El arte de una disciplina equilibrada 2

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Llegamos ahora a la cuestión de la administración de la disciplina… La disciplina es esencial y tenemos que llevarla a cabo. Pero el Apóstol nos exhorta a ser muy cuidadosos en cómo la llevamos a la práctica porque podemos hacer más daño que bien si no la dispensamos de la manera correcta…

El Apóstol divide sus enseñanzas en dos secciones: la negativa y la positiva. Dice que este problema no se limita a los hijos: los padres de familia también deben tener cuidado. Negativamente, les dice: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Positivamente, dice: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Mientras recordemos ambos aspectos todo andará bien.

Comencemos con lo negativo: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Estas palabras podrían traducirse: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen a sus hijos a tener resentimiento”. Existe siempre un peligro muy real cuando disciplinamos. Y si somos culpables de generar estos sentimientos haremos más daño que bien… Como hemos visto, ambos extremos son totalmente malos. En otras palabras, tenemos que disciplinar de una manera que no irritemos a nuestros hijos o los provoquemos a tener un resentimiento pecaminoso. Se requiere de nosotros que seamos equilibrados.

¿Cómo lo logramos? ¿Cómo pueden los padres llevar a cabo una disciplina equilibrada? Una vez más tenemos que referirnos a Efesios, esta vez al capítulo 5, versículo 8. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” Esta es siempre la llave. Vimos cuando tratábamos ese versículo que la vida vivida en el Espíritu, la vida del que está lleno del Espíritu, se caracteriza siempre por dos factores principales: poder y control. Es un poder disciplinado. Recuerde cómo Pablo lo expresa cuando escribe a Timoteo. Dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino
de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). No un poder descontrolado, sino un poder controlado por el amor y el dominio propio: ¡disciplina!. Esa es siempre la característica del hombre que está “lleno del Espíritu”…

¿Cómo, entonces, aplicamos disciplina? “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Este debe ser el primer principio que gobierna nuestras acciones. No podemos aplicar una disciplina verdadera a menos que podamos poner en práctica nosotros mismos dominio propio y auto disciplina… Las personas que están llenas del Espíritu siempre se caracterizan por su control. Cuando disciplina usted a un niño, primero tiene que controlarse a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo cuando ya perdió la paciencia, ¿qué derecho tiene de decirle a su hijo que necesita disciplina cuando resulta obvio que usted mismo la necesita? Tener dominio propio, controlar el mal genio es un requisito esencial para controlar a otros… Así que el primer principio es que tenemos que empezar con nosotros mismos. Tenemos que estar seguros de que estamos controlados, no alterados… Tenemos que ejercitar esta disciplina personal, o sea el dominio propio que nos capacita para ver la situación objetivamente y manejarla de un modo equilibrado y controlado. ¡Qué importante es esto!…

El segundo principio se deriva, en cierto sentido, del primero. Si el padre o la madre va a aplicar esta disciplina correctamente, nunca puede hacerlo caprichosamente. No hay nada más irritante para el que está siendo disciplinado que sentir que la persona que la aplica es caprichosamente inestable y que no es digna de confianza porque no es consecuente. No hay cosa que enoje más a un niño que tener el tipo de padre que, un día, estando de buen humor es indulgente y deja que el chico haga casi cualquier cosa que quiere, pero que al día siguiente se enfurece por cualquier cosa que hace. Esto hace imposible la vida para el niño. Un progenitor así, vuelvo a repetirlo, no aplica una disciplina correcta y provechosa, y el niño termina en una posición imposible. Se siente provocado e irritado a ira y no tiene respeto por ese progenitor.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

El arte de una disciplina equilibrada

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“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.—Efesios 6:4

Note que Pablo menciona a los padres únicamente. Acaba de citar las palabras de la Ley: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero ahora señala en particular a los papás porque su enseñanza ha sido, como hemos visto, que el padre es el que tiene la posición de autoridad. Eso es lo que encontramos siempre en el Antiguo Testamento, así es como Dios siempre ha enseñado a las personas a portarse bien, así que naturalmente dirige este mandato en particular a los padres. Pero el mandato no se limita a los padres, incluye también a las madres; y en una época como la actual, ¡hemos llegado a un estado en que el orden es a la inversa! Vivimos en una especie de sociedad matriarcal donde el padre y marido ha renunciado a su posición en el hogar de modo que deja casi todo a la madre. Por lo tanto, tenemos que comprender que lo que aquí dice de los padres se aplica igualmente a las madres. Se aplica al que está en la posición de disciplinar. En otras palabras, lo que la Biblia nos presenta aquí en este cuarto versículo, y está incluido en el versículo anterior, es todo el problema de la disciplina.

Tenemos que examinar este tema con cuidado, y es, por supuesto, uno muy extenso. No hay tema, repito, cuya importancia sea más urgente en este país y en todos los demás países, que el problema de la disciplina. Estamos viendo un desmoronamiento de la sociedad, y éste se relaciona principalmente con esta cuestión de disciplina. Lo vemos en el hogar, lo vemos en las escuelas, lo vemos en la industria, lo vemos en todas partes. El problema que enfrenta hoy la sociedad en todos sus aspectos es ultimadamente un problema de disciplina. ¡Responsabilidad, relaciones, cómo se vive la vida, cómo debe proceder la vida! El futuro entero de la civilización, creo yo, depende de esto…
Me aventuro a afirmar, a profetizar: Si el Occidente se desploma y es vencido, será por una sola razón: podredumbre interna… Si seguimos viviendo por los placeres, trabajando cada vez menos, exigiendo más y más dinero, más y más placeres y supuesta felicidad, abusando más y más de las lascivias de la carne, negándonos a aceptar nuestras responsabilidades, habrá sólo un resultado inevitable: un fracaso completo y lamentable. ¿Por qué pudieron los godos y los vándalos y otros pueblos bárbaros conquistar el antiguo Imperio Romano? ¿Por su superioridad militar? ¡Por supuesto que no! Los historiadores saben que hay una sola respuesta: la caída de Roma sucedió porque un espíritu de tolerancia invadió el mundo romano: los juegos, los placeres, los baños públicos. La podredumbre moral que había entrado en el corazón del Imperio Romano fue la causa de la “declinación y caída” de Roma. No fue un poder superior desde afuera, sino la podredumbre interna lo que significó la ruina para Roma. Y lo que es realmente alarmante en la actualidad es que estamos siendo testigos de una declinación similar en este país y en otros de Occidente. Esta desidia, esta falta de disciplina, todo el modo de pensar y ese espíritu es característico de un periodo de decadencia. La manía por los placeres, la manía por los deportes, la manía por las bebidas y las drogas han dominado a las masas. Este el problema principal: ¡La pura ausencia de disciplina y de orden y de integridad en el gobierno!

Estas cuestiones, según creo, son tratadas con mucha claridad en estas palabras del Apóstol. Procederé a presentarlas en más detalle para identificarlas y mostrar cómo las Escrituras nos iluminan con respecto a ellas. Pero antes de hacerlo, quiero mencionar algo que ayudará y estimulará todo el proceso de su propio pensamiento. Los periódicos lo hacen en nuestro lugar, los entrevistados en la radio y televisión lo hacen en nuestro lugar, y nos sentamos muy cómodos y escuchamos. Esa es una manifestación del desmoronamiento de la autodisciplina. ¡Tenemos que aprender a disciplinar nuestra mente! Por eso daré dos citas de la Biblia, una de un extremo y una del otro extremo de esta posición. El problema de la disciplina cae entremedio de ambas. En un extremo, el límite es: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Prov. 13:24). El otro extremo es: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”. Todo el problema de la disciplina se  encuentra entre estos dos extremos, y ambos se encuentran en las Escrituras. Resuelva el problema basándose en las Escrituras, trate de saber los principios que gobiernan esta cuestión vital y urgente, que es en este momento, el peor problema que enfrentan todas las naciones de Occidente y probablemente otras. Todos nuestros problemas son el resultado de que practicamos un extremo o el otro. La Biblia nunca recomienda ninguno de los dos extremos. Lo que caracteriza las enseñanzas de la Biblia siempre y en todas partes, es su equilibrio perfecto, una postura justa que nunca falla, el modo  extraordinario en que la gracia y la ley armonizan divinamente…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios

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PRIMERAMENTE tengo que reconocer que no hay esfuerzo humano, ni de pastores ni de padres de familia, que pueda ser eficaz para llevar un alma al conocimiento salvador de Dios en Cristo sin la colaboración de las influencias transformadoras del Espíritu Santo. No obstante, usted sabe muy bien, y espero que seriamente considere, que esto no debilita su obligación de usar con mucha diligencia los medios correctos. El gran Dios ha declarado las reglas de operación en el mundo de la gracia al igual que en la naturaleza. Aunque no se limita a ellas, sería arrogante de nuestra parte y destructivo esperar que se desvíe de ellas a favor de nosotros o de los nuestros.

Vivimos no sólo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Si el Señor ha determinado continuar la vida de usted o la vida de sus hijos, sin duda lo alimentará o sostendrá con sus milagros. No obstante, usted se cree obligado a cuidar con prudencia su pan cotidiano. Concluiría usted, y con razón, que si dejara de
alimentar a su infante, sería culpable de homicidio delante de Dios y del hombre; ni puede creer que puede dar la excusa que se lo encargó al cuidado divino milagroso mientras usted lo dejó desamparado sin suministrar nada de ayuda humana. Tal pretexto sólo agregaría impiedad1 a su crueldad y sólo serviría para empeorar el crimen que quiso excusar. Así de absurdo sería que nos engañáramos con la esperanza de que nuestros hijos fueran enseñados por Dios, y regenerados y santificados por las influencias de su gracia, si descuidamos el cuidado prudente y cristiano de su educación que quiero ahora describir y recomendar…

1. Los niños deben, sin lugar a dudas, ser criados en el camino de la piedad y devoción a Dios. Esto, como usted bien lo sabe, es la suma y el fundamento de todo lo que es realmente bueno. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10). El salmista por lo tanto invita a los hijos a acercarse a él con la promesa de instruirlos en ella: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Sal. 34:11). Y, algunas nociones correctas del Ser Supremo deben ser implantadas en la mente de los hijos antes de que pueda haber un fundamento razonable para enseñarles las doctrinas que se refieren particularmente a Cristo como el Mediador. “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6).

La prueba de la existencia de Dios y algunos de los atributos de la naturaleza divina que más nos preocupan dependen de principios tan sencillos que aun las mentes más simples pueden comprenderlos. El niño aprenderá fácilmente que como cada casa es construida por algún hombre y que no puede haber una obra sin un autor, así también el
que construyó todas las cosas es Dios. Partiendo de la idea obvia de que Dios es el Hacedor de todo, podemos presentarlo con naturalidad como sumamente grande y sumamente bueno, a fin de que aprendan ya a reverenciarlo y amarlo.

Es de mucha importancia que los niños sean imbuidos de un  sentido de maravilla hacia Dios y una veneración humilde ante sus perfecciones y sus glorias. Por lo tanto, es necesario presentárselos como el gran Señor de todo. Y, cuando les mencionamos otros agentes invisibles, sean ángeles o demonios, debemos… siempre presentarlos como seres enteramente bajo el gobierno y control de Dios…

Tenemos que ser particularmente cautos cuando les enseñamos a estos infantes a pronunciar ese nombre grande y terrible: El Señor nuestro Dios; que no lo tomen en vano, sino que lo utilicen con la solemnidad que corresponde, recordando que nosotros y ellos no somos más que polvo y cenizas delante de él. Cuando oigo a los pequeños hablar del Dios grande, del Dios santo, del Dios glorioso, como sucede a veces, me causa placer. Lo considero como una prueba de la gran sabiduría y piedad de los que tienen a su cargo su educación.

Pero hemos de tener mucho cuidado de no limitar nuestras palabras a esos conceptos extraordinarios, no sea que el temor a Dios los domine tanto que sus excelencias los lleve a tener miedo de acercarse a él. Hemos de describirlo no sólo como el más grande, sino también el mejor de los seres. Debemos enseñarles a conocerlo por el nombre más
alentador de: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxo. 34:6-7). Debemos presentarlo como el padre universal,  bondadoso, indulgente, que ama a sus criaturas y por medios correctos les provee lo necesario para su felicidad. Y debemos presentar particularmente su bondad hacia ellos: con qué más que su ternura paternal protegió sus cunas, con qué más que compasión escuchó sus débiles llantos antes de que sus pensamientos infantiles
pudieran dar forma a una oración. Tenemos que decirles que viven cada momento dependiendo de Dios y que todo nuestro cariño por  ellos no es más que el que él pone en nuestro corazón y que nuestro poder para ayudarles no es más que el que él coloca en nuestras manos. Hemos también de recordarles solemnemente que en poco tiempo sus espíritus regresarán a este Dios. Así como ahora el Señor está siempre con ellos y sabe todo lo que hacen, dicen o piensan, traerá toda obra a juicio y los hará felices o infelices para siempre, según son, en general, encontrados obedientes o rebeldes. Debemos presentarles también las descripciones más vívidas y emocionantes que las Escrituras nos dan del cielo y el infierno, animándolos a que reflexionen en ellos.

Cuando echa tal cimiento creyendo en la existencia y providencia de Dios y en un estado futuro de recompensas al igual que de castigos, debe enseñarles a los niños los deberes que tienen hacia Dios. Debe enseñarles particularmente a orar a él y a alabarle. Lo mejor de todo sería que, con un profundo sentido de las perfecciones de Dios y las necesidades de ellos, pudieran volcar sus almas delante de él usando sus propias palabras, aunque sean débiles y entrecortadas. Pero tiene que reconocer que hasta que pueda esperarse esto de ellos, es muy apropiado enseñarles algunas formas de oración y acción de gracias, que consistan de pasajes sencillos y claros o de otras expresiones que les son familiares y que se ajustan mejor a sus circunstancias y su comprensión…

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [4]

pero que el evangelio trajo a la luz y la reveló. Así habla nuestro bendito Salvador mismo a sus discípulos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habeis pedido en mi nombre; pedid, y recibireis…” (Jn. 16:23-24). Pedir a Dios expresamente en el nombre del Hijo, como mediador, forma parte de la gloria de la adoración del evangelio.

Los ejemplos especiales de esta gloria son mas de los que se pueden enumerar. Podemos
reducirlos principales a estos tres apartados:

1. El hace que la persona de los adoradores y sus deberes, sean aceptos a Dios. Véase Hebreos 2:17-18; 4:16; 10:19.

2. El es el administrador de toda la adoración de la iglesia en el lugar santo en las
alturas, como su gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Hebreos 8:2; Apocalipsis 8:3.

3. Su presencia, con y entre los adoradores del evangelio en la adoración, le da gloria. Esto es algo que el declara y promete:

“Si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19-20). El éxito de las oraciones de la iglesia depende, y surge, de la presencia de Cristo en medio de ellos; el está presente para ayudarlos y consolarlos. Esta presencia de un Cristo vivo, y no la de un crucifijo muerto, da gloria a la adoración divina. Quien no vea la gloria de esta adoración, desde la relación con Cristo, no esta familiarizado con el evangelio ni con toda la luz, las gracias y privilegios que conlleva.

c) Cuando adoramos tenemos acceso a Dios en un solo Espíritu en cuya administración sitúa el apóstol la gloria de esta, en oposición a toda la gloria del Antiguo Testamento. Así es también como lo hace nuestro Señor Jesucristo en el lugar antes referido. Porque:

1. Según la mente de Dios, solo el tiene la capacidad de observarla y cumplirla. La iglesia da gloria a Dios en su servicio divino únicamente porque él le ha comunicado la gracia y los dones para ello. Si dejara de hacerlo, toda adoración aceptable cesaría en el mundo. Pensar en observar la adoración del evangelio sin la ayuda y la asistencia del Espíritu del evangelio es una imaginación lasciva. Pero donde él está, allí hay libertad y gloria (cf. 2 Co. 3; 17:18).

2. Por él, las mentes santificadas de los creyentes se convierten en templos de Dios y,
por tanto, en el sello principal de la adoración evangélica (cf. 1 Co. 3:16; 6:19). Al haber
sido constituido por Dios y, adomado por medio de su Espíritu, este templo esta hecho de
un material mucho mas glorioso que el que cualquier mano de hombre pudiera erigir.

3. Él es quien dirige a la iglesia en la comunión y la conversación interna con Dios en
Cristo, en luz, amor y deleite, con santo valor. El apóstol expresa esta gloria en Hebreos
10:19,21,22.

En estas cosas, pues, consiste la verdadera gloria de la adoración evangélica. De no ser así, carece de toda gloria en comparación con aquella que destacó en la antigua adoración legal.

Y es que el ingenio del hombre jamás fue capaz de realzarla con la mitad de la belleza y gloria externa de la adoración del templo. No obstante, no se trata solamente de que no permita gloria alguna que pueda compararse a la suya, sino que supera de forma indescriptible cualquier cosa que el ingenio y la riqueza de los hombres puedan lograr.

Sin embargo, se requiere una luz espiritual, para poder discemir la gloria de esta adoración y, por medio de ella, experimentar su poder y su eficacia con respecto a los fines de su designación. Esto es algo que tiene la iglesia de los creyentes. Ellos lo ven como un bendito medio de dar gloria a Dios, y de recibir comunicaciones de gracia de parte de él, que son los fines de todas las instituciones divinas de adoración. Y en ello han experimentado su eficacia hasta tal punto, que sus almas disfrutan del descanso, la paz, y la satisfacción. Sienten que, así como su adoración les dirige a una bendita visión, por fe, de Dios en su existencia inefable, con las gloriosas actuaciones de cada una de lastres personas en la dispensación de gracia que llenan sus corazones de una alegría indecible, también se van ejercitando, incrementando y fortaleciendo todas las gracias a medida que las observan con amor y deleite.

Pero toda luz, toda percepción de esta gloria, toda experiencia de su poder se perdieron en su mayoría en el mundo. En todos estos casos tengo en mente la apostasía papal. Los responsables de dirigir la religión, no podían discernir gloria alguna en estas cosas ni experimentar su poder.
Cualquiera que fuere la adoración, no podían ver gloria en ella, ni sus mentes quedaban satisfechas, porque, no teniendo luz para discenir su gloria, tampoco podían experimentar su poder ni su eficacia.

¿Qué hacer, entonces? Se debía retener la noción de que la adoración divina ha de ser bella y gloriosa, debe ser retenida, pero no conseguian ver nada de esto en la adoración espiritual del evangelio. Por tanto, creyeron necesario fabricar una gloria para ella, o eliminarla del mundo y erigir una imagen de ella que sus mentes carnales consideraran bella y les produjera satisfacción. Con este fin, pusieron en marcha su imaginación para inventar ceremonias, vestiduras, gestos, ornamentos, música, altares, imágenes, pinturas, con prescripciones de gran veneración corporal. A esta pompa la definen como la belleza, el orden y la gloria de la adoración divina. Esto es lo que ven y sienten y, en su opinión, dispone sus mentes a la devoción. Sin esto no saben como mostrar reverencia al propio Dios. Y, cuando esto falta, toda vida, poder, espiritualidad de la adoración en los adoradores —cualquiera que sea su eficacia con respecto a todos susfines propios—, independientemente del orden que sigan según la prescripción de la palabra, ellos la consideran vacía e indecente. No hallan belleza ni gloria en ella. Una vez perdidas esta luz y esta experiencia,se introdujeron elemenfos miserables y ceremonias carnales en la adoración de la iglesia con la intención de hacerla decorosa y bella, mediante ritos y observancias supersticiosas que la han contaminado y corrompido como ocurrió, y sigue sucediendo, en la Iglesia de Roma. Con esto no hicieron mas que sustituirla por una imagen deformada, pero esto les agrada. Pueden ver y sentir la belleza y la gloria que aportan al servicio divino tallas, pinturas, vestiduras bordadas, en salmos musicales, y posturas de veneración.

En su propia imaginación, todo esto incita sus sentidos a la devoción. Sin embargo, en vez de representar la verdadera gloria de la adoración del evangelio, que supera aun a la del Antiguo Testamento, lo único que han conseguido es que no tenga gloria alguna al compararse con ella. Todas las ceremonias y ornamentos inventados con este propósito se quedan indescriptiblemente cortos frente a la belleza, el orden y la gloria de lo que Dios mismo designó para el templo, y ni los paganos jamás consiguieron igualar.

Algunos dirán que las cosas a las que atribuimos la gloria de esta adoración son espirituales e invisibles. Pero esto no es lo que estamos buscando, sino aquello cuya belleza podemos contemplar, y sentirnos conmovidos. Y puede ser que se trate de aquello que estamos condenando abiertamente, al menos algunas de ellas —aunque debo decir que si hay gloria en alguna de ellas, cuanto mas se multipliquen mejor, si es necesario. Lo que nosotros alegamos es lo siguiente: que al no ser capaces los hombres, de discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles por la luz de la fe,se hacen imágenes de ellas, dioses que van delante de ellos. Y se motivan con ellas.
Pero la adoración de la iglesia es espiritual, y su gloria es invisible a los ojos de la came. Tanto nuestro Salvador como los apóstoles testifican así de su celebración: “Os habeis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la companía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espiritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22-24). La gloria de esta congregación, aunque ciertamente superior a la de órganos,
flautas, crucifijos, y vestiduras, no se manifiesta a los sentidos ni a la imaginación de los hombres.

Mi propósito es obviar los rimbombantes atractivos de la adoración de Roma, y las pretensiones de su eficacia para suscitar devoción y veneración por su belleza y decoro. Todo esto no es sino una imagen deformada de aquella gloria que no pueden contemplar. Experimentar y conservar en nuestros corazones el poder y la eficacia de esa adoración de Dios que es en espíritu y en verdad, así como los verdaderos fines de la adoración divina, es lo único que nos protegerá.

Mientras retengamos las nociones correctas en cuanto al objeto adecuado de la adoración del evangelio, y de nuestro acercamiento inmediato a él; del medio y de la forma en que nos aproximemos, a través de la mediación de Cristo y la asistencia del Espíritu; mientras conservemos la fe y el amor, y los ejercitemos como es debido (en la parte que nos corresponde), preservando la experiencia del beneficio y provecho espiritual que nos proporcionan, no resultara fácil persuadirnos a renunciar a todo ello para entregarnos a los brazos de esta imagen sin vida…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R