Hijos, autoridad y sociedad 2

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Pero existe una segunda razón por la que todos necesitamos esta enseñanza. Según las Escrituras, no sólo la necesitan los cristianos en la forma como he estado indicando, sino que los cristianos necesitan esta exhortación también porque el diablo aparece en este momento de una forma muy sutil y trata de desviarnos. En el capítulo quince del Evangelio de Mateo, nuestro Señor toca este tema con los religiosos de su época porque, de un modo sutil, estaban evadiendo uno de los claros mandatos de los Diez Mandamientos. Los Diez Mandamientos les decían que honraran a sus padres, que los respetaran y cuidaran. Pero lo que estaba sucediendo era que algunos, que pretendían ser ultra religiosos, en lugar de hacer lo que el mandamiento ordenaba, decían en efecto: “Ah, he dedicado este dinero que tengo al Señor. Por lo tanto, no puedo cuidarlos a ustedes, mis padres”. El Señor lo dijo así: “Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre” (Mat. 15:5-6). Estaban diciendo: “Esto es corbán, esto es dedicado al Señor. Por supuesto que quisiera cuidarlos y ayudarlos, pero esto lo he dedicado al Señor”. De esta manera, estaban descuidando a sus padres y sus obligaciones hacia ellos…

Por lo tanto, a la luz de estas cosas, notemos cómo el Apóstol expresa el asunto. Comienza con los hijos, valiéndose del mismo principio que usó en el caso de la relación matrimonial. Es decir, comienza con los que deben obediencia, los que han de sujetarse a ella. Comenzó con las esposas y luego siguió con los maridos. Aquí comienza con los hijos y sigue con los padres. Lo hace porque está ilustrando este punto fundamental: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). La orden es: “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Luego les recuerda el Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

De pasada, notamos el punto interesante de que aquí, nuevamente, tenemos algo que distingue al cristianismo del paganismo. Los paganos en estos asuntos no relacionaban a la madre con el padre, sino que hablaban únicamente del padre. La posición cristiana, que es la posición judía según fue dada por Dios a Moisés, coloca a la madre con el padre. El mandato es que los hijos tienen que obedecer a sus padres, y la palabra obedecer significa, no sólo escucharles, sino escucharles sabiendo que están bajo su autoridad… No sólo escuchar, sino reconocer su posición de subordinación, y proceder a ponerla en
práctica.

Pero es imprescindible que esto sea gobernado y controlado por la idea que lo acompaña: la de “honrar”. “Honra a tu padre y a tu madre”. Esto significa “respeto”, “reverencia”. Esta es una parte esencial del Mandamiento. Los hijos no deben obedecer mecánicamente o a regañadientes. Eso es malo. Eso es observar la letra y no el espíritu. Eso es lo que nuestro Señor condenaba tan fuertemente en los fariseos. No, tienen que observar el espíritu al igual que la letra de la Ley. Los hijos deben reverenciar y respetar a sus padres, tienen que comprender su posición para con ellos, y deben regocijarse en ella. Tienen que considerarla un gran privilegio, y por lo tanto, tienen que hacer lo máximo siempre para demostrar esta reverencia y este respeto en cada una de sus acciones.

La súplica del Apóstol da a entender que los hijos cristianos deben ser totalmente lo opuesto a los hijos descarriados que por lo general muestran irreverencia hacia sus padres y preguntan: “Y ellos, ¿quiénes son?” “¿Por qué tengo que escucharles?” Consideran a sus padres “pasados de moda” y hablan de ellos irrespetuosamente. Imponen su opinión y sus propios derechos y su “modernismo” en toda esta cuestión de conducta. Eso estaba sucediendo en la sociedad pagana de la cual provenían estos efesios, tal como está sucediendo en la sociedad pagana a nuestro alrededor en la actualidad. Leemos constantemente en los periódicos de cómo se está infiltrando este desorden, y cómo los hijos, según lo expresan: “están madurando tempranamente”. Por supuesto, tal cosa no existe. La fisiología no cambia. Lo que está cambiando es la mentalidad y actitud que llevan a la agresividad y un apartarse de ser gobernados por principios bíblicos y enseñanzas bíblicas. Uno escucha esto por todas partes: los hijos hablan irrespetuosamente a sus padres, los miran sin respeto insubordinándose abiertamente a todo lo que les dicen, e imponen su propia opinión y sus propios derechos. Es una de las manifestaciones más feas de la pecaminosidad y el desorden de esta época. Ahora bien, una y otra vez, el Apóstol se declara contra tal conducta, diciendo: “Hijos, obedeced a vuestros padres, honrad a vuestros padres y vuestras madres, tratadlos con respeto y reverencia, demostradles que sabéis vuestra posición y lo que significa”.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad

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Vivimos en un mundo en que vemos un alarmante colapso en la disciplina. El desorden en este sentido reina por doquier. Hay un colapso en la disciplina en todas las siguientes unidades fundamentales de la vida: en el matrimonio y en las relaciones familiares. Cunde un espíritu de anarquía, y las cosas que antes prácticamente se daban por hecho no sólo se cuestionan sino que son ridiculizadas y desechadas. No hay duda de que estamos viviendo en una época en que hay un fermento de maldad obrando activamente en la sociedad en general. Podemos decir más, –y estoy diciendo sencillamente algo en que todos los observadores de la vida coinciden, sean cristianos o no– y afirmar que de muchas maneras estamos frente a un colapso y desintegración total de lo que llamamos “civilización” y sociedad. Y no hay ningún aspecto en que esto sea más evidente que en la relación entre padres e hijos.

Sé que mucho de lo que estamos viendo es probablemente una reacción de algo que, desafortunadamente, era demasiado común hacia el final de la era victoriana y en los primeros años del siglo XX. Hablaré más de esto más adelante, pero lo menciono ahora de pasada a fin de presentar este problema con claridad. No hay duda de que existe una reacción contra el tipo de padre victoriano severo, legalista y casi cruel. No estoy excusando la posición actual, pero es importante que la comprendamos, y que tratemos de investigar su origen. Pero sea cual fuere la causa, no hay duda que tiene su parte en este colapso total en materia de disciplina y en las normas de conducta.

La Biblia, en su enseñanza y en su historia, nos dice que esto es algo que siempre pasa en épocas irreligiosas, en épocas de impiedad. Por ejemplo, tenemos un excelente ejemplo en lo que el apóstol Pablo dice acerca del mundo en la epístola a los Romanos en la segunda mitad del primer capítulo, desde el versículo 18 hasta el final. Allí nos da una descripción horrorosa del estado del mundo en el momento cuando vino nuestro Señor. Era un estado de total descontrol. Y entre las diversas manifestaciones de ese descontrol que lista, incluye precisamente el asunto que estamos ahora considerando.

Primero, dice: “Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (1:28). Enseguida sigue la descripción: Están “atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia”. En esa lista horrible, Pablo incluye esta idea de ser desobedientes a los padres.

También en la Segunda Epístola a Timoteo, probablemente la última carta que escribiera, lo encontramos diciendo en el capítulo 3, versículo 1: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Luego detalla las características de esos tiempos: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos,desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:2-4).

En ambos casos, el Apóstol nos recuerda que en los tiempos de apostasías, en los tiempos de total impiedad e irreligión, cuando los mismos fundamentos tiemblan, una de las manifestaciones más impresionantes de descontrol es la “desobediencia a los padres”. Así que no sorprende que llamara la atención a aquello aquí, al darnos ilustraciones de cómo la vida que está “llena del Espíritu” de Dios se manifiesta (Ef. 5:18). ¿Cuándo se darán por enterados todas las autoridades civiles de que hay una relación indisoluble entre la impiedad e inmoralidad y la decencia? Existe un orden en estas cuestiones. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”, dice el Apóstol en Romanos 1:18. Si tienes impiedad, serás siempre insubordinado. Pero la tragedia es que las autoridades civiles – sea cual fuere el partido político en el poder– parecen todas regirse por la psicología moderna en lugar de las Escrituras. Todas están convencidas de que pueden manejar la insubordinación directamente, aisladamente. Pero eso es imposible. La insubordinación es siempre el resultado de la impiedad. La única esperanza de recuperar alguna medida de la rectitud y justicia en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que el Apóstol les está diciendo a los efesios y a nosotros…

Por lo tanto, las condiciones actuales demandan que consideremos la afirmación del Apóstol. Creo que los padres e hijos cristianos, las familias cristianas, tienen una oportunidad única de testificar al mundo en esta época sencillamente por ser diferentes. Podemos ser verdaderos evangelistas demostrando esta disciplina, este respeto al orden público, esta verdadera relación entre padres e hijos. Podemos, actuando bajo la mano de Dios, llevar a muchos al conocimiento de la verdad. Por lo tanto, sea ésta nuestra actitud.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 3

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Estar sujeto también requiere el cumplimiento que corresponde a las reglas establecidas para mantener el orden familiar. En las familias en que todo funciona bien, las cosas no se dejan al azar, sino que se regulan con reglas fijas. Hay un tiempo para cada cosa y cada cosa en su tiempo… Las comidas, oraciones, acostarse a la noche y levantarse a la mañana se realizan en el tiempo determinado para cada una. Es el deber obvio de cada miembro de la familia someterse a estas reglas. Los hijos y las hijas pueden estar ya mayores y pueden haber llegado a la adultez, esto no importa, tienen que someterse a las reglas de la casa, y su edad es una razón más para ser sumisos, ya que se supone que la madurez de su juicio los capacita para percibir con mayor claridad la razón de cada obligación moral. Quizá opinen que las reglas son demasiado estrictas, pero si el padre o la madre las estableció, tienen que sujetarse a ellas, en tanto sigan siendo integrantes de ese núcleo familiar, aunque sea hasta casi su vejez. Corresponde también al padre o a la madre decidir qué visitas entran en la casa: y es totalmente
incorrecto que un hijo traiga o quiera traer a la casa una amistad a la cual él sabe que se opone uno de sus padres. Lo mismo se aplica a las diversiones: los padres determinan cuales serán, y ningún hijo que tiene los sentimientos correctos de un hijo querrá establecer diversiones que el gusto, y especialmente que la conciencia, de la madre o el padre prohíbe. Han ocurrido casos en que los jóvenes han invitado a tales amigos para tales diversiones en la ausencia de sus padres, aunque saben que esto es decididamente contrario a las reglas de la casa. No hay palabras para expresar lo abominable que es una acción de rebelión vil y malvada contra la autoridad paternal, y un desprecio tan carente de escrúpulos de lo que saben es la voluntad de los padres. Aun los libros que entran a la casa deben coincidir con las reglas domésticas. Si el padre o la madre prohíbe traer novelas, romances o cualquier otro libro, el hijo, en la mayoría de los casos, tiene que renunciar a sus propias predilecciones y acatar una autoridad a la cual no se puede oponer sin oponerse a los dictados de la naturaleza y la religión.

5. ES EL DEBER DE LOS HIJOS CONSULTAR CON SUS PADRES: Ellos son los guías de tu juventud, tus consejeros naturales, cuyos consejos y respuestas debes recibir con piadosa reverencia. Aun si con justa razón sospechas de la solidez o percepción que ha generado la determinación de ellos, es por tu relación con ellos que no debes emprender nada sin explicarles el asunto y obtener su opinión. Cuanto más dispuesto debes estar de hacer esto cuando tienes toda la razón de confiar en su criterio. Eres joven y sin experiencia: todavía no has andado por la senda de la vida, y siempre surgen contingencias que no
tienes la experiencia para comprender… Ellos ya han andado por esa senda y conocen sus curvas, sus peligros y sus dificultades. Recurre, pues a tus padres en cada circunstancia: consulta con ellos en cuanto a tus amigos, libros y diversiones. Haz que el oído de tu padre o tu madre sea el receptor de todos tus cuidados. No tengas secretos que guardas de ellos. Consúltalos especialmente en los temas relacionados con tu vocación y matrimonio. En cuanto a lo primero, quizá necesites de su ayuda [económica], ¿y cómo puedes esperar esto si no sigues sus consejos en cuanto a la mejor manera de invertir su inversión en ti? En cuanto al matrimonio… las Escrituras nos brindan muchos ejemplos
excelentes de la deferencia de los hijos a los padres en las épocas patriarcales. Isaac y Jacob parecen haber dejado la selección de sus esposas a sus padres. Rut, aunque nuera, estaba dispuesta a ser guiada enteramente por Noemí. Ismael le pidió a su madre su consejo. Sansón buscó el consentimiento de sus padres. La simplicidad de aquellas épocas ha desaparecido, y el avance de la sociedad ha traído aparejado más poder de elección por parte de los hijos. Pero éste no debe ser practicado independientemente del consejo paternal. Un anciano consagrado le dijo esto a sus hijos: “Mientras son ustedes jóvenes, escojan su vocación, cuando sean hombres, escojan a sus esposas, pero llévenme con ustedes. Es posible que los ancianos veamos más lejos que ustedes”… En todo esto, tienes que esforzarte de manera especial de que tu fe en Cristo sea consecuente y práctica, visible en toda tu conducta y más particularmente evidente en la manera amable, tierna y diligente en que cumples tus obligaciones para con ellos.

Hasta aquí el compendio de los deberes filiales. Hijos e hijas: léanlos, estúdienlos, anhelen sinceramente cumplirlos, y oran pidiendo al Dios Todopoderoso que la gracia de Cristo Jesús les ayude a llevar a cabo sus obligaciones.

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 2

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3. OTRO DEBER ES LA OBEDIENCIA. “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dice el Apóstol en su epístola a los Colosenses. Éste es uno de los dictados más obvios de la naturaleza. Aun las criaturas irracionales son obedientes por instinto y siguen las señales de sus progenitores, sea bestia, ave o reptil. Quizá no haya deber más reconocido generalmente que este. Tu obediencia debe comenzar temprano: más joven eres, más necesitas un guía y autoridad. Debiera ser universal: “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dijo el Apóstol, “en todo”.

La única excepción a esto es cuando sus órdenes son, de hecho y en espíritu, contrarios a los mandatos de Dios. En dicho caso, al igual que en todos los demás, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. Pero aun en este caso, tu negativa a cumplir la directiva pecaminosa de un padre, debe ser expresada con humildad y respeto, para que sea manifiesto que tu motivación es pura y responsable, no por una mera resistencia rebelde a la autoridad de tus padres. La única excepción a tu obediencia debe ser regida por tu conciencia: si tu situación, inclinación y gusto entran en juego, deben ser puestos a un lado cuando éstos son contrarios a la autoridad paternal.

La obediencia debe ser puntual. En cuanto la orden es expresada, debe ser cumplida. Es una vergüenza para cualquier hijo el que un padre o madre necesite repetir una orden. Debes anticipar, si es posible, sus directivas y no esperar hasta que las tengan que decir. Una obediencia que se demora pierde toda su gloria.

Debe ser alegre. Una virtud practicada a regañadientes no es una virtud. Una obediencia bajo coacción y cumplida con mala disposición es una rebelión en principio: es un mal, vestido con una vestidura de santidad. Dios ama al dador alegre, y también el hombre. Un hijo que se retira de la presencia de uno de sus padres refunfuñando, malhumorado y mascullando su enojo es uno de los espectáculos más feos de la creación: ¿de qué valor es algo que un hijo hace con semejante actitud?

Debe ser negándote a ti mismo. Debes dejar a un lado tu propia voluntad, sacrificar tus propias predilecciones y realizar las acciones que son difíciles al igual que las fáciles. Cuando un soldado recibe una orden, aunque esté disfrutando de la comodidad de su casa, sin vacilar, parte inmediatamente a exponerse al peligro. Considera que no tiene otra opción. El hijo no tiene más margen para la gratificación del yo que la que tiene el soldado: tiene que obedecer. Tiene que ser uniforme. La obediencia filial por lo general tiene lugar sin muchos problemas cuando están presentes los padres, pero no siempre con la misma diligencia cuando están ausentes.

Joven, debes detestar la vileza y aborrecer la maldad de consultar los deseos y obedecer las directivas de tus padres únicamente cuando están presentes y ven tu conducta. Tal hipocresía es detestable. Actúa basándote en principios más nobles. Que sea suficiente para ti saber cuál es la voluntad de tus padres, para asegurar tu obediencia, aunque continentes y océanos te separen de ellos. Lleva esta directiva a todas partes: deja que la voz de la conciencia sea para ti la voz de tu padre o de tu madre, y saber que Dios te ve sea suficiente para asegurar tu obediencia inmediata. Qué sublimemente sencillo e impresionante fue la respuesta del hijo quien, siendo presionado por sus compañeros a tomar algo que sus padres ausentes le habían prohibido tocar, y que, cuando le dijeron que aquellos no estaban presentes para verlo, respondió: “Es muy cierto, pero Dios y mi conciencia sí están presentes”. Decídete a imitar este hermoso ejemplo… y obedece en todo a tus padres aun cuando estén ausentes.

4. SER DÓCIL A LA DISCIPLINA Y REGLAS DE LA FAMILIA NO SON MENOS TU DEBER QUE LA OBEDIENCIA A SUS DIRECTVAS. En cada familia, donde hay orden, hay un control de la autoridad que son los padres: hay subordinación, sistema, disciplina, recompensa y castigo. A todo esto, deben sujetarse todos los hijos. Estar sujeto requiere que si en alguna ocasión te has comportado de manera que se hace necesario el castigo paternal, debes aceptarlo con paciencia y no enfurecerte ni resistirte con pasión. Recuerda que Dios ha ordenado a tus padres que corrijan tus faltas, que han de estar motivados por amor al cumplir este deber con abnegación… Confiesa sinceramente tus faltas y sométete a cualquiera sea el castigo que la autoridad y sabiduría de ellos dicte. Uno de los espectáculos domésticos más hermosos, después del de un hijo uniformemente obediente, es el de uno desobediente quien entra en razón y reconoce sus faltas cuando se las señalan, y se somete con tranquilidad al castigo que corresponde. Es una prueba de una mente fuerte y de un corazón bien dispuesto decir: “Actué mal, y merezco ser castigado”.

En el caso de hijos mayores… es sumamente doloroso cuando un padre, además del dolor extremo que le causa reprochar a tales hijos, tiene que soportar la angustia producida por su total indiferencia, su sonrisa desdeñosa, sus murmuraciones malhumoradas o respuestas insolentes. Esta conducta es aún más culposa porque el que es culpable de ella ha llegado a una edad cuando se supone que ha madurado su comprensión lo suficiente como para percibir cuán profundos son los fundamentos de la autoridad paternal –en la naturaleza, la razón y revelación—y cuán necesario es que las riendas de la disciplina paternal no se aflojen. Por lo tanto, si has cometido un error que merece reprensión, no cometas otro por resentirla. Permanece quieto en tu interior, no dejes que tus pasiones se rebelen contra tu sano juicio, sino que reprime al instante el tumulto que comienza en tu alma.

La conducta de algunos hijos después de un reproche es una herida más profunda en el corazón de un padre o una madre que la anterior que mereció el reproche. Por otra parte, no sé de otra señal más grande de nobleza ni nada que tienda a elevar la opinión del joven por parte de uno de sus padres ni generar en ellos más ternura que el sometimiento humilde al reproche y una confesión sincera de su falta. Un amigo mío tenía un hijo (que hace tiempo ha fallecido), quien habiendo desagradado a sus padres delante de sus hermanos y hermanas, no sólo se sometió humildemente a la amonestación de su padre, sino que cuando la familia se reunió a la mesa para comer, se puso de pie delante de todos ellos. Después de haber confesado su falta y pedido el perdón de su padre, aconsejó a sus hermanos menores que tomaran su ejemplo como una advertencia y tuvieran cuidado de no hacer sufrir nunca a sus padres, a quienes les correspondía amar y respetar. No puede haber nada más hermoso ni más impresionante que esta acción tan noble. Con sus disculpas, aumentó el aprecio de sus padres y de su
familia a un nivel más alto aún del que gozaba antes de haber cometido la falta. El mal humor, la impertinencia y la resistencia obstinada son vilezas, cobardías y mezquindad en comparación con una acción como ésta, que combina una nobleza heroica y valiente con la más profunda humildad.

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 1

Blog144

CONSIDERA con cuidado la relación que tienes con tus padres. Existe una conexión natural entre ustedes, por el hecho de que son ellos los propios instrumentos de tu existencia: una circunstancia que de por sí parece investirlos… de una autoridad casi absoluta sobre ti. Lo usual, la universalidad del vínculo, distrae de pensar en su intimidad, su ternura y su santidad. Eres, literalmente, parte de ellos y no puedes reflexionar en ningún momento en tu nacimiento sin que te impresione el peso maravilloso y solemne que llevas de tu obligación hacia tu padre y tu madre. Pero considera que no hay solamente una cuestión natural de tu deber hacia ellos, sino una conexión establecida entre ustedes. Jehová mismo ha intervenido y, uniendo el lenguaje de revelación con los dictados de la razón y la fuerza de autoridad a los impulsos de la naturaleza, te ha llamado a la piedad filial, no sólo como una cuestión de sentimientos, sino de principios. Estudia entonces la relación: piensa cuidadosa y seriamente en la conexión que existe entre ustedes. Pesa bien la importancia de las palabras padre y madre. Piensa cuánto contiene que tiene que ver contigo, cuántos oficios contiene en sí: protector, defensor, maestro, guía, benefactor, sostén de la familia. ¿Cuáles, entonces, tienen que ser las obligaciones del hijo? Lo siguiente es un breve resumen de los deberes filiales:

1. DEBES AMAR A TUS PADRES. El amor es la única actitud de la cual pueden surgir todos los demás deberes que te corresponden hacia ellos. Al decir amor, nos referimos al anhelo de cumplir los deseos de ellos. Por cierto que es lo que un padre y una madre merecen. La propia relación que tienes con respecto a ellos lo demanda. Si te falta esto, si no tienes en tu corazón una predisposición hacia ellos, tu actitud es extraña y culpable. Hasta que contraigas matrimonio, o estés por hacerlo, deben ellos, en la mayoría de los casos, ser los objetos supremos de tu cariño terrenal. No basta con que seas respetuoso y obediente y aún amable, sino que, donde no existan razones [bíblicas] para alejarte de ellos, tienes que quererlos. Es de importancia infinita que cuides tus sentimientos y no caigas en una antipatía, un distanciamiento o una indiferencia hacia ellos y que se apague tu cariño. No adoptes ningún prejuicio contra ellos ni permitas que algo en ellos te impresione desfavorablemente. El respeto y la obediencia, si no brotan del amor… son muy precarios.

Si los amas, te encantará estar en su compañía y te agradará estar en casa con ellos. A ellos les resulta doloroso ver que estás más contento en cualquier parte que en casa y que te gusta más cualquier otra compañía que la de ellos. Ninguna compañía debe ser tan valorada por ti como la de una madre o un padre bueno.

Si los amas, te esforzarás por complacerles en todo. Siempre ansiamos agradar a aquellos que queremos y evitamos todo lo que pudiera causarles un dolor. Si somos indiferentes en cuanto a agradar o desagradar a alguien es obviamente imposible que sintamos algún afecto por él. La esencia de la piedad hacia Dios es un anhelo profundo de agradarle, y la esencia de la piedad filial es un anhelo por agradar a tus padres. Joven, reflexiona en este pensamiento sencillo: el placer del hijo debiera ser complacer a sus padres. Esto es amor y la suma de todos tus deberes. Si adoptas esta regla, si la escribes en tu corazón y si la conviertes en la norma de tu conducta, dejaría a un lado mi pluma: porque ya estaría todo dicho. Ojalá pudiera hacerte entrar en razón y determinar esto: “Estoy comprometido por todos los lazos con Dios y el hombre, de la razón y revelación, del honor y la gratitud, hacer todo lo posible para hacer felices a mis padres, por hacer lo que sea que les produce placer y por evitar todo lo que les cause dolor; con la ayuda de Dios, desde este instante, averiguar y hacer todo lo que promueva su bienestar. Haré que mi voluntad consista en hacer la de ellos y que mi felicidad terrenal provenga de hacerlos felices a ellos. Sacrificaré mis propias predilecciones y me conformaré con lo que ellos decidan”. ¡Noble resolución, justa y apropiada! Adóptala, llévala a la práctica y nunca te arrepentirás. No disfrutes de ninguna felicidad terrenal que sea a expensas de ellos.

Si los amas, desearás que tengan una buena opinión de ti. Es natural que valoremos la estima de aquellos a quienes amamos: queremos que piensen bien de nosotros. Si no nos importa su opinión de nosotros es una señal segura de que ellos no nos importan. Los hijos deben anhelar y ansiar que sus padres tengan una opinión excelente de ellos. No hay prueba más decisiva de una mala disposición en un hijo o una hija que ser indiferente a lo que sus padres piensan de él o ella. En un caso así, no hay nada de amor, y el joven va camino a la rebelión y destrucción…

2. EL PRÓXIMO DEBER ES REVERENCIAR A TUS PADRES. “Honra a tu madre y a tu madre”, dice el mandamiento. Esta reverencia tiene que ver con tus sentimientos, tus palabras y tus acciones. Consiste, en parte, de tener conciencia de su posición de superioridad, o sea de autoridad, y un esfuerzo por conservar una actitud reverente hacia ellos como personas que Dios puso para estar por encima ti. Tiene que haber… un sometimiento del corazón a la autoridad de ellos que se expresa en un respeto sincero y profundo… Si no hay reverencia en el corazón, no puede esperarse en la conducta. En toda virtud, ya sea la más elevada que respeta a Dios o la clase secundaria que se relaciona con otros humanos como nosotros, tiene que ser de corazón: sin esto, dicha virtud no existe.

Tus palabras tienen que coincidir con los sentimientos reverentes de tu corazón. Cuando hablas con ellos, tu manera de hacerlo, tanto tus palabras como tu tono, deben ser modestos, sumisos y respetuosos, sin levantar la voz, sin enojo ni impertinencia ni tampoco descaro. Porque ellos no son tus iguales, son tus superiores. Si alguna vez no concuerdas con su opinión, debes expresar tus puntos de vista no con displicencia ni intransigencia como con alguien con quien disputas sino con la curiosidad humilde de un alumno. Si ellos te reprenden y quizá más fuerte de lo que te crees que mereces, tienes que taparte la boca con la mano y no ser respondón ni mostrar resentimiento. Tu reverencia por ellos tiene que ser tan grande que refrena tus palabras cuando estás en su compañía, por todo lo que ellos se merecen. Es extremadamente ofensivo escuchar a un joven irrespetuoso, grosero, hablador, que no se controla en la presencia de su madre o su padre y que no hace más que hablar de sí mismo. Los jóvenes deben ser siempre modestos y sosegados cuando está con otros, pero con mayor razón cuando sus padres están presentes. También debes tener cuidado de cómo hablas de ellos a otros. Nunca debes hablar de sus faltas… ni decir nada que puede llevar a otros a pensar mal de ellos o a ver que tú piensas mal de ellos. Si alguien ataca la reputación de ellos, con presteza y firmeza, aunque con humildad, has de defenderlos hasta donde la verdad te permita, y aún si la acusación es verdad, justifícalos hasta donde la veracidad te lo permita y protesta en contra de la crueldad de denigrar a tus padres en tu presencia.

La reverencia debe incluir toda tu conducta hacia tus padres. En toda tu conducta con ellos, dales el mayor honor. Condúcete de manera que otros noten que haces todo lo posible por respetarlos, y que ellos mismos lo vean cuando no hay nadie alrededor. Tu conducta debe ser siempre con compostura cuando están cerca, no la compostura del temor, sino de la estima…

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 2

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Considera también: Si estuvieras por hacer un viaje, te prepararías para hacerlo. ¿No es verdad que lo harías si fueras a viajar unas cien o doscientas millas? Si estuvieras a esta distancia de tu hogar, ¿no pensarías en éste con frecuencia? Si aparecieran obstáculos en el camino que amenazaran impedir que jamás regresaras, ¿no usarías todos tus medios y tus fuerzas para eliminarlos? ¿Eres realmente sólo un extraño y viajero sobre la tierra? ¿Vas hacia delante en un corto lapso de tiempo a un mundo eterno, donde encontrarás una morada sin fin del más profundo sufrimiento o el más perfecto gozo? ¿Se juntan muchas cosas para impedirte alcanzar el reino de los cielos? ¿Es éste tu caso? Sí, lo es. ¿Irás hacia delante, sin importante a dónde vas? ¿Sin importarte lo que te espera al entrar en aquel mundo oculto: ese mundo oculto, desconocido y sin fin de gozo inefable o de sufrimiento imposible de imaginar?… Es imposible ser demasiado serio contigo. Si alguna vez alcanzas a conocer el valor de la verdadera piedad, estarás convencido de que así es. Si viéramos a miles durmiendo al borde de un precipicio y a otros cayendo y muriendo continuamente, ¿no sentiríamos una pasión por despertar a los que todavía no han caído?

¡Ay, mi joven amigo, si has sido indiferente al evangelio de Cristo, el peligro es infinitamente peor, un peligro eterno te amenaza! ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Te ruego que despiertes! ¡Despierta antes de que sea demasiado tarde! ¡Antes de que la eternidad selle tu condenación!… ¡Despierta! Te ruego que comiences a pensar en esa sola cosa que tanto necesitas, ¡el alimento no es ni la mitad de necesario para el pobre desgraciado que se muere de hambre, ni lo es la ayuda para aquel que se hunde en el mar o para el que se está quemando en las llamas!

Quizá todo lo que te digo para conseguir tu atención lo digo en vano. ¿Será así? ¿Despreciarás a tu Dios asegurándote tu propia destrucción? ¿Serás un enemigo más cruel de ti mismo que los diablos mismos pudieran ser? ¡Ay! Si así es, ¿en qué condición estarás pronto? Pero tengo mejores esperanzas para ti, y te hago un pedido: Mira a Dios… conmigo, elevando la siguiente oración. Luego pide que tenga de ti misericordia:

UNA ORACIÓN PIDIENDO LA BENDICIÓN DIVINA SOBRE ESTE ARTÍCULO: Dios eternamente bendito y santo, tu sonrisa es vida, tu ceño fruncido es muerte. Tú tienes acceso a cada corazón y conoces todos los pensamientos de toda criatura en tu amplio dominio. Desde tu trono eterno dígnate a mirar y enseñar a una de tus criaturas más indignas a implorar humildemente tu misericordia. Sin tu amor, somos pobres en medio de la abundancia y desdichados en medio del gozo del mundo. Tu amor es placer aunque estemos en medio de sufrimientos y es riqueza en medio de la pobreza mundana. El que te conoce y te ama, aunque muerto de pobreza y hambre, es infinitamente más rico y feliz que el rey que gobierna el más amplio de los imperios, pero no te conoce. Tú eres nuestra única felicidad; no obstante, no hemos buscado en ti el bien. Tú eres nuestra única dicha; no obstante, te hemos pedido que te alejes. Tú tienes el primer y más razonable derecho a nuestro corazón; no obstante, por naturaleza, los corazones están cerrados contra ti. Pero si tú has bendecido al que da voz a esta oración porque te conoce, bendice también a los que la leen o la dicen con el mismo conocimiento del cielo.

Dios grande, sólo tú sabes lo que es el hombre: un desdichado y miserable, una criatura rebelde y esclava del pecado, un heredero merecedor de ira y condenación. Tu compasión ha abierto para él el camino de vida, ¡pero cuán pocos son los que lo encuentran! Y, ¡ah!, ninguna mano sino la tuya puede guiar al pecador en esa senda llena de paz. Duro es el corazón que tu bondad no derrite: ninguna piedra es tan dura. Frío es el corazón que tu bondad no calienta: ningún hielo es tan frío. No obstante, ¡ay!, Dios grande, así es todo corazón humano por naturaleza… ¡Pero tú tienes poder para ablandar la roca, derretir el hielo y cambiar el corazón! ¿Y acaso no es eso lo que deseas? Creador misericordioso… tú has dicho: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). Miles ahora en gloria han experimentado tu poder salvador. Los instrumentos más débiles pueden en tu mano realizar las obras más poderosas. Una piedrita y una honda pueden arrasar con el enemigo más orgulloso. Ahora, entonces, Dios compasivo, demuestra tu poder para salvar. Concede que los que lean este artículo cedan a tu persuasión y consideren seriamente lo que más los beneficia. Por medio de instrumentos débiles, tú has despertado muchos corazones indiferentes. Aun si éste es el más débil de los débiles instrumentos, magnifica tu poder y misericordia haciendo que llegue a un alma (¡Oh, que sean muchas!) con un llamado solemne y avivador. Permite que algunos de sus lectores aprendan el fin para el cual la vida les fue dada. ¡Oh, no dejes que duerman el sueño del pecado y la muerte para ser despertados por el juicio y la destrucción!

Dios benigno, enséñales que la vida no es dada para perderla por negligencia y pecado. Por el poder del evangelio, somete tú al corazón de Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas  piedra y rompe la piedra de hielo. Con una voz eficaz como la que despertará a los muertos, llama a los muertos en pecado a levantarse y vivir. Llama al joven pecador que lea estas palabras a huir de la ira que vendrá. Dios misericordioso, por tu Espíritu Conquistador haz que este escrito, que en sí es una débil caña, sea poderoso para llevar al arrepentimiento, la oración y la conversión, a algún joven que se haya descarriado de las sendas de la paz. ¡Oh tú que te compadeces del hombre desdichado, enseña a los jóvenes lectores… a tener compasión de sí mismos! No dejes que por su pecado y su necedad hagan aun de la inmortalidad una maldición. No dejes que desprecien tus llamados misericordiosos, ni que pisoteen tu amor hasta la muerte. No dejes que el infierno se regocije y el cielo llore por ellos, sino que deja que los ángeles que moran en tu presencia y los santos que rodean tu trono se gocen por
algún penitente despertado por este débil instrumento: por algún joven que acepta el evangelio de tu Hijo, encontrando en él todo bien.

¡Dios grande, concede este pedido! ¡Haz que los sufrimientos del Salvador lo impulsen! ¡Haz que la intercesión del Salvador lo obtenga! ¡Haz que las influencias del Espíritu lleven a cabo lo que aquí anhelamos!… ¡Confiérale tu Espíritu a este ruego, oh Dios de amor! ¡Confiere esas influencias de bendición, oh tú, Salvador de la humanidad, que has recibido dones para los hombres! ¡Confiérelos, oh Padre y Señor de todo, y trae a algún joven pecador a los pies de tu Hijo crucificado! Aunque sea sólo uno, haz que éste acuda a él para vida… Ahora, oh Dios de gracia, oye esta súplica y enseña al joven sincero de corazón que preste toda su atención a lo que sigue. Concede esto, Dios grande, en nombre del que murió en el Calvario aquí en la tierra, que vive, reina y ruega por el hombre en los cielos, y cuyo reino, poder y gloria son para siempre jamás. AMÉN.

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oportunidad única de testificar al mundo

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El Apóstol nos recuerda que en las épocas de apostasía, en las épocas de gran impiedad e irreligiosidad, cuando los fundamentos mismos tiemblan, una de las manifestaciones más destacadas de desorden es ser “desobedientes a los padres” (2 Tim. 3:2)… ¿Cuándo aprenderán las autoridades civiles de que existe una conexión indisoluble entre la impiedad y la falta de moralidad y de conducta decente?… La tragedia es que las autoridades civiles—sea cual fuere el partido político que esté en el poder—parecen estar todas gobernadas por la sicología moderna en lugar de las Escrituras. Todos están convencidos que pueden solucionar directamente y solos la falta de justicia y de rectitud. Pero eso es imposible.

La falta de justicia y rectitud es siempre el resultado de la impiedad, y la única esperanza de volver a tener alguna medida de justicia y rectitud en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que les está diciendo el Apóstol a los efesios y nos está diciendo a nosotros (Ef. 6:1-4). Los mejores y más morales periodos en la historia de este país, y de cualquier otro país, siempre han sido esos periodos después de poderosos avivamientos religiosos. Este problema de anarquismo y falta de disciplina, el problema de niños y jóvenes, no existía hace cincuenta años como existe ahora. ¿Por qué? Porque todavía operaba la gran tradición del Avivamiento Evangélico del Siglo XVIII. Pero como ya ha desaparecido, estos terribles problemas morales y sociales están volviendo, como nos enseña el Apóstol, y como siempre han vuelto a lo largo de los siglos.

Por lo tanto, las condiciones presentes demandan que observemos la declaración del Apóstol. Yo creo que los padres e hijos cristianos y las familias cristianas tienen una oportunidad única de testificar al mundo en la actualidad siendo simplemente distintos. Podemos ser verdaderos evangelistas al mostrar esta disciplina, esta ley y este orden, esta relación auténtica entre padres e hijos. Podríamos ser los medios, bajo la mano de Dios, de llevar a muchos al conocimiento de la Verdad. Por lo tanto, creamos que así es.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 al 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

“Los padres deben pulir la naturaleza ruda de sus hijos con buenos modales.”
—Thomas Boston (1676-1732)

“Vivimos en una época que se caracteriza por su irreverencia, y, en consecuencia, el espíritu de anarquía, que no tolera ninguna clase de restricciones y que anhela librarse de todo lo que interfiere con la libertad de hacer lo que se le da la gana, envuelve velozmente a la tierra como una gigantesca marejada. Los de la nueva generación son los ofensores más flagrantes; y en la decadencia y desaparición de la autoridad paternal, tenemos el precursor seguro de la abolición de la autoridad cívica. Por lo tanto, en vista de la creciente falta de respeto por las leyes humanas y el no querer dar honra al que honra merece, no nos asombremos de que el reconocimiento de la majestad, la autoridad y la soberanía del Todopoderoso vaya desapareciendo cada vez más, y que las masas tengan cada vez menos paciencia con los que insisten en dar ese reconocimiento.”—A. W. Pink (1886-1952)

Directivas ante el dolor de tener hijos impios II

Blog139B

DIRECTIVA 6: Esfuércese por fortalecer sus gracias bajo esta gran aflicción; porque necesita usted más conocimiento, sabiduría, fe, esperanza, amor, humildad y paciencia para capacitarlo y hacerlo apto para sobrellevar esta aflicción más que los que necesita para sobrellevar otras. Y tiene que ver y disfrutar más de Dios y Cristo a fin de mantener el ánimo bajo este sufrimiento más que la mayoría de los demás sufrimientos. Por el poder de Cristo será no sólo capaz de sobrellevar esta tribulación sino también de gloriarse en ella. Y más grande sea el problema, más grande será lo bueno que de él derive usted.

DIRECTIVA 7: Consuélese en que las cosas más grandes y mejores por las que usted más ha orado, confiado, esperado y principalmente amado y anhelado están a salvo y seguras. Dios es y será bendecido y glorioso para siempre, pase lo que le pase a su hijo. Todas sus perfecciones infinitas están obrando para su gloria. Cristo mismo es de Dios y cumple toda la obra de Mediador como su siervo y para su gloria. Todos los ángeles y santos benditos le honrarán, admirarán, amarán y alabarán para siempre.

Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo son suyos para siempre y será glorificado en toda la eternidad haciendo que usted sea bendito y glorioso. Tiene usted un hijo malo, pero un Dios bueno. Toda su obra acabará, sus pecados serán perdonados y aniquilados, sus gracias perfeccionadas y su cuerpo y alma glorificados ¿Y cree que un hijo impío podría empequeñecer todas sus consolaciones?

DIRECTIVA 8: Por último, considere que este dolor durará sólo por un tiempo. Confieso que no conozco ni podría encontrar aunque investigara, nada que pueda elevar al corazón por sobre este dolor fuera del conocimiento y el sentido del amor infinito de Dios en Cristo hacia el hombre y de la eternidad santa y gloriosa a la cual pronto lo llevará este amor. Decirle que esto es y ha sido el caso de otros padres píos, puede aplacar algo de su dolor. Pero ¿qué valor tiene decirle que otros están y han estado tan afligidos como usted o contarle que hijos tan malos como los suyos han sido santificados y salvados, más que darle algo de esperanza sin fundamento? No tiene más valor que el que lo tiene pensar que pueden ser salvos o pueden ser condenados, porque hay razón justificada para creer lo primero y tener esperanza en lo último. Pero para que el hombre tenga una muerte victoriosa, esté listo para vivir en ese mundo donde no hay nada de este dolor y saber que en el Día del Juicio… él mismo se sentará con Cristo para juzgarlos, y que amará y se gozará en la santidad y justicia del Juez de todo el mundo quien les dará aquella sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41)—esto basta para superar todo dolor inmoderado por sus hijos impíos.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Directivas ante el dolor de tener hijos impíos I

Blog139

DIRECTIVA 1: Considere como un gran pecado desmayar ante este sufrimiento, es decir, sufrir tanto que no puede cumplir sus obligaciones o que deja de sentir gozo en su vida. Porque desmayar ante esta calamidad significa que ha basado demasiado de su felicidad en sus hijos. Sólo argumentaré con usted como Joab lo hizo con David cuando se lamentaba tan amargamente por su hijo Absalón en 2 Samuel 19:6: “Hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos”. Lo mismo le digo a usted que si su alma desmaya bajo la carga de un hijo desobediente declara usted que Dios y Cristo no le importan.

DIRECTIVA 2: Considere… que este es un dolor común entre los hijos más queridos de Dios. Usted piensa en esto como si fuera el primer padre piadoso que ha tenido un hijo impío, como si fuera raro lo que le ha sucedido. Confieso que donde una calamidad parece singular o extraordinaria, tiene más posibilidad de que el que sufre se sienta abrumado porque piensa que ha desagradado grandemente a Dios, de modo que dice con la iglesia: “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lam. 1:12). Pero este dolor es común y coincide con la gracia salvadora y electiva de Dios hacia ellos, y es una prueba que por lo general le toca a los justos.

DIRECTIVA 3: Considere que le hubieran podido pasar desgracias peores que esta. Le voy a dar tres males peores que lo hubieran hecho sufrir más. Primero, podría haber sido usted mismo un infeliz malo e impío. Y que el gran Jehová lo hubiera maldecido y condenado para siempre lo hubiera hecho sufrir mucho más que sentirse atormentado por un tiempo por un hijo impío. Segundo, hubiera podido tener un cónyuge que fuera como podredumbre en sus huesos. Salomón parece decir que un cónyuge pendenciero es peor que un hijo impío. Proverbios 19:13: “Dolor es para su padre el hijo necio, y gotera continua las contiendas de la mujer”. Es como una gotera constante en la casa cuando llueve que pudre el edificio, destruye los alimentos y arruina tanto a la casa como a los que en ella viven…

DIRECTIVA 5: Deje que las Escrituras y la razón guíen su dolor, a fin de no provocar a Dios, envilecer su alma y herir su conciencia con quejas y lágrimas pecaminosas. Con este fin, observe dos reglas: Primero, laméntese más por los pecados de sus hijos con los que provocan y deshonran a Dios y se corrompen y se destruyen a sí mismos y destruyen a otros, que por cualquier vergüenza o pérdida de cosas materiales que le puedan suceder. De este modo, demostrará que el amor a Dios y al alma de sus hijos, y no el amor al mundo, tiene la mayor influencia sobre su dolor. Porque me temo que por lo general hay en padres buenos demasiada aflicción carnal y no suficiente aflicción espiritual cuando sufren esta gran calamidad. Segundo, no deje que su dolor enferme su cuerpo y afecte su salud. Dios no requiere que se lamente por los pecados de sus hijos más que por los propios, y tampoco jamás nos pide que por dolor destruyamos nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo. La verdad es que el dolor santo es la salud del alma y nunca perjudica al cuerpo. Porque la gracia siempre es una amiga y nunca una enemiga de la naturaleza. Por lo tanto, no se prive de ninguna oportunidad de honrar a Dios y servir a su iglesia. No cause el desconsuelo de su cónyuge ni que sus hijos queden huérfanos por culpa de un dolor que no agradará a Dios, no lo tranquilizará a usted ni les hará ningún bien a sus hijos malos y desgraciados.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 3

Blog137C

CUARTO: La conducta inconstante de los padres mismos es frecuentemente un obstáculo poderoso para obtener el éxito en la educación cristiana… ¿Cómo, pues, tiene que ser la influencia del ejemplo de los padres? Ahora bien, como me estoy dirigiendo a padres de familia cristianos, doy por hecho que demuestran, en alguna medida, la realidad de la religión cristiana… Los hijos pueden captar algo de ésta en la conducta de sus padres. Pero cuando ésta incluye tantas pequeñas contradicciones, tal bruma de imperfecciones, qué poco aporta a que formen una buena opinión o que la estimen más. En algunos cristianos hay tanta mundanalidad, tanto conformarse a las necedades de moda, tanta irregularidad en la piedad doméstica, tantos arranques de ira que nada tienen de cristianos, tanto dolor inconsolable y quejas lastimeras bajo las pruebas de la vida, tantas frecuentes actitudes negativas hacia sus hermanos cristianos que sus hijos ven a la religión como algo sumamente desagradable. La consecuencia es que rebaja su opinión de la piedad o inspira en ellos puro disgusto.

Padre de familia, si quiere que sus enseñanzas y amonestaciones a su familia tengan éxito, hágalas respetar por el poder de un ejemplo santo. No basta que sea usted piadoso en general, sino que debe serlo totalmente; no sólo debe ser un verdadero discípulo, sino uno excelente; no sólo un creyente sincero, sino uno consecuente. Sus normas religiosas tienen que ser muy altas. Me atrevo a dar este consejo a algunos padres: Hablen menos acerca de religión a sus hijos o demuestren más de su influencia. Dejen a un lado la oración familiar o dejen a un lado los pecados familiares. Tengan cuidado de cómo actúan, porque todas sus acciones son vistas en el hogar. Nunca hablen de la religión cristiana si no es con reverencia. No se apuren en hablar de las faltas de sus hermanos cristianos. Cuando se presenta el tema, que sea en un espíritu caritativo hacia el ofensor y de un decidido aborrecimiento por la falta. Muchos padres han dañado irreparablemente la mente de sus hijos por su tendencia a averiguar, comentar y casi alegrarse de las inconstancias de otros que profesan ser cristianos. Nunca pongan reparos triviales ni traten de encontrar faltas en las actividades de su pastor. En cambio, elogien sus sermones a fin de que sus hijos quieran escucharlos con más atención. Guíe sus pensamientos hacia los mejores cristianos. Destáqueles la hermosura de una piedad ejemplar. En resumen, en vista de que su ejemplo puede ayudar o frustrar sus esfuerzos por lograr la conversión de sus hijos, considere el imperativo: “debéis andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 Ped. 3:11).

QUINTO: Otro obstáculo para lograr el éxito en la educación religiosa se encuentra a veces en la conducta desenfrenada de alguien mayor en la familia, especialmente en el caso de un hijo libertino. En general los hijos mayores tienen una influencia considerable sobre los demás, y muchas veces establecen el tono moral entre ellos. Sus hermanos y hermanas menores los admiran. Traen amigos, libros, diversiones a la casa y con ello forman el carácter de los menores. Por lo tanto, es muy importante que los padres presten particular atención a sus hijos mayores. Si, por desgracia, los hábitos de éstos son decididamente contraproducentes para la formación cristiana de los otros, deben ser separados de la familia, si es factible hacerlo. Un hijo disoluto puede llevar a todos sus hermanos por mal camino. He visto algunos casos dolorosos de esto. El padre puede vacilar en echar de casa a un hijo libertino por temor de que empeore más. Pero ser bueno con él de esta manera es una crueldad hacia los demás. La maldad es contagiosa, especialmente cuando la persona con esta enfermedad es un hermano.

SEXTO: Las malas compañías fuera de casa neutralizan toda la influencia de la enseñanza cristiana del hogar. El padre creyente tiene que mantenerse siempre atento para vigilar las amistades que sus hijos tienden a tener. He dicho mucho a los jóvenes mismos sobre este tema en otra obra. Pero es un tema que también concierne a los padres. Un amigo mal escogido por sus hijos puede dar por tierra todo lo bueno que usted está haciendo en su casa. Es imposible que usted sea demasiado cuidadoso en esto. Desde la primera infancia de sus hijos, anímelos a verlo a usted como el seleccionador de sus compañías. Enséñeles la necesidad de que usted lo sea, y forme en ellos la costumbre de consultarlo en todo momento. Nunca aliente una amistad que difícilmente tenga una influencia positiva en el carácter cristiano de ellos. Nunca como ahora ha sido necesaria esta advertencia. Las instituciones cristianas de ahora acercan al evangelio a los niños y jóvenes que a ellas asisten… Pero aun en el mejor de los casos, es demasiado pretender que todos los amigos activos en la escuela dominical, grupo juvenil, etc., sean amigos adecuados para nuestros hijos y nuestras hijas.

SÉPTIMO: Las divisiones que surgen a veces en nuestras iglesias y que causan enemistad entre cristianos tienen una influencia muy negativa sobre la mente de los niños y jovencitos. Ven en ambas partes tanto que es contrario al espíritu y carácter distintivo del cristianismo y ello tiene un impacto tan profundo sobre sus opiniones y
sentimientos acerca de una de las partes, que su atención deja de centrarse en lo esencial de la religión cristiana, o brota un prejuicio contra ella. Considero esto como una de las consecuencias más dolorosas y malas de las controversias en la iglesia…

POR ÚLTIMO: El espíritu de independencia filial, sancionada por las costumbres, si no las opiniones de esta época, es el último obstáculo que mencionaré, sobre el tema de lograr buenos resultados en la educación cristiana. La tendencia, demasiado aparente en esta época, de aumentar los privilegios de los hijos por medio de reducir la prerrogativa de sus padres, no es para bien de unos ni de otros. La rebeldía contra una autoridad constituida correctamente nunca puede ser una bendición; todos los padres sabios, junto con todos los niños y jóvenes sabios, coinciden en que la autoridad paternal es una bendición. Algunos chicos precoces pueden sentirla opresiva, pero otros cuya madurez es más natural y lenta reconocerán que es una bendición. Los hijos que sienten que el yugo de los padres es una carga, raramente considerarán a Cristo como un beneficio.

Mis queridos amigos, pienso que éstos son los obstáculos principales para lograr el éxito en los esfuerzos que muchos hacen para lograr la formación cristiana de sus hijos. Considérenlos seriamente, y habiéndolo hecho, procuren evitarlos… A la vez, no descuiden ninguno de los otros medios que promueven el bienestar, reputación y utilidad de ellos en este mundo, concéntrense en emplear sus mejores energías para poner en práctica un plan bíblico y sensato de educación religiosa.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Formación del carácter de los niños 3

Blog136C

Hay que enseñar a los niños a ser humildes. Esta es una gracia que el Señor nos invita particularmente a aprender de él y lo que con más frecuencia nos recomienda, sabiendo muy bien que sin ella un plan tan humillante como el que vino a presentar nunca hubiera sido recibido. Y en cuanto a la vida presente, es un adorno muy hermoso que se gana la estima y el afecto universal, de modo que antes de la honra viene la humildad (Prov. 15:33). En general, encontramos que el se exalta a sí mismo será humillado, y el que se humilla a sí mismo será exaltado, tanto por Dios como por el hombre.

Por lo tanto, querer el bienestar, la honra y la felicidad de nuestros hijos debiera llevarnos a un esforzarnos tempranamente a frenar ese orgullo que fue el primer pecado y la ruina de nuestra naturaleza y que se extiende tan ampliamente y se hunde tan profundamente en todo lo que tiene su origen en la degeneración de Adán. Debemos enseñarles a expresar humildad y modestia en toda su manera de ser con todos.

Hay que enseñarles que traten a sus superiores con especial respeto y, en los momentos debidos, acostumbrase a guardar silencio y ser prudentes ante ellos. De este modo aprenderán en algún grado a gobernar su lengua, una rama de la sabiduría que, al ir avanzando la vida, será de gran importancia para la tranquilidad de otros y para su propio confort y reputación.

Tampoco debe permitirles ser insolentes con sus pares, sino enseñarles a ceder, a favorecer y a renunciar a sus derechos para mantener la paz. Para lograrlo, pienso que es de desear que por lo general se acostumbren a tratarse unos a otros con respeto y en conformidad con los modales de las personas bien educadas de su clase. Sé que estas cosas son en sí mismas meras insignificancias, pero son los guardias de la humanidad y la amistad, e impiden eficazmente muchos ataques groseros que puedan surgir por cualquier pequeñez con posibles consecuencias fatales…

En último lugar, hay que enseñar a los niños a negarse a sí mismos. Sin un grado de esta cualidad, no podemos seguir a Cristo ni esperar ser suyos como discípulos, ni podemos pasar tranquilos por el mundo. Pero, no obstante lo que pueda soñar el joven sin experiencia, muchas circunstancias desagradables y mortificantes ocurrirán en su vida que descontrolarán su mente continuamente si no puede negar sus apetitos, pasiones y su temperamento. Por lo tanto, hemos de esforzarnos por enseñar inmediatamente esta importante lección a nuestros hijos, y, si tenemos éxito en hacerlo, los dejaremos mucho más ricos y felices por ser dueños de sus propios espíritus, que si les dejáramos los bienes materiales más abundantes o el poder ilimitado que el poder sobre otros pudiera producir.

Cuando un ser racional se convierte en el esclavo del apetito, pierde la dignidad de su naturaleza humana al igual que la profesión de su fe cristiana. Es, por lo tanto, digno de notar que cuando el Apóstol menciona las tres ramas grandiosas de la religión práctica, pone la sobriedad primero, quizá sugiriendo que donde ésta se descuida lo demás no puede ser practicado. La gracia de Dios, es decir, el evangelio, nos enseña a vivir sobria, recta y piadosamente. Por lo tanto, hay que exhortar a los niños, al igual que a los jóvenes, a ser sobrios, y hay que enseñarles desde temprano a negarse a sí mismos.

Es un hecho que sus propios apetitos y gustos determinarán el tipo y la cantidad de sus alimentos, muchos de ellos destruirían rápidamente su salud y quizá su vida, dado que con frecuencia el antojo más grande es por las cosas que son más dañinas. Y parece muy acertada la observación de un hombre muy sabio (quien era él mismo un triste ejemplo de ello) que el cariño de las madres por sus hijos, por el que los dejan comer y beber lo que quieran, pone el fundamento de la mayoría de las calamidades en la vida humana que proceden de la mala condición de sus cuerpos. Más aún, agregaré que es parte de la sabiduría y del amor no sólo negar lo que sería dañino, sino también tener cuidado de no consentirlos con respecto a los alimentos ni la ropa. Las personas con sentido común no pueden menos que ver, si reflexionaran, que saber ser sencillos, y a veces, un poco sacrificados, ayuda a enfrentar muchas circunstancias en la vida que el lujo y los manjares harían casi imposible hacerlo.

El control de las pasiones es otra rama del negarse a sí mismo a la que deben habituarse temprano los niños, y especialmente porque en una edad cuando la razón es tan débil, las pasiones pueden aparecer con una fuerza y violencia única. Por lo tanto, hay que tener un cuidado prudencial para impedir sus excesos. Con ese propósito, es de suma importancia que nunca permita que hagan sus caprichos por su obstinación, sus gritos y clamores, permitirlo sería recompensarlos por una falta que merece una severa reprimenda. Es más, me atrevo a agregar que es muy inhumano disfrutar de incomodarlos con mortificaciones innecesarias, no obstante, cuando anhelan irrazonablemente alguna insignificancia, por esa misma razón, a veces, se les debe negar, a fin de enseñarles algo de moderación para el futuro. Y si, por dichos métodos, aprenden gradualmente a dominar su genio y antojos, aprenden un aspecto considerable de verdadera fuerza y sabiduría…

 

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

El arte de una disciplina equilibrada 2

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Llegamos ahora a la cuestión de la administración de la disciplina… La disciplina es esencial y tenemos que llevarla a cabo. Pero el Apóstol nos exhorta a ser muy cuidadosos en cómo la llevamos a la práctica porque podemos hacer más daño que bien si no la dispensamos de la manera correcta…

El Apóstol divide sus enseñanzas en dos secciones: la negativa y la positiva. Dice que este problema no se limita a los hijos: los padres de familia también deben tener cuidado. Negativamente, les dice: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Positivamente, dice: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Mientras recordemos ambos aspectos todo andará bien.

Comencemos con lo negativo: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Estas palabras podrían traducirse: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen a sus hijos a tener resentimiento”. Existe siempre un peligro muy real cuando disciplinamos. Y si somos culpables de generar estos sentimientos haremos más daño que bien… Como hemos visto, ambos extremos son totalmente malos. En otras palabras, tenemos que disciplinar de una manera que no irritemos a nuestros hijos o los provoquemos a tener un resentimiento pecaminoso. Se requiere de nosotros que seamos equilibrados.

¿Cómo lo logramos? ¿Cómo pueden los padres llevar a cabo una disciplina equilibrada? Una vez más tenemos que referirnos a Efesios, esta vez al capítulo 5, versículo 8. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” Esta es siempre la llave. Vimos cuando tratábamos ese versículo que la vida vivida en el Espíritu, la vida del que está lleno del Espíritu, se caracteriza siempre por dos factores principales: poder y control. Es un poder disciplinado. Recuerde cómo Pablo lo expresa cuando escribe a Timoteo. Dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino
de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). No un poder descontrolado, sino un poder controlado por el amor y el dominio propio: ¡disciplina!. Esa es siempre la característica del hombre que está “lleno del Espíritu”…

¿Cómo, entonces, aplicamos disciplina? “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Este debe ser el primer principio que gobierna nuestras acciones. No podemos aplicar una disciplina verdadera a menos que podamos poner en práctica nosotros mismos dominio propio y auto disciplina… Las personas que están llenas del Espíritu siempre se caracterizan por su control. Cuando disciplina usted a un niño, primero tiene que controlarse a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo cuando ya perdió la paciencia, ¿qué derecho tiene de decirle a su hijo que necesita disciplina cuando resulta obvio que usted mismo la necesita? Tener dominio propio, controlar el mal genio es un requisito esencial para controlar a otros… Así que el primer principio es que tenemos que empezar con nosotros mismos. Tenemos que estar seguros de que estamos controlados, no alterados… Tenemos que ejercitar esta disciplina personal, o sea el dominio propio que nos capacita para ver la situación objetivamente y manejarla de un modo equilibrado y controlado. ¡Qué importante es esto!…

El segundo principio se deriva, en cierto sentido, del primero. Si el padre o la madre va a aplicar esta disciplina correctamente, nunca puede hacerlo caprichosamente. No hay nada más irritante para el que está siendo disciplinado que sentir que la persona que la aplica es caprichosamente inestable y que no es digna de confianza porque no es consecuente. No hay cosa que enoje más a un niño que tener el tipo de padre que, un día, estando de buen humor es indulgente y deja que el chico haga casi cualquier cosa que quiere, pero que al día siguiente se enfurece por cualquier cosa que hace. Esto hace imposible la vida para el niño. Un progenitor así, vuelvo a repetirlo, no aplica una disciplina correcta y provechosa, y el niño termina en una posición imposible. Se siente provocado e irritado a ira y no tiene respeto por ese progenitor.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

El arte de una disciplina equilibrada

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“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.—Efesios 6:4

Note que Pablo menciona a los padres únicamente. Acaba de citar las palabras de la Ley: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero ahora señala en particular a los papás porque su enseñanza ha sido, como hemos visto, que el padre es el que tiene la posición de autoridad. Eso es lo que encontramos siempre en el Antiguo Testamento, así es como Dios siempre ha enseñado a las personas a portarse bien, así que naturalmente dirige este mandato en particular a los padres. Pero el mandato no se limita a los padres, incluye también a las madres; y en una época como la actual, ¡hemos llegado a un estado en que el orden es a la inversa! Vivimos en una especie de sociedad matriarcal donde el padre y marido ha renunciado a su posición en el hogar de modo que deja casi todo a la madre. Por lo tanto, tenemos que comprender que lo que aquí dice de los padres se aplica igualmente a las madres. Se aplica al que está en la posición de disciplinar. En otras palabras, lo que la Biblia nos presenta aquí en este cuarto versículo, y está incluido en el versículo anterior, es todo el problema de la disciplina.

Tenemos que examinar este tema con cuidado, y es, por supuesto, uno muy extenso. No hay tema, repito, cuya importancia sea más urgente en este país y en todos los demás países, que el problema de la disciplina. Estamos viendo un desmoronamiento de la sociedad, y éste se relaciona principalmente con esta cuestión de disciplina. Lo vemos en el hogar, lo vemos en las escuelas, lo vemos en la industria, lo vemos en todas partes. El problema que enfrenta hoy la sociedad en todos sus aspectos es ultimadamente un problema de disciplina. ¡Responsabilidad, relaciones, cómo se vive la vida, cómo debe proceder la vida! El futuro entero de la civilización, creo yo, depende de esto…
Me aventuro a afirmar, a profetizar: Si el Occidente se desploma y es vencido, será por una sola razón: podredumbre interna… Si seguimos viviendo por los placeres, trabajando cada vez menos, exigiendo más y más dinero, más y más placeres y supuesta felicidad, abusando más y más de las lascivias de la carne, negándonos a aceptar nuestras responsabilidades, habrá sólo un resultado inevitable: un fracaso completo y lamentable. ¿Por qué pudieron los godos y los vándalos y otros pueblos bárbaros conquistar el antiguo Imperio Romano? ¿Por su superioridad militar? ¡Por supuesto que no! Los historiadores saben que hay una sola respuesta: la caída de Roma sucedió porque un espíritu de tolerancia invadió el mundo romano: los juegos, los placeres, los baños públicos. La podredumbre moral que había entrado en el corazón del Imperio Romano fue la causa de la “declinación y caída” de Roma. No fue un poder superior desde afuera, sino la podredumbre interna lo que significó la ruina para Roma. Y lo que es realmente alarmante en la actualidad es que estamos siendo testigos de una declinación similar en este país y en otros de Occidente. Esta desidia, esta falta de disciplina, todo el modo de pensar y ese espíritu es característico de un periodo de decadencia. La manía por los placeres, la manía por los deportes, la manía por las bebidas y las drogas han dominado a las masas. Este el problema principal: ¡La pura ausencia de disciplina y de orden y de integridad en el gobierno!

Estas cuestiones, según creo, son tratadas con mucha claridad en estas palabras del Apóstol. Procederé a presentarlas en más detalle para identificarlas y mostrar cómo las Escrituras nos iluminan con respecto a ellas. Pero antes de hacerlo, quiero mencionar algo que ayudará y estimulará todo el proceso de su propio pensamiento. Los periódicos lo hacen en nuestro lugar, los entrevistados en la radio y televisión lo hacen en nuestro lugar, y nos sentamos muy cómodos y escuchamos. Esa es una manifestación del desmoronamiento de la autodisciplina. ¡Tenemos que aprender a disciplinar nuestra mente! Por eso daré dos citas de la Biblia, una de un extremo y una del otro extremo de esta posición. El problema de la disciplina cae entremedio de ambas. En un extremo, el límite es: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Prov. 13:24). El otro extremo es: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”. Todo el problema de la disciplina se  encuentra entre estos dos extremos, y ambos se encuentran en las Escrituras. Resuelva el problema basándose en las Escrituras, trate de saber los principios que gobiernan esta cuestión vital y urgente, que es en este momento, el peor problema que enfrentan todas las naciones de Occidente y probablemente otras. Todos nuestros problemas son el resultado de que practicamos un extremo o el otro. La Biblia nunca recomienda ninguno de los dos extremos. Lo que caracteriza las enseñanzas de la Biblia siempre y en todas partes, es su equilibrio perfecto, una postura justa que nunca falla, el modo  extraordinario en que la gracia y la ley armonizan divinamente…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios

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PRIMERAMENTE tengo que reconocer que no hay esfuerzo humano, ni de pastores ni de padres de familia, que pueda ser eficaz para llevar un alma al conocimiento salvador de Dios en Cristo sin la colaboración de las influencias transformadoras del Espíritu Santo. No obstante, usted sabe muy bien, y espero que seriamente considere, que esto no debilita su obligación de usar con mucha diligencia los medios correctos. El gran Dios ha declarado las reglas de operación en el mundo de la gracia al igual que en la naturaleza. Aunque no se limita a ellas, sería arrogante de nuestra parte y destructivo esperar que se desvíe de ellas a favor de nosotros o de los nuestros.

Vivimos no sólo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Si el Señor ha determinado continuar la vida de usted o la vida de sus hijos, sin duda lo alimentará o sostendrá con sus milagros. No obstante, usted se cree obligado a cuidar con prudencia su pan cotidiano. Concluiría usted, y con razón, que si dejara de
alimentar a su infante, sería culpable de homicidio delante de Dios y del hombre; ni puede creer que puede dar la excusa que se lo encargó al cuidado divino milagroso mientras usted lo dejó desamparado sin suministrar nada de ayuda humana. Tal pretexto sólo agregaría impiedad1 a su crueldad y sólo serviría para empeorar el crimen que quiso excusar. Así de absurdo sería que nos engañáramos con la esperanza de que nuestros hijos fueran enseñados por Dios, y regenerados y santificados por las influencias de su gracia, si descuidamos el cuidado prudente y cristiano de su educación que quiero ahora describir y recomendar…

1. Los niños deben, sin lugar a dudas, ser criados en el camino de la piedad y devoción a Dios. Esto, como usted bien lo sabe, es la suma y el fundamento de todo lo que es realmente bueno. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10). El salmista por lo tanto invita a los hijos a acercarse a él con la promesa de instruirlos en ella: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Sal. 34:11). Y, algunas nociones correctas del Ser Supremo deben ser implantadas en la mente de los hijos antes de que pueda haber un fundamento razonable para enseñarles las doctrinas que se refieren particularmente a Cristo como el Mediador. “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6).

La prueba de la existencia de Dios y algunos de los atributos de la naturaleza divina que más nos preocupan dependen de principios tan sencillos que aun las mentes más simples pueden comprenderlos. El niño aprenderá fácilmente que como cada casa es construida por algún hombre y que no puede haber una obra sin un autor, así también el
que construyó todas las cosas es Dios. Partiendo de la idea obvia de que Dios es el Hacedor de todo, podemos presentarlo con naturalidad como sumamente grande y sumamente bueno, a fin de que aprendan ya a reverenciarlo y amarlo.

Es de mucha importancia que los niños sean imbuidos de un  sentido de maravilla hacia Dios y una veneración humilde ante sus perfecciones y sus glorias. Por lo tanto, es necesario presentárselos como el gran Señor de todo. Y, cuando les mencionamos otros agentes invisibles, sean ángeles o demonios, debemos… siempre presentarlos como seres enteramente bajo el gobierno y control de Dios…

Tenemos que ser particularmente cautos cuando les enseñamos a estos infantes a pronunciar ese nombre grande y terrible: El Señor nuestro Dios; que no lo tomen en vano, sino que lo utilicen con la solemnidad que corresponde, recordando que nosotros y ellos no somos más que polvo y cenizas delante de él. Cuando oigo a los pequeños hablar del Dios grande, del Dios santo, del Dios glorioso, como sucede a veces, me causa placer. Lo considero como una prueba de la gran sabiduría y piedad de los que tienen a su cargo su educación.

Pero hemos de tener mucho cuidado de no limitar nuestras palabras a esos conceptos extraordinarios, no sea que el temor a Dios los domine tanto que sus excelencias los lleve a tener miedo de acercarse a él. Hemos de describirlo no sólo como el más grande, sino también el mejor de los seres. Debemos enseñarles a conocerlo por el nombre más
alentador de: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxo. 34:6-7). Debemos presentarlo como el padre universal,  bondadoso, indulgente, que ama a sus criaturas y por medios correctos les provee lo necesario para su felicidad. Y debemos presentar particularmente su bondad hacia ellos: con qué más que su ternura paternal protegió sus cunas, con qué más que compasión escuchó sus débiles llantos antes de que sus pensamientos infantiles
pudieran dar forma a una oración. Tenemos que decirles que viven cada momento dependiendo de Dios y que todo nuestro cariño por  ellos no es más que el que él pone en nuestro corazón y que nuestro poder para ayudarles no es más que el que él coloca en nuestras manos. Hemos también de recordarles solemnemente que en poco tiempo sus espíritus regresarán a este Dios. Así como ahora el Señor está siempre con ellos y sabe todo lo que hacen, dicen o piensan, traerá toda obra a juicio y los hará felices o infelices para siempre, según son, en general, encontrados obedientes o rebeldes. Debemos presentarles también las descripciones más vívidas y emocionantes que las Escrituras nos dan del cielo y el infierno, animándolos a que reflexionen en ellos.

Cuando echa tal cimiento creyendo en la existencia y providencia de Dios y en un estado futuro de recompensas al igual que de castigos, debe enseñarles a los niños los deberes que tienen hacia Dios. Debe enseñarles particularmente a orar a él y a alabarle. Lo mejor de todo sería que, con un profundo sentido de las perfecciones de Dios y las necesidades de ellos, pudieran volcar sus almas delante de él usando sus propias palabras, aunque sean débiles y entrecortadas. Pero tiene que reconocer que hasta que pueda esperarse esto de ellos, es muy apropiado enseñarles algunas formas de oración y acción de gracias, que consistan de pasajes sencillos y claros o de otras expresiones que les son familiares y que se ajustan mejor a sus circunstancias y su comprensión…

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [4]

pero que el evangelio trajo a la luz y la reveló. Así habla nuestro bendito Salvador mismo a sus discípulos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habeis pedido en mi nombre; pedid, y recibireis…” (Jn. 16:23-24). Pedir a Dios expresamente en el nombre del Hijo, como mediador, forma parte de la gloria de la adoración del evangelio.

Los ejemplos especiales de esta gloria son mas de los que se pueden enumerar. Podemos
reducirlos principales a estos tres apartados:

1. El hace que la persona de los adoradores y sus deberes, sean aceptos a Dios. Véase Hebreos 2:17-18; 4:16; 10:19.

2. El es el administrador de toda la adoración de la iglesia en el lugar santo en las
alturas, como su gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Hebreos 8:2; Apocalipsis 8:3.

3. Su presencia, con y entre los adoradores del evangelio en la adoración, le da gloria. Esto es algo que el declara y promete:

“Si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19-20). El éxito de las oraciones de la iglesia depende, y surge, de la presencia de Cristo en medio de ellos; el está presente para ayudarlos y consolarlos. Esta presencia de un Cristo vivo, y no la de un crucifijo muerto, da gloria a la adoración divina. Quien no vea la gloria de esta adoración, desde la relación con Cristo, no esta familiarizado con el evangelio ni con toda la luz, las gracias y privilegios que conlleva.

c) Cuando adoramos tenemos acceso a Dios en un solo Espíritu en cuya administración sitúa el apóstol la gloria de esta, en oposición a toda la gloria del Antiguo Testamento. Así es también como lo hace nuestro Señor Jesucristo en el lugar antes referido. Porque:

1. Según la mente de Dios, solo el tiene la capacidad de observarla y cumplirla. La iglesia da gloria a Dios en su servicio divino únicamente porque él le ha comunicado la gracia y los dones para ello. Si dejara de hacerlo, toda adoración aceptable cesaría en el mundo. Pensar en observar la adoración del evangelio sin la ayuda y la asistencia del Espíritu del evangelio es una imaginación lasciva. Pero donde él está, allí hay libertad y gloria (cf. 2 Co. 3; 17:18).

2. Por él, las mentes santificadas de los creyentes se convierten en templos de Dios y,
por tanto, en el sello principal de la adoración evangélica (cf. 1 Co. 3:16; 6:19). Al haber
sido constituido por Dios y, adomado por medio de su Espíritu, este templo esta hecho de
un material mucho mas glorioso que el que cualquier mano de hombre pudiera erigir.

3. Él es quien dirige a la iglesia en la comunión y la conversación interna con Dios en
Cristo, en luz, amor y deleite, con santo valor. El apóstol expresa esta gloria en Hebreos
10:19,21,22.

En estas cosas, pues, consiste la verdadera gloria de la adoración evangélica. De no ser así, carece de toda gloria en comparación con aquella que destacó en la antigua adoración legal.

Y es que el ingenio del hombre jamás fue capaz de realzarla con la mitad de la belleza y gloria externa de la adoración del templo. No obstante, no se trata solamente de que no permita gloria alguna que pueda compararse a la suya, sino que supera de forma indescriptible cualquier cosa que el ingenio y la riqueza de los hombres puedan lograr.

Sin embargo, se requiere una luz espiritual, para poder discemir la gloria de esta adoración y, por medio de ella, experimentar su poder y su eficacia con respecto a los fines de su designación. Esto es algo que tiene la iglesia de los creyentes. Ellos lo ven como un bendito medio de dar gloria a Dios, y de recibir comunicaciones de gracia de parte de él, que son los fines de todas las instituciones divinas de adoración. Y en ello han experimentado su eficacia hasta tal punto, que sus almas disfrutan del descanso, la paz, y la satisfacción. Sienten que, así como su adoración les dirige a una bendita visión, por fe, de Dios en su existencia inefable, con las gloriosas actuaciones de cada una de lastres personas en la dispensación de gracia que llenan sus corazones de una alegría indecible, también se van ejercitando, incrementando y fortaleciendo todas las gracias a medida que las observan con amor y deleite.

Pero toda luz, toda percepción de esta gloria, toda experiencia de su poder se perdieron en su mayoría en el mundo. En todos estos casos tengo en mente la apostasía papal. Los responsables de dirigir la religión, no podían discernir gloria alguna en estas cosas ni experimentar su poder.
Cualquiera que fuere la adoración, no podían ver gloria en ella, ni sus mentes quedaban satisfechas, porque, no teniendo luz para discenir su gloria, tampoco podían experimentar su poder ni su eficacia.

¿Qué hacer, entonces? Se debía retener la noción de que la adoración divina ha de ser bella y gloriosa, debe ser retenida, pero no conseguian ver nada de esto en la adoración espiritual del evangelio. Por tanto, creyeron necesario fabricar una gloria para ella, o eliminarla del mundo y erigir una imagen de ella que sus mentes carnales consideraran bella y les produjera satisfacción. Con este fin, pusieron en marcha su imaginación para inventar ceremonias, vestiduras, gestos, ornamentos, música, altares, imágenes, pinturas, con prescripciones de gran veneración corporal. A esta pompa la definen como la belleza, el orden y la gloria de la adoración divina. Esto es lo que ven y sienten y, en su opinión, dispone sus mentes a la devoción. Sin esto no saben como mostrar reverencia al propio Dios. Y, cuando esto falta, toda vida, poder, espiritualidad de la adoración en los adoradores —cualquiera que sea su eficacia con respecto a todos susfines propios—, independientemente del orden que sigan según la prescripción de la palabra, ellos la consideran vacía e indecente. No hallan belleza ni gloria en ella. Una vez perdidas esta luz y esta experiencia,se introdujeron elemenfos miserables y ceremonias carnales en la adoración de la iglesia con la intención de hacerla decorosa y bella, mediante ritos y observancias supersticiosas que la han contaminado y corrompido como ocurrió, y sigue sucediendo, en la Iglesia de Roma. Con esto no hicieron mas que sustituirla por una imagen deformada, pero esto les agrada. Pueden ver y sentir la belleza y la gloria que aportan al servicio divino tallas, pinturas, vestiduras bordadas, en salmos musicales, y posturas de veneración.

En su propia imaginación, todo esto incita sus sentidos a la devoción. Sin embargo, en vez de representar la verdadera gloria de la adoración del evangelio, que supera aun a la del Antiguo Testamento, lo único que han conseguido es que no tenga gloria alguna al compararse con ella. Todas las ceremonias y ornamentos inventados con este propósito se quedan indescriptiblemente cortos frente a la belleza, el orden y la gloria de lo que Dios mismo designó para el templo, y ni los paganos jamás consiguieron igualar.

Algunos dirán que las cosas a las que atribuimos la gloria de esta adoración son espirituales e invisibles. Pero esto no es lo que estamos buscando, sino aquello cuya belleza podemos contemplar, y sentirnos conmovidos. Y puede ser que se trate de aquello que estamos condenando abiertamente, al menos algunas de ellas —aunque debo decir que si hay gloria en alguna de ellas, cuanto mas se multipliquen mejor, si es necesario. Lo que nosotros alegamos es lo siguiente: que al no ser capaces los hombres, de discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles por la luz de la fe,se hacen imágenes de ellas, dioses que van delante de ellos. Y se motivan con ellas.
Pero la adoración de la iglesia es espiritual, y su gloria es invisible a los ojos de la came. Tanto nuestro Salvador como los apóstoles testifican así de su celebración: “Os habeis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la companía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espiritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22-24). La gloria de esta congregación, aunque ciertamente superior a la de órganos,
flautas, crucifijos, y vestiduras, no se manifiesta a los sentidos ni a la imaginación de los hombres.

Mi propósito es obviar los rimbombantes atractivos de la adoración de Roma, y las pretensiones de su eficacia para suscitar devoción y veneración por su belleza y decoro. Todo esto no es sino una imagen deformada de aquella gloria que no pueden contemplar. Experimentar y conservar en nuestros corazones el poder y la eficacia de esa adoración de Dios que es en espíritu y en verdad, así como los verdaderos fines de la adoración divina, es lo único que nos protegerá.

Mientras retengamos las nociones correctas en cuanto al objeto adecuado de la adoración del evangelio, y de nuestro acercamiento inmediato a él; del medio y de la forma en que nos aproximemos, a través de la mediación de Cristo y la asistencia del Espíritu; mientras conservemos la fe y el amor, y los ejercitemos como es debido (en la parte que nos corresponde), preservando la experiencia del beneficio y provecho espiritual que nos proporcionan, no resultara fácil persuadirnos a renunciar a todo ello para entregarnos a los brazos de esta imagen sin vida…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R