Obligaciones principales de los padres 4

Blog132D

Padres, si aman a sus hijos, hagan todo lo que está en su poder para instruirlos de modo que hagan un hábito de la oración. Muéstreles cómo comenzar. Indíqueles qué decir. Anímelos a perseverar. Recuérdeles que lo hagan si la descuidan. Al menos, que no sea culpa suya el que nunca oren al Señor.

Éste, recuerde, es el primer paso espiritual que puede tomar el niño. Mucho antes de que pueda leer, puede enseñarle a arrodillarse junto a su madre y decir las palabras sencillas de oración y alabanza que ella le sugiere. Y como, en cualquier empresa, los primeros pasos son siempre los más importantes, también lo son en el modo como sus hijos oran sus oraciones—un punto que merece su máxima atención. Pocos son los que parecen saber cuánto depende de esto. Necesita usted que tener cuidado: no sea que se acostumbren a decirlas de un modo apurado, descuidado e irreverente. Tenga cuidado… de confiar demasiado en que sus hijos lo harán cuando les deja que lo hagan por sí mismos. No puedo elogiar a aquella madre que nunca cuida ella misma la parte más importante de la vida diaria de su hijo. Sin duda alguna, si existe un hábito que su propia mano y sus ojos deben ayudar a formar, es el hábito de la oración. Créame, si nunca escucha orar a sus hijos, usted es quien tiene la culpa.

La oración es, entre todos los hábitos, el que recordamos por más tiempo. Muchos que ya peinan canas podrían contarle cómo su mamá los hacía orar cuando eran niños. Quizá han olvidado otras cosas. La iglesia donde eran llevados al culto, el pastor que oían predicar, los compañeros que jugaban con ellos—todo esto probablemente se ha borrado de su memoria sin dejar una marca. Pero encontrará con frecuencia que es muy diferente cuando de sus primeras oraciones se trata. Con frecuencia le podrá decir dónde se arrodillaban, qué les enseñaba a decir, y aun describir el aspecto de su madre en esas ocasiones. Lo recordarán como si hubiera sido ayer. Lector, si usted ama a sus hijos, le insto a que no deje pasar el tiempo de siembra sin mejorar el hábito de orar, instrúyalos en el hábito de orar.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

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Obligaciones principales de los padres 3

Blog132C

Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos.

Hábleles del pecado —su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación— la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento.

Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando. En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas.

Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Deles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

Entrénelos en el hábito de orar. La oración es el aliento mismo de vida de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias que el hombre ha nacido de nuevo. Dijo el Señor acerca de Saulo el día que le envió a Ananías, “He aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.

La oración era la marca que distinguía al pueblo del Señor el día que comenzó una separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gén. 4:26).

La oración es ahora la característica de todos los verdaderos cristianos. Oran, porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores y lo que dicen es sincero. El cristiano nominal puede recitar oraciones, y oraciones buenas, pero nada más.

La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es estéril y nuestra labor en vano mientras no caigamos de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza.

La oración es un gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando hay mucha comunión privada con Dios, el alma crece como el pasto después de la lluvia. Cuando hay poco, estará detenida, apenas podrá mantener su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano triunfante, y estoy seguro de que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Le pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús, por lo que siempre sabe cómo actuar.

La oración es el motor más poderoso que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad y el remedio más seguro para todo problema. Es la llave que abre el tesoro de promesas y la mano que genera gracia y ayuda en el tiempo de la adversidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena que hagamos sonar en todos nuestros momentos de necesidad, y es el clamor que ha prometido escuchar siempre, tal como una madre cariñosa responde a la voz de su hijo.

La oración es el modo más sencillo que el hombre puede usar para acudir a Dios. Está dentro del alcance de todos —de los enfermos, los ancianos, los débiles, los paralíticos, los ciegos, los pobres, los iletrados—todos pueden orar. De nada le sirve a usted excusarse porque no tiene memoria, porque no tiene educación, porque no tiene libros o porque no tiene erudición en este sentido. Mientras tenga usted una lengua para explicar el estado de su alma, puede y debe orar. Esas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2) será la temible condenación para muchos en el Día del Juicio.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Obligaciones principales de los padres 2

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Instruya con el siguiente pensamiento continuamente en mente: que el alma de su hijo es lo primero que debe considerar. Preciosos, sin duda, son los pequeños a sus ojos, pero si los ama, piense con frecuencia en el alma de ellos. No debe sentir la responsabilidad de otros intereses tanto como la de los intereses eternos de ellos. Ninguna parte de ellos debiera ser tan querida por usted como esa parte que nunca morirá. El mundo con toda su gloria pasará, los montes se derretirán, los cielos se envolverán como un rollo, el sol dejará de brillar. Pero el espíritu que mora en esas pequeñas criaturas, a quienes tanto ama, sobrevivirá todo eso, y en los momentos felices al igual que los de sufrimiento (hablando como un hombre) dependerán de usted.

Este es el pensamiento que debe ser el principal en su mente en todo lo que hace por sus hijos. En cada paso que toma en relación con ellos, en cada plan y proyecto y arreglo que los afecta, no deje de considerar esa poderosa pregunta: “¿Cómo afectará su alma?”

El amor al alma es el alma de todo amor. Mimar, consentir y malcriar a su hijo, como si este mundo fuera lo único que tiene y esta vida la única oportunidad de ser feliz—hacer esto no es verdadero amor, sino crueldad. Es tratarlo como una bestia del campo que no tiene más que un mundo que tener en cuenta, y nada después de la muerte. Es esconder de él esa gran verdad que debe ser obligado a aprender desde su misma infancia: el fin principal de su vida es la salvación de su alma.

El cristiano verdadero no debe ser esclavo de las costumbres si quiere instruir a sus hijos para el cielo. No debe contentarse con hacer las cosas meramente porque son la costumbre del mundo; ni enseñarles e instruirles en cierta forma, meramente porque es la práctica; ni dejarles leer libros de contenido cuestionable, meramente porque todos los leen; ni dejarles formar hábitos con tendencias dudosas, meramente porque son los hábitos de la época. Debe instruir a sus hijos con su vista en el alma de ellos. No debe avergonzarse de saber que su instrucción es llamada singular y extraña. ¿Y qué si lo es?
El tiempo es breve—las costumbres de este mundo pasarán. El padre que ha instruido a sus hijos para el cielo en lugar de la tierra—para Dios, en lugar del hombre—es el que al final será llamado sabio.

Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.

Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.

Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo, porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean secundarios.

No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo, sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una bendición especial a todos los que engrandecen su palabra entre los hombres.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Obligaciones principales de los padres

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Me imagino que la mayoría de los cristianos que profesan su fe conocen el texto recién citado. Su sonido seguramente es familiar a sus oídos, como lo es una vieja tonada. Es probable que lo ha oído, lo ha leído, ha hablado de él y lo ha citado muchas veces. ¿Acaso no es así? Pero, aun con todo eso, ¡cuán poco se tiene en cuenta la sustancia de este texto! Pareciera que mayormente se desconoce la doctrina que contiene; pareciera que muy pocas veces se pone en práctica el compromiso que nos presenta. Lector, ¿no es cierto que digo la verdad?

No se puede decir que el tema es nuevo. El mundo es viejo, y contamos con la experiencia de casi seis mil años para ayudarnos. Vivimos en una época cuando hay una gran dedicación a la educación en todas las áreas. Oímos que por todas partes surgen nuevas escuelas. Nos cuentan de sistemas nuevos y libros nuevos de todo tipo para niños y jóvenes. Aun con todo esto, la gran mayoría de los niños no recibe instrucción sobre el camino que debe tomar, porque cuando llegan a su madurez, no caminan con Dios.

Ahora bien, ¿por qué están así las cosas? La pura verdad es que el mandato del Señor en nuestro texto no es tenido en cuenta. Por lo tanto, la promesa del Señor que el mismo contiene no se cumple.

Lector, esta situación debiera generar un profundo análisis del corazón. Reciba pues, una palabra de exhortación de un pastor acerca de la educación correcta de los niños. Créame, el tema es tal que debiera conmover a cada conciencia y hacer que cada uno se pregunte: “En esta cuestión, ¿estoy haciendo todo lo que puedo?”

Es un tema que concierne a casi todos. Pocos son los hogares a los cuales no se aplica. Padres de familia, niñeras, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas —todos están involucrados.

No todos los comentaristas, pastores y teólogos cristianos interpretan que esta es una promesa de que todos los hijos de creyentes serán salvos infaliblemente. Son pocos, creo yo, los que no influyan sobre algún padre en el manejo de su familia o afecte la educación de algún hijo por sus sugerencias o consejos. Sospecho que todos podemos hacer algo en este sentido, ya sea directa o indirectamente, y quiero mover a todos a recordarlo…

Primero, entonces, si va a instruir correctamente a sus hijos, instrúyalos en el camino que deben andar, y no en el camino que a ellos les gustaría andar. Recuerde que los niños nacen con una predisposición decidida hacia el mal. Por lo tanto, si los deja usted escoger por sí mismos, es seguro que escogerán mal.

La madre no puede saber lo que su tierno infante será cuando sea adulto—alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio. Puede o no ser uno de estos—todo es incierto. Pero una cosa puede la madre decir con certidumbre: tendrá un corazón corrupto. Es natural para nosotros hacer lo malo. Dice Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Prov. 22:15). “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Nuestro corazón es como la tierra en que caminamos: dejada a su suerte, es seguro que producirá malezas.

Entonces, para tratar con sabiduría a su hijo, no debe dejar que se guíe según su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil y ciego. Por favor no lo entregue a sus propios gustos e inclinaciones erradas. No son sus gustos y deseos lo que tiene que consultar. El niño no sabe todavía lo que es bueno para su mente y su alma del mismo modo como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que va a comer, lo que va a tomar y la ropa que va a vestir. Sea consecuente, y trate su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y bueno y no en el camino que se le ocurra.

Si no se decide usted en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo. La obstinación es lo primero que aparece en la mente del niño. Resistirla debe ser el primer paso que usted dé.

Instruya a su hijo con toda su ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que debe consentirlo, lo que sí quiero decir es que debe hacer que vea que usted lo ama. El amor debe ser el hilo de plata de toda su conducta. La bondad, dulzura, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión, una disposición de identificarse con los problemas del niño, la disposición de participar en las alegrías infantiles—estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con mayor facilidad—estas son las pistas que usted debe seguir para encontrar su camino hacia el corazón de él…

Ahora bien, la mente de los niños ha sido fundida en el mismo molde que la nuestra. La dureza y severidad de nuestro comportamiento los dejará fríos y los apartará de usted. Esto cierra el corazón de ellos, y se cansará usted de tratar de encontrar la puerta de su corazón. Pero hágales ver que usted siente cariño por ellos—que realmente quiere hacerlos felices y hacerles bien—que si los castiga, es para el propio beneficio de ellos, y que, como el pelícano, daría usted la sangre de su corazón para alimentar el alma de ellos. Deje que vean eso, digo yo, y pronto serán todo suyos. Pero tienen que ser atraídos con bondad si es que va a lograr que le presten atención… El cariño es un gran secreto de la instrucción exitosa. La ira y la dureza pueden dar miedo, pero no persuadirán al niño de que usted tiene razón. Si nota con frecuencia que usted pierde la paciencia, pronto dejará de respetarlo. Un padre que le habla a su hijo como lo hizo Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30) no puede pretender que conservará su influencia sobre la mente de ese hijo.

Esfuércese mucho por conservar el cariño de su hijo. Es peligroso hacer que le tema. Casi cualquier cosa es mejor que el silencio y la coacción entre su hijo y usted, y esto aparecerá con el temor. El temor da fin a la posibilidad de que su hijo sienta la confianza de poder hablar con usted. El temor lleva a la ocultación y el fingimiento—el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y produce muchas mentiras. Hay mucha verdad en las palabras del Apóstol en Colosenses: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21). No desatienda este consejo.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Disciplina y amonestación 2

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Es muy interesante observar, en la larga historia de la iglesia cristiana, cómo este asunto en particular siempre reaparece y recibe gran prominencia en cada periodo de avivamiento y despertar espiritual. Los reformadores protestantes se preocuparon por la cuestión, y le dieron mucha importancia a la instrucción de los niños en cuestiones morales y espirituales. Los puritanos le dieron aún más importancia, y los líderes del avivamiento evangélico de hace doscientos años hicieron lo mismo. Se han escrito libros sobre este asunto y se han predicado muchos sermones sobre él.

Esto sucede, por supuesto, porque cuando alguien acepta a Cristo como su Salvador, afecta la totalidad de su vida. No es meramente algo individual y personal; afecta la relación matrimonial y, por lo tanto, hay muchos menos divorcios entre cristianos que entre no cristianos. También afecta la vida de la familia, afecta a los hijos, afecta el hogar, afecta cada aspecto de la vida humana. Una de las épocas más grandes en la historia de esta nación, y de otras naciones, siempre han sido los años inmediatamente después de un avivamiento cristiano, un avivamiento de la verdadera religión. El tono moral de toda la sociedad se ha elevado, aun los que no han aceptado a Cristo han recibido su influencia y han sido afectados por él.

En otras palabras, no hay esperanza de hacer frente a los problemas morales de la sociedad, excepto en términos del evangelio de Cristo. El bien nunca se establecerá aparte de la santidad; cuando las personas son consagradas, proceden a aplicar sus principios en todos los aspectos, y la rectitud y justicia se notan en la nación en general. Pero, desafortunadamente, tenemos que enfrentar el hecho de que por alguna razón este aspecto de la cuestión ha sido tristemente descuidado en este siglo… Por una razón u otra, la familia no tiene el mismo peso que antes. No es el centro ni la unidad que antes era. Toda la idea de la vida familiar ha declinado, y esto en parte es cierto también en los círculos cristianos. La importancia central de la familia que encontramos en la Biblia y en todos los grandes periodos a los cuales nos hemos referido parece haber desaparecido. Ya no se le da la atención y prominencia que otrora recibió. Todo esto hace que sea mucho más importante que descubramos los principios que deberían  gobernarnos en este sentido.

Primero y principal, criar a los hijos “en disciplina y amonestación del Señor” es algo que deben hacer los padres, y hacerlo en el hogar. Este es el énfasis a lo largo de la Biblia. No es algo a ser entregado a la escuela, por más buena que sea. Es la obligación de los padres su principal y más esencial obligación. Es responsabilidad de ellos, y no
deslindarse de ella pasándosela a otros. Enfatizo esto porque todos sabemos muy bien lo que ha estado sucediendo en los últimos años. Más y más, los padres están transfiriendo sus responsabilidades y obligaciones a las escuelas.

Considero que este asunto es muy serio. No hay influencia más importante en la vida de un niño que la influencia de su hogar. El hogar es la unidad fundamental de la sociedad, y los niños nacen en un hogar, en una familia. Allí está el círculo que es la influencia principal en sus vidas. No hay duda de eso. Es lo que toda la Biblia enseña. En todas las civilizaciones, las ideas concernientes al hogar son las que siempre comienzan a causar el deterioro de su sociedad que al final se desintegra…

En el Antiguo Testamento es muy claro que el padre es una especie de sacerdote en su hogar y su familia: representaba a Dios. Era responsable no sólo por la moralidad y el comportamiento sino también por la instrucción de sus hijos. Toda la Biblia enfatiza que ésta es la obligación y tarea principal de los padres. Sigue siendo así hasta estos días. Si somos cristianos, tenemos que ser conscientes de que este gran énfasis se basa en las unidades fundamentales ordenadas por Dios: matrimonio, familia y hogar. No podemos tratarlas livianamente…

¿Qué pueden hacer los padres de familia? Tienen que complementar la enseñanza de la iglesia, y tienen que aplicar la enseñanza de la iglesia. Se puede hacer muy poco con un sermón. Tiene que ser aplicado, explicado, ampliado y complementado. Es aquí donde los padres cumplen su parte. Y si esto siempre ha sido lo correcto e importante, ¡cuánto más lo es hoy! ¿Alguna vez ha pensado usted seriamente acerca de este asunto? Probablemente usted enfrenta una de las tareas más grande que jamás han tenido los padres, y por la siguiente razón. Considere la enseñanza que reciben ahora los niños en las escuelas. La teoría e hipótesis de la evolución orgánica les son enseñadas como un hecho. No se las presentan como una mera teoría que no ha sido comprobada, se les da la impresión de que es un hecho absoluto, y que todas las personas científicas y educadas la creen. Y los que no la aceptan son considerados raros. Tenemos que encarar esa situación. Les están enseñando a los niños cosas perversas en la escuela. Las oyen en la radio y las ven en la televisión. Todo el énfasis es anti Dios, anti Biblia, anti cristianismo verdadero, anti milagroso y anti sobrenatural. ¿Quién va a contrarrestar estas tendencias? Esa es, precisamente, la responsabilidad de los padres: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Esto requiere gran esfuerzo por parte de los padres porque en la actualidad las fuerzas en contra nuestra son muy grandes. Los padres cristianos de la actualidad tienen esta muy difícil tarea de proteger a sus hijos contra las poderosas fuerzas adversas que tratan de indoctrinarlos. ¡Ese es, pues, el ambiente!

Para ser práctico, quisiera, en segundo lugar, mostrar cómo esto no debe ser realizado. Hay una manera de tratar de encarar esta situación que es desastrosa y hace mucho más daño que bien. ¿Cómo no debe realizarse?

Nunca deber hacerse de un modo mecánico y abstracto, casi automático, como si fuera una especie ejercicio militar. Recuerdo una experiencia que tuve sobre esto hace unos diez años. Me hospedé con unos amigos mientras predicaba en cierto lugar, y encontré a la esposa, la madre de la familia, muy afligida. Conversando con ella, descubrí la causa de su aflicción. Esa misma semana cierta dama había dado allí conferencias sobre el tema: “Cómo criar a todos los hijos de su familia como buenos cristianos”. ¡Habían sido maravillosas! La conferencista tenía cinco o seis hijos, y había organizado su hogar y su vida de modo que terminaba todo el trabajo de su casa para las nueve de la mañana, y luego se dedicaba a diversas actividades cristianas. Todos sus hijos eran excelentes cristianos, y todo parecía ser tan fácil, tan maravilloso. La madre con quien yo conversaba, que tenía dos hijos, se sentía muy afligida porque se sentía un total y absoluto fracaso. ¿Qué podía yo aconsejarle? Le dije esto: “Un momento, ¿qué edad tienen los hijos de esta señora?” Yo sabía la respuesta, y también la sabía mi amiga. Ninguno de ellos en ese momento tenía más de dieciséis años. Seguí diciendo: “Espere y veamos. Esta señora dice que todos son cristianos, y que lo único que se necesita es un plan para llevar a cabo disciplinadamente. Espere un poco, dentro de unos años la historia puede ser muy diferente”. Y, así fue. Es dudoso que más de uno de esos hijos sea cristiano. Varios de ellos son abiertamente anti cristianos y le han dado la espalda a todo. No se puede criar de esa manera a los hijos para que sean cristianos. No es un proceso mecánico, y de cualquier manera, lo que ella hacía era todo tan frío y clínico… El niño no es una máquina, así que no se puede realizar esta tarea mecánicamente.

Ni debe realizarse jamás la tarea de un modo completamente negativo o restrictivo. Si uno le da a sus hijos la impresión de que ser cristiano es ser infeliz y que el cristianismo consiste de prohibiciones y constantes reprensiones, los estará ahuyentando hacia los brazos del diablo y del mundo. Nunca sea enteramente negativo y represivo…

Mi último punto negativo es que nunca debemos forzar a un niño a tomar una decisión. ¡Cuántos problemas y desastres han surgido a causa de esto! “¿No es maravilloso?” dicen los padres, “mi fulanito, que es apenas un niño, ha decidido seguir a Cristo”. En el culto se le presionó. Pero eso nunca debe hacerse. Con ello se viola la personalidad del niño. Además, uno está demostrando una ignorancia profunda sobre el camino de salvación. Usted puede hacer que un pequeño decida cualquier cosa. Usted tiene el poder y la habilidad de hacerlo, pero es un error, es contrario al espíritu cristiano… No lo fuerce a tomar una decisión.

Entonces, ¿cuál es la manera correcta?… El punto importante es que tenemos que dar siempre la impresión de que Cristo es la Cabeza de la casa o el hogar. ¿Cómo podemos dar esa impresión? ¡Principalmente por nuestra conducta y ejemplo en general! Los padres deben estar viviendo de tal manera que los hijos siempre sientan que ellos mismos están bajo Cristo, que Cristo es su Cabeza. Este hecho debe ser evidente en su conducta y comportamiento. Sobre todo, debe haber un ambiente de amor… El fruto del Espíritu es el amor, y si el hogar está lleno de un ambiente de amor producido por el Espíritu, la mayoría de sus problemas se resuelven. Eso es lo que da resultado, no las presiones y los llamados directos, sino un ambiente de amor…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.

La implicación del cristiano en la sociedad 1

“Vosotros soís la sal de la tierra, pero si la sal se ha vuelto insípida ¿con qué se hará salada [otra vez]? Ya para nada sirve sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros, sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar, ni se enciende una Iámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:13-16).

Me gustaría sugerir que hay un más amplio, quizá más profundo, significado de estas palabras en Mateo 5:1 3-1 6 que el que nosotros les damos. Este significado tiene que ver con la implicación del cristiano en la sociedad en una forma que va más allá de la predicación del evangelio y dar buen testimonio. Y esta es un área donde desafortunadamente no todos los cristianos estamos de acuerdo.

I.- ¿Cuál debería ser la implicación del cristiano en la sociedad?
En otras palabras, ¿qué significa para el cristiano ser sal y luz en este sentido más amplio?
Nuestra implicacion en la sociedad se deberia entender en lo que se refiere a ser sal. Su principal significado, según Hendriksen, es preservar los alimentos de la corrupcion. Vivimos en una sociedad corrompida y que se está corrompiendo cada dia más y más.

¿Cómo podemos preservar nuestra sociedad de mas corrupción? ¿Solo predicando en nuestras pequeñas congregaciones? ¿Sólo viviendo una vida delante de una docena de personas a las que conocemos individualmente? Indudablemente debemos predicar el evangelio y vivir una vida santa, ¿pero a cuántas personas alcanzamos de esa manera? En España hay un cristiano por cada mil personas. ¿Qué grado de influencia tenemos sobre la sociedad española y cómo podemos preservarla de la corrupción? Algunos esperan que llegue el avivamiento, ¿pero qué hacemos mientras tanto?

Nuestra implicación en la sociedad debería entenderse en lo referente a ser luz del mundo. ¿Cuántas personas en nuestra sociedad pueden ver la luz cristiana o son conscientes que tal luz existe? ¿Se podría describir como una ciudad situada sobre un monte? Nuestra sociedad necesita luz en los temas morales. Debería conocer el camino de Dios y su juicio. Los cristianos deberíamos ser conscientes de la situación de la sociedad (Juan el Bautista era consciente de la situacion de Herodes). Pero para hacerlo, deberíamos hablar alto y claro en la forma más amplia posible.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a tratar directamente diversos asuntos morales. Esto es lo que encontramos en la Biblia. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaban a las naciones paganas. Juan el Bautista denunció a los fariseos y a Herodes. Nuestro Señor Jesucristo dejó en evidencia la hipocresía de los fariseos.

Tomemos, por ejemplo el tema de la esclavitud ahora que celebramos el bicentenario de su abolición. El despertar evangélico fue un hecho espiritual muy poderoso tanto en Gran Bretaña  como en América. Sin embargo no abolió la esclavitud. John Newton estuvo involucrado en ella  (comerciaba con esclavos) y salió de ella. Pero su ministerio no detuvo la esclavitud, sino que fueron Wilberforce y otros que lo hicieron. No solo predicaron el evangelio y vivieron una vida piadosa sino que la denunciaro en el Parlamento, y se logró su abolición. La esclavitud no es un problema en la sociedad occidental (al menos no en la misma forma que en el pasado). Pero tenemos problemas morales que son aún peores que la esclavitud: aborto, eutanasia, experimentos con embriones humanos, matrimonios homosexuales, educación sexual pervertida en los colegios, libros, películas  y obras teatrales blasfemas sobre Cristo, etc. Existen los denominados pecados contra naturaleza y degradantes que deberían ser expresamente denunciados. “Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes, porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra naturaleza.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender sobre la base del derecho que tenemos a esperar que el hombre natural escuche a su conciencia, que es la voz de Dios y la de su ley en el hombre. Esto nada tiene que ver con imposiciones religiosas o morales en una sociedad secular. El papel del cristiano en la sociedad no es imponer valores cristianos en ella, sino presentar estos valores a la conciencia del hombre. Nosotros no deberíamos perseguir imponer la moralidad o resistir a la inmoralidad.

Sabemos que el problema con la sociedad no son “los pecados” sino “el pecado”. Pero tampoco deberíamos generalizar tanto sobre el concepto de pecado que al final las personas no entiendan de qué estamos hablando. Amós dijo en su día a las naciones vecinas cuáles eran sus pecados. “Así dice el Señor: Por tres transgresiones de los hijos de Amón, y por cuatro, no revocaré su (castigo), porque abrieron los vientres de las (mujeres) encintas  de Galaad para ensanchar sus límites” (Am. 1:13). Él no buscaba producir un cambio en ellos sino declarar la justicia de Dios y también anunciar el juicio divino.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a buscar el bienestar  material de nuestra sociedad. “Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). No solo de pan, pero también de pan. (Spurgeon dijo: “Si das un folleto a un mendigo. dáselo envolviendo un bocadillo”). “Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado. Y rogad al Señor por ella, porque en su bienestar tendréis bienestar”. (Jeremías 29:7).

Algunos cristianos dan la impresión de que lo único que les importa en este mundo es la salvación de las almas. A veces tratamos con las personas como si se tratase de potenciales conversos y nada más.  Nuestra implicación en la sociedad se debería entender incluso en lo referente a derribar el statu quo. Por ejemplo, ¿tenía Oliver Cromwell derecho a cambiar la situación política por la fuerza? ¿Solo predicó el evangelio al rey? (¡Creo que lo decapitó!). Nuestra implicación en la sociedad se debería entender como otros cristianos la han concebido. El pacto de Lausana (Suiza, 16-25 de Julio de 1974) que se acordó durante el Congreso Internacional sobre Evangelización Mundial, dice entre otras cosas Afirmamos que Dios es a la vez el Creador y juez de todos los hombres. Por tanto, debemos compartir su preocupación por la justicia, la reconciliación entre toda la sociedad humana y por la liberación de los hombres de toda clase de opresión.

El hombre fue hecho a imagen de Dios; por eso todas las personas tienen una dignidad esencial y por esa razón tienen que ser respetados y servidos, no explotados.

Continuará …

 

Disciplina y amonestación 1

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Si hemos de cumplir el mandato del Apóstol… tenemos que hacer una pausa y considerar lo que debemos hacer. Cuando llega un hijo, tenemos que decirnos: “Somos guardianes y custodios de esta alma”. ¡Qué responsabilidad tan tremenda! En el mundo de los negocios y el profesional, los hombres son muy conscientes de la gran responsabilidad que tienen con respecto a las decisiones que deben tomar. Pero, ¿son conscientes de la responsabilidad infinitamente mayor que tienen con respecto a sus propios hijos? ¿Les dedican la misma o más reflexión, atención y tiempo? ¿Sienten el peso de la responsabilidad tanto como lo sienten en estas otras áreas? El Apóstol nos urge a considerar esto como la ocupación más grande de la vida, el asunto más grande que jamás tendremos que encarar y realizar.

El Apóstol no se limita a: “Criadlos”, sino que dice: “en disciplina y amonestación del Señor”. Las dos palabras que usa están llenas de significado. La diferencia entre ellas es que la primera, disciplina, es más general que la segunda. Es la totalidad de disciplinar, criar, formar al hijo. Incluye, por lo tanto, una disciplina general. Y como todas las autoridades coinciden en señalar, su énfasis es en las acciones. La segunda palabra, amonestación, se refiere más bien a las palabras que se dicen. Disciplina es el término más general que incluye todo lo que hacemos por nuestros hijos. Incluye todo el proceso en general de cultivar la mente y el espíritu, la moralidad y la conducta moral, toda la personalidad del niño. Esa es nuestra tarea. Es dar atención al niño, cuidarlo y protegerlo…

La palabra amonestación tiene un significado muy similar, excepto que coloca más énfasis en el habla. Por lo tanto, esta cuestión incluye dos aspectos. Primero, tenemos que encarar la conducta en general, las cosas que tenemos que hacer por medio de nuestras acciones. Luego, sumado a esto, hay ciertas amonestaciones que debieran ser dirigidas al niño: palabras de exhortación, palabras de aliento, palabras de reprensión, palabras de culpa. El término usado por Pablo incluye todas éstas, o sea todo lo que les decimos a los niños con palabras cuando estamos definiendo una posición e indicando lo que es bueno y lo que es malo, alentando, exhortando, etc. Tal es el significado de la palabra amonestación.

Los hijos deben ser criados en “la disciplina y amonestación”—y luego viene la frase más importante de todas—“del Señor”. Aquí es donde los padres de familia cristianos, ocupados en sus obligaciones hacia sus hijos, se encuentran en una categoría totalmente diferente de todos los demás padres. En otras palabras, esta apelación a los padres cristianos no es simplemente para exhortarlos a criar a sus hijos para que tengan buena moralidad o buenos modales o una conducta loable en general. Eso, por supuesto está incluido. Todos deben hacer eso, los padres no cristianos deben hacerlo. Deben preocuparse porque tengan buenos modales, una buena conducta en general y que eviten el mal. Deben enseñar a sus hijos a ser honestos, responsables y toda esta variedad de virtudes. Eso no es más que una moralidad común, y, hasta aquí, el cristianismo no ha comenzado su influencia. Aun los escritores paganos interesados en que haya orden en la sociedad han exhortado siempre a sus prójimos a enseñar tales principios. La sociedad no puede continuar sin un modicum de disciplina y de leyes y orden en todos los niveles y en todas las edades. Pero el apóstol no se está refiriendo a esto únicamente. Dice que los hijos de los creyentes deben ser criados “en disciplina y amonestación del Señor”.

Es aquí donde entra en juego específicamente el pensamiento y la enseñanza cristiana. Que sus hijos tienen que ser criados en el conocimiento del Señor Jesucristo como Salvador y Señor, debe ser siempre una prioridad en la mente de los padres cristianos. Esa es la tarea singular a la cual sólo los padres cristianos son llamados. No es  únicamente su tarea suprema: su mayor anhelo y ambición para sus hijos debe ser que conozcan al Señor Jesucristo como su Salvador y como su Señor. ¿Es esa la mayor ambición para nuestros hijos? ¿Tiene prioridad el que “lleguen a conocer a aquel cuyo conocimiento es vida eterna”, que lo conozcan como su Salvador y que lo sigan como su Señor? ¡“En disciplina y amonestación del Señor”! Estas, pues, son las expresiones que usa el Apóstol.

… La Biblia misma pone mucho énfasis en la formación de los hijos. Observe, por ejemplo, las palabras en el sexto capítulo de Deuteronomio. Moisés ha llegado al final de su vida, y los hijos de Israel pronto entrarán a la Tierra Prometida. Les recuerda la Ley de Dios y les dice cómo tenían que vivir cuando entraran a la tierra que habían heredado. Y tuvo el cuidado de decirles, entre otras cosas, que tenían que enseñarles la Ley a sus hijos. No bastaba con que ellos mismos la conocieran y cumplieran, tenían que pasarle su conocimiento a sus hijos. Los hijos tienen que aprenderla y nunca olvidarla …

Continuará …

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.

Cómo educar a los hijos para Dios 2

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En tercer lugar, si educamos a nuestros hijos para Dios, tenemos  que hacer todo lo que hacemos por ellos basados en motivaciones correctas. Casi la única motivación que las Escrituras consideran correcta es hacerlo para la gloria de Dios y tener un anhelo devoto de promoverla; y no consideran que nada se hace realmente para Dios que no fluye de esta fuente. Sin esto, por más ejemplar que sea, no hacemos más que dar fruto para nosotros mismos y no somos más que una vid sin vida. Por lo tanto, tenemos que ser gobernados por esta motivación al educar a nuestros hijos si queremos educarlos para Dios y no para nosotros mismos. En todos nuestros cuidados, labores y sufrimientos por ellos, una consideración por la gloria divina debe ser el incentivo principal que nos mueve. Si actuamos meramente basados en nuestro afecto paternal y maternal, no actuamos basados en un principio más elevado que el de los animales irracionales a nuestro alrededor, muchos de los cuales parecen amar a sus hijos con no menos ardor ni estar menos listos para enfrentar peligros, esfuerzos y sufrimientos para promover su felicidad que nosotros para promover el bienestar de los nuestros. Pero si el afecto paternal puede ser santificado por la gracia de Dios y las obligaciones paternales
santificadas por un anhelo de promover su gloria, entonces nos elevamos por encima del mundo irracional para ocupar nuestro lugar correcto y poder educar a nuestros hijos para Dios. Aquí, mis amigos, podemos observar que la verdadera religión, cuando prevalece en el corazón, santifica todo. Hace que aun las acciones más comunes de la vida sean aceptables a Dios y les da una dignidad e importancia que en sí mismas no merecen… Por lo tanto, el cuidado y la educación de los hijos, por más insignificantes le parezcan a algunos, deben realizarse teniendo en cuenta la gloria divina. Cuando así se hace, se convierte en una parte importante de la verdadera religión.

En cuarto lugar, si hemos de educar a nuestros hijos para Dios, tenemos que educarlos para su servicio. Los tres puntos anteriores que hemos mencionado se refieren principalmente a nosotros mismos y nuestras motivaciones. Pero este punto tiene una relación más inmediata con nuestros hijos mismos. A fin de capacitarnos para instruir y preparar a nuestros hijos para el servicio de Dios, tenemos que estudiar diligentemente su Palabra para asegurarnos de lo que él requiere de ellos, tenemos que orar con frecuencia pidiendo la ayuda de su Espíritu para ellos al igual que para nosotros… Hemos de cuidarnos mucho de decir o hacer algo que pueda, ya sea directa o indirectamente, llevarlos a considerar la religión como algo de importancia secundaria. Por el contrario, hemos de trabajar constantemente para poner en sus mentes la convicción de que consideramos la religión como la gran ocupación de la vida, el favor de Dios como el único objetivo al cual apuntamos y el disfrutar de él de aquí en adelante como la única felicidad, mientras que, en comparación, todo lo demás es de poca consecuencia, no obstante lo importante que de otro modo sea.

Tomado de “Children to Be Educated for God” en The Complete Works of Edward Payson, Vol. III (Las obras completas de Edward Payson.
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Edward Payson (1783-1827): Predicador norteamericano; pastor de la Congregational Church de Portland, ME; nacido en Rindge, NH, EE.UU.

El significado del matrimonio

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Debe ser intimidante escribir un libro acerca del matrimonio. Los estantes de las librerías crujen debido al peso de los títulos que aseguran tener la clave para un matrimonio feliz o bíblico o centrado en el evangelio. Para sobresalir en un área tan poblada, es necesario que un libro ofrezca algo diferente, algo único, algo que lo distinga del resto. Tim y Kathy Keller salen a la palestra con su nuevo libro El significado del matrimonio, que se distingue por su profunda centralidad en el evangelio. Esto lleva a que los autores inviten al lector a profundizar en el evangelio de Jesucristo y también los obliga a mostrar cómo éste abarca cada parte del matrimonio. 

Aunque, en primera instancia, El significado del matrimonio fue escrito por Tim Keller, su esposa Kathy contribuye en diversas formas, particularmente, al escribir uno de los capítulos y al ser la esposa de Tim por casi cuatro décadas. Tim explica que el libro tiene tres raíces profundas: la primera de ellas es su matrimonio con Kathy; la segunda, es su ministerio pastoral, particularmente en Nueva York en una iglesia compuesta en su mayoría por solteros; y la tercera, y más fundamental, es la enseñanza bíblica sobre el matrimonio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. “Hace ya casi cuatro décadas, Kathy y yo estudiamos lo que la Biblia dice respecto al sexo, el género y el matrimonio. En los quince años siguientes, lo fuimos experimentando y aplicando en nuestro propio matrimonio. Y en estos últimos veintidós años, hemos puesto en práctica, además, todo lo aprendido de las Escrituras y de nuestra experiencia personal para guiar, animar, aconsejar y enseñar a jóvenes del entorno urbano en todo lo concerniente al sexo y al matrimonio”. Ellos hablan desde la poderosa combinación del conocimiento de las Escrituras y la experiencia de la vida real.

Este libro se compone de ocho capítulos que tienen una fluidez lógica desde el fundamento bíblico para el matrimonio hasta las relaciones sexuales dentro de éste. En el capítulo 1, se enseñan los fundamentos para el matrimonio, mostrando cómo éste es idea de Dios y fue hecho para reflejar su amor salvífico por nosotros en Jesucristo. En el capítulo 2, se muestra cómo la obra del Espíritu Santo es fundamental para luchar contra el enemigo principal del matrimonio: el egocentrismo pecaminoso. En el capítulo 3, se toca el tema del amor, viendo cómo el sentimiento se relaciona (o no) con las acciones de amor. El capítulo 4 “La misión del matrimonio” apunta al propósito del matrimonio y entrega una larga discusión sobre las amistades espirituales, mientras que el capítulo 5 “Amar a la persona desconocida” nos enseña tres capacidades que cada esposo y esposa debe buscar.

El capítulo 6, escrito por Kathy, celebra las diferencias entre sexos, observando el complicado tema del rol de género y complementariedad. La soltería y la sabiduría al buscar el matrimonio son temas del capítulo 7; por último, en el capítulo final se reflexiona sobre las relaciones sexuales, mostrando por qué la Biblia dice que el sexo es para el matrimonio y cómo esta relación puede darse dentro de ese contexto.

EVANGELIO, EVANGELIO Y MÁS EVANGELIO

Desde el principio dije que la característica sobresaliente de este libro —también, su mayor fortaleza— es su profunda dependencia en el evangelio. El matrimonio simplemente no puede entenderse o practicarse sin estar arraigado al evangelio. “Si en los planes de Dios, el evangelio hubiera sido únicamente para la salvación en Jesús, el matrimonio exclusivamente ‘funcionaría’ en la medida en que nos aproximara al amor que entrega de Dios en Cristo”. Por esa razón, el libro no va a ninguna parte hasta que Keller expone Efesios 5, donde se nos dice que el matrimonio es un “misterio profundo” que refleja la relación de Cristo con la iglesia. Junto a nuestra relación con Dios, no hay ninguna otra relación más importante que el matrimonio, “esa es la razón de que, igual que conocer a Dios, el llegar a conocer y amar a nuestra pareja sea una tarea difícil pero sumamente gratificante y plena. Como lo más doloroso, y lo más extraordinario: así es como la Biblia presenta el matrimonio. Y es posible que no haya habido otro momento histórico en nuestra cultura y en nuestra sociedad en el que sea más significativo alzar la voz a favor suyo desde esa perspectiva y singular”.

Esta centralidad en el evangelio continúa capítulo tras capítulo, siendo la base de las discusiones de amistad, soltería, sexo y roles complementarios.

Un componente del libro que merece especial atención es su utilidad para los solteros. La iglesia de Keller está compuesta predominantemente por solteros y cualquier cosa que él enseñe tiene que aplicarse a ellos. Esto lo llevó a dedicar gran parte de este libro a la soltería y a la búsqueda del matrimonio. La enseñanza que Keller entrega es animante y útil para aquellos que han elegido una vida de soltería y para los que están buscando un esposo o esposa.

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CONCLUSIÓN

Este es un libro potente. El significado del matrimonio eleva el matrimonio haciéndolo algo hermoso, santo y agradable. Junto con el matrimonio, viene la amistad, la compañía, el sexo y todo lo demás que Dios ha puesto para la relación matrimonial. Este libro celebra el matrimonio y lo hace dentro del contexto más grande de todos: el evangelio de Jesucristo.

Una reseña original del pastor reformado Tim Challies (nacido en 1976).

Un libro de Editorial Andamio, 324 páginas, Febrero de 2014

 

Puedes solicitar su ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/matrimonio-y-familia/540-el-significado-del-matrimonio.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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Cómo educar a los hijos para Dios 1

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“Lleva este niño y críamelo, y yo te lo pagaré”.—Éxodo 2:9

Estas palabras fueron dichas por la hija de Faraón a la madre de Moisés. Es muy probable que no sea necesario informarle de las circunstancias que las ocasionaron. Seguramente no es necesario decirle que al poco tiempo de nacer este futuro líder de Israel sus padres se vieron obligados, por la crueldad del rey egipcio, a esconderlo en una arquilla de juncos a la orilla del río Nilo. Estando allí, fue encontrado por la hija de Faraón. Su llanto infantil la movió a compasión con tanto poder que decidió no sólo rescatarlo de una tumba de agua, sino educarlo como si fuera de ella. Miriam, la hermana de Moisés, quien había observado todo sin ser vista, se acercó ahora como alguien que desconocía las circunstancias que habían ocasionado que el niño estuviera allí. Al escuchar la decisión de la princesa, Miriam ofreció conseguir una mujer hebrea para que cuidara al niño hasta tener edad suficiente como para aparecer en la corte de
su padre. Este ofrecimiento fue aceptado, por lo que Miriam fue inmediatamente y llamó a la madre a quien la princesa le encomendó el niño con las palabras de nuestro texto: “Lleva este niño y críamelo, y yo te lo pagaré”.

Con palabras similares, mis amigos, se dirige Dios a los padres de familia. A todos los que les da la bendición de tener hijos, dice en su Palabra y por medio de la voz de su providencia: “Lleva este niño y edúcalo para mí, y yo te lo pagaré”. Por lo tanto, usaremos este pasaje para mostrar lo que implica educar a los hijos para Dios.

Lo primero que implica educar a los hijos para Dios es tener conciencia y una convicción sincera, de que son propiedad de él, hijos de él más bien que nuestros. Nos encarga su cuidado por un tiempo, con el mero propósito de formarlos de la misma manera como ponemos a nuestros hijos bajo el cuidado de maestros humanos con el
mismo propósito. A pesar de lo cuidadoso que seamos para educar a los hijos, no podemos decir que los educamos para Dios a menos que creamos que son de él, porque si creemos que son exclusivamente nuestros los educaremos para nosotros mismos y no para él. Saber que son de él es sentir profundamente y estar persuadidos de que él tiene un derecho soberano de hacer con ellos lo que quiere y de quitárnoslos cuando él disponga. Que son de él y que posee él este derecho es evidente según innumerables pasajes de las Sagradas Escrituras. Éstas nos dicen que Dios es el que forma nuestro cuerpo y es el Padre de nuestro espíritu, que todos somos sus hijos, y que, en consecuencia, no somos nuestros, sino de él. También nos aseguran que tal como es de él el alma del padre y la madre, de él es el alma de los hijos. Dios reprendió y amenazó varias veces a los judíos porque sacrificaban los hijos de él en el fuego de Moloc (Eze. 16:20-21). A pesar de lo claro y explícito que son estos pasajes, son pocos los padres que parecen sentir su fuerza. Son pocos los que parecen sentir y actuar como si tuvieran conciencia de que ellos y los suyos son propiedad absoluta de Dios, que ellos son meramente padres temporarios de sus hijos, y que, en todo lo que hacen para ellos, debieran estar actuando para Dios. Pero resulta evidente que tienen que sentir esto antes de poder criar a sus hijos para él, porque ¿cómo pueden educar a sus hijos para un ser cuya existencia no conocen, cuyo derecho a ellos no reconocen y cuyo carácter no aman?

Una segunda implicación, muy relacionada con lo anterior de educar a los hijos para Dios, se trata de dedicarlos o entregarlos sincera y seriamente para ser de él eternamente. Ya hemos demostrado que son propiedad de él y no nuestra. Al decir, dedicarlos a él, queremos decir sencillamente que reconocemos explícitamente esta
verdad o que reconocemos que los consideramos enteramente de él y que los entregamos sin reservas a él para el tiempo y la eternidad… Si nos negamos a dárselos a Dios, ¿cómo podemos decir que los educamos para él?

Continuará …

Tomado de “Children to Be Educated for God” en The Complete Works of Edward Payson, Vol. III (Las obras completas de Edward Payson.
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Edward Payson (1783-1827): Predicador norteamericano; pastor de la Congregational Church de Portland, ME; nacido en Rindge, NH, EE.UU.

 

Eduque a los niños para Cristo 6

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HERMANOS EN EL SAGRADO OFICIO DEL MINISTERIO:

¿Hemos hecho todo lo posible, según considerábamos nuestra responsabilidad, en cuanto a este asunto? Nuestras labores, ¿han sido realizadas con suficiente atención a nuestros oyentes más jóvenes y su preparación para servir al “Señor de la mies”? El pastor debe conocer a los niños bajo su cuidado y saber lo que sus padres están haciendo para su bien y para prepararlos con el fin de servir al Señor Jesucristo. Hemos de
influir constante y eficazmente sobre la mente de los padres, predicarles, conversar con ellos, sacudirles la conciencia con respecto a sus deberes. Debemos sentarnos con ellos en la tranquilidad de sus hogares y hacerles preguntas como éstas: Según su opinión, ¿cuál es su deber a Dios con respecto a sus hijos? ¿Qué expectativas tiene en cuanto a su futura contribución al reino de Dios sobre la tierra? ¿Está cumpliendo su deber con sus ojos puestos en el tribunal de Cristo? ¿Qué medios emplea a fin de que sus expectativas lleguen a ser una realidad? ¿Anhela ver la gloria de Dios y la conversión de su mundo perdido, con la ayuda de “los hijos que Dios en su gracia le ha dado”? Tales preguntas, hechas con la seriedad afectuosa de los guardias de almas, tocarán el corazón en el que hay gracia; despertará sus pensamientos e impulsará a la acción. Hemos de ayudar a
los padres de familia a ver cómo ellos y sus familias se relacionan con Dios y este mundo rebelde. Y si promovemos su prosperidad personal en la vida divina, no hay mejor manera que ésta, de estimularlos a cumplir sus altos y solemnes deberes.

PADRES CRISTIANOS:

Nuestros hijos han sido educados durante demasiado tiempo sin ninguna referencia directa a la gloria de Cristo y al bien de este mundo caído que nos rodea. Su dedicación a la obra de Cristo también ha sido muy imperfecta. Por esta razón, entre otras, la obra de
evangelizar el mundo ha sido tan lenta. Usando las palabras de cierto padre de familia cristiano profundamente interesado en este tema, diremos: “Se dice mucho y con razón, acerca del deber del cristiano de considerar sus bienes materiales como algo consagrado a Cristo y se comenta con frecuencia que hasta que actúe basado en principios más
elevados; el mundo no podrá ser ganado para Cristo”. Es cierto; pero nuestro descuido en esto no es la base de nuestra infidelidad. Me temo que muchos de los que sienten su obligación en cuanto a sus bienes materiales, olvidan que deben responder por sus hijos ante Cristo, ante la iglesia y ante los paganos. Se necesitan millones en oro y plata para llevar adelante la obra de evangelizar el mundo; pero mil mentes santificadas lograrán más que millones de dinero. Y, cuando los hijos de padres consagrados se entreguen,
con el espíritu de verdaderos cristianos, a la salvación del mundo, ya no habrá “tenebrosidades de la tierra llenas… de habitaciones de violencia”.

“¿Han tenido los hombres un deber más grande que el que los compromete a educar sus hijos para beneficio del mundo? Si esto fuera nuestro anhelo constante, prominente, daría firmeza a nuestras enseñanzas y oraciones; hemos de guardarnos de todo hábito o influencia que obstaculice el cumplimiento de nuestros anhelos. Enseñaríamos a nuestros hijos a gobernarse a sí mismos, a negarse a sí mismos, a ser industriosos y
esforzados. No seríamos culpables de una vacilación tan triste entre Cristo y el mundo. Cada padre sabría para qué está enseñando a sus hijos. Cada hijo sabría para qué vive. Su conciencia sentiría la presión del deber. No podría ser infiel al objetivo que tiene por delante sin violar su conciencia. Semejante educación, ¿no sería obra del Espíritu de Dios y bendecida por él, y acaso no se convertirían temprano nuestros hijos? Entonces
entregarían todos sus poderes a Dios”.

Padres cristianos, “todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”. El pupilaje de sus hijos desaparece en las veloces alas del tiempo. Imitemos el espíritu de los primeros propagadores del cristianismo y llevemos a nuestros hijos con nosotros en las labores de amor. Sea nuestra meta lograr una consagración más alta. Los débiles
deben llegar a ser como David y David como el Hijo de Dios. El que sólo unos pocos hombres y mujeres en todo un siglo aparezcan con el espíritu de Taylor, Brainerd, Martyn y Livingston debe terminar. Debería haber cristianos como ellos en cada iglesia. Sí, por qué no ha de estar compuesta de los tales cada iglesia a fin de que sus moradas sean demasiado “pequeñas para ellos” y ellos, con el Espíritu de Cristo que los constriñe,
salgan, en el espíritu infatigable de la empresa cristiana, a los confines del mundo. Con tales columnas y “piedras labradas”, el templo del Señor sería ciertamente hermoso. Bendecida con los que apoyan la causa de Cristo en su hogar, la iglesia será fuerte para la obra de su Señor. Bendecida con tales mensajeros de salvación a los paganos, la obra de evangelizar las naciones avanzará con rapidez. Al marchar hacia adelante y proclamar el amor del Salvador, saldrá de todas las “tenebrosidades” la exclamación;

“ !Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: !Tu Dios reina! ” (Isa. 52:7).

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

Eduque a los niños para Cristo 5

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10. Cuídese de aceptar que sus hijos vivan “según la costumbre del mundo”; buscando sus honores, involucrándose en sus luchas ambiciosas, en sus costumbres y modas secularizadoras. Los hijos de padres consagrados no deben encontrarse entre los adeptos a la moda; emulando sus alardes y logros inútiles. “¿Cómo le roban a Cristo lo suyo?”, dijo un padre de familia cristiano. “He observado muchos casos de padres ejemplares, fieles y atinados con sus hijos hasta, quizá los quince años. Luego desean que se asocien con personas distinguidas y el temor de que sean distintos, les ha llevado a dar un giro y vestirlos como gente mundana. Hasta les han escogido sus amistades íntimas. Y los padres han sufrido severamente bajo la vara del castigo divino; sí, han sido mortificados, sus corazones han sido quebrantados por tales pecados, debido a las desastrosas consecuencias en lo que al carácter de sus hijos respecta.

11. Cuídese de los conceptos y sentimientos que promueve en sus hijos con respecto a los BIENES MATERIALES. En las familias llamadas cristianas, el amor por los bienes materiales es uno de los mayores obstáculos para el extendimiento del evangelio. Cada año, las instituciones cristianas de benevolencia sufren por esta causa. Los padres enseñan a sus hijos a “apurarse a enriquecerse”, como si esto fuera lo único para lo cual Dios los hizo. Dan una miseria a la causa de Cristo. Y los hijos e hijas siguen su ejemplo, aun después de haber profesado que conocen el camino de santidad y han dicho “no somos nuestros”. Se podrían mencionar hechos que, pensando en la iglesia de Dios, harían sonrojar a cualquier cristiano sincero. Enseñe a sus hijos a recordar lo que Dios ha dicho: “Tu plata y tu oro son míos”. Recuérdeles que usted y ellos son mayordomos que un día darán cuenta de lo suyo. Considere la adquisición de bienes materiales de importancia sólo para poder hacer el bien y honrar a Cristo. No deje que sus hijos esperen que los haga herederos de grandes posesiones. Deje que lo vean dar anualmente “según Dios lo ha prosperado” a todas las grandes causas de benevolencia cristiana. Ellos seguirán su ejemplo cuando usted haya partido. Dejar a sus hijos la herencia de su propio espíritu devoto y sus costumbres benevolentes será infinitamente más deseable que dejarles “miles en oro y plata”. Hemos visto ejemplos tales.

Para ayudar en esto, cada padre debe enseñar a su familia a ser económica, como un principio religioso. Influya en ellos a temprana edad para que se decidan a practicar una economía altruista y entusiasta. Enséñeles que “más bienaventurado es dar que recibir”, a escribir “santidad al Señor” en el dinero que tienen en el bolsillo, en lugar de gastarlo en placeres dañinos; a procurar la sencillez y economía en el vestir, los muebles, su manera de vivir y a considerar todo uso fútil del dinero como un pecado contra Dios.

12. Cuídese de no frustrar sus esfuerzos por lograr el bien espiritual de sus hijos, teniendo malos hábitos en su familia. Las conversaciones livianas, una formalidad aburrida y apurada en el culto familiar; conversaciones mundanas el día del Señor o comentarios de censura provocan que todos los hijos de familias enteras descuiden la religión. Guárdese contra ser pesimista, moralista, morboso. Algunos padres creyentes parecen tener apenas la religión suficiente para hacerlos infelices y para tener toda la fealdad del temperamento y de los hábitos religiosos que proviene naturalmente de una conciencia irritada por su infiel “manera de vivir”. Hay en algunos cristianos una alegría y dulzura celestiales que declaran a sus familias que la religión es una realidad tanto bendita como seria, dándoles influencia y poder para ganarlos para la obra de Cristo. Cultive esto. Deje que “el amor de Dios [que] está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” pruebe constantemente a sus hijos que la religión es el origen del placer más auténtico, de las bendiciones más ricas.

13. Si desea que sus hijos sean siervos obedientes de Cristo, debe gobernarlos bien. La subordinación es una gran ley de su reino. La obediencia implícita a su autoridad es como la sumisión que su hijo debe rendir a Cristo. ¡Cómo aumenta las penurias de su cristianismo conflictivo el hábito de la insubordinación y terquedad! Muchas veces lo hacen antipático e incómodo en sus relaciones sociales y domésticas, en la iglesia termina siendo un miembro rebelde o un pastor antipático o, si está en la obra
misionera, resulta ser un problema constante y amargo para todos sus colegas. Comentaba un pastor con respecto a un miembro de su iglesia que había partido y para quien había hecho todo lo que podía: “Era uno de los robles más tercos que jamás haya crecido sobre el Monte Sión”.

Cuando se convierte el niño bien gobernado, está listo para “servir al Señor Jesucristo, con toda humildad” en cualquier obra a la cual lo llama y trabajará amable, armoniosa y eficientemente con los demás. Entra al campo del Señor diciendo: “Sí, sí, vengo para hacer tu voluntad, oh mi Dios”. Tendrá el espíritu celestial, “la humildad y gentileza de Cristo” y al marchar hacia adelante de un deber a otro, podrá decir con David: “Como un niño destetado está mi alma”. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”. Y con ese espíritu, encontrará preciosa satisfacción en una vida de exitosa labor para su Señor sobre la tierra y “en la esperanza de la gloria de Dios”.

Si desea gobernarlos correctamente a fin de que sus hijos sean aptos para servir a Cristo, estudie la manera como gobierna un Dios santo. El suyo es el gobierno de un Padre, convincente y sin debilidad; de amor y misericordia, pero justo; paciente y tolerante, pero estricto en reprender y castigar las ofensas. Ama a sus hijos, pero los disciplina para su bien; alienta para que lo obedezcan, pero en su determinación de ser obedecido es tan firme como su trono eterno. Da a sus hijos razón para que teman ofenderlo; a la vez, les asegura que amarle y servirle será para ellos el comienzo del cielo sobre la tierra.

Hemos mencionado casualmente el interés de las MADRES en este asunto. A la verdad, el deber y la influencia maternal constituyen el fundamento de toda la obra de educar a los hijos para servir a Cristo. La madre cristiana puede bendecir más ricamente al mundo a través de sus hijos, que muchos que se han sentado sobre un trono. ¡Madres! La Divina Providencia pone a sus hijos bajo su cuidado en un periodo de la vida cuando se forjan las primeras y eternas impresiones.

Sea su influencia “santificada por la palabra de Dios y la oración” y consagrada al alto objetivo de educar a sus hijos e hijas para “la obra de Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

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7. Mantenga siempre vivo en la mente de su hijo que el gran propósito para el cual debe vivir es la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Hacemos mucho para dar dirección a la mente y formar el carácter del hombre, colocando delante de él un objetivo para la vida. Los hombres del mundo conocen y aplican este principio. Lo mismo debe hacer el cristiano. El objetivo ya mencionado es el único digno de un alma inmortal y renovada y prepara el camino para la nobleza más alta en ella. La elevará por
encima del vivir para sí misma y la constreñirá a ser fiel en la obra de su Señor. Enséñele a su hijo a poner al pie de la cruz sus logros, su personalidad, sus influencias, riquezas; todas las cosas y a vivir anhelando: “Padre, glorifica tu nombre”.

8. Elija con mucho cuidado los maestros de sus hijos. Sepa elegir la influencia a la cual entrega su hijo o hija. Tiene usted un objetivo grande y sagrado que cumplir. Los maestros de sus hijos deben ser tales que les ayuden a cumplir ese objetivo. Un carácter moral correcto en el maestro no basta. Esto, muchas veces viene acompañado de opiniones religiosas sumamente peligrosas. Su hijo debe ser puesto bajo el cuidado de un maestro consagrado, quien en relación con su alumno debe sentir: “Tengo que ayudar a este padre a capacitar a un siervo para Cristo”. En su elección de una escuela o academia, nunca se deje llevar meramente por su reputación literaria, su lugar en la sociedad, su popularidad, sin considerar también la posibilidad de que su ambiente no cuente con la vitalidad de una decidida influencia religiosa y que hasta puede estar envenenada por los conceptos religiosos erróneos de sus maestros. En cuanto a enviar a su hija a un convento católico para que se eduque, un pastor sensato dijo a un feligrés: “Si no quiere que su hija se queme, no la ponga en el fuego” [Nota del editor: Cuánto más se aplica esto al sistema de escuelas públicas con su educación sexual, evolucionismo y burlas de Dios]. A cierta viuda le ofrecieron educar a uno de sus hijos donde prevalecía la influencia del Unitarismo. Ella rechazó la oferta, confiando que Dios la ayudaría a lograrlo en un ambiente más seguro. Su firmeza y fe fueron recompensadas con el éxito. Una señorita fue puesta bajo el cuidado de una maestra que no era piadosa. Cuando su mente se interesaba profunda y ansiosamente en temas religiosos, la idea “qué pensará de mí mi maestra” y el temor a su indiferencia y aun desprecio, influenciaron sus decisiones y contristaron al Espíritu de Dios. Padre de familia cristiano, sus oraciones, sus mejores esfuerzos pueden verse frustrados por un maestro que no tiene religión.

9. Cuídese de no echar por tierra sus propios esfuerzos por el bienestar espiritual de sus hijos. Ser negligente en algún deber esencial, aunque realice otros, lo causará. La oración sin la instrucción no sirve; tampoco la instrucción sin el ejemplo correcto; ni la oración en familia sin las serias batallas en la cámara de oración; ni todos estos juntos, si no los está vigilando para que no caigan en tentación. Tema consentirlos con entretenimientos vanos. En cierta oportunidad, una madre fue a la reunión de sus amigas y les pidió que oraran por su hija a quien aparentemente ella había permitido, en ese mismo momento, asistir a un baile y justificaba lo impulsivo e inconsistente de su permiso, en sus propios hábitos juveniles de buscar entretenimientos. Si los padres permiten que sus hijos se arrojen directamente en “las trampas del diablo”, al menos, que no se burlen de Dios pidiendo a los creyentes que oren para que los cuide allí. Si lo hacen, no se sorprendan si sus hijos viven como “siervos del pecado” y mueren como vasos de la ira. Guárdese de ser un ejemplo de altibajos en la religión: Ahora, puro fervor y actividad; luego, languidez, casi sin hálito de vida espiritual. El hijo o hija perspicaz dirá: “La religión de mi padre es de saltos y arranques, de tiempos y temporadas. Es todo ahora, pero pronto no será nada, igual que antes”. Si usted anhela que sus hijos sirvan a Cristo con constancia, sírvalo así usted. Tema esa religión periódica, que de pronto brota de en medio de la mundanalidad e infidelidad y en la cual los sentimientos afloran como “una corriente engañosa” o, como lo expresara un autor, “como un torrente de montaña, crecido por las inundaciones primaverales, encrespado, rugiendo, que corre con bríos, pareciendo un río portentoso y permanente, pero que, después de unos días, baja, se
convierte en apenas un hilo de agua o desparece dejando un cauce seco, rocoso, silencioso como la muerte”. La consagración más profunda es como un río profundo y lleno; silencioso, alimentado por fuentes vivas; que nunca desencanta, siempre fluye, fertiliza, embellece. Sea así la humildad, la constancia, el sentimiento, la laboriosidad del carácter cristiano activo, en el cual nuestros hijos vean que servir a Cristo es la gran ocupación de la vida y se sientan constreñidos a hacerlo “de todo corazón”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

Eduque a los niños para Cristo 3

4. Empiece la instrucción religiosa TEMPRANO. Esté atento para ver las oportunidades para esto en todas las etapas de la niñez. Las impresiones tempranas duran toda la vida, aun cuando las posteriores desaparecen. Dijo una misionera americana: “Recuerdo particularmente que cierta vez, estando yo sentada en la puerta, mi mamá se acercó y se paró junto a mí y me habló tiernamente acerca de Dios y de asuntos relacionados con mi alma, y sus lágrimas cayeron sobre mi cabeza. Eso me convirtió en una misionera” Cecil dice: “Tuve una madre piadosa, siempre me daba consejos. Nunca me podía librar de ellos. Yo era un inconverso profeso, pero en aquel entonces, prefería ser un inconverso con compañía que estar solo. Me sentía desdichado cuando estaba solo. La influencia de los padres se aferra al hombre; lo acosa; se pone continuamente en su camino”. John Newton nunca pudo quitarse las impresiones que dejaron en él, las enseñanzas de su madre.

5. Procure la conversión temprana de sus hijos. Considere cada día que siguen sin Cristo como un aumento del peligro en que están y la culpa que llevan. Cuenta una misionera: “Alguien le preguntó a cierta madre que había criado a muchos hijos, todos de los cuales eran creyentes consagrados, qué medios había usado para lograr su conversión. Ella respondió: ‘Sentía que si no se convertían antes de los siete u ocho años, probablemente se perderían y cuando llegaban a esa edad, yo me angustiaba ante la posibilidad de que pasaran impenitentes a la eternidad y me acercaba al Señor con mi angustia. Él no rechazó mis oraciones ni me negó su misericordia”. Ore por esto: “Levántate y da voces en la noche, en el comienzo de las vigilias. Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor. Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeñitos”. Espere el don temprano de gracia divina basado en promesas como ésta: “Mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se apellidará con el nombre de Israel” (Isa. 44:3-5). La historia de algunas familias es un deleitoso cumplimiento de
esta promesa. Los corazones jóvenes son los mejores en los cuales echar, profunda y ampliamente, los fundamentos de una vida útil. No se puede esperar que su hijo haga nada para Cristo hasta no verlo al pie de la cruz, arrepentido, creyendo y consagrándose al Señor.

Algunos suponen que la religión no puede penetrar la mente del niño; que se requiere haber llegado a una edad madura para “arrepentirse y creer el evangelio”. Por lo tanto, el niño creyente es considerado muchas veces como un prodigio y que la gracia en un alma joven es una dispensación de la misericordia divina demasiado inusual como para esperar que suceda normalmente. “Padres”, decía cierta madre, “trabajen y oren por la conversión de sus hijos”. Hemos visto a padres llorando por la muerte de sus hijos de cuatro, cinco, seis, siete años, quienes no parecían sentir ninguna inquietud, si acaso habrían muerto en un estado espiritual seguro, ningún auto reproche por haber sido negligentes en procurar su conversión. Es un hecho interesante y uno serio, en relación con la negligencia de los padres, que se ha sabido de niños menores de cuatro años que han sentido convicciones profundas de haber pecado contra Dios y de su estado perdido, se han arrepentido de sus pecados, han creído en Cristo, han demostrado su amor por Dios y han dado todas las evidencias de la gracia que se observan en personas adultas. El biógrafo de la que fuera en vida la Sra. Huntington, cuenta que, escribiéndole ella a su hijo “habla de tener un recuerdo vívido de una solemne consulta en su mente a los tres años de edad con respecto a que si en ese momento era mejor ser creyente o no, y que había llegado a la decisión que no”. La biografía de Janeway y de muchos otros prohíben la idea de que la religión en el corazón joven sea un milagro y muestran que los padres tienen razón de preocuparse ante la posibilidad que sus hijos pequeños mueran sin esperanza, a la vez que se les debe alentar a procurar su conversión.

Hemos de ser cautelosos en desconfiar sin razón de la aparente conversión de los niños. Cuide a los pequeños discípulos cariñosa y fielmente. Sus tiernos años demandan una protección más cuidadosa y tierna. No les dé razón para decir: “Fueron negligentes conmigo porque pensaban que era demasiado pequeño para ser creyente”. Es cierto, muchas veces padres de familia y pastores se han decepcionado con niños que parecían haberse entregado al Señor. Pero el día del juicio posiblemente revele que han habido, entre los adultos, más casos de decepción e hipocresía que no se han detectado, que desengaños con respecto a niños que se supone se han entregado al Señor. La niñez es más cándida que la adultez; el niño es más propenso a quitarse la máscara de la religión, si de hecho es la suya una máscara y siendo sensible nuevamente a la convicción de pecado, quizá de veras, se convierta. El adulto, más cauteloso, engañador, atrevido en su falsa profesión de fe, usa la máscara, hace a un lado la convicción, exclama: “Paz y seguridad” y sigue decente, solemne y formalmente su descenso al infierno.

Anhele la conversión temprana de sus hijos a fin de que tengan el mayor tiempo posible en este mundo para servir a Cristo. Si “el rocío de nuestra juventud” se dedica a Dios, sin duda, con el transcurso de los años se notará una madurez proporcional de su carácter cristiano y su capacidad para realizar obras más eficaces para Cristo.

6. Mantenga una relación familiar cristiana con sus hijos. Converse con ellos tan libre y cariñosamente sobre temas religiosos como conversa sobre otros. Si es usted un cristiano próspero y cariñoso, le resultará natural y fácil hacerlo. Deje que la intimidad religiosa se entreteja con todas las costumbres de su familia. De esta manera, sabrá cómo aconsejar, advertir, reprender, alentar; sabrá también cómo van madurando; cuál es la “la razón de la fe que hay en ellos”; particularmente para qué tipo de obra para Cristo tienen capacidad. Y si mueren jóvenes o antes de usted, tendrá usted el consuelo de haber observado y conocido el progreso de su preparación para “partir y estar con Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 7

El tratado de Calvino se acercaba a su fin. Pero Calvino no podía finalizarlo sin antes dar respuesta a una grave acusación, una de las principales que se pueda hacer a la Reforma, que es la siguiente: por el hecho mismo de emprender una Reforma, se rompía la unidad de la Iglesia. Dicho de otra manera, no tenían que haber hecho la Reforma de la Iglesia, para guardar su unidad. ¿Cuál fue la respuesta de Calvino a esto? Afirmaba, en primer lugar, que la verdad de Dios estaba del lado de la Reforma, como estaba dispuesto a demostrar personalmente y, de hecho, demostró en sus muchos escritos. Si la verdad de Dios estaba de su lado, pues, también lo estaba la Iglesia verdadera de Dios. Y para mostrar este punto, presenta el ejemplo de Jeremías en el Antiguo Testamento. ¿Dónde estaba, entonces, la Iglesia, de parte del profeta de Dios o de los sacerdotes oficiales que se le opusieron?

En segundo lugar, Calvino habla de que la Iglesia tiene unas señales por las cuales debe ser reconocida como tal. Es de esa Iglesia, la Iglesia verdadera, de la que nadie tiene el derecho de separarse. En palabras de la Confesión de Fe Belga (1562) en su artículo 28: “Todos aquellos que se separan de ella, o que no se unen a ella, obran contra lo establecido por Dios”.

Con todo, todavía hay una última objeción que se puede presentar, a saber, que la Reforma de la Iglesia debe ser obra de toda la Iglesia, no de personas, o ministerios particulares. Dicho de otra manera, se tiene que esperar a que la Iglesia se reuna para ello y mantenga un concilio, presidido por el papa. Esperar a Trento, digamos. De esta manera, la Reforma será una Reforma de toda la Iglesia, no de una parte de ella.

Aparentemente, esta es una objeción de peso. Pero que responde Calvino a ello? Pues de entrada hay que decir que ni Calvino ni los reformadores, ni las Iglesias reformadas han tenido nunca problema alguno con los concilios de la Iglesia. Todo lo contrario. El gobierno eclesiástico instaurado por Calvino y las iglesias reformadas no fue otro que recuperar el gobierno sinodal de la Iglesia antigua. La Iglesia reformada y presbiteriana es una Iglesia sinodal. Si hemos de buscar algunos precedentes históricos, podríamos perfectamente ver en la Iglesia española visigótica de los siglos anteriores a la invasión musulmana. La Reforma verdaderamente enseña este modelo y aspira a que toda la Iglesia en general sea regida por el mismo.

Este punto es de la mayor importancia: precisamente la Reforma se hizo en base al sistema sinodal de la Iglesia antigua. En la Iglesia antigua había sínodos provinciales, regulares (unas dos veces al año) y luego sínodos ecuménicos de toda la Iglesia (mucho mas esporádicos, cuando había una necesidad apremiante de ello). La cuestión es que los sínodos provinciales no eran subordinados o incompletos: entre sus competencias estaban precisamente el tratar herejías o reformar abusos en la Iglesia dentro de su jurisdicción. Y lo hicieron repetidamente, durante siglos.

La misma lógica se impone aquí. Iglesias particulares, por medio de sus ministros oficiales, oyen la voz de la Reforma y deciden en sínodo ponerla en práctica, bajo una Confesión de Fe que las reagrupe a todas ellas. Si el resto de las iglesias no se suma a la Reforma, ¿debe detenerse la Reforma por ello? Y el honor de Dios? ¿Y la verdad de la Palabra de Dios? ¿Y la verdadera faz de la Iglesia? ¿Y la salvación de las almas? La única verdad en todo esto es que cada uno tiene que cumplir con su deber delante del Señor y aquel que ha visto claramente la verdad no puede callarse ni dejarla sepultada. Por supuesto que lo ideal es que toda la Iglesia a una se reforme, y esta era la súplica incesante de los reformados al Señor. En todo caso, ellos eran guiados por las palabras de Dios a sus profetas, con declaraciones como estas: “Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo, no seas rebelde como la casa rebelde” (Ez. 2: 7-8). “Vuélvanse ellos a ti, y tú no te vuelvas a ellos” (Jer. 15:19).

Conclusión
Como decíamos al inicio, el propósito de esta conferencia era presentar las razones por las cuales los reformadores acometieron la empresa de reformar la Iglesia, y no hacerlo volcando sobre ellos nuestros propios pensamientos y las ideas de nuestra mentalidad actual, sino dejando que ellos mismos nos hablen por medio de sus escritos, y fundamentalmente Calvino en su tratado dirigido al emperador Carlos V. Esperamos haber podido cumplir debidamente con este propósito.

En realidad, si hemos estado atentos a lo largo de toda esta conferencia, en la actualidad no estamos en una situación muy distinta de la que vivieron los reformadores hace casi quinientos años. Los actores son los mismos, solo que los evangélicos hace mucho que en verdad no siguen en la Reforma.

El combate es el mismo. La autoridad de los hombres, o la autoridad de Dios hablando en su Palabra. El consenso y las componendas o la verdad de Dios. Ciertamente, como en los días de Calvino, la voz imperante dice que no se tiene que ser radical, sino que siempre se tiene que buscar la moderación. O, en términos dialécticos, la síntesis entre contrarios. Pero la verdad nunca es radical. La verdad es, simplemente, verdad, tiene su luz propia, y no tiene necesidad de estar atenuada al ser situada entre una escala de grises.

El honor de Dios sigue siendo el asunto mas importante de esta vida. Y esta siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual el también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer que nos conmoviéramos. El espectáculo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumiéramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. El merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

 

Eduque a los niños para Cristo 2

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2. Cualidades intelectuales. Es error de algunos pensar que cualidades mediocres bastan para “la obra de Cristo”. ¿Han de contentarse los cristianos con éstas en los negocios del reino del Redentor, cuando los hombres del mundo no las aceptan en sus negocios? Tenga cuidado en pervertir su dependencia de la ayuda divina, confiando que la calidez de su corazón compense su falta de conocimiento. El mandato: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu mente” se aplica tanto a la obra del Señor como al amor a él. Su hijo necesita una mente bien equilibrada y cultivada, tanto como necesita un corazón piadoso. No permita que sus anhelos por hacer el bien, se vean frustrados debido a su negligencia en ofrecerle una educación intelectual. No estamos diciendo que envíe a todos sus hijos a la universidad y a todas sus hijas a academias para señoritas, sino que los prepare para hacer frente a las mentalidades bajo el dominio del pecado en cualquier parte; provistos de cualidades intelectuales nada despreciables.

3. Cualidades relacionadas con la constitución física. Los intereses de la religión han sufrido ya bastante por el quebrantamiento físico y la muerte prematura de jóvenes que prometían mucho. No dedique un hijo débil, enfermizo al ministerio porque no es lo suficientemente robusto como para tener un empleo o profesión secular. Nadie necesita una salud de hierro más que los pastores y misioneros. “Si ofrecen los cojos y enfermos en sacrificio, ¿no es esto perverso?”. Usted tiene una hija a quien la Providencia puede llamar a los sacrificios de la vida misionera. No la críe dándole todos los caprichos, ni la deje caer en hábitos y modas que dañan la salud, ni que llegue a ser una mujer “sensible y delicada, que por su delicadeza y sensibilidad no se aventura a poner su pie en el suelo”, que queda librada a una sensibilidad morbosa o a un temperamento nervioso lleno de altibajos. ¿Se contentaría con dar semejante ofrenda al Rey de Sión? ¿Sería una bondad para con ella, quien puede ser llamada a sufrir mucho y a quien le faltará la capacidad de resistencia, al igual que de acción que puede ser adquirida por medio de una buena educación física? No; dedique “a Cristo y la iglesia” sus “jóvenes que son fuertes” y sus hijas preparadas para ser compañeras de los tales en las obras y los sufrimientos en nombre de Cristo.

Hasta aquí las cualidades. Hablaremos ahora más particularmente de los DEBERES DE LOS PADRES en educar a sus hijos e hijas para la obra de Cristo.

1. Ore mucho, con respecto a la gran obra que tiene entre manos. “¿Quién es suficiente para estas cosas?”, se pregunta usted. Pero Dios dice: “Bástate mi gracia”. Manténgase cerca del trono de gracia con el peso de este importante asunto sobre su espíritu. La mitad de su trabajo ha de hacerlo en su cámara de oración. Si falla allí, fallará en todo lo que hace fuera de ella. Tiene que contar con sabiduría de lo Alto para poder formar siervos para el Altísimo. Esté en comunión con Dios respecto al caso particular de cada uno de sus hijos. Al hacerlo, obtendrá perspectivas de su deber que nunca podría haber obtenido por medio de la sabiduría humana y sentirá motivos que en ninguna otra parte se apreciarían debidamente. Sin duda, en el día final se revelarán las transacciones de padres de familia cristianos con Dios, con respecto a sus hijos, que explicarán gozosamente el secreto de su devoción y de lo útiles que fueron. Se sabrá entonces más de lo que se puede saber ahora, especialmente en cuanto a las oraciones de las madres. La madre de Mill realizaba algunos ejercicios peculiares en su cámara de oración, respecto a él, lo cual ayuda a entender su vida tan útil. Uno de nuestros periódicos religiosos consigna el dato interesante de que “de ciento veinte alumnos en unos de nuestros seminarios teológicos, cien eran el fruto de las oraciones de una madre y fueron guiados al Salvador por los consejos de una madre”. Vea lo que puede lograr la oración. “Sea constante en la oración”.

2. Cultive una tierna sensibilidad hacia su responsabilidad como padre. Dios lo hace responsable por el carácter de sus hijos con relación a su fidelidad en usar los dones que le ha dado. Usted ha de rendir cuentas” en el día del juicio por lo que hace o no hace, para formar correctamente el carácter de sus hijos. Puede educarlos de tal manera que, por la gracia santificadora de Dios, sean los instrumentos para salvación de cientos, sí, de miles, o que por descuidarlos, cientos, miles se pierdan y la sangre de ellos esté en sus manos. No puede usted deslindarse de esta responsabilidad. Debe actuar bajo ella y encontrarse con ella “en el juicio”. Recuerde esto con un temor piadoso, a la vez que “exhórtese en el nombre del Señor”. Si es fiel en su cámara de oración y en hacer lo que allí reconoce como su deber, encontrará la gracia para sostenerlo. Y el pensamiento será delicioso al igual que solemne: “Se me permite enseñar a estos inmortales a glorificar a Dios por medio de la salvación de las almas”.

3. Tenga usted mismo un espíritu devoto. Su alma debe estar sana y debe prosperar; debe arder con amor a Cristo y su reino, y todas sus enseñanzas tienen que ser avaladas por un ejemplo piadoso, si es que a de guiar a sus hijos a vivir devotamente. Alguien le preguntó al padre de numerosos hijos, la mayoría de ellos consagrados al Señor: ¿Qué medios ha usado con sus hijos?

He procurado vivir de tal manera, que les mostrara que mi propio gran propósito es ir al cielo y llevármelos conmigo.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 6

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Por último, Calvino pasa revista a los defectos del gobierno eclesiástico. Afirma resueltamente que el “oficio pastoral mismo, tal como Cristo lo instituyó, por mucho tiempo desapareció”. Lo que constituye el ministerio pastoral es la enseñanza y predicación de la Palabra de Dios. Pues difícilmente uno entre cien obispos —dice Calvino— subía al púlpito para enseñar, habiendo degenerado los obispos en príncipes seculares. Su vida estaba llena de lujos, entretenimientos, bailes, cazas, eran dados a la avaricia, a la rapiña y a los desenfrenos sexuales, que se extendía a toda la orden ministerial gracias a la desgraciada imposición del celibato forzoso del clero. Los ministros, en vez de haber sido elegidos de acuerdo con las normas de la Escritura y de los concilios antiguos, habían sido comprados por dinero.

Al leer todo esto, alguien podría decir hoy: Calvino exagera diciendo todo esto. Bien, pues si todo esto no fuera cierto, y no fuera evidente para todos, sería una muy pobre defensa la de Calvino ante el emperador, ¿verdad?

Pero hay una cosa más que Calvino dice acerca del gobierno eclesiástico que nos sorprenderá tratándose de la Iglesia de aquella época, porque nos resultará, a nosotros los evangélicos, extrañamente actual. Cito: “Sin embargo, ahora los que quieren ser tenidos por gobernantes de la Iglesia se arrogan a sí mismos una libertad para hablar cualquier cosa que les agrade, e insisten que tan pronto como ellos han hablado deben ser obedecidos sin ninguna consideración. Se afirmará que esto es una calumnia, y que el único derecho que ellos asumen es ratificar por su propia autoridad lo que el Espíritu Santo ha revelado”.

Es decir, los gobernantes se arrogaban el ser “oráculos del Espíritu Santo” en afirmaciones fuera del terreno de la revelación de la Escritura. De esta manera, concluye Calvino, “no habrá límites a su autoridad”.

c) La Reforma de los males

La Reforma protestante, por tanto, se presentaba como el remedio a tales males. Y Calvino encabeza su listado de reformas hablando de la Confesión de Fe que los protestantes esgrimían. Imaginémonos por un momento la situación en la que Calvino intentaba no solo abogar por la Reforma ante el emperador, sino que incluso él la abrazara y que él adelantara su causa. Bien, pues el emperador perfectamente podría decir: “¿De qué habláis? ¿Y quiénes sois vosotros?”.

Vemos, por tanto, la importancia para la Reforma de la Confesión de Fe, así como del mantenimiento del principio del ministerio pastoral en la Iglesia. Ambas cosas son las que identifican y sitúan la Reforma ante todos. La Confesión de Fe es la expresión pública de la doctrina predicada en la Iglesia. Igualmente ocurre con el ministerio pastoral. La Reforma fue llevada a cabo por pastores de iglesias. Por tanto, todo esto no era algo oculto o reservado, todos lo podían examinar debidamente.

Los males eran los que hemos citado, y en los territorios protestantes habían sido remediados de una manera clara y evidente. Todos lo podían ver, todos lo podían comprobar. ¿No es mucho mejor—pregunto yo, no Calvino— este tipo de Reforma que el tipo de negociaciones entre bastidores, tendentes al cambio progresivo, al acuerdo y el compromiso no solo entre distintas facciones, sino más aún entre la verdad y el error, entre la autoridad de Dios y la usurpación de su autoridad por los hombres, entre la virtud cristiana y el pecado y la perversión?

d) La urgencia de la Reforma

En definitiva, el tratado de Calvino hace un tratamiento exhaustivo de todas estas razones o motivos de Reforma, de las cuales ahora en esta conferencia solo podemos hacer brevemente mención. En todo caso, lo visto hasta ahora basta para confirmar lo que hemos dicho al inicio, es decir, que la Reforma no se hizo para una hipotética emancipación del creyente individual frente a la férrea y dogmática Iglesia. La Reforma se hizo, precisamente, para reformar la Iglesia. Parece una banalidad recordarlo, pero no lo es. Lo otro, el discurso contemporáneo, es precisamente el de la no-Reforma.

¿Por qué los Reformadores, pues, tomaron para sí la responsabilidad de emprender la Reforma? Sin ella, su vida habría sido sin duda más tranquila, podrían haber vivido más años y con más salud, habrían optado a los lugares más prestigiosos de su tiempo, y de esta manera, de haber pasado a la historia, lo habrían hecho como hombres más simpáticos y tolerantes. ¿Qué es lo que les movió a un combate semejante que marcaría definitivamente sus vidas?

Pues simplemente, el celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Sin este celo por el Señor —dice Calvino— se es peor que los paganos, pues ellos lo tienen por sus divinidades falsas. Pero peor aún: sigue diciendo Calvino que los perros ladrarán si ven a su amo ser atacado, ¿y hemos de callar nosotros si vemos el sagrado nombre de Dios deshonrado?”

Es indudable que Calvino tenía este celo por el Señor y lo expresaba de manera memorable. Cito sus palabras: “Hay algo de engañoso en el nombre de moderación y la tolerancia es una cualidad que tiene una apariencia justa y parece digna de elogio; pero la regla que debemos observar en todo lo que está en juego es esta: nunca soportar con paciencia que el nombre sagrado de Dios sea atacado con blasfemias impías; que su verdad eterna sea suprimida por las mentiras del diablo; que Cristo sea insultado, sus misterios sacrosantos contaminados, las infelices almas cruelmente destruidas, y la Iglesia se retuerza en agonía bajo los efectos de una herida mortal. Esto sería no mansedumbre, sino una indiferencia sobre cosas a las cuales todas las demás deberían posponerse”.

Continuará …

Eduque a los niños para Cristo 1

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A Iglesia del Señor Jesucristo fue instituida en este mundo pecador para procurar su conversión. Hace mil ochocientos años recibió el mandato: “Predicad el evangelio a toda criatura”. Debe su tiempo, talentos y recursos a su Señor, para cumplir su propósito. No obstante, “todo el mundo está puesto en maldad”. Pocos, comparativamente hablando, han oído “el nombre de Jesús”; “que hay un Espíritu Santo” o que existe un Dios que gobierna en la tierra.

En esta condición moral que afecta a este mundo, los amigos de Cristo han de considerar seriamente las preguntas: “¿No tenemos algo más que hacer? ¿No hay algún gran deber que hemos pasado por alto; algún pacto que hemos hecho con nuestro Señor, que no hemos cumplido?”. Encontramos la respuesta si observamos a los hijos de padres cristianos, quienes han profesado dedicar todo a Dios pero que, mayormente, han descuidado educar a sus hijos con el propósito expreso de servir a Cristo en la extensión de su reino. Dijo cierta madre cristiana, cuyo corazón está profundamente interesado en este tema: “Me temo que muchos de nosotros pensamos que nuestro deber parental se limita a labores en pro de la salvación de nuestros hijos; que hemos orado por ellos sólo que sean salvos; los hemos instruido sólo para que sean salvos”. Pero si ardiera en nuestro corazón, como una flama inextinguible, el anhelo ferviente por la gloria de nuestro Redentor y por la salvación de las almas, las oraciones más sinceras desde su nacimiento serían que, no sólo ellos mismos sean salvos, sino que fueran instrumentos usados para salvar a otros.

En lo que respecta al servicio de Cristo, parece ser que consiste en llegar a ser creyente, profesar la religión, cuidar el alma de uno mismo, mantener una buena reputación en la iglesia, querer lo mejor para la causa de Cristo, ofrendar cuanto sea conveniente para su extensión y, al final, dejar piadosamente este mundo y ser feliz en el cielo. De este modo, “pasa una generación y viene otra” para vivir y morir de la misma manera. Y realmente la tierra “permanece para siempre” y la masa de su población sigue en ruinas, si los cristianos siguen viviendo así.

Existe pues, la necesidad de apelar a los PADRES DE FAMILIA CRISTIANOS, en vista de la actual condición del mundo. Usted da sus oraciones y una porción de su dinero. Pero, como dijera la creyente ya citada: “¿Qué padre cariñoso no ama a sus hijos más que a su dinero? ¿Y por qué no han de darse a Cristo estos tesoros vivientes?”. Este “procurar lo nuestro, no las cosas que son de Cristo” debe terminar, si es que alguna vez el mundo se convertirá. Debemos poner manos a la obra y enseñar a nuestros hijos a conducirse con fidelidad, de acuerdo con ese versículo: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Entiéndanos. No decimos que dedique sus hijos a la causa de la obra misionera exclusivamente o a alguna obra de beneficencia. Debe dejar su designación al “Señor de la mies”. Él les asignará sus posiciones, sean públicas o privadas; o esferas de extensa o limitada influencia, según “le parezca bien”. Su deber es realizar todo lo que incluye el requerimiento “instruye a tus hijos en la ley de Jehová” con la seguridad de que llegará el momento cuando la voz del Señor diga, con respecto a cada uno “el Señor tiene necesidad de él” y será guiado hacia esa posición en la que al Señor le placerá bendecirlo. Y si es retirada y humilde o pública y eminente, esté seguro de esto: Encontrará suficiente trabajo asignado a él y suficientes obligaciones designadas a él, como para mantenerlo de rodillas, buscando gracia para fortalecerlo y para pedir el empleo intenso y diligente de todos sus poderes mientras viva.

Por lo tanto, padres de familia cristianos, una pregunta interesante es: “¿Qué CUALIDADES prepararán mejor a nuestros hijos para ser siervos eficaces de Cristo?”. Hay muchas relacionadas con el CORAZÓN, la MENTE y la CONSTITUCIÓN FÍSICA.

Ante todo, piedad. Deben amar fervientemente a Cristo y su reino; consagrarse de corazón a su obra y estar listos para negarse a sí mismos y sacrificarse en la obra a la cual él puede llamarlos. Debe ser una piedad sobresaliente, “pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”.

Dijo una mujer, actualmente esposa de un misionero americano: “Hacer y recibir visitas, intercambiar saludos cordiales, ocuparse de la ropa, cultivar un jardín, leer libros buenos y entretenidos y, aun, asistir a reuniones religiosas para complacerme a mí misma, nada de esto me satisface. Quiero estar donde cada detalle se relacione, constantemente y sin reservas, con la eternidad. En el campo misionero espero encontrar pruebas y obstáculos nuevos e inesperados; aun así, escojo estar allí y, en lugar de pensar que es difícil sacrificar mi hogar y mi patria, siento que debo volar como un pájaro hacia aquella montaña”.

Una piedad tal que brilla y anhela vivir, trabajar y sufrir para Cristo es la primera y gran cualidad para inculcar en su hijo. Es necesario actuar eficazmente para Cristo en cualquier parte, en casa o afuera; en una esfera elevada o en una humilde. El Señor Jesús no tiene trabajo adaptado a los cristianos que viven en “un pobre estado moribundo” con el cual tantos se conforman. Es todo trabajo para aquellos que son “firmes en la gracia que es en Cristo Jesús” y están dispuestos y decididos a ser “fieles hasta la muerte”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 5

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b) Los males de la Iglesia 

Comienza, así, Calvino exponiendo los males de la Iglesia primeramente en el área de la adoración. Es muy interesante, dicho sea de paso, notar el orden, pues él sitúa la adoración a Dios por delante de los males en la materia de la doctrina de la salvación. Vemos que, para Calvino y la Reforma en general, la verdadera adoración a Dios era un asunto de la mayor importancia, puesto que se trata de dar al Señor el honor y la honra debida a su nombre.

Y, en este sentido, Calvino comienza exponiendo la regla por la cual se distingue la adoración verdadera a Dios de la adoración falsa. Esta regla consiste en no adoptar “ningún artificio o invención que nos parezca apropiada, sino atender a los mandatos de aquel que solo tiene derecho en prescribir“. La verdadera adoración, por tanto, es la que Dios establece en las Sagradas Escrituras. Esto significa que los creyentes no tenemos la libertad para adorar a Dios según nuestras propias ideas ni siquiera de introducir aquellas cosas que incluso Dios no prohíbe en su Palabra. Significa, por tanto, que debemos adorar a Dios según lo que él nos ordena en las Escrituras. La Palabra de Dios es —debe ser— nuestra regla de adoración.

Por supuesto, esto excluye todas las innovaciones que los hombres han añadido a la adoración. Y Calvino enumera un buen número de ellas: la oración a los santos y a la virgen María, el uso de las imágenes, la introducción de un sinfín de ceremonias tomadas parcialmente del paganismo o el convertir la doctrina del arrepentimiento en toda una serie de ejercicios externos del cuerpo.

Pero Calvino continúa hablando de las doctrinas de la salvación, y cómo ellas habían llegado a ser también extremadamente adulteradas. Aborda así la disminución del pecado original al exaltar el libre albedrío del hombre. O también habla de la gran disputa sobre la justificación no acerca de si los cristianos debemos hacer buenas obras —que eso está fuera de toda discusión—, sino sobre si estas buenas obras cuentan en algo para que seamos justificados, o bien si lo somos exclusivamente gracias a la obra de Cristo a nuestro favor. O también Calvino habla de cómo se había perdido el sentido de la seguridad de la fe en el creyente, lo que le hacía estar en un estado de permanente incertidumbre en cuanto a la obra de la gracia de Dios en él. Todas estas cosas no son cuestiones menores. Los errores en estas áreas, y de tal magnitud, eran, según Calvino, una “herida mortal” para la Iglesia, por ellos “la Iglesia había sido traída al borde de la destrucción”.

Calvino también hace una mención especial acerca de los sacramentos. De entrada, rechaza que los sacramentos en la Iglesia fueran siete, puesto que, a excepción del Bautismo y de la Santa Cena, el resto han sido introducidos no por autoridad divina sino por autoridad humana. Además, también rechaza la concepción de su eficacia que sujeta tan-to la gracia de Dios a ellos que hace que Cristo estuviese presente en ellos: la concepción conocida como el ex opere operato.

Calvino desarrolla especialmente la Santa Cena. De manera bien significativa, afirma que se había convertido en una escena “melodramática”, en la que el sacerdote se excomulga del pueblo, separándose del resto de la asamblea, negando la copa al pueblo y hablando en una lengua que le resultaba desconocida, a saber, el latín. No solo eso, sino que se le había conferido el valor de un sacrificio expiatorio por los pecados no solo de los vivos, sino también de los muertos. O también de haber inventado la superstición de guardar el pan en un tabernáculo para ser adorado.

Continuará …

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 4

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2. La necesidad de la Reforma

a) La cuestión fundamental

Hecha esta aclaración inicial, pasamos ahora a tratar el contenido del tratado de “La necesidad de la Reforma de la Iglesia”, de Juan Calvino. Como nos podemos imaginar, escribir un tratado de defensa de la Reforma evangélica dirigido al emperador no es un asunto baladí. Si alguna posibilidad de éxito podía tener este tratado, residía —además, por supuesto, de que Dios bendijera esta lectura— en el hecho de que Calvino no se expresara de una manera confusa o vaga, sino con una total claridad de ideas. De esta manera, la idea principal de este tratado nos la encontramos en su introducción misma. En ella, Calvino quiere responder a los que acusaban a los reformadores de haber iniciado algo que no tenían el derecho de hacer. Escuchando las siguientes palabras de Calvino comprenderemos este punto perfectamente: “Primero, entonces, la pregunta no es si la Iglesia trabaja con enfermedades graves y numerosas (esto es admitido aun por cualquier juez moderado), sino si las enfermedades son de un tipo que ya no admite más demora, y en cuanto a que, por consiguiente, no es útil ni apropiado aguardar resultados de remedios lentos. Se nos acusa de innovaciones precipitadas e impías, por habernos aventurado a proponer por lo menos algún cambio en el estado anterior de la Iglesia […]. Oigo que hay personas que, aun en este caso, no vacilan en condenarnos; su opinión es que ciertamente teníamos razón en desear cambios, pero no en procurarlos”.

Hasta aquí las palabras de Calvino. Podemos parafrasearlas nosotros diciendo que Calvino está presentando el gran dilema: cambios lentos o Reforma ya. Todo el mundo — dice Calvino— estaría de acuerdo en afirmar que la Iglesia estaba mal y que tenía que cambiar. Pero —dirían— hay que buscar la transición, la evolución. No ser radical, sino buscar más bien la moderación.

Esta es, todavía hoy, la gran queja contra la Reforma protestante desde el punto de vista romanista; ellos dicen: “Reforma sí, y ya se tuvo Reforma ordenada en el Concilio de Trento. Pero nunca puede haber una Reforma que atente contra la constitución de la Iglesia o su esencia misma”. ¿Y qué es, según ellos, la constitución y el ser de la Iglesia? ¿Qué es lo que hace que la Iglesia sea tal? Pues, en última instancia, el gobierno jerárquico, en cuya cúspide está el papa de Roma. Una Reforma sin su visto bueno es para ellos inaceptable, y aquí está, en el fondo, la clave del asunto.

Nosotros, como protestantes, no damos en principio validez alguna a estas pretensiones absolutistas del papado de Roma. No tienen base en la Escritura y tampoco se sostienen por la historia. Pero puestas estas acusaciones en el contexto de su época, son de una gravedad extraordinaria: según ellas, no tenían que haber buscado la Reforma abrupta, sino la gradual, guiada por el papa. De ser cierta esta acusación, los reformadores tendrían que ser vistos, ayer y hoy, como unos exaltados radicales y su obra, por tanto, debería ser desechada como cismática. Bien, ¿cuál fue la respuesta de Calvino? Pues, sencillamente, pedir que tales personas que hacen estas acusaciones “suspendan su juicio —dice—hasta que yo haya mostrado de los hechos que en nada nos hemos precipitado —no hemos procurado nada temerariamente, nada ajeno a nuestro deber— de hecho, nada hemos emprendido hasta vernos obligados por la más suprema necesidad”.

La más suprema necesidad. El tratado quiere demostrar precisamente esto. Para hacerlo, expondrá tres puntos principales, que serán los tres capítulos del libro: primero, mostrando la necesidad real que existía de Reforma. Segundo, exponiendo los remedios que la Reforma dio a tales males. En tercer y último lugar, Calvino dará respuesta a la pregunta fundamental de por qué no se podía esperar, sino que se había procedido a una Reforma inmediata.

Continuará …

 

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 3

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1.B La verdadera naturaleza de la Reforma

Lutero era doctor de la Iglesia y sabía que una de las potestades de esta es la de definir las enseñanzas de la Palabra de Dios. Su intención al clavar las noventa y cinco tesis era la de iniciar un debate teológico acerca de las prácticas introducidas en la Iglesia medieval, en particular las indulgencias, y acerca de las doctrinas en las que estas se basaban. Cuando la polémica con Roma fue en aumento, Lutero hizo reiterados llamamientos para la celebración de un Concilio de la Iglesia en el que se trataran debidamente todos estos asuntos, y en el que ambos partidos estuvieran debidamente presentes. En vez de llevarlo a cabo, el papa de Roma procedió a excomulgarlo directamente. El Concilio solicitado por Lutero se celebraría finalmente, sí, pero treinta y cuatro años después de su excomunión, sin que Lutero y sus seguidores pudieran estar presentes en él.

La preocupación de Lutero para iniciar la Reforma, por tanto, no fue la de emprender una aventura personal que diera sentido a su vida, lo cual no significa que por causa de la Reforma su vida no tomara un sentido completamente nuevo e inesperado para él, sino que esto no fue su motivación para llevarla a cabo.

Lo mismo se puede decir de Calvino: si leemos los capítulos del libro cuarto de la Institución de la religión cristiana que se corresponden a las doctrinas de la Iglesia, o eclesiología, nos daremos cuenta rápidamente de que su preocupación principal era la Reforma del cuerpo de la Iglesia como tal. En el libro cuarto, capítulo onceavo de la Institución, Calvino describe esta Reforma de manera resumida como la tarea de “destruir el reino del Anticristo —es decir, liberar a la Iglesia del dominio del papa— y levantar otra vez el verdadero reino de Cristo”‘ que, para él, significaba volver a la edad de oro de la Iglesia antigua, la Iglesia de los siglos IV y V y de los primeros grandes concilios ecuménicos a partir del de Nicea, en el año 325 d. C. De esta manera, en su carta de respuesta al cardenal Sadoleto, Calvino podía afirmar: “Sabes muy bien que estamos más de acuerdo con la antigüedad que vosotros; y además no pedimos otra cosa, sino que esta antigua faz de la Iglesia pueda por fin ser restaurada y renovada por entero”.

Por tanto, la Reforma no se concebía a sí misma como una modernidad o una innovación en la Iglesia. Más bien, los reformadores llamaban a una vuelta a su estado original y, desde este punto de vista, la novedad que se había llegado a producir en la Iglesia había sido en realidad el surgimiento de un moderno concepto del papado, gracias a la acumulación cada vez mayor de prerrogativas del obispo de Roma, durante todo el periodo de la Edad Media.

Todo esto es de vital importancia para entender la necesidad de obrar una Reforma en la Iglesia. La preocupación eclesial era algo central para los reformadores. No así con nosotros. ¿Por qué no hay Reforma hoy? Pues en gran parte, porque no vemos la necesidad de reformar la Iglesia. Para nosotros es algo completamente secundario. Pero en la mente de los reformadores no se podía disociar, como la mayoría de las veces hacemos nosotros, evangélicos del siglo XXI, entre, por un lado, el mensaje de la salvación y, por otro, la Iglesia institucional; es decir, en un sentido de Iglesia visible. Porque, por una parte, el mensaje del evangelio es lo que da forma a la Iglesia (lo vemos claramente: somos convertidos y salvos por medio de este mensaje del evangelio); pero, por otra parte, porque es la Iglesia visible e institucional la que debe proclamar este mensaje. Así que ambas estaban unidas, y la definición de la doctrina de la justificación por la fe y todas las demás doctrinas relacionadas —el mensaje a proclamar— demandaba y traía consigo una Reforma análoga de la Iglesia institucional.

Continuará …

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 2

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En cuanto a si estaríamos dispuestos a repetir la Reforma hoy, la respuesta es, evidentemente, no, en la medida que damos por bueno no solo nuestra división en denominaciones, sino incluso el protestantismo liberal del Consejo Mundial de las iglesias, así como a la Iglesia de obediencia romana, posicionándonos con ellos en documentos oficiales.

Sin embargo, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, en todas estas respuestas, lo que prevalece es nuestro discurso actual de hoy. Es decir, tenemos nuestro discurso propio y actual acerca de lo que representó la Reforma, un discurso que nos va bien y que nos conviene, pero que no se construye citando y apoyándose en lo que los actores de la Reforma de hace casi cinco siglos dijeron e hicieron. Aquí hay una cuestión funda-mental a tratar, pues, y es que —en vez de tomar nuestras ideas actuales como criterio de verdad o en vez de hacer nuestras proyecciones mentales hacia el pasado— tenemos que intentar recuperar el sentido original de la Reforma, a partir de lo que sus actores, los Reformadores, dijeron y enseñaron. Se tiene que volver a las fuentes originales de la Reforma. Esta es una de las mayores urgencias hoy día.

Y es este el propósito de este mismo escrito, al menos en la medida de sus posibilidades, a saber: presentar las razones por las que los Reformadores en su día acometieron la tremenda tarea de llevar a cabo la Reforma de la Iglesia. Para ello nos centraremos principalmente en el Reformador Juan Calvino, por ser un reformador “de segunda generación”, que poseía por tanto una cierta perspectiva temporal con respecto al movimiento iniciado por Lutero. De manera particular, me centraré en un tratado que él escribió directamente al emperador Carlos V (o el rey Carlos I de España), titulado La necesidad de reformar la Iglesia’.

Calvino lo escribió con motivo de la Dieta de Espira del año 1544, prácticamente en vísperas del inicio del Concilio de Trento (1545-1563). En esta Dieta, Carlos V buscaba el apoyo de todos los territorios alemanes en su guerra contra Francia, incluidos por tanto los territorios protestantes. La ocasión política se presentaba propicia entonces, para que estos territorios protestantes pudieran recibir algunas concesiones de parte del Emperador, quien había permanecido fiel a Roma. En este tratado, pues, Calvino hace una defensa en toda regla del movimiento de la Reforma. Pero no solo eso: al final del tratado, incluso instará al emperador a que él mismo la proteja y la adelante en todos sus territorios. ¿Nos imaginamos lo que suponía hacer este llamamiento al hombre más poderoso de aquel tiempo, el emperador Carlos V?

1. La verdadera naturaleza de la Reforma
Pero antes de entrar a considerar sumariamente el contenido del tratado, debemos dejar a un lado, de manera axiomática para nuestra conferencia, la comprensión subjetivista habitual que se tiene acerca de la Reforma, es decir, la de Lutero como encarnación de la conciencia individual del creyente frente al dogmatismo férreo de la Iglesia institucional. Debemos dejarlo de lado porque es, sencillamente, falso. Lutero no inició la Reforma para liberarse del yugo dogmático de la Iglesia. Por supuesto que Lutero se enfrentó a una cierta tradición dentro de la Iglesia católica, desarrollada en el último periodo de la Edad Media, es decir, la teología escolástica. También es cierto que él hablaba mucho en primera persona y que fue un personaje con un gran carisma personal. No hubiera sido posible emprender ninguna Reforma sin este carisma, está claro. Pero la preocupación principal de Lutero no era tanto su persona como el mensaje de la salvación, la procla-mación del evangelio por parte de la Iglesia. Se trataba de un mensaje objetivo de la Palabra de Dios que debía ser recibido por la gente como tal. Prueba evidente de ello es cómo Lutero finalizó su tratado de polémica con Erasmo de Róterdam, El siervo albedrío, recriminando a este su falta de afirmaciones claras, de aserciones como dice Lutero, al hablar la enseñanza de la Palabra. Lutero le dice: “Y no es difícil suponer que, puesto que eres un hombre, tú hayas podido no comprender correctamente ni observar con suficiente cuidado las Escrituras o las palabras de los Padres, bajo cuya dirección crees haber alcanzado el objetivo. De esto nos damos suficientemente cuenta cuando escribes que no escribes nada por aserción, sino “haciendo comparaciones”. No escribe así el que ve el fondo del asunto y quien lo comprende correctamente. En cuanto a mí, con este libro, yo no he “hecho comparaciones”, sino que he sostenido y sostengo por aserción; y no quiero dejar el juicio a nadie, sino que me esfuerzo por persuadir para que asientan”.

Continuará …

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino

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“¿Por qué nosotros, creyentes del siglo XXI, somos hoy protestantes evangélicos y no cualquier otra cosa? La respuesta que fácilmente se puede dar es: Porque en el siglo XVI hubo la Reforma protestante y nosotros, de una manera u otra, más clara o más difusamente, todavía somos herederos de ese movimiento que en su día transformó la Iglesia”

La necesidad de reformar la Iglesia según Juan Calvino.

Introducción.

Hace poco tiempo celebramos los 500 años del inicio a la Reforma protestante, es decir, la publicación de las noventa y cinco tesis de Lutero. Según se aproximaba la fecha, pudimos asistir a unos espectaculares fuegos artificiales ecuménicos, entre representantes de las iglesias romanista y protestante, incluso algunos destacados lideres evangélicos realizo algún que otro acercamiento o reconocimiento mutuo sin precedentes.

Y cuando hablo de estos más que previsibles, actos de confraternización ecuménica, no me estoy refiriendo solamente a las iglesias del llamado protestantismo histórico (las grandes iglesias protestantes nacionales nacidas de la Reforma y que, a lo largo del tiempo, han caído presas del liberalismo y del pluralismo teológico), sino también del  protestantismo evangélico que es mayoritario en España como en los países de Sudamérica, un protestantismo evangélico que, de la mano de la Alianza Evangélica Mundial, se ha metido en el diálogo ecuménico con la Iglesia Papal. Fruto de este diálogo han visto la luz dos documentos oficiales que sitúan áreas vitales de la vida de la Iglesia como el testimonio y la proclamación del evangelio, en perfecta sintonía con Roma; a saber: el primer documento, “Iglesia, evangelización y los vínculos de la koinonía” (2002) “Testimonio cristiano en un mundo religioso” (2011).

Sí, hemos de tener claro que el mundo evangélico hoy es pluralista de cara al interior (véase su división en denominaciones) y ecumenista de cara al exterior. Con lo cual, la primera pregunta que surge de ello, al menos para mí y creo que también para todo el que piense honestamente al respecto, es: ¿Cómo podemos seguir pidiendo a los demás que lleguen a tener la misma fe que nosotros, cuando hemos justificado precisamente que los demás no la tengan? Está claro que, desde este punto de vista, la evangelización y la misión se convierten al final en superfluas e innecesarias.

Pero hay muchas otras preguntas que se pueden seguir haciendo en este sentido. Hay una pregunta que llevo haciendo desde hace años en conferencias y artículos, y es la siguiente: ¿Por qué nosotros, creyentes del siglo XXI, somos hoy protestantes evangélicos y no cualquier otra cosa? La respuesta que fácilmente se puede dar es: Porque en el siglo XVI hubo la Reforma protestante y nosotros, de una manera u otra, más clara o más difusamente, todavía somos herederos de ese movimiento que en su día transformó la Iglesia.

Bien, pues entonces, teniendo en cuenta todos estos recientes posicionamientos ecumenistas del mundo evangélico, la gran pregunta es si la Reforma del siglo XVI fue un hecho que nosotros hoy podríamos no solo justificar, sino incluso también estaríamos dispuestos a repetir.

¿Justificamos hoy la Reforma protestante? Se puede decir que sí. Sin ir más lejos, normalmente, se sigue celebrando en esta fecha el Día de la Reforma. Pero, en líneas generales, esto no se hace tanto desde el punto de vista del mensaje de la salvación, de la doctrina de la Iglesia, de la adoración a Dios, como desde un punto de vista subjetivista del individuo. Es decir, la Reforma protestante se ve muchas veces, por no decir la mayoría, como la reivindicación de la conciencia individual del creyente, simbolizada por Lutero, ante los dogmatismos de la Iglesia institucional de su tiempo. Tal vez también en el sentido de la libertad de conciencia y de religión. En este sentido, que es el discurso tradicional del liberalismo protestante y que los evangélicos hemos asumido como propio, sí que estamos dispuestos a justificar la Reforma protestante, y lo hacemos. No me invento nada. Todo esto se puede comprobar en las interpretaciones de la Reforma que se hacen aquí y allá en los medios de comunicación evangélicos actuales.

Continuará …

 

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 5

Blog124E

Kiinigsdamm 7, Berlin-Plátzensee 12 de octubre de 1.944

Mi queridísima amada:

Dentro de un momento iré a casa con nuestro Señor en completa calma y en seguridad de salvación. Mis pensamientos están contigo, con todos vosotros, con el mayor amor y gratitud.

Como último deseo, te ruego que solo te agarres a él y tengas plena confianza en él; él te ama. Cualquier decisión que puedas tomar para todos vosotros, después de orar, tiene mi completa aprobación y mi bendición. Si solo supieras con qué inconcebible lealtad él está ¡unto a mí en este momento, estarías protegida y tranquila para toda tu difícil vida. Él te dará fuerza para todo. Bendigo a nuestros dos amados hijos, y les incluyo en mi última ferviente oración. ¡Que el Señor permita que su rostro brille sobre ellos y les conduzca al hogar celestial! Sinceros saludos y gratitud para mi amada mamá, para tus padres y para mis hermanos y hermanas. Que puedan ellos sobrevivir, salvaguardados por él, a los difíciles tiempos en nuestra fervientemente amada tierra natal.

A ti, mi más amada de todos, pertenece mi ferviente amor y gratitud hasta el último momento y hasta nuestra bendita reunión.

Que Dios te guarde.

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).

 

Deberes Familiares 7

Blog122G

DEBERES DE LOS HIJOS HACIA LOS PADRES.
Los hijos tienen un deber hacia sus padres que bajo la ley de Dios y la naturaleza deben cumplir a conciencia. “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres; porque esto es justo”. Y también “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo; porque esto agrada al Señor” (Ef. 6:1; Col. 3:20).

Estas son las cosas en las que los hijos deben dar a sus padres la honra que merecen.

Primero, deben siempre considerarlos a ellos mejores que a sí mismos. Observo un espíritu vil en algunos hijos, que miran con desprecio a sus padres y sus pensamientos con respecto a ellos son despectivos y desdeñosos. Esto es peor que comportarse como un pagano; los que actúan de esta manera, tienen el corazón de un perro o una bestia que muerde a los que lo produjeron y a la que les dio vida.

Objeción: Pero mi padre es ahora pobre y yo soy rico, y sería disminuirme o, por lo menos, un obstáculo para mí, mostrarle el respeto que le mostraría si las cosas fueran distintas.

Respuesta: Le digo que argumenta usted como un ateo o una bestia y su posición en esto, es totalmente opuesta a la del Hijo de Dios (Mar. 7:9-13). Un talento y un poco de la gloria de una mariposa, ¿tienen que convertirlo en un ser que no ayuda y no honra a su padre y a su madre? “El hijo sabio alegra al padre, mas el hombre necio menosprecia a su madre” (Prov. 15:20) Aunque sus padres se encuentren en la posición más baja y usted en la más alta, él sigue siendo su padre y ella su madre y usted debe tenerlos en alta  estima: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila” (Prov. 30:17)

Segundo, debe demostrar que honra a sus padres con su disposición de ayudarles en lo que necesiten. “Pero si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres;…”, dice Pablo, “porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios” (1 Tim. 5:4). José observó esta regla con respecto a su pobre padre, aunque él mismo estaba casi a la altura del rey de Egipto (Gén. 47:12; 41:39-44).

Además, note que deben “recompensar a sus padres”. Hay tres cosas por las cuales, mientras viva, estará en deuda con sus padres.

1. Por estar en este mundo. De ellos, directamente bajo Dios, recibió usted vida.

2. Por su cuidado para preservarlo cuando usted no podía hacer nada por sí mismo, no podía cuidarse ni encargarse de sí mismo.

3. Por los esfuerzos que hicieron para criarlo. Hasta que no tenga usted hijos propios, no podrá comprender los esfuerzos, desvelos, temores, tristezas y aflicciones que han sufrido para criarlo y, cuando lo comprenda, será difícil sentir que ya los ha recompensado por todo lo que hicieron por usted. ¿Cuántas veces han saciado su hambre y arropado su desnudez? ¿Qué esfuerzos han hecho a fin de que tuviera usted los medios para vivir y triunfar aun cuando ya hayan muerto? Es posible que se hayan privado de alimento y vestido y que se hayan empobrecido para que usted pudiera
vivir como un hombre. Es su deber, como hombre, considerar estas cosas y hacer su parte para recompensarlos. Las Escrituras así lo afirman, la razón así lo afirma y sólo los perros y las bestias pueden negarlo. Es deber de los padres cuidar a sus hijos y el deber de los hijos, recompensar a sus padres.

Tercero, por lo tanto, con una conducta humilde y filial demuestre que usted, hasta este día, recuerda con todo su corazón el amor de sus padres.

Todo esto, sobre la obediencia a los padres, en general.

También, si sus padres son piadosos y usted es impío, como lo es si no ha pasado por la segunda obra o el nacimiento de Dios, debe considerar que con más razón debe respetar y honrarlos, no sólo como padres en la carne, sino como padres piadosos; su padre y madre han sido designados por Dios como sus maestros e instructores en el camino de justicia. Por lo tanto, como dijera Salomón: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre: Átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello” (Prov. 6:20, 21).

Ahora, le insto que considere esto:

1. Que ésta ha sido siempre la práctica de los que son y han sido hijos obedientes. Sí, de Cristo mismo para con José y María, aun cuando él mismo era Dios bendito para siempre (Luc. 2:51).

2. Con el fin de dejarlo estupefacto, pues tiene usted también los juicios severos de Dios sobre los que han sido desobedientes. Como, 1) Ismael, por haberse burlado de un hecho bueno de su padre y su madre, se vio privado tanto de la herencia de su padre como del reino de los cielos y, eso, con la aprobación de Dios (Gén. 21:9-14; Gál. 4:30). 2) Ophni y Phinees, por rechazar el buen consejo de su padre, provocaron la ira del gran Dios y lo convirtieron en su enemigo: “Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir” (1 Sam. 2:23-25). 3) Absalón fue linchado, por decirlo así, por Dios mismo, porque se había rebelado contra su padre (2 Sam. 18:9-15).

Además, ¡qué poco sabe usted del dolor que significa para sus padres pensar que puede estar condenado! ¿Cuantos suspiros, oraciones y lágrimas habrán brotado en su corazón por esta razón? ¿Cuánto gimió Abraham por Ismael? Le dijo a Dios: “Ojalá Ismael viva delante de ti” (Gén. 17:18). ¿Cuánto sufrieron Isaac y Rebeca por el mal comportamiento de Esaú? (Gén. 26:34, 35). ¿Y con cuánta amargura lloró David a su hijo que había muerto en su maldad? (2 Sam. 18:32, 33).

Por último, ¿es posible imaginar otra cosa que el hecho de que estos suspiros, oraciones, etc. de sus piadosos padres, sólo aumentarán sus tormentos en el infierno si muere en sus pecados?

Por otro lado, si sus padres y usted son piadosos, ¿no es esto una felicidad? ¿Cuánto debe regocijarse porque la misma fe mora tanto en sus padres como en usted? Su conversión, posiblemente, sea el fruto de los gemidos y oraciones de sus padres a favor de su alma y no pueden menos que regocijarse; regocíjese con ellos. Así sucedió en el caso de un hijo mencionado en la parábola: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (Luc. 15:24). Sea el hecho de que sus padres viven bajo la gracia, al igual que usted, motivo para proponerse más decididamente a honrarlos, reverenciarlos y obedecerles.

Ahora está en mejores condiciones para considerar los desvelos y el cuidado que sus padres le han brindado, tanto a su cuerpo como a su alma. Por lo tanto, esfuércese por recompensarlos. Usted tiene la fortaleza para responder en cierta medida al mandamiento, por lo tanto, no lo descuide. Es doble pecado el que un hijo creyente no recuerde el mandamiento, sí, el primer mandamiento con promesa (Ef. 6:1, 2). Cuídese de no decirles a sus padres ni una palabra brusca, ni de comportarse indebidamente con ellos.

Nuevamente, si usted es piadoso y sus padres son impíos, como tristemente sucede con frecuencia, entonces:

1. Ansíe su salvación, ¡los que se van al infierno son sus padres!

2. Lo mismo que dije antes a la esposa, tocante a su esposo inconverso, le digo ahora a usted: Cuídese de un lengua que habla ociosidades hábleles con sabiduría, mansedumbre y humildad; atiéndalos fielmente sin quejarse y reciba, con la modestia de un niño, sus reproches, sus quejas y hablar impío. Esté atento a fin de percibir las oportunidades para hacerles ver su condición. ¡Oh! ¡Qué felicidad sería si Dios usara a un hijo para traer a su padre a la fe! Entonces el padre ciertamente podría decir:

Con el fruto de mi cuerpo, Dios ha convertido mi alma. El Señor, si es su voluntad, convierta a nuestros pobres padres, a fin de que, junto con nosotros, sean hijos de Dios.

Tomado del folleto “Christian Behavior” [Conducta cristiana].

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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 4

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Últimas cartas a su esposa

25 DE Julio DE 1944. 

Mi querida amada (esta carta fue escrita antes de su encarcelamiento):

Sabes qué acontecimientos están barriendo Alemania y puedes suponer su significado. En vista de mi posición, es fácilmente posible que la ola me arrastre a mí también y me lleve a su peor remolino. Por tanto, quiero decirte una palabra de despedida ahora, aunque solo por este tiempo sobre la tierra, y de ferviente agradecimiento. Primero, tú y los pequeños debéis saber que yo no he tenido parte alguna ni culpa en lo que ha sucedido, sin importar lo que se pueda decir después. Todo lo demás no tiene ninguna importancia en comparación con esto. Sin embargo, este tiempo treméndamente grave me ha traído una enorme ganancia. He vuelto por completo a los brazos abiertos de nuestro Señor y Salvador, a quien había olvidado a menudo con la presión de los acontecimientos. Paso casi todo mi tiempo libre en oración, una oración en la que pido fuerza para mí mismo al afrontar todo lo que ha de venir, y bendición y ayuda para ti, mi queridísima esposa, y para los niños. Y así, siento tan claramente el don de la fortaleza, que me ha venido, que puedo embarcarme en todo con la seguridad gozosa de que no puede terminar en ningún otro sitio, sino ¡unto al corazón de Dios, en eterna paz. Por tanto, de hecho, todo lo que ha ocurrido antes parece bastante sin importancia y no te debe importar en modo alguno. En cada momento, mi ojo interior verá detrás de cualquier cosa solo los brazos abiertos de mi Señor y Salvador. Mi firme consuelo y apoyo son los dichos: “A aquel que viene a mí, no le echo fuera,” y, “Aunque tus pecados sean como escarlata, serán como blanca nieve,” y después muchas otras expresiones impregnadas del amor de Dios como la más profunda razón para su actitud hacia nosotros.

Me agarro a ellas y cobro fuerza, y también especialmente la certeza de que mis fervientes súplicas por ti no serán en vano, pues mis pensamientos y oraciones te pertenecen a ti antes que a cualquier otra cosa, y abarcan con el mayor amor tu vida entera para el futuro. Mi muy queridísima esposa, en todo dolor debes percibir constantemente que no te estás enfrentando a la vida sola: él está contigo en cada momento, e incluso puede que tenga en mente mis súplicas a tu favor cuando te ayude, así como tus oraciones y las de mamá suavizaron el camino para mí. Después, además, está la firme seguridad de que algún día, ¡untos ante su trono, le daremos gracias y alabanzas por todas las misericordias in-merecidas, de las cuales la mayor de todas ha sido unirnos una vez, el mayor como mínimo de los dones terrenales.

Debes saber con absoluta certeza que mi corazón entero te pertenece solo a ti, en virtud de los lazos que se pueden otorgar solo una vez en la vida, porque se extienden más allá de esta hasta la eternidad. Y después de la gratitud que expreso al Señor, mi más ferviente, inacabable gratitud va para ti, querido corazón, y será tuya hasta mi último latido. Gracias por el inexpresable amor que has extendido sobre mí como un manto de oro.

Y, ahora, nuestros dos amados hijos a quienes, por la voluntad de Dios, debo dejar privados de mí, pero sabiendo que están cobijados en su amor y tu cuidado. Diles que las fervientes oraciones finales de su padre y su gran amor les acompañan a través de la vida, y diles que te den todo su amor a ti, y siempre, cuando piensen en mí, hagan algo especialmente agradable para ti como un saludo de mi parte. Lo que ellos sean y hagan en el futuro no tiene importancia. Es cómo lo hagan (esto es, si lo hacen bajo la dirección de Dios) lo que cuenta. Su padre ha fallado a menudo con respecto a esto, pero la mano del Señor nunca lo dejó ir; solo se necesita buscarlo con fervor.

Expresa asimismo mi agradecimiento a todos los que amo: a mamá, a mis hermanos y hermanas, a tus padres. Todos ellos, pero especialmente mi ama-da mamá, me han dado mucho, mucho más amor del que han recibido, y de ese modo han traído mucho más resplandor a mi vida, que ha sido más plena y feliz de lo que ellos se hayan dado cuenta. A ellos también les dedico el deseo: “¡Un día, arriba en la luz!”.

Continuará …

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).

 

Deberes Familiares 6

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DEBERES DE LOS PADRES HACIA LOS HIJOS.
Si usted es padre de familia, un padre o una madre, entonces debe considerar su llamado como tal. Sus hijos tienen almas y tienen que nacer de Dios al igual que usted o, de otra manera, perecerán. Y sepa también que, a menos de que sea usted muy sobrio en su conducta hacia ellos y en la presencia de ellos, pueden perecer por culpa de usted, lo cual debe impulsarle a instruirlos y también a corregirlos.

Primero, instruirlos como dice la Escritura y “criadlos en disciplina y amonestación del Señor” y hacer esto diligentemente “estando en tu casa,… y al acostarte, y cuando te levantes” (Ef. 6:4; Deut. 6:7).

A fin de hacer esto con propósito:

1. Hágalo usando términos y palabras fáciles de entender; evite expresiones elevadas porque estas ahogarían a sus hijos. De esta manera habló Dios a sus hijos (Ose. 12:10) y Pablo a los suyos (1 Cor. 3:2).

2. Tenga cuidado de no llenarles la cabeza de caprichos y nociones que de nada aprovechan porque esto les enseña a ser descarados y orgullosos, en lugar de sobrios y humildes. Por lo tanto, explíqueles el estado natural del hombre; converse con ellos acerca del pecado, la muerte y el infierno; de un Salvador crucificado y la promesa de vida a través de la fe: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6).

3. Tiene que ser muy suave y paciente siempre que les enseña para que “no se desalienten” (Col. 3:21). Y,

4. Procure convencerlos por medio de una conversación responsable, que lo que usted les enseña no son fábulas, sino realidades; sí, y realidades tan superiores a las que disfrutamos aquí que, aun si todas las cosas fueran mil veces mejor de lo que son, no podrían compararse con la gloria y el valor de estas cosas.

Isaac era tan santo ante sus hijos, que cuando Jacob recordaba a Dios, recordaba que era el “temor de Isaac su padre” (Gén. 31:53).

¡Ah! Cuando los hijos pueden pensar en sus padres y bendecir a Dios por su enseñanza y el bien que de ellos recibieron, esto no sólo es provechoso para los hijos, sino también honorable y reconfortante para los padres: “Mucho se alegrará el padre del justo: y el que engendró sabio se gozará con él” (Prov. 23:24, 25).

Segundo, el deber de corregir.

1. Con sus palabras serenas, procure apartarlos del mal. Ese es el modo como Dios trata a sus hijos (Jer. 25:4, 5).

2. Cuando los reprenda, sean sus palabras sobrias, escasas y pertinentes, con el agregado de algunos versículos bíblicos pertinentes. Por ejemplo, si mienten, pasajes como Apocalipsis 21:8, 27. Si se niegan a escuchar la palabra, pasajes como 2 Crónicas 25:14-16.

3. Vigílelos, que no se junten con compañeros groseros e impíos; muéstreles con sobriedad un constante desagrado por su mal comportamiento; rogándoles tal como en la antigüedad Dios rogara a sus hijos: “No hagáis esta cosa abominable que yo aborrezco” (Jer. 44:4).

4. Mezcle todo esto con tanto amor, compasión y compunción de espíritu, de modo que, de ser posible, sepan que a usted no le desagradan ellos mismos como personas, sino que le desagradan sus pecados. Así se conduce Dios (Sal. 99:8).

5. Procure con frecuencia hacer que tomen conciencia del día de su muerte y del juicio que vendrá. Así también se conduce Dios con sus hijos (Deut. 32:29).

6. Si tiene que hacer uso de la vara, hágalo cuando esté calmado y muéstreles juiciosamente:

1) su falta;

2) cuánto le duele tener que tratarlos de este modo;

3) y que lo que hace, lo hace en obediencia a Dios y por amor a sus almas;

4) Y dígales que si otro medio mejor hubiera sido suficiente, nada de esta severidad hubiera ocurrido. Esto, lo sé por  experiencia, será la manera de afligir sus corazones, tanto como sus cuerpos y, debido a que es la manera como Dios corrige a los suyos, es muy probable que logre su fin.

7. Finalice todo esto con una oración a Dios a favor de ellos y deje la cuestión en sus manos. “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; más la vara de la corrección la alejará de él” (Prov. 22:15).

Por último, tenga en cuenta estas advertencias:

1. Cuídese de que las faltas por las cuales disciplina a sus hijos, no las hayan aprendido de usted. Muchos niños aprenden de sus padres la maldad por las cuales los castigan corporalmente y disciplinan.

2. Cuídese de ponerles buena cara cuando cometen faltas pequeñas porque dicha conducta hacia ellos será un aliento para que cometan otras más grandes.

3. Cuídese de usar palabras desagradables e impropias cuando los castiga, como insultos, groserías y cosas similares, esto es satánico.

4. Cuídese de acostumbrarlos a regaños y amenazas mezclados con liviandad y risas; esto endurece. No hable mucho, ni con frecuencia, sino sólo lo que es apropiado para ellos con toda sobriedad.

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 3

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Continuación …

Carta de despedida a su madre

BERLÍN, 11 DE OCTUBRE DE 1944. AL ATARDECER.

Desde luego que yo he traído incesantemente a mis seres queridos ante Dios en mis oraciones. He reconocido su actuación en varios hechos de gracia, incluso ahora, en dones grandes y pequeños, y él me ha llenado de la confianza de que “quien cree en él no será avergonzado”. Sin embargo, en mis oraciones nunca le he pedido que les conceda una vida larga sobre la tierra, sino solo que les de fuerza, que los preserve del horror, la tristeza, y la falta de caridad, y, claro está, que les dé una bendita muerte. Esta ahora no significa nada para mí, aunque habría sido un gran gozo ir a casa con mi esposa y mis hijitos, a quienes ya no puedo cuidar ni proteger. Pero cuando me vienen tales pensamientos terrenales, el Señor me recuerda que según las probabilidades humanas, en cualquier caso, no hubiera estado junto a ellos en época de tensión y que, por encima de todo, él es una protección mucho mejor.

¡Qué bueno es saber que tengo unos hermanos y hermanas tan queridos que ciertamente estarán al lado de mi familia, como una roca, en cualquier forma que puedan! Pero ellos mismos están experimentando grandes dificultades ahora mismo. Me parece que, en primer lugar, nuestros queridos lapienenses (una propiedad familiar en Prusia) deben estar ahora en zona de guerra. El estar fuera de comunicación con todos vosotros ha sido a menudo duro para mí; al mismo tiempo, me he dado más cuenta de la suprema cercanía de nuestra unión ante el trono de Dios y, por encima de todo, la insignificancia de la duración de nuestra vida terrenal. Mi regocijo ha ido siempre en aumento al anticipar la feliz inmunidad a la separación que nos espera. ¡Qué indescriptiblemente glorioso será, y qué feliz sería si únicamente supiera que los que me son muy queridos, y todos vosotros, estáis incluso ahora en la paz de Dios, lejos de todo sufrimiento!

A todos vosotros, que probablemente estéis ahora en Rónkendorf, os envío saludos con todo mi corazón, encomendándoos a la mano de Dios y a su bendición. Que él os conduzca, en su gracia, por caminos suaves hasta su reino, como me está conduciendo a mí, como al ladrón, y puedo decir: “Hoy estaré en el paraíso”. Sé que nunca abandonarás a mi querida esposa, y que tendrás en mente sobre todo su infinitamente tierno corazón, que tiene tan gran necesidad de amor y, de la misma manera, os ama a todos tanto. Por esto, y por todo el inmenso amor de casi cuarenta y dos años, os doy las gracias a todos, y especialmente a ti, mi indescriptiblemente querida madre, desde el fondo de mi corazón.

Ningún niño ha recibido nunca un amor más rico ni más profundo de su madre que tu Alexís.

Con infinita gratitud he pensado hoy en la espléndida infancia que tu amor, por encima de todo lo demás, me dio en Mitau y Wilkajen. Todo está en una dorada gloria, contigo en el centro.

Continuará …

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).

Deberes Familiares 4

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EL DEBER DE LAS ESPOSAS.
Pasando del padre de familia como cabeza, diré una palabra o dos a los que están bajo su cuidado.

Y, primero, a la esposa: Por ley, la esposa está sujeta a su marido mientras viva el marido (Rom. 7:2). Por lo tanto, ella también tiene su obra y lugar en la familia, al igual que los demás.

Ahora bien, hay que considerar las siguientes cosas con respecto a la conducta de una esposa hacia su marido, las cuales ella debe cumplir conscientemente.

Primero, que lo considere a él como su cabeza y señor. “El varón es la cabeza de la mujer” (1 Cor. 11:3). Y Sara llamó señor a Abraham (1 Pedro 3:6).

Segundo, en consecuencia, ella debe estar sujeta a él, como corresponde en el Señor. El apóstol dice: “Vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos” (1 Ped. 3:1; Col. 3:18; Ef. 5:22).Ya se los he dicho, que si el esposo se conduce con su esposa como corresponde, será el cumplimiento de tal ordenanza de Dios a ella que, además de su relación de esposo, le predicará a ella la conducta de Cristo hacia su iglesia. Y ahora digo también que la esposa, si ella anda con su esposo como corresponde, estará predicando la obediencia de la iglesia a su marido. “Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Ef. 5:24). Ahora bien, para llevar a cabo esta obra, primero tiene usted que evitar los siguientes males.

1. El mal de un espíritu errante y chismoso, es malo en la iglesia y es malo también en una esposa, que es la figura de la iglesia. A Cristo le encanta que su esposa esté en casa; es decir, que esté con él en la fe y práctica de sus cosas, no andando por allí, metiéndose con las cosas de Satanás; de la misma manera, las esposas no deben andar fuera de su casa chismoseando. Usted sabe que Proverbios 7:11 dice: “Alborotadora y rencillosa, sus pies no pueden estar en casa”. Las esposas deben estar atendiendo los negocios de sus propios maridos en casa; como dice el apóstol, deben “ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos”. ¿Y por qué? Para que de otra manera “la palabra de Dios no sea blasfemada” (Tito 2:5).

2. Cuídese de una lengua ociosa, charlatana o contenciosa. Es también odioso que sirvientas o esposas sean como loros que no controlan su lengua. La esposa debe saber, como lo he dicho antes, que su esposo es su señor y que está sobre ella, como Cristo está sobre la iglesia. ¿Le parece que es impropio que la iglesia parlotee contra su esposo? ¿No debe guardar silencio ante él y poner por obra sus leyes en lugar de sus propias ideas? ¿Por qué, según el apóstol, debe conducirse así con su esposo? “La mujer aprenda,…”, dice Pablo, “en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Tim. 2:11, 12). Es impropio ver a una mujer, aunque no sea más que una sola vez en toda su vida, tratar de sobrepasar a su marido. Ella debe en todo estar sujeta a él y hacer todo lo que hace como si hubiera obtenido la aprobación, la licencia y la autoridad de él. Y ciertamente, en esto radica su gloria, permanecer bajo él, tal como la iglesia permanece bajo Cristo:

Entonces, abrirá “su boca con sabiduría: y la ley de clemencia está en su lengua”
(Prov. 31:26).

3. No use ropa inmodesta ni camine de un modo seductor; hacerlo es malo, tanto fuera como dentro de casa. Afuera, no sólo será un mal ejemplo, sino que también provocará la tentación de la concupiscencia y la lascivia y en casa, es ofensivo para el marido piadoso y contagioso para los hijos impíos, etc. Por lo tanto, como dice el apóstol, la ropa de las mujeres sea modesta, como conviene a mujeres que profesan piedad con buenas obras, “no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos” (1 Tim. 2:9, 10). Y tal como vuelve a decir: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 Pedro 3:3-5).

Pero no piense que por la sujeción que he mencionado, opino que las mujeres deben ser esclavas de sus maridos. Las mujeres son socios de sus maridos, su carne y sus huesos, y no hay hombre que odie su propia carne o que la resienta (Ef. 5:29). Por lo tanto, todos los hombres amen “también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido” (Ef. 5:33). La esposa es cabeza después de su marido y debe mandar en su ausencia; sí,en su presencia debe guiar la casa, criar sus hijos, siempre y cuando lo haga de manera que no dé al adversario ocasión de reproche (1 Tim. 5:10, 13). “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Prov. 31:10); “La mujer agraciada tendrá honra,..” (Prov. 11:16) y “la mujer virtuosa es corona de su marido;…” (Prov.12:4).

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne

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“Todos sabemos, en mayor o menor grado, las inimaginables atrocidades que los hombres y mujeres fueron culpables de cometer en nombre del Nacional Socialismo. Y, sin embargo, hasta en medio de esta terrible oscuridad, la luz de la gracia de Dios brillaba en las vidas de al menos un pequeño número del pueblo alemán”,

Mathew Henry, al comentar sobre la excusa que Abraham puso por su pecado cuando hizo que Sara pasara por su hermana en lugar de identificarla como su esposa, mientras viajaban por la tierra de Gerar, dice: “Abraham alegó la mala opinión que tenía de aquel lugar (‘Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar [Gn. 20:11]’) […] Hay muchos lugares y personas que tienen más temor de Dios de lo que nosotros pensamos”.

Alexis, Barón von Roenne, nació en una familia prusiana de nobles el 12 de febrero de 1902. Fue criado por una madre que amaba al Salvador y que oraba diligente y fervientemente por la salvación de su hijo. Alexis, como muchos otros hijos de Prusia, se alistó para hacer carrera en el ejército, llegando a ser oficial y ascendiendo al rango de coronel. Aunque era un patriota oficial del ejército alemán, Alexis von Roenne nunca fue nazi; de hecho, desde su posición de poder en el país, consideraba el Nacional Socialismo como un desastre para su amada tierra natal. Mientras varios de sus íntimos amigos hicieron un complot para asesinar a Hitler en lo que llegó a ser el golpe de estado del 20 de julio de 1944 (“Operación Valkyria”), motivos de conciencia impidieron a Alexis tomar parte. Sin embargo, no se salvó de ser detenido con muchos otros sospechosos de conspirar contra el Führer. Fue condenado a muerte sobre la base de su íntima amistad con los líderes de la resistencia, y el 12 de octubre de 1944 encontró la muerte a manos del verdugo en Berlin-Plbtzensee.

Lo que sigue son tres cartas: una escrita a su madre la víspera de su ejecución y las otras dos dirigidas a su esposa, Úrsula, madre de sus dos pequeños hijos. La primera carta a su esposa fue escrita el 25 de julio, justo cinco días después del fallido complot y antes de su encarcelamiento y, la segunda, la misma mañana de su muerte. Las tres revelan los pensamientos de un hombre que sabe que va a morir pronto; sin embargo, al confiar en el Salvador, nuestro Señor Jesucristo, su mente está tranquila y su corazón en paz. Sus allegados han tomado nota de este “asombroso fenómeno” y lo han atribuido a su verdadero origen: el Señor mismo.

El testimonio de Alexis, Barón von Roenne es una maravillosa evidencia de la verdad y de la fiabilidad de la Palabra de Dios. Al leer estas cartas vinieron a mi mente dos versículos de los Salmos: “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos” (Sal. 112:4); “Considera al íntegro, y mira al justo; porque hay un final dichoso para el hombre de paz” (Sal. 37:37).

Carta de despedida a su madre

Berlín, 11 de octubre de 1944. Al atardecer.

Mi única amada mamá: hoy, por una razón especial, me vino la idea de escribirte una vez más, aunque en mis anteriores cartas de despedida hubiera incluido una carta corta para ti. Yo sé que, a pesar de tu gran anhelo y gozo ante la perspectiva de ir con el Salvador, el temor mortal ante el pensamiento del proceso físico mismo de la muerte te atormenta. Y debido a eso he deseado muchísimo decirte que nuestro Señor puede borrar completamente también esto si le pedimos que lo haga.

Continuará …

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).

Deberes Familiares 3

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¿Tiene usted una esposa? Debe considerar cómo se comporta en esa relación y, para hacerlo correctamente, tiene que considerar la condición de su esposa, si realmente cree o no. Primero, si cree, entonces:

1. Tiene usted el compromiso de bendecir a Dios por ella porque su estima sobrepasa a la de piedras preciosas y ella es la bendición de Dios para usted y es para su gloria (Prov. 12:4; 31:10; 1 Cor. 11:7). “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura: la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Prov. 31:30).

2. Debe amarla por dos razones: 1) Es su propia carne y hueso: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne” (Ef. 5:29). 2) Es, junto con usted, heredera de la gracia de vida (1 Pedro 3:7). Esto, digo, debe motivarlo a amarla con amor cristiano; amarla, creyendo que ambos son los muy amados de Dios y del Señor Jesucristo y que estarán juntos cuando
disfruten de la vida eterna con él.

3. Debe conducirse usted hacia ella y delante de ella, como lo hace Cristo hacia su iglesia y delante de ella; como dice el apóstol: Los hombres deben amar a sus esposas “así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25). Cuando los esposos se comportan como deben, entonces no serán sólo esposos, sino el cumplimiento de una ordenanza de Dios para la esposa, que le predica a ella la conducta de Cristo hacia su
esposa. Una dulce fragancia envuelve las relaciones de los esposos y esposas que creen (Ef. 4:32); la esposa, digo significando la iglesia, y el esposo su cabeza y salvador, “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23) y él es el Salvador del cuerpo.

Éste es uno de los propósitos principales por el cual Dios instituyó el matrimonio, que Cristo y su iglesia, figuradamente, estén dondequiera que haya una pareja que cree por gracia. Por lo tanto, el esposo que se comporta indiscretamente hacia su esposa, no sólo se comporta contrariamente a la regla, sino que provoca que su esposa pierda el
beneficio de tal ordenanza, frustra el misterio de su relación.

Por lo tanto digo: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Ef. 5:28, 29). Cristo dio su vida por su iglesia, cubre sus debilidades, le transmite su sabiduría, la protege y la ayuda en sus asuntos en este mundo; y lo mismo debe hacer el esposo por su esposa. Salomón y la hija de Faraón dominaban el arte de hacer esto, como pueden comprobarlo en el Cantar de los Cantares. Por lo tanto, cargue con las debilidades de ella, ayúdela en sus enfermedades, hónrela como al vaso más débil y tenga en cuenta la fragilidad de su cuerpo (1 Pedro 3:7).

En resumen, sea tal esposo para su esposa creyente que ella pueda decir que Dios, no sólo le ha dado marido, sino un esposo que demuestra todos  los días la conducta de Cristo hacia su iglesia.

Segundo, si su esposa es inconversa o carnal, también tiene un deber que cumplir, que está obligado a cumplir por dos razones: 1. Porque corre el peligro continuo de la condenación eterna. 2. Porque es su esposa la que está en esta condición impía.

¡Oh! ¡Qué poco sentido del valor de las almas hay en el corazón de algunos maridos, que manifiestan una conducta poco cristiana hacia sus esposas y delante de ellas! Ahora bien, si quiere tener las cualidades de una conducta apropiada:

1. Piense seriamente en el estado desgraciado de ella, a fin de que su corazón anhele la salvación de su alma.

2. Cuídese de que debido a una conducta incorrecta suya, no tenga ella ocasión de justificar sus propias impiedades. Y aquí necesita ser doblemente diligente porque ella reposa en su seno y, por lo tanto, puede percibir aun la falta más pequeña en usted.

3. Si ella se comporta indebida o incontrolablemente, como bien puede ser porque vive sin Cristo y sin su gracia, entonces esfuércese por vencer la maldad de ella con su propia bondad, los infortunios de ella con su propia paciencia y mansedumbre. Es una vergüenza para usted, que vive bajo otros principios, comportarse como ella.

4. Aproveche las oportunidades para convencerla. Observe su estado de ánimo y cuando parece bien predispuesta, háblele a su corazón.

5. Cuando hable, hágalo con propósito. No es necesario decir muchas palabras, sólo las pertinentes. Job en pocas palabras responde a su esposa y la desvía de sus palabras necias: “Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10).

6. Haga todo sin amargura y sin la menor apariencia de enojo: “Que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Tim. 2:25, 26). “Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido?” (1 Cor. 7:16).

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

 

¿Cómo podemos desarrollar un pensamiento serio y reflexivo 2?

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¿Quién es el varón bienaventurado según la enseñanza del Salmo 1? Aquel que medita día y noche en la ley del Señor. ¿Pero cómo podría este hombre meditar en estas cosas si no crece día a día en el conocimiento de dicha ley?

No solo debes esforzarte por desarrollar un buen hábito de lectura bíblica; el cristiano está llamado a desarrollar un buen hábito de lectura en general. Nutre tu mente y tu corazón con todas esas obras, escritas por hombres de Dios del pasado y del presente, que te ayudarán a comprender mejor las Escrituras y te ayudarán también a lidiar mejor con las dificultades de tu propio corazón.

Procura también rodearte de amistades que sean un estímulo para ti con sus conversaciones. No olvides que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Es imposible llegar a ser una persona reflexiva si nos exponemos a menudo a conversaciones insulsas y vanas.

En tercer lugar, ocupémonos de ayudar a nuestros hijos a que desarrollen ese hábito de pensamiento piadoso desde pequeños. Conversa con ellos de temas bíblicos apropiados para su edad, ayúdales a cultivar el hábito de la lectura desde la infancia. Protégelos de todo aquello que pueda contribuir a volverles vanos o vagos para pensar; como el uso excesivo de la TV, por ejemplo. (Cuántas veces hemos oído la queja de creyentes que nos dicen que sus padres no los ayudaron a forjar un buen hábito de lectura! ¿Repetiremos nosotros ahora ese mismo error con nuestros hijos? Es nuestra responsabilidad levantar una generación que no solo cultive su mente y su intelecto, sino que sepa también ponerlos al servicio de Dios y de los hombres.

¿Sabes por qué muchas personas terminarán perdidas en el Infierno? Por ser irreflexivas. Escucha lo que un siervo de Dios del siglo pasado dijo al respecto: “La falta de reflexión es una razón simple de por qué miles de almas se pierden para siempre. Los hombres no consideran, no miran hacia el futuro, no observan a su alrededor, no meditan en el fin de su camino actual ni en las infalibles consecuencias de su andar presente. Y al fin despiertan para ver que están condenados por falta de reflexión” (J.C. Ryle).

El enemigo de nuestras almas no quiere que nos detengamos a pensar. Él hará todo lo posible para que el hombre no considere seriamente que la vida tiene un fin y que, algún día, todos nos presentaremos delante del tribunal de Dios para dar cuenta. Él no quiere que los hombres mediten en el verdadero estado de su corazón delante de Dios, ¿sabes por qué? Porque, como alguien ha dicho, “él sabe que un corazón no convertido es como los libros de un comerciante deshonesto, que no resistirán una inspección minuciosa”.

El problema es que llegará el día en que esos libros serán verificados, y entonces no habrá escapatoria. Cultivemos un pensamiento serio y profundo y, dentro de nuestras posibilidades, ayudemos a otros a hacer lo mismo, sobre todo a nuestros hijos. Espero de todo corazón que el Señor despierte a algunos por medio de estas palabras; si somos creyentes no solo debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas, sino también con toda nuestra mente.

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Sugel Michelén tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”.

Nacido en un hogar no cristiano, conoció la gracia de Dios en Cristo a la edad de 17 años. Desde sus primeros tiempos como creyente sentía el deseo de servir al Señor en su obra, pero no sabía con exactitud cuál era la voluntad de Dios al respecto. Finalmente entró a estudiar para el ministerio en el 1979, y posteriormente fue enviado por la Iglesia a la ciudad de Puerto Plata, Rep.Dominicana, a comenzar una obra allí. Pero en el 1984 regresó a la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo sirviendo desde entonces como parte del consejo de pastores de dicha congregación. Como parte de su ministerio pastoral, tiene la responsabilidad de exponer regularmente la palabra de Dios en el día del Señor. El pastor Michelén es casado y padre de tres hijos.

Deberes Familiares 2

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Ya hemos considerado el estado espiritual de su familia. Ahora veamos su estado exterior.

Segundo, tocante al estado exterior de su familia, usted debe considerar estas tres cosas.

1. Que es su obligación asegurarse de que cuenten con el sustento necesario. “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Tim. 5:8). Observe que cuando la Palabra dice que debe tener cuidado de los suyos, no le da licencia para descuidarlos, ni permite que el mundo entre en su corazón, ni en su cuenta de banco, ni que se preocupe de los años o días venideros, sino que provea el sustento, a fin de que tengan comida y ropa y si cualquiera de ustedes o usted mismo no se contentan con eso, se salen de los límites del gobierno de Dios (1 Tim. 6:8; Mat. 6:34). De esto se trata trabajar, a fin de contar con los medios para “ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad” (Tito 3:14). Y nunca objete, que a menos que logre tener más, no estará satisfecho, porque eso es falta de fe. La Palabra dice que Dios da de comer a los cuervos, cuida a los gorriones y viste a la hierba. ¿Qué más puede desear el corazón que ser alimentado, vestido y cuidado? (Luc. 12:6-28-31).

2. Por lo tanto, aunque usted mantenga a su familia, haga que todo su trabajo sea con moderación: “Vuestra modestia sea conocida de todos los hombres” (Fil. 4:5 – VRV 1909). Cuídese de ocuparse tan intensamente de las cosas de este mundo, que llegue al punto de obstaculizar el cumplimiento de sus deberes y los de su familia hacia Dios, los cuales, por gracia, tiene que cumplir; como es orar en privado, leer las Escrituras y reunirse con otros creyentes. Es indigno que los hombres, junto con sus familias, vayan detrás de este mundo al punto de apartar su corazón de la adoración a Dios.

Cristianos, “el tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen;… y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa” (1 Cor. 7:29-31). Muchos cristianos viven y actúan en este mundo como si la religión fuera algo secundario y como si este mundo fuera lo único que realmente necesita, cuando en realidad, todas las cosas de este mundo son transitorias y la religión es lo único verdaderamente necesario (Luc. 10:40-42).

3. Si quiere ser la cabeza de una familia digna de usted, debe ocuparse de que haya armonía cristiana entre los que dependen de usted, como sucede en la familia donde gobierna alguien que teme a Dios.

1) Debe usted asegurarse de que sus hijos y sirvientes estén sujetos a la Palabra de Dios porque aunque le corresponde sólo a Dios gobernar el corazón, él espera que usted gobierne al hombre exterior porque si no lo hace, puede en poco tiempo cortar su descendencia [aun todos los varones] (1 Sam. 3:11-14). Ocúpese, entonces, de que sean sobrios en todas las cosas, en sus vestidos, su lenguaje, que no sean glotones ni borrachos; ni deje que sus hijos maltraten sin razón a sus sirvientes ni que se traten neciamente los unos a los otros.

2) Aprenda a distinguir entre cualquier ofensa que su familia le haya hecho a usted y la que le haya hecho a Dios y, aunque debe ser muy celoso del Señor y no tolerar nada que sea una transgresión abierta contra él; debe aquí mostrar su discernimiento y pasar por alto y olvidar las ofensas personales: “El amor cubrirá multitud de pecados”. No sea como los que se enfurecen, cuyas miradas parecen las de un loco cuando alguien los ofende; pero que se ríen o hacen caso omiso y no reprenden, cuando alguien deshonra a Dios.

Que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad” (1 Tim. 3:4). Salomón, a veces era tan grandioso en este sentido, que dejaba atónitos a los que lo visitaban (2 Crón. 9:3, 4). Pero pasemos de lo general a lo particular.

¿Tiene usted una esposa? Debe considerar cómo se comporta en esa relación y, para hacerlo correctamente, tiene que considerar la condición de su esposa, si realmente cree o no.

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

¿Cómo podemos desarrollar un pensamiento serio y reflexivo?

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En primer lugar, debemos clamar a Dios cada día y pedirle que nos ayude a desarrollar esa disposición de mente y de corazón. Muchas cosas se alían contra nosotros para que no seamos reflexivos, comenzando por la indisposición natural de nuestra carne que se opone violentamente a todo lo espiritual.

Dice Pablo en Romanos 8:7 que “los designios (o pensamientos) de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”. Se trata de una enemistad irreconciliable. Los pensamientos que emanan de nuestra carne son enemistad contra Dios y se oponen violentamente a todo lo bueno y espiritual.

Pensar en aquellas cosas en las que un creyente debe pensar requiere de un esfuerzo por nuestra parte, de una lucha. Observa la foto de “El pensador”, de Rodin, y te darás cuenta de que no se encuentra en una posición relajada. Todos sus músculos están en tensión. ¿Sabes por qué? Porque está pensando, no sabemos exactamente en qué, pero podemos suponer que se trata de algo serio; y pensar seriamente requiere esfuerzo. (Cuánto más cuando se está pensando en cosas santas y espirituales! Encontraremos indisposición en nuestra carne para pensar en estas cosas; debemos saber que tendremos que luchar con nuestros pensamientos.

Pero ese no es el único obstáculo que debemos vencer. También tenemos que luchar contra el espíritu de nuestra época. Vivimos en un tiempo en el que, paradójicamente, se tiene mucha información a mano, pero, al mismo tiempo, se atenta seriamente contra el proceso de pensamiento del hombre. Nunca antes había tenido el ser humano tantas    cosas en las que refugiarse para no pensar y, sobre todo, cosas tan accesibles: televisión, videos, revistas insulsas y todo lo que ofrece Internet. No es tarea fácil abstraerse de esas cosas para ocupar nuestro tiempo en algo útil y productivo. Es más sencillo desconectar la mente frente a una pantalla de TV, o divagar por Facebook, que tomar un buen libro y alimentar el alma. Debemos clamar incesantemente a nuestro Dios para que nos libre de ese terrible espíritu de la época, de esa ligereza que tristemente caracteriza a nuestra generación.

En segundo lugar, debemos esforzarnos por llenar nuestra mente de todo aquello que nos permita ser cada vez más reflexivos, más serios y más profundos en nuestro proceso de pensamiento. Hay varias cosas que debemos hacer en ese sentido.

Lo primero de todo, esfuérzate por leer diaria, ordenada y sistemáticamente la Palabra de Dios. Dice Pablo en Colosenses 3:16 que la palabra de Cristo debe morar abundantemente en nosotros. ¿Quién es el varón bienaventurado según la enseñanza del Salmo 1? Aquel que medita día y noche en la ley del Señor. ¿Pero cómo podría este hombre meditar en estas cosas si no crece día a día en el conocimiento de dicha ley?

Continuará …

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Sugel Michelén tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”.

Nacido en un hogar no cristiano, conoció la gracia de Dios en Cristo a la edad de 17 años. Desde sus primeros tiempos como creyente sentía el deseo de servir al Señor en su obra, pero no sabía con exactitud cuál era la voluntad de Dios al respecto. Finalmente entró a estudiar para el ministerio en el 1979, y posteriormente fue enviado por la Iglesia a la ciudad de Puerto Plata, Rep.Dominicana, a comenzar una obra allí. Pero en el 1984 regresó a la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo sirviendo desde entonces como parte del consejo de pastores de dicha congregación. Como parte de su ministerio pastoral, tiene la responsabilidad de exponer regularmente la palabra de Dios en el día del Señor. El pastor Michelén es casado y padre de tres hijos.

Deberes Familiares 1

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EL DEBER DEL PADRE HACIA LA FAMILIA EN GENERAL.
El que es cabeza de una familia tiene, bajo esa relación, una obra que realizar para Dios: Gobernar correctamente a su propia familia. Y su obra es doble.
Primero, tocante a su estado espiritual. Segundo, tocante a su estado exterior.

Primero, tocante al estado espiritual de su familia, ha de ser muy diligente y sobrio, haciendo lo máximo para aumentar la fe donde ya la hay y para iniciarla donde no la hay. Por esta razón, basándose en su Palabra, debe con diligencia y frecuencia, compartir con los de su casa las cosas de Dios que sean apropiadas para cada caso. Y nadie cuestione esta práctica de gobernar de acuerdo con la Palabra de Dios porque si la enseñanza en sí, es de buen nombre y honesta, se encuentra dentro de la esfera y los límites de la naturaleza misma y debe hacerse; con más razón, muchas otras enseñanzas de una naturaleza más elevada. Además, el apóstol nos exhorta: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8). Poner en práctica este piadoso ejercicio en nuestra familia es digno de elogio y es muy apropiado para todos los cristianos. Ésta es una de las cosas que Dios encomendó tanto a su siervo Abraham y que tanto afectó su corazón. Conozco a Abraham, dice Dios, “conozco” (Gen. 18:19 – VRV 1909) que es, de verás, un buen hombre “porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová,…” (Gén. 18:19). Esto fue algo que también el buen Josué determinó que sería su práctica durante todo el tiempo que viviera sobre esta tierra: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15).

Además, también encontramos en el Nuevo Testamento, que los que no cumplían este deber eran considerados de un rango inferior; sí, tan inferiores que no eran dignos de ser elegidos para ningún oficio en la iglesia de Dios. El [obispo o] pastor tiene que ser alguien que gobierna bien su propia casa, que tiene a sus hijos sujetos con toda seriedad porque el hombre que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar la iglesia de Dios? “Pero es necesario que el obispo sea… marido de una sola mujer,… que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad” (1 Tim. 3:2, 4). Note que el apóstol parece determinar al menos esto: Que el hombre que gobierna bien su familia tiene una de las cualidades que debe tener el pastor o diácono en la casa de Dios porque el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo puede cuidar la iglesia de Dios?

Considerar esto, nos aclara la obra de la cabeza de una familia, tocante al gobierno de su casa.

1. El pastor debe ser firme e incorrupto en su doctrina y, por cierto, que también debe serlo la cabeza de una familia (Tito 1:9; Ef. 6:5).

2. El pastor debe ser apto para enseñar, redargüir y exhortar; y así debe ser también la cabeza de una familia (1 Tim. 3:2; Deut. 6:7).

3. El pastor mismo tiene que ser ejemplo de fe y santidad; y así debe ser también la cabeza de una familia (1 Tim. 3:2-4; 4:12). “Entenderé,…” dice David, “el camino de la perfección… En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa” (Sal. 101:2).

4. El pastor tiene la función de reunir a la iglesia y, cuando la haya reunido, orar juntos y predicar. Esto es recomendable también para la cabeza de la familia cristiana.

Objeción: Pero mi familia es impía y rebelde tocante a todo lo que es bueno. ¿Qué debo hacer?

Respuesta:

1. Aunque esto sea así, igualmente, debe usted gobernarlos ¡y no ellos a usted! Dios lo ha puesto sobre ellos y usted debe usar la autoridad que Dios le ha dado, tanto para reprender sus vilezas, como para mostrarles que la maldad de su rebelión es contra el Señor. Elí lo hizo, pero no lo suficiente; igualmente David (1 Sam. 2:24, 25; 1 Crón. 28:9). También, debe contarles qué triste era su propio estado cuando se encontraba en la condición de ellos, así que esfuércese en recobrarlos de la trampa del diablo (Mar. 5:19).

2. También debe esforzarse para que asistan a los cultos de adoración a Dios, por si acaso Dios convierta sus almas. Jacob le dijo a su familia y a todos los que lo rodeaban “Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia,…” (Gén. 35:3). Ana llevó a Samuel a Silo, a fin de que morara con Dios para siempre (1 Sam. 1:22). El alma tocada por el Espíritu se esforzará por llevar a Jesucristo, no sólo a su familia, sino a toda la ciudad (Juan 4:28-30).

3. Si son obstinados y no quieren acompañarlo, entonces traiga hombres piadosos y de convicciones firmes a su casa, para que allí prediquen la Palabra de Dios cuando usted haya, como Cornelio, reunido a su familia y amigos (Hechos 10).

Usted sabe que el carcelero, Lidia, Crispo, Gayo, Estéfanas y otros fueron salvos, no sólo ellos mismos, sino que también los de su familia por la palabra predicada y algunos de ellos por la palabra predicada en sus casas (Hech. 16:14-34; 18:7, 8; 1 Cor. 1:16). Y ésta puede haber sido una razón, entre muchas, por la cual los apóstoles, en su época, enseñaban, no sólo en público, sino también de casa en casa. Posiblemente, creo yo, para ganar a los miembros de la familia que todavía eran inconversos y vivían en sus pecados (Hech. 10:24; 20:20, 21). Algunos de ustedes saben qué común era invitar a Cristo a sus casas, especialmente si tenían algún enfermo que no quería o no podía acudir a él (Luc. 7:2, 3; 8:41). Si es así con los que tienen enfermos físicos en su familia, entonces cuanto más lo es donde hay almas que necesitan a Cristo, ¡necesitan ser salvas de la muerte y la condenación eterna!

4. No descuide usted mismo los deberes familiares entre ellos; como es leer la Palabra y orar. Si tiene algún familiar que es salvo, esté contento. Si está solo, no obstante, sepa que tiene en ese momento, tanto la libertad de acercarse a Dios por medio de Cristo, como la capacidad de contar con el apoyo de la iglesia universal, uniéndose a usted en oración a favor de todos los que habrán de ser salvos.

5. No permita en su casa libros impíos, profanos o herejes, ni conversaciones del mismo tenor. “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33). Me refiero a libros profanos o herejes que tienden a provocar una vida liviana o los que son contrarios a las enseñanzas fundamentales del evangelio. Sé que se debe permitir que los cristianos tengan su libertad con respecto a cosas que no atañen a la fe, pero esas cosas que atacan la fe o la santidad, deben ser abandonadas por todos los cristianos, especialmente por los pastores de las iglesias y las cabezas de familias. Tal como sucedió con Jacob cuando ordenó a su familia y a todos los que estaban con él que se libraran de los dioses extraños entre ellos y que se cambiaran sus vestidos (Gén. 35:2). Dejaron un buen ejemplo o dos aquellos que, según el relato de Hechos, tomaron sus libros mundanos y los quemaron delante de todos los hombres, aunque valían cincuenta mil piezas de plata (Hech. 19:18, 19). El descuido de este cuarto asunto ha ocasionado la ruina de muchas familias, tanto entre los hijos como los sirvientes. El que vanos charlatanes y sus obras engañosas desvíen a familias enteras, es más fácil de lo que muchos suponen (Tito 1:10, 11).

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

El cisma y los designios de Dios 3

Blog121C

La historia, espejo de la misericordia divina

Siguiendo el ejemplo de Cristo, podemos asumir sin miedo nuestro propio pasado. Con todas sus grandezas y todas sus flaquezas. Así, podemos asumir la historia de nuestras iglesias; el pasado de la Iglesia militante, imperfecta, llena de arrugas y pecados. Un pasado que, sin embargo, no la hace menos Iglesia de Cristo, con tal que confiese su insuficiencia y sus pecados a Dios, y acepte tan solo su gracia como única suficiencia. Una iglesia deja de ser iglesia únicamente cuando pretende gobernarse a si misma en lugar de dejarse gobernar por Cristo, cuando como la iglesia en Laodicea se resiste a toda reforma de parte de Dios (Ap. 3:14 22).

El pueblo de Dios deja de ser pueblo de Dios cuando, rechazando la oportunidad que le ofrece el cisma querido por el Señor (1 R. 11:20 33), desprecia como Jeroboam (1 R. 12:26 33; 13:33,34) tal oportunidad y cae en la infidelidad y la idolatría. Solo puede ser restaurado mediante el arrepentimiento que lleva a una nueva reforma, como ilustra la experiencia del rey Josías (2 R. 23 y 24).

Al asumir nuestro pasado histórico comprobamos la misericordia divina, que no tiene limites; la gracia de Cristo que perdona y transforma.

Es así como podemos asumir la historia de la Iglesia, sin preocupaciones de hagiógrafos, sin que esta historia nos hinche ni nos aplaste. Pero orgullosos de ella, y reconocidos al Señor por ella, por cuanto es el relato de la gracia y la misericordia divinas en favor de una raza caída y perdida.

Podemos asumir la historia de la Iglesia como Cristo la asume. No con la hipocresía, o ceguera, del que cree que los suyos siempre tuvieron razón, sino con la buena conciencia del que sabe que Cristo le ha perdonado a él como perdonó a sus antepasados en la fe. Podemos asumirla con el amor de quien conoce el arrepentimiento tanto en él como en los que le precedieron en la fe. Se trata de un asumir forjado en la humildad, no en el orgullo. Este es el asumir del cristiano, no del fariseo. Es la actitud del que sabe que sus padres en la fe fueron perdonados total y perfectamente por Jesucristo. Y que supieron morir para anunciar al mundo que la única y auténtica manera de vivir es la que brota del poder y de la gracia de Dios y se sustenta en el perdón divino.

No es cuestión ni de criticar ni de ensalzar descomedidamente a los siervos de Dios, ni al pueblo de Dios, del pasado. Jesucristo ha muerto por ellos. Esto basta. Murió por los criticados y por los ensalzados. Todos ellos nos fueron dados, sencilla y simplemente, como antepasados en la comunión del cuerpo de Cristo. Cuando consideramos este pasado, no podemos por menos que exclamar: “Esto viene de Dios”. Porque nuestros padres en la fe vinieron de Dios. Eran pecadores como nosotros, pero al igual que nosotros fueron justificados por el Señor, el cual asimismo justificó sus esfuerzos y trabajos para reformar la Iglesia cuando esta se hallaba decadente y deformada.

Dios quiso la Reforma

Tenemos derecho a pensar que Dios podía desear un cisma. La Biblia así lo enseña. No ignoro que esta afirmación, en nuestro tiempo de ecumenismo y de sincretismo, sonará como nota extraña, inoportuna y escandalosa.

No obstante, hemos de precisar que si Dios ama la unidad de su pueblo, no la ama por ella misma como si se tratara de un valor absoluto superior a la verdad. Ciertamente, Dios quiere la unidad de los suyos en tanto que la misma sea el fruto de la verdad y del amor, en tanto que esta unidad testifique de la comunión fraternal de los hijos de Dios. La oración de Cristo por la unidad de los suyos (Jn. 17) no expresa el deseo de una amalgama abstracta como si tal unidad fuera el sumo bien. Lo que desea Dios es que sus hijos se amen como el Padre y el Hijo se aman en la sacra intimidad de la Trinidad.

Pero cuando no todos los que se autoproclaman hijos de Dios lo son realmente, cuando en el seno de la Cristiandad nominal hay peleas y el amor brilla por su ausencia, cuando en medio de la Iglesia visible (no de la invisible, porque ésta se halla a salvo de tales contingencias) se levantan quienes desean acallar a quienes precisamente se alzan para proclamar la proclamar la verdad y la libertad, sin las cuales el amor no es más que una palabra sin sentido. Cuando se producen tales circunstancias no es de extrañar que, entonces, Dios en su soberana providencia decida llevar a cabo una división en el que se dice su pueblo. Y ello justamente para que la verdad de la Palabra de Dios sea salvaguardada, para que las iglesias sean incitadas a buscar una mayor fidelidad y una mejor disposición a dejarse reformar por la Palabra santa.

Dios se hallaba en el origen de la Reforma. Esto significa no solamente que Dios quiso una reforma sino que, además, quiso las iglesias que de ella nacieron.

Supone un gran error creer que en el plan de Dios solo hay lugar para una sola y única Iglesia visible.

Tenemos un pasado que viene de Dios. Pero no olvidemos que tenemos también un presente que viene de él. ¿Sabremos vivir el presente de la misma manera que apreciamos y amamos la obra de Dios en el pasado, es decir, como don de Dios?

La enseñanza del Nuevo Testamento

¿Es acaso diferente la enseñanza del N.T. que hemos aprendido de los ejemplos del A.T.?

Recordemos. La Iglesia, en Pentecostés, surge de una división en el pueblo judío por lo que respecta a la figura de Jesucristo.

Ni por un instante se les ocurrió a los apóstoles someterse al Sanedrín y negar a Cristo para preservar la unidad de Israel.

Israel rechazó a los apóstoles, de la misma manera que Roma rechazó la Reforma del siglo XVI.

La unidad es importante, pero la verdad lo es muchísimo más. La unidad es auténtica solamente cuando es unidad en la verdad (Jn. 17). Porque el evangelio es la garantía de la Iglesia, no la Iglesia la garantía del evangelio.

El cisma, en ocasiones, puede ser inevitable para que la fidelidad al Señor y a su Palabra se pongan de manifiesto. También es verdad que, a veces, el cisma puede ser voluntad de la carne (Gá. 5:13 15 y ss.; 6:1 10), en cuyo caso es pecado grave tratar de disfrazarlo como si se tratara de una verdadera reforma.

Toda la Biblia enseña que el cisma está justificado solamente cuando se trata de renovar, reformar y avivar una iglesia infiel (cf. Ro.12:2 y ss.).

 

José Grau Balcells (1931-2014) Pastor, maestro y escritor prolífico, su legado es el de una vida rica, fructífera, consagrada además de una inmensa labor literaria, gran parte de ella al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE).

Los deberes de esposos y esposas 4

Blog120D

El deber especial de la esposa: Respetar (A)

Esta es la cualidad especial de ella. Si tiene toda hermosura y todo conocimiento, pero no respeta a su marido, no es una buena esposa. La creación lo sugiere. Fue creada después del hombre (1 Tim. 2:13), tomada del hombre (1 Cor. 11:8) y para el hombre (1 Cor. 11:9). Este orden no es del hombre, sino de Dios. Aun después de la Caída, la orden divina sigue
en pie: “Él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). El Nuevo Testamento confirma todo esto (Col. 3:18; 1 Ped. 3:1-6). Aun cuando ella sea la cosa más dulce y su marido el más malo, ella sigue teniendo el deber de respetarlo. Primero, tiene que fijar en su corazón que su posición es inferior a la de él y, entonces, podrá cumplir con facilidad y alegría todo lo que el respeto implica. No es correcto colocar la costilla sobre la cabeza, ni aun a su mismo nivel.

1. Descripción del respeto de la esposa piadosa.
A. Lo tiene en alta estima. “Todas las mujeres darán honra a sus maridos, desde el mayor hasta el menor” (Ester 1:20). Reflexione en la excelencia de su persona y valórela como debe. Y si él no es un hombre realizado, entonces debe ella considerar la excelencia de su lugar como “imagen y gloria de Dios” (1 Cor. 11:7). Lo estimó usted cuando lo eligió como marido y debe seguir haciéndolo. Recuerde la falta de respeto de Mical para con David y el consecuente castigo de Dios (2 Sam. 6:16, 23). Su familia y sus vecinos la respetarán como ella respeta a su marido. Así que, al honrarlo a él, se honra a ella misma.

B. Lo ama de verdad. Este respeto está compuesto de amor, que es también el deber de la esposa (Tito 2:4). Sara, Rebeca y Raquel dejaron completamente a sus padres, amigos y patria por amor a sus maridos. Una joven llamada Clara Cerventa estaba casada con Valdaura, cuyo cuerpo estaba tan lleno de enfermedades que nadie más se atrevía a tocarlo, pero ella curaba sus llagas con todo cuidado y vendió sus propias ropas y joyas para mantenerlo. Por último, él murió y cuando llegaron los que venían a consolarla, les dijo que, si pudiera, lo compraría de vuelta, aun si significara perder a sus cinco hijos. No hay manera mejor de generar el amor de su esposo que respetándolo.

C. Lo complace con diligencia. La palabra “respete” en Efesios 5:33 es, literalmente, “tema”. Ella debe mantener “casta conversación, que es en temor” (1 Ped. 3:2 – VRV 1909) porque el uno sin el otro, es inadecuado. Este temor no es servil, sino un sincero deseo de complacerle y negarse a ofenderlo. “Haré todo lo posible para complacerlo, aunque no temo su mano, sino su ceño fruncido. Preferiría desagradar al mundo entero antes que a mi marido”.

2. El patrón para el respeto de la esposa piadosa.
A. El respeto de la iglesia por Cristo. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;…” (Ef. 5:22). “…como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (5:24). Su sumisión ha de ser como la sumisión ideal de la iglesia a Cristo.

1) En todo. En lo grande y en lo pequeño, en lo que le es agradable y lo que le es desagradable a ella. Sólo cuando él requiere lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios requiere, ha de negarle ella, su sumisión. Ella puede razonar con él en cuestiones que le son inconvenientes a ella, pero si no lo convence y no se trata de un pecado, ella debe someterse a él. 

2) Libre, con buena disposición y alegre. El servicio que el cristiano rinde al Señor es con buena voluntad (Ef. 6:7). Así que la esposa debe someterse a su marido como si hubiera una sola voluntad en el corazón de ambos. Lea y Raquel seguían a Jacob como su sombra (Gén. 31:14-17). La reverencia de Sara era sincera, pues llamaba “señor” a su marido (Gén. 18:12) y esto es un ejemplo para las esposas cristianas (1 Ped. 3:6). Por lo tanto, una obediencia a regañadientes es inaceptable y, por lo general, brota del orgullo y engreimiento que ella no ha mortificado. Aun si él es severo, es mejor que ella cumpla su deber y deje que Dios sea quien juzgue.

B. El respeto del cuerpo por la cabeza. “Porque el marido es cabeza de la mujer,…” (Ef. 5:23). Todos los miembros del cuerpo saben que la cabeza es útil para el bien de ellos. La mano aceptará una herida para proteger la cabeza. Sea lo que fuere que la cabeza decide hacer, el cuerpo se levanta y la sigue todo el tiempo que puede. Este es el modo como la esposa debe honrar a su marido, segundo sólo a Dios. Es ridículo pensar que la cabeza
puede ir en una dirección y la costilla por otra, que un soldado mande a su general o que la luna pretenda ser superior al sol. Esto se altera, únicamente, si el marido es insano. “El hombre tiene autoridad en su casa, a menos que sea verbum anomalum; es decir, un necio” (Lutero). 

3. La demostración de respeto de la esposa piadosa.
A. De palabra.
“De la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). Si ella realmente lo respeta, se notará en lo que dice. “Y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26; vea 15:4).

1) Habla respetuosamente de él, en su ausencia. Ninguna esposa es demasiado grande ni buena como para no imitar el ejemplo piadoso de Sara y darle un título de respeto como “señor” (1 Ped. 3:6). La mujer malvada se refiere a su marido como “el hombre” (Prov. 7:19, literalmente en hebreo). ¡Oh, que esto fuera lo peor que las esposas llamaran a sus maridos a sus espaldas!

2) Le habla respetuosamente en su presencia. Cuídese de:
a. Interrumpirlo cuando habla o decir diez palabras por una de las de él. El silencio, más que el hablar, muestra la sabiduría de la mujer. La mujer sabia usa las palabras con moderación.

b. Usar palabras o un tono irrespetuoso. Procure ser un “espíritu agradable y paciente” (1 Ped. 3:4). No tema que esto empeorará a su marido, más bien confíe en la sabiduría de Dios (1 Ped. 3:1; Prov. 25:15). Recuerde que Dios le escucha y le juzgará por cada palabra ociosa (Mat.12:36). Idealmente, tanto el esposo como la esposa, deben ser lentos para apasionarse, no obstante esto, donde uno debe ceder, lo más razonable es que sea la esposa. Ninguna mujer recibe honra por haber tenido la última palabra. Algunas mujeres argumentan que su lengua es su única arma, pero el sabio sabe que a su lengua la enciende el infierno (Stg. 3:6). Note cómo Raquel le habló impulsivamente a Jacob: “Dame hijos, o si no, me muero” (Gén. 30:1) y en cuanto tuvo dos, ¡murió! (Gén. 35:18). Por otro lado, Abigail se comportó con prudencia y recibió honra. Si el respeto no prevalece con él, el enojo tampoco. Por eso es que el marido y la esposa deberían acordar que nunca se levantarán la voz uno al otro.

B. De hecho.
1) Ella obedece sus instrucciones y sus restricciones. Sara obedeció a Abraham y ella es un ejemplo digno (1 Ped. 3:6). Él le dijo: “Toma pronto tres medidas de flor de harina, y amasa y haz panes” (Gén. 18:6) y ella lo hizo inmediatamente. La esposa está obligada a obedecer a su marido con sinceridad en todo lo que no sea contrario a la voluntad revelada de Dios y, aun en este caso, debe negarse respetuosamente. Por ejemplo, ella no puede dar su consentimiento a omitir la lectura bíblica o la oración o a no santificar el Día del Señor, aunque él lo mande enérgicamente. El hogar es el lugar apropiado para ella; ella es su hermosura; allí es donde se desenvuelve y es su seguridad. Sólo una necesidad urgente debe impulsarla a salir. Los pies de la prostituta no moraban en su casa (Prov. 7:11). La esposa debe vivir donde su marido lo juzga mejor. Las esposas deben “amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa [en griego, oikouros, que significa cuidar la casa, trabajar en el hogar, quedándose en casa y atendiendo los asuntos de la familia, Concordancia de Strong], buenas, sujetas a sus maridos” (Tito 2:4, 5).

2) Ella le pide su consejo y escucha sus reconvenciones. Rebeca no mandó a Jacob a su hermano Laban sin consultarle a Isaac (Gén. 27:46). Sara no echó a la sierva Agar sin consultarle a Abraham (Gén. 21:10). La mujer sunamita no iba a recibir al profeta en su casa sin decirle a su marido (2 Rey. 4:10). Su tarea más difícil es escuchar la reconvención con cariño y gratitud, especialmente, si tiene un espíritu orgulloso y contencioso. Pero ella debe recordar que tiene sus faltas y que nadie las ve mejor que su marido. Así que contestarle con dureza por sus reconvenciones muestra una gran ingratitud. Si ella realmente lo respeta, esta será una píldora mucho más fácil de tragar.

3) Ella mantiene una actitud respetuosa y alegre en todo momento. No debe ceder a la irritabilidad o la depresión cuando él está contento, ni estar eufórica cuando él está triste. Debe hacer todo lo posible para que él se complazca en ella. Exprese ella contentamiento con lo que tiene y con su posición, y un temperamento dulce a fin de que él disfrute de estar en casa con ella. Estudie ella cómo le gustan a él sus comidas, sus ropas, su casa y obre conforme a lo que le agrada porque, aun debido a estas pequeñeces, surgen muchas agrias discusiones. Nunca debe permitir que su exceso de confianza con él, genere desdén. El amor de él no debe hacerle olvidar sus deberes, sino aumentar sus esfuerzos. Su cariño no debe disminuir su respeto por él. Es mejor obedecer a un hombre sabio que a uno necio. La mayoría de los maridos se reformarán si sus esposas los respetan adecuadamente. De la misma manera, la sabiduría y el afecto de él se ganan el respeto de la esposa, en la mayoría de los casos.

Algunos harán caso omiso a estos consejos con la excusa de que nadie puede ponerlos por obra, pero esto es una burla a Dios. Él castigará a los tales. Si su venganza no le llega en esta vida, como sucede con frecuencia con los rebeldes, entonces le llegará en la próxima. El cristiano auténtico se caracteriza por un sometimiento fundamental al consejo bíblico; sin estos, somos meros hipócritas.

Continuará …

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church, una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

El cisma y los designios de Dios 1

blog121

¿Cabe el cisma en los propósitos de Dios?
¿Puede Dios desear la división del que se dice su pueblo?

¿Conoces la historia del cisma entre el Reino del Norte (Israel), y el Reino del Sur (Judá)? Abre tu Biblia en el capítulo 11 del Primer Libro de Reyes y aprenderás que después de la muerte de Salomón, Roboam (su sucesor) en lugar de aligerar el yugo que pesaba sobre el pueblo de Dios, lo agravó todavía más. Entonces, Jeroboam, un hombre del norte, levanta en rebeldía a las tribus del norte. Y consuma la división.

Esto ocurría 931 años antes de Jesucristo.

Desde entonces, ante nosotros se plantea una pregunta grave: ¿Permitirá Dios el que su antiguo pueblo sea dividido? Esta pregunta es de un interés angustioso sobre todo si la hacemos a la luz de los acontecimientos que siguieron al cisma. El cisma no fue un éxito completo ni para unos ni para otros, aunque la bendición de Dios se volcó evidentemente sobre el Reino del Sur. El Reino del Norte, Israel, se convirtió en el baluarte de la idolatría. El Reino del Sur sobrevivió en ciertas épocas y bajo ciertos reyes, pero finalmente también sucumbió. El pecado, inherente a la naturaleza humana, hizo su obra en ambos reinos, aunque la fidelidad a Dios se manifestó particularmente en ciertos hombres y períodos de la historia del Reino del Sur.

Tanto para el Norte como para el Sur, la historia termina trágicamente. Lee los libros de Crónicas y Reyes y verás en qué terminó la idolatría y la apostasía de Judá e Israel.

Y nosotros hacemos la pregunta: ¿Quería Dios el cisma?

La respuesta es clara y terminante. Dios mismo nos dice: “Esto lo he hecho yo” (I Reyes 12:24).

Y si todavía esto no fuera suficiente para convencernos, la Biblia misma nos invita a volver al capítulo 11, el anterior, en donde veríamos que, ya en vida de Salomón, Dios había enviado otro profeta, Ahías silonita (I Reyes 11:29 y ss), para predecir el cisma y escoger, anticipadamente, a Jeroboam como rey de las tribus del norte.

Nuestra posición ante el cisma del siglo XVI.
Está, pues, bien claro. Ha sido Dios mismo el que ha querido, preparado y realizado, el cisma en su pueblo. Y ha previsto incluso a aquellos que se opondrían al mismo. Esto nos permitirá poder hablar fraternalmente a todos cuantos hacen del problema de la unidad visible de la Iglesia de Cristo la más angustiosa de las cuestiones religiosas. La preocupación por la unidad del pueblo de Dios es una preocupación santa, siempre que se albergue dentro de una perspectiva equilibrada en la que la verdad sea más importante que la unidad misma. El peligro de desorbitar el problema de la unidad conduce a un falso ecumenismo (tan extendido, desgraciadamente, en nuestros días) que tiende a contagiar a muchas iglesias y personas.

La Biblia enseña otras perspectivas muy diferentes de las que tiene cierto ecumenismo moderno para enjuiciar el problema del cisma y la unidad.

Ciertamente, aunque nada nuevo hay debajo del sol, por otro lado la historia no se repite nunca exactamente igual. No se trata de aplicar, como si fuera una calcomanía, la situación del antiguo Israel a las circunstancias de la Iglesia. Pero sería menospreciar la enseñanza de la Palabra de Dios si no supiésemos ver en el A.T. la norma y el ejemplo para el pueblo de Dios de todas las edades, pues como escribió Pablo, las viejas cosas fueron dichas para nuestra admonición.

Resulta claro que el Primer Libro de Reyes muestra cómo Dios puede querer el cisma y puede efectuarlo por sí mismo. Además, la Biblia enseña que la coyuntura a que es llevado el “cismático”, considerada para algunos como la más grande de las tragedias, puede inspirarse en una necesidad de obediencia y fidelidad a Dios y su Palabra.

Desde luego, no queremos decir con ello que todos los “cismas” han sido queridos por Dios, ni mucho menos. Del mismo modo que no todos los anhelos ecuménicos son según la voluntad de Dios. Tan solo queremos subrayar el hecho de que hay “cismas” y “cismas”. Y por consiguiente, los hay que son deseados y efectuados por Dios.

Enjuiciando la Reforma del siglo XVI, la cual produjo un cisma en la Iglesia visible, hay quien le reprocha el no haber podido alcanzar a toda la comunidad nominal de la cristiandad. Por consiguiente, piensan que puestos a elegir entre reformar a una parte solamente de la Iglesia (a expensas de su unidad visible) o guardar esta unidad (a expensas de dejar a la Iglesia sin reformar), era mejor optar por lo segundo. En otras palabras: estas personas consideran la Unidad visible como algo mucho más importante que la fidelidad a la verdad de la Palabra revelada. Pero este concepto entra en pugna con la enseñanza bíblica.

Decir que la Reforma del siglo XVI fue un fracaso porque no logró reformar a toda la cristiandad equivale a decir que Dios también fracasó al provocar el cisma entre Israel y Judá, cisma que tan solo consiguió mantener un destello de fe en el Reino del Sur, y aún no siempre.

Todo aquel que juzga el pasado desde una posición de cómoda crítica se expone a que el pasado lo juzgue a él. Todos estos, católicos o no católicos, que en aras de un mal entendido ecumenismo dicen, o piensan, más o menos: “Si nosotros hubiéramos vivido en tiempos de la Reforma, ubiésemos sido menos dogmáticos, menos intransigentes, me-nos rigurosos, en suma: ¡menos reformados”. Todos los que piensan así, explícita o implícitamente, ¿qué papel hubieran desempeñado en el siglo XVI? Por más que nos esforcemos, no podemos asignarles otro que el de espectadores, insensibles o sensibles (pero de sensibilidad sentimentaloide e ineficaz), de los autos de fe y serviles aduladores de hombres y doctrinas en los cuales ya no creían sinceramente.  En suma, su papel hubiera sido bien triste y cobarde … Y, por tanto, si actitud hoy, pretendiendo juzgar a la Reforma, olvidando su contexto histórico, y hablando de lo que o no entienden o no aman, en la Biblia se llama fariseísmo.

Ante la Reforma, y ante los reformadores, no podemos decir otra casa que: “Esto viene de Dios”. ¡Ni más ni menos.

Continuará …

José Grau Balcells (1931-2014) Pastor, maestro y escritor prolífico, su legado es el de una vida rica, fructífera, consagrada además de una inmensa labor literaria, gran parte de ella al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE).

Los deberes de esposos y esposas 3

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El deber especial del esposo: Amar

El amor es el fundamento de todos los demás deberes para con ella. Todo fluye de esto. Sin amor, cada cumplimiento de un deber para con ella parece difícil. La ternura, el honor y la amabilidad son meros rayos del sol del amor.

1. Las dimensiones del marido piadoso. El amor de un esposo por su esposa es particular a esta relación. Es distinto del amor paternal y de la lascivia animal.

A. La razón de él. Usted está casado con ella y Dios ordena a los esposos que amen a sus esposas. Solamente esto durará para siempre, ya que ella puede perder sus encantos de muchas maneras.

B. La extensión de él. Usted debe amar tanto su cuerpo como su alma. Por lo tanto, debe escoger una esposa que le es atractiva por su físico y por su personalidad y espiritualidad. De otra manera, no le hace justicia a ella.

C. El grado de él. Por sobre el amor hacia todos los demás, incluyendo a sus padres e hijos y, ciertamente, sobre cualquier persona fuera de la familia. “En su amor recréate siempre” (Prov. 5:19).

D. La duración de él. “Siempre” (Prov. 5:19, recién citado), no sólo en público, sino también en privado, no por una semana o un mes o un año, sino hasta la muerte. Su amor debe aumentar diariamente, incluyendo en la vejez. Tuvo usted su hermosura y su fuerza, así que ¿por qué no sus arrugas y enfermedades? La hermosura interior aumenta a medida que la hermosura exterior disminuye. Existen muchas razones bíblicas por las cuales el amor del marido debe ser perpetuo.

2. El patrón para el amor del marido piadoso.

A. El amor de Jesucristo por su iglesia. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia” (Ef. 5:25); “…sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (5:29). Aunque no podemos lograr ser iguales a Cristo, esta cualidad de nuestro amor debe ser como la de él. Entonces, ¿cómo ama Jesucristo a su iglesia?

1) Auténticamente, sin hipocresía. Su amor fue tan real e intenso que murió por la iglesia.

2) Libremente, incondicional antes y sin expectativas después. Se dio a sí mismo para limpiar su iglesia, lo cual implica que antes ella no era ninguna belleza. El esposo, por su propio amor, debe generar amor en ella. El amor verdadero se trata más de mejorar el objeto del amor, que de enriquecer el tema.

3) Santamente, sin impureza. Cristo amó a la iglesia “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (5:26). Esto enseña al marido a obrar diligentemente para promover la santificación de su esposa.

4) Grandemente, sin comparación. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Esto es lo que Cristo hizo por su iglesia (Ef. 5:25).

5) Constantemente, sin cambiar. “A fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga…” (Ef. 5:27). Muchas veces ella ha hecho a un lado a Cristo, no obstante, él sigue amándola. Los esposos deben copiar su ejemplo. Ninguna mala conducta de parte de ella, justifica que la deje de amar.

6) Activamente, sin descuidarla. “…La sustenta y la cuida,…” (Ef. 5:29). Debe hacer lo máximo para llenar las necesidades de ella, ya sea de sustento, de su amistad constante o de su cuidado cuando está enferma.

B. El amor del esposo por él mismo. “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (5:28). “…Cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo;…” (5:33). Si bien este modo de amar es menor que el amor de Cristo por su iglesia, es más fácil de entender.

1) Tiernamente. Tratamos nuestras propias heridas y angustias con más ternura que nadie. “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne,…” (5:29). Las esposas son como vasos de cristal, que se rompen fácilmente si no se las trata con ternura. Las mujeres son más propensas a los temores y las pasiones y los sufrimientos.

2) Alegremente. Nadie está tan listo para ayudarlo a uno como lo está uno mismo. Los mejores amigos a veces fallan, pero usted se ayuda a sí mismo. Así que esté listo para ayudar a su esposa. Si una nube se cierne entre ustedes, disípela con su amor. Usted no seguirá enojado consigo mismo por mucho tiempo. Ne deben necesitar un mediador.

3. La demostración del amor del marido piadoso.

A. De palabra.                                                  1) Le enseña. “…Vivid con ellas sabiamente,…” (1 Ped. 3:7). Ellas deben preguntar “en casa a sus maridos” si desean aprender algo y no hablar en la congregación (1 Cor. 14:35). ¡Ay del esposo a quien le falta la voluntad o la habilidad de enseñar a su esposa! En cualquiera de los dos casos, debe adquirirla. De no ser así, ¡ella probablemente lo maldiga para siempre en el infierno!

2) La reprende. “…el amor cubrirá multitud de pecados” (1 Ped. 4:8), de manera que pase por alto muchas de sus faltas. La espada pierde su filo por el uso constante, lo mismo sucede con la reprensión. No obstante, el amor verdadero, a veces, requiere la reprensión, pero debe hacerse con la mayor sabiduría y ternura imaginable, no delante de extraños, raramente ante la familia, principalmente por pecados, rara vez por otra cosa. Elogie primero y explique después. La reprensión debe ser corta, como una  palmada rápida y leve (es claro que esto es puramente una comparación; el marido jamás debe pegar a su esposa). Si la poción está demasiado caliente, hace más daño que bien. Siga el ejemplo de Job cuando dijo simplemente: “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado” (Job 2:10). La reprensión leve es la que más  posiblemente le impulse a ella a arrepentirse sinceramente (Prov. 25:15).

3) La alienta. Elógiela cuando hace algo bueno. Esto es importante porque le ayudará a ver la sinceridad de su amor cuando tiene que reprenderla y hará que las reprensiones sean más convincentes.

4) La conforta. Especialmente cuando está sufriendo emocional o físicamente. Por los tiernos razonamientos de Elcana con Ana, ella volvió a comer (1 Sam. 1:8, 9). Las palabras gentiles de un esposo, son como medicina para su esposa. No la subestime.

B. De hecho.
1) Le provee el sustento. Es principalmente deber del esposo proveer sustento para su esposa (Éxo. 21:10). Ella debe ayudar hasta donde puede. El “honor” que debe darle el marido a su esposa como el vaso más frágil, bien puede referirse a su mantenimiento (1 Ped. 3:7; Mat. 15:6; 1 Tim. 5:3). Debe proporcionarle sustento, no sólo en vida de él, sino también para cuando él haya partido, como lo hizo Cristo en relación con su iglesia. Si puede, debe darle un monto para que maneje a su gusto, a fin de que ella pueda hacer caridad y animar a los siervos e hijos en el cumplimiento de sus obligaciones.

2) Le demuestra gran ternura. Esto se expresa especialmente en protegerla de peligros, tentaciones, daños, reproches, desprecios y su comprensión en los momentos de dificultades.

3) Le es un buen ejemplo. Por lo general, las esposas siguen a sus maridos al infierno o al cielo. El ejemplo de él es de más influencia de lo que él cree. Salomón lo llama “al compañero (guía) de su juventud (de ella)” (Prov. 2:17). Por lo tanto, establezca pautas de piedad, seriedad, caridad, sabiduría y bondad. Ella aprenderá a orar al escuchar sus oraciones. Su vida será una regla o una ley para la de ella.

4) Le concede pedidos razonables. Recuerde que David le otorgó a Betsabé el pedido que le hizo de que su hijo ocupara el trono (1 Rey. 1:15- 31), Isaac le otorgó a Rebeca su pedido de una esposa piadosa para Jacob (Gén. 27:46; 28:1) y Jesucristo otorga pedidos razonables a su iglesia. El esposo debe estar anticipando los pedidos de ella y otorgárselos antes de  que los pida. Él debe buscar su consejo, como lo hicieron Elcana y
Abraham (1 Sam. 1:23; Gén. 21:12) y ceder cuando ella tiene razón.

5) Confía en ella en cuestiones domésticas. “El corazón de su marido está en ella confiado” (Prov. 31:11), especialmente si tiene el criterio suficiente que necesita tener para manejar los asuntos del hogar. El esposo tiene cosas más importantes que hacer que mandar a los sirvientes de la casa. Ella quizá le consulte ocasionalmente a él, a fin de que si las cosas no salen bien, ella no tenga la culpa. Pero, por lo general, él debe moverse en una esfera fuera de la casa y ella en la de ella, dentro del hogar. Él debe traer la miel y ella debe trabajarla en el panal.

6) Ejerce autoridad para con ella. El omnisciente Dios invistió al primer esposo con esa autoridad (Gén. 2:23) y no se la quitó en su caída (Gén. 3:16). La luz de la naturaleza y del evangelio lo requieren (Ester 1:22; 1 Cor. 11:3). Sólo las mujeres orgullosas e ignorantes lo cuestionan. Pero el esposo debe usarla:

a. Sabiamente. Puede mantener su autoridad únicamente por medio de una conducta realmente espiritual, seria y varonil. Le será difícil a ella reverenciarlo, si él no reverencia a Dios. Si él es superficial o afeminado, la perderá.

b. Gentilmente. Recuerde que aunque su posición es superior, sus almas son iguales. Ella es su compañera, por lo tanto, no puede ejercer dominio sobre ella como un rey lo hace con sus vasallos, sino como la cabeza lo hace con su cuerpo. Eva no fue formada de la cabeza ni del pie de Adán, sino de su costado, cerca de su corazón. Su actitud debe ser amistosa, sus palabras dulces, sus órdenes escasas y respetuosas y sus reprensiones gentiles (Col. 3:16). No piense que el modo de mantener a una esposa bajo su autoridad
es por intimidarla. Si la mansedumbre de la sabiduría no prevalece con ella, entonces ha fracasado usted en este mundo y ella en el mundo venidero.

Continuará …

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church, una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

El mito de las maldiciones generacionales 4

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Las palabras de Pablo: “Dios […] pagará a cada uno conforme a sus obras” (Ro. 2:5,6) y “porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo […) de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Ro. 14:10,12), claramente enfocan la responsabilidad individual a la que se da prioridad en el Nuevo Testamento. Estos pasajes deben ser vistos como la unificada enseñanza de las Escrituras, empezando por Moisés (Dt. 24:16), continuando con los profetas (Jer. 31:29,30; Ez. 18:1-4,14-16,18-20; Dn. 9:4, 5,7-9), y culminando con las enseñanzas de Jesús (Jn. 8:11; 9:1-3).

Moisés había tratado de corregir el paganismo de sus días, pero para el tiempo de los profetas el pueblo había vuelto a sus caminos paganos. Los profetas también trataron de corregirlo, pero para el tiempo de Jesús el pueblo había vuelto a caer en el pensamiento pagano.

La iglesia tiene hoy el testimonio de Moisés, de los profetas, de Jesús, y de los apóstoles, juntamente con el Nuevo Testamento, la plenitud del Espíritu y sus dones, incluido el de discernimiento. No obstante, un gran porcentaje de la iglesia cristiana está cayendo en el evangelio metafísico y pagano de la nueva era.

La iglesia en el siglo XXI debe afirmar la suficiencia del sacrificio de Cristo tan inequívocamente como lo hizo al principio. Pablo declaró, sin temor a contradicción: “A vosotros, estando muertos en pecado y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente [la referencia es a los espectáculos romanos en que los emperadores y generales que ganaban una guerra marchaban por las calles de Roma con el botín y los prisioneros conquistados para mostrar, tanto al ciudadano como al enemigo, el poder del Imperio], triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:13-15). Ver también: Gálatas 3:13; 1 Corintios 6:9-10; Romanos 3:23-24.

¿Qué podemos aprender del roce con esta herejía?

1. Las Escrituras son la única lámpara a nuestros pies y luz a nuestro sendero en que podemos confiar.

2. Las palabras del hombre solo pueden llevarnos de vuelta a la esclavitud: por ejemplo, el temor. Tenemos que obtener todo el consejo de Dios en las Escrituras, en vez de seguir la última decadencia teológica.

3. El hombre caído siempre busca soluciones rápidas. Casi ninguno de los problemas encarados por las ceremonias de maldición generacional puede ser echado fuera o atado. Los problemas de conducta tienen que ser tratados en nuestro andar de discipulado. Necesitamos diariamente tomar nuestra cruz, considerarnos muertos al pecado y vivos a Dios en Cristo, traer a sujeción nuestro cuerpo, llevar cautivo cada pensamiento a la obediencia de Cristo, y renovar nuestra mente por la Palabra de Dios. Un exorcismo “a la volada” de nuestras imperfecciones de carácter nos dejará decepcionados porque despertaremos el próximo día para descubrir que todavía tenemos esas imperfecciones. Jesús no nos ha llamado a una versión de método fácil del cristianismo. Él nos ha llamado al discipulado, a diariamente seguir al Maestro, sometiéndonos a su señorío, aprendiendo de él, para llegar a ser más como él.

1. Sirve para recordarnos el poder y la suficiencia de la sangre de Cristo.

2. Porque la maldición generacional nos ha llevado a retornar a la Biblia para reevaluar su mensaje, de nuevo se nos recuerda que nuestras obras tienen consecuencias, y que nuestra vida tiene un poderoso impacto en nuestros hijos, para bien o para mal. Por la manera en que viven algunos creyentes, es como dice el profeta Oseas: “Porque sembraron vientos, y segarán torbellinos” (Os. 8:7). Mucha gente en nuestras iglesias necesita de un verdadero arrepentimiento bíblico, una transformación, y el poder del Espíritu para que vivamos en forma ejemplar conforme al llamado de Dios. Las palabras de Pablo claramente muestran que cualquier deuda de pecado que hayamos acumulado fue efectivamente cancelada gracias a la muerte vicaria o sustitutiva de Jesús. Además, Pablo afirma que los poderes y principados que nos tenían esclavizados en el pecado no solo fueron vencidos y desarmados, sino también totalmente humillados. La muerte de Cristo ofrece tanto el perdón de pecados como la liberación de la opresión, y la posesión demoníaca a quienes se apropian de este sacrificio. Conclusión: Las Escrituras nos enseñan que el sacrificio de Cristo es suficiente y completo para el perdón de nuestros pecados, que no estamos atados a los pecados de nuestros padres, cada quién es responsable de su propia vida y obras delante de Dios de forma individual. No necesitamos ceremonias ni ritos de exorcismo para ser libres. “Así que, sí el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36).

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Esta investigación fue realizada y editada por el Dr. Jesús María Yépez, médico cirujano, doctor en Teología, pastor, y profesor de Biblia y Teología en el Seminario Teológico Alfa y Omega. Puerto Ordaz, Venezuela.

Los deberes de esposos y esposas 2

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Deberes que corresponden a ambos por igual

1. Viviendo el uno con el otro. Él tiene que dejar “a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gén. 2:24) y ella tiene que olvidar su “pueblo, y la casa de (tu) padre” (Sal. 45:10). Él tiene que “vivir con” su esposa (1 Ped. 3:7) y ella que “no se separe de su marido”, aunque éste sea inconverso (1 Cor. 7:10). Los otros deberes del matrimonio  requieren vivir juntos, teniendo relaciones sexuales regularmente, las cuales cada uno le debe al otro (1 Cor. 7:3-5). El A.T. prohíbe que los esposos vayan a la guerra durante su primer año de matrimonio (Deut. 24:5). Esto muestra la importancia de vivir juntos.

2. Amándose el uno al otro. Éste es un deber tanto del esposo (Col. 3:19) como de la esposa (Tito 2:4). El amor es la gran razón y el consuelo del matrimonio. Este amor no es meramente romance, sino afecto y cuidado auténtico y constante y “entrañablemente de corazón puro” (1 Ped. 1:22) el uno por el otro. El amor matrimonial no puede basarse en belleza o riqueza, pues éstas son pasajeras y ni siquiera en la piedad, pues ésta puede menguar. Tiene que basarse en el mandato de Dios que nunca cambia. El voto matrimonial es “para bien o para mal” y los casados deben considerar a sus cónyuges como lo mejor en este mundo para ellos. El amor matrimonial tiene que ser duradero, perdurando aun después de que la muerte haya roto el vínculo (Prov. 31:12). Este amor de corazón puro produce, como consecuencia, el contentamiento y consuelo. Guarda contra el adulterio y los celos. Previene o reduce los problemas familiares. Sin él,el matrimonio es como un hueso dislocado. Duele hasta que vuelve a encajarse en su lugar.

3. Siendo fieles el uno al otro. Cada varón debe tener (sexualmente) su propia esposa y cada esposa, su propio marido (1 Cor. 7:2) y sólo los suyos propios. Imiten al primer Adán, quien tuvo sólo una esposa y al segundo Adán, quien tiene una sola iglesia. El pacto matrimonial los enlaza a ustedes a sus propios cónyuges: Los más queridos, dulces y mejores del mundo. La infidelidad más pequeña, aun en el corazón, puede llevar a un adulterio en toda la extensión de la palabra. Sin arrepentimiento, el adulterio destruye la felicidad terrenal, al igual que la expectativa razonable del cielo. Casi disuelve el matrimonio y, en el A.T., era un crimen sancionado con la pena de muerte (Deut. 22:22). Cuídense para evitar las tentaciones de este pecado. El hombre que no se satisface con una mujer, nunca se satisfará con muchas porque este pecado no tiene límites. La fidelidad también incluye guardar el uno, los secretos del otro. Estos no deben revelarse, a menos que exista una obligación mayor. Contar los secretos del cónyuge es malo cuando sucede por accidente, peor cuando es el resultado de un enojo y peor todavía cuando es motivado por el odio.

4. Ayudándose el uno al otro. La esposa ha de ser “ayuda idónea” para su esposo (Gén. 2:18), lo cual implica que ambos deben ayudarse mutuamente. Deben compartir estas cosas:

A. Su trabajo. Si ella trabaja en casa y él trabaja fuera, el trabajo de ambos será más fácil. Para motivación, preste él atención a todo el libro de Proverbios y ella, especialmente, al último capítulo.

B. Sus cruces. Aunque los recién casados esperan que el matrimonio sea sólo placer, las dificultades de seguro llegarán (1 Cor. 7:28). Quizás tengan que enfrentar la pérdida de bienes mundanales, daño a sus hijos, aflicciones causadas por amigos, tanto como por enemigos. Cada cónyuge tiene que ser un amigo para el otro, venga lo que venga.

C. Su consagración a Cristo. Vivan como herederos “juntamente de la gracia de la vida” (1 Ped. 3:7). La meta más alta del matrimonio es promover la felicidad eterna mutua. En esto, la cooperación es muy importante. Los conocimientos de él, deben ayudar a vencer la ignorancia de ella y el fervor de ella, el desaliento de él. Cuando el esposo está en casa, debe instruir y orar con su familia y santificar el Día de reposo pero, en su ausencia, ella debe atender estas cuestiones.

5. Siendo pacientes el uno con el otro. Este deber es hacia todos, pero especialmente, hacia nuestro cónyuge (Ef. 4:31, 32). ¡En el matrimonio hay muchas tentaciones para impacientarse! Perder los estribos causa guerras civiles en casa y nade bueno viene de ello. Ambos necesitan un espíritu humilde y quieto. Aprendan a estar en paz consigo mismos para mantener la paz. Retírense hasta que la tormenta haya pasado. Ustedes no
son dos ángeles casados, sino dos hijos pecadores de Adán. Disimulen las faltas menores y tengan cuidado al confrontar las mayores. Reconozcan mutuamente sus propios pecados y confiésenlos todos a Dios. Cedan el uno al otro en lugar de ceder al diablo (Ef. 4:27).

6. Salvando el uno al otro. 1 Corintios 7:16 insinúa que nuestro gran deber es promover la salvación de nuestro cónyuge. ¿De qué sirve disfrutar del matrimonio ahora y luego irse al infierno juntos? Si uno deja que su cónyuge vaya a condenación ¿dónde está su amor? Ambos deben inquirir sobre el estado espiritual del otro y usar los medios debidos para mejorarlo. Crisóstomo dijo: “Vayan los dos a la iglesia y luego dialoguen juntos sobre el sermón”. Si los dos ya son cristianos, entonces han de hacer lo que pueden para ayudarse mutuamente a llegar a ser santos más perfectos. Hablen con frecuencia de Dios y de cosas espirituales. Sean compañeros peregrinos a la Ciudad Celestial.

7. Manteniendo relaciones sexuales matrimoniales con regularidad, pero  moderadas. “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Heb.13:4. La relación sexual en el matrimonio ha sido diseñada para remediar los afectos impuros, no excitarlos. No pueden ustedes realizar con su cónyuge cada necedad sexual que se les ocurra, por el mero hecho de estar casados. Ser dueños de un vino, no les da permiso para emborracharse. Sean moderados y sensatos. Por ejemplo, pueden abstenerse por un tiempo para dedicarse a la oración (1 Cor. 7:5). Aun en las relaciones matrimoniales tenemos que demostrar reverencia a Dios y respeto mutuo. El amor auténtico no se comporta groseramente.

8. Cuidando el uno los intereses del otro, en todas las cosas. Ayúdense a mantener una buena salud y estén enfermos juntos, por lo menos en espíritu. El uno no debe ser rico, mientras el otro sufre necesidad. Promueva cada uno, la buena reputación de su cónyuge. El esposo, naturalmente y con razón, se interesa por las cosas que son del mundo, cómo puede agradar a su esposa y la esposa hace lo mismo (1 Cor. 7:33, 34). Esto da honor a su fe, consuelo a sus vidas y una bendición en todo lo que tienen. Deben ser amigos íntimos, riendo y llorando juntos, siendo la muerte, lo único que separa sus intereses.

9. Orando el uno por el otro. Pedro advierte qué hacer para que “vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Ped. 3:7), lo que sugiere es que deben orar el uno por el otro y juntos. “Oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril” (Gén. 25:21). Tenemos que orar por todos, pero, especialmente, por nuestro cónyuge. El amor más puro se expresa en la oración sincera y la oración preserva el amor. Procuren tener momentos de oración juntos. El Sr. Bolton oraba todos los días dos veces en privado, dos veces con su esposa y dos veces con su familia. La oración eleva al matrimonio cristiano por encima de los matrimonios paganos y de la cohabitación de los animales.

Continuará …

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church, una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

El mito de las maldiciones generacionales 3

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Herejías en la enseñanza de la maldición generacional

¿Qué daño hace tomar livianamente las Escrituras y decir algunas oraciones extras? He aquí una lista incompleta de los efectos perjudiciales de la maldición generacional.

1. Niega la suficiencia de las Escrituras y requiere que se añadan a la Palabra de Dios pruebas, rituales, y fórmulas generadas por el hombre (cf. 2 Ti. 3:15-17; 2 P. 1:3-8).

2. Niega la perfecta obra de Cristo en la Cruz.

3. Tergiversa el evangelio de Cristo (cf.Gá.1:6-9)

4. Niega la enseñanza bíblica de la responsabilidad personal. La popularidad de la doctrina de las maldiciones generacionales se centra en la corriente de la psicología moderna, se rehúsa a aceptar responsabilidad por sus propias faltas y pecados. Los cristianos, en muchos casos, nos negamos a aceptar la verdad bíblica de que somos tentados de nuestra propia concupiscencia y ni aun el diablo puede obligarnos a pecar (Stg. 1:14). Hoy la Iglesia, en gran parte, colabora en el plan de victimización de la sociedad moderna. Todo el mundo es una víctima, ya sea de las circunstancias, de nuestros padres, del ambiente, de la herencia genética, de la sociedad, etc., y si bien en algunos casos puede haber una medida de verdad en esto, la tendencia general consiste en pensar que nadie es responsable por su propia conducta. Esto no es verdad, de lo contrario la Escritura nos ha mentido en un sin número de pasajes que nos exhortan a una conducta santa, y nos advierten que vamos a dar cuenta ante el Tribunal de Cristo. Dios no cree en el dicho: “El Diablo me hizo hacerlo“.

1. Nos acerca un paso más al paganismo de la nueva era del que fuimos llamados.

2. Pone exagerado énfasis en la obra del hombre, y da vueltas a la idea de una relación con Dios basada en las obras.

Las Escrituras nos enseñan que cada persona es responsable de sus propios pecados y que ninguno pagará por los pecados de sus padres

Jeremías, contemporáneo de Ezequiel, habló a los judíos en Jerusalén: “En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera” (Jer. 31:29,30).

Estos pasajes son claros. En efecto, este es el principio de que las Escrituras se interpretan a sí mismas: los pasajes difíciles deben ser interpretados a la luz de pasajes más claros, como estos de Ezequiel y Jeremías.

Es importante notar que no todos los judíos en esos tiempos trataban de culpar a los demás. Aun-que tuvo las mismas pruebas del cautiverio en Babilonia, el profeta Daniel mostró una actitud opuesta a sus contemporáneos en Judá y Babilonia. En vez de culpar por su destino a sus antecesores, como hacía el público oyente de Jeremías y Ezequiel, él aceptó su propia responsabilidad personal y la de sus contemporáneos por el juicio que había caído sobre ellos. Escribió: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas […]. Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (Dn. 9:4, 5,7-9).

En la oración de Daniel, no se menciona que la razón del exilio sea por los pecados de los padres. Esto es aun más asombroso si recordamos que Daniel era consciente de que, por generaciones, Dios había enviado profetas para advertir a Israel de ese juicio si no se arrepentían.

En el tiempo de Jesús, los judíos habían olvidado otra vez las correcciones del paganismo expresadas por Moisés y los profetas. Jesús encaró los mismos asuntos. En Juan 9:1-3 leemos: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Aunque los discípulos tenían el antiguo punto de vista pagano de que la culpa y el pecado podrían ser heredados, Jesús enfatizó la gloria y la gracia de Dios.

Jesús también afirmó: “Vete, y no peques más” (Jn. 8:11). Las palabras de Jesús sugieren que el perdón de Dios basta para alcanzar un grado tal de transformación espiritual que produzca un cambio de vida. Jesús creía que la mujer a quien acababa de perdonar era libre de escoger si permanecería en el pecado o se apartaría de él. No se hace ninguna referencia a la necesidad de una oración adicional, una ceremonia, o una fórmula de renunciación para complementar la oferta de la gracia y el perdón de Dios.

Continuará …

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Esta investigación fue realizada y editada por el Dr. Jesús María Yépez, médico cirujano, doctor en Teología, pastor, y profesor de Biblia y Teología en el Seminario Teológico Alfa y Omega. Puerto Ordaz, Venezuela.

 

Los deberes de esposos y esposas 1

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El matrimonio es el fundamento de toda la sociedad. Por lo tanto, este tema es muy importante. Explicar a ustedes los deberes conyugales es mucho más fácil que convencerlos a cumplirlos en la práctica. Ajusten su voluntad a las Escrituras, no viceversa. Hagan suyo Efesios 5:33.

1. La conexión. 

“Empero” es una transición de la realidad de la relación de Cristo con la iglesia. Significa que a pesar de ser un ideal inalcanzable, deben tratar de alcanzarlo o que, por ser un noble ejemplo, deben imitarlo en su relación con su cónyuge.

2. La directiva.

A. La obligación universal de ella. “Cada uno… de vosotros”, no importa lo bueno que sean ustedes o lo malo que sean sus cónyuges. Todos los maridos tienen derecho al respeto de sus esposas, sean ellos sabios o necios, inteligentes o lentos, habilidosos o torpes. Todas las esposas tienen derecho al amor de sus esposos, sean hermosas o feas, ricas o pobres, sumisas o rebeldes.

B. La aplicación particular de ella. “De por sí”, cada uno, cada esposo y esposa debe aplicar esto a su propio caso en particular.

3. Resumen de los deberes.

A. El deber de cada esposo. Amar a su esposa. Éste no es el único deber, pero incluye a todos los demás. Debe amarla como a sí mismo. Esto es cómo (la Regla de Oro) y por qué ha de amarla (porque ambos son en realidad uno, amarla dará como resultado bendiciones para él).

B. El deber de cada esposa. Temer (griego) o reverenciar (RV 1909) o respetar (RV 1960) a su marido, por su persona y por su posición. Esto incluye necesariamente amor porque si ella lo ama, tratará de agradarle y evitar ofenderlo.

Doctrina: Cada esposo debe amar a su esposa como a sí mismo y cada esposa debe respetar a su esposo.

Recuerden que éste es el consejo de su Creador, articulado claramente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y, tanto por Pablo, el apóstol a los gentiles (Ef. 5:23ss; Col. 3:18ss) como por Pedro, el apóstol a los judíos (1 Ped. 3:1ss). Estos dos deberes (marido-amor, esposa-respeto) no son exhaustivos, pero se mencionan particularmente, ya sea porque son las fallas más comunes de cada uno o porque incluyen a todos los demás deberes. Otra explicación es que respeto, es lo que los maridos más necesitan y amor, lo que las esposas más necesitan de sus cónyuges (Doug Wilson). Dios los aconseja, no sólo a fin de que tengamos vida eterna, sino para que seamos confortados aquí y ahora. El matrimonio piadoso es un pedacito de cielo sobre la tierra. Repasar estos deberes tiene que humillarnos por nuestros fracasos pasados y retarnos a mejorar en el futuro.

Continuará …

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church, una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

Culto familiar 2

blog118b

Un antiguo escritor bien dijo: “Una familia sin oración es como una casa sin techo, abierta y expuesta a todas las tormentas del cielo”. Todas nuestras comodidades domésticas y las misericordias temporales que tenemos proceden del amor y la bondad del Señor, y lo mejor que podemos hacer para corresponderle es reconocer con agradecimiento, juntos, su bondad para con nosotros como familia. Las excusas para no cumplir este sagrado deber son inútiles y carecen de valor. ¿De qué nos valdrá decir, cuando rindamos cuentas ante Dios por la mayordomía de nuestra familia, que no
teníamos tiempo ya que trabajábamos sin parar desde la mañana hasta la noche? Cuanto más urgentes son nuestros deberes temporales, más grande es nuestra necesidad de buscar socorro espiritual. Tampoco sirve que el cristiano alegue que no es competente para realizar semejante tarea: Los dones y talentos se desarrollan con el uso y no con descuidarlos.

El culto familiar debe realizarse reverente, sincera y sencillamente. Es entonces que los pequeños recibirán sus primeras impresiones y formarán sus primeros conceptos del Señor Dios. Debe tenerse sumo cuidado a fin de no darles una idea falsa de la Persona Divina. Con este fin, debe mantenerse un equilibrio entre comunicar su trascendencia y su inmanencia, su santidad y su misericordia, su poder y su ternura, su justicia y su gracia. La adoración debe empezar con unas pocas palabras de oración invocando la presencia y bendición de Dios. Debe seguirle un corto pasaje de su Palabra, con breves comentarios sobre el mismo. Pueden cantarse dos o tres estrofas de un salmo y luego concluir con una oración en que se encomienda a la familia a las manos de Dios. Aunque no podamos orar con elocuencia, hemos de hacerlo de todo corazón. Las oraciones que prevalecen son generalmente breves. Cuídese de no cansar a los pequeñitos.

Los beneficios y las bendiciones del culto familiar son incalculables. Primero, el culto familiar evita muchos pecados. Maravilla el alma, comunica un sentido de la majestad y autoridad de Dios, presenta verdades solemnes a la mente, brinda beneficios de Dios sobre el hogar. La devoción personal en el hogar es un medio muy influyente, bajo Dios, para comunicar devoción a los pequeños. Los niños son mayormente criaturas que imitan, a quienes les encanta copiar lo que ven en los demás. “El estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos, para que lo sepa la generación venidera, los hijos que nacerán, y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos. A fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos” (Sal. 78:5-7). ¿Cuánto de la terrible condición moral y espiritual de las masas en la actualidad puede adjudicarse al descuido de este deber por parte de los padres de familia? ¿Cómo pueden los que descuidan la adoración a Dios en su familia pretender hallar paz y bienestar en el seno de su hogar? La oración cotidiana en el hogar es un medio bendito de gracia para disipar esas pasiones dolorosas a las cuales está sujeta nuestra naturaleza común. Por último, la oración familiar nos premia con la presencia y la bendición del Señor. Contamos con una promesa de su presencia que se aplica muy apropiadamente a este deber:

Vea Mateo 18:19, 20. Muchos han descubierto en el culto familiar aquella ayuda y comunión con Dios que anhelaban y que no habían logrado en la oración privada.
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A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Culto familiar 1

Blog118

Existen algunas ordenanzas exteriores y medios de gracia exteriores claramente implícitos en la Palabra de Dios, pero en la práctica tenemos pocos, si acaso algunos, preceptos claros y positivos; más bien nos limitamos a recogerlos del ejemplo de hombres santos y de diversas circunstancias secundarias. Se logra un fin importante por este medio y es así cómo se prueba el estado de nuestro corazón. Sirve para hacer evidente si los cristianos descuidan un deber claramente implícito por el hecho de no poder cumplirlo. Así, se descubre más del verdadero estado de nuestra mente y se hace manifiesto si tenemos o no, un amor ardiente por Dios y por servirle. Esto se aplica tanto a la adoración pública como a la familiar. No obstante, no es difícil dar pruebas de la obligación de ser devotos en el hogar.

Considere primero el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles y el amigo de Dios. Fue por su devoción a Dios en su hogar que recibió la bendición de: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Gén. 18:19). El patriarca es elogiado aquí por instruir a sus hijos y siervos en el más importante de los deberes, “el Camino del Señor”; la verdad acerca de su gloriosa persona, su derecho indiscutible sobre nosotros, lo que requiere de nosotros. Note bien las palabras “que mandará”, es decir que usaría la autoridad que Dios le había dado como padre y cabeza de su hogar para hacer cumplir en él, los deberes relacionados con la devoción a Dios. Abraham también oraba a la vez que enseñaba a su familia: Dondequiera que levantaba su tienda, edificaba “allí un altar a Jehová” (Gén. 12:7; 13:4). Ahora bien, mis lectores, preguntémonos: ¿Somos “linaje de Abraham” (Gál. 3:29) si no em>“hacéis las obras de Abraham” (Juan 8:39) y descuidamos el serio deber del culto familiar? El ejemplo de otros hombres santos es similar al de Abraham. Considere la devoción que refleja la determinación de Josué quien declaró a Israel: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). No dejó que la posición exaltada que ocupaba ni las obligaciones públicas que lo presionaban, lo distrajeran de procurar el bienestar de su familia. También, cuando David llevó el arca de Dios a Jerusalén con gozo y gratitud, después de cumplir sus obligaciones públicas, “volvió para bendecir su casa” (2 Sam. 6:20). Además de estos importantes ejemplos, podemos citar los casos de Job (1:5) y Daniel (6:10). Limitándonos a sólo uno en el Nuevo Testamento pensamos en la historia de Timoteo, quien se crió en un hogar piadoso. Pablo le hizo recordar la “fe no fingida” que había en él y agregó: “…la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice,…”. ¡Con razón pudo decir enseguida: “…desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras” (2 Tim. 3:15)!

Por otra parte, podemos observar las terribles amenazas pronunciadas contra los que descuidan este deber. Nos preguntamos cuántos de nuestros lectores han reflexionado seriamente sobre estas palabras impresionantes: “¡Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu Nombre!” (Jer. 10:25). Qué tremendamente serio es saber que las familias que no oran son consideradas aquí iguales a los paganos que no conocen al Señor. ¿Esto nos sorprende? Pues, hay muchas familias paganas que se juntan para adorar a sus dioses falsos. ¿Y no es esto causa de vergüenza para los cristianos profesos? Observe también que Jeremías 10:25 registra imprecaciones terribles sobre ambas clases por igual: “Derrama tu enojo sobre…”. Con cuánta claridad nos hablan estas palabras. No basta que oremos como individuos privadamente en nuestra cámara; se requiere que también honremos a Dios. Dos veces cada día como mínimo, –de mañana y de noche— toda la familia debe reunirse para arrodillarse ante el Señor —padres e hijos, amo y siervo— para confesar sus pecados, para agradecer las misericordias de Dios, para buscar su ayuda y su bendición. No debemos dejar que nada interfiera con este deber: Todos los demás quehaceres domésticos deben supeditarse a él. La cabeza del hogar es el que debe dirigir el momento devocional, pero si está ausente o gravemente enfermo, o es inconverso, entonces la esposa tomará su lugar. Bajo ningún concepto ha de omitirse el culto familiar. Si queremos disfrutar de las bendiciones de Dios sobre nuestra familia, entonces reúnanse sus integrantes diariamente para alabar y orar al Señor. “Honraré a los que me honren” es su promesa.

Continuará …

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A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures  y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Las bendiciones espirituales y el evangelio de la prosperidad

Blog117

Vivimos en una sociedad que idolatra la salud, las riquezas, la buena vida; y lo más triste de todo esto es que algunos han querido acomodar el mensaje del evangelio a esa forma de pensar”

En Efesios 1:3 Pablo dice que Dios nos bendijo “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales“. Esta es una declaración que debe ser resaltada en esta época tan materialista en que nos ha tocado vivir. Vivimos en una sociedad que idolatra la salud, las riquezas, la buena vida; y lo más triste de todo esto es que algunos han querido acomodar el mensaje del evangelio a esa forma de pensar.

Por eso tantas personas hoy día han abrazado el llamado “evangelio de la prosperidad”: si somos cristianos —dicen algunos— debemos prosperar económicamente, debemos disfrutar de muchas posesiones, porque somos hijos del Rey, y debemos vivir como tales.
“El evangelio […] de la prosperidad —ha dicho Warren Wiersbe— trata de hacernos creer que la mayor preocupación de Dios es hacernos felices, no santificarnos, y que se preocupa más por nuestro bienestar físico y material que por el moral y espiritual. El ‘dios de la prosperidad’ es un mensajero celestial cuya única responsabilidad es responder a todos nuestros llamados y asegurarse de que estemos gozando de la vida”.

Pero lo cierto es que nuestro bendito Salvador no murió en una cruz para darnos riqueza, salud y una vida cómoda y placentera en esta vida terrenal, sino para hacernos santos y luego llevarnos a su presencia para participar de su gloria. Los cristianos vivimos en este mundo, y por lo tanto, disfrutamos de los bienes terrenales que Dios derrama sobre todos los hombres. Pero no debemos olvidar que son bienes temporales.

“Nada hemos traído a este mundo —dice Pablo en 1 Timoteo 6:7— y sin duda nada podremos sacar”. Cuando concluya nuestro tiempo aquí dejaremos atrás todas esas cosas. Eso es lo que el hombre incrédulo parece ignorar. Vive para las cosas de este mundo como si eso fuera todo, y de ese modo desprecia las verdaderas riquezas.

Pero los creyentes somos distintos. Aunque vivimos en este mundo, y disfrutamos de las mismas cosas lícitas que los demás, vivimos con la conciencia de ser ciudadanos del Cielo, y que como tales gozamos de enormes privilegios que no todos los hombres poseen. Y es acerca de esos privilegios que Pablo está hablando en este pasaje de Efesios 1.

Por el momento vivimos en este mundo, pero realmente pertenecemos a otro lugar. Y aunque nos es lícito disfrutar de las bendiciones temporales que Dios derrama sobre todos los hombres, en ningún momento debemos olvidar que somos extranjeros y peregrinos en esta tierra (1P 2:11).

“Nuestra ciudadanía está en los cielos”, dice Pablo en Filipenses 3:20, y nos da derecho a grandes privilegios. Hemos sido bendecidos “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales”. No con algunas, sino con todas. Somos ciudadanos del Cielo con todos los derechos que esa ciudadanía encierra. No hay ciudadanos de segunda clase aquí.
Nos relacionamos con Dios como nuestro Padre, podemos entrar cuantas veces queramos al trono de la gracia, tenemos el poder de Dios obrando a nuestro favor, sabemos que él controla todas las cosas para nuestro bien, y nos gozamos en la esperanza ciertísima de la vida eterna. En otras palabras, aunque no hemos llegado al Cielo, ya comenzamos a disfrutar un anticipo de él.

Por eso no importa si tenemos poco o mucho de los bienes de este mundo; si somos creyentes genuinos, nuestro verdadero disfrute, nuestro más profundo deleite, son esas bendiciones espirituales de las que Pablo habla en esta carta, y que Dios nos ha concedido libremente en Cristo.
Sugel Michelén
Todo Pensamiento Cautivo

¿Quién es el Espíritu Santo 4?

Blog116D

La base bíblica

¿Dónde enseña la Biblia esta relación especial entre el Espíritu Santo y los autores humanos de los libros de la Biblia? Vamos a echar un vistazo a diez textos bíblicos que hacen referencia a ello.

Juan 16:7, 12-15

“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré… Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Este texto es muy parecido al anterior; también contiene una promesa que, sin duda, incluye la inspiración por parte del Espíritu Santo de aquellos de los apóstoles que serían autores de documentos canónicos.

Hechos 1:15-16, 20

“En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo: Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús… Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación, y no haya quien more en ella”. Aquí el apóstol Pedro dice claramente que lo que había escrito David en el Salmo 69:25 en realidad era lo que el Espíritu Santo había dicho “por boca de David.” Nuevamente vemos el importantísimo papel del Espíritu Santo en la inspiración de un autor humano de parte de la Palabra de Dios.

1 Corintios 2:6-13

Sin citar todo este pasaje, baste que se diga que al hablar el apóstol Pablo de las cosas que Dios había revelado, afirma lo siguiente: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios… Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (vv. 10, 11 b). Una vez más, en la transmisión de aquello que Dios quiso revelar al hombre, el principal agente inspirador fue el Espíritu Santo.

2 Timoteo 3:15-17

“Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden haber sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Es cierto que este texto no menciona —de forma explícita— a la persona del Espíritu Santo. Sin embargo, sí usa la palabra griega theópneustos, “Dios espirado”, cuya segunda parte parece estar estrechamente relacionada con el Espíritu Santo. Esto sería de esperar a la luz del resto de la evidencia del papel del Espíritu Santo en la inspiración de los autores de los documentos canónicos.

Hebreos 3:7-11

“Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto…”.En este caso es el autor de Hebreos quien atribuye palabras del Salmo 95 (un salmo técnicamente anónimo) al Espíritu Santo: “Como dice el Espíritu Santo…”. Para el autor de Hebreos, el Espíritu Santo era tan autor del Salmo 95 como quienquiera que fuese su autor humano.

1 Pedro 1:10-11

“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos”.
Este interesantísimo texto enseña, por implicación clara, tres cosas sobre la estrecha relación entre el Espíritu Santo y los profetas del Señor: 1. El Espíritu Santo estaba en los profetas; 2. El Espíritu Santo apuntaba hacia una persona y un tiempo determinados; 3. El Espíritu Santo “anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.” Otra vez, vemos el decisivo papel del Espíritu Santo en la inspiración de los autores humanos de la Palabra de Dios.

2 Pedro 1:20-21

“Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. Pese a la palabra “interpretación” aquí, que podría despistar, y que, de hecho, lo ha hecho en más de una ocasión, el tema de este texto en su contexto no es tanto la interpretación de las Escrituras como su origen; ese origen no fue humano, sino divino —sí, “hablaron”— y escribieron “santos hombres de Dios”, pero “siendo [estos] inspirados por el Espíritu Santo”, llevados por él como un velero por el viento.

Conclusiones

Este es otro aspecto del multiforme ministerio del Espíritu Santo del que se habla poco. ¿Cuándo fue la última vez que oíste una predicación o un estudio bíblico sobre el vital papel del Espíritu Santo en la inspiración tanto de los autores humanos de la Palabra de Dios como de las palabras escritas por ellos?

Según la Biblia:

1. La inspiración de los libros que componen la Biblia se atribuye no tanto al Padre, ni al Hijo, sino de manera especial al Espíritu Santo;

2. Todo lo que escribieron los autores humanos de los libros de la Biblia, también lo inspiró el Espíritu Santo;

3. Todo lo que dice la Biblia, lo dice también el Espíritu Santo;

4. De esa inspiración del Espíritu Santo los libros de la Biblia recibieron su carácter infalible;

5. Pero nada de todo esto en absoluto cuestiona, niega o anula la humanidad de los libros de la Biblia.

 

Andrés Birch es pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca.

Las bodas del cordero 3

Blog115C

El matrimonio es la unión más perfecta.

Si yo, en mi estado actual, pudiera escoger entre ver a mi Señor en su gloria o en su cruz, optaría por lo último. Por supuesto preferiría estar allá con él y ver su gloria, pero mientras vivo aquí rodeado de pecado y de aflicción, una visión de sus sufrimientos tendría más efecto sobre mí. “Oh cabeza sagrada una vez herida”, ¡cuánto anhelo contemplarte! Nunca me siento tan cerca de mi Señor como cuando reflexiono en su cruz maravillosa y lo veo derramando su sangre por mí… me parece estar en sus brazos, y como Juan, me reclino en su pecho al vislumbrar su pasión. Por lo tanto, no me sorprende que por acercarse más a nosotros como el Cordero, y por acercarnos nosotros a él y contemplarlo como tal, se agrade él en llamar a su más excelsa unión eterna con su iglesia: “las bodas del Cordero”.

Y, queridos hermanos, cuando pensamos en esto: estar desposados con él, ser uno con él, no tener ningún pensamiento, ningún propósito, ningún deseo, ninguna gloria sino la que mora en Aquel quien, habiendo muerto ahora vive, es esto ciertamente el cielo, el lugar del cual el Cordero es la luz. Contemplar y adorar eternamente a Aquel que se ofreció sin mancha a Dios como nuestro sacrificio y propiciación será un festín sin fin de amor agradecido. Nunca nos cansaremos de este tema. Si vemos al Señor que viene de Edom, con vestiduras teñidas de Bozra, del lagar donde había hollado a sus enemigos, nos sentimos sobrecogidos y pasmados por el terror de esta terrible manifestación de su justicia, pero cuando lo vemos vestido con la ropa sumergida en su propia sangre y la de nadie más, cantaremos eternamente a gran voz: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios; a ti sea la gloria por los siglos de los siglos”. Podríamos seguir cantando por toda la eternidad: “Digno es el Cordero que fue inmolado”. El tema tiene un interés inagotable e incluye todo: justicia, misericordia, poder, paciencia, amor,  aprobación, gracia y justicia. Sumamente glorioso es nuestro Señor cuando lo contemplamos como un Cordero. Esto hará que el cielo sea siete veces cielo para nosotros al pensar que, además, estaremos unidos a él como el Cordero con lazos eternos. [En ese momento una voz del público exclamó: “¡Alabado sea el Señor!”] Sí, amigos míos, ¡alabemos al Señor! “Alabad a nuestro Dios” es el mandato que se oyó venir del Trono. “Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado”.

Concluiré repitiendo esta pregunta: ¿Confías en el Cordero? Te advierto que si la religión en que crees no incluye nada de la sangre de Cristo, de nada vale. Te advierto también que a menos que ames al Cordero no podrás desposarte con el Cordero. Él jamás se desposará con quienes no sienten nada de amor por él. Tienes que aceptar a Jesús como un sacrificio, de lo contrario, no lo aceptas para nada. Es inútil decir: “Seguiré el ejemplo de Cristo”. No harías nada que se le parezca. Es en vano decir: “Él será mi maestro”. Él no te reconocerá como su discípulo a menos que lo reconozcas como un sacrificio. Es preciso que lo recibas como el Cordero o lo dejes completamente. Si desprecias la sangre de Cristo, desprecias toda su persona. Cristo no es nada para ti si no fuera por su expiación. Todos los que esperan ser salvos por las obras de la ley, o por cualquier otra cosa que no sea su sangre y su justicia, no son cristianos, no tienen parte alguna con él aquí, ni tendrán parte con él en el más allá, cuando tome para sí a su propia iglesia redimida para ser su esposa por los siglos de los siglos. Dios te bendiga, en el nombre de Cristo. Amén.

Predicado el 21 de julio de 1889 en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25 millones de palabras equivalen a la novena edición de la Enciclopedia Británica y constituye la serie de libros más numerosa de un mismo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.