangelio no es solo que por gracia somos salvos por medio de la fe, sino que es también el evangelio de arrepentimiento. Cuando Jesús, después de su resurrección, abrió el entendimiento de sus discípulos a fin de que
pudieran comprender las Escrituras, les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:46-47). Cuando Pedro predicó a las multitudes en Pentecostés, se sintieron constreñidos a decir: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:37-38). Más adelante, de igual manera, Pedro interpretó la exaltación de Cristo como una exaltación en la capacidad de “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31). ¿Puede haber algo que certifique con más claridad que el evangelio es el evangelio del arrepentimiento más que el hecho de que el ministerio celestial de Jesús como Salvador consiste en dispensar arrepentimiento para perdón de los pecados? Por lo tanto, Pablo, cuando dio un informe de su propio ministerio
a los ancianos de Éfeso, dijo que había testificado “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Y el escritor de la epístola a los Hebreos indica que “el arrepentimiento de obras muertas” es uno de los primeros principios de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1). No puede ser de otra manera. La vida nueva en Cristo Jesús significa que las ataduras que nos amarran al dominio del pecado han sido rotas. El creyente está muerto al pecado por el cuerpo de Cristo, el viejo hombre ha sido crucificado para que el cuerpo del pecado sea destruido, y de allí en adelante no sirve al pecado (Rom. 6:2, 6). Esta ruptura con el pasado queda registrada conscientemente al volverse del pecado a Dios “con total propósito de y procurando una nueva obediencia”…

El arrepentimiento es lo que describe la respuesta de volverse del pecado a Dios. Este es su carácter específico tal como es el carácter específico de la fe recibir a Cristo y confiar exclusivamente en él para salvación. El arrepentimiento nos recuerda que si la fe que profesamos es una fe que nos permite andar en los caminos de este mundo corrupto de hoy, en la lascivia de la carne, la lascivia de la vista y la vanagloria de la vida y en la comunión con las obras de tinieblas, entonces nuestra fe es una burla y un engaño. La fe verdadera está saturada de arrepentimiento. Y así como la fe no es solo un acto momentáneo, sino una actitud permanente de fe y confianza en el Salvador, así también el arrepentimiento resulta en una contrición constante. El espíritu quebrantado y el corazón contrito son señales
permanentes del alma creyente… la sangre de Cristo es el lavabo del limpiamiento inicial, pero es también la fuente a la cual el creyente tiene que recurrir continuamente. Es en la cruz de Cristo que el arrepentimiento tiene su comienzo; es en la cruz de Cristo que tiene que seguir revelando sus sentimientos en las lágrimas de confesión y contrición.

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero?

¿Cuál viene primero? ¿Fe o arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria, e insistir que uno es anterior al otro es en vano. No existe una prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree… La interdependencia de fe y arrepentimiento puede notarse enseguida cuando recordamos que la fe es fe en Cristo para salvación de los pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento por el pecado y el anhelo de ser salvo de él. Tal aborrecimiento del pecado involucra arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios. Lo recalco, si recordamos que el arrepentimiento es volvernos del pecado hacia Dios, el volvernos hacia Dios implica fe en la misericordia de Dios tal como fue revelada en Cristo. Es imposible desenredar la fe del arrepentimiento. La fe salvadora está saturada de arrepentimiento y el arrepentimiento está saturado de fe. La regeneración se expresa conforme practicamos la fe y el arrepentimiento.

El arrepentimiento consiste esencialmente de un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. El cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad se refiere principalmente a cuatro cosas. Es un cambio en la mente respecto a Dios, respecto a nosotros mismos, respecto al pecado y respecto a la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia se encuentra radicalmente pervertido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente. Los renueva radicalmente. Por lo tanto, sucede un cambio radical en nuestros
pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es muy importante observar que la fe que es para salvación es una fe que va acompañada por el cambio en los pensamientos y en las actitudes. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, particularmente en la evangelización popular, lo trascendental del cambio que la fe simboliza no es comprendido ni apreciado. Existen dos errores. Uno es poner la fe fuera del contexto que le da significado. El otro es pensar en la fe en términos de una simple decisión y una, por cierto, bastante barata. Estos errores se relacionan íntimamente y se condicionan mutuamente. El énfasis sobre el arrepentimiento y sobre el cambio profundo de pensamiento y sentimientos que esto involucra es precisamente lo que se necesita para corregir este concepto de la fe, que empobrece y destruye el alma. La naturaleza del arrepentimiento sirve para acentuar la urgencia de las cuestiones en juego en la demanda del evangelio, el apartarse del pecado que la aceptación del
evangelio significa, y la totalmente nueva manera de ver las cosas que la fe del evangelio imparte.

No hemos de pensar en el arrepentimiento como algo que consiste meramente de un cambio general en la manera de pensar. Es muy particular y concreto. Y como es un cambio en la manera de pensar con respecto al pecado, es un cambio en la manera de pensar con respecto a pecados en particular, pecados en toda la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Nos es muy fácil hablar del pecado, de censurarlos, y censurar los pecados particulares de otros, y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados en particular. La prueba del
arrepentimiento es la autenticidad y firmeza de nuestro arrepentimiento con respecto a nuestros propios pecados, pecados caracterizados por lo peculiarmente insoportable que nos resultan ser. El arrepentimiento, en el caso de los tesalonicenses, se manifestó en el hecho de que se apartaron de los ídolos para servir al Dios viviente. Era su idolatría lo que caracterizaba la evidencia de su enemistad con Dios, y era el arrepentimiento de esta enemistad la prueba de la autenticidad de su fe y esperanza (1 Tes. 1:9-10).

Continuará …

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 3

INGREDIENTE 4: VERGÜENZA POR EL PECADO. El cuarto ingrediente del arrepentimiento es la vergüenza: “Avergüéncense de sus pecados” (Eze. 43:10). El rubor es el color de la virtud. Cuando el corazón está negro por
el pecado, la gracia hace que el rostro se sonroje: “Avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti” (Esd. 9:6). El hijo pródigo arrepentido estaba tan avergonzado de sus excesos que no se sentía merecedor de ser llamado hijo (Luc. 15:21). El arrepentimiento causa una timidez generada por la vergüenza. Si la sangre de Cristo no estuviera en el corazón del pecador, no aparecería tanta sangre en el rostro. Existen… consideraciones sobre el pecado que pueden causar vergüenza:

(1) Cada pecado nos hace culpables, y la culpabilidad por lo general produce vergüenza.
(2) En cada pecado, hay mucha ingratitud; y eso es motivo de vergüenza. Abusar de la bondad de un Dios tan bueno, ¡cuánta vergüenza nos da!… Ser ingratos es un pecado tan grande que Dios mismo se sorprende de él (Isa. 1:2).
(3) El pecado nos ha desnudado, y eso puede generar vergüenza. El pecado nos ha despojado de nuestro lino blanco de santidad. Nos ha desnudado y deformado ante la vista de Dios, lo cual puede causar que nos sonrojemos…
(4) Nuestros pecados han avergonzado a Cristo ¿y no debiéramos nosotros estar avergonzados? Él se vistió de púrpura, ¿y no se ruborizarán nuestras mejillas?…
(5) Lo que puede hacernos sonrojar es que los pecados que cometemos son peores que los pecados de los paganos. Actuamos en contra de más luz.
(6) Nuestros pecados son peores que los pecados de los demonios. Los ángeles caídos nunca pecaron contra la sangre de Cristo. Cristo no murió por ellos… Ciertamente si hemos pecado más que los demonios, esto nos hará ruborizar.

INGREDIENTE 5: ODIO POR EL PECADO. El quinto ingrediente del arrepentimiento es el odio por el pecado. Los “Schoolmen” se distinguían por un odio doble: odio por las abominaciones y odio por la enemistad.

Primero, hay odio o aborrecimiento por las abominaciones: “Y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades” (Eze. 36:31). El arrepentido auténtico es un aborrecedor del pecado. Si alguien detesta aquello que le descompone el estómago, mucho más detestará aquello que le descompone la conciencia. Aborrecer el pecado representa más que meramente dejarlo… Cristo nunca es amado hasta que uno aborrece el pecado. Nunca se anhela el cielo hasta que uno aborrece el pecado… Segundo, hay odio por la enemistad. No hay mejor manera de descubrir la
vida que por medio del movimiento. Los ojos se mueven, el pulso late. Así que para descubrir el arrepentimiento no hay mejor señal que una antipatía santa contra el pecado… El arrepentimiento firme comienza en el amor de Dios y termina en el odio por el pecado.

¿Cómo puede reconocerse el verdadero odio por el pecado?

  1. Cuando el espíritu del hombre se opone al pecado. No solo la boca se expresa contra el pecado, sino que también lo aborrece el corazón, de modo que no importa lo atractivo que parezca el pecado, lo encontramos detestable, tal como detestamos el retrato de alguien que aborrecemos mortalmente, por más hermoso que se haya dibujado… No importa que el diablo cocine y aderece el pecado con placeres y ventajas, el arrepentido auténtico con un aborrecimiento secreto por él se siente disgustado por él y no se mezclará con él.
  2. El verdadero odio por el pecado es universal. El verdadero odio por el pecado es universal de dos maneras: con respecto a las facultades y al objeto. (1) El odio es universal con respecto a las facultades; es decir, que hay una antipatía por el pecado no solo mental, sino también de la voluntad y los sentimientos. Muchos están convencidos de que el pecado es una cosa vil y mentalmente tienen una aversión por él. No obstante gustan de su dulzura y se complacen secretamente en él. En estos casos se manifiesta en una aversión mental por el pecado y a la vez en un amor por él; mientras que el verdadero arrepentimiento, el odio por el pecado está en todas las facultades, no solo en la parte intelectual, sino principalmente en la voluntad: “Lo que aborrezco, eso hago” (Rom. 7:15). Pablo no estaba
    libre de pecado, no obstante estaba en contra de él. (2) El odio es universal con respecto al objeto. El que aborrece un pecado aborrece todos… El hipócrita aborrece algunos pecados que pueden arruinar su reputación, pero el verdadero convertido aborrece todos los pecados, los pecados que le producen ganancias, los pecados por sus debilidades y los primeros indicios de corrupción. Pablo odiaba la propensión a pecar (Rom. 7:23).
  3. El verdadero odio contra el pecado es contra el pecado en todas sus formas. El corazón santo detesta el pecado por su contaminación intrínseca. El pecado deja una mancha en el alma. La persona regenerada aborrece el pecado no solo por la maldición, sino también por lo contagioso. Aborrece esta serpiente no solo por su picadura, sino también por su veneno. Aborrece el pecado no solo por el infierno, sino como el infierno.
  4. El verdadero odio es implacable. Nunca volverá a reconciliarse con el pecado. El enojo puede reconciliarse, pero el aborrecimiento, no…
  5. Donde hay verdadero odio, no solo nos oponemos al pecado en nosotros mismos sino también en los demás. La iglesia en Éfeso no podía tolerar a los malos (Apoc. 2:2). Pablo censuró tremendamente a Pedro por su duplicidad aunque él era un Apóstol. Cristo, en un disgusto justificado, echó con azotes a los cambistas del templo (Juan 2:15). No toleraba que hicieran del templo una casa de cambio. Nehemías reprendió a los nobles por su usura (Neh. 5:7) y su profanación del día de reposo (Neh. 13:17). El que odia el pecado no lo tolera en su familia: “No habitará dentro de mi
    casa el que hace fraude” (Sal. 101:7). ¡Qué vergüenza el que las autoridades puedan demostrar mucho entusiasmo por sus pasiones, pero nada de heroísmo para reprimir la corrupción! Los que no sienten antipatía por el pecado desconocen el arrepentimiento. El pecado es en ellos lo que el veneno es en una serpiente, el cual, siendo parte de su
    naturaleza, les brinda placer.

¡Qué lejos están del arrepentimiento los que, en lugar de odiar el pecado, lo aman! Para el fiel, el pecado es como una espina en el ojo; para los malos, es como una corona sobre su cabeza: “…Habiendo hecho tantas abominaciones… ¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). Amar el pecado es peor que cometerlo. Un hombre bueno puede caer en una acción pecaminosa sin darse cuenta, pero amar el pecado es el colmo. ¿Qué hace que a un porcino le encante revolcarse en el fango? ¿Qué hace que el diablo ame aquello que se opone a Dios? Amar el pecado demuestra que la
voluntad está en pecado; y cuanto más de la voluntad está en pecado, más grande el pecado. La obstinación lo convierte en un pecado que no puede ser purgado por medio de un sacrificio (Heb. 10:26). ¡Oh, cuántos hay que
aman el fruto prohibido! Aman sus juramentos y adulterios; aman el pecado y aborrecen la reprensión… Así que los que aman el pecado, los que se aferran a aquello que les significa la muerte, los que juegan con la condenación, “está[n] lleno[s]… de insensatez en su corazón” (Ecl. 9:3). Nos persuade a demostrar nuestro arrepentimiento por medio de un odio implacable por el pecado…

INGREDIENTE 6: DEJAR EL PECADO. El sexto ingrediente del arrepentimiento es dejar el pecado… Este dejar el pecado se llama dejar el mal camino (Isa. 55:7), tal como el hombre deja la compañía de un ladrón o adivino. Se llama echar lejos el pecado (Job 11:14), tal como Pablo echó la víbora en el fuego (Hch. 28:5). Morir al pecado es la vida de arrepentimiento. El mismo día que el cristiano deja el pecado, tiene que aplicar una abstinencia perpetua. La vista tiene que abstenerse de miradas impuras. Los oídos tienen que abstenerse de escuchar calumnias. La lengua tiene que
abstenerse de jurar. Las manos tienen que abstenerse de los sobornos. Los pies tienen que abstenerse del sendero de la ramera. Y el alma tiene que abstenerse del amor al mal. Este dejar el pecado implica un cambio importante… Dejar el pecado es tan visible que los demás lo notan. Por eso se le llama pasar de la oscuridad a la luz (Ef. 5:8). Pablo, después de haber visto la visión celestial, cambió tanto que todos estaban atónitos ante el cambio (Hch. 9:21). El arrepentimiento convirtió al carcelero en enfermero y médico (Hch. 16:33). Este tomó a los apóstoles, les lavó las heridas y les dio de comer. El barco puede estar yendo hacia el este; pero viene un viento que lo hace girar para el oeste. De la misma manera, el hombre puede haber estado rumbo al infierno antes de que soplara el viento del Espíritu que le cambió el curso y causó que se dirigiera rumbo al cielo… Así de visible es el cambio que el arrepentimiento produce en la persona, como si fuera otra el alma que mora en el mismo cuerpo.

Para que el dejar el pecado sea legítimo tiene que reunir estas condiciones:

  1. Tiene que, de todo corazón, dejar el pecado. El corazón es el primum vivens, lo primero que vive, y tiene que ser el primum vertens, lo primero que se transforma. El corazón es aquello por lo que el diablo más se esfuerza por dominar… En la religión, el corazón lo es todo. Si el corazón no deja el pecado, no es más que una mentira… Dios exige que todo el corazón deje el pecado. El verdadero arrepentimiento no puede tener ninguna reserva o prisioneros.
  2. Tiene que ser dejar todo pecado. “Deje el impío su camino” (Isa. 55:7). El que se ha arrepentido verdaderamente deja el camino del pecado. Abandona cada pecado… Aquel que esconde a un rebelde en su casa es un traidor de la nación, y el que practica un pecado es un traidor hipócrita.
  3. Tiene que ser dejar el pecado sobre un fundamento espiritual. El hombre puede refrenarse de cometer un pecado y, no obstante, no dejar el pecado de un modo correcto. Los actos pecaminosos pueden refrenarse por temor o designio, pero el arrepentido auténtico deja de pecar sobre la base de principios religiosos, específicamente, el amor a Dios… Tres hombres se preguntaban unos a otros qué los había impulsado a dejar el pecado. El primero respondió: “Pienso en los gozos del cielo”, el segundo dijo: “Pienso en los tormentos del infierno”, pero el tercero dijo: “Pienso en el amor de Dios, y eso me hace abandonarlos. ¿Cómo podría yo ofender al Dios de amor?”

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Seis ingredientes del Arrepentimiento

El arrepentimiento es una gracia del Espíritu de Dios por la cual el pecador es interiormente humillado y visiblemente reformado. Para aclararlo más ampliamente, sepa que el arrepentimiento es un medicamento espiritual compuesto de seis ingredientes especiales… si uno de ellos falta, pierde su virtud.

INGREDIENTE 1: VER EL PECADO. La primera parte del remedio de Cristo es el ungüento para los ojos (Hch. 26:18). Es lo más admirable que se nota en el arrepentimiento del pródigo: “Y volviendo en sí” (Luc. 15:17). Se vio a sí mismo como un pecador y nada más que un pecador. Antes de que el hombre pueda venir a Cristo, tiene que primero volver en sí. Salomón, en su descripción del arrepentimiento considera esto como el primer ingrediente: “Si se convirtieren” (1 Rey. 8:47). El hombre tiene que primero reconocer y considerar cuál es su pecado y conocer la plaga de su corazón antes de poder ser debidamente humillado por él. La primera creación de Dios fue la luz. De igual modo, lo primero que sucede en el arrepentido es la iluminación: “Más ahora sois luz en el Señor” (Ef. 5:8). El ojo se hizo para ver al igual que para llorar. Hay que primero ver el pecado antes de poder llorar por él. Por eso, digo que donde no se ve el pecado, no puede haber arrepentimiento. Muchos que pueden ver faltas en otros no ven ninguna en ellos mismos… Están cegados por un velo de ignorancia y soberbia. Por ello, no ven el alma deformada que tienen. El diablo hace con ellos lo que el halconero hace con el halcón: los ciega y se los lleva tapados al infierno…

INGREDIENTE 2: SENTIR DOLOR POR EL PECADO. “Me contristaré por mi pecado” (Sal. 38:18). Ambrosio1 llama al dolor o contrición la amargura del alma. La palabra hebrea para estar contristado significa “tener un alma, por así decir, crucificada”. Esto debe ser parte del verdadero arrepentimiento: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán” (Zac.
12:10), como si sintieran los clavos de la cruz en sus costados. El que una mujer espere dar luz a un hijo sin dolores es igual a que uno espere tener arrepentimiento sin dolor. Desconfíe del que puede creer sin dudar, desconfíe del que se arrepiente sin dolor… Este dolor por el pecado no es superficial: es una agonía santa. Es lo que las Escrituras llaman
quebrantamiento del corazón: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado” (Sal. 51:17); y un corazón rasgado: “Rasgad vuestro corazón” (Joel 2:13). Las expresiones herirse el muslo (Jer. 31:19), golpearse el pecho (Luc. 18:13), vestir cilicio (Isa. 22:12), arrancarse el pelo de la cabeza (Esd. 9:3), son todas señales exteriores de dolor interior. Este dolor es (1) Para hacer inestimable a Cristo. ¡Oh qué deseable es un Salvador para el alma atribulada! Ahora Cristo es ciertamente Cristo, y la misericordia es ciertamente misericordia. Hasta que el corazón esté lleno de remordimiento después de haber pecado, no puede ser apto para Cristo. ¡Cuán bienvenido es el médico para el hombre cuyas heridas están sangrando! Es (2) Para ahuyentar al pecado. El pecado produce dolor, y el dolor mata al pecado… Lo salado de las lágrimas mata el gusano de la conciencia. Es (3) Para abrir el camino al verdadero consuelo. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5). El arrepentido adquiere una siembra regada de lágrimas, pero también una cosecha deliciosa. El arrepentimiento desintegra los abscesos del pecado y entonces el alma descansa… El que Dios agite el alma por el pecado es como el agitar del estanque por parte del ángel (Juan 5:4), lo cual abría el camino para la curación.

Pero no todo dolor es evidencia verdadera del arrepentimiento… ¿De qué se trata este arrepentimiento piadoso? Tiene seis requisitos:

El auténtico dolor piadoso es interno. Es interno por dos razones: (1) Tiene que ver con un dolor en el corazón. El dolor de los hipócritas se nota en sus rostros: “Demudan sus rostros” (Mat. 6:16). Ponen cara de afligidos, pero su dolor no pasa de allí, así como el rocío sobre una hoja no penetra hasta la raíz. El arrepentimiento de Acab era una demostración externa. Rasgó sus vestiduras pero no su espíritu (1 Rey. 21:27). El dolor piadoso es profundo, como una vena que sangra por dentro. El corazón sangra por el pecado: “se compungieron de corazón” (Hch. 2:37). Como el corazón es el principal responsable del pecado, así también debe ser el dolor. (2) Es un dolor por los pecados del corazón, los primeros brotes y apariciones del pecado. Pablo se entristeció por la ley en sus miembros (Rom. 7:23). El
verdadero doliente llora por las muestras de orgullo y concupiscencia. Sufre por la “raíz de amargura” aunque nunca se manifieste en una acción. El hombre malo puede sentirse mal por los pecados desvergonzados; el verdadero convertido se lamenta por los pecados del corazón.

El dolor piadoso es honesto. Es un dolor por la ofensa más bien que porel castigo. La Ley de Dios ha sido quebrantada, su amor maltratado. Esto deshace en lágrimas al alma. El hombre puede lamentarse, pero no arrepentirse. El ladrón se lamenta cuando lo apresan, no porque haya robado sino porque tiene que pagar por su culpa… Por otro lado, el dolor piadoso es principalmente por haber pecado contra Dios, de modo que aun si no tuviere conciencia que lo molestara, ni el diablo que lo acusara, ni infierno que lo castigara, su alma todavía estaría atribulada por la falta cometida contra Dios… ¡Oh que no ofendiera yo a un Dios tan bueno, que no afligiera a mi Consolador! ¡Esto me destroza el corazón…!

El dolor piadoso es uno que confía. Está entremezclado con la fe… El dolor espiritual hunde el corazón si la polea de la fe no lo levanta. Así como nuestro pecado está siempre delante de nosotros, debe estar también la promesa de Dios siempre delante de nosotros…

El dolor piadoso es un dolor grande. “En aquel día habrá gran llanto…, como el llanto de Hadadrimón” (Zac. 12:11). Dos soles se pusieron el día que murió Josías3, y hubo gran llanto fúnebre. A este extremo tiene que hervir el dolor por el pecado…

El dolor piadoso en algunos casos va acompañado de restitución. Quien haya cometido una falta contra la propiedad de otros por medio de tratos injustos y fraudulentos debe conscientemente hacer restitución. Hay una ley específica para esto: “Y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Núm. 5:7). Por ello, Zaqueo hizo restitución: “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado” (Luc. 19:8).

El dolor piadoso es duradero. No tiene que ver con derramar unas pocas lágrimas por emoción. Algunos lloran a mares durante un sermón, pero es como el chaparrón de primavera, pronto pasa o como abrir una llave de agua que pronto uno cierra. El verdadero dolor tiene que ser habitual. Oh cristiano, la enfermedad de su alma es crónica y con frecuencia recurrente. Por lo tanto, usted tiene que aplicarse continuamente curaciones por medio del arrepentimiento. Tal es el dolor que es para con Dios, verdaderamente “piadoso”.

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

La necesidad de Arrepentimiento 2

(b) Por otro lado, sin arrepentimiento no hay felicidad alguna en la vida presente. Puede haber optimismo, entusiasmo, risa y alegría mientras hay buena salud y dinero en el bolsillo. Pero estas cosas no significan felicidad sólida. Hay en todos los hombres una conciencia, y esa conciencia tiene que ser satisfecha. Mientras que la conciencia sienta que el pecado no ha causado arrepentimiento y no ha sido abandonado, no estará tranquila y no dejará que el hombre se sienta tranquilo por dentro…

(c) Además, sin arrepentimiento no puede haber idoneidad para el cielo en el mundo venidero. El cielo es un lugar preparado, y los que van al cielo tienen que ser un pueblo preparado. Nuestro corazón tiene que estar en armonía con las labores del cielo, de otra manera el cielo mismo sería una morada amarga. Nuestra mente tiene que estar en armonía con los habitantes del cielo, o de hecho la sociedad del cielo pronto nos resultaría intolerable… ¿Qué cosa podría hacer usted en el cielo si llega allí con un corazón que ama el pecado? ¿Con cuál de los santos hablaría? ¿Junto a quién se sentaría? ¡Seguramente los ángeles de Dios no producirían música melodiosa en el corazón del que no puede aguantar a los santos en la tierra y que nunca alabaron al Cordero por su amor redentor! Seguramente la compañía de patriarcas, apóstoles y profetas no sería motivo de gozo para el hombre que no lee su Biblia ahora y a quien no le importa conocer lo que los apóstoles y profetas escribieron. ¡Oh, no! ¡No! No puede haber felicidad alguna en el cielo, si allí llegamos con un corazón impenitente…

Le ruego por las misericordias de Dios que considere profundamente las cosas que he estado diciendo. Vive usted en un mundo de engaños, falsedades y mentiras. Que nadie lo engañe en cuanto a la necesidad del arrepentimiento. ¡Oh, que los que profesan ser cristianos vieran, supieran y sintieran más de lo que hacen, de la necesidad, la necesidad absoluta de un auténtico arrepentimiento ante Dios! Hay muchas cosas que no son necesarias. Las riquezas no son necesarias. La salud no es necesaria. La ropa fina no es necesaria. Los dones y el mucho saber no son necesarios. Millones han llegado al cielo sin todo eso. Miles están llegando al cielo cada año sin todo esto. Pero nadie ha llegado al cielo sin “el arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

No permita que nunca nadie lo convenza que cualquier religión, en la que el arrepentimiento ante Dios no ocupa un lugar prominente, merece ser llamada el evangelio. ¡Un evangelio, sí! No es evangelio aquel en que el
arrepentimiento no es lo principal. Un evangelio es el evangelio del hombre, pero no el de Dios. ¡Un evangelio! Viene de la tierra, pero no del cielo. ¡Un evangelio! No es de ninguna manera el evangelio. Es puro antinomianismo3 y nada más. Mientras abrace usted sus pecados y se aferre a sus pecados y tenga sus pecados, puede hablar todo lo que quiera sobre el evangelio, pero sus pecados no han sido perdonados. Si gusta, puede llamarlo legalismo. Si gusta, puede decir que “espero que al final todo resulte bien ––Dios es misericordioso— Dios es amor ––Cristo murió— espero ir al cielo al final”. ¡No! Le afirmo que eso no está bien, nunca estará bien… Está usted pisoteando la sangre de la expiación. No tiene hasta ahora arte ni parte con Cristo. Mientras que no se arrepienta del pecado, el evangelio de nuestro Señor Jesucristo no es evangelio para su alma. Cristo es un Salvador del pecado, no un Salvador para el hombre en pecado. Si el hombre quiere retener sus pecados, el día vendrá cuando ese Salvador misericordioso le dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41).

No permita que nadie le haga creer que puede ser feliz en este mundo sin el arrepentimiento. ¡Oh, no!… Cuanto más sigue sin arrepentirse, más infeliz será ese corazón suyo. Cuando vaya haciéndose anciano y peine canas ––cuando ya no pueda ir a donde una vez iba, y disfrutar de lo que antes disfrutaba— la desdicha y el sufrimiento lo atacarán como un hombre armado. Escríbalo en las tablas de su corazón: ¡sin arrepentimiento no hay paz!

Espero ver muchas maravillas en el día final. Espero ver algunos a la derecha del Señor Jesucristo quienes yo temía ver a su izquierda. Y veré a algunos a la izquierda que suponía buenos creyentes y esperaba ver a la derecha. Pero estoy seguro de una cosa que no veré. No veré a la derecha de Jesucristo a ningún hombre impenitente.

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

La necesidad de Arrepentimiento 1

“Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El texto que encabeza esta página, a primera vista parece inflexible y severo: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Me imagino que algunos dirían: “¿Es este el evangelio?” “¿Son estas las buenas nuevas?” “¿Son estas las buenas nuevas de las que hablan los ministros?” “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60).

Pero, ¿de la boca de quién salieron estas palabras? Salieron de la boca de Aquel que nos ama con un amor que sobrepasa todo entendimiento, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Fueron dichas por Aquel que tanto nos amó que dejó el cielo por nosotros, vino al mundo por nosotros, fue a la cruz por nosotros, fue al sepulcro por nosotros y murió por nuestros pecados. Las palabras que salen de una boca como esta son indudablemente palabras de amor.

Después de todo, ¿qué prueba más grande de amor puede haber que el que uno advierta a su amigo de un peligro inminente? El padre que ve a su hijo caminando hacia el borde de un precipicio, al verlo exclama bruscamente: “¡Detente, detente!” ¿Quiere decir esto que ese padre no ama a su hijo? La tierna madre que ve a su infante a punto de comer una mora venenosa y exclama bruscamente: “¡Detente, detente! ¡Deja eso!” ¿Quiere decir esto que la madre no ama a esa criatura? Es la indiferencia la que no molesta a la gente y deja que cada uno se vaya por su propio camino. Es el amor, el amor tierno el que advierte y da el grito de alarma. El grito de “¡Fuego, fuego!” a medianoche puede sobresaltar súbita y desagradablemente al hombre que duerme. Pero, ¿quién se va a quejar si ese grito significa la salvación de una vida? Las palabras: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” al principio pueden parecer duras y severas. Pero son palabras de amor, y pueden ser la única manera de librar del infierno a almas preciosas.

Paso ahora a… considerar la necesidad del arrepentimiento: ¿Por qué es necesario el arrepentimiento? El texto al principio de esta página muestra claramente la necesidad del arrepentimiento. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo son precisas, expresivas y enfáticas: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Todos, todos sin excepción necesitan arrepentirse delante de Dios. Es necesario no solo para los ladrones, homicidas, borrachos, adúlteros, fornicarios y reos en las cárceles. No. Todos los nacidos de la semilla de Adán, todos sin excepción
necesitan arrepentirse delante de Dios. La reina en su trono y el indigente en un albergue; el rico en su sala y la sirvienta en la cocina; el profesor de ciencias en la universidad y el muchachito pobre e ignorante detrás del arado… todos, por naturaleza, necesitan el arrepentimiento. Todos son nacidos en pecado; y todos tienen que arrepentirse y convertirse para ser salvos. El corazón de todos tiene que ser cambiado en lo que al pecado respecta. Todos tienen que arrepentirse al igual que creer en el evangelio. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos” (Mat. 18:3). “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Luc. 13:3).

Pero, ¿de dónde viene la necesidad del arrepentimiento? ¿Por qué se usa un lenguaje tan tremendamente fuerte en relación con esta necesidad? ¿Cuáles son las razones… por las cuales el arrepentimiento es tan indispensable?

(a) Por un lado, sin el arrepentimiento no hay perdón de pecados. Al decir esto, tengo que cuidarme de que se me malinterprete. Le pido enfáticamente que no me entienda mal: las lágrimas de arrepentimiento no lavan ningún pecado. Es mala enseñanza cristiana decir que lo hacen. Ese es el oficio, esa es la obra de la sangre de Cristo exclusivamente. La contrición1 no expía ninguna transgresión. Es una teología espantosa decir que lo hace. De ninguna manera puede. Nuestro mejor arrepentimiento es deficiente, imperfecto y debemos repetirlo una y otra vez. Nuestra mejor contrición tiene suficientes defectos como para hundirnos en el infierno. “Somos contados como justos delante de Dios únicamente por medio de nuestro Señor Jesucristo, por fe, y no por nuestras propias obras ni por nuestros méritos”, ni por nuestro arrepentimiento, santidad, ni obras de caridad, no por recibir ningún sacramento ni nada parecido. Todo esto es absolutamente cierto. No obstante, no es menos cierto que la gente justificada es siempre gente arrepentida y que el pecador perdonado es siempre un hombre que deplora y aborrece sus pecados. Dios en Cristo está dispuesto a recibir al hombre rebelde y darle paz con que solo venga a él en nombre de Cristo, por más malvado que haya sido. Pero Dios requiere, y requiere con justicia, que el rebelde renuncie a sus armas. El Señor Jesucristo está listo para compadecerse, perdonar, quitar, limpiar, lavar, santificar y preparar para el cielo. Pero el Señor Jesucristo anhela ver al hombre aborrecer los pecados que quiere que le sean perdonados. Quien quiera, llame “legalidad” a esto. Quien quiera, llámelo “esclavitud”.

Yo me baso en las Escrituras. El testimonio de la Palabra de Dios es claro e indubitable. La gente justificada es siempre gente arrepentida. Sinarrepentimiento, no hay perdón de pecados.

Continuará …

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

¿Qué es el arrepentimiento 2?

Pero, ¿qué es el verdadero arrepentimiento? Esta es una pregunta de primordial importancia. Merece toda nuestra atención. La siguiente es probablemente una definición tan buena como hasta ahora se ha dado. “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora operada en el corazón del pecador por el Espíritu y la palabra de Dios, por la cual hace en él un modo de ver, y un sentimiento no sólo de lo peligroso, sino también de lo inmundo y odioso de sus pecados y al apercibir la misericordia de Dios en Cristo para aquellos que se han arrepentido, se aflige por sus pecados los odia y se aparta de todos ellos a Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente en andar con el Señor en todos los caminos de una nueva obediencia”. El que esta definición es irrebatible y bíblica se va viendo con más claridad cuanto más a fondo se examina. El arrepentimiento verdadero es un dolor por el pecado que termina en una reforma. Meramente lamentarse no es arrepentirse, tampoco lo es una reforma que solo sea externa. No es la imitación de la virtud: es la virtud misma…

Aquel que realmente se arrepiente está principalmente afligido por sus pecados; aquel cuyo arrepentimiento es falso, está preocupado principalmente por sus consecuencias. El primero se arrepiente principalmente de que ha hecho una maldad, el último de que ha traído sobre sí una maldad. El uno lamenta profundamente que merece el castigo, el otro que tiene que sufrir el castigo. El uno aprueba de la Ley que lo condena; el otro cree que es tratado con dureza y que la Ley es rigurosa. Al arrepentido sincero, el pecado le parece muy pecaminoso. El que se arrepiente según las normas del mundo, el pecado de alguna manera le parece agradable. Se lamenta que sea prohibido. El uno opina que es una cosa mala y amarga pecar contra Dios, aun cuando no recibe castigo; el otro ve poca maldad en la transgresión si no es seguida por dolorosas consecuencias. Aunque no hubiera un infierno, el primero desearía ser librado del pecado; si no hubiera retribución, el otro pecaría cada vez más. El arrepentido auténtico detesta principalmente el pecado como una ofensa contra Dios. Esto incluye todos los pecados de todo tipo. Pero se ha comentado con frecuencia que dos clases de pecados parecen pesar mucho en la conciencia de aquellos cuyo arrepentimiento es del tipo espiritual. Estos son los pecados secretos y los pecados de omisión. Por otro lado, en el arrepentimiento falso, le mente parece centrase más en los pecados que son cometidos a la vista de otros y en pecados de comisión. El arrepentido auténtico conoce la plaga de un corazón malo y una vida estéril; el arrepentido falso no se preocupa mucho por el verdadero estado del corazón, sino que lamenta que las apariencias estén tanto en su contra.

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Qué es el arrepentimiento?

El arrepentimiento pertenece exclusivamente a la religión de pecadores. No tiene cabida en las actividades de criaturas no caídas. Aquel que nunca ha cometido un acto pecaminoso, ni ha tenido una naturaleza pecaminosa, no necesita perdón, ni conversión, ni arrepentimiento. Los ángeles santos nunca se arrepienten. No tienen nada de qué arrepentirse. Esto resulta tan claro que no hay razón para discutir el tema. En cambio, los pecadores necesitan todas estas bendiciones. Para ellos, son indispensables. La maldad del corazón humano lo hace necesario.

Bajo todas las dispensaciones, desde que nuestros primeros padres fueran despedidos del Jardín del Edén, Dios ha insistido en el arrepentimiento. Entre los patriarcas, Job dijo: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Bajo la Ley, David escribió los salmos 32 y 51. Juan el Bautista clamó: “Arrepentíos, porque el reino
de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). La descripción que Cristo hizo de sí mismo fue que había venido para llamar a “a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Justo antes de su ascensión, Cristo mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y los Apóstoles enseñaron la misma doctrina, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Por lo tanto, cualquier sistema religioso entre los hombres que no incluya el arrepentimiento de hecho es falso. Dice Matthew Henry: “Si el corazón del hombre hubiera seguido recto y limpio, las consolaciones divinas quizá hubieran sido recibidas sin la previa operación dolorosa; pero siendo pecador, tiene que primero sufrir antes de recibir consolación, tiene que luchar antes de poder descansar. La herida tiene que ser investigada, de otro modo no puede ser curada. La doctrina del arrepentimiento es la doctrina correcta del evangelio. No solo el austero Bautista, que era considerado un hombre triste y mórbido, sino también el dulce y amante Jesús, cuyos labios destilaban miel, predicaba el arrepentimiento…” Esta doctrina no dejará de ser mientras exista el mundo.

Aunque el arrepentimiento es un acto obvio y muchas veces dictaminado, no puede realizarse verdadera y aceptablemente sino por la gracia de Dios. Es un don del cielo. Pablo aconseja a Timoteo que instruya en humildad a los que se oponen, “Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Tim. 2:25). Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador “para dar arrepentimiento” (Hch. 5:31). Por lo tanto, cuando los paganos se incorporaban a la iglesia, esta glorificaba a Dios, diciendo: “¡¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!!” (Hch. 11:18). Todo esto coincide con el tenor de las promesas del Antiguo Testamento. Allí, Dios dice que realizará esta obra por nosotros y en nosotros. Escuche sus palabras llenas de gracia: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Eze. 36:26-27)… El verdadero arrepentimiento es una misericordia especial de Dios. Él la da. No procede de ningún otro. Es imposible que la pobre naturaleza que ha caído tan bajo se recupere por sus propias fuerzas como para que realmente se arrepienta. El corazón está aferrado a sus propios caminos y justifica sus propios caminos pecadores con una tenacidad incurable hasta que la gracia divina ejecuta el cambio. Ninguna motivación hacia el bien es lo suficientemente poderosa como para vencer la depravación del corazón natural del hombre. Si hemos de obtener su gracia, tiene que ser por medio del gran amor de Dios hacia los hombres que perecen.

No obstante, el arrepentimiento es sumamente razonable… Cuando somos llamados a cumplir responsabilidades que somos renuentes a cumplir, nos convencemos fácilmente que lo que se nos exige es irrazonable. Por lo tanto es siempre provechoso para nosotros tener un mandato de Dios que compele nuestra conciencia. Es realmente
benevolente que Dios nos hable con tanta autoridad sobre este asunto. Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). La base del mandato radica en que todos los hombres en todas partes son pecadores. Nuestro bendito Salvador no tenía pecado, y por supuesto, no podía arrepentirse. Salvo esa sola excepción, desde la Caída no ha habido ni una persona justa que no necesitara el arrepentimiento. Y no hay nadie más digno de lástima que el pobre iluso que no ve nada en su corazón y su vida por lo que debe arrepentirse.

Continuará …

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Cuándo una Iglesia deja de ser Iglesia?

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo y el Amor al Prójimo

En «Los Hermanos Karamazov», de Fyodor Dostoevsky, se desarrolla una poderosa escena entre el padre Zósimo, el obispo que vive en el monasterio y sirve como mentor de Aliocha, y una dama que se acerca a él para pedirle consejo. Ella le confiesa que teme que no puede «amar activamente» porque a menudo sus motivos son malos. El padre Zósimo responde a su preocupación haciendo referencia a una confesión similar que había escuchado muchos años antes de la boca de un médico.

“Amo a la humanidad», dijo, «pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez» –dijo– «he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido al calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos», dijo. «Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad».

El padre Zósimo concluye su consejo diciendo:

“Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia”.

Hay una gran diferencia entre el amor contemplativo y el amor en acción, entre el ideal del amor y su demostración práctica. El amor contemplativo es fácil y no requiere nada de nosotros más que imaginación, mientras que el amor activo es exigente, demanda que nuestra imaginación se ejercite y encuentre expresión a través de nuestro cuerpo. El amor contemplativo es una idea romántica que se desarrolla en nuestra mente con un público admirador ficticio, pero el amor activo es un drama real que requiere presencia y perseverancia. Cuando Jesús y los autores del Nuevo Testamento resumen la ley como amar a Dios y amar a nuestro prójimo, tienen en mente el amor activo.

El apóstol Juan nos llama al amor activo cuando escribe: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3:18). El amor se hace visible al llevar a cabo las demandas severas que requiere. Jesús nos mostró perfectamente este tipo de amor y desea obrarlo en nosotros y a través de nosotros. Pero amar a nuestro prójimo con este amor activo es, como dice el padre Zósimo, «algo cruel y espantoso», y requerirá la ayuda del Espíritu Santo.

Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil.

El amor activo es específico
Jesús no solo amaba a la gente en general y a distancia. Amaba a la gente de manera personal y cercana. Su amor no era un vago sentimiento hacia las masas sino un amor tangible dirigido a personas particulares. Él amó a Su familia, sometiéndose a Sus padres terrenales mientras crecía bajo su autoridad (Lc 2:51). Mostró amor por Su madre en Sus momentos de agonía al confiar su bienestar a Su amigo y discípulo Juan (Jn 19:26-27). Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil. Él amó a Sus enemigos, no rivales desconocidos en tierras lejanas, sino personas de su misma comunidad que le hacían oposición de manera agresiva, le calumniaban y le rechazaban violentamente (Lc 4:16-30). Jesús amó a personas con nombres, historias y necesidades específicas. Buscó conocer esos nombres, ser parte de esas historias y satisfacer esas necesidades. Sanó a la suegra de un amigo (Mc 1:29-31). En compasión, tocó y sanó a un leproso. Alimentó a los hambrientos, curó a los enfermos, dio vista a los ciegos, liberó a los oprimidos y enseñó a las multitudes que eran como ovejas sin pastor.
El amor contemplativo no requiere que uno realmente entre en la vida y el dolor de otro. Pero el amor activo es tangible en su expresión. Está dirigido a personas reales y busca aliviar necesidades reales. Nos demanda ir más allá del sentimiento por los desconocidos, sino acoger al otro, conocerlo, escucharlo y ayudarlo.

El amor activo es sacrificial
El hombre contemporáneo está abiertamente comprometido con el «individualismo expresivo». Este dogma cultural cree que la persona verdaderamente feliz es la que está libre de responsabilidades, libre para perseguir sus sueños, seguir su corazón y vivir sus más profundos deseos, echando a un lado a cualquier persona o entidad que pueda restringir esa búsqueda. La felicidad es el objetivo, y sacrificarse a sí mismo se considera traición, la forma más segura de arruinar la felicidad propia.

Pero para amar verdaderamente, tenemos que limitar voluntariamente nuestras libertades. El amor «no busca lo suyo» (1 Co 13:5) sino que considera las necesidades de los demás. El amor contemplativo no requiere en realidad la muerte del yo, el sacrificio de las libertades o el llevar las cargas de los demás. Sin embargo, amar «de hecho y en verdad» a menudo requiere que desechemos nuestras propias preferencias, comodidades y calendarios por el bien de otro. En nuestros matrimonios, familias, iglesias, amistades y vecindarios, si queremos amar verdaderamente, tenemos que poner el bien del otro por encima del nuestro. No podemos vivir la visión de autonomía e individualismo radical y experimentar las profundidades del amor, porque el amor, por su propia naturaleza, impone restricciones en nuestras vidas.

Jesús modeló esta verdad. «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28). Él no vino a hacer Su propia voluntad, sino la voluntad del Padre (Jn 6:38). Se negó a exigir Su propia voluntad, sino que a causa del amor se sometió a la voluntad del Padre y al bien eterno de aquellos a quienes vino a salvar. Jesús con gusto tomó nuestras cargas y las llevó a la cruz. La muerte sustitutiva de Cristo se convierte en el modelo de amor para la comunidad cristiana. Pablo nos exhorta a «[andar] en amor, así como Cristo también os amó y se dio a sí mismo por nosotros» (Ef. 5:1-2). Si queremos amar a nuestro prójimo como Jesús nos ha amado, debemos renunciar a la autonomía y la libertad egocéntrica y recibir gozosamente las restricciones y cruces que el amor introduce. Debemos dar la bienvenida a las interrupciones e inconvenientes que el amor sacrificial requiere de nosotros.

El amor activo a menudo no es recíproco
El amor contemplativo espera una recompensa inmediata. Ansía ser apreciado, afirmado y celebrado por los esfuerzos que hace, y se cansa cuando el reconocimiento tarda en llegar. Pero el amor activo trabaja y persevera aun cuando no es correspondido.

El amor cristiano no fluctúa según el retorno de la inversión. El amor de Jesús fue y es repudiado, rechazado y no correspondido. Sin embargo, Él es firme en Su amor y no lo niega ni siquiera a las personas que constantemente lo rechazan.

Amar a nuestros amigos, familias y vecinos, como Jesús nos ama, exige la renuncia a los requisitos que naturalmente le otorgamos a los destinatarios de nuestro amor. El amor activo y concreto significa que seguimos amando incluso cuando ese amor es despreciado y no valorado. Nuestro amor debe ser cruciforme, moldeado por la cruz. La cruz no fue solo la manifestación del amor de Dios en Cristo, también fue el rechazo de la humanidad al amor de Dios en Cristo, y la imagen perfecta de la vitalidad de ese amor aún frente al rechazo. Cuando amamos a los demás y nuestro amor es encontrado con ira, amargura, ingratitud o presunción, nuestra visión de Jesús continuamente orando por Sus verdugos mientras lo crucificaban sirve para sustentar nuestro amor.

El amor activo produce belleza en nosotros
Dios desea hacernos más como Jesús. Él nos ha dado el Espíritu Santo para conformarnos a la imagen de Jesús para que podamos llegar a ser más y más lo que Dios quiere que seamos. Al darnos en amor a nuestro prójimo, el Espíritu Santo cultiva nuestra humanidad y produce belleza en nosotros. Esa belleza no vendrá al simplemente imaginarnos actos de amor sino mediante el ejercicio repetitivo del amor desinteresado. Nuestro carácter se forja por los actos que repetimos. Cuando elegimos una y otra vez limitar nuestras libertades en amor sacrificial hacia personas en particular que quizá lo rechacen, nos transformamos en un cierto tipo de persona, un pueblo que ama como Jesús amaba.
No somos justificados por nuestro amor. El mensaje del evangelio no es «ama como Jesús». Jesús murió la muerte que Él murió porque no podemos vivir la vida que Él vivió. Somos justificados solo por la fe en Su obra terminada. Pero aquellos que son justificados por la fe reciben el glorioso llamado de vivir y amar como Jesús, confiando en que Su Espíritu es suficiente para fortalecer nuestros esfuerzos y que Su gracia es suficiente para perdonar nuestros fracasos.

El Rev. J.R. Vassar es el pastor principal de Church at the Cross [La iglesia en la cruz], en Grapevine, TX.

Dios es incomprensible

¿Qué podemos saber acerca de Dios? Esta es la pregunta más básica de la teología, ya que lo que podamos saber sobre Él, en caso de ser esto posible, determinará el alcance y contenido de nuestro objeto de estudio. Respecto a esto, debemos tomar en cuenta la enseñanza de los mejores teólogos de la historia, quienes en su totalidad han afirmado la “incomprensibilidad de Dios”.

Al usar el término incomprensible, no se están refiriendo a algo que no podemos comprender o conocer en lo absoluto. Teológicamente hablando, decir que Dios es incomprensible no quiere decir que Dios sea completamente incognoscible; significa que ninguno de nosotros puede comprender a Dios por completo.

La incomprensibilidad está relacionada con un principio clave de la Reforma protestante: lo finito no puede contener (ni retener) lo infinito. Los seres humanos son criaturas finitas, por lo tanto nuestras mentes siempre funcionan desde una perspectiva finita. Vivimos, nos movemos, y existimos en un plano finito, pero Dios vive, se mueve, y existe en lo infinito. Nuestro entendimiento finito no puede contener a un sujeto infinito; por lo tanto, Dios es incomprensible. Este concepto es un equilibrio que nos sirve de advertencia, no sea que pensemos que hemos entendido y dominado cada detalle de Dios. Nuestra finitud siempre limita nuestra comprensión de Él.

Si malinterpretamos la doctrina de la incomprensibilidad de Dios, podemos caer fácilmente en dos graves errores. El primero es sostener que Dios, dado que es incomprensible, debe ser completamente incognoscible, y todo lo que afirmemos sobre Él es palabrería. Pero el cristianismo afirma la racionalidad de Dios junto con su incomprensibilidad. Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación. Pero esa revelación es inteligible, no irracional. No es mera palabrería, o un sinsentido. El Dios incomprensible se ha revelado verdaderamente a sí mismo.

Es entonces que aludimos al principio de la Reforma, según el cual Dios está tanto oculto como revelado. Hay una dimensión misteriosa de Dios que no conocemos. Sin embargo, no nos deja en la oscuridad, buscándolo a tientas en la penumbra. Él se revela a sí mismo, y es este el fundamento de la fe cristiana. El cristianismo es una religión de revelación. El Dios creador se ha revelado claramente en el glorioso teatro de la naturaleza; a esto llamamos “revelación natural”. Dios también se ha revelado a sí mismo verbalmente. Ha hablado, y tenemos su Palabra grabada en la Biblia. Aquí nos referimos a la revelación especial, la información que Dios nos da y que nunca podríamos descubrir por cuenta propia.

Dios permanece incomprensible porque se revela a sí mismo sin revelar todo lo que hay que saber acerca de Él. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre” (Dt. 29:29). No es que no tengamos conocimiento de Dios, o que tengamos un conocimiento completo de Él; más bien, tenemos un conocimiento práctico que es útil y crucial para nuestras vidas.

Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación.

Esto plantea la pregunta de cómo podemos hablar de manera significativa sobre el Dios incomprensible. Los teólogos tienen una desafortunada tendencia a oscilar entre dos extremos. Uno es el del escepticismo, considerado anteriormente, el cual asume que nuestro lenguaje acerca de Dios carece por completo de sentido y no tiene ningún punto de referencia respecto a Él. El otro extremo es una forma de panteísmo que asume falsamente que hemos entendido o contenido a Dios. Nos mantenemos al margen de estos errores cuando comprendemos que nuestro lenguaje sobre Dios se basa en la analogía. Podemos decir cómo es Dios, pero tan pronto como igualemos cualquier cosa que usamos para describirlo en su esencia, hemos cometido el error de pensar que lo finito puede contener lo infinito.

Históricamente, vemos al liberalismo protestante y a la neo-ortodoxia vacilar entre los dos errores mencionados anteriormente. La teología liberal del siglo XIX identificó a Dios con el flujo de la historia y con la naturaleza. Promovió un panteísmo en el que todo era Dios y Dios era en todo. En ese contexto, la neo-ortodoxia se negó a identificar a Dios con la creación y buscó restaurar la trascendencia de Dios. En su celo, los teólogos neo-ortodoxos hablaban de Dios como aquel que es “completamente otro”. Esa idea es problemática. Si Dios es completamente otro, ¿cómo podríamos saber cualquier cosa acerca de Él? Si Dios es completamente diferente a nosotros, ¿cómo podría revelarse?, ¿qué medios podría usar?, ¿podría revelarse a través de una puesta de sol?, ¿podría revelarse a través de Jesús de Nazaret? Si Él fuera completamente otro a los seres humanos, ¿qué base común pudo existir alguna vez para la comunicación entre Dios y la humanidad? Si Dios es completamente diferente a nosotros, no habría forma de que nos hablara.

Comprender que nos relacionamos con el Señor a través de la analogía resuelve el problema. Hay un punto de contacto entre el hombre y Dios. La Biblia nos dice que somos creados a la imagen de Dios (Gn. 1:26-28). En cierto sentido, los seres humanos son como Dios. Eso hace posible que la comunicación ocurra. Dios ha puesto esta capacidad de comunicación en la creación. No somos Dios, pero somos como Él porque llevamos su imagen y somos hechos a su semejanza. Por lo tanto, Dios puede revelarse a nosotros, no en su lenguaje, sino en el nuestro. Él puede hablar con nosotros, puede comunicarse de una manera que podamos entender, no de forma exhaustiva, sino verdadera y significativa. Si te deshaces de la analogía, terminas en el escepticismo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Hogar bajo Su Gracia

Karla de Fernández es Coordinadora de Iniciativas para Mujeres en Soldados de Jesucristo y directora del podcast Mujer en Su Palabra. En el libro Hogar bajo su gracia, Fernández nos muestra cómo cada detalle de tu hogar puede ser un reflejo de nuestra morada celestial. La autora nos muestra el corazón que Dios quiere formar en nosotras, haciéndonos semejantes a Cristo al servir desde nuestros hogares. 

A través de diez capítulos aprendemos cómo en cada aspecto de la vida del hogar Dios dirige a sus hijos e hijas a la realidad eterna, y también cómo el rol de la mujer —diseñado por Dios para su gloria— se ve afectado de manera negativa por la sociedad actual.

Hogar bajo su gracia

Como muchos libros dirigidos a mujeres, la autora destina su escritura a esposas y madres. Aun así, si eres joven o adulta soltera y no tienes hijos, te invito a que consideres lo que Karla nos enseña en Hogar bajo su gracia; desde el inicio del libro, ella señala la importancia de aprender a reflejar a Cristo en el hogar desde antes del matrimonio. Puede que seas la hermana mayor en tu familia, o la única mujer… sea como sea, puedes considerar cada enseñanza desde tu propia realidad.

Retrato de la mujer virtuosa

En los dos primeros capítulos del libro, Karla nos dirige en el análisis de Proverbios 31, pasaje donde se describe a una mujer que “nos reta a buscar ser una esposa ejemplar, leal, íntegra, confiable y servicial” (loc. 562). Cada detalle que se extrae del capítulo nos muestra que los talentos que el Señor nos ha dado pueden ayudar a edificar sabiamente nuestro hogar, considerando que cada decisión a tomar dentro de él debe ser guiada por Dios para el bienestar y el futuro de nuestra familia.

La autora señala que muchas veces sentiremos que no podremos más con las muchas cosas que debemos hacer a diario, por lo que nos muestra la importancia de “estar fortalecidas en nuestro Padre porque las pruebas y luchas vendrán, y si no estamos bien cimentadas, firmes y fortalecidas en Él, vamos a sucumbir” (loc. 897). El resto del libro sigue presentando más lecciones valiosas para toda mujer.

Con respecto a los hijos, la autora recalca la importancia de reflejar a Cristo en nuestro rol como madres, para tener la oportunidad de aplicar el evangelio en todo cuanto vivimos día a día, formando a nuestros hijos desde temprana edad para la gloria de Dios. Fernández también nos enseña sobre la importancia de aprovechar al máximo el tiempo junto a los hijos que Dios nos ha permitido tener. Es importante conocerlos, ayudarles, y estar para ellos siempre que lo necesiten. Sobre todo, Karla nos llama a preocuparnos por su salud espiritual; sabemos que la salvación es del Señor, pero llevarlos ante Él es nuestra responsabilidad como padres.

Por otro lado, respecto a la vida de pareja, la autora nos muestra cómo muchas veces consideramos que el matrimonio es únicamente para nuestro deleite, cuando fue creado por Dios para ser un reflejo constante de Cristo y su Iglesia, y se trata principalmente acerca de Él. Frente a esta realidad, Fernández nos dirige a considerar primeramente que el matrimonio, al estar compuesto por dos almas pecadoras, estará lleno de imperfecciones y dificultades, pero que en medio de esto Dios puede trabajar para moldearlo de acuerdo a Sus propósitos divinos y reflejar Su gracia. Asimismo —y a diferencia de lo que la cultura actual nos señala— la autora alude a la importancia de ser la ayuda idónea de nuestro esposo y no competir con él respecto al liderazgo en el hogar. Dios nos hizo diferentes al hombre y esto tiene un propósito divino; esta verdad no disminuye nuestro valor como personas.

​Cada familia tiene una historia distinta y se compone de diferentes maneras. Muchos hogares cristianos cuentan con un cónyuge que no es salvo, y otros más ni siquiera cuentan con la presencia de un padre. En cada realidad, es la voluntad de Dios la que reina; Él es quien da las fuerzas para continuar día a día y nos guía para tomar las decisiones correctas.

Conclusiones

Como muchos libros dirigidos a mujeres, la autora destina su escritura a esposas y madres. Aun así, si eres joven o adulta soltera y no tienes hijos, te invito a que consideres lo que Karla nos enseña en Hogar bajo su gracia; desde el inicio del libro, ella señala la importancia de aprender a reflejar a Cristo en el hogar desde antes del matrimonio. Puede que seas la hermana mayor en tu familia, o la única mujer… sea como sea, puedes considerar cada enseñanza desde tu propia realidad.

“Saturemos nuestro hogar con la presencia de Jesucristo. Que todo cuanto se hable en casa esté impregnado de Él, que cada decisión que tomemos esté de acuerdo con Sus principios bíblicos” (loc. 2699).

Hogar bajo su gracia es un libro perfecto para realizar estudios individuales o en grupo, con mujeres casadas o solteras de cualquier edad que quieran aprender cada vez más sobre cómo reflejar el amor divino a través de sus hogares.

Editorial B&H ESPAÑOL. 264 pp. Rústica

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/matrimonio-y-familia/974-hogar-bajo-su-gracia.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Amando a los difíciles de amar

«¡Enciérrenlos y tiren la llave! ¡Son solo una amenaza para la sociedad! ¿De quién se está hablando aquí? De hombres, mujeres y jóvenes encerrados detrás de los barrotes y las paredes de nuestras cárceles y prisiones. Ellos son realmente difíciles de amar. Sin embargo, estamos llamados a ir a ellos y mostrarles el amor de Jesucristo.

¿Hay algún ejemplo bíblico de amar al difícil de amar? Hay muchos ejemplos, pero considero que uno que se destaca de una manera especialmente poderosa, mostrándonos el amor que Dios tiene por los que son difíciles de amar, se trata de un hombre llamado Ananías. Muchas personas nunca han oído hablar de él, pero Ananías fue usado maravillosa y poderosamente por Dios para amar a un hombre muy difícil de amar llamado Saulo de Tarso.

Hechos 9 cuenta la historia de cómo Saulo se dirigía a Damasco para hacer cosas terribles a los seguidores de Jesús, incluso asesinarlos. Él no era exactamente alguien fácil de amar. Ananías, siendo un seguidor de Jesús, era objeto de la ira de Saulo. Pero Dios le habló a Ananías y le dijo que fuera a Saulo. Y mira la respuesta de Ananías a Dios: “Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre» (Hch 9:13-14). Nosotros pudiéramos Podríamos decir: «Señor, ¿estás bromeando conmigo? Ir a hablar con un criminal que está fuera de control y a punto de hacer cosas horribles, ¿en serio?

Ahora mira la respuesta de Dios a Ananías en el versículo 15: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel». Esto debería ayudarnos a entender que hay instrumentos escogidos por Dios detrás de los barrotes y las paredes de la prisión, y es nuestro honor y privilegio compartir la verdad de la Palabra de Dios con ellos.

Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido.

Lo que sucedió después

Ahora somos testigos del resultado de la obediencia de Ananías al amar al difícil de amar:

Ananías fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.. . . Y enseguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas, diciendo: Él es el Hijo de Dios. (vr. 17, 20)

¿Qué fue lo que pasó aquí? El evangelio hizo lo que hace el evangelio. El evangelio transforma vidas, y transformó la vida de Pablo para siempre.

He visto esto suceder en la prisión de manera regular. Déjame darte un par de ejemplos.

Recientemente, un joven entró a mi oficina en la prisión con un pedazo de papel y comenzó a explicarme qué contenía. Él dijo: «Tengo treinta y dos años y nunca he tenido un trabajo en mi vida. Todo lo que he sido es ser un traficante de drogas». Luego dijo: «En este papel hay una lista de todos los pecados horribles que recuerdo haber cometido en mi vida. Creo que ni siquiera Dios pudiera perdonar lo que hay en este papel». Hablamos durante un buen rato. Compartí las Escrituras con él sobre la obra de Jesús en la cruz y sobre cómo podemos confesar nuestros pecados y recibirlo como nuestro Salvador y Señor. Tomó un tiempo, pero él entendió el evangelio.

Él confió en Jesucristo como su Salvador y Señor, luego le pedí que pusiera su mano sobre ese papel con todos los pecados enumerados cuidadosamente. Enseguida puse mi mano sobre su mano y le entregamos todo a Jesús mientras le dabamos gracias por Su precioso y total perdón. Luego tomé el papel y lo hice trizas justo en frente de él. Le dije: «Tú, mi querido hermano, ahora eres libre». Desde ese día, ha sido un poderoso testigo para otros reclusos, para el personal de la prisión y para su familia. Condujo a su padrastro a Jesucristo, así como a su hijo de once años en la sala de visitas de la prisión.

Una vez, cuando estaba ministrando una mañana en el pabellón de los condenados a muerte en la Florida, un recluso que había confiado en Jesucristo como su Salvador y Señor y que ahora estaba llegando al final de su vida en esta tierra me dijo: «¡Dios me ha dado una esperanza infinita en vez de un final sin esperanza!» Sentí un gran amor por él en ese precioso momento.

Demostración de amor verdadero

Lee con cuidado el siguiente pasaje de las Escrituras. Aquí vemos el amor de nuestro Dios por nosotros. Un amor que realmente no es de este mundo. Un amor que nos defiende y nos respalda cuando todo y todos nos abandonen.

Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación (Rom 5:6-11).

¿Podemos amar a quien es difícil de amar? Sí. Nosotros también podemos ser un Ananías. Podemos visitar una cárcel o prisión, o incluso ir a donde ese vecino o compañero de trabajo tan falto de amor, y mostrarles cómo luce realmente el amor de Jesús. Estamos llamados a hacerlo, y en la obediencia hay bendiciones que ni siquiera podemos imaginar.

Nunca me canso de ver a Dios tomar a un individuo despreciable y perdido y transformarlo totalmente en una persona piadosa, productiva, útil y amorosa que está comprometida con Jesucristo y todo lo que eso significa. Es un gran gozo ser parte de ello. Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido. ¿Qué pasó? El evangelio.

Me encanta el himno «Roca de la Eternidad» de Augustus Toplady. Sus palabras, «Nada traigo para Ti / Mas tu cruz es mi sostén», retratan vívidamente lo que sucede en las vidas de las personas difíciles de amar cuando se enfrentan cara a cara con la realidad de quién es Jesús y lo que ha hecho en sus vidas mientras confían solamente en Él para su salvación.

El Rev. Dan Matsche es un capellán de prisiones con Good News Jail & Prison Ministry. Él ha estado sirviendo en cárceles y prisiones por casi treinta y cinco años. Actualmente sirve en una prisión en Canon City, Colorado.

Un niño nos es nacido 3

¿CÓMO ES PRESENTADO CRISTO? Es presentado,

En la predicación del evangelio. “¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?” (Gá. 3:1). A quien quiera que le llegue el evangelio, Cristo le es presentado como se expresa en las palabras del evangelio, para ser discernidas por fe. “Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:8).

En la administración de las [ordenanzas]. Así como en la Palabra, Cristo es presentado a los oídos, en las [ordenanzas] es presentado a los ojos. En las ordenanzas, hay una representación viva de Cristo, sangrando y muriendo en la cruz por los pecadores. “Esto es mi cuerpo” (Mt. 26:26). Aunque no está corporalmente presente en las [ordenanzas], lo está de hecho y espiritualmente en la fe de los creyentes, que obra cosas invisibles: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1)…

En la obra interior de iluminación salvadora. El Espíritu del Señor no sólo da luz, sino vista, a los escogidos. No sólo les abre las Escrituras, sino que les abre los ojos y revela a Cristo en ellas. (Gá. 1:15-16). Ésta es aquella demostración del Espíritu de la cual habla Pablo, la cual es el antecedente inmediato de la fe, sin la cual nadie cree.

¿[POR QUÉ] NOS ES PRESENTADO CRISTO DESDE SU NACIMIENTO?

Para que veamos la fidelidad de Dios en cumplir su promesa. La promesa de Cristo era antigua, cuyo cumplimiento había sido largamente demorado, pero ahora la vemos cumplida en el tiempo que Dios le tenía asignado, por lo que podemos estar seguros de que cumplirá a su tiempo el resto de sus promesas.

Para que podamos regocijarnos en él. El nacimiento de su precursor fue un gozo para muchos (Lc. 1:14 entonces ¿cuánto más el de él? Los ángeles cantaron de gozo por el nacimiento de Cristo (Lc. 2:13-14). Y nos es presentado para que podamos cantar con ellos, pues es motivo de gran gozo (Lc. 2:10-11). Y todo el que conoce el peligro de su pecado se regocijará cuando Cristo le sea presentado, tal como el hombre inculpado se goza cuando ve al Príncipe quien puede indultarlo.

Para que pongamos nuestros ojos en él, veamos su gloria y seamos llevados con él. Por esta razón, se invita a menudo a los pecadores a fijar sus ojos en él: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22). “Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón con la corona con que le coronó su
madre en el día de su desposorio, y el día del gozo de su corazón” (Cnt. 3:11). Mirar la fruta prohibida ha corrompido tanto a los ojos de la humanidad que las cosas del mundo se ven como a través de una lente de aumento y es imposible verlas como realmente son, hasta contemplar a Jesús en toda su gloria.

En último lugar, para que podamos reconocerlo en el carácter en el que se manifiesta como Salvador del mundo y nuestro Salvador. Porque es presentado como un joven príncipe al ser reconocido como heredero de la corona. El Padre lo escogió a él para ser el Salvador del mundo, nos lo ha dado como nuestro Salvador y así lo presenta para que lo reconozcamos.

APLICACIÓN: Le exhorto, por tanto, a creer que Cristo le es presentado a usted en su nacimiento como uno de su familia. Si pregunta usted qué debe hacer cuando cree, le respondo:

(1) Abrácelo con alegría. “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria” (Sal. 24:7). Cuando [Jesús] fue presentado en el templo, el anciano Simeón lo tomó en sus brazos sintiendo en su alma total satisfacción (Lc. 2:28-29). En cuanto a su presencia corporal, está ahora en el cielo, pero le es presentado a usted en el evangelio, abrácelo por fe de todo corazón, creyendo en él para salvación, renunciando por él a todos los demás salvadores, ¡entregándose a él para tranquilidad de su conciencia y su corazón!

(2) Béselo —con un beso de amor (Sal. 2:12), entregándole su corazón: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26), con un beso de honra, honrándole en su corazón, con sus labios y su vida, y con un beso de sometimiento, recibiéndole como su Señor, Rey, Cabeza y Esposo.

(3) Bendígalo —“Cantad a Jehová, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación” (Sal. 96:2). ¡Es Dios bendito para siempre! Pero hemos de bendecirle, como bendecimos a Dios: abiertamente, proclamándolo bendito (Sal. 72:17), orando de corazón que venga su reino (Sal. 72:15).

(4) Adórelo. Es lo que hicieron los sabios de oriente (Mt. 2:11). Es el Dios eterno y, por lo tanto, debe ser adorado: “Inclínate a él, porque él es tu señor” (Sal. 45:11): Su Esposo, su Rey, su Dios. Adórelo con una adoración interior, consagrándole toda su alma; y adórelo con una adoración exterior.

(5) En último lugar, preséntele obsequios. Eso hicieron los magos (Mt. 2:11). Obséquiele su corazón a él (Pr. 23:26). [Entréguele] todo su ser (2 Co. 8:5) para glorificarlo en su alma, cuerpo, su sustancia, ¡su todo!

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Un niño nos es nacido 2

Ha nacido un Salvador. La hora feliz del nacimiento largamente esperado ha llegado y el Niño ha venido al mundo. Los ángeles lo proclaman: “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2:10-11).
Los antepasados, reyes y profetas ya estaban en la tumba, murieron teniendo fe de que nacería y ¡ahora era una realidad! Realmente había nacido: Un Niñito pequeño, pero un Dios todopoderoso, un Infante, de menos de un día de nacido, pero ¡el Padre eterno! ¡Nacimiento maravilloso como el mundo nunca había visto antes, ni volverá a ver nunca!

Algunos han sido asignados a presentar a este Niño a amigos y familiares y todavía siguen haciéndolo. ¡Oh qué asignación tan honrosa! Más honrosa que la de presentar un príncipe de este mundo recién nacido al rey, su padre. José y María tuvieron el cargo de presentarlo al Señor (Lc. 2:22). Pero, ¿quién tiene el honor de presentárnoslo a nosotros?

(1) El Espíritu Santo tiene el ministerio de presentárnoslo internamente. “Pues me propuse”, dice Pablo, “no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado… y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co. 2:2-4). Y por [el Espíritu] su
Padre nos lo presenta a nosotros: “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16:16-17). De esta manera, es presentado a los pecadores en toda su gloria celestial,
para que tengan una vista amplia de él, que es la que debe tenerse en la tierra por fe: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14).

(2) Los ministros del evangelio tienen el cargo de presentárnoslo externamente, en los pañales de la Palabra y las [ordenanzas]. Han sido llamados a presentarlo a los pecadores creyentes: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2) y de presentar a Cristo a los pecadores para que crean en él. Vienen con el anciano Simeón, con Jesús, el niño santo en sus brazos por medio de las palabras del evangelio (Ro.10:6-8) y dicen, con Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Los ministros de Dios dicen como Pablo: “…Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:8).

¿A QUIÉN ES PRESENTADO CRISTO?

Negativamente, no es presentado a los ángeles caídos. No nació para ellos, ninguno es familiar suyo, “porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (He. 2:16). Su casa fue originalmente más honrosa que la casa de Adán, pero Cristo le dio un honor más elevado a la casa de Adán que a la de los ángeles. Los ángeles son sus siervos; los ángeles impíos sus verdugos, en cambio, los hombres santos son sus hermanos.

Positivamente, es presentado a los humanos pecadores, a cada uno y a todos ellos. A ellos va dirigido el anuncio: “He aquí el Cordero de Dios” (Jn. 1:29), etc. “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador” (Luc. 2:10-11). Primero fue presentado a los judíos [y mostrado] a Israel (Jn. 1:31); pero después a todo el mundo, a todas las naciones por igual (Mr. 16:15). De allí que desde los rincones más lejanos de la tierra, se oyen cánticos cuando se les muestra a los hombres el Cristo que nació para ellos; su gloria se manifiesta sin paralelo. En lo particular,

Es presentado a la Iglesia visible: A todas y cada una de ellas. Es cierto que hay muchas en el mundo a las cuales no es presentado. No cuentan con su voz ni su gloria, ni lo han visto representado en su Palabra. Pero dondequiera que llega el evangelio, Cristo es presentado a cada persona como el que vino a nacer para ellos… Es cierto que corporalmente
está ahora en el cielo, pero espiritualmente hablando, está en su Palabra y en las ordenanzas, presentadas a pecadores, y vistas por fe, aunque la mayoría no lo verá.

Es presentado eficazmente a todos los escogidos. Cristo es revelado en ellos (Gá. 1:15-16). Entonces, creen en él, y lo mismo se aplica a todos, sea como fuere que otros lo juzguen. “Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48). Todos son como fue Pablo en un sentido: Escogidos para ver al Justo y verlo con ojos espirituales los impulsa a desprenderse de todo para comprar el campo, el tesoro y la perla…

Continuará …

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Un niño nos es nacido

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).

El mundo esperó por mucho tiempo la venida de Cristo y aquí el profeta da la noticia: Aquel largamente esperado, al fin ha venido. El “niño…es nacido”. La palabra que aquí aparece como niño es un nombre que indica género –“un niño varón”— y es sólo un muchacho, un muchacho-niño. Tal fue nuestro Señor Jesucristo. Es un nombre dado comúnmente a los infantes del género masculino, desde que nacen y lo siguen teniendo durante sus primeros años hasta llegar a ser hombres adultos. La palabra que aparece como nacido significa algo más, indica mostrado o presentado nacido. Es una costumbre tan natural que siempre ha existido en el mundo: cuando un niño nace, es vestido y presentado o mostrado a los de su familia para su tranquilidad. Los hijos de Maquir fueron presentados a José, su bisabuelo, y sobre sus rodillas fueron criados (Gn. 50:23) y el hijo de Rut a Noemí (Rut 4:17).

Entonces lo que dice el profeta es: “Este niño maravilloso es presentado”, es decir, a los de su familia. ¿Y quiénes son estos? Tiene familia en el cielo: El Padre es su Padre, el Espíritu Santo es su Espíritu, los ángeles son sus siervos, pero no se refiere a estos. ¡Se refiere a nosotros, los hijos e hijas de Adán! Somos sus parientes pobres y a nosotros como
sus parientes pobres sobre la tierra, hijos de la familia de Adán, de la cual es él la rama más alta, este Niño nacido nos es presentado para nuestro consuelo en nuestra condición inferior.

El nacimiento de Cristo era esperando. La Iglesia, su madre, (Cnt. 3:11) tuvo una temprana promesa de que vendría (Gn. 3:15). Fue en virtud de esa promesa que fue concebido y que nació. Toda la humanidad aparte de él, lo fue por otra palabra, a saber: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Gn. 1:28).

Aunque María, su madre en la carne [estuvo embarazada con él por nueve meses], la Iglesia, su madre figuradamente [estuvo “embarazada” con él] desde aquel momento (Gn. 3:15) durante unos cuatro mil años. Muchas veces, ésta esperaba que ya naciera y corría el peligro de pensar que era un falso embarazo [porque] tardaba tanto. Los reyes y
profetas esperaban y ansiaban que llegara el día: “Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lc. 10:24). Toda la Iglesia del Antiguo Testamento ansiaba que llegara el día de Cristo “Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas” (Cnt. 8:14).

Ha nacido un Salvador. La hora feliz del nacimiento largamente esperado ha llegado y el Niño ha venido al mundo. Los ángeles lo proclaman: “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2:10-11).
Los antepasados, reyes y profetas ya estaban en la tumba, murieron teniendo fe de que nacería y ¡ahora era una realidad! Realmente había nacido: Un Niñito pequeño, pero un Dios todopoderoso, un Infante, de menos de un día de nacido, pero ¡el Padre eterno! ¡Nacimiento maravilloso como el mundo nunca había visto antes, ni volverá a ver nunca!

Continuará …

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Amando a nuestra familia

El amor familiar tiene sus raíces en la creación. Por la misericordia de Dios, los seres humanos caídos todavía tienden a conservar un amor natural por sus familias. Aunque malvados, los padres dan buenos regalos a sus hijos (Mt 7:9-11). La bondad familiar a menudo despierta respuestas de amor incluso en los malvados (Mt 5:46-47). Solo cuando Dios permite que el pecado siga su curso completo, el amor propio del hombre destruye el afecto natural y desintegra a la familia (2 Tim 3: 1-4). Esa es la tragedia que se desarrolla en la cultura occidental.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado. Dios envió a Su Hijo como el sacrificio expiatorio por nuestros pecados para llevar el justo juicio que nuestros pecados merecían: «En esto consiste el amor» (1 Jn 4:10 ). En el mejor de los casos, somos pecadores merecedores de la ira de Dios, pero Él nos ama al más alto grado. El afecto natural es una extensión del amor propio, pero la cruz infunde un amor sacrificial en nuestras almas. Cada fracaso en amar a nuestro padre, madre, hermana, hermano y a cualquier otra persona tiene su raíz en nuestro fracaso de abrazar a Cristo crucificado con una fe viva.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado.

La familia crece a partir del vínculo matrimonial entre marido y mujer. Ninguna otra relación capta nuestro supremo llamado a reflejar el amor de Cristo: las esposas en su reverente sumisión y los maridos en su abnegado servicio (Ef 5:22-25). Juntos, marido y mujer deben convertirse en mejores amigos a través de la vida que comparten en Cristo (vv. 28-30). O, si el cónyuge de un cristiano no es creyente, entonces el creyente debe vivir con la esperanza de ganar al pecador por el testimonio de la belleza de la santidad, la pureza y el temor divino (1 Pe 3:1-4). Cuando llevar la cruz en el matrimonio atraviesa nuestras almas, debemos recordar que Dios diseñó el matrimonio por algo más que nuestra satisfacción. El matrimonio existe para la gloria de Dios. Un cónyuge amoroso es una imagen de Dios (Gén 1:27).

Unidos como amantes y colaboradores, el esposo y la esposa aman a sus hijos, con el hombre como el principal responsable: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos (Ef. 6:4). Esto trasciende las cosas de este mundo y abarca «en la disciplina e instrucción del Señor» (v. 4).

Los padres cristianos actúan en unión con Cristo nuestro Mediador, porque como miembros de Él, comparten Su unción. Por consiguiente, deberían amar a sus hijos como profetas bajo el gran Profeta, hablándoles la Palabra de Dios con pasión y amor (Deut 6:6-7). Deben amar a sus hijos como sacerdotes bajo el Sumo Sacerdote con tierna misericordia, intercesión diaria y adoración conjunta en el hogar y la iglesia (Heb 2:17-18; 4:14-16; 10:19-25; 13:15). También deben amar a sus hijos como reyes bajo el Rey supremo, protegiéndolos de las influencias corruptoras y depredadoras (Jn 10: 12-14), y gobernarlos con disciplina para entrenarlos en el camino de la paz (Is 9:6-7). Sin embargo, deben recordar que ellos mismos no pueden salvar a sus hijos, ya que solo hay un Mediador (1 Tim 2:5-6), y el evangelio a veces divide a una familia como una espada (Mat 10:34-36).

Padres y madres, ¿es Jesús su Profeta, Sacerdote y Rey? ¿Están actuando en el nombre de Jesús como profetas, sacerdotes y reyes en sus hogares con perseverancia, por amor a Él?

El amor de un niño por su padre y su madre se muestra en sumisión a su autoridad y receptividad a su instrucción, tal como Dios lo ordena (Ef 6:1-3). Un niño puede honrar a sus padres correctamente solo por fe, en unión y comunión con Jesucristo («en el Señor», v.1). Hijos e hijas, ¿son como ramas que habitan en la vid (Jn 15:5), extrayendo amor por sus padres de Jesucristo por la fe?

Con el tiempo, los niños crecen y las relaciones se multiplican. El amor requiere que los padres capaciten a los hijos mayores incrementando su libertad para vivir como miembros responsables de la sociedad. Deben sentir el peso de proveerse a sí mismos: «Si alguno no trabaja, tampoco debe comer» (2 Tes 3:10). El amor nos guía a recibir a nuestros yernos y nueras como a nuestros propios hijos, y también a liberar a estas nuevas parejas para que formen sus propios hogares: deben «irse» para «unirse» (Gen 2:24). No tenemos autoridad para seguir gobernándolos, pero siempre debemos amarlos, interesarnos por lo que Dios está haciendo en sus vidas y ser consejeros fieles (Ex 18:7-9, 13-24). Los hijos adultos nunca dejan atrás el deber de honrar y amar a sus padres, ya que abandonar a sus padres ancianos contradice tanto la ley como el evangelio (Mt 15:3-6; 1 Tim 5:8, 16). Por su parte, los abuelos y bisabuelos deberían dar ejemplos de fe perseverante, orar mucho por sus descendientes y compartir la sabiduría de Dios con ellos, para que la bendición de Dios se extienda hasta mil generaciones (Deut 7:9).

El Dr. Joel R. Beeke es presidente del Puritan Reformed Theological Seminary y pastor de Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan.

Cuando Dios no da hijos

Cuánta ansiedad de espíritu sufren algunos matrimonios porque no tienen hijos! Tienen muchas otras cosas positivas en su vida, pero no tener descendientes amarga todo lo demás. Abraham mismo sufría por esta razón: “Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer?… Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa” (Gn. 15:2-3). La pasión de Raquel era aún más intensa: “Dame hijos”, le dijo a su marido, “o si no, me muero” (Gn. 30:1). Los hijos son una bendición muy grande, son prometidos como tales en el Salmo 128:3-4 y en otros pasajes. Efectivamente, son una de las flores más dulces que crecen en el jardín de las dichas terrenales. Por eso, es difícil para algunos conformarse con no tenerlos. Pero sea quien sea usted que sufre esto, le ruego que de cualquier manera procure lograr contentamiento. Para lograrlo, considere:

(1) Es el Señor quien niega este favor. Porque lo da o no lo da según le parece bien. La Providencia no se hace más evidente en ninguna esfera humana que en esta de los hijos, si habrá muchos o pocos, algunos o ninguno, todo depende de la voluntad de Dios. Cuando Raquel se mostró tan desesperada por no tener hijos, Jacob la reprendió duramente: “¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?” (Gn. 30:2). “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Sal. 127:3). “Él hace habitar en familia a la estéril, que se goza en ser madre de hijos” (Sal. 113:9). Pensar seriamente en estos pasajes ¿acaso no traería paz al corazón? Cuando Dios ordena algo, ¿nos vamos a disgustar o inquietar por lo que hace? ¿Acaso no puede él derramar sus bendiciones donde le plazca? Por otro lado, si nos las da, estemos agradecidos por su bondad; si no las da, aceptemos con paciencia su soberanía.

(2) A veces niega este favor, pero da otros mejores. Dios no da hijos, pero se da a sí mismo, ¿no es él “mejor que diez hijos?”, como le dijo Elcana a Ana refiriéndose a él mismo. (1 S. 1:8). El Señor prometió que daría un “nombre mejor que el de hijos e hijas” (Is. 56:5). No hay razón alguna para que los que tienen ese “nombre mejor” murmuren porque
les falta aquello que es peor. Aquellos que cuentan a Dios como su Padre en los cielos debieran contentarse con no tener hijos en la tierra. Si Dios no me da lo menor, pero me da lo que es mayor, ¿tengo razón para indignarme?…

(3) A veces son retenidos por mucho tiempo, pero al final Dios los da. Tenemos muchos ejemplos de esto. El caso nunca está perdido mientras nos mantengamos sumisos y esperemos. Quizá Dios quiera darnos ese favor, después de contentarnos con no haberlo recibido al tiempo nuestro.

(4) Si los hijos son dados después de apartarse uno del Señor y desearlos de una manera irregular, es cuestionable si los dio como un favor. ¡Y es de temer que en este caso, los hijos no provienen necesariamente por la misericordia
de Dios! Lo que obtenemos descontentos, rara vez nos contenta. ¡Cuántos padres de familia han vivido esta verdad! No estuvieron tranquilos hasta tener hijos y después de tenerlos tampoco lo estuvieron porque estos resultaron ser tan desobedientes, testarudos e inútiles que fueron más motivo de irritación que el no haberlos tenido.

(5) Los hijos son de gran bendición, pero las bendiciones comúnmente vienen mezcladas con dificultades. La rosa tiene su hermosura, pero también tiene sus espinas, y lo mismo sucede con los hijos. ¡Oh, las preocupaciones, los temores e inquietudes que causan a los padres! Son preocupaciones seguras y consuelos inseguros, como dicen algunos. Vemos
solo lo dulce de esta relación y eso nos inquieta; si viéramos también lo amargo, estaríamos más tranquilos.

(6) Si hubiéramos recibido este favor cuando más lo anhelábamos y esperábamos, hay mil probabilidades contra una que hubiera dominado demasiado nuestro corazón. ¡Y la consecuencia de eso sería fatal por muchas razones! Por lo tanto, previendo Dios esto, es por su bondad y su amor que no nos lo otorga. Creo que considerar todas estas cosas en relación con la falta de hijos, da contentamiento al corazón.

Tomado de “How Christians May Learn in Every State to be Content”, en Puritan Sermons.

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Thomas Jacombe (1623-1687): Pastor presbiteriano inglés; hombre de vida ejemplar y gran erudición; nacido en Melton Mowbray, Leicestershire, Reino Unido.

Amándonos a nosotros mismos

Cuando el fariseo le pregunta: “¿Cuál es el gran mandamiento de la ley?” Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mat 22:37). Y luego agrega: “Y el segundo es semejante a éste, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat 22:39). Nota la frase al final del versículo 39: ”como a ti mismo”. ¿Por qué Jesús agrega estas cuatro palabras? Es porque instintivamente buscamos hacernos el bien; nadie nos obliga a cuidar de nosotros mismos. El amor propio es natural, normal, se da por sentado. Así como el amor propio es un hecho, Jesús dice que debemos amar a nuestro prójimo. Sin embargo, a causa de mi pecado, no quiero hacer el trabajo difícil de amarlo. No obstante, si yo amo a Cristo, debo amar a mi prójimo tanto como me amo a mí mismo, como si mi prójimo fuese yo mismo.

En un mundo donde la gente es egoísta y se preocupa muy poco por los demás, cualquier conversación que trate del amor propio puede hacer sentir incómodo a un cristiano. ¿Acaso la Biblia no me llama a negarme a mí mismo y a poner a los demás primero? Sí, lo hace. ¿Acaso la Biblia no dice que el propósito de la vida es glorificar a Dios? Sí, lo dice. Pero estas verdades no pueden descartar la intención de Jesús en Mateo 22:39: Ya que siempre buscas tu propio bien, busca el bien de tu prójimo con la misma intensidad.

Jesús presupone que nos amamos a nosotros mismos, y no condena todas las formas de hacerlo, por lo tanto debe haber una manera bíblica de pensar en el amor propio. Es entendible que el cristiano se sienta incómodo al hablar del amor a sí mismo; nuestro mundo está repleto de personas que son fundamentalmente egoístas. Pero hay una manera correcta (bíblica) y una manera incorrecta (anti-bíblica) de amarnos a nosotros mismos.

Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener.

La manera incorrecta

Un amor propio que exalta mis necesidades, mis deseos y mis esperanzas por encima de Dios u otros está mal. Es como un tirano manipulando a los demás para conseguir lo que él quiere. Por ejemplo, Jennifer está soltera y desesperadamente quiere un esposo. Ella cambia la manera de vestirse y comienza a coquetear para llamar la atención de los hombres. Cuando es crudamente honesta, su deseo de casarse le resta valor a la vida que Dios le ha dado. Otro ejemplo, Pedro está frustrado porque su esposa se entrega por completo a los hijos y lo tiene a él descuidado. A él le importa más su necesidad de sexo y atención que el obedecer a Dios y amar a su esposa.

Un amor propio que pone a Dios en segundo plano en relación a mis necesidades y mis deseos es común pero inaceptable para los cristianos. Toda versión del amor propio que me pone en el centro de mi universo (ignorando a Dios) me lleva a enfocarme demasiado en mí mismo. Jennifer está más preocupada por su deseo de obtener la felicidad que por confiar en Dios. Pedro quiere sexo y atención por encima de todo lo demás y manipula a su esposa para obtenerlo.

Un amor propio que me cega a mis errores y minimiza mi pecado es peligroso. Solo cuando Dios abre mis ojos a mi pecado es que llego a comprenderme adecuadamente. Un concepto adecuado de nosotros mismos nos hace ver que somos completamente depravados, en todos los aspectos: nuestras mentes, corazones y cuerpos.

Un amor propio cuyo objetivo es hacerme sentir mejor acerca de mí mismo no está bien. El movimiento de la autoestima nos susurra al oído: “¡Eres asombroso, por lo tanto siéntete bien contigo mismo!”, o: “¡No te sientas mal, lo estás haciendo genial!” Como creyentes, nuestra confianza no está arraigada en nosotros mismos, nuestras habilidades, o nuestro autodiscurso motivacional, sino en el Dios que en Su misericordia nos salva a través de Su Hijo.

La manera correcta

Un correcto amor propio exalta a Dios y nos pone en segundo plano (Ex 20:1-6; Sal 40:8; Mat 6:9-10,33). Dios ajusta nuestras prioridades de tal manera que no podemos hacernos “rey del universo”. Una vida de rey es peligrosa porque la auto-exaltación y el egocentrismo suelen seguirle los pasos. Solo el Dios Todopoderoso tiene derecho de sentarse en el trono. Cuando nos sometemos a Su reinado, Él nos coloca en nuestro lugar, y nuestro amor propio no se sale de control. La intensidad de la búsqueda de un esposo por parte de Jennifer se disminuye a medida que ella va creciendo en su fe, confiando en que el amor de Dios es mejor para ella que cualquier otra cosa. La vida de soltera ya no es intolerable. Una vida centrada en el evangelio le da ojos para ver más allá de su propio interés.

Un correcto amor propio nos facilita el negarnos a nosotros mismos (Mat 16:24). Negarnos a nosotros mismos no es odiarnos a nosotros mismos. Más bien es poner nuestras necesidades a un lado para reorganizar nuestras vidas conforme a los valores del reino, usando la fuerza que Dios nos da. Pedro se siente olvidado por su esposa, pero su fe le ayuda a confiar en que teniendo conversaciones honestas con ella y una actitud humilde como la de Cristo, y poniéndola a ella por encima de sus propias necesidades, honrará a Dios y ayudará a la recuperación de su matrimonio.

Un correcto amor propio incluye el cuidarnos física, espiritual y relacionalmente (I Cor 6:19-20). Negarse a uno mismo no es un pretexto para descuidarnos. Hay un tipo de autocuidado que es normal y saludable para los cristianos. Ejercitarse no se trata simplemente de mantenerse en forma, pero aún más importante que eso, es ser un buen mayordomo del cuerpo que Dios nos ha dado. Pasar tiempo regularmente en la Palabra y recibiendo una prédica semanal en una iglesia nos mantiene espiritualmente en forma. Cuando regularmente empapamos nuestros corazones con la Palabra, vamos creciendo en una esperanza centrada en Cristo. Y porque Dios nos ha hecho dependientes los unos de los otros, aislarnos no es una opción. Dios nos hizo para hallar satisfacción y crecimiento en el crisol de relaciones que exaltan Su nombre. La salud física, espiritual y relacional nos da la fuerza para demostrarle amor a otros.

Un correcto amor propio reconoce nuestras limitaciones y nuestra necesidad de volvernos a Jesús (2 Cor 5). El orgullo nos hace pensar que podemos sobrevivir solos. Peor aún, nos engaña de tal modo que intentamos autorescatarnos (“¿Quién necesita a Jesús? Yo me puedo encargar de esto”.) El orgullo nos hace pensar más de nosotros mismos y de nuestras destrezas de lo que deberíamos pensar. El apóstol Pablo le rogó a los Corintios para que “ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5:15). Esta misma advertencia aplica para nosotros. Cuando nuestros sentimientos están orientados alrededor de Cristo y no de nosotros mismos, todo cambia. Los mandamientos de Cristo ya no nos pesan y son un gozo cumplirlos. Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener. Cuando amamos a Jesús, nos amamos mejor a nosotros mismos . Cuando solo nos amamos a nosotros mismos e ignoramos a Jesús, hacemos de nuestras vidas un desastre.

Amando al prójimo como a ti mismo

Hay un amor propio tan preocupado y centrado en sí mismo que no nos ayuda a tener un buen punto de comparación con lo que dice Mateo 22:39. Este es un amor que nos exalta, minimiza nuestro pecado y nos hace altaneros. No puede ser la clase de amor propio que Jesús tenía en mente.

Un amor que honra a Jesús, que se niega a sí mismo y que es sensible al pecado es radicalmente diferente. No se ocupa tanto de sí mismo que ignora a los demás. Nos enfoca en el evangelio y no exclusivamente en nosotros mismos. Logra ver los valores de Dios y los atesora. Encuentra descanso en Cristo. Evita los autorescates diarios y se vuelve a Jesús por ayuda.

Jesús nos dice que debemos atender las necesidades de nuestro prójimo como lo hacemos con nosotros mismos. Como es normal amarnos a nosotros mismos, pero no es normal hacerlo correctamente (porque todos somos pecadores), démosle gracias a Dios que Jesús nos da la sabiduría y la fuerza de amarnos a nosotros mismos bíblicamente y de amar a nuestro prójimo con sabiduría.

El Dr. Deepak Reju es pastor de consejería bíblica y de ministerio familiar en Capitol Hill Baptist Church en Washington, D.C.

Pensamientos de Martín Lutero

En nuestra época, el matrimonio ha sido despojado del prestigio y honor que merece y el verdadero conocimiento de la Palabra y ordenanza de Dios ha desaparecido. Entre los padres este conocimiento era puro y correcto. Por esta razón, valoraban altamente el procrear hijos.

Cuando usted nació, su nacimiento no fue un acontecimiento secreto, ni fue una invención humana. Su nacimiento fue una obra de Dios.

Es inhumano e impío despreciar a los hijos. Los santos padres reconocían que una esposa que podía tener hijos era una bendición especial de Dios y, por el contrario, consideraban a la esterilidad como una maldición. Basaban este juicio en la Palabra de Dios, en Génesis 1:28 donde el Señor dijo: “Fructificad y multiplicaos”. De esto, consideraban a los hijos como un regalo de Dios. —Martín Lutero

Martín Lutero (Eisleben, Alemania, 10 de noviembre de 1483-ibid., 18 de febrero de 1546), nacido como Martin Luder, después cambiado a Martin Luther, como es conocido en alemán, fue un teólogo y fraile católico agustino que comenzó e impulsó la Reforma protestante en Alemania y cuyas enseñanzas se inspiraron en la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo.​

Lutero exhortaba a la iglesia cristiana a regresar a las enseñanzas originales de la Biblia, lo que produjo una reestructuración de las iglesias cristianas en Europa. La reacción de la iglesia católica ante la Reforma protestante fue la Contrarreforma. Sus contribuciones a la civilización occidental se extienden más allá del ámbito religioso, ya que sus traducciones de la Biblia ayudaron a desarrollar una versión estándar de la lengua alemana y se convirtieron en un modelo en el arte de la traducción. Su matrimonio con Catalina de Bora, el 13 de junio de 1525, inició un movimiento de apoyo al matrimonio sacerdotal dentro de muchas corrientes cristianas.

El mejor apoyo a la maternidad 2

Segundo: Hacer un registro de las [experiencias] que le ha dado al cumplir su palabra con usted en particular. ¿Le ha quitado Dios sus temores, secado sus lágrimas y escuchado sus oraciones? Grabe las memorias de su bondad y fidelidad en las tablas de su corazón. Tenemos el gran ejemplo de nuestro amado Señor y Maestro, Jesucristo, quien cuando estaba muy triste por Lázaro a quien “amaba”: “lloró”, presentando su pedido a Dios en su favor. [Éste] fue contestado por gracia. Entonces, con gran devoción de corazón, “alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído” (Jn. 11:3, 35, 38, 41). Que cada madre noble y agradecida, a quien Dios ha calmado los dolores y librado de los peligros de dar a luz, imprima un recuerdo agradecido de tal señal de misericordia con letras indelebles en su mente: “Porque ha mirado la bajeza de su sierva” (Lc. 1:48). Cuando me encontraba yo en una agonía y agotada por los dolores constantes, tú estuviste conmigo y con mi bebé. Sí, nos ayudaste admirablemente, haciendo que el niño pasara los obstáculos sin problemas, manteniéndonos a los dos con vida. Sí, y puede ser que cuando nuestros amigos pensaban con tristeza que mi criatura no vería la luz del día y que yo, junto con él, cerraría mis ojos para siempre, habiendo ya perdido la esperanza de lograr que naciera, tú encontraste una manera de que ambos siguiéramos con vida” (cf. 1 Co. 10:13) …Al igual que Pablo cuando tuvo conciencia de la gran misericordia demostrada en su liberación, por favores sin medida, “dio gracias a Dios y cobró aliento” (Hch. 28:15), cada madre feliz tiene que
agradecer a Dios y ser valiente al enfrentar el futuro… Debe compartir su inusual [experiencia] para animar a otras… Porque bien dijo el escritor trágico griego: “Bueno es que una mujer esté a mano para ayudar a otra cuando da a luz”.


Vemos pues, que esta doctrina enseña a hombres y a mujeres los cuidados necesarios en esta circunstancia. También brinda consuelo, tanto a la buena esposa misma, como a su marido.


(1) A la esposa buena misma que tiene las cualidades que he descrito, pero que en un momento de tentación podría estar agotada por su pesada carga, desesperándose por temor a los dolores intensos o por el terrible temor de morir en el trance que la espera. Permanecer constantemente fiel a las gracias y los deberes ya mencionados es una base segura para mantener su esperanza que superará los dolores de dar a luz, los cuales, está segura, no serán en absoluto un obstáculo para su bienestar eterno… El Apóstol incluye mi texto como un antídoto contra la desesperanza y para alegrar a la mujer temerosa y desconfiada. Son palabras ara cada mujer desalentada y debiera llevarla, junto con Sara, a creer “que era fiel quien lo había prometido” (He. 11:11)… Dios no le dará más sufrimiento del que pueda soportar y le dará fuerzas para sobrellevar sus dolores de parto. [Él] encontrará la manera de sacarla adelante, ya sea por un alivio grato y santificado aquí, o un traslado bendito al cielo para cosechar en gozo lo que fue sembrado con lágrimas y estas [son] sólo temporales, mientras los gozos son eternos. Además, da consuelo,

(2) Al marido de la esposa buena , o sea la que continúa en las gracias y deberes antes y durante su embarazo… Cuando lo único que puede hacer el marido es comprender y compadecerse de su esposa en sus dolores, anímese con la confianza humilde de que —el aguijón del castigo ha sido quitado— las alegrías de su esposa aumentarán por los dolores que sufre. Dios la librará y oirá sus oraciones, y ella lo glorificará (Jn. 16:21; Sal. 50:15). Y si, después de oraciones y lágrimas, su esposa amada muere en medio de los dolores del alumbramiento, aunque esto sea una cruz pesada e hiriente en sí, puede obtener consuelo del hijo que le ha nacido porque esto es, por cierto, el mejor de los consuelos, dar vida en la muerte… El marido piadoso y la esposa bondadosa que está trayendo un hijo al mundo, confíen en Dios humildemente para recibir un apoyo santificado en el momento que más necesitan la ayuda divina. Entonces, la sierva del Señor puede confiar humildemente que recibirá ayuda en su tribulación para ser madre y, a su tiempo, aun una liberación temporal (suponiendo que esto es lo mejor para ella) de esos dolores y peligros. Sea su consuelo la promesa llena de gracia del Señor dada por medio del profeta… “No temas, porque yo estoy contigo; no
desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10).

Tomado de “¿Cómo se puede apoyar mejor a las mujeres en gestación contra, en y bajo el peligro de su tribulación?”.

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Richard Adams, ministro presbiteriano inglés, nació en Worral, Cheshire, en 1626 y murió el 7 de febrero de 1698.

El mejor apoyo a la maternidad 1

La aplicación de esta observación o sea, que la perseverancia en las gracias y obligaciones cristianas y conyugales es el mejor apoyo a la mujer contra, en y bajo sus dolores de parto, puede servir para enseñar brevemente cómo cuidarla y qué consuelo brindarle.

AQUEL QUE YA TIENE UNA ESPOSA DEBE TENER ESPECIAL CUIDADO, justamente por esta razón, debe cumplir sus obligaciones como buen y fiel esposo de su esposa que espera un hijo, a saber:

Primero: “Vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P. 3:7). Sí, y estar diariamente con ella, tanto con su consejo cristiano como conducta santa, para que su esposa se dedique más y más a la práctica constante de estas gracias y obligaciones a fin de que sus dolores sean santificados y pueda ver la salvación de Dios en su concepción y en su alumbramiento. Y si el gran Dios santo determina, en su sabiduría, que es mejor llevársela en el momento de dar a luz, que aprenda a someterse a su voluntad e ir a su descanso, satisfecha de haber dado evidencia del bienestar eterno de su alma.

Segundo: Esforzarse, en lo posible, cumplir la función de buen marido, cristiano y tierno hacia a su compañera más querida en una condición tan dolorosa. Tiene que identificarse con los dolores antes, durante y después del parto que su estado incluye, los cuales, él mismo, nunca puede sentir por experiencia. Le corresponde, por el bien de su esposa buena y piadosa, que se “vista como escogido de Dios, santo y amado, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, etc.” (Col. 3:12). Debería cumplir lo mejor posible, todos los deberes de su relación conyugal, brindándole, no sólo lo que necesita, sino también lo que la ayude a estar más cómoda. [El esposo debe satisfacer] sus antojos y la necesidad de aliento de su esposa querida que sufre y que puede deprimirse por el miedo a los dolores que le esperan. Busque también el apoyo de pastores fieles y amigos piadosos para que oren intercediendo a Dios por ella. Y si Dios escucha las oraciones,

Tercero: Estar profundamente agradecido a Dios por el alivio seguro de su buena esposa de los dolores y peligros de traer un hijo al mundo. Cuando el esposo cariñoso realmente se ha preocupado por las enfermedades, los dolores, las agonías y quejidos de su querida esposa durante su [embarazo] y por el hecho de que le dará un hijo con ayuda de lo Alto, nada puede ser más obligatorio para él que adorar y estar agradecido a Dios, quien ha causado una separación confortable entre ella y el fruto de su vientre, como [respuesta] a las oraciones y ha venido en su ayuda al escuchar sus quejidos… El esposo cristiano –habiendo visto a su esposa amada poniendo en práctica las gracias de las que he estado hablando, pasar por el peligro de dar a luz y ser preservada admirablemente por el poder de Dios y su bondad— tiene la obligación de agradecer de todo corazón a Dios quien cumplió su promesa, que les dio esperanza y tal muestra de misericordia… Así pues, brevemente, he enfocado el tema del cuidado del hombre casado en lo que respecta a su esposa en las condiciones mencionadas. Además, esta doctrina enseña,

UNA LECCIÓN A LA MUJER SOBRE LO QUE DEBE CUIDAR. Considere… Si ya es casada, y esto “en el Señor”, quien la creó y le dio el poder de concebir, lo que le corresponde, como sierva fiel del Señor,

Primero: Seguir la práctica constante de estas gracias. Indudablemente, usted que ha sido bendecida como instrumento de la propagación de la humanidad –cuando se entera de que ha concebido y espera un hijo— se preocupa en gran manera por prepararse para el nacimiento. Un trabajo importante en el que, por lo general, se ocupará es preparar la ropa de cama donde dará a luz y no la voy a desalentar, sino más bien alentar, que tome todos los pasos necesarios para tener todo listo para usted y su bebé… Debe darse el lujo de preparar el nido donde deberán
acostarse usted y su infante (Lc. 9:58). Pero la modestia y moderación de la cual ha oído, no le permitirá gastar en preparativos superfluos que excedan sus posibilidades económicas, cuando los pobres pastores y miembros de Cristo por todas partes, dependen de su caridad. ¡Oh, le ruego, buena mujer cristiana, que su cuidado principal sea… estar
ataviada del verdaderamente espiritual “lino fino limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos”! (Ap. 19:7-8). Esto, esto es lo principal: “Fe, amor, santidad, con modestia” con las que se manifiesta la verdadera prudencia cristiana… Y si Dios ya le ha dado una prueba fehaciente de cumplir la promesa de mi texto
[1 Timoteo 2:15] asegurándole salvación temporal, le corresponde tener cuidado de:

Continuará …

Tomado de “¿Cómo se puede apoyar mejor a las mujeres en gestación contra, en y bajo el peligro de su tribulación?”.

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Richard Adams, ministro presbiteriano inglés, nació en Worral, Cheshire, en 1626 y murió el 7 de febrero de 1698.

Sara dio a luz por Fe 2

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 1

Fue “por la fe” que Sara “recibió fuerza” y fue también por la fe que después “dio a luz” a un hijo. Lo que aquí se sugiere es la constancia y perseverancia de su fe. No hubo aborto, ni natural ni provocado; ella confió en Dios hasta el fin. Esto nos trae a un tema del que poco se escribe en estos días: El deber y privilegio de la mujer cristiana de contar con Dios para tener un resultado seguro en el trance más difícil y crítico de su vida. La fe no es para ser practicada sólo en los actos de adoración, sino también en las ocupaciones comunes de nuestras actividades diarias. Hemos de comer y beber por fe, trabajar y dormir por fe; y la esposa cristiana debe traer al mundo a su hijo por fe. El peligro es grande y si hay un caso extremo que necesite fe, mucho más donde la vida misma está involucrada. Trataré de condensar algunos comentarios provechosos del puritano Manton.

Primero, tenemos que ser sensibles a qué necesidad tenemos de poner en práctica la fe en este caso, para que no corramos al peligro con los ojos vendados; y si escapamos, que no pensemos que fue por pura casualidad. Raquel murió en esta condición, igualmente la esposa de Finees (1 S. 4:19-20); existe un gran peligro, entonces hay que ser conscientes de ello. Cuánta más dificultad y peligro haya, más oportunidad hay para demostrar fe (cf. 2 Cr. 20:12; 2 Co. 1:9). Segundo, porque los dolores de parto son un monumento al odio de Dios por el pecado (Gn. 3:16), con más razón hay que procurar con mayor fervor un interés en Cristo, a fin de contar con el remedio contra el pecado. Tercero, meditar en la promesa de 1 Timoteo 2:15, que se cumple eterna o temporalmente según Dios quiera. Cuarto, le fe que uno debe practicar tiene que glorificar su poder y someterse a su voluntad. Lo siguiente expresa el tipo de fe que es correcto para todos los favores temporales: “Señor, si tú quieres, puedes salvarme”; esto es suficiente para librar al corazón de mucha tribulación y temor desconcertante.

“Y dio a luz”. Como hemos destacado en el párrafo anterior, esta cláusula fue agregada para mostrar la fe continua de Sara y la bendición de Dios sobre ella. La fe auténtica, no sólo se apropia de su promesa, sino que sigue confiando en la misma hasta que aquello que cree, de hecho, se convierte en realidad. El principio de esto está enunciado en Hebreos 3:14 y Hebreos 10:36. “Retengamos firme”, “hasta el fin nuestra confianza del principio”. Es en este punto que muchos fracasan. Se esfuerzan por apropiarse de una promesa divina, pero durante el periodo de prueba, la pierden. Por eso es que Cristo dijo en Mateo 21:21: “si tuviereis fe, y no dudareis”, etc. “no dudareis”, no sólo en el momento de reclamar la promesa, sino durante el tiempo en que se espera su cumplimiento. Por eso también a “Fíate de Jehová de todo tu corazón”, se le agrega “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr. 3:5).

“Aun fuera del tiempo de la edad”. Esta cláusula es agregada para enfatizar el milagro que Dios, en su gracia, realizó en respuesta a la fe de Sara. Ensalza la gloria de su poder. Fue escrita para alentarnos. Nos muestra que ninguna dificultad ni obstáculo debe causar que dejemos de creer en la promesa. Dios no se circunscribe al orden de la naturaleza, ni está limitado por ninguna causa secundaria. Revoluciona la naturaleza antes que faltar a su palabra. Hizo brotar agua de una roca que el hierro flotara (2 R. 6:6) y sustentó a un pueblo de dos millones en un desierto inhóspito. Estas cosas debieran motivar al cristiano a esperar en Dios con una seguridad plena, aun en las peores emergencias. Efectivamente, entre más difíciles sean los obstáculos que enfrentamos, más debiera aumentar nuestra fe. El corazón confiado dice: “Es esta una ocasión apropiada para tener fe; ahora que todas las corrientes humanas se han agotado tengo una oportunidad magnífica para contar con que Dios mostrará su fuerza por mí. ¡Qué hay que él no [pueda] hacer! Hizo que una mujer de noventa años tuviera un hijo –algo muy contrario a la naturaleza— por lo que puedo esperar con seguridad que él hará maravillas también por mí”.

Continuará …

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

¿Quién es mi prójimo y por qué debería amarlo?

Amo el énfasis que Lucas hace en el Espíritu Santo. Él nos dice que el Espíritu cubrió a María, y que el Logos eterno se encarnó (Lc 1:35). El Espíritu, en forma de paloma, descendió sobre Jesús en Su bautismo (Lc 3:22). Jesús enfrentó la tentación en el desierto mientras el Espíritu le daba poder (Lc 4:1).  Nuestro Señor comenzó Su ministerio público citando a Isaías y declarando la unción que estaba sobre Él por el Espíritu (Lc 4:18). Concebido, fortalecido y ungido por el Espíritu, Jesús entonces se encuentra regocijándose en Él. ¿Qué fue lo que llenó el corazón de Cristo con tanto gozo? La humillante ironía de que los sabios y entendidos de este mundo no comprenden las verdades del evangelio que Jesús permite que los niños entiendan (Lc 10:21-22).

Este es el contexto de la «prueba» que el intérprete de la ley diseña para Jesús (Lc 10: 25-37). Tratar de acorralar a Jesús nunca funciona bien, ni en aquel entonces ni ahora. Y las historias, una vez que asumimos que las entendemos, tienden a perder su impacto. Echemos otro vistazo.

«Y he aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba [a Jesús] dijo” (Lc 10:25). Esa es la forma en que Lucas dice: «Mira esto: un teólogo muy inteligente del Antiguo Testamento se puso delante de todos e intentó acorralar a Jesús». Hizo una pregunta crucial sobre la vida eterna: la pregunta que la Biblia aborda desde su principio hasta el final. Sin embargo, Lucas quiere que sepamos la intención detrás de la pregunta. Este erudito bíblico no solo estaba tratando de hacer tropezar a Jesús, sino que asumió que podía justificarse a sí mismo (Lc 10:29). «¿Qué haré para heredar la vida eterna?» La pregunta es maliciosa y arrogante, ya que asume que la herencia, por definición, un regalo, es algo que se puede ganar. Esta falsa concepción del evangelio está en todos nosotros. Todos nos preguntamos qué debemos hacer para ganar la vida eterna y para merecer nuestra justificación.

No solo nunca sale bien probar a Jesús, sino que está estrictamente prohibido (Dt 6:16). Jesús, atrevidamente, redirecciona la atención de esta pregunta con otra. Él le pregunta a este experto en la ley sobre la ley. Pareciera una sesión de entrenamiento para este jurista seguro de sí mismo. Por esto responde rápida, confiada y concisamente: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10:27). Jesús básicamente le da la máxima calificación a su respuesta, diciendo: «Has respondido correctamente; haz esto y vivirás» (Lc 10:28). El jurista tiene razón en cuanto a la ley, ya que ha mencionado los mandamientos de amar a Dios y al prójimo (Lv 19:18, Dt 6:4-5). Y Jesús, por supuesto, tiene razón: la vida eterna depende del cumplimiento de la ley.

Somos la posesión preciada de Aquel que se hizo nuestro prójimo, que se hizo carne, que habitó entre nosotros.

El muy versado intérprete de la ley, para no quedarse atrás, concibe una segunda ronda de prueba para asegurarse de que Jesús supiera que la respuesta no era tan simple: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10:29). Nuestro Señor vuelve a redirigir la atención, pero primero, le cuenta una historia.

La historia que Jesús cuenta pareciera una gran obra teatral. Un viajero desprevenido está en un viaje peligroso, uno no apto para cardíacos. Veintisiete kilómetros cuesta abajo, descendiendo más de mil metros, desde Jerusalén hasta Jericó. El Obispo J.C. Ryle llamó el camino a Jericó «la vía sangrienta». Jesús sabe que el intérprete de la ley percibirá el peligro. Lo único que le hace falta al relato es: «Fue una noche oscura y de tormenta. . . «

El telón se levanta: ¡ladrones! ¡Salen de la nada! Hay secciones del camino bien peligrosas y remotas, llenas de lugares clandestinos desde donde es bien fácil tenderles una emboscada a los desprevenidos y a los viajeros solitarios. Nuestro cansado viajero es dejado desnudo, ensangrentado, fracturado y medio muerto (Lc 10:30). Entra en escena a la derecha: un sacerdote. Él ve y pasa cerca del otro lado del camino. Lo mismo sucede con el levita que viene después (Lc 10:31-32). ¿Y si esto fuera un cadáver? No pueden arriesgarse a la contaminación. Quién sabe qué clase de malabarismo ético ellos empleaban para racionalizar, incluso santificar su falta de compasión. Cuando veamos al necesitado, especialmente en situaciones de riesgo, cuando está en juego algo más que conveniencia, ¿ayudaremos o seguiremos de largo? Charles Spurgeon, cuyo púlpito estaba en el corazón de una gran ciudad llena de maravillas y riquezas, pobreza y crimen, una vez amonestó a la congregación del Tabernáculo Metropolitano de Londres:

Te has reído de lo que el sacerdote pudo haber dicho, pero si te inventas excusas cada vez que ves necesidades reales y las puedes suplir, no te rías de tus excusas, el diablo hará eso; es mejor que llores por ellas, ya que hay una razón más grave por qué lamentar que tu corazón sea duro con tus semejantes cuando están enfermos, y quizás enfermos de muerte.

Una entrada inesperada, en escena a la izquierda: un samaritano. El jurista sabe que no hay nada bueno en un samaritano. Sin embargo, el samaritano tiene «splanchna». Esta no es la palabra griega más elocuente al salir de los labios, pero tiene que ser una de las más bellas. Esta palabra significa «compasión»; y el samaritano derrama el aceite y el vino de la compasión sobre las heridas del hombre y las venda. Qué tierna escena. Jesús dice que el samaritano tiene compasión. Pero, en cierto sentido, la compasión ha consumido al samaritano. Él da y da en abundancia. Nada hace falta para el cuidado de este pobre extraño en el mesón (Lc 10:33-35).

Ahora, Jesús le devuelve la pregunta al experto de la ley. En lugar de responderle: «¿Quién es mi prójimo?» Jesús, extrayendo una apología incuestionable de su conmovedor relato, le pregunta: «¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (Lc 10:36). La arrogancia del jurista está bajo ataque compasivo. Él responde: «El que tuvo misericordia de él» (Lc 10:37).

Quizás el jurista ha comenzado a entender. Necesitamos considerar nuevamente el mensaje y el estilo de la misericordia de Jesús. Debemos ir y hacer lo mismo. Casi a todos nos toca transitar, lastimados y golpeados, por el camino a Jericó, por así decirlo. Ese camino puede ser problemas emocionales, financieros, enfermedad, adicción o conflictos matrimoniales. ¿Triunfará la compasión sobre la conveniencia? ¿O la piedad sobre los prejuicios? ¿Triunfará la tierna comprensión sobre la tiranía de lo urgente? ¿Y qué si alguien terminara en el camino a Jericó por necedad pecaminosa? ¿Debería molestarme en ayudar a alguien así? Sin embargo, ¿no es así como la mayoría de nosotros terminamos en nuestro propio camino a Jericó?

¿Y qué si la persona en necesidad no se parece en nada a mi? Quizá alguien que se identifique mejor debería ayudarla. Pero la pregunta no es: «¿Cómo alguien cuyo color de piel no es como el mío, cuyas creencias difieren de las mías, cuyo pasado sexual, presente o futuro es avergonzante puede ser mi prójimo?» Más bien, debemos preguntarnos: «¿De quién tengo la oportunidad y el privilegio de ser prójimo en este día? » Si, como dice el Salmo 23:6, la gracia está en una carrera de persecución, entonces unámonos a la carrera. Incluso si —especialmente si— esa carrera es arriesgada y costosa. Incluso si—especialmente si— no contamos con muchos recursos económicos. Después de todo, la carrera de la vida cristiana a la que Hebreos 12:1 se refiere es una agona, es decir, puede ser agonizante y difícil. Jonathan Edwards una vez predicó un sermón bien confrontador, «El deber de la caridad a los pobres», en el cual preguntó:

Si nunca estamos obligados a aliviar las cargas de los demás, sino solo cuando podemos hacerlo sin cargarnos a nosotros mismos, entonces, ¿cómo llevaremos las cargas de nuestro prójimo cuando no soportamos ninguna carga en absoluto? Aunque es posible que no tengamos en abundancia puede darse el caso de que nos veamos obligados a socorrer a otros que están en mucho mayor necesidad, como lo indica esa regla de Lucas 3:11: “El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”.

Cuando damos nuestra túnica para cubrir el frío de la desnudez de otro, nos revestimos de tierna compasión (Col. 3:12). No nos demos la vuelta como el joven rico en Marcos 10:17-22, queriendo ganar la vida eterna y desanimado porque sus grandes posesiones lo poseían a él.

Somos la posesión preciada de Aquel que se hizo nuestro prójimo, que se hizo carne, que habitó entre nosotros, que corrió la carrera por nosotros, cumpliendo toda la ley, cargado con nuestro pecado, dejado ensangrentado, golpeado y muerto en la cruz. Él nos levantó del camino a Jericó de nuestro propio pecado y quebrantamiento, derramó sobre nosotros el aceite y el vino de la salvación, nos envolvió con una nueva «túnica» —el manto de Su justicia (Is 61:10)— vendó nuestras heridas a través de Sus heridas (Is 53:5), y aseguró un lugar para nosotros en el mesón del lugar santísimo, más allá del velo (Heb 6:19). Él ahora nos pide que seamos prójimos amorosos.

En lugar de preguntar qué debemos hacer para ganar la vida eterna, nos convertimos en prójimo de los necesitados, no para ganar la vida eterna, sino para evidenciar que tenemos vida eterna; no para merecer nuestra justificación, sino para manifestar que somos justificados por una gracia que nos persigue, especialmente cuando deambulamos por los caminos más remotos y peligrosos.

El reverendo David Owen Filson es pastor y maestro en la iglesia Christ Presbyterian Church en Nashville, Tenn., y profesor invitado de teología histórica en el Reformed Theological Seminary in Charlotte, N.C.

La falsa enseñanza y la paz y pureza de la Iglesia 2

¿Qué podemos hacer para mantener la paz y pureza de la iglesia?

Aunque no podemos evitar cada ataque del enemigo, algunos simples pasos ayudarán a prevenir el tipo de daño que la falsa enseñanza puede hacer en una iglesia local.

Primero, mantén expectativas altas en cuanto a líderes ordenados y no ordenados. El apóstol Pablo le indica a Timoteo y a Tito qué cualidades buscar al considerar líderes para sus nuevas iglesias. Sus ancianos y diáconos deben tener una buena teología, un carácter piadoso y un buen testimonio para con los de afuera (1 Tim 3:1-7, Tito 1:5-9). ¿Se aseguran nuestras iglesias de que los candidatos para el liderazgo cumplan con las calificaciones establecidas por el apóstol Pablo? Me temo que, en algunas iglesias, esas calificaciones se han puesto a un lado para darle preferencia al hermano que tiene éxito en los negocios, que tiene una gran personalidad y que ha donado (o puede donar) una suma significativa de dinero a la iglesia. La iglesia debe aspirar a tener un liderazgo que coincida con la expectativa apostólica en lugar de las expectativas de la junta directiva o cuerpo pastoral.

En segundo lugar, sé parte de la solución y no del problema. Los líderes de la iglesia leen mucho y variado mientras se preparan para enseñar al pueblo de Dios, pero si queremos garantizar una dieta continua de sana teología, debemos citar regularmente a escritores y referirnos a libros que no desvíen a la gente. No vale la pena mencionar la perla teológica de una fuente aberrante o pensador heterodoxo que vaya a confundir al pueblo de Dios. Echa un vistazo a los libros en la biblioteca de tu iglesia; revisa cuidadosamente los libros o recursos en la mesa de entrada. ¿Conducen estos recursos al corazón de la sana doctrina, o fomentan la «teología radical» que lleva a la congregación por caminos extraños? Los líderes de la iglesia deben usar su influencia para constantemente guiar a la iglesia hacia lo comprobado y verdadero en vez de lo nuevo y extremo.

Un día vendrá cuando Jesús presente la iglesia a Sí mismo como Su esposa santa e inmaculada.

Tercero, recuerda que todo ministerio fluye de la predicación de la Palabra el domingo. Los líderes de la iglesia deben revisar regularmente con sus líderes laicos para ver cómo las clases de entresemana o grupos pequeños están alineados con la reunión congregacional de los domingos. Es fácil para los grupos pequeños convertirse en “entidades” aisladas del ministerio general de la iglesia. Ese aislamiento puede amplificar la voz de un líder sobre el liderazgo ordenado de la iglesia y darle una plataforma para introducir falsas enseñanzas. Este peligro se puede mitigar, en parte, eligiendo cuidadosamente a quién le es permitido enseñar y dirigir grupos formales dentro de la iglesia y eligiendo cuidadosamente el plan de estudios que usará cada grupo. Sin embargo, generalmente se requiere un paso adicional: reúne periódicamente a los líderes de grupo y los maestros de estudio bíblico para entrenarlos, pasar tiempo en oración y motivarlos. Asegúrate de que ellos vean su ministerio como una extensión del ministerio de la Palabra, no como una competencia de este. Los pastores, ancianos, diáconos y líderes laicos deben unir sus esfuerzos en los ministerios para los que Dios los ha llamado y dotado. Juntos, «funcionando adecuadamente», el cuerpo de Cristo se edifica a sí mismo en amor (Ef 4:16).

Desafortunadamente, a pesar de nuestros mejores esfuerzos preventivos, la confrontación aún puede ser necesaria si descubrimos que la falsa enseñanza ha echado raíces en la iglesia. Entonces, el cuarto paso es hacer el arduo trabajo de confrontación. A pesar de las cosas horribles que las personas sienten la libertad de decirse en internet, protegidas por el anonimato de la interacción virtual, vivimos en una era no confrontacional. Nuestra tendencia a «ser amables» a veces nos lleva a evitar conversaciones difíciles. Aquellos que son sabios en la fe, que son los hermanos y hermanas mayores, los padres y las madres de la iglesia, deben estar dispuestos a reprender y exhortar gentilmente a aquellos que puedan estar perturbando la paz y pureza de la iglesia.

El ejemplo del pastor Bob en la historia anterior es útil aquí. Él con firmeza, pero con cuidado, explicó la posición de la iglesia al Sr. Smith. No pasó por alto el problema (esperando que mejorara por sí solo), ni reaccionó de forma exagerada (confrontando al Sr. Smith públicamente o echándolo de la iglesia). Cada oportunidad que tenemos para proteger la paz y pureza de la iglesia es también una oportunidad de ministrar personalmente a aquellos que están en el error.

Mientras los líderes ordenados tienen la tarea particular de proteger a la congregación de las falsas enseñanzas, todos los miembros de la iglesia están llamados a ser como los de Berea (Hch 17:11) y a «retened lo bueno» después de probar la enseñanza que escuchan (1 Tes 5:21). Cuando Dios bendice nuestros esfuerzos, el resultado es una iglesia segura donde los hombres, mujeres y niños pueden confiar en que Dios les está hablando a través de la predicación de la Palabra y ministrándoles de domingo a domingo cuando la iglesia se une en adoración.

Luchar por la paz y pureza de la iglesia no es normalmente un trabajo fácil. Requiere una ardua labor de estudio y un carácter firme. A veces es tentador rendirnos ante la desesperación. En esos momentos, recuerda que, si bien la paz y pureza de la iglesia pueden parecer una realidad frágil ahora, nuestra búsqueda de estas se basa en el futuro prometido por Dios. Un día vendrá cuando las puertas de la nueva Jerusalén nunca serán cerradas, cuando el pueblo de Dios nunca estará en peligro (Ap 21:25). Un día vendrá cuando Jesús presente la iglesia a Sí mismo como Su esposa santa e inmaculada (Ef 5:27). Luchamos por la paz y pureza de la iglesia con ese día en mente, seguros de que llegará en el tiempo de Dios.

El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.

La falsa enseñanza y la paz y pureza de la Iglesia 1

Luego de más de dos décadas de ministerio, el pastor Bob se había enfrentado a una gran cantidad de desafíos en la iglesia. Presenció con sus propios ojos los efectos divisivos de aquellas batallas en cuanto a la manera correcta de adorar. Había visto cómo novedosas técnicas ministeriales surgían y desaparecían. Incluso le había tocado reconstruir luego de la devastación dejada por pastores caídos. Pero nada de esto en realidad lo preparó para enfrentarse con el efecto corrosivo de la falsa enseñanza que se dispersó en la iglesia con la llegada de una nueva familia.

Los Smith eran el tipo de familia que todo pastor sueña tener. Eran amigables, tenían un matrimonio estable con hijos piadosos y estaban listos para involucrarse en la iglesia. Unos pocos meses después de su llegada, el padre se ofreció como voluntario para enseñar en la escuela bíblica de niños, la madre se ofreció como voluntaria en la guardería y varios de sus hijos jóvenes se integraron al grupo de adoración. Solo había un problema: los Smith tenían una visión muy desviada en cuanto a la enseñanza bíblica sobre el divorcio y el nuevo casamiento. Ellos creían que volver a casarse después de un divorcio estaba prohibido. Pensaban que un nuevo casamiento en realidad era «adulterio», independientemente de las circunstancias que llevaron al divorcio, y no mantenían su punto de vista en secreto.

Pronto, el pastor Bob comenzó a ver la preocupación de algunos miembros por la forma en la que el Sr. Smith defendía su posición en la iglesia. Después de la adoración o entre los servicios, el Sr. Smith se acercaba a una pareja y, con el pretexto de querer conocerlos, preguntaba sobre su matrimonio. Si habían estado casados antes, el Sr. Smith les instaba a divorciarse, recordándoles que Dios amenazó con juzgar a los adúlteros y que éstos no tendrían lugar en el reino de Dios. Este tipo de interrogatorios fue suficiente para crear una verdadera crisis de fe en la vida de algunas personas, y el pastor Bob sabía que debía confrontar al Sr. Smith.

No debería sorprendernos el peligro que representa la falsa enseñanza. Ponemos cerraduras en nuestras puertas porque sabemos que hay personas que robarán nuestras pertenencias si se les presenta la oportunidad.

Cuando se reunieron, el Sr. Smith acusó al pastor Bob de ser como los pastores de las otras iglesias a las que ellos habían asistido antes (y de las cuales habían sido expulsados): «Usted no defiende la verdad», dijo. Aunque el pastor Bob no expulsó a los Smith, sí les dijo que su punto de vista estaba perturbando la paz de la congregación, que no estaba alineado con las doctrinas de la iglesia y que no podían promover su posición dentro de la misma. Después de algunas semanas de tensión, los Smith retiraron su servicio voluntario en la iglesia y comenzaron un grupo en su casa con algunos amigos de la congregación que compartían sus creencias.

Tristemente, ejemplos como este pueden repetirse vez tras vez. Además de trabajar en la Palabra, esforzándose por equipar al pueblo de Dios con las herramientas necesarias para vivir como peregrinos en una cultura hostil, muchos pastores a menudo se encuentran a la defensiva en contra de la falsa enseñanza dentro de la iglesia. Incluso cuando la enseñanza en cuestión no ataca el corazón del evangelio, la paz y pureza de la iglesia pueden ser sacudidas. En lugar de mantener la unidad en el vínculo de la paz, como Jesús ora en Juan 17:22-23 y como Pablo describe en Efesios 4:1-3, una iglesia que es atormentada por falsas enseñanzas se divide y angustia.

No debería sorprendernos el peligro que representa la falsa enseñanza. Ponemos cerraduras en nuestras puertas porque sabemos que hay personas que robarán nuestras pertenencias si se les presenta la oportunidad. De la misma manera, debemos anticipar que en la iglesia surgirán lobos que no perdonarán al rebaño (Hechos 20:29). Saber que los problemas vendrán debería estimular a los líderes a ser guardianes aún más vigilantes, listos para proteger la paz y pureza de la iglesia. Sin embargo, cuidado con ponerlas a competir entre sí. Podemos estar tan ansiosos por mantener la paz que terminamos en negligencia doctrinal. Por otro lado, podemos estar tan ansiosos por mantener la pureza que dejamos que nuestra vigilancia se convierta en sospecha y miedo.

Entonces, ¿qué podemos hacer para ayudar a mantener la paz y pureza de la iglesia? Esta será la pregunta que estaremos respondiendo en la segunda parte de este artículo.

Continuara…

El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.

Cuatro gracias necesarias 2

[Sin duda], toda esposa cristiana debe amar al Señor Jesucristo. Tiene que amar a Cristo en Él mismo y su fe en él debe ser una “obra por el amor” (Gá. 5:6). Debe dar la primacía de su afecto a Cristo mismo. Está obligada, sobre todo, a amar al Señor Jesucristo, su Esposo espiritual, con todo su ser y su corazón. Sea éste el desvelo principal de la esposa cristiana, de modo que pueda decir con razón que Cristo es de ella y ella es de él (Cnt. 2:16). Ahora bien, si la buena esposa tiene a Cristo presente con ella en todos sus dolores —como lo tienen todos los que lo aman con un amor firme en todas sus aflicciones— tiene todo, teniéndolo a él, quien “manda salvación a Jacob” (Sal. 44:4) y “bendición”
(Lv. 25:21).

Además de Cristo, la buena esposa tiene que amar más que a nadie a su propio esposo y esto, “entrañablemente, de corazón puro” (1 Co. 7:2; Tit. 2:4; 1 P. 1:22). Sí y nunca debe tener pensamientos negativos acerca de él, a quien una vez creyó digno de ser su esposo. Donde este amor conyugal es consecuente con el amor cristiano anterior, todo será fácil. Así fue con Mrs. Wilkinson, “una esposa sumamente cariñosa, cuya paciencia era admirable en medio de los terribles dolores que sufría en la [concepción] y en dar a luz a sus hijos. Decía: ‘No le temo a ningún dolor. Me temo a mí misma no sea que por impaciencia diga alguna palabra impropia’”. “Es un estado bendito”, dijo el teólogo antiguo quien la citó “cuando el dolor parece liviano y el pecado pesado”.

“SANTIDAD”— que interpreto, como a la fe y el amor, desde lo cristiano y conyugal, a lo más general y especial.

Está la santidad que se considera más generalmente, como una gracia universal, que es congruente con una cristiana como tal, forjada por el Espíritu en la nueva criatura por la paz lograda por Cristo. [Por esto] —en el alma cambiada a su semejanza— hay una permanencia, por gracia, en un estado de aceptación con Dios y también un esfuerzo por ser santo como él es santo, en cada partícula de su [comportamiento], tanto hacia Dios como hacia el hombre, en público y en privado. Al igual que como todo cristiano debe vivir su salvación en la “santificación del Espíritu” (2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2) y “en paz con todos” por medio de Cristo (He. 12:14; 13:12), la esposa cristiana en gestación se preocupa seriamente de la buena obra que tiene como fruto “la santificación” (Ro. 6:22), hasta donde pueda al producir el fruto de su vientre.

La santidad puede considerarse en un sentido más especial como conyugal y singularmente apropiada al estado matrimonial, siendo ésta un ejercicio más particular de santidad cristiana en el matrimonio. [Aunque] esto concierne a todos (tanto al esposo como la esposa) en esa relación, la mujer que espera un hijo está obligada a vivir “en santidad
y honor” (1 Ts. 4:4-5), es decir, en una forma especial de limpieza y castidad conyugal que es lo opuesto a la “concupiscencia” o la apariencia de ella. [Entonces] no debe haber, hasta donde sea posible, ninguna apariencia o mancha de impureza en el lecho matrimonial; para que haya una simiente santa y que se mantenga ella pura de cualquier sombra de lascivia.

“MODESTIA” —así llamamos nosotros a esa gracia. Otros la llaman “temperancia”, otros “sobriedad”, otros “castidad”. Y, en general, “la palabra parece significar aquel hábito gentil que se manifiesta en la madre de familia como una propensión a ser prudente, seria y moderada” … ya que esto parece expresar lo que quiere decir el Apóstol y, por
ende, interpreto esto, como en el caso de las gracias anteriores, en un sentido general al igual que específico.

En un sentido general como cristiana, “todo aquel que invoca el nombre de Cristo” tiene por tanto que “apartarse de iniquidad” (2 Ti. 2:19). Por ende, la esposa cristiana y la que espera un hijo, se preocupa por ser sobria y modesta, lo cual limpia la mente de (conflictos) y ordena los afectos de manera que sean aceptables a Dios.

En un sentido específico, la gracia conyugal especial de temperancia y modestia debe ser practicada por la mujer embarazada con sobriedad, castidad y [gentileza], en lo que atañe a sus afectos y sentidos,

(1) Con modestia —debe controlar sus pasiones y afectos.

(2) Con temperancia —debe moderar sus sentidos, especialmente controlar bien los del gusto y tacto. (i) Sobriedad —que se aplica más estrictamente a moderación de su apetito y sentido de gusto, para desear lo que es conveniente y evitar el descontrol… La mujer (embarazada) tiene como gran preocupación cuidar su seguridad y la del hijo que
espera… Las mujeres en gestación quienes “se visten del Señor Jesucristo y no proveen para los deseos de la carne” (Ro. 13:14) deben comer y beber para su salud, no para consentir sus gustos. (ii) Castidad —se refiere a la esposa cristiana que evita cualquier sugerencia ni participa en ninguna [conversación] que pueda poner en riesgo su contrato
matrimonial o que la lleve a cometer un [acto] incongruente con el estado “honroso” en que se encuentra, o el uso indebido de “el lecho sin mancilla” (He. 13:4).

En la práctica de esto y con las gracias enunciadas anteriormente, la esposa buena, habiendo aprendido bien la lección de negarse a sí misma, puede llevar su carga confiando humildemente en las ayudas de lo Alto a la hora de sus dolores de parto y estar segura de que tendrá el mejor de los resultados. Porque, con estas cualidades, tiene, por las preciosas promesas en mi texto, una base segura de ser objeto de una excepción grata de la maldición de dar a luz y de la liberación de aquella culpa original que, de otra manera, agrava los dolores de la mujer en estos casos.

Tomado de “How May Child-Bearing Women Be Most Encouraged and Supported against, in, and under the Hazard of Their Travail? en Puritan Sermons.

Richard Adams (c. 1626-1698)Pastor inglés presbiteriano; nacido en Worrall, Inglaterra.

Cuatro gracias necesarias 1

El Apóstol menciona en este versículo, cuatro gracias necesarias y relevantes para la perseverancia o continuidad de la promesa de salvación a la mujer con hijos: “fe, amor, santificación y modestia”. Tales gracias son apoyo contra y en sus dolores de parto, a saber:

“FE”— que interpreto, incluye claramente lo que es divino y moral, o cristiano y conyugal.

Una fe divina, la cual es “preciosa y para preservación del alma” (2 P. 1:1; He. 10:39), es una gracia del Espíritu Santo por la que el corazón iluminado, unido a Cristo, lo recibe y se entrega a él como Mediador y siendo así “una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2), dependiendo enteramente de él. Por esta fe, la buena esposa, habiendo recibido al Hijo de Dios, quien es también Hijo del hombre, nacido de mujer, debe vivir en sujeción a Cristo, su Cabeza espiritual. Entonces aunque sus dolores sean muchos, sus agonías vertiginosas y agudas, puede confiar que todo le irá bien, sea ya por dar a luz sin novedad, al fruto de su vientre, como “herencia de Jehová”, por su amor gratuito (Sal. 127:3), o siendo que su alma sea salva eternamente, como parte del pacto con el Dios todopoderoso (Gn. 17:1-7).

Fue ésta la fe que practicaban las mujeres piadosas que daban a luz, mencionadas en la historia de la genealogía de nuestro Salvador (Mt. 1:1-17). Se requiere el ejercicio continuo [de esta fe] de cada mujer cristiana consagrada, a fin de que viva por esta fe en medio de los dolores que pueden terminar en la muerte porque por este principio recibirá el mejor apoyo y derivará virtud de su Salvador para endulzar la copa amarga y recibir fuerza para mantenerla cuando sienta “angustia como de primeriza” (Jer. 4:31), como lo hizo Sara, el ejemplo destacado de la mujer piadosa en estas circunstancias. Acerca de ella, dice la Palabra: “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (He. 11:11). Perseverar en vivir por fe en la providencia y promesa de Dios, aviva el espíritu caído de la mujer que sin esa fe es débil y temerosa en medio de la buena obra de traer un hijo al mundo. Aunque el peligro inminente de la madre y el hijo puede acobardar aun a la mujer buena cuando sufre dolores de parto, “por fe” puede conseguir alivio por la fidelidad de Aquel que promete, como lo hizo Sara o por este mensaje positivo que él ha consignado en mi texto.

En consecuencia, la mujer recta, aunque frágil, puede entregarse a Dios “plenamente convencida” con [Abraham] “el padre de la fe” de que el Señor “era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Ro. 4:21) en el momento preciso que él determine que es el mejor. Por lo tanto, en su humilde posición, la esposa piadosa que vive por fe superando la naturaleza, cuando “lamenta y extiende sus manos” y lanza sus dolorosos gemidos ante el Todopoderoso (Jer. 4:31), concluye: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (1 S. 3:18; 2 S. 15:26; Lc. 22:42). Si le parece mejor a él llevarse a la madre y a su bebé, puede ella decir: “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová”, como
dice el profeta por otra circunstancia (Is. 8:18). Pone su confianza en aquella gran promesa de que la Simiente de la mujer herirá a la serpiente en la cabeza (Gn. 3:15). Por eso se consuela ella sabiendo que las consecuencias de la mordedura de la serpiente fueron anuladas por Aquel que nació de una mujer. Si ha estado antes en esta condición,
puede decir: “La tribulación produce paciencia y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza” (Ro. 5:3-4). Entonces por fe, puede concluir: “Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré” (Sal. 63:7). Esta fe salvadora, que demostraré más adelante, presupone e implica arrepentimiento y se expresa por medio de la meditación y la oración.

[Esta fe] presupone e implica arrepentimiento. La cual, por una auténtica conciencia de pecado y necesidad de apropiarse de la misericordia de Dios en Cristo; hace realidad lo que predice el profeta: “Y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones” (Ez. 20:43; 36:31). Ésta es una decisión muy apropiada para la mujer que engendra hijos, que está preocupada sobre todo por dar “frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:8), a fin de que Dios la reciba por gracia cuando de todo corazón se aparta del pecado, acude a él y confía en él.

La fe salvadora se expresa generalmente —en aquellas mujeres que están realmente unidas a Cristo y en quienes él mora— por medio de la meditación y oración. Estas son también indispensables para sostener a las embarazadas al ir acercándose a los dolores que le fueron asignados. La fe se expresa en la meditación. Llevar el alma a contemplar lo que Dios hace (como cera ablandada y preparada para el sello), ablanda el corazón para que se impriman sobre él cualesquiera marcas o firmas sagradas. Además, La fe se ejercita por medio de la oración a Dios, pues es la manifestación de fe en Dios por medio de Cristo en cuyo nombre sin igual, el cristiano eleva su corazón a él para recibir alivio de todos sus problemas. Cuando el corazón de la mujer sufre gravemente y los terrores de la muerte caen sobre ella (cf. Sal. 55:4), su fe preciosa debe emitir con fervor sus pedidos más necesarios y afectuosos a Aquel que ha dado libremente a su Apóstol la palabra precisa de apoyo que contiene mi texto. [Cristo] puede salvar eternamente, entregar eficazmente y guardar en perfecta paz a todo el que a él acude y en él permanece en medio de aquella buena obra que le ha asignado. La próxima gracia requerida aquí en mi texto es:

“CARIDAD” O “AMOR”. Interpreto que el amor, al igual como lo hice con la fe, se trata aquí de amor a Cristo y a su marido.

Continuará …

Tomado de “How May Child-Bearing Women Be Most Encouraged and Supported against, in, and under the Hazard of Their Travail? en Puritan Sermons.

Richard Adams (c. 1626-1698): Pastor inglés presbiteriano; nacido en Worrall, Inglaterra.

La falsa enseñanza adentro y afuera 4

Pastoreando con la Palabra

Al final, la única esperanza de preservarnos a nosotros mismos y a nuestra gente es enseñando y predicando todo el consejo de Dios. De hecho, el mejor medio que tenemos a mano para pastorear o guiar al pueblo de Dios es el ministerio de la Palabra desde el púlpito en nuestra reunión semanal de adoración corporativa. Eso significa que tenemos que ser intencionales en la forma en que predicamos y enseñamos la Palabra de Dios “a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo” (Col. 1:28).

Una forma de ser intencional al guiar al pueblo de Dios con la Palabra es abrazar la predicación expositiva consecutiva a través de libros bíblicos. Si bien puede haber temporadas en las que una serie temática sea de gran beneficio, la mayor necesidad que tiene el pueblo de Dios es comprender la Palabra de Dios y aplicarla a sus vidas. Y la mejor manera de ayudar a las personas a entender la Palabra de Dios es predicándola expositivamente para que puedan irse a sus casas no solo entendiendo el mensaje general de un libro bíblico, sino también de textos específicos dentro de este.

A medida que los pastores predican y enseñan a través de los libros de la Biblia, surgen oportunidades para abordar diversas formas de falsa enseñanza. Predicar a través de Gálatas naturalmente le permite a los expositores abordar el moralismo y el legalismo como formas de falsa enseñanza. Predicar el evangelio de Juan o sus cartas requerirá que el predicador aborde el antinomianismo. La predicación a través del evangelio de Mateo le permite al pastor lidiar con una variedad de problemas, que incluyen el divorcio fácil, la inmoralidad sexual y la idolatría política. La predicación a través de Génesis pondrá la mayor suposición cultural de autonomía bajo el microscopio. Y la predicación a través del Cantar de los Cantares brinda una manera natural de enseñar sobre la excelencia y la belleza del deseo sexual y el amor dentro de un matrimonio bíblico.

Mientras más podamos estar entre nuestra gente, escuchándola, y mientras más podamos escuchar y analizar nuestra cultura, más posibilidades tendremos de enseñar y aplicar la Palabra de Dios de una manera que nuestra gente pueda entender y aplicar en su vida.

Estos ejemplos sugieren otra forma de ser proposital en el pastoreo con la Palabra: los ancianos, maestros y pastores deben exponer al pueblo a varias secciones de la Biblia: yendo y viniendo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, navegando a través de la historia en el Antiguo Testamento y del evangelio en el Nuevo Testamento, explicando literatura de sabiduría o apocalíptica. Todo esto es necesario para enseñarle al pueblo todo el consejo de Dios, pero también para proporcionarle ejemplos de cómo estudiar y aplicar la Biblia por sí mismo. Además de que estudiar distintas secciones de la Palabra de Dios brinda oportunidades naturales para abordar la falsa enseñanza en sus diversas formas y ropajes y reemplazarla con la verdad.

Otro aspecto del pastoreo con la Palabra de Dios es la disposición del pastor para «redargüir, reprender y exhortar con mucha paciencia e instrucción» (2 Tim 4:2). La mayoría de los predicadores preferimos un modo particular en nuestra predicación y enseñanza; sin embargo, nuestra gente a veces necesita reproche y reprensión, otras veces exhortación y motivación. Si siempre estamos motivando pero nunca reprendiendo, nuestra gente quizá pudiera estar expuesta a distintas porciones de las Escrituras, pero no siempre la recibirá como la necesita en ese momento. Si siempre estamos reprobando pero nunca exhortando, es posible que la gente no reciba las fuerzas o el estímulo necesarios para seguir avanzando en la vida.

Eso significa, entonces, que tenemos que conocer a nuestra gente. Una de las partes más difíciles del ministerio pastoral es nuestro aislamiento: en un ministerio de predicación semanal, tendemos a mantener un ritmo de vida definido, preparando sermones y lecciones. Con el tiempo, asumimos que todos ven el mundo como nosotros; pero de hecho, debido a que nuestros días están llenos de reflexiones bíblicas y cosas de nuestro ministerio, podemos llegar a perder el contacto con la realidad de nuestra gente y su manera de razonar o ver las cosas.

Entonces, mientras más podamos estar entre nuestra gente, escuchándola, y mientras más podamos escuchar y analizar nuestra cultura, más posibilidades tendremos de enseñar y aplicar la Palabra de Dios de una manera que nuestra gente pueda entender y aplicar en su vida. Esa es una de las razones, pienso yo, por la cual el modelo bíblico para el ministerio pastoral es el pastoreo o apacentamiento, y es una de las razones por las que las Escrituras nos llaman a «pastoread el rebaño de Dios entre vosotros» (1 Pe 5: 2). Existe la presunción de que vamos a conocer a nuestra gente, no solo por nombre, sino también en términos de lo que están pensando, lo que le da forma a su cosmovisión y cómo enfrentan la vida.

Creo que esta es la razón por la cual el apóstol Pablo le dice a Timoteo: «ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza» (1 Tim 4:13). La Palabra de Dios es el mejor medio para cultivar cristianos sólidos. Nuestro llamado como pastores y maestros es a equipar nuestra gente para que puedan discernir el camino correcto, el camino ordenado por Dios y caminar en él. Sabemos que los herejes siempre apelan a la Biblia, por eso debemos equipar a nuestra gente no solo para que sepan por qué algunas formas de enseñanza «cristiana» son falsas, pero aún más, para que sepan cuál es la forma correcta de enseñanza.

Al hacer esto, cumpliremos con este ministerio que Dios nos ha encomendado, un ministerio que tiene como objetivo el que cada persona confiada a nuestro cargo llegue al cielo de manera segura. Para ese fin, trabajamos y luchamos con toda la fuerza de Dios otorgada por el Espíritu Santo.

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

¿Tiene la Biblia errores?

“La Biblia es la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Desde la venida de la teología neo-ortodoxa a principios del siglo XX, esta afirmación se ha convertido en un mantra entre aquellos que quieren tener una visión elevada de la Escritura y a la vez evitar la responsabilidad académica de afirmar la infalibilidad bíblica y la inerrancia. Pero afirmar esto es un oxímoron por excelencia.

Volvamos a examinar esta fórmula teológica insostenible. Si eliminamos la primera parte, “La Biblia es”, obtenemos “la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Si lo analizamos más y tachamos “la Palabra de”, y “la cual”, llegamos a la conclusión final:

“Dios se equivoca”.

Pensar que Dios se equivoca de alguna manera, en algún lugar, o en alguna cosa que haga es repugnante tanto para la mente como para el alma. Aquí la crítica bíblica alcanza el punto más bajo del vandalismo bíblico.

¿Cómo podría una criatura sensata concebir una fórmula que habla de la Palabra de Dios como errante? Parecería obvio que si un libro es la Palabra de Dios, no pudiera (en efecto, no puede) errar. Si se equivoca, entonces no es (de hecho, no puede ser) la Palabra de Dios.

Atribuir a Dios cualquier error o falibilidad es teología dialéctica extrema.

Tal vez podamos resolver la antinomia diciendo que la Biblia se origina en la revelación divina de Dios, que lleva la marca de su verdad infalible, pero esta revelación es mediada por autores humanos que, en virtud de su humanidad, manchan y corrompen esa revelación original por su inclinación al error. Errare humanum est (“Errar es humano”), gritó Karl Barth, insistiendo que al negar el error, uno se queda con una Biblia doceta, es decir, una Biblia que simplemente “parece” ser humana, pero que en realidad es el producto de una humanidad fantasmal.

¿Quién argumentaría en contra de la propensión humana al el error? De hecho, debido a esa propensión existen los conceptos bíblicos de la inspiración y la superintendencia divina de la Escritura. La teología clásica ortodoxa siempre ha sostenido que el Espíritu Santo supera el error humano al producir el texto bíblico.

Barth dijo que la Biblia es la “Palabra” (verbum) de Dios, pero no las “palabras” (verba) de Dios. Con esa gimnasia teológica quería resolver el dilema insoluble de llamar a la Biblia la Palabra de Dios, que al mismo tiempo se equivoca. Si la Biblia es errante, entonces es un libro de reflexión humana sobre la revelación divina, solo otro volumen humano de teología. Puede tener un profundo conocimiento teológico, pero no es la Palabra de Dios.

Los críticos de la inerrancia argumentan que la doctrina se inventó en el escolasticismo protestante del siglo XVII, donde la razón superó la revelación, lo que significaría que no era la doctrina de los reformadores magisteriales. Por ejemplo, señalan que Martín Lutero nunca usó el término inerrancia. Eso es correcto. Lo que dijo fue que las Escrituras nunca se equivocan. Juan Calvino tampoco usó el término. Dijo que deberíamos recibir la Biblia como si escucháramos las palabras audibles viniendo de la boca de Dios. Los reformadores, entonces, no usaron el término inerrancia, pero articularon claramente el concepto.

Ireneo vivió muchos antes del siglo XVII, al igual que Agustín, el apóstol Pablo, y Jesús. Ellos, entre otros, enseñaron claramente la veracidad absoluta de la Escritura.

La defensa de la inerrancia de parte de la iglesia descansa sobre la confianza de la iglesia en la visión de la Escritura sostenida y enseñada por Jesús mismo. Queremos tener una visión de las Escrituras que no sea ni más alta ni más baja que el punto de vista de Jesús.

La plena confianza de las Sagradas Escrituras debe ser defendida en cada generación, contra toda crítica.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La falsa enseñanza adentro y afuera 3

El peligro de afuera

Existen fuerzas culturales que ejercen presión sobre el mensaje y la misión de la iglesia, provocando que se desvíe del camino. Cuando la iglesia comienza a acomodar su mensaje a las normas culturales imperantes, inevitablemente su mensaje se convierte en una falsa enseñanza que aleja a los fieles del evangelio de Jesús.

Para muchas iglesias evangélicas aquí en los Estados Unidos, una forma de falsa enseñanza sería esa especie de evangelio engañoso de “Dios y patria». Tal vez hayas visto esas placas de carros y camisetas que unen la bandera cristiana y la bandera estadounidense, como si estas dos banderas se reforzaran mutuamente y nunca compitieran entre sí. O quizás te has encontrado con iglesias que ven a los Estados Unidos como una «nación redentora», que tiene un papel importante en la profecía o la historia de la redención.

Las presiones de nuestra cultura política conservadora de bautizar a los Estados Unidos como una «nación cristiana», sin ninguna calificación o requisito, en realidad representan una forma de falsa enseñanza. El reino de Dios no se identifica con ningún orden político o estado-nación, sino que es juez sobre todos ellos. Después de todo, el gobierno y el reinado de Dios son la roca que aplasta a las naciones y llena el mundo (Dan 2:44-45). Los reinos de este mundo se convertirán en los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo (Ap 11:15). No hacer distinción entre el reino de Dios y nuestro país es una forma de falsa enseñanza.

Otro género de falsa enseñanza que está «allá afuera» es una forma de enseñanza tipo “familiares y amigos”: uno que le da preferencia a una raza o color de piel sobre otras razas o etnias. Algunos evangélicos reformados han argumentado que la ley de Dios requiere la separación de las razas y una lealtad primaria a la herencia étnica propia. Si bien tal enseñanza se basa en motivos bíblicos muy inestables, esto no le impide a muchos que con el motivo de tener familias sólidas aceptan una forma de falsa enseñanza que se opone al mensaje general de la Biblia: que la cruz de Jesús derrumba el muro divisorio entre las razas para hacer una nueva humanidad en Él (Efe 2:14-16).

Estas dos primeras formas de falsa enseñanza en nuestra cultura tienen una orientación más «derechista». Pero, por supuesto, hay tensiones peligrosas desde el otro lado que buscan cambiar la enseñanza de la iglesia. A medida que nuestra cultura promueve la legitimidad de los matrimonios homosexuales, el cambio de sexo y otros estilos de vida y creencias alternativos, aumenta la presión sobre las iglesias evangélicas para que acomoden el mensaje bíblico. Algunos evangélicos profesantes argumentan que Jesús nunca habló de la homosexualidad, por lo que es un tema abierto para los cristianos; otros aceptan la afirmación o creencia errónea de que el apóstol Pablo no tenía en mente matrimonios homosexuales «monógamos» cuando escribió Romanos 1. Algunas iglesias, por otro lado, no abrazan tales puntos de vista, pero nunca hablan de ellos tampoco. Sin embargo, al permanecer en silencio sobre temas relacionados con la homosexualidad o el cambio de sexo, estas iglesias dejan la puerta abierta para que sus feligreses tracen su propio camino, fuera de la sabiduría bíblica disponible sobre estos temas.

Hay mucho que los pastores y maestros evangélicos pueden y deben decir acerca de la belleza y excelencia del amor sexual dentro de los límites del matrimonio bíblico.

Ese es especialmente el caso con respecto a otras premisas culturales relacionadas con la sexualidad. Fue impactante para mí cuando un maestro de Biblia en una escuela cristiana me dijo en una ocasión que tal vez el 60 por ciento de sus estudiantes de secundaria creía que la convivencia antes del matrimonio es una forma aceptable de resolver la «compatibilidad». Por supuesto, sus iglesias no les enseñaban eso explícitamente, pero no les estaban enseñando nada sobre sexualidad más allá de un simple (y básicamente negativo) mensaje de abstinencia. Hay mucho más que los pastores y maestros evangélicos pueden y deben decir acerca de la belleza y excelencia del amor sexual dentro de los límites del matrimonio bíblico, pero a menudo nuestros jóvenes son dejados a la deriva, navegando las aguas de esta sociedad con las premisas básicas de la cultura.

Al final, sin embargo, el peligro más importante que nos presenta nuestra cultura es su constante ritmo de autonomía. Como occidentales, suponemos que somos individuos autosuficientes y autodeterminantes, y que podemos crear nuestras propias identidades y nuestro propio futuro. Como resultado, asumimos que nadie realmente tiene el derecho de decirnos cómo usar nuestros cuerpos o incluso pedirnos cuentas. Y así, en áreas de la sexualidad, definimos nuestras propias prácticas sexuales o de género; en áreas de concepción, racionalizamos el aborto; en las áreas de matrimonio, justificamos el divorcio fácil, el adulterio, el matrimonio abierto o el poliamor.

Pero esta autonomía también se desarrolla de otras maneras. Debido a que nosotros mismos determinamos lo que somos y nuestro destino, no hay un Dios que pueda o que en verdad pudiera enviar personas al infierno. De hecho, de todos modos no existe una verdadera religión; todas las religiones son simplemente medios privados por los cuales podemos funcionar en este mundo. Hacer proselitismo (predicar el evangelio y el peligro del infierno) no solo es de mala educación, sino que es una mala política ya que contradice la autonomía fundamental que cada uno de nosotros tiene para elegir nuestros propios caminos. Desde el jardín del Edén, seguimos la promesa del enemigo: «Serás como Dios», y hacemos la pregunta del enemigo: «¿En verdad ha dicho Dios eso?»

Si bien las formas de autonomía de nuestra cultura pueden no encontrar su camino directamente en una iglesia evangélica local, eso no significa que estemos libres de las tentaciones de la autonomía. Cuando las personas se rehúsan a unirse a una iglesia local que cree en la Biblia porque quieren permanecer independientes, esa es una forma de autonomía peligrosa, una que está alineada con las premisas fundamentales de nuestra cultura. Cuando otros huyen de sus iglesias en lugar de someterse al gobierno y la disciplina de la iglesia, eso también es obra de la autonomía. Cuando pastores o ancianos mantienen una reunión secuestrada con «su visión» para la iglesia en lugar de someterse a los demás hermanos, ese es un ejemplo de la peligrosa autonomía de nuestra cultura en acción.

Cuando fallamos en reconocer y señalar estos peligros culturales, o cuando nos acomodamos o conformamos, nuestra cultura—cualquiera que sea su forma—termina corrompiendo el mensaje de la iglesia y llevándonos a la falsa enseñanza. Como pastores y ancianos, tenemos que ser conscientes de la manera en que nuestra enseñanza y predicación pueden llegar a ser culturalmente prisioneras de derecha o de izquierda, porque almas preciosas están en juego.

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

La falsa enseñanza adentro y afuera 2

El peligro de adentro

Ciertamente, dentro de la iglesia evangélica hay una variedad de errores que requieren corrección y reprensión ministerial. La mayoría de estos tienen algo que ver con el trabajo del evangelio en la vida del creyente; la falsa enseñanza en esta área inevitablemente plantea preguntas sobre la esencia misma del evangelio.

Quizás la falsa enseñanza que más comúnmente se disfraza del evangelio es el moralismo. Típicamente en las iglesias evangélicas el evangelio básico es predicado y enseñado: los pecadores que confían solo en Jesús tienen sus pecados perdonados y se les promete el cielo. Sin embargo, a partir de ahí, muchas de estas mismas iglesias enseñan a sus feligreses que una vez son salvos les corresponde a ellos «caminar bien y mejorarse». La vida cristiana es de esfuerzo, y Dios bendice a quienes se ayudan a sí mismos, trabajan duro, no se meten en problemas, dicen la verdad y «viven una vida buena «. Inconscientemente, tal vez, las personas comienzan a creer que este es el evangelio, una transacción casi económica en la que le damos a Dios nuestra obediencia y Él nos da bendición: suficiente comida y refugio, buenos matrimonios y niños bien educados, buen trabajo y vacaciones ocasionales.

Claro está que este no es el evangelio en lo absoluto, es moralismo. Y sin embargo, como el sociólogo Christian Smith nos mostró hace varios años en su libro Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers (Un examen de conciencia: La vida religiosa y espiritual de los adolescentes estadounidenses), esta es la fe básica de la mayoría de los adolescentes evangélicos y, por extensión, la de sus padres y sus iglesias. Dios está relativamente distante de nuestras vidas, excepto en tiempos de tristeza o dolor cuando se acerca para sanarnos; lo que Él realmente quiere de nosotros es que seamos buenos y amables con los demás, y Él les da la bendición del cielo a las personas buenas cuando mueren.

En el peor de los casos, este tipo de moralismo puede deslizarse hacia una versión ligera del evangelio de la prosperidad. Aquí las bendiciones no son meramente alimentos suficientes o refugio, matrimonios y niños relativamente buenos; más bien, nuestra obediencia es el camino hacia un fantástico éxito material . Aquellos que viven bien son los que conducen los Cadillac Escalades con un «Bendecido» escrito en letras brillantes en la ventana trasera; supuestamente, la bendición de conducir el Cadillac fue el resultado de que Dios honró nuestra obediencia. Los que agradan a Dios son esos que pueden pagar la educación privada de sus hijos o los campamentos de verano más caros. Aquellos que son cristianos obedientes son los que viven en las grandes comunidades privadas. Este tipo de compensación o “quid pro quo” es el corazón mismo del moralismo, que es el meollo del pensamiento en el evangelio de la prosperidad.

Necesitamos prestar atención a nosotros mismos y a nuestra enseñanza, incluso mientras tratamos de proteger al pueblo de Dios de los errores que puedan ocurrir adentro.

Otro tipo de falsa enseñanza es el legalismo. El legalismo y el moralismo están relacionados entre sí, pero mientras el moralismo afirma su intercambio con Dios en términos generales —moralidad por bendición— el legalismo tiene un entendimiento muy específico, aunque no bíblico, del tipo de obediencia que Dios demanda y bendice. En Gálatas, el legalismo tomó el aspecto de prácticas judías particulares requeridas para ser parte del pueblo de Dios: circuncisión, leyes dietéticas y días festivos. En nuestros días, el legalismo puede lucir como maneras muy específicas y extra escriturales de honrar el Día del Señor; puede lucir como prácticas o reglas especiales para el noviazgo; o puede lucir como una manera de rechazar o relacionarse con la cultura popular que hace de una preferencia personal o familiar un mandato bíblico. En el fondo, sin embargo, el legalismo es un tipo de moralismo que hace ver como el evangelio enseñara que ultimadamente nos ganamos el favor de Dios por lo que hacemos.

Lo que hace que el moralismo y el legalismo sean tan difíciles de manejar para nosotros es que el evangelio sí prescribe prácticas espirituales particulares. El evangelio dice que si en verdad estamos en Jesús daremos fruto visibles. Jesús dijo: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14:15), y: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor «(Jn 15:10).

La diferencia, sin embargo, entre la obediencia al evangelio y un tipo de pensamiento moralista o legalista es la siguiente: obedecemos en respuesta al amor de Dios que se nos muestra en Jesucristo. No obedecemos para obtener ganancias de Dios, ya sean Sus bendiciones o Su amor. De hecho, ninguno de nosotros puede obedecer a Dios en el estándar requerido para Su bendición; nuestras obras son aceptables para Él solo porque Él las recibe en y por medio de Jesús. Y nuestra obediencia no ocurre independientemente de la influencia y el poder del Espíritu Santo, quien trabaja en nosotros para querer y hacer Su voluntad.

Hay otro tipo de falsa enseñanza que es lo opuesto al moralismo y el legalismo. Algunos pueden ver todo esto y decir: «Todo este énfasis sobre la obediencia realmente distorsiona el evangelio. Dios no exige nada de nosotros, sino el confiar en Su Hijo. Mientras creamos en Jesús, Él nos recibe tal como somos con Su «amor unilateral». Como resultado, estos cristianos restan importancia a la obediencia hasta tal punto que se vuelven antinomianos.

Estrictamente hablando, los antinomianos están «en contra de la ley», negándole cualquier lugar legítimo a la ley de Dios como guía para la vida cristiana. La mayoría de los evangélicos no son tan tontos como para negar específicamente el lugar que ocupa la obediencia a la ley de Dios; no pueden negar las enseñanzas explícitas de Jesús, Pablo, Santiago y Juan sobre la obediencia cristiana. El antinomianismo contemporáneo tiende a ser un poco más sutil: denigrando el papel de los imperativos en la predicación, restando énfasis a la necesidad de cualquier esfuerzo en la vida cristiana, ofreciendo condiciones fáciles para la restauración en casos de pecados graves y restándole importancia a la disciplina en la iglesia.

De nuevo, lo que hace que el antinomianismo sea difícil es que está muy cerca de la verdad. Nuestra justificación se basa no en algo que hacemos, sino en la obra de Cristo que recibimos solo por la fe. Como ya lo dijimos, nuestro esfuerzo viene como resultado de la influencia y el empoderamiento del Espíritu. Y el perdón es gratuito para el arrepentido, ya que venimos una y otra vez al Padre arrepentidos de nuestro pecado y nuestra transgresión. La diferencia entre el antinomianismo y el evangelio, sin embargo, es una de énfasis. Somos justificados libremente en Cristo, pero eso nos lleva a actuar: debemos trabajar y luchar contra nuestro pecado. El arrepentimiento requiere que nos alejemos del pecado y nos sometamos a la disciplina de la iglesia.

Estos peligros están todos dentro de la iglesia evangélica. Tal vez los reconozcas y los hayas escuchado, o tal vez incluso los hayas creído. Y sin embargo, el moralismo, el legalismo y el antinomianismo son todas formas de falsa enseñanza. Necesitamos prestar atención a nosotros mismos y a nuestra enseñanza, incluso mientras tratamos de proteger al pueblo de Dios de los errores que puedan ocurrir adentro.

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

La falsa enseñanza adentro y afuera 1

Una de mis materias favoritas cuando enseño historia de la iglesia a seminaristas trata sobre los primeros cuatro concilios ecuménicos. Mientras navegamos la historia a través de los Arianos y Nicea, los Capadocios y Constantinopla, una de las cosas que trato de mostrarle a los estudiantes es que cada hereje apela a la Biblia. De hecho, gran parte de la controversia cristológica en estos siglos se centró en cómo entender Proverbios 8.

El reconocer que las herejías a menudo comienzan desde una plataforma y base bíblicas debe humillarnos y advertirnos. Debería humillarnos, incluso castigarnos, el reconocer que podríamos propagar involuntariamente el error, incluso cuando enseñamos la Palabra inerrante de Dios. Aunque trabajamos en nuestros sermones y lecciones, luchando con el texto, tratando de hacerlo bien, siempre existe la posibilidad de que podamos enseñar el error de maneras que desvíen o confundan a los pequeñitos de Dios.

Pero esto también debería advertirnos que lo que pareciera ser una enseñanza bíblica obvia o útil podría en realidad ser una falsa enseñanza o incluso una herejía que pudiera destruirnos a nosotros y a nuestros oyentes. Especialmente hoy, cuando se empacan y se consumen tantas enseñanzas religiosas según la popularidad del maestro o el tamaño de su plataforma, no podemos simplemente decir que algo es «bíblico» y dejarlo así. Tenemos que poner la enseñanza a prueba, porque los pequeñitos de Dios son preciosos para Él y deben ser protegidos (Mat 18:6, 1 Jn 4:1).

Nuestra tarea es proteger al rebaño incluso mientras nos examinamos para asegurarnos de que nuestra enseñanza y nuestra doctrina sean puras.

Entonces, ¿cómo deberíamos responder ante el error? A lo largo del Nuevo Testamento, los apóstoles trataron de luchar contra la falsa enseñanza y la herejía. De hecho, en casi todas las epístolas alguna falsa enseñanza o herejía es puesta al descubierto y tratada. Por ejemplo, 1 Corintios trata con maestros que negaban la resurrección corporal de Jesús. Gálatas argumenta en contra de aquellos que decían que la justificación se recibía por fe en Jesús más el convertirse en judío, no por fe en Jesús solamente. En Colosenses, Pablo advierte contra una extraña enseñanza místico-judía que parecía combinar las leyes dietéticas judías con la filosofía griega esotérica. Primera de Juan se enfrenta a muchos que negaron que Jesús, el Hijo de Dios, vino en un cuerpo humano. Una y otra vez, los líderes de la iglesia lucharon contra la falsa enseñanza en sus iglesias.

Pero ese espíritu de lucha que mostró la iglesia primitiva parece estar muy lejos de la más refinada y posmoderna sensibilidad de nuestra cultura contemporánea. Inevitablemente, cualquier postura valiente en favor de la verdad bíblica es refutada con la simple acusación de que solo somos los «hijos guerreros» de algún maestro. O a veces aquellos que se esfuerzan por defender la sana doctrina son relativizados con la afirmación de que «en realidad no podemos conocer» la verdad después de todo. O algunos te dicen que tal o cual tiene el Espíritu sobre él, lo que significa que sus errores bíblicos no son realmente tan significativos. En fin, parece que nuestra generación está más preocupada por el tono que por la verdad.

Esto no quiere decir que al defender la fe podemos o debemos abandonar la amabilidad. Una señal de nuestra conversión es que tratamos a todos, incluso a los que están en error, con gentileza y cortesía (2 Tim 2:24, Tito 3: 2). Sin duda, podemos estar en desacuerdo sin ser desagradables. Y sin embargo, hay verdades en juego, e incluso más que verdades, hay personas preciosas a quienes Dios nos ha confiado para el cuidado pastoral y la supervisión. Nuestra tarea es proteger al rebaño incluso mientras nos examinamos para asegurarnos de que nuestra enseñanza y nuestra doctrina sean puras (1 Tim 4:16).

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

La vida en Cristo es fructifera

Nació el 20 de diciembre en Cardiff (Gales, Reino Unido). La familia se mudó a Llangeitho (Cardiganshire), escena del predicador de avivamientos Daniel Rowland (1711-90), que dio origen al movimiento calvinista metodista de Gales. La mayor parte de su vida la pasó en Inglaterra. En Londres estudió la la carrera de medicina, consiguiendo un brillante doctorado (1921).

En 1935 comenzó su relación con la Inter Varsity Fellowship (IVF). A partir de 1939, como presidente de la IVF jugó un papel importante en la creación de la Fraternidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (IFES). Contribuyó también en la creación de la Biblioteca Evangélica de Londres, donde se reune la mejor colección de literatura puritana del mundo; el London Bible College, cuyo primer director fue E.F. Kevan (v.); el Movimiento Evangélico de Gales, que continúa la tradición del antiguo calvinismo metodista de Roland y Whitefield (1714-70); y el Seminario Teológico de Londres, y El Estandarte de la Verdad, editorial dedicada por completo a rescatar la literatura puritana y reformada, puesta en olvido por entonces, a cuyo cargo estaba I.H. Murray (v.).

Aunque nunca tuvo una formación teológica de academia o seminario, ha sido uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX. Fue un gran lector de literatura reformada, puritana y moderna, con especial interés por la historia y la biografía. Agudo y penetrante como un bisturí contribuyó al renacimiento del calvinismo evangélico en todo el mundo. “No sólo conocía a los puritanos mejor que nadie, así como los clásicos del avivamiento del siglo XVIII, sino que además estaba muy documentado en la historia secular, la poesía, la política y la filosofía” (C. Catherwood).

Enseño a los estudiantes cristianos a pensar y hacer uso riguroso de la mente. Oliver Barclay dice que les enseñó a valorar y amar la doctrina, haciéndola materia poderosa y viva. Profundizó en las interioridades del alma como un maestro de la espiritualidad, su obra sobre la depresión espiritual ha pasado a la lista de los clásicos.

En 1968 dejó su ministerio de predicación, debido a una grave enfermedad. Desde entonces comenzó un ministerio literario consistente en la edición de sus sermones expositivos, en especial Romanos y Efesios. Siempre buscó restaurar la verdadera naturaleza de la predicación cristiana, consistente en exposición de la Escritura, y dependiente de la iluminación del Espíritu, sobre lo cual pronunció unas importantes conferencias en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia (EE.UU.). Supo ver que la incredulidad humana es más una cuestión moral que intelectual, por cuanto la salvación, como el pecado, afecta a la persona entera. Defensor del calvinismo ortodoxo respecto a la salvación o doctrinas de la gracia, fue a la vez un gran evangelista y entusiasta de los avivamientos, que por todos los medios trató de esclarecer y promocionar.

Predicador extraordinario y directo fue descrito por E. Brunner como “el más grande del cristianismo de hoy”. Otros le han calificado de profeta del siglo XX, en su vigoroso llamamiento al testimonio evangélico unido.

Enseñando la verdad

A través de los años, he hablado con muchos pastores, la mayoría de los cuales son hombres que trabajan fielmente en circunstancias difíciles, haciendo todo lo posible para satisfacer las expectativas de su iglesia. La rutina típica del pastor está llena de actividades que le impiden estudiar, pasar tiempo a solas y reflexionar. Está ocupado aconsejando a los atribulados y confundidos, visitando a los enfermos, evangelizando a los perdidos y compartiendo con los miembros de la iglesia.

Los que están en los bancos generalmente esperan que su pastor haga de estas cosas su más alta prioridad. Parecen pensar que el estudio y la preparación para la predicación son un lujo; actividades discrecionales que el pastor puede hacer en su tiempo libre, si es que tiene alguno.

Sin embargo, es exactamente lo opuesto. La responsabilidad del pastor de enseñar a la congregación es su primera y más importante prioridad. Otros deberes pastorales, aunque muy importantes y a menudo urgentes, nunca deben tener preeminencia sobre la enseñanza o abrumarlo con tanta actividad que le falte tiempo para prepararse adecuadamente para el ministerio de la Palabra.

La Escritura es clara sobre esto. Los apóstoles en Jerusalén enfrentaron tanto trabajo que tuvieron poco tiempo para la oración y el ministerio de la Palabra. Ellos dijeron: «No es conveniente que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir mesas» (Hch 6:2, aquí y siguiente). Por lo tanto, los apóstoles pidieron a la congregación que seleccionara hombres capaces y calificados para que hicieran el trabajo de servir para entonces ellos poder dedicarse al ministerio de enseñanza.

Uno de los requisitos fundamentales para que un hombre tenga el oficio de anciano o pastor es que debe «poder enseñar» (1 Tim 3:2; 2 Tim 2:2, 24; Tito 1:9). La expresión denota habilidad y aptitud especial: un talento distintivo para la enseñanza. El hombre que carece de esa habilidad no está calificado (y por lo tanto no está llamado por Dios) para ocupar el cargo de pastor.

El término pastor significa «guía, apacentador». Una de las formas más importantes para un anciano «pastorear el rebaño de Dios» (1 Pe 5:2) es alimentar y guiar a su gente con doctrinas e instrucciones de la Palabra de Dios.

La responsabilidad del pastor de enseñar a la congregación es su primera y más importante prioridad.

En Efesios 4, Pablo enumera algunos de los principales dones que Cristo le dio a Su pueblo. A diferencia de los dones espirituales que encontramos en Romanos 12:6-7 y 1 Corintios 12:8-10, estos dones no son destrezas o habilidades individuales. Son hombres, llamados a ser líderes y oficiales en la iglesia: «Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros» (Ef 4:11). Estos son cuatro oficios, no cinco. Pablo coloca «pastores y maestros» en una misma expresión con una construcción única. Él está hablando de pastores que son maestros.

Cuando el Apóstol le da su instrucción final a Timoteo, el enfoque de su exhortación es este texto tan conocido: «Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción» (2 Tim 4:2). Cada elemento de este mandato tiene un propósito pedagógico.

Pablo le está ordenando a Timoteo que predique tanto didáctica como doctrinalmente. Eso es inconfundiblemente claro, porque él continúa diciendo: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos» (vv. 3-4). La doctrina (literalmente «enseñanza») es la esencia del mensaje de un predicador fiel. La Escritura es el único texto del verdadero pastor; mitos y asuntos que dan comezón de oír son los temas favoritos de los lobos y los mercenarios.

La naturaleza misma de la Palabra de Dios exige un enfoque didáctico. Unos versículos antes de decirle a Timoteo que «predicara la palabra», Pablo había escrito: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim 3:16). Fíjate bien en el hecho de que todos los ministerios provechosos de la Palabra de Dios son primeramente instructivos antes que devocionales e inspiradores.

Para asegurarse de que el ministerio de enseñanza no muriera con Timoteo, incluso cuando la predicación de la Palabra de Dios llegara a pasar de moda, Pablo le dijo a Timoteo: «Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Tim 2:2)

Hoy día, cada predicador fiel que sigue las instrucciones de Pablo para el ministerio está en esa línea de sucesión. El encargo que Pablo le dio a Timoteo es para todos nosotros. Debemos permanecer comprometidos con nuestro llamado, buscando firmemente manejar con precisión la Palabra de Dios.

El Dr. John MacArthur es pastor y maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, y presidente de The Master’s University and Seminary. Es autor de más de 400 libros y maestro del ministerio Gracia a Vosotros.

El origen y la presencia de la Falsa Enseñanza 3

En esta oportunidad veremos cómo la falsa enseñanza echa raíces y qué podemos hacer para estar listos a combatirla.

Cómo la falsa enseñanza echa raíces

Hemos visto algunas de las maneras en que surge la falsa enseñanza en la iglesia. ¿Cómo es, entonces, que se arraiga y permanece, a pesar de ser contraria a la verdad de la Palabra de Dios y la misión de la iglesia? Si podemos ver cómo la falsa enseñanza se propaga y se hace aceptable, estaremos mejor preparados para enfrentarla. Hay una variedad de factores involucrados aquí, pero, por brevedad, veamos tres: uno educativo, uno institucional y uno relacionado con el liderazgo.

Uno de los contribuyentes más comunes a la difusión de la falsa enseñanza en la iglesia es la falta general de conocimiento y discernimiento bíblico entre la gente. Puede parecer contradictorio decir que los estudiantes deberían ser capaces de corregir a los maestros cuando traen falsedad a la iglesia, pero eso es exactamente lo que la Biblia nos enseña. Cuando Pablo estaba en Berea, su enseñanza no fue simplemente aceptada por su propia autoridad, sino que sus oyentes la examinaron diariamente mediante las Escrituras para ver si era verdadera (Hch 17:11). Por esto, fueron elogiados por Lucas como «más nobles». Todos los creyentes deben leer las Escrituras por sí mismos y comparar lo que se les enseña con las Escrituras. Esto no requiere un escepticismo radical, pero sí significa que los creyentes no deben confiar ciegamente en palabra de hombres. Deben confiar solo en las Escrituras de esa manera. Surge un problema cuando los creyentes no tienen la voluntad o la capacidad de estudiar las Escrituras por sí mismos. Esto conduce a una dependencia de la autoridad humana y permite que la falsa enseñanza se arraigue y se extienda. El objetivo educativo de la iglesia no debe ser simplemente transmitir el conocimiento de la Biblia, sino también transmitir el amor por la Biblia y el deseo de estudiarla.

La falsa enseñanza es un peligro para la iglesia de Jesucristo, y puede surgir de diferentes partes y florecer si no se confronta.

Un segundo contribuyente a la difusión de la falsa enseñanza es institucional: el hecho de no responsabilizar a las personas por su falsa enseñanza. A menudo se ha enseñado que hay tres marcas de una iglesia verdadera: la predicación fiel de la Palabra, la administración correcta de los sacramentos y el ejercicio de la disciplina. La tercera marca existe para asegurarse de que las primeras dos sean sostenidas. Cuando la iglesia se hace de la vista gorda a la falsa enseñanza porque sus proponentes son populares o tienen «ministerios exitosos» (más personas o más dinero), o simplemente para evitar conflictos, la iglesia entonces permite que esta falsa enseñanza se extienda y sea la fuente de mayor división y conflicto. La disciplina de la iglesia existe para defender la gloria de Cristo y Su verdad y para proteger al pueblo de Dios del error y sus consecuencias.

Hay un tercer contribuyente al avance de la falsa enseñanza en la iglesia, y está relacionado con el liderazgo. Incluso cuando el pueblo de Dios está ansioso por estudiar Su Palabra y la iglesia está preparada para ejercer disciplina, la falsa enseñanza puede florecer cuando el liderazgo de la iglesia está mal preparado y mal entrenado. Mientras más sacrifiquemos los estándares de entrenamiento ministerial a pastores y ancianos, menos preparados estarán para reconocer la falsa enseñanza. Los pastores y ancianos que no están entrenados en teología histórica no se darán cuenta cuando falsas enseñanzas de la antigüedad se presenten con ropa moderna. Aquellos que no han sido entrenados bien en la Biblia, sus idiomas y los principios de su correcta interpretación, pueden ser presa fácil de nuevas enseñanzas que parecieran explicar problemas o contradicciones. Para combatir la falsa enseñanza, la iglesia necesita pastores, ancianos y maestros que estén dispuestos y sean capaces de confrontar la falsedad (Tito 2: 8, 1 Pe 2:15).

Qué podemos hacer con la falsa enseñanza

La falsa enseñanza es un peligro para la iglesia de Jesucristo, y puede surgir de diferentes partes y florecer si no se confronta. ¿De qué manera el conocer el origen y la presencia de la falsa enseñanza nos ayuda a combatirla? Dicho brevemente, tal conocimiento nos impide ser complacientes con la falsa enseñanza y el peligro que esta presenta. Saber de dónde proviene la falsa enseñanza nos mantiene alerta. Y quizás lo más importante, si somos conscientes de la realidad de la falsa enseñanza, nos veremos obligados a estudiar nuestras Biblias cada vez más, y a estar preparados para defender la verdad que el Señor nos ha dado y que graba en nuestros corazones por la obra del Espíritu Santo.

El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.

El origen y la presencia de la Falsa Enseñanza 2

En esta oportunidad analizaremos las tres vías por las que la falsa enseñanza puede entrar en la iglesia: la búsqueda de alguna enseñanza o doctrina nueva e interesante, una reacción exagerada ante otros errores de enseñanza en la iglesia, y un afán de evitar las críticas, particularmente las críticas del mundo que nos rodea.

La búsqueda de nueva enseñanza

Tal vez la forma más «inocente» en que la falsa enseñanza puede llegar a la iglesia es cuando alguien intenta encontrar una forma nueva e innovadora de entender la Biblia. La Biblia es un libro antiguo que pastores, ancianos y eruditos han estudiado durante milenios. Es difícil pensar en un tema bíblico sobre el cual no se hayan escrito cientos de libros. En los temas más polémicos, como el bautismo o la escatología, prácticamente todas las posiciones teológicas han sido replanteadas. No todos los maestros están satisfechos con relatar las diversas interpretaciones históricas o presentar la verdad bíblica histórica de una manera clara y convincente. Para algunos, es necesario ir a donde nadie haya ido antes, enseñando la Biblia de una manera que no dependa de ningún predecesor.

Un ejemplo de esto fue John Nelson Darby, cuyo deseo de organizar la Biblia y su profecía en un solo sistema definitivo produjo lo que ahora se conoce como dispensacionalismo. Sus enseñanzas llevaron a desviaciones de la comprensión histórica de la iglesia, los sacramentos y, de alguna manera, el pecado original.

Para otros, existe ese afán de resolver definitivamente algún tema bíblico espinoso sobre el cual teólogos han debatido durante siglos. Esto los lleva a un territorio inexplorado, expresando ideas e interpretaciones no probadas de la Biblia. El erudito jesuita Luis de Molina pensó que había descubierto una manera de reconciliar el conflicto antiguo entre teólogos sobre el libre albedrío y la predestinación en su nueva enseñanza del «conocimiento medio». Al final, todo lo que logró fue confundir a la gente acerca de la voluntad de Dios y Su cuidado providencial. Un ejemplo más actual sería aquellos que han presentado la idea del «teísmo abierto» en un esfuerzo por proteger a Dios de ser acusado de responsabilidad por el mal en el mundo. El resultado ha sido presentar a un Dios que es débil, incapaz de proveer a Su pueblo y, finalmente, a merced de las acciones de los hombres. Deberíamos estar conscientes de este punto de entrada a la falsa enseñanza, tanto cuando otros vienen a convencernos de una gran nueva revelación que nunca se ha escuchado antes, así como cuando nosotros somos tentados a hacernos famosos con alguna nueva enseñanza. Es mucho mejor ser considerado como monótono o aburrido mientras nos mantenemos firmes y «contendemos ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3).

Una reacción exagerada ante el error

Una segunda manera en que la falsa enseñanza puede entrar a la iglesia es cuando algunos maestros intentan proteger exageradamente a la iglesia del error. Al decir «exageradamente», no me refiero al mero esfuerzo realizado para proteger a la iglesia del error, sino más bien a los extremos que algunos llegan en nombre de la protección de la iglesia. Las verdades más grandes y preciosas de la Biblia han sido explicadas y entendidas con gran cuidado a lo largo de los siglos. Doctrinas como la Trinidad, la persona de Cristo y la relación entre la fe y las obras se han desarrollado a partir de una comprensión de la totalidad de las Escrituras, y con el conocimiento de que existen errores iguales y opuestos en los que alguien puede caer. En El progreso del peregrino, Juan Bunyan describió el viaje del cristiano a través del valle de la sombra de la muerte como un caminar entre dos peligros: una profunda zanja a la derecha y un peligroso atolladero a la izquierda. Si uno se mueve bruscamente en una dirección para evitar un peligro, puede caer en el otro peligro opuesto.

Quizás el mejor ejemplo histórico de esto es la forma en que la falsa enseñanza sobre la persona de Cristo entró en la iglesia. Al tratar de entender cómo Cristo puede ser a la vez humano y divino, Nestorio y sus seguidores enseñaron una clara división en Cristo que esencialmente lo hizo dos personas, una humana y otra divina. La iglesia discrepó de esta enseñanza y la condenó en el Primer Concilio de Éfeso. Pero en un intento exagerado de corregir el error nestoriano, Eutiques y sus seguidores enseñaron que la manera de evitar concebir a Cristo en dos personas era entender que la divinidad de Cristo aplastaba Su humanidad, esencialmente negando Su verdadera humanidad. Ellos habían evitado exitosamente una falsa enseñanza solo para caer de cabeza en otra. Otro ejemplo es cuando varios falsos maestros a lo largo de la historia han intentado lidiar con el supuesto problema del triteísmo en la doctrina de la Trinidad (que la doctrina parece enseñar que hay tres Dioses). Desde Sabelio en el siglo III y Miguel Servet durante la Reforma, hasta los teólogos unicitarios de hoy en día, los intentos por «asegurar» que la iglesia enseñe el monoteísmo a menudo han resultado en falsas enseñanzas sobre la Trinidad.

Ser cristiano significa creer que lo que Dios dice en Su Palabra es verdad, aun cuando todos a tu alrededor no estén de acuerdo.

El afán de evitar la crítica

Una tercera manera en que la falsa enseñanza entra en la iglesia es cuando algunos maestros tratan excesivamente de evitar la crítica, especialmente cuando esa crítica proviene de la cultura que nos rodea. Aquí es donde interviene la naturaleza humana, especialmente nuestro orgullo pecaminoso. A las personas no les gusta que se les considere ignorantes, incultos o sin educación. No les gusta que otros les desprecien por cosas que creen o dicen. Y, sin embargo, esta es una parte fundamental de ser cristiano.

Ser cristiano significa creer que lo que Dios dice en Su Palabra es verdad, aun cuando todos a tu alrededor no estén de acuerdo. «Sea hallado Dios veraz, aunque todo hombre sea hallado mentiroso», nos dice la Biblia (Rom 3:4). Martín Lutero lo expresó con su ingenio característico: «Uno con Dios es la mayoría». Pero a menudo es más fácil decirlo que hacerlo. Algunos maestros dentro de la iglesia pueden llegar a temer que no tendrán ningún impacto en el mundo a menos que enseñen de una manera que sea culturalmente aceptable.

Fue esta manera de pensar que llevó a una desviación de la verdad bíblica sobre la expiación y el sacrificio de Cristo. Los gritos contra el «abuso infantil cósmico» y un «Padre duro y vengativo» han llevado a algunos a enseñar en contra de la expiación sustitutiva de Cristo. Esto, a su vez, ha llevado a la redefinición del pecado, el arrepentimiento y la santidad. Una vez que el hilo comienza a deshacerse, toda la tela comienza a rasgarse.

Otro ejemplo de esta tendencia es la forma en que algunos maestros dentro de la iglesia se han alejado de la doctrina bíblica de la creación como se establece en Génesis 1-2, Isaías 40 y Colosenses 1, entre otros lugares. Con tal de no parecer ir en contra de un «consenso» científico, tales maestros negarán hasta que Dios es el Creador de todas las cosas.

Algo que es particularmente peligroso es que la falsa enseñanza puede entrar en la iglesia desde la cultura porque las personas tienen buenas intenciones: quieren llegar a los perdidos, por lo que intentan eliminar todo lo que consideran como una barrera. No deberíamos atacar intencionalmente a nuestros vecinos, pero tampoco debemos tener miedo de pararnos firmes en la Palabra de Dios, incluso cuando tal postura no sea popular. Eso también significa que debemos ser cautelosos con aquellos dentro de la iglesia que constantemente intentan acomodarse al último pensamiento cultural.

El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.

Se salvará engendrando hijos 2

Mediante la procreación. En el original se usa la expresión: dia teknagonias, “mediante la procreación”. La expresión “mediante” a menudo se entiende como queriendo decir en, como en Romanos 4:11: “para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados” o sea que “no creen en la circuncisión”, donde hace notar el estado en el que estarán al ser salvos. De la misma manera, denota aquí, no la causa de la salvación de la mujer, sino el estado en que será salva. En suma, significa que el castigo infligido a la mujer por su primer pecado no será quitado en esta vida; no obstante, hay un camino de salvación seguro por fe incluso [a pesar de que pase] a través de este castigo porque al
decir “mediante la procreación” no significa simplemente engendrar hijos, sino engendrarlos de la manera como Dios amenazó [en Gn. 3:16]: con dolores.

Si permanecen: No se refiere a los niños, como algunos se imaginan debido al cambio del singular al plural. En ese caso significaría: Ella será preservada, si los hijos permanecen en la fe, etc. Sería absurdo pensar que la salvación de la madre depende de la fe y la gracia de los hijos. La experiencia nos enseña que ¡a veces los hijos de una mujer piadosa pueden resultar tan malvados como el mismo infierno! En cambio, el plural significa la mujer, en su expresión genérica para referirse a todas las mujeres. Por eso pasa al número plural. El Apóstol pasa del número singular al plural, en el versículo: “Asimismo que las mujeres se atavíen” y vuelve al singular en el versículo 11. Las gracias incluidas aquí como condiciones son fe, amor, santificación y modestia, que el Apóstol parece presentar como lo opuesto a las primeras causas o a los ingredientes del descarrío: (1) Fe en oposición a incredulidad en el precepto de Dios y el castigo correspondiente (Gn. 2:16-17). (2) Amor en oposición al desamor por Dios, como si Dios fuera su enemigo y ordenara algo que impide su felicidad, por lo que surgen desconfianza hacia Dios y un alejamiento moral de él. (3) Santificación. En oposición a esto está la suciedad y la contaminación traída al alma como consecuencia de aquel primer descarrío. Por lo tanto, tiene que haber en ella un propósito y esfuerzo por restaurar aquella primera integridad y pureza perdidas. (4) Modestia o un sentido de moralidad porque entregarle las riendas a las emociones y obedecer a sus instintos fue la causa de la caída (Gn. 3:6). La mujer vio que la fruta era agradable a los ojos. El pecado original es
llamado inmoralidad, concupiscencia y lascivia, y esto es lo opuesto a la modestia.

  1. Fe: Se menciona en primer lugar porque es una gracia fundamental.
    Es el vehículo del amor porque obra por medio de ella; la raíz de la santificación
    porque por fe es purificado el corazón. Fe significa principalmente
    gracia de fe: (1) fe habitual y (2) fe en el ejercicio de ella.
  2. Amor: El primer pecado fue una enemistad contra Dios; ahora,
    por lo tanto, es necesario que haya amor por Dios. El primer pecado
    fue virtualmente una enemistad de toda la posteridad del hombre que
    saldría de sus entrañas; por lo tanto, amar a la humanidad es necesario,
    y la fe siempre da por hecho amor a Dios y al hombre.
  3. Santificación. Se agrega aquí porque por ella, tanto la verdad de la
    fe como del amor, se nos aparecen a nosotros y a otros y, por ende, la
    justificación por fe es ratificada (Stg. 2:24). Santificación no quiere
    decir aquí una santidad y castidad particular debidas al lecho matrimonial,
    como afirman algunos papistas, sino una santidad universal
    del corazón y la vida.
  4. Modestia: En el sentido de moralidad, es un medio natural de preservación.
    Por la inmoralidad, las enfermedades corporales son más
    peligrosas. La verdadera fe va acompañada por temperancia y moralidad
    en todo comportamiento relacionado con los bienes y relaciones
    temporales…


Observaciones: (1) El castigo de la mujer: “engendrando hijos”. (2) El consuelo de la mujer: “se salvará”. (3) La condición de la salvación: “si permaneciere”, lo cual implica una exhortación a continuar siendo fiel, etc.


Doctrina: Podríamos hacer muchas observaciones. (1) Los dolores de parto son un castigo infligido a la mujer por el pecado original. (2) La prolongación de este castigo después de la redención de Cristo no impide la salvación de la mujer, siempre que estén presentes los requisitos del evangelio. (3) El ejercicio de la fe, con otras gracias cristianas, es
una manera única de preservar a los creyentes bajo la mano justiciera de Dios.


Resumiré las observaciones en ésta: La prolongación del castigo impuesto a la mujer por el primer pecado no impide su salvación eterna, ni su preservación en tener hijos, donde se dan las condiciones de la fe y de las otras gracias…
Este versículo es un mensaje de consuelo escrito sólo para la mujer embarazada. ¡Aprópiese de este derecho por fe! ¡Cuánto consuelo hay aquí para pasar de la amenaza a la promesa, de Dios como juez a Dios como Padre, de Dios airado a Dios pacificado en Cristo!… Mientras Dios sea fiel en acreditarse la promesa, usted nunca puede estar bajo maldición si tiene fe. En la parte material del castigo, no hay diferencia entre el creyente y el incrédulo. Jacob sufrió por la hambruna al igual que el cananeo; pero Jacob era partícipe del pacto y tenía a Dios en el cielo y a José en Egipto para preservarlo. Dios trata cada sufrimiento en todos por medio de su Providencia y, en el creyente, por un amor particular. Inclusive, ordena las contiendas que tiene con sus criaturas, de tal manera que el espíritu de ellas no desfallezca ante él (Is. 57:16).

Tomado de “A Discourse for the Comfort of Child-Bearing Women” en The Complete Works of Stephen Charnock (Las obras completas de Stephen Charnock), Tomo 5.


Stephen Charnock (1628-1680): Pastor, teólogo y autor puritano presbiteriano inglés. Nacido en St. Katherine Cree, Londres, Inglaterra.

El origen y la presencia de la Falsa Enseñanza 1

El seguir la verdadera enseñanza del Señor Jesucristo es fundamental para lo que significa ser cristiano. La Gran Comisión (Mat 28:18-20), tal vez el pasaje más conocido sobre el propósito de la iglesia, tiene en su núcleo este concepto: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones… enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». Como resultado, la iglesia siempre ha hecho grandes esfuerzos para enseñar la Biblia. Pero los esfuerzos no siempre producen resultados. La interacción con la cultura, los pasajes difíciles de la Biblia y el poder del pecado para afectar la mente han contribuido a la formulación y difusión de enseñanzas falsas o incorrectas. Las iglesias y los creyentes individuales cometen un grave error si piensan para sí mismos: «Eso no puede suceder aquí». Pensar que somos inmunes al error nos coloca en una posición muy peligrosa. Es exactamente lo que quiere el enemigo: que estemos dormidos y desprevenidos ante sus esfuerzos de atacar a los creyentes mediante la falsa enseñanza.

El testimonio de la Biblia sobre la falsa enseñanza debería dejar en claro que no somos invulnerables ante esta amenaza.

La realidad de la falsa enseñanza

La falsa enseñanza es una amenaza real para la iglesia. La falsa enseñanza no es una amenaza solo en ciertas circunstancias, o solo en iglesias con ciertas estructuras gubernamentales, o solo en ciertos lugares y culturas en el mundo. Debemos reconocerla como una amenaza porque la Biblia continuamente nos advierte que es una amenaza. Jesús nos advierte que los falsos maestros vendrán desde afuera de la comunidad de creyentes, tratando de ocultar sus verdaderas intenciones (Mat 7:15-20). Pedro nos dice que los falsos maestros también pueden surgir dentro de la comunidad de creyentes, trayendo una doctrina que es destructiva y venenosa (2 Pe 2:1). El apóstol Pablo continuamente advirtió a las iglesias que él servía que, si los falsos maestros entre ellos no eran controlados, los resultados serían desastrosos (Gal 1:6-9, 2 Cor 11:1-21, 1 Tim 6:3-5). En pocas palabras, la falsa enseñanza no es solo un problema para otras personas e iglesias; es un problema sobre el cual todos los creyentes deben estar atentos y contra el cual deben estar vigilantes.

El testimonio de la Biblia sobre la falsa enseñanza debería dejar en claro que no somos invulnerables ante esta amenaza. Cuando seamos tentados a pensar que estamos exentos de tales amenazas porque somos fuertes y muy espirituales, haremos bien en recordar la advertencia del apóstol Pablo a la iglesia de Corinto, la cual pensaba que nunca caería en los errores que habían surgido en el Israel del Antiguo Testamento: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga» (1 Co 10:12). Si las aberraciones doctrinales pueden surgir en iglesias que fueron nutridas con las enseñanzas de los apóstoles, ¿qué nos hace pensar que somos inmunes? Pablo tuvo que advertir a los gálatas sobre las falsas enseñanzas con relación a la doctrina central de la fe —cómo el hombre es justificado ante Dios— cuando la generación de discípulos que Jesús enseñó directamente todavía estaba caminando por la tierra. ¿Cómo, entonces, podemos darnos el lujo de ser complacientes?

Cómo entra la falsa enseñanza

Ya que estamos llamados a estar alertas ante la amenaza de la falsa enseñanza en medio nuestro, ¿qué deberíamos tener en cuenta? ¿Deberíamos esperar a que alguien se ponga de pie en medio de un servicio de adoración y declare: «La iglesia ha estado equivocada por muchos años… permítanme decirles lo que la Biblia realmente enseña»? ¿Esperamos declaraciones fuertes que golpeen el corazón de enseñanzas bíblicas tales como: «Dios no es real» o «Jesús no es Dios»? Si creemos que una falsedad solo entrará a la iglesia de manera repentina y dramática, no estaremos bien preparados. Es cierto que se han encontrado grandes falsedades en la iglesia, pero no necesariamente de manera repentina. El enemigo de nuestras almas prefiere un enfoque más sutil, sembrando dudas y torciendo la verdad para lograr que la falsedad sea aceptable. Después de todo, el primer ataque al hombre no fue: «¿Cómo puedes creer eso?», sino: «¿Seguro que Dios dijo eso?»

Otra cosa que debemos recordar es que la falsa enseñanza no siempre llega a la iglesia como resultado de intentos deliberados de engañar a los cristianos y hacerlos que nieguen la fe. Tales tácticas ciertamente son posibles, ya que el Nuevo Testamento registra instancias de «los falsos hermanos… que se habían infiltrado para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús» (Gal 2:4), y aquellos que «se han infiltrado encubiertamente… impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje, y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo» (Jud 4). No deberíamos ser ingenuos e ignorar los signos de tales ataques, pero más a menudo, el peligro de la falsa enseñanza llega por otras vías. Tres vías a las cuales debemos prestar especial atención son: la búsqueda de alguna enseñanza o doctrina nueva e interesante, una reacción exagerada ante otros errores de enseñanza en la iglesia, y un afán de evitar las críticas, particularmente las críticas del mundo que nos rodea.

Continuará …

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El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.

Se salvará engendrando hijos 1

Pero será preservada, mediante la procreación, si permanecen con modestia en la fe, el amor y la santificación” (1 Timoteo 2:15).

La caída del hombre fue el fruto de la primera doctrina acerca de la mujer y, por lo tanto, ya no se le permite enseñar (1 Ti. 2:12). La mujer fue engañada por la serpiente y llevó a su marido y a toda su posteridad a la ruina (1 Ti. 2:13-14)… Y porque, por la declaración del Apóstol, algunos pueden sentirse desalentados por el papel que tuvo la mujer en la primera caída y en el castigo que han recibido por ello, el Apóstol presenta un “pero” para su consuelo. A pesar de la culpabilidad [de Eva] en su caída y su castigo al engendrar hijos, tiene el mismo derecho a la salvación que el hombre.

Entonces, anticipadamente, el Apóstol contesta aquí a una objeción que pudiera haber en cuanto a que si la culpa de la mujer y el castigo recibido impediría su salvación eterna. El Apóstol responde: “No”. Aunque Eva fue primera en desobedecer y el dolor de engendrar hijos fue el castigo de aquel primer pecado, la mujer puede lograr la salvación
eterna a pesar de ese dolor, si tiene esas gracias que son necesarias para todos los cristianos. Aunque el castigo permanece, la mujer creyente se encuentra dentro del pacto de gracia y bajo las alas del Mediador de ese pacto si tiene fe (la condición del pacto), la cual obra por amor y es acompañada de santidad y renovación del corazón.

Observe: Dios tiene medios de gracia para alentar el corazón de los creyentes que sufren, en los casos cuando las aflicciones son suficientes como para desalentarlos. El Apóstol hace alusión a esa maldición de la mujer: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos” (Gn. 3:16). El castigo se aplica a la mujer casada, además de ese castigo que le era común con el hombre.

Los dolores en tus preñeces: La palabra preñez se refiere al tiempo de embarazo en la matriz. Incluye, no sólo esos dolores en el momento del parto, sino todas esas indisposiciones precursoras, como náuseas, dolores de cabeza, antojos irregulares y esos otros síntomas que acompañan al embarazo. Aunque este dolor parece ser natural por la constitución del cuerpo, no obstante, dado que algunas criaturas dan a luz con poco o sin nada de dolor4, con la mujer es diferente porque todo dolor, que es un castigo por el pecado, hubiera sido raro en un cuerpo sin pecado e inmortal.

Consideremos las palabras [individualmente]:

Preservada: Puede referirse a la salvación del alma o a la preservación de la mujer en el parto. Lo primero, supongo, es la intención principal porque el Apóstol aquí, significaría algún consuelo especial a la mujer bajo esa maldición.

Pero la preservación de la mujer en la preñez era algo común, como lo testifica la experiencia diaria de las mujeres, así la peor como la mejor. El cristianismo no pone a sus profesantes en un estado peor en aquellas cosas que dependen inmediatamente de Dios… pero puede incluir una preservación temporal. Porque cuando el Señor promete una salvación eterna, promete también una salvación temporal, en acorde con la sabiduría de Dios en su Providencia. Existe en todas las promesas como ésta, una excepción tácita, o sea que si Dios la considera buena para nosotros y también la manera de preservarnos, esta preservación del creyente difiere de la de una persona no regenerada. Otros son preservados por Dios, como Creador y Soberano misericordioso, por medio de una providencia generalizada para la conservación del mundo, pero los creyentes son preservados de una manera distinta de acuerdo con las promesas y los pactos, en el ejercicio de la fe y por el amor especial del Señor como su Padre tierno y su Dios. En el caso de los creyentes, su preservación se basa en la relación de pacto del Padre con ellos a través de Cristo.

Continuara …

Tomado de “A Discourse for the Comfort of Child-Bearing Women” en The Complete Works of Stephen Charnock (Las obras completas de Stephen Charnock), Tomo 5.


Stephen Charnock (1628-1680): Pastor, teólogo y autor puritano presbiteriano inglés. Nacido en St. Katherine Cree, Londres, Inglaterra.

Cielos nuevos y tierra nueva

Right Now Counts Forever (El ahora cuenta para siempre). El título de la columna del Dr. Sproul en cada edición de la Tabletalk Magazine captura de forma concisa la relación entre el evangelio y los cielos nuevos y la tierra nueva. Las buenas nuevas de la muerte sacrificial de Cristo y Su resurrección gloriosa, tienen ramificaciones eternas para el destino de cada ser humano. Su respuesta a ese mensaje, ya sea con una confianza humilde o con una incredulidad desafiante, hará la diferencia entre una felicidad sin límites más allá de sus mejores sueños y un tormento implacable más allá de sus peores pesadillas.

El Dios viviente, soberano sobre cada átomo en Su universo y cada nanosegundo de la historia, está dirigiendo el cosmos hacia una consumación que muestre la majestad de Su sabiduría, poder, justicia y misericordia para que todas las criaturas de todo el mundo la contemplen. Los cielos y la tierra actuales, manchados por el pecado humano y la maldición a que fueron sometidos, «envejecerán» y “serán mudados» (Heb 1:11-12), temblarán y serán removidos (Heb 12:26-27). Para el primer cielo y tierra, no se encontrará «lugar», sino que en su lugar aparecerán un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 20:11; 21:1).

La promesa es tan antigua como la profecía de Isaías: «Pues he aquí, yo creo cielos nuevos y una tierra nueva, y no serán recordadas las cosas primeras ni vendrán a la memoria» (Is 65:17-18; véase Is 66:22-23). El apóstol Pedro afirma que la justicia morará en los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos (2 Pe 3:13). Pablo agrega que toda la creación, ahora sujeta a vanidad y decadencia, se une a los hijos de Dios en su anhelo de liberación de “la esclavitud de la corrupción» el día de nuestra resurrección (Rom 8:19-22).

¿Cómo describir los cielos nuevos y la tierra nueva? Para describir el cosmos venidero negativamente, podemos decir que las miserias que ahora causan tanto daño y angustia se habrán ido: no habrá duelo, dolor, muerte; no quedará ningún resto de maldición (Ap 21:4; 22:3). Es más difícil describir positivamente lo que será un mundo libre de maldad y aflicción. Los profetas y los apóstoles llevan el lenguaje hasta sus límites para así poder ofrecer vistazos de realidades gloriosas más allá de nuestra experiencia. Podemos decir que la resurrección de Jesús es el primer fruto de la nueva creación consumada, por lo que Su glorioso cuerpo resucitado anuncia la resurrección que le espera a Su pueblo (1 Cor 15:20-22, Fil 3:21). Después de levantarse, podía comer y ser tocado (Lc 24:39-43), así que la materialidad de Su cuerpo nos lleva a esperar que el panorama pintado en el libro de Apocalipsis —las hojas curativas y la fertilidad incesante del árbol de la vida, por ejemplo (Ap 22:1-5)— no es totalmente simbólico. Al menos podemos decir que nuestro hogar final no es etéreo e inmaterial, sino una robusta reafirmación del diseño original del Creador, ya que Él declaró el primer cielo y tierra como «muy buenos» (Gen 1:31).

La Palabra de Dios revela lo suficiente acerca de los cielos nuevos y la tierra nueva para hacernos reflexionar en la urgencia de la pregunta: «¿Cómo puedo entrar a esa patria prometida, repleta de puro placer en la presencia de Dios?» Esta pregunta nos lleva al evangelio. Los cielos nuevos y la tierra nueva serán poblados por los «siervos» de Dios (Ap 22:3-5), que se han aferrado a la Palabra de Dios y han confesado a Jesús (Ap 1:2, 9; 20:4). Han sido redimidos por la sangre del Cordero, y sus nombres están escritos en Su Libro de la Vida (Ap 12:11; 20:12, 15; 21:27).

Sin embargo, las visiones de Apocalipsis subrayan la importancia crucial del evangelio desde otra perspectiva muy edificante. Aquellos cuyos nombres no están en el libro del Cordero serán juzgados por sus propias acciones a lo largo de la vida. Sin la cobertura de la sangre expiatoria del Cordero, ellos estarán expuestos a la justa ira de Dios, serán condenados y «arrojados al lago de fuego», la muerte segunda (Ap 20:13-15). Sus almas serán reunidas con los cuerpos de usaron para su rebelión, y en ese lago ardiente experimentarán no solo una incesante angustia física, sino también una absoluta privación de alivio mental y espiritual. Jesús mismo habló de esta muerte terrible y eterna que espera a los rebeldes, un lugar donde «el gusano de ellos no muere, y el fuego no se apaga” (Mr 9:43-48; Is 66:24).

Esa perspectiva de una aflicción eterna, garantizada por la inquebrantable justicia de Dios, ¿no aterroriza tu corazón? Debería. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora.

Esos deleites que han de venir en los cielos nuevos y la tierra nueva, ¿no despiertan los anhelos de tu corazón? Deberían. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora. Este instante realmente cuenta para siempre.

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Predicándote el Evangelio a ti mismo

Hay una gran seguridad en la salvación del Señor. Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, y Su decisión permanece. El Espíritu Santo nos ha hecho nacer de nuevo, y no hay ningún medio por el cual podamos destruir la vida que Él nos ha dado. Cada creyente ha sido crucificado con Cristo, y en ninguna parte de las Escrituras encontramos una manera en que esto pueda ser revertido. Todos los que han creído en Jesucristo son justificados, y ninguna obra del hombre o Satanás puede revocar el veredicto de Dios. Jesús ejerce el cuidado soberano sobre todo Su pueblo. Los que están en Sus manos no pueden ser arrebatados de Él. Sin embargo, a pesar de la seguridad de nuestra salvación y nuestra posición ante Dios a través de Jesucristo, aún podemos encontrarnos en problemas cuando nos alejamos de la esperanza del evangelio.

Y usualmente nos alejamos. Mientras que el alejarse puede venir en forma de ceder a la inmoralidad, más a menudo se enmascara como una especie de cristianismo. Para muchos, la vida cristiana está impulsada por una precisión doctrinal. Bien podemos valorar nuestro legado confesional y ver la importancia de una teología sólida, pero esto puede convertirse en el objetivo por el que nos esforzamos, mientras perdernos la conexión de toda la teología con el evangelio. El conocimiento a menudo se «hincha» y nuestro orgullo nos lleva a tener más convicción en nuestra doctrina que en el evangelio. Algunos cristianos basan su vida espiritual en las emociones: esas intensas agitaciones del corazón que a menudo están conectadas con las verdades profundas de Dios. Pero mientras que las verdades de Dios nunca cambian, nuestras experiencias sí. Y cuando los sentimientos no están ahí, nuestra fe termina en crisis. Al encontrar confianza en nuestras emociones, nos alejamos de lo que debería ser nuestra única esperanza en la vida y en la muerte. Muchos de nosotros perdemos de vista el evangelio mientras nos enfocamos en nuestras propias obras y en lo bien que lo estamos haciendo espiritualmente. Al medirnos en base a estándares autoimpuestos, creemos que somos fuertes o débiles, pero en cada caso encontramos la solución en hacer nuestro mejor esfuerzo, en lugar de la obra de Cristo.

Fundamentalmente, el evangelio es olvidado cuando ya no funciona como nuestra esperanza y confianza permanentes delante de Dios, o cuando llega a perder su importancia para el diario vivir de la vida cristiana. El evangelio que a menudo olvidamos debe ser reclamado y retenido por el bienestar y seguridad de nuestras almas, y esto se logra predicándonos el evangelio a nosotros mismos.

Predicarnos el evangelio a nosotros mismos es hacernos un llamado a regresar a Jesús en busca de perdón, limpieza, empoderamiento y propósito. Es responder nuestras dudas y temores con las promesas de Dios. ¿Mis pecados me condenan? Jesús los ha cubierto todos con Su sangre. ¿Mis obras se quedan cortas? La justicia de Jesús es contada como mía. ¿Están conspirando contra mí el mundo, el diablo y mi propia carne? Ni siquiera un cabello puede caerse de mi cabeza, fuera de la voluntad de mi Padre celestial, y Él ha prometido cuidarme y conservarme para siempre. ¿Realmente puedo negarme a mí mismo, llevar mi cruz y seguir a Jesús? Sí, porque Dios está trabajando en mí, dispuesto a obrar en mí para Su propio deleite. Así es como luce el predicarnos a nosotros mismos.

Esta predicación privada y personal solo puede suceder cuando la Palabra de Dios es conocida y creída; cuando la ley de Dios revela nuestro pecado e impotencia, y Su gracia cubre ese pecado y supera nuestras debilidades. Predicarnos el evangelio a nosotros mismos no es simplemente el acto de estudiar la Biblia (aunque podemos predicarnos a nosotros mismos de esa manera), sino que es el activamente hacernos un llamado a creer las promesas de Dios en Jesús, Su Hijo.

Nos predicamos a nosotros mismos a través de las disciplinas de oración y meditación en las Escrituras. Al orar, esperamos que Dios satisfaga misericordiosamente nuestras necesidades, y en el acto mismo ejercitamos la fe. En su exposición del Padrenuestro, Thomas Manton dijo: «La oración … es una predicación a nosotros mismos ante el oído de Dios. Hablamos con Dios para exhortarnos a nosotros mismos, no para Su información, sino para nuestra edificación». Las promesas del evangelio en la Palabra de Dios nos guían en la oración, guiándonos hacia la seguridad que se encuentra en la obra y el sacrificio de Jesús. Al meditar, recordamos el evangelio; mediante la oración, reclamamos el evangelio como nuestra gran esperanza.

La mayoría de nosotros necesitamos redescubrir el evangelio. Y esta es una tarea de todos los días ya que nuestra necesidad es constante y nuestros corazones son propensos a alejarse. Pero la recuperación del evangelio solo ocurre cuando sentimos el peso de nuestros pecados, la debilidad de nuestra carne y la fragilidad de nuestra fe. Esto significa que solo aquellos que saben que son pecadores indignos y que la Palabra de Dios es verdadera, encontrarán que el evangelio no solo es una buena noticia, sino que es una buena noticia para sus propias almas.

Joe Thorn es el pastor principal de Redeemer Fellowship en Saint Charles, Illinois.

Amor y cuidado del niñito 3

Es necesario decir algo acerca de la instrucción de los hijos. Hay que recordar que el objetivo del hogar es el desarrollo de las niñas y los niños hasta la madurez. La obra de instruir les corresponde al padre y a la madre y es intransferible. Es un deber sumamente delicado del cual un alma reflexiva se acobardaría con sobrecogimiento y temor si no fuera por la seguridad de la ayuda divina. Sin embargo, hay muchos padres que no se detienen a pensar en la responsabilidad que tienen cuando se agrega un hijito a su hogar.

Mírelo por un momento. ¿Qué puede haber tan débil, tan indefenso, tan dependiente como un recién nacido? Pero mire también hacia el futuro y vea el tiempo de vida que le espera a este débil infante, aun hasta la eternidad. Piense en el enorme potencial en este cuerpo indefenso y en las posibilidades que tiene su futuro. ¿Quién puede decir qué habilidades encierran esos deditos, qué elocuencia o canto latente hay en esos pequeños labios, qué facultades intelectuales hay en ese cerebro, qué capacidad de amor o compasión tiene ese corazón? El padre y la madre deben tomar a este infante y criarlo hasta la madurez para desarrollar estas capacidades latentes y enseñarle a usarlas. Es
decir, Dios quiere un adulto capacitado para cumplir una gran misión en el mundo y la vida pone en las manos de progenitores jóvenes a un infante pequeño, y les manda guiarlo y enseñarle a serle útil hasta estar preparado para su misión o, al menos, estar exclusivamente a cargo de sus primeros años cuando se graban las primeras impresiones que moldearán y darán forma a toda su carrera. Cuando miramos a un pequeñito y recordamos todo esto, ¡cuánta dignidad tiene la tarea de cuidarlo! ¿Da Dios a los ángeles alguna obra más grandiosa que ésta?

Las mujeres suspiran por querer fama. Les gustaría ser escultoras para labrar la roca fría hasta darle una hermosura que el mundo admire por su habilidad. O les gustaría ser poetas, para escribir cantos que encantaran a la nación y se entonaran alrededor del mundo. Pero, ¿es alguna obra de mármol tan grande como la de aquella que tiene una
vida inmortal en sus manos para darle forma a su destino? ¿Es la escritura de algún poema en una línea musical una obra tan noble como la instrucción que convierte las capacidades de un alma humana en pura armonía? No obstante, hay mujeres que consideran los cuidados y preocupaciones de la maternidad como tareas demasiado insignificantes y comunes para sus manos. Cuando llega un hijo, emplean a una niñera, quien por una compensación semanal, acuerda hacerse cargo del pequeñito para que la madre pueda estar libre de esa carga y dedicarse a cosas que considera más distinguidas y valiosas.

¿Será demasiado fuerte la siguiente acusación? “Para librarse de la carga que es su pequeñito, una madre se valdrá de los oficios de la niñera que le resulte más fácil conseguir, le pasará a esta empleada, a esta extraña ignorante, el deber de nutrir el alma que Dios ha puesto en sus manos. La madre ha nutrido su cuerpito hasta nacer, ahora cualquiera sirve para nutrir su alma. Al hacer esto, la madre ha dejado en manos de esta empleada lo que es su propia responsabilidad, lo ha puesto bajo su constante influencia, lo ha dejado sujeto a la sutil impresión de su espíritu, a grabar en su ser interior la vida, sea cual fuera, de esta alma inculta. La niñera despierta sus primeros pensamientos, aviva sus primeras
emociones, da comienzo a la delicada acción de las motivaciones sobre la voluntad —generalmente estar en tales manos implica el uso de una fuerza combinada de intimidación y soborno. Estar bajo el supuesto cuidado de la niñera incluye intensos temores e intensas exigencias— ella forma sus tendencias, de ella aprende a jugar y de ella aprende a vivir. Así la joven madre queda en libertad para vestirse y salir, visitar y recibir, disfrutar de los bailes y las óperas, ¡cumpliendo su responsabilidad de una vida inmortal por medio de una representante! ¿Existe en esta época deshonrosa, algo más deshonroso que esto? Nuestras mujeres abarrotan las iglesias con el fin de recibir la inspiración
de la fe cristiana para cumplir sus obligaciones cotidianas, y luego reniegan de la principal de las fidelidades, la más solemne de todas las responsabilidades…”.

¡Oh, que Dios quiera darle a cada madre una visión de la gloria y esplendor de la obra que le ha encomendado cuando pone en su regazo a un infante para alimentar y enseñar! Si pudiera siquiera vislumbrar tenuemente el futuro de esa vida hasta la eternidad; si tuviera esa visión podría ver dentro de su alma sus posibilidades, podría comprender su propia responsabilidad personal de la educación de este hijo, del desarrollo de su vida, de su destino, vería que en todo el mundo de Dios, no existe otra obra más noble y digna de sus mejores capacidades y no entregaría a otras manos la responsabilidad sagrada y santa que a ella le es dada…

Lo que queremos hacer con nuestros hijos no es sólo controlarlos y que tengan buenos modales, sino implantar principios verdaderos en lo profundo de su corazón, valores que rijan toda su vida, que formen su

carácter desde adentro hasta llegar a tener una hermosura semejante a la de Cristo y hacer de ellos hombres y mujeres nobles, fuertes para la batalla y fieles en el cumplimiento de su deber. Deben ser instruidos, más bien que gobernados. La formación del carácter, no meramente la buena conducta, es el objetivo de toda dirección y enseñanza del hogar…

Cuando un pequeñito en los brazos de su madre es amado, nutrido, acariciado, y cuando lo acuna cerca de su corazón, ora por él, llora por él, habla con él durante días, semanas, meses y años no es ilusorio decir que la vida de la madre ha pasado al alma del hijo. Lo que el niño llega a ser es determinado por lo que es la madre. Los primeros años establecen lo que será su carácter y estos años son los de la madre.

Oh madre de hijos pequeños, me inclino ante usted con reverencia. Su obra es muy sagrada. Está determinando el destino de un alma inmortal. Las capacidades latentes en el pequeñito que acunó en su regazo anoche son capacidades que existirán para siempre. Lo está preparando para su destino e influencia inmortal. Sea fiel. Asuma su encargo sagrado con reverencia. Asegúrese de que su corazón sea puro y que su vida sea dulce y limpia. La fábula persa dice que el trozo de arcilla era fragante porque había estado encima de una rosa. Sea su vida como la rosa y entonces, su hijo absorberá su fragancia en sus brazos. Si no hay aroma en la rosa, la arcilla no será perfumada.

En la historia humana abundan las ilustraciones del poder de la influencia de los padres. Dicha influencia ilumina o apaga la vida del hijo hasta el final. Es una bendición que hace que cada día sea mejor y más feliz, o es una maldición que deja ruina y sufrimiento a cada paso. Miles han sido librados de ir por mal camino gracias a los recuerdos santos de su hogar feliz y piadoso, o se han perdido por su pésima influencia. No existen lazos más fuertes que las cuerdas que un verdadero hogar tiende alrededor del corazón.

Cuando pienso en lo sagrado y la magnitud de la responsabilidad de los padres, no comprendo cómo un padre o madre pueda mirar y pensar en el pequeñito que les ha sido dado y considerar su obligación por él sin sentirse impulsados a acudir a Dios y, por el propio peso de la carga que llevan, clamar a él pidiendo ayuda y sabiduría. Cuando un hombre impenitente se inclina sobre la cuna de su primer nacido, cuando comienza a comprender que aquí hay un alma que tiene que instruir, enseñar, moldear y guiar por este mundo hasta llegar el tribunal del Dios, ¿cómo puede seguir apartado de Dios? Pregúntese, al inclinarse sobre la cuna de su hijo y besar sus dulces labios: “¿Soy consecuente
con mi hijo mientras descarto a Dios de mi propia vida? ¿Soy capaz de cumplir yo solo esta solemne responsabilidad de ser padre, en mi debilidad humana, sin ayuda divina?”. No entiendo cómo puede haber algún padre que pueda hacerle frente a estas preguntas con sinceridad cuando contempla a su criatura inocente e indefensa, que le ha sido dada para cobijar, guardar y guiar, y no caer de rodillas al instante y entregarse a Dios.

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.

Amor y cuidado del niñito 2

La respuesta principal radica en los padres. Son ellos los que edifican el hogar. De ellos recibe el hijo su carácter, para bien o para mal. El hijo será precisamente lo que los padres hagan de él. Si es feliz, ellos habrán sido los autores de su felicidad. Si es infeliz, la culpa es de ellos. Su humor, su ambiente, su espíritu y su influencia surgen de ellos. Tienen en sus manos lo que será el hogar y Dios les hace responsables por él.

Esta responsabilidad es de ambos padres. Algunos varones parecen olvidar que les corresponde una parte de la carga y de los deberes del hogar. Se lo dejan todo a la madre. Sin ningún interés activo en el bienestar de sus hijos, van y vienen como si fueran poco más que inquilinos en su propia casa. Se justifican de su negligencia poniendo como pretexto las demandas de su trabajo. Pero, ¿dónde está el trabajo tan importante que pueda justificar el abandono de los deberes sagrados que el hombre debe a su propia familia? No puede haber ninguna ocupación que tenga el hombre que lo justifique ante el tribunal de Dios por haber abandonado el cuidado de su propio hogar y la educación de sus propios hijos. Ningún éxito en ningún sector laboral de este mundo podría expiar su fracaso en esto. No hay ninguna fortuna almacenada de este mundo que pueda compensar al hombre por la pérdida de esas joyas incomparables: Sus propios hijos.

En la parábola del profeta, éste le dijo al rey: “Y mientras tu siervo estaba ocupado en una y en otra cosa, el hombre desapareció” (1 R. 20:40). Que no sea la única defensa que algunos padres tengan para ofrecer cuando comparecen ante Dios sin sus hijos: “Como yo estaba ocupado en esto y aquello, mis hijos se fueron”. Los hombres están ocupados en sus asuntos del mundo, ocupados en cumplir sus planes y ambiciones, ocupados en acumular dinero para tener una fortuna, en buscar los honores del mundo y ser reconocidos. Mientras están ocupados en su búsqueda de conocimiento, sus hijos crecen y cuando los padres se vuelven para ver si les va bien, ya no están. Entonces intentan con toda seriedad recobrarlos, pero sus esfuerzos tardíos de nada valen. Es demasiado tarde para hacer ese trabajo de bendición para ellos que hubiera sido tan fácil en sus primeros años. El libro del Dr. Geikie, titulado Life (Vida), comienza con estas palabras: “Dios da algunas cosas con frecuencia, otras las da sólo una vez. Las estaciones del año se suceden continuamente y las flores cambian con los meses, pero la juventud no se repite en nadie”. La niñez viene sólo una vez con sus oportunidades. Lo que se quiera hacer para sellarla con belleza debe hacerse con rapidez.

Entonces, no importa lo capaz, lo sabia, lo dedicada que sea la madre, el hecho de que ella cumpla bien su obligación no libra al padre de ninguna parte de su responsabilidad. Los deberes no pueden ser transferidos. La fidelidad de otro no puede justificar o expiar mi infidelidad. Además, es incorrecto y de poca hombría que un hombre fuerte y capaz, que pretende ser el vaso más fuerte, responsabilice a la mujer, a quien llama vaso más frágil, de los deberes que le pertenecen sólo a él. En cierto sentido, la madre es la verdadera ama de casa. En sus manos está la tierna vida para darle sus primeras impresiones. Ella es quien más se involucra en toda su educación y cultura. Su espíritu es el que determina el ambiente del hogar. No obstante, desde el principio hasta el final de las Escrituras, la Ley de Dios designa al padre cabeza de la familia y, como tal, le transfiere la responsabilidad del bienestar de su hogar, la educación de sus hijos y el cuidado de todos los intereses sagrados de su familia.

Los papás deben tener conciencia de que ocupan un lugar en el desarrollo de la vida de sus propios hogares, además de proveer el alimento y la ropa, y pagar los impuestos y los gastos. Le deben a sus hogares las mejores influencias de su vida. Sean cuales fueren los otros deberes que los presionan, siempre deben encontrar el tiempo para trazar planes
para el bienestar de sus propias familias. El centro de la vida de cada hombre debiera ser su hogar. En lugar de ser para él meramente una pensión donde come y duerme, y desde donde emprende su trabajo cada mañana, debiera ser un lugar donde su corazón está anclado, donde están cifradas sus esperanzas, a donde se vuelven sus pensamientos mil veces al día, la razón de sus labores y esfuerzos y al cual aporta siempre las cosas más ricas y mejores de su vida. Debiera tener conciencia de que es responsable por el carácter y la influencia de su vida de hogar, y que si no hace lo que debiera hacer, la culpa estará sobre su alma… Aun en esta época cristiana, los hombres —hombres que profesan
ser seguidores de Cristo y creen en la superioridad de la vida misma por sobre todas las cosas— piensan infinitamente más y se preocupan más por criar el ganado, atender las cosechas y hacer prosperar sus negocios, que en instruir a sus hijos. Algo debe quedar fuera de cada vida seria y ocupada. Nadie puede hacer todo lo que le viene a la mano para hacer. Pero es un error fatal que un padre deje de lado los deberes que le corresponde cumplir en su hogar. Más bien debiera tenerlos en primer lugar. Es mejor descuidar cualquier otra cosa que los hijos; inclusive, la obra religiosa en el reino de Cristo, en general, no debe interferir con los asuntos del reino de Cristo en su hogar. A nadie se le requiere, por sus votos y su consagración, cuidar las viñas de otros con tanta fidelidad que no pueda cuidar la propia. Que un hombre sea un pastor devoto o un diligente oficial de la iglesia no justificará el hecho de que sea un padre de familia infiel…

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.