El legado espiritual de Juan Calvino 7

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Calvino y la “teocracia” ginebrina

Ginebra bajo Calvino ha sido definida como teocracia, clerocracia también como bibliocracia. En esta concepción “teocrática” muchos son los estudiosos del Reformador que han llegado a la conclusión de que los fundamentos del gobierno eclesial, político y social desarrollados e implantados por Calvino en Ginebra fueron de carácter más vetotestamentario que neotestamentario. Estas afirmaciones no pueden tomarse a la ligera y, una vez más, merecen un juicio equilibrado a la luz de la enseñanza bíblica.

Las Escrituras describen la historia de la redención como un proceso de progresión creciente, que se inicia con la promesa de salvación dada a Adán y Eva, y que en el curso del tiempo, a través de la ley y los profetas, se amplía y enriquece en sus contenidos, hasta que en la “plenitud de los tiempos”, con la venida del Mesías, adquieren pleno cumplimiento. El Nuevo Testamento marca la pleroma de las crecientes y renovadas promesas de salvación del Antiguo Testamento. Evidentemente, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son Palabra de Dios, pero la luz de revelación soteriológica no es la misma en los dos Testamentos: de menos luz se pasa a más luz, hasta que en el Verbo encarnado la luz de la antigua dispensación se hace plena LUZ. “Dios es luz”, y los que han visto y ven al Hijo de Dios ven la luz del Padre. Y esto es así con todos los contenidos de la Escritura: encierran un mensaje revelacional que va constantemente a más en conformidad con los planes soberanos del Dios de la salvación y de la historia. Po-siblemente Calvino tuvo una idea demasiado horizontal del tiempo bíblico y situó los contenidos de ambos Testamentos a un mismo nivel de actualidad revelacional y de contenido. Esto podría explicar algunas de sus apelaciones al Antiguo Testamento como base argumentativa de sus concepciones más o menos teocráticas. ¿Pasaron estas apelaciones por el filtro de la pleroma del Nuevo Testamento?

Calvino rechazó la idea anabaptista de que toda la estructura eclesial concernía únicamente al ámbito de los creyentes, e hizo suya la distinción zuingliana de una Iglesia invisible en el seno de una Iglesia visible —la ecclesiola en ecclesia de Lutero—. En su aspecto visible la Iglesia es la comunidad de los que profesan la verdadera fe —con sus hijos—, predica fielmente la Palabra de Dios, administra correctamente los sacramentos y ejerce la disciplina sobre sus miembros. En su aspecto invisible la Iglesia es el cuerpo de los elegidos, la comunidad de los creyentes de todos los tiempos: la Iglesia católica, la Iglesia universal. Esta universalidad tiene también una manifestación visible. [Ni Calvino, ni los los reformados posteriores, han logrado clarificar suficientemente y convincentemente la idea de universalidad en la Iglesia visible]. Cristo es la cabeza de la Iglesia y la fuente de toda su autoridad. Cristo, a través de aquellos que han sido llamados a los diferentes ministerios eclesiales, ejerce su autoridad en la Iglesia. La elección de pastores, ancianos y diáconos por parte de la congregación “viene a ser la confirmación externa de la autoridad y llamamiento interno que estos han recibido de Cristo, el Señor de la Iglesia” —afirma Calvino—. El poder de la iglesia local reside en el cuerpo gobernante de la congregación local. La autoridad de la Iglesia es espiritual y concierne únicamente a los creyentes. A los presbíteros incumbe la implantación del buen orden y la disciplina en la Iglesia. Calvino hacía de la disciplina una de las señales de la verdadera Iglesia, y a través de ella confiaba instaurar el más alto grado de santidad y pureza moral en su seno.

En la aplicación de estos principios eclesiológicos, Calvino no fue consecuente. Y ello se debió, en parte, a que nunca pudo desprenderse de todo un lastre de prejuicios religiosos medievales, y que él pretendió de algún modo justificar recurriendo a cuestiona-bles paralelos con la teocracia vetotestamentaria. En contra de sus propias afirmaciones, Calvino fue incapaz de delimitar con precisión las diferencias de competencia entre lo estatal y lo eclesial. En la práctica, su idea de “iglesia visible” terminaría englobando en su seno a la esfera civil, e identificaría el ámbito eclesial con los límites geográficos de un territorio. Y es por esta identificación territorial por lo que en la Ginebra calvinista no había lugar para los disidentes religiosos: si pasado un tiempo razonable los extranjeros venidos a la ciudad no llegaban a identificarse con su credo doctrinal, obligatoriamente debían abandonar el cantón. Por otro lado, ¿era justo someter a los no creyentes de la Iglesia visible al régimen normativo y disciplinario de la autoridad eclesial?
Para Calvino, tanto la Iglesia como el Estado habían de supeditarse y regirse por la Palabra de Dios. Obviamente esto otorgaba a los pastores y teólogos un rango de autoridad superior al de los poderes civiles. Como intérpretes de la Revelación bíblica, los ministros del Evangelio podían determinar las pautas a seguir en todas las cuestiones de ámbito religioso, social y político. Y en tanto que Calvino era el gran expositor de las Escrituras, a todos los niveles sus consejos y dictámenes pesaban y eran tenidos en cuenta. Esto explica también el hecho de que el Reformador nunca pretendiera cargo político alguno, ni se diera prisa en obtener la ciudadanía ginebrina: en última instancia todo los resortes importantes de poder estaban en sus manos; e incluso en asuntos de índole muy secunda-ria, su juicio y opinión eran tenidos muy en cuenta. Al primer den-tista que se personó en Ginebra con ánimo de ejercer su profesión, no se le concedió la debida licencia hasta después de haber probado satisfactoriamente sus habilidades en la boca de Calvino.

En el ámbito de la disciplina eclesiástica, Calvino creía ver un ejemplo claro de interdependencia entre lo civil y lo eclesial. Esta creencia se basaba, una vez más, en la suposición de que todos los ciudadanos eran a la vez miembros de la Iglesia visible y, en con-secuencia, estaban sujetos también a su disciplina. Por otro lado, y en tanto que la autoridad del gobierno civil regía en el ámbito de las dos tablas de la Ley mosaica, entre sus obligaciones primaba la de “mantener el culto a Dios, preservar la verdadera doctrina y defender la constitución de la Iglesia”. Bajo este régimen autoritario, la vida de los habitantes de Ginebra transcurría dentro de unas reglas de estricta disciplina civil, moral y religiosa. La pena de muerte era preceptiva en casos de herejía, brujería y adulterio. Se castigaba con penas diversas las diversiones mundanas, la blasfemia, la lectura de libros “inmorales”, etc. Durante la semana, las actividades seculares se realizaban en estricta alternancia con las religiosas: estudio de las Escrituras, canto de los Salmos etc. La inasistencia a los servicios religiosos era sanciona-da, y con la finalidad de descubrir a los infractores inasistentes, se autorizaba a “oficiales espías” la entrada en las casas de los ciudadanos.

El juicio y muerte de Miguel Servet se enmarca en este contexto general de intolerancia que se vivía en Ginebra. En la condena y quema de herejes, la mente de muchos protestantes del siglo XVI permaneció ciegamente anclada en el catolicismo. De entre todas las formas de persecución, la más censurable y condenable es la religiosa, pues se practica en nombre de Dios y se opone radicalmente al espíritu del cristianismo y a las normas más esenciales de Humanidad. Y en esto las iglesias de la Reforma mostraron una tortuosa senda de actuación. Lutero —que en Worms revindicó los derechos inalienables de la conciencia, y en sus primeros escritos se nos muestra como campeón de la tolerancia— más tarde sucumbiría también a las viejas prácticas intransigentes del catolicismo.

La condena de Servet constituye la página negra de la biografía de Calvino. Calvino fue gran-de, sumamente grande en sus virtudes y talentos, pero en su talante religioso fue duro y radicalmente intolerante. Conoció personalmente a Servet en 1534, en París, y pronto se percató de que por su agudeza mental y radicalidad de ideas, el aragonés iba a ser un formidable enemigo de la teología reformada: como realmente así fue. Siete años antes de la muerte de Servet, en una carta a G. Farel, Calvino declaraba que de venir el aragonés a Ginebra haría uso de toda su autoridad para que no saliera de allí vivo ( […] Nam si venerit, modo valeat mea auctorita.s, vivum exire nunquam patiar). Para Calvino la persona y los escritos de Servet encarnaban la herejía en su grado más abyecto, y no cejó en su celo persecutorio del aragonés hasta verle en la hoguera ginebrina. (No se olvide, por otro lado, que Servet llegó a Ginebra huyendo de la condena a la hoguera que le había impuesto la Iglesia católica). Al reprobar y condenar a Calvino por la muerte de Servet, de hecho condenamos a toda una época. Los líderes religiosos de aquel tiempo —tanto católicos como protestantes— fueron radicalmente intolerantes con la herejía. Incluso para el suave y gentil Melanchton, la muerte de Servet constituyó “un piadoso y memorable ejemplo para toda la Humanidad”. A juicio de Beza la libertad religiosa era “un dogma diabólico”. Después de la muerte de Servet, y con el propósito de contra-rrestar las duras críticas recibidas por parte de unos pocos teólogos y humanistas del tiempo, Calvino escribió la Declaratio orthodoxae fidei de Sacra Trinitate. A nuestro jui-cio, esta réplica carece de la solidez argumentativa y base bíblica de todas sus otras producciones. Es uno de los escritos “argumentativos” más débiles que fluyeron de su pluma.
En mayor o menor grado, los líderes de la Reforma traicionaron los principios neotestamentarios de libertad religiosa y libertad de conciencia; y de perseguidos pasa-ron a perseguidores. En contra de esta negación de libertades, los protestantes españoles —también calvinistas— fueron unos adelantados de la Reforma. Casiodoro de Reina, Antonio del Corro, y Cipriano de Valera, condenaron siempre la intolerancia religiosa y la imposición de la pena capital a los herejes. Cuando Servet fue condenado y quemado en la hoguera, Casiodoro de Reina —el traductor de la Biblia al castellano (1569)— mos-tró total repulsa con la sentencia. Según el testimonio histórico, siempre que caminaba cerca del lugar en que fue quemado Servet, “las lágrimas fluían de sus ojos”. Antonio del Corro, Casiodoro de Reina y otros reformadores españoles que llegaron a Ginebra —huidos de la Inquisición española—, residieron durante muy poco tiempo en la ciudad de Calvino. No puede alegarse como justificante de la intolerancia protestante la repetida “excusa” de que en este tema Calvino, y los demás reforma-dores, fueron “hijos de su tiempo”. Más correcto sería decir que sucumbieron al tiempo; y sucumbieron con el agravante de haber pecado contra la luz del Nuevo Testamento que ellos mismos habían vislumbrado. Evidentemente, no todos los logros de la Reforma fueron in-mediatos y de fácil consecución. Fueron los calvinistas de segunda generación quienes, haciendo causa común con los bautistas y demás stepchildren de la Reforma, lograron desarrollar en las naciones protestantes los gérmenes democráticos de libertad y tolerancia implícitos en el calvinismo.

 

Continuará …

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