Antídoto contra El papado [13]

Aun mencionaré otros ejemplos de la misma abominación, pero con más brevedad. Tendremos que pasar otros por alto en estos momentos y dejarlos sin descubrir. El conocido método de la fe y la obediencia del evangelio —manera en que Dios trata a los creyentes en el pacto de gracia— es que, después de su iniciación e implantación en Cristo, deben trabajar por prosperar y crecer en la gracia, por su continuo ejercicio, hasta llegar a ser fortalecidos y confirmados en ella. Y esto, en la manera normal en que Dios trata a su iglesia, nunca les faltará, a menos que sea por su propia negligencia. Porque hay muchas promesas divinas con este propósito, y esto reside en la naturaleza de las propias cosas. Las simientes de la gracia son de aquel tipo de constitución  que se incrementa y se fortalece por el ejercicio. Por tanto, esta confirmación en la gracia es la de la que los creyentes tienen una bendita experiencia. Esta verdad, en general, de una  implantación en Cristo y la subsiguiente confirmación en la gracia, se admite universalmente. Nadie puede negarla sin rechazar toda la doctrina del evangelio. Pero su sentido y experiencia se perdieron entre aquellos de quienes estamos tratando. Sin embargo, no renunciarán a la profesión del propio principio, que los habría proclamado apóstatas de la gracia de Cristo. Por tanto, formaron una imagen de ella, o de sus distintas partes, para poder dirigirlas hacia sus propios fines, y hacer que las mentes carnales de los hombres estuviesen dispuestas a obedecer y a descansar en ellas. Así como en el otro sacramento convirtieron los signos externos en las cosas señaladas, en este del bautismo lo colocan en el lugar de la propia cosa; esto lo convierte, si no en un ídolo, al menos en una imagen suya. La participación externa de esta ordenanza es, para ellos, la regeneración e implantación en Cristo, sin consideración de la gracia interna que ella significa. De este modo, lo que en sí mismo es una representación sagrada, se convierte en una imagen para engañar a las almas de los hombres.

Y lo que impondrían en el lugar de la confirmación espiritual en la gracia es aún más extraño. La imagen que levantaron de esto es la imposición episcopal de manos. Cuando alguien bautizado es capaz de responder a unas pocas preguntas de un catecismo, por muy ignorante y manifiestamente vicioso que sea en su conversación, esta imposición de manos le confirma en la gracia.

Puede que algunos digan que, en cierto modo, este tipo de cosas no tienen mayor importancia. Confieso que yo no pienso así. Aunque hubiera en ella cualquier cosa menos mera formalidad y costumbre —aunque se confiara en ellas como las cosas de las que llevan el nombre— son perniciosas a las almas de los hombres. Porque, si todos los que se han bautizado externamente sobre esta base se juzgaran implantados en Cristo, sin considerar el lavamiento interno de regeneración y renovación del Espíritu Santo, y si hubiéramos de suponer que todos los que han tenido esta imposición de manos sin más, estuvieran confirmados en la gracia, la verdad es que están en el camino correcto que lleva a la ruina eterna.

Todos los cristianos admiten que nuestras ayudas, nuestro socorro, nuestra liberación del pecado, de Satanás y del mundo vienen únicamente de Cristo.

Esto se incluye en todas sus relaciones con la iglesia —en todos sus oficios y en el desempeño de estos—, y es la expresa doctrina del evangelio. Por lo general no resulta menos reconocido —al menos, la Escritura no es menos clara y positiva en ello— que recibimos y derivamos todas nuestras provisiones de socorro de Cristo por la fe. Otras maneras de participación de cualquier cosa suya no conoce la Escritura. Por tanto, es nuestro deber, en todas las ocasiones, encomendarnos a él por la fe, para toda provisión, socorro y liberación. Pero estos hombres no pueden hallar vida ni poder en esto. Aún admitiendo que se pudiera hacer algo en este sentido, no saben como hacerlo, siendo ignorantes de la vida de la fe y de su ejercicio debido. Deben tener una manera más disponible y sencilla, asequible a las capacidades de toda clase de personas, buenas o malas. En efecto: ella servirá a los peores de los hombres para estos fines. Una imagen, por tanto, debe levantarse para uso común, en el lugar de esta encomienda espiritual a Cristo para obtener socorro.: hacer el signo de la cruz. Que un hombre no haga más que el signo de la cruz en su frente, su pecho, o algo parecido —que puede hacer tan fácilmente como recoger o soltar una paja— y no se requiere nada más para involucrar a Cristo en su asistencia, en cualquier momento. Y las virtudes que atribuyen a esto son innumerables. Pero esto también es un ídolo, un maestro de mentiras, no inventado ni levantado para otro fin que satisfacer las mentes carnales de los hombres con una suposición presuntuosa, ante la negligencia del ejercicio de la fe, espiritualmente laborioso. Una experiencia de la obra de la fe, en la derivación de toda provisión de vida, gracia, y fuerza espiritual, con liberación y provisiones, de Jesucristo, guardará a los creyentes de prestar atención a este trivial engaño.

Podemos mencionar una cosa más del mismo tipo, entre otras muchas. Es una noción de verdad que se deriva de la luz de la naturaleza: Los que se acercan a Dios en adoración divina, deberían tener cuidado de ser puros y limpios, sin contaminaciones ofensivas.
De esto, los propios paganos dan testimonio, y Dios lo confirma en las instituciones de la ley. ¿Pero cuáles son estas contaminaciones y poluciones que nos hacen inapropiados para acercarnos a la presencia de Dios? ¿Cómo y por qué medios podemos ser purificados y limpiados de ellas? El evangelio es el único que lo declara. En oposición a todas las demás formas y maneras de hacerlo, revela claramente que solo podemos servir al Dios vivo por la sangre de Cristo rociada sobre nuestras conciencias, para limpiarlas de obras muertas. Véase Hebreos 9:14; 10:19-22. Pero esto es una cosa misteriosa: nada excepto la luz espiritual y la fe salvífica pueden dirigirnos aquí. Los hombres, destituidos de ellas, nunca pudieron alcanzar una experiencia de purificación en este sentido. Por tanto, retuvieron la propia noción de verdad, pero hicieron una imagen suya para su uso, desatendiendo la propia cosa. Y fue lo más ridículo que podían imaginar: rociarse a sí mismos y a otros con lo que llaman agua bendita cuando entran en los lugares de culto sagrado, algo que además tomaron de los paganos. ¡Tan estúpidas y embrutecidas son las mentes de los hombres, tan oscuras e ignorantes de las cosas celestiales, que han dejado que sus almas sean engañadas y arruinadas por semejantes vanas y supersticiosas trivialidades!

Este discurso ha alcanzado ya una extensión mayor de lo que, en un principio, se pretendía. Y muchísimo más lo haría si nos adentráramos en todas las partes de esta Cámara pintada de imágenes y expusieramos todas las abominaciones que hay ella. Acabaré, por tanto, con uno o dos detalles en los que la Iglesia de Roma se gloría de retener la verdad y el poder del evangelio de modo particular, cuando, en realidad, los han destruido y levantado imágenes corruptas, de su propiedad, en su lugar.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R