¿Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre 2?

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Ahora todo su cuerpo sufría un horrible tormento. Mientras tanto, sus enemigos  permanecían a su alrededor, señalándolo con desprecio, burlándose de él y de sus oraciones y deleitándose de su sufrimiento.

Él dijo: “Tengo sed” (Juan. 19:28), y le dieron vinagre. Al poco tiempo dijo: “Consumado es” (Juan. 19:30). Había soportado el máximo sufrimiento y dado evidencia plena de la justicia divina. Recién entonces entregó su espíritu. En tiempos pasados, hombres santos han comentado con amor los sufrimientos de nuestro Señor, y yo no vacilo en hacer lo mismo, confiando que los pecadores tiemblen y vean la salvación en la dolorosa “llaga” del Redentor. No es fácil describir el sufrimiento físico de nuestro Señor. Reconozco que he fallado en mi intento. En cuanto al sufrimiento del alma de Cristo, ¿quién de nosotros lo puede imaginar, o mucho menos expresar? Al principio dijimos que sudó gotas de sangre. Eran su corazón derramando a la superficie su vida a través de la terrible tristeza que dominaba su espíritu. Dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mat. 26:38). La traición de Judas y la deserción de los doce discípulos entristecieron a nuestro Señor, pero el peso de nuestro pecado fue la verdadera presión sobre su corazón. Murió por nuestro pecado. Ningún lenguaje podrá jamás explicar la agonía de su pasión. ¡Qué poco podemos entonces concebir el sufrimiento de su pasión!

Cuando estaba clavado en la cruz, soportó lo que ningún mártir ha sufrido. Ante la muerte, los mártires han sido tan sustentados por Dios que han podido regocijarse aun en medio del dolor. Pero el Padre permitió que nuestro Redentor sufriera tanto, que exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Ese fue el clamor más amargo de todos, la muestra más viva de su inmenso dolor. Pero era necesario que padeciera este dolor, porque Dios no soporta el pecado y en ese momento, a él “por nosotros lo hizo pecado” (2 Cor. 5:21). El alma del gran Sustituto sufrió el horror de la agonía en lugar de dejar que nosotros sufriéramos el horror del infierno al cual estábamos destinados los pecadores si él no hubiese tomado sobre sí nuestros pecados y la maldición que nos correspondía. Escrito está: “Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gál. 3:13). Pero, ¿quién sabe lo que significa esa maldición?
El remedio para nuestro pecado se encuentra en el sufrimiento sustituto de nuestro Señor Jesucristo y en sus heridas. Nuestro Señor sufrió esta “llaga” por nosotros. Nos preguntamos: “¿Hay algo que debamos hacer, para quitar la culpa del pecado?” La respuesta: “No hay nada que debamos hacer. Por las heridas de Jesús, somos sanos. Él llevó todas las heridas y no nos dejó ninguna”.

¿Pero, debemos creer en él? Si, debemos creerle. Si decimos que cierto bálsamo cura, no negamos que necesitamos una venda para aplicarla a la herida. La fe es la venda que une nuestra reconciliación en Cristo con la herida de nuestro pecado. La venda no cura; el bálsamo es lo que cura. Así que la fe no sana; la expiación de Cristo es lo que nos cura. “Pero debemos arrepentirnos”, dice otro. Ciertamente debemos, porque el arrepentimiento es la primera señal de que hemos sido sanados. Pero son las heridas de Jesús las que nos sanan, y no nuestro arrepentimiento. Cuando aplicamos sus heridas a nuestro orazón, producen arrepentimiento. Aborrecemos el pecado porque causó el sufrimiento de Jesús. Cuando sabiamente confiamos que Jesús ha sufrido por nosotros, descubrimos que Dios nunca nos castigará por el pecado por cual Cristo murió. Su justicia no permitirá que la deuda sea pagada primero por el Garante y luego por el deudor. La justicia no puede permitir doble pago. Si nuestro sufriente Garante ha cargado con la culpa, entonces nosotros no podemos llevarla. Al aceptar que Cristo sufrió por nosotros, aceptamos una cancelación completa de nuestra culpa. Hemos sido condenados en Cristo, por tanto ya no hay condenación en nosotros. Esta es la base de la seguridad que tiene el pecador que cree en Jesús. Vivimos porque Jesús murió en nuestro lugar. Somos aceptados en la presencia de Dios, porque Jesús es aceptado. Quienes aceptan este acto sustitutivo de Jesús son libres de culpa. Nadie puede acusarnos. Somos libres.

Oh amigo, ¿quieres aceptar que Jesús ocupó tu lugar? Si lo aceptas eres libre. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18). Porque, “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa 53:5).

Tomado de Around the Wicket Gate.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés, el predicador más leído de la historia (aparte de los escritores bíblicos); nacido en Kelvedon, Essex.

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¿Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre?

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Para ayudar al que busca encontrar una fe verdadera en Jesús, hay que recordarle la obra del Señor Jesús en relación con la condición del pecador.

  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”  (Rom. 5:6).
  • “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”                     (1 Ped. 2:24).
  • “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6).
  • “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
    injustos, para llevarnos a Dios” (1 Ped. 3:18).

Mantengamos la mirada en una declaración de las Escrituras, “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa 53:5). En este pasaje, Dios trata al pecado como una enfermedad, y nos señala el remedio que él ha provisto. Reflexionemos un momento en la llaga de nuestro Señor Jesucristo. El Señor quiso restaurarnos, y envió a su Hijo Unigénito —“verdadero Dios de Dios verdadero”—, al mundo a fin de que compartiera nuestra naturaleza para poder redimirnos. Vivió como un hombre entre los hombres. A su debido tiempo, después de 30 o más años de obediencia, llegó su momento de servir a la humanidad, colocándose en nuestro lugar y llevando “el castigo de nuestra paz” (Isa. 53:5). Fue al Getsemaní y allí, al probar la copa amarga, sudó gotas de sangre. Fue presentado ante Pilato y Herodes, y allí experimentó el dolor y escarnio que nos tocaba a nosotros. Por último lo llevaron a la cruz y allí lo clavaron para morir, morir en nuestro lugar.

La palabra llaga se usa para señalar el sufrimiento de su cuerpo y su alma. Se sacrificó por nosotros. Todo lo humano en él sufrió. Su cuerpo, al igual que su mente, sufrió de una manera que imposible de describir. Al comienzo de su pasión, cuando sufrió intensamente el sufrimiento que era nuestro, estaba en agonía, y de su cuerpo brotaron copiosas gotas de sangre que cayeron al suelo. Es muy raro que un hombre sude gotas de sangre. Se sabe que ha ocurrido una o dos veces, y en todas las instancias ha precedido inmediatamente a la muerte de la persona. Pero nuestro Salvador vivió, vivió después de una agonía que ninguno de nosotros hubiera sobrevivido. Antes de poder recuperarse de este sufrimiento, lo llevaron ante el sumo sacerdote. Lo capturaron y lo llevaron de noche. Luego lo trajeron ante Pilato y Herodes. Lo azotaron, y sus soldados le escupieron en la cara, lo abofetearon y lo colocaron en la cabeza una corona de espinas.

La flagelación es uno de los métodos de tortura más horribles que se puede aplicar malevamente. En el pasado, ha sido una vergüenza del ejército británico el que un instrumento de tortura llamado “la zarpa de gato” fuera usado para castigar a un soldado, ya que era una tortura brutal. Pero para los romanos, la crueldad era tan natural que hacían que su castigo habitual fuera mucho más que brutal. Se dice que el látigo romano era hecho de cuero de bueyes al que se le ataban nudos, y en estos nudos se colocaban astillas de hueso. Cada vez que el látigo caía sobre el cuerpo desnudo causaba un dolor intenso. “Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos” (Sal. 129:3).

Nuestro Salvador soportó el terrible dolor del látigo romano, y ni fue el final de su sufrimiento, sino el preámbulo de su crucifixión. A esto, le añadieron las burlas y el ultraje. No se privaron de infligirle ningún sufrimiento. En medio de su desfallecimiento, sangrando y en ayunas, le hicieron llevar su cruz, y luego obligaron a otro a ayudarlo para que él no muriera en el camino. Lo desnudaron, lo tiraron al piso y lo clavaron al madero. Le atravesaron las manos y los pies, levantaron el madero con él clavado en él y de un golpe lo enterraron en la tierra, de modo que se dislocaron todos sus huesos, como dice el lamento del salmista: “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se
descoyuntaron” (Sal. 22:14a).

Permaneció colgado en la cruz bajo el sol ardiente hasta que perdió las fuerzas, y dijo: “Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal. 22:14b-15). Allí permaneció colgado, un espectáculo ante Dios y los hombres. El peso de su cuerpo era sostenido por sus pies, hasta que los clavos desgarraron sus delicados nervios. Entonces la carga dolorosa pasó a sus manos y las desgarró, siendo estas una parte tan sensible de su cuerpo. ¡Las heridas en sus manos lo paralizaron de dolor! ¡Qué horrible habrá sido el tormento causado por los clavos que desgarraron el delicado tejido de sus manos y sus pies!

Continuará …

Tomado de Around the Wicket Gate.

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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés, el predicador más leído de la historia (aparte de los escritores bíblicos); nacido en Kelvedon, Essex.

El tesoro de David

El Tesoro de David

El  tesoro de David

Charles Haddon Spurgeon

 

Comentar exhaustivamente los Salmos es comentar el mensaje completo de toda la Biblia. La colocación del Libro de los Salmos en la mitad exacta de la Biblia es estratégica, responde a un propósito concreto: Los Salmos son un resumen poético de todo el mensaje de la Escritura. Desde los hechos de la creación narrados en Génesis, pasando por la historia de Israel y los profetas, hasta la encarnación, vida y muerte expiatoria de Jesús el Mesías, su resurrección, ascensión a los cielos y segunda venida: todo ello está en los Salmos.

La singular virtud del Libro de los Salmos, como señalaba ya en el Siglo IV Atanasio de Alejandría, es que “al venir expresados poéticamente y con armoniosas melodías, estos acontecimientos dejan de ser algo distante. En los Salmos; el escritor y el lector, el cantor y el oyente, entran en un estado de compenetración a tal nivel que el oyente se apropia de cada una de las palabras como si fueran suyas y se identifica con cada acorde del canto como si saliera de su misma boca”, pues “los Salmos son un tesoro de naturaleza muy especial, que enriquece en gran manera a todos aquellos que profundizan en ellos”.

Charles Haddon Spurgeon, el príncipe de los predicadores, dedicó 20 años de su vida a profundizar en ese “Tesoro” y no sólo con sus propias exposiciones sino recopilando los mejores comentarios de otros grandes autores cristianos desde el Siglo II hasta su época. El resultado fue “El Tesoro de David”, una obra monumental de 7 gruesos volúmenes que ha sido altamente valorada por los pastores de habla inglesa hasta el día de hoy. El texto íntegro de estos 7 volúmenes, hábilmente traducido al español, enriquecido y actualizado con notas exegéticas y explicativas, opiniones de grandes comentaristas del Siglo XX, y referencias bíblicas.

En la amplia Introducción a la Versión Española hallarán información sobre las características técnicas de esta obra singular y acertados consejos sobre cómo utilizarla y sacar el mejor partido de la misma.

Charles Haddon Spurgeon nació en Kelvedon, (Essex, Reino Unido) el 19 de junio de 1834. Se convirtió al cristianismo a los 15 años y predicó su primer sermón a los pocos meses. Su ministerio de predicación tuvo un ascenso imparable hasta culminar en el “Metropolitan Tabernacle” y valerle el apodo de El príncipe de los predicadores. Desarrolló también un extenso ministerio como escritor, del cual, “El Tesoro de David” es su opus magna.

Eliseo Vila Vila nació en Terrassa, (Barcelona, España) el 3 de julio de 1944, fruto del matrimonio del pastor Samuel Vila Ventura con Lidia Vila Campderrós, fundadores de la Editorial CLIE. Cursó estudios de teología y economía y trabajó en CLIE donde pasó a ocupar el cargo de Presidente tras la muerte de su padre en 1992. Ha dictado conferencias y seminarios en numerosos países y escrito varios libros. Su dedicación es alcanzar a completar su versión española de la opus magna de Spurgeon.

2480 pp. Tapa dura

Ref. 1042 – 70,00€