Pensamientos de C.H. Spurgeon

“El adorno de buenas obras, el adorno con que esperamos entrar al cielo es la sangre y la justicia de Jesucristo; pero el adorno del cristiano aquí en la tierra es su santidad, su piedad, su perseverancia. Si algunos tuvieran un poquito más de piedad, no necesitarían ropa tan llamativa; si tuvieran un poquito más de santidad para motivarlos, no tendrían ninguna necesidad de estar siempre adornándose. Los mejores aretes que una mujer puede lucir son los aretes de escuchar la Palabra con atención. El mejor anillo que nos podemos poner en un dedo es el anillo que el padre le puso en el dedo al hijo pródigo cuando Dios lo trajo de regreso y el mejor vestido que podemos jamás usar es uno confeccionado por el Espíritu Santo, el vestido de una conducta consecuente. Pero es asombroso ver que mientras tantos se preocupan por adornar este pobre cuerpo, tienen muy pocos ornamentos para su alma, se olvidan de vestir su alma”. —C. H. Spurgeon

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892) fue un teólogo, predicador, misionero, erudito bíblico, escritor y pastor bautista reformado inglés, conocido porque, según la Internet Christian Library (ICLnet), a lo largo de su vida evangelizó alrededor de 10 millones de personas y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y es conocido como el «Príncipe de los Predicadores».

¿Cree Ud. que tiene acaso alguna Buena Obra? 2

Además, nada es una buena obra, a menos que se realice con una buena motivación y no hay motivación que se pueda llamar buena, a menos que sea para la gloria de Dios. El que realiza buenas obras con la intención de salvarse, no las hace por un buen motivo porque su motivación es egoísta. El que las hace también para ganarse la estima de sus semejantes y por el bien de la sociedad, tiene un motivo loable en cuanto al hombre se refiere, pero es, después de todo, una motivación inferior. ¿Qué fin persigue? Es para beneficio de sus iguales, entonces que ellos le recompensen porque eso no tiene nada que ver con Dios. Una obra no es buena, a menos que se haga para la gloria de Dios. Y nadie puede hacerla para esto hasta que Dios le haya enseñado lo que es su Gloria y uno se haya sometido a la voluntad divina de Dios, de modo que lo único a que uno aspira es al Altísimo y las obras que promuevan su gloria y honra en el mundo.

Incluso, amados, cuando nuestras obras son realizadas con las mejores motivaciones, nada es una buena obra, a menos que sea realizada con fe porque “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario
que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). Al igual que Caín, podemos levantar un altar y colocar sobre él los primeros frutos, pareciendo ser un sacrificio aceptable en sí; pero si carece de la sal de la fe, allí quedará. No será aceptado por Dios porque sin fe es imposible agradarle. Traigan un hombre, quien toda su vida ha invertido su salud y sus fuerzas en sus prójimos. Muéstrenme un servidor público que ha cumplido su deber a cabalidad; que ha trabajado día y noche, aun a expensas de su salud, porque creía que su patria esperaba que cada uno cumpliera su deber y él quiso hacerlo. Traigan a aquel otro hombre, déjenme ver sus obras de caridad, su gran benevolencia, su profusa generosidad. Cuéntennos que siempre ha trabajado para su país con perseverancia y luego, si no puede contestar esta pregunta: “¿Cree usted en el Hijo de Dios?”, tendremos
que decirle con toda sinceridad que no ha hecho ni una buena obra en toda su vida, en lo que a Dios se refiere.

Por otra parte, cuando tenemos fe en Dios y realizamos nuestras obras con las mejores motivaciones, aun así, no contamos ni siquiera con una sola buena obra, hasta que sea rociada con la sangre de Cristo. Cuando observamos todo lo que hemos hecho en nuestra vida, ¿podemos encontrar siquiera una cosa que nos atrevamos a llamar buena sin que la sangre de Cristo la haya cubierto? Admitamos que tiene algo de bueno —porque el Espíritu la puso en nuestra alma— pero también tiene mucho de malo. Aun nuestras mejores acciones están tan estropeadas, manchadas y arruinadas por los pecados e imperfecciones en ellas, que no nos atrevemos a llamarlas buenas hasta que Jesucristo las haya rociado con su sangre y les haya quitado las manchas. Oh, cuántas veces he cavilado: “¡He trabajado para predicar la Palabra de Dios! ¡No he dejado de hacerlo siempre delante de amigos o enemigos, y espero no haber dejado de declarar todo el consejo de Dios!”. Y aún así, amados, cuántos de esos sermones no han sido buenas obras en absoluto porque no tenía puestos mis ojos en honrar al Señor en ese momento, o porque no había fe implícita en ello. He predicado con desaliento, con el ánimo por los suelos o quizá con un propósito natural de ganar almas. Porque a menudo hemos temido, aun cuando nos regocijábamos de ver almas convertidas, que quizá lo hicimos con una motivación mala, como honrarnos a nosotros mismos para que el mundo dijera: “¡Miren cuántas almas lleva al Señor!”. Aun cuando la
Iglesia se reúne para hacer obras santas, ¿no han notado que se mete sigilosamente algo egoísta, como el deseo de exaltar a nuestra propia iglesia, glorificar a nuestros propios hermanos y darnos importancia?

Estoy seguro, amados, que si se detienen y rompen en pedazos sus buenas obras, encontrarán tantos puntos malos en ella que se tienen que deshacer del todo y empezar de nuevo. Hay tantas manchas morales en ellas, que necesitan ser lavadas en la sangre de Cristo para que vuelvan a servir para algo.

Y ahora, amados, ¿creen que acaso cuentan con alguna buena obra? “¡Oh!”, responden ustedes: “Me temo que no tengo muchas buenas obras o, mejor dicho, sé que no tengo ninguna. Pero gracias a su amor, el Dios que aceptó mi persona en Cristo, también acepta mis obras en Cristo. Y a Aquel que me bendijo en él para ser una vasija escogida, le ha agradado aceptar lo que él mismo puso en la vasija ‘para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:6).

Y ahora, usted el moralista5, que está convencido de que es justo, si lo que he dicho es cierto, ¿dónde está su santidad? Usted está diciendo: “Soy un hombre caritativo”. ¡Admitamos que lo es! Le digo que vaya y apele a sus prójimos y que sean ellos quienes le paguen por su caridad. Dice usted: “Ay, pero soy un hombre consecuente y de buena moral, soy un gran orgullo para el país. Si todo actuaran como yo ¡cómo se beneficiaría este mundo y esta generación!”. Por supuesto, ha servido a su generación. Entonces, mándele la factura a su generación. Le digo que ha trabajado en vano. Le advierto que ha echado semillas al viento y es muy posible que siegue torbellinos. Dios no le debe nada. No ha vivido usted para su honra. Tiene que confesar sinceramente que no ha realizado ni una acción con el deseo de agradarle. Ha trabajado para agradarse a usted mismo, esa ha sido la motivación más elevada que ha tenido… Y en cuanto a sus buenas obras, ¿dónde están? ¡Ah! Son producto de su imaginación y pura ficción, motivo de risa y una fantasía. ¿Buenas obras en los pecadores? No existen. Agustín bien
dijo: “Las buenas obras, como las llaman, en los pecadores no son más que pecados espléndidos”. Esto se aplica a las mejores obras del mejor de los hombres que no es de Cristo. No son más que pecados espléndidos, pecados barnizados. ¡Dios les perdone, queridos amigos, por sus buenas obras! Si no están en Cristo, tienen una necesidad muy grande de ser perdonados por sus buenas obras como por las malas porque considero que las dos son igualmente malas, si son pasadas por un cedazo.

De un sermón predicado en la mañana del domingo, 16 de marzo de 1856, en New Park Street Chapel, Southwark.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés influyente, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

¿Cree Ud. que tiene acaso alguna Buena Obra? 1

Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Seguramente, ninguno de ustedes terminará con un espíritu legalista esta mañana por lo que vamos a decir, porque después de nuestras repetidas exhortaciones de que eviten cualquier cosa que se parezca a confiar en sus propias obras —exhortaciones que, esperamos, tendrán la unción del Espíritu Santo— será muy difícil que nos malentiendan, al punto de suponer que cuando hablamos hoy sobre buenas obras, queremos que crean que éstas puedan promover su salvación eterna. Hace dos domingos nos esforzamos por hacerles entender la diferencia entre los dos pactos: El pacto de gracia y el pacto de obras. Les ruego que recuerden lo que dijimos en aquella oportunidad y, si por algún desliz dijéramos ahora algo que parece legalismo, por favor cotejen ambos mensajes y, si de alguna manera nos desviamos de la gran verdad de la justificación, rechacen nuestro testimonio…

Los hijos de Dios son un pueblo santo. Fue para este propósito que nacieron y fueron traídos al mundo: Para que fueran santos. Para esto fueron redimidos por sangre y hechos un pueblo adquirido. El propósito de su elección y la intención de todos sus propósitos no se cumplen hasta que se convierten en un pueblo celoso de buenas obras.

Primero, entonces, contestemos la pregunta: “¿Qué son buenas obras?”. Me atrevo a decir que ofenderemos a muchos cuando expliquemos qué son las buenas obras y podemos recorrer mucho camino antes de ver siquiera una buena obra. Usamos aquí la palabra buena en su sentido correcto. Hay muchas obras que son buenas entre un hombre y otro, pero aquí usaremos la palabra buena en un sentido más elevado, a saber, en relación con Dios. Pensamos que podremos mostrarles que hay muy pocas buenas obras, en general, y que no hay ninguna fuera del ámbito de la iglesia de Cristo. Creemos, si leemos las Escrituras correctamente, que ninguna obra puede ser buena, a menos que sea ordenada por Dios. ¡Esto pone en evidencia gran parte de lo que los hombres hacen a fin de obtener la salvación! El fariseo dijo que diezmaba la menta, el anís y el comino, pero ¿podía probar que Dios le había ordenado diezmar su menta, su anís y su comino? Quizá no. Dijo que ayunaba tantas veces por semana. ¿Podía probar que Dios le dijo que ayunara? Si no, su ayuno no era obediencia. Si hacemos algo que Dios no nos ordena hacer, no lo hacemos como un acto de obediencia. Vanas pues, son todas las pretensiones de los hombres que mortifican sus cuerpos, castigan su carne o hacen esto o aquello para obtener el favor de Dios. Ninguna obra es buena, a menos que Dios la haya ordenado. Uno puede edificar muchas casas para desamparados, pero si se construyen sin referencia al mandamiento divino, no se ha realizado ninguna buena obra.

Además, nada es una buena obra, a menos que se realice con una buena motivación y no hay motivación que se pueda llamar buena, a menos que sea para la gloria de Dios. El que realiza buenas obras con la intención de salvarse, no las hace por un buen motivo porque su motivación es egoísta. El que las hace también para ganarse la estima de sus semejantes y por el bien de la sociedad, tiene un motivo loable en cuanto al hombre se refiere, pero es, después de todo, una motivación inferior. ¿Qué fin persigue? Es para beneficio de sus iguales, entonces que ellos le recompensen porque eso no tiene nada que ver con Dios. Una obra no es buena, a menos que se haga para la gloria de Dios. Y nadie puede hacerla para esto hasta que Dios le haya enseñado lo que es su Gloria y uno se haya sometido a la voluntad divina de Dios, de modo que lo único a que uno aspira es al Altísimo y las obras que promuevan su gloria y honra en el mundo.

Incluso, amados, cuando nuestras obras son realizadas con las mejores motivaciones, nada es una buena obra, a menos que sea realizada con fe porque “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). Al igual que Caín, podemos levantar un altar y colocar sobre él los primeros frutos, pareciendo ser un sacrificio aceptable en sí; pero si carece de la sal de la fe, allí quedará. No será aceptado por Dios porque sin fe es imposible agradarle. Traigan un hombre, quien toda su vida ha invertido su salud y sus fuerzas en sus prójimos. Muéstrenme un servidor público que ha cumplido su deber a cabalidad; que ha trabajado día y noche, aun a expensas de su salud, porque creía que su patria esperaba que cada uno cumpliera su deber y él quiso hacerlo. Traigan a aquel otro hombre, déjenme ver sus obras de caridad, su gran benevolencia, su profusa generosidad. Cuéntennos que siempre ha trabajado para su país con perseverancia y luego, si no puede contestar esta pregunta: “¿Cree usted en el Hijo de Dios?”, tendremos que decirle con toda sinceridad que no ha hecho ni una buena obra en toda su vida, en lo que a Dios se refiere.

Continuará …

De un sermón predicado en la mañana del domingo, 16 de marzo de 1856, en New Park Street Chapel, Southwark.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés influyente, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

El motivo principal para el Arrepentimiento 2

Mira fijamente al que fue traspasado, y nota el sufrimiento que incluye la palabra “traspasado”. Nuestro Señor sufrió mucho y terriblemente. No puedo en un discurso cubrir la historia de sus sufrimientos; los sufrimientos de su vida de pobreza y persecución; los sufrimientos de Getsemaní y de su sudor de sangre; los sufrimientos de haber sido objeto
de deserción, negación y traición; los sufrimientos ante Pilato; los azotes, las escupidas y las burlas; los sufrimientos de la cruz con su deshonra y agonía… Nuestro Señor fue hecho maldición por nosotros. La pena del pecado, o lo que es equivalente, él soportó: “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “El castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).

¡Hermanos, los sufrimientos de Jesús debieran derretir nuestro corazón! Lloro esta mañana porque no lloro como debiera hacerlo. Me acuso a mí mismo de esa dureza del corazón que condeno porque puedo contarles esta
historia sin emocionarme. Los sufrimientos de mi Señor son inimaginables. ¡Pensemos y consideremos si alguna vez hubo dolor como su dolor! Aquí nos inclinamos para ver un abismo aterrador y mirar en sus profundidades sin fondo… Si consideramos tenazmente el que Jesús fuera traspasado por nuestros pecados y todo lo que esto significa, nuestro
corazón tendría que ceder. Tarde o temprano, la cruz sacará a luz todos los sentimientos de los cuales somos capaces y nos dará capacidad para más. Cuando el Espíritu Santo pone la cruz en el corazón, el corazón se disuelve de ternura… La dureza del corazón muere cuando vemos a Jesús morir tan trágicamente.

Hemos de notar también quiénes lo hirieron: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron”. En cada caso, los que están actuando son las mismas personas. Nosotros dimos muerte al Salvador, aun nosotros, los que miramos a él y vivimos… En el caso del Salvador, el pecado fue la causa de su muerte. Las transgresiones lo traspasaron. Pero, ¿las transgresiones de quién? No fueron las de él, porque él no conoció pecado, ni había malicia alguna en su boca. Pilato dijo: “Ningún delito hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Hermanos, el Mesías fue ajusticiado, pero no por su propia culpa. Fueron nuestros pecados los que mataron al Salvador. Él sufrió porque no había otra manera de vindicar la justicia de Dios y dejarnos escapar. La espada, que nos hubiera herido a nosotros, entró en acción contra el Pastor
del Señor, contra el Hombre que era el Compañero de Jehová (Zac. 13:7)… Si esto no nos destroza y derrite el corazón, pasemos entonces a notar por qué llegó al punto en que pudo ser traspasado por nuestros pecados. Fue amor, amor poderoso, ninguna cosa sino el amor lo que lo llevó a la cruz. Ningún otro cargo más que este puede jamás serle imputado: “Fue culpable de un exceso de amor”. Se puso a disposición para ser traspasado porque estaba decidido a salvarnos… ¿Podemos oír esto, pensar en esto, considerar esto y aún permanecer indiferentes? ¿Somos peores que
las bestias? ¿Hemos dejado toda humanidad que es humana? Si Dios el Espíritu Santo está obrando ahora, una mirada de Cristo indudablemente derretirá nuestro corazón de piedra…

Quiero decirles también, amados, que cuanto más se fijen en Jesús crucificado, más se afligirán por sus pecados. Cuanto más piensen en él más se enternecerán. Quiero que miren mucho al Traspasado, para que aborrezcan mucho al pecado. Los libros que tratan sobre la pasión de nuestro Señor y los himnos que cantan acerca de su cruz han sido muy atesorados por la mente de los santos debido a su influencia santa sobre el corazón y la conciencia. Vivan en el Calvario, amados, porque allí vivirán una vida cada vez más plena en él. Vivan en el Calvario, hasta que vivir y amarle sea una misma cosa. Les digo, miren al Traspasado hasta que su propio corazón haya sido traspasado. Un teólogo del pasado dijo: “Mira la cruz hasta que todo lo que está en la cruz esté en tu corazón”. Dijo además: “Mira a Jesús hasta que él te mire a ti”. Miren constantemente a su persona sufriente hasta que él parezca volver la cabeza y mirarlos a
ustedes, como lo hizo con Pedro cuando este salió y lloró amargamente. Miren a Jesús hasta que se vean así mismos: lloren por él hasta que lloren por sus propios pecados… Él sufrió en el lugar, reemplazo y sustitución de hombres pecadores. Este es el evangelio. Sea lo que sea que otros prediquen, “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23). Siempre llevaremos la cruz en la mente. La sustitución de Cristo por el pecador es la esencia del evangelio. No restamos importancia a la doctrina de la Segunda Venida; pero, primero y ante todo, predicamos al Traspasado: esto es lo que los llevará al arrepentimiento evangélico cuando el Espíritu de gracia se derrame.

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

5 LIBROS QUE CHARLES SPURGEON USÓ PARA FORTALECER LA FE DE SU ESPOSA

C.H. Spurgeon

Cuando Charles Spurgeon quería ayudar a Susannah con su crecimiento espiritual, involucrarla en el estudio de su sermón o pasar tiempo con ella en busca de estímulo mutuo, miró libros. Quizás también utilizará buenos libros para bendecir a otros y para su propia edificación. ¿Qué libros / autores eligió Spurgeon?

1.- EL PROGRESO DEL PEREGRINO (JUAN BUNYAN)

Este libro guió a Charles desde su infancia y lo leyó 100 veces antes de morir. Por mucho que a Spurgeon le encantara el Progreso del peregrino, él insinuó que valoraba aún más la Guerra Santa de Bunyan. El Progreso del peregrino fue su primer regalo para Susie.

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/clasicos/366-el-progreso-del-peregrino.html

2.- PIEDRAS LISAS TOMADAS DE ANTIGUOS ARROYOS (THOMAS BROOKS)

Aunque en 1855 los trabajos recopilados de Brooks aún no se habían publicado, varios de sus volúmenes estaban disponibles. Charles le pidió a Susie que revisara un volumen particular de Brooks y que extrajera algunas citas destacadas. El resultado fue un libro: Piedras lisas tomadas de antiguos arroyos.

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/clasicos/32-remedios-preciosos.html

3.- LA POESÍA DE GEORGE HERBERT

La poesía de George Herbert. Spurgeon le pidió a Susie que le leyera poesía de Herbert para su propio beneficio. Sin embargo, a Susie le parecieron útiles esos momentos y los disfrutó mucho. http://www.luminarium.org/sevenlit/herbert/herbbib.htm

4.- ESCRITOS PURITANOS Y REFORMADOS

Varios escritores puritanos y otros reformados: Thomas Watson, Richard Baxter, Thomas Brooks y Juan Calvino fueron algunos de los favoritos de Spurgeon. El sábado por la noche, hacia el final de la preparación del sermón de Charles, le pidió a Susie que le leyera varios comentarios. Ella veía esos tiempos como un buen entrenamiento para la esposa de un pastor.

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/40-clasicos

5. LOS SERMONES DE CHARLES SPURGEON

Los sermones de Charles Spurgeon. El primer regalo de bodas que Charles le dio a Susie fue el primer volumen de sus sermones. Spurgeon tiene una copia a fines de diciembre de 1855. Susie nunca se cansó de los libros que salieron de la mano de su amada.

REFLEXIÓN FINAL

Los libros fueron parte integral de la relación de Charles y Susannah desde el principio. Su primer regalo para ella fue El Progreso del Peregrino; su primer regalo para él fue un conjunto de comentarios de Calvino.

Después de la muerte de Charles, Susie dijo que sus 12.000 volúmenes eran su posesión más preciosa.

Charles y Susie leyeron libros, coleccionaron libros, regalaron libros, y ambos fueron autores prolíficos. Desde 1875 hasta su muerte en 1903, Susie regaló 200.000 libros a pastores pobres a través de su ministerio, ‘Mrs. Spurgeon’s Book Fund’.

¿Cómo puedes usar mejor los libros en tus relaciones con los demás?

– Ray Rhodes sirve como pastor fundador de Grace Community Church de Dawsonville, GA y como presidente de Nourished in the Word Ministries. Ha servido en cuatro congregaciones durante tres décadas de ministerio pastoral y durante quince años, ha dirigido Nutrido en la Palabra. Ray ha publicado varios libros y posee títulos teológicos del Seminario Teológico Bautista de Nueva Orleans (M.Div.) Y del Seminario Teológico Bautista del Sur (D.Min.). Está casado con Lori y están bendecidos con seis hijas y cuatro nietos. Ray ha sido un entusiasta de Spurgeon durante mucho tiempo, y su tesis doctoral se centró en el matrimonio y la espiritualidad de Charles y Susannah Spurgeon

 

Formación Bíblica de los Hijos en el Hogar

C.H. Spurgeon

“Criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Efesios 6:4b

El sauce crece con rapidez, y lo mismo sucede con los creyentes jóvenes. Si quiere ver hombres de nota en la iglesia de Dios, búsquelos entre los que se convirtieron en su juventud… nuestros Samuel y Timoteo surgen de los que conocen las Escrituras desde su juventud. ¡Oh Señor! Envíanos muchos así cuyo crecimiento y desarrollo nos sorprenda tanto como lo hace el crecimiento de los sauces junto a los ríos.

A menos que nos mantengamos en guardia cuidando a los niños, podría suceder que no quedaría nadie para llevar el estandarte del Señor cuando nuestro cuerpo vuelva al polvo. En cuestiones de doctrina, encontramos con frecuencia que congregaciones ortodoxas cambian a una heterodoxia en el curso de treinta o cuarenta años, y esto se debe con demasiada frecuencia a que no ha existido un adoctrinamiento bíblico de los niños que incluya las doctrinas esenciales del evangelio.—Charles Spurgeon

La sangre del rociamiento y los niños 3

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Además, la sangre rociada no sólo era muy sobresaliente, sino que era muy preciada por el pueblo mismo debido al hecho de que confiaban en ella de la manera más implícita. Después de que los postes de la puerta habían sido marcados, las familias entraron a sus casas, cerraron la puerta y no la volvieron a abrir hasta la mañana. Adentro, se ocuparon de asar el cordero, preparar las hierbas amargas, ceñir sus lomos, aprontarse para la marcha, etc. Pero hicieron todo esto sin temor al peligro, aunque sabían que el
destructor andaba suelto. El mandato de Dios fue: “Ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana”. ¿Qué estaría sucediendo en la calle? No debían salir a ver. La medianoche había llegado. ¿Acaso no lo oyeron? ¡Escuchen ese grito terrible! ¡Otra vez un chillido desgarrador! ¿Qué es? La madre ansiosa pregunta: “¿Qué será?” “Y había un gran clamor en Egipto”. Los israelitas no debían hacer caso a ese clamor ni quebrantar la orden divina que los encerró por un momentito, hasta que hubiera pasado la tormenta. Quizá las personas que dudaron durante esa noche terrible habrán dicho: “Está sucediendo algo terrible. ¡Escuchen esos gritos! Escuchen el pisoteo de la gente en las calles, en su apresurado ir y venir! Quizá esto sea una conspiración para matarnos en la oscuridad de la noche”. “Ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana” fue suficiente para todos los que realmente creían. Estaban a salvo y lo sabían y, entonces, como los polluelos bajo las alas de la gallina, descansaron a salvo de todo mal. Amados, hagamos lo mismo. Honremos la sangre preciosa de Cristo, no sólo hablando valientemente de ella a los demás, sino confiando tranquila y felizmente en ella. Descansemos totalmente seguros. ¿Cree usted que Jesús murió por usted? Entonces, esté en paz.

Notemos a continuación, que el derramamiento de sangre pascual debía mantenerse como un recordatorio eterno. “Y guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre”. Mientras Israel siguiera siendo un pueblo, debían observar la pascua; mientras hay un cristiano sobre la tierra, la muerte sacrificial del Señor Jesús debe ser recordada. Ni el correr de los años ni el progreso de su pensamiento podía quitarle a Israel el recuerdo del sacrificio pascual. Era verdaderamente una noche para recordar aquella en que el Señor librara a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Fue una liberación tan maravillosa, incluyendo las plagas que la precedieron y el milagro en el Mar Rojo que la siguió, que ningún evento puede excederlo en interés y gloria. Amados, debemos declarar y dar testimonio de la muerte de nuestro Señor Jesucristo hasta que él venga. Nunca se podrá descubrir una verdad que le dé sombra a su muerte sacrificial. Ocurra lo que ocurra, aunque venga en las nubes del cielo, nuestro canto será eternamente: “Al que nos amó y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre”. En medio del esplendor de su reinado sin fin será “el Cordero que está en medio del trono”. Cristo como el sacrificio por el pecado será siempre el tema de nuestros aleluyas: “Fuiste herido”. En cuanto a nosotros, escuchamos que el Señor nos dice: “Y guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre” y así lo haremos. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” es nuestro orgullo y gloria. Dejemos que otros vayan por donde quieran, nosotros permaneceremos en quien cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo en la cruz.

Noten ahora, queridos amigos, que cuando el pueblo entró en la tierra donde no había entrado jamás ningún egipcio, siguieron recordando la pascua. “Y será, cuando habréis entrado en la tierra que Jehová os dará, como tiene hablado, que guardaréis este rito”. En la tierra que fluía leche y miel se seguiría recordando la sangre rociada. Nuestro Señor Jesús, no es sólo para el primer día en que nos arrepentimos, sino para todos los días de nuestra vida. Lo recordamos tanto en medio de nuestros más grandes gozos espirituales como en nuestras más profundas tristezas. El cordero pascual es para Canaán, tanto como para Egipto y el sacrificio por el pecado es para nuestra seguridad total, tanto como para nuestra temblorosa esperanza. Usted y yo nunca lograremos un estado de gracia tal que podamos prescindir de la sangre que limpia el pecado.

Además, hermanos, quiero que noten bien que este rociamiento de la sangre debía ser un recuerdo que saturaba todo. Reflexione en este pensamiento: Los hijos de Israel no podían salir ni entrar a sus casas sin el recuerdo de la sangre rociada. Estaba sobre sus cabezas; debían pasar por debajo de ella. Estaba a la derecha y a la izquierda; estaban rodeados de ella. Casi podían decir también: “¿Adónde nos esconderemos de tu presencia?”. Ya sea que miraran sus propias puertas o las de sus vecinos, allí estaban las tres rayas. Y esto no era todo; cuando dos israelitas se casaban y se ponía el fundamento de la familia, había otro recordatorio. El joven esposo y su esposa tenían el gozo de contemplar a su primogénito y, entonces, recordaban lo que el Señor había dicho: “Santifícame todo primogénito”. Como Israelita, le explicaba esto a su hijo y decía: “Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir en la tierra de Egipto a todo primogénito, desde el primogénito humano hasta el primogénito de la bestia; y por esta causa yo sacrifico para Jehová todo primogénito macho, y redimo al primogénito de mis hijo”. El inicio de cada familia que conformaba la nación israelita era, de esta manera, un recordatorio especial del rociamiento de la sangre.

Hermanos, debemos ver todo en este mundo a la luz de la redención y, entonces, veremos correctamente. Es un cambio maravilloso, ya sea que usted considere la providencia desde el punto de vista de los méritos humanos o desde el pie de la cruz. Todas las cosas se ven como realmente son cuando se miran a través del cristal, el cristal carmesí del sacrificio expiatorio. Use este telescopio de la cruz y verá lejos y claramente; mire a los pecadores a través de la cruz; mire a los santos a través de la cruz; mire el pecado a través de la cruz; mire las alegrías y las tristezas a través de la cruz; mire el cielo y el infierno a través de la cruz. Vea qué sobresaliente debía ser la sangre de la pascua y luego aprenda de todo esto a dar importancia al sacrificio de Jesús, sí, a darle la máxima importancia porque Cristo es todo.

Amados, ahora ven cómo se hizo todo lo posible por colocar la sangre del cordero pascual en una posición de primera prioridad para el pueblo a quien el Señor sacó de Egipto. Ustedes y yo debemos hacer todo lo que se nos ocurra para dar a conocer y mantener siempre ante la vista de los hombres la doctrina preciosa del sacrificio expiatorio de Cristo. Él fue hecho pecado por nosotros aunque no conoció pecado, a fin de que fuéramos hechos la justicia de Dios en él.

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.