El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 2

¿Por qué se regocija el Hijo de Dios por cada pecador que se arrepiente?… Si nos preguntaran por qué Cristo se regocija por los pecadores que se arrepienten, contestaríamos que porque él les ha dado vida espiritual y sustento, porque los ha redimido de una eternidad de sufrimientos y desdichas con su propia sangre preciosa. Él comparte con su Padre y el Espíritu Santo el gozo motivado por otras cosas. En cambio, en este caso la causa del gozo es casi exclusivamente de él. Desde antaño había sido predicho en cuanto a él que vería el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho (Isa. 53:11). ¡O sea que vería los efectos de sus sufrimientos en el arrepentimiento y la salvación de los pecadores y consideraría esto recompensa suficiente por toda la agonía que tuvo que sufrir! Esta predicción se cumple diariamente. Nuestro Emmanuel ve el fruto de la aflicción de su alma en cada pecador que se arrepiente, y se
regocija porque las aflicciones que tuvo que sufrir, no fueron en vano… ¿Quién puede concebir las emociones con las cuales el Hijo de David contempla a un alma inmortal atraída a sus pies por las cuerdas del amor, rescatada por él del león rugiente por un precio tan infinito? Si nosotros amamos, valoramos y nos regocijamos por cualquier objeto en proporción al trabajo, el sufrimiento y el precio que nos ha costado obtenerlo, ¡cuánto más debe Cristo amar, valorar y regocijarse por cada pecador arrepentido!

Su amor y gozo debe ser tan indescriptible, inefable, infinito… Y quiero agregar que si él se regocija por un pecador que se arrepiente, ¡cuánto más se habrá de regocijar cuando todo su pueblo sea reunido de entre toda lengua y raza y nación y pueblo, y presentado sin mancha ante el trono de su Padre?… ¡Qué especial debe ser ese gozo, esa felicidad que satisface la generosidad de Cristo!

¿Por qué se regocijan los ángeles por cada pecador que se arrepiente? Se regocijan cuando los pecadores se arrepienten porque Dios es glorificado y sus perfecciones se demuestran al darles arrepentimiento y remisión de pecados. Las perfecciones de Dios se ven solo en sus obras. Sus perfecciones morales se ven solo, o al menos principalmente, en sus obras de gracia. Más de Dios, más de su gloria esencial se manifiestan al traer a un pecador al arrepentimiento y perdonar sus pecados en nombre de Cristo, que en todas las demás maravillas de la creación… En esta obra, las criaturas pueden ver, por así decirlo, el propio corazón de Dios.

Es probable que de esta obra, los ángeles mismos hayan aprendido más del carácter moral de Dios de lo que hubieran podido aprender anteriormente. Antes sabían que Dios era sabio y poderoso, porque los había hecho totalmente santos y felices. Sabían que era justo, porque lo habían visto echar del cielo y al infierno a sus hermanos rebeldes por sus pecados. Pero hasta no verlo dar arrepentimiento y remisión de pecados por medio de Cristo, no sabían que era misericordioso. No sabían que podía perdonar a un pecador.

¡Y oh! ¡Qué hora fue aquella en el cielo, cuando se dio a conocer por primera vez esta gran verdad, cuando el primer arrepentido fue perdonado! Entonces a los ángeles les fue dado un canto nuevo, ¡y comenzaron a cantarlo con expresiones indescriptibles de portento, amor y alabanzas, alzando sus voces a un tono más alto, y sintiendo gozos que nunca habían sentido! ¡Oh, cómo los sonidos gozosos de “sus misericordias [que] permanecen para siempre” se extendieron de coro en coro, con sus ecos atravesando los altos arcos del cielo y estremeciendo a todos los embelesados seres angelicales! Y cómo cantaron a una voz: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Luc. 2:14).

Ni es la misericordia de Dios la única perfección demostrada en esta obra. ¡Hay más poder y sabiduría demostrados en traer a un pecador al arrepentimiento que en crear un mundo! Por lo tanto, así como los hijos de Dios aunaron sus voces y se alzaron de puro gozo cuando Dios puso los fundamentos de la tierra, ¡con todavía más razón se regocijan al contemplar las maravillas de la nueva creación en el alma de los hombres! Se deleitan en observar los comienzos de la vida espiritual en aquellos que por tanto tiempo habían estado muertos en pecado: ver la luz y el orden irrumpiendo en la oscuridad natural y la confusión de la mente, ver cómo desaparece la imagen de Satanás y notar las primeras características de la imagen de Dios en el alma. Con satisfacción inexpresable ven cómo el corazón de piedra se transforma en carne, notan las primeras lágrimas de arrepentimiento que brotan de los ojos del pecador, y escuchen las peticiones expresadas toscamente, el llanto infantil del infante en la gracia. Con gran gusto descienden de su morada feliz para ministrar al heredero de salvación recién nacido y rodearlo en tropel, celebrando su nacimiento con cantos de alabanza. “Miren”, claman, “¡otro trofeo de la gracia soberana que todo lo puede!” ¡Miren a otro cautivo liberado por el Hijo de David de la esclavitud del pecado, otro cordero de su rebaño rescatado de las zarpas del león y la boca del oso! Vean frustrados los principados y las potestades de las tinieblas. Vean cómo es echado el hombre fuerte armado. Vean extenderse el reino de Jesús. Vean la imagen de nuestro Dios multiplicada. Vean otra voz sumándose a los aleluyas de los coros celestiales. Esta, oh Creador, es tu obra. ¡Gloria a Dios en las alturas! Este, oh adorable Emmanuel, es el efecto de tus sufrimientos. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendición y honor y poder al que se sienta en el trono y al Cordero para siempre!…

Oh, entonces, convénzanse mis amigos… propónganse darle gozo a Dios, a su Hijo y a los ángeles benditos, a hacer este un día de fiesta en el cielo por haberse arrepentido.

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.

El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 1


“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:10).

¿Por qué se regocijan los moradores del cielo cuando se arrepienten los pecadores?… Dios no se regocija en el
arrepentimiento de pecadores porque pueda agregar algo a su felicidad o gloria esencial. Él ya es infinitamente glorioso y feliz, y lo seguiría siendo aunque todos los hombres sobre la tierra y todos los ángeles del cielo se lanzaran frenéticamente al infierno… Entonces, ¿por qué se regocija Dios cuando nos arrepentimos?

Se regocija porque entonces sus propósitos eternos de gracia y sus compromisos con su Hijo se cumplen. Aprendemos de las Escrituras que todos los que se arrepienten fueron escogidos por él en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo y que se los dio como pueblo suyo en el pacto de redención…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque traerlos al arrepentimiento es obra de él mismo. Es una consecuencia del don de su Hijo y se efectúa por el poder de su Espíritu. Las Escrituras nos informan que él se regocija en todas su obras. Se regocija en ellas con razón, pues todas son muy buenas. Si se regocija en sus demás obras, mucho más se regocija en esta, pues de entre todas sus obras es la más grande, la más gloriosa y la más digna de él. En esta obra, la imagen de Satanás es borrada y la imagen de Dios restaurada en el alma mortal. En esta obra, el
hijo de ira se transforma en heredero de gloria. En esta obra, el hierro candente es quitado del fuego eterno y plantado entre las estrellas en el firmamento celestial, ¡para allí brillar con una luz cada vez más esplendorosa para toda la eternidad! ¿No es cierto que esta es una obra digna de Dios, una obra en la que Dios puede… regocijarse?

Dios se regocija en el arrepentimiento de los pecadores porque esto le brinda una oportunidad de hacer misericordia y demostrar su amor por Cristo al perdonarlos en su nombre. Cristo es su Hijo amado en quien siempre se complace. Lo ama como se ama a sí mismo con un amor infinito, un amor que para nosotros es imposible de concebir tal como lo
son su poder creativo y duración eterna. Ama [a Cristo] no solo por su relación cercana y la unión inseparable que subsiste entre ellos, sino también por la santidad y la excelencia de su carácter, especialmente por la benevolencia infinita que demostró al hacerse cargo la gran obra de la redención del hombre y cumplirla. Como es la naturaleza del amor manifestarse en actos bondadosos hacia el objeto amado, Dios no puede menos que querer demostrar su amor por Cristo y mostrarles a todos los seres inteligentes lo totalmente complacido que está con su carácter y conducta como Mediador…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque le satisface verlos escapar de la tiranía y las consecuencias del pecado. Dios es luz: santidad perfecta. Dios es amor: benevolencia pura. Su santidad junto con
su benevolencia lo impulsa a regocijarse cuando los pecadores escapan del pecado. El pecado es esa cosa abominable que él aborrece. Lo aborrece por ser algo impío o maligno y algo amargo o destructivo. Indudablemente es ambas cosas. Es la plaga, la lepra, la muerte de seres inteligentes. Infecta y envenena todas sus facultades. Los hunde en las profundidades más bajas de culpabilidad y desdicha y los contamina con una mancha, la cual ni todas las aguas del mar pueden quitar, que todos los fuegos del infierno no pueden quitar, de la cual nadie los puede limpiar sino la sangre de Cristo.

Tal es la perversidad de su naturaleza que si pudiera ser admitido en las regiones celestiales, instantáneamente transformaría a los ángeles en demonios y convertiría el cielo en el infierno… El pecado ya ha transformado a ángeles en demonios. Ya ha convertido a este mundo de ser un paraíso a ser una prisión… Ha traído la muerte al mundo y todas nuestras desgracias… Aun ahora anda por toda la tierra acechando a nuestro mundo subyugado, trayendo ruina y sufrimiento de diez mil diferentes maneras. En su estela deja pleitos y discordias, guerras y derramamientos de sangre, hambrunas y pestilencia, dolor y enfermedad…

Consideren estos males consumados, y para saber la medida entera de la desdicha que tiende a producir el pecado, tienen que seguirla hasta la eternidad. [Tienen] que descender a esas regiones donde la paz y la esperanza nunca llegan. Allí, por la luz de la revelación, contemplen el pecado tiranizando a sus desdichadas víctimas con furia incontrolable, avivando el fuego inextinguible y afilando los dientes del gusano inmortal. Vean ángeles y arcángeles, tronos y dominios, principalidades y poderes despojados de toda su gloria y hermosura original, amarrados con cadenas eternas y ardiendo de furia y malicia contra aquel Ser en cuya presencia antes se gozaron y cuyas alabanzas antes cantaron. Vean multitudes de la raza humana en agonías indescriptibles de angustia y desesperación, maldiciendo al Regalo, al Dador del regalo y Prolongador de su existencia, anhelando en vano ser aniquilados para dar fin a sus sufrimientos. Síganlos a través de largas, largas eras de eternidad y véanlos hundiéndose cada vez más en el abismo sin fondo de la ruina, blasfemando perpetuamente a Dios por sus plagas, y recibiendo el castigo de estas
blasfemias en continuos agregados a sus desdichas. Tal es la paga del pecado. Tal es la condenación inevitable del impenitente hasta el final.

Desde estas profundidades de angustia y desesperación, alcen su mirada a las mansiones de los benditos y vean a qué alturas de gloria y felicidad la gracia de Dios elevará a todo pecador que se arrepiente. Vean a aquellos que han sido así favorecidos en los éxtasis indescriptibles de gozo, amor y alabanza, contemplando a Dios cara a cara, reflejando su imagen perfecta, brillando con un esplendor como el de su glorioso Redentor. Véanlos llenos de la plenitud de la Deidad y bañándose en esos ríos de placer que fluyen eternamente a la diestra de Dios… ¡Contemplen esto, y luego digan si la santidad y benevolencia infinita no tiene razón para regocijarse por cada pecador que por arrepentimiento escapa de las desventuras y se asegura la felicidad aquí descritas con tanta imperfección!

Continuará …

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 3

Ahora ha llegado el gran periodo en que el estado final y eterno de la humanidad ha sido determinado sin posibilidad de cambios. Desde esta era de primordial importancia, su felicidad o infelicidad sigue en un tenor
uniforme e ininterrumpido: ningún cambio, ninguna graduación, sino de gloria en gloria en la escala de la perfección o de abismo en abismo en el infierno. Este es el día en que terminan todos los designios de la Providencia, los cuales se fueron cumpliendo durante miles de años.

¡El tiempo era, pero ya no es más! Ahora todos los hijos de los hombres entran en una duración que no se mide por las revoluciones del sol ni por los días, meses y años. Ahora amanece la eternidad, un día que nunca tendrá noche. Esta mañana terriblemente gloriosa está solemnizada con la ejecución de la sentencia. En cuanto es dictada, los impíos pasan inmediatamente a su castigo eterno, mientras que los justos a vida eterna. ¡Vean la multitud atónita a la izquierda, con sus miradas de horror, dolor y desesperación, llorando y retorciéndose las manos y contemplando con
ansiedad aquel cielo que perdieron! ¡Ahora un adiós eterno a la tierra y todos sus placeres! ¡Adiós a la alegre luz del cielo! ¡Adiós a la esperanza, el dulce consuelo del sufrimiento!

El cielo muestra su desaprobación desde lo alto, los horrores del infierno se extienden por todas partes a su alrededor, y desde adentro, la conciencia les carcome el corazón. ¡Conciencia! ¡Oh tú, poder maltratado y exasperado que duerme ahora en tantos seres, qué venganza severa y abundante te tomarás sobre los que ahora se atreven a violentarte! ¡Oh,
qué nefastas reflexiones sugerirá entonces la mente! ¡El recuerdo de misericordias atropelladas! ¡De un Salvador despreciado! ¡De medios y oportunidades de salvación desaprovechados y perdidos! Estos recuerdos arderán en el corazón como escorpiones. Pero, ¡oh eternidad! ¡Eternidad! ¡Con cuánto horror circulará tu nombre por los abismos del infierno! ¡Eternidad de sufrimiento! ¡Aflicción sin fin, sin ninguna esperanza de un final! ¡Oh, este es el infierno de los infiernos! ¡Este es el padre de la desesperación! Desesperación: el ingrediente directo del sufrimiento, la pasión más atormentadora que sienten los demonios.

Pasemos a contemplar una escena más encantadora y gloriosa. Observen el ejército brillante y triunfador marchando, bajo la dirección del Capitán de su salvación, hacia su hogar eterno donde estarán para siempre con el Señor, todo lo feliz que su naturaleza en su más elevada expresión puede serlo. ¡Con qué exclamaciones de gozo y triunfo ascienden! ¡Con qué aleluyas sublimes coronan a su Libertador!…

Y ahora cuando todos los habitantes de nuestro mundo, para quienes este fue formado, son llevados a otras regiones, también la tierra se encuentra con su destino. Es apropiado que un planeta tan culpable, que ha sido el escenario del pecado durante tantos miles daños, que sostuvo la cruz sobre la cual su Hacedor expiró, se ha convertido en un monumento de la desaprobación divina… Y ¡vean! ¡La llamarada universal comienza! ¡Los cielos desaparecen con gran estruendo! ¡Los elementos se derriten en el calor intenso! ¡La tierra y las obras que en ella hay se consumen en el
fuego! Ahora las estrellas se salen de sus órbitas, los cometas centellean iracundos, la tierra se estremece. ¡Los Alpes, los Andes y todos los altos picos de largas cadenas montañosas estallan como Montes Etna ardientes, o truenan y relampaguean y humean y flamean y se sacuden como el Sinaí cuando Dios descendió sobre él para publicar su fogosa Ley! Las rocas se derriten y corren en torrentes de llamas; los ríos, lagos y océanos hierven y se evaporan. Irrumpen capas de fuego y columnas de humo, se escuchan ensordecedores e insufribles truenos y relámpagos, y todo arde y se extiende en la atmósfera de polo a polo… ¡Todo el planeta se ha disuelto ahora en un desordenado océano de fuego líquido! ¿Dónde encontraremos ahora los lugares donde estaban las ciudades, donde los ejércitos luchaban,
donde las montañas extendían sus crestas y levantaban sus cabezas en alto? ¡Ay! Todos se han perdido y no han dejado ni un vestigio en los lugares que una vez eran. ¿Dónde estás, o patria mía? Sumida con todo lo demás como una gota en el océano ardiente…

Todos tendremos que aparecer ante el Tribunal Divino y recibir nuestra sentencia según nuestras obras realizadas en el cuerpo. Si es así, ¿qué estamos haciendo que no nos preparamos con más diligencia?… ¿Qué piensan ahora los pecadores entre ustedes acerca del arrepentimiento? El arrepentimiento es el gran preparativo para este terrible día. En mi texto, como lo he destacado ya, el Apóstol menciona el juicio final como un motivo poderoso para arrepentirse. ¿Y qué pensarán los criminales acerca del arrepentimiento cuando vean que el Juez asciende al trono? Ven, pecador,
mira hacia delante y ve el tribunal ardiente ya listo, tus crímenes expuestos, tu condenación pronunciada y tu infierno que ya comienza. ¡Ve al mundo entero destruido y arrasado por el fuego inagotable debido a tus pecados!

Con estos estas realidades por delante, ¡te llamo al arrepentimiento!… Dios, el Dios grande a quien obedecen cielo y tierra, manda que te arrepientas. Sea cual fuere tu reputación, seas rico o pobre, anciano o joven, blanco o negro, sea donde sea que te sientas o paras, este mandato te llega a ti. Dios manda ahora que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Estás este día firmemente obligado a hacerlo por su autoridad. ¿Te atreves a desobedecer ante la perspectiva de todas las terribles consecuencias del Juicio que pronto te espera?… Arrepiéntete por orden de
Dios porque él ha designado un día en que juzgará al mundo en justicia por medio de aquel Hombre que él ha decretado, de lo cual te ha dado total seguridad de que lo ha levantado de entre los muertos.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 2

Ya el Juez ha venido, el tribunal divino ha sido constituido, los muertos han resucitado. ¿Y ahora, qué sigue? Pues, ahora es la convención universal de todos los hijos de los hombres ante el tribunal divino. ¡Qué convocación augusta, qué asamblea vasta es esta! Todos los hijos de los hombres se reúnen en una numerosísima asamblea. Adán contempla la larga línea de su posteridad, y esta contempla al padre que tienen en común… En esa asamblea prodigiosa, hermanos míos, tenemos que estar ustedes y yo. No nos perderemos en el gentío, ni pasaremos desapercibidos para nuestro Juez: fijará su vista en cada uno en particular como si no hubiera más que uno ante él.

Ahora el Juez ha tomado asiento. Millones de personas ansiosas permanecen de pie delante de él, esperando su condenación. Hasta entonces, no existe ninguna separación entre ellos… Pero, ¡miren! A la orden del Juez, el gentío entra en movimiento. Se separan. Se agrupan según su carácter y se dividen a la derecha y la izquierda… ¡Oh! ¡Qué
separaciones sorprendentes se hacen ahora! ¡Cuántas multitudes que antes se contaban entre los santos y eran altamente estimados por otros —y por ellos mismos— debido a su consagración, ahora han sido desterrados de
entre ellos y han sido colocados con los criminales temblando de terror en el lado izquierdo! ¡Y cuántas almas pobres, sinceras de corazón y desalentadas, cuyos temores aprensivos frecuentemente los habían colocado allí, se encuentran ahora con la agradable sorpresa de estar en el lado derecho de su Juez quien con su sonrisa, les muestra su aprobación! ¡Cuántas conexiones se han quebrantado ahora! ¡Cuántos corazones destrozados! ¡Cuántos amigos cercanos, cuántos seres queridos, separados para siempre! Vecino de vecino, amos de sus siervos, amigo de amigo,
padres de sus hijos, esposos de sus esposas… Porque, ¿quiénes son esas multitudes miserables en el lado izquierdo? Allí, por el medio de la revelación, veo al borracho, al maldiciente, al rufián, al mentiroso, al fraudulento, y a las diversas clases de pecadores profanos y lascivos. Allí veo a las familias que no claman al Señor, naciones enteras que lo olvidan.
Y, ¡oh! ¡Qué multitudes vastas, cuántos millones de millones de millones son!

Pero, ¿quiénes son esos inmortales gloriosos en el lado derecho? Son los que ahora lloran por sus pecados, los resisten y abandonan. Son los que se han entregado enteramente a Dios por medio de Jesucristo, que han cumplido con entusiasmo el plan de salvación revelado en el evangelio; que han sido hechos criaturas nuevas por el soberano poder de Dios; que han intentado por todos los medios y con perseverancia obrar en su vida su propia salvación y vivir correcta, sobria y piadosamente en el mundo…

Ahora comienza el juicio. Dios juzga los secretos de los hombres a través de Jesucristo. Todas las obras de todos los hijos de los hombres serán juzgadas… ¡Qué descubrimientos extraños habrá en este juicio! ¡Qué inclinaciones nobles que nunca brillaron en toda su hermosura ante la vista mortal; qué acciones piadosas y nobles escondidas detrás del velo de la modestia; qué aspiraciones afectuosas, qué devotos ejercicios del corazón vistos solo por los ojos de Omnisciencia, son ahora traídos a plena luz para recibir la aprobación del Juez supremo ante el universo reunido!

Pero, por otro lado, ¡qué obras vergonzosas y tenebrosas; qué deshonestidades secretas; qué nefastos secretos de traiciones, hipocresías, lascivias y diversas formas de maldad, astuta y cuidadosamente escondidos de la vista humana; qué explotaciones horribles de pecado ahora se iluminan de todos los colores infernales para confusión de los culpables y asombro y horror del universo! ¡Sí, la historia de la humanidad parecerá ser entonces los anales del infierno o la biografía de los demonios! Allí la marca de la hipocresía será arrancada. Caracteres nebulosos se verán con
claridad, y tanto los hombres como las cosas se verán como realmente son. ¿No les horroriza a algunos de ustedes la perspectiva de tal descubrimiento? Porque muchas de sus acciones, y en especial sus corazones, no aguantarán la luz. ¡Cómo les desconcertaría si fueran publicados ahora, aun en el pequeño círculo de sus conocidos! ¿Cómo pueden, entonces, soportar que sean expuestos totalmente delante de Dios, los ángeles y los hombres?

Llegamos ahora a la gran crisis, a lo que el estado eterno de toda la humanidad depende. Me refiero a dictar la gran sentencia decisiva. Cielo y tierra guardan silencio y escuchan atentamente mientras el Juez, con rostro sonriente y una voz más dulce que una música celestial, se vuelve a la gloriosa compañía a su derecha y derrama todas las alegrías del cielo en sus almas en esa extática frase de la cual en su gracia nos dejó una copia. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mat. 25:34). Cada palabra está llena de
énfasis, llena del cielo y coincide exactamente con los deseos de aquellos a quienes va dirigida. Ellos deseaban, anhelaban y ansiaban estar cerca de su Señor. Ahora su Señor les invita: “Acérquense a mí, y moren conmigo
para siempre”. No anhelaban otra cosa que la bendición de Dios, no temían más que su maldición. Ahora sus temores han sido totalmente eliminados, y sus deseos totalmente cumplidos porque el Juez supremo los pronuncia benditos de su Padre. Habían sido pobres en espíritu, la mayoría de ellos pobres en este mundo, y todos conscientes de su falta de mérito. ¡Qué contentos están entonces ante la sorpresa de oír que son… invitados a heredar un reino, como príncipes de sangre real nacidos para los tronos y coronas!… Pero ¡escuchen! Otra sentencia es pronunciada como un trueno
vengador por un Juez airado. ¡La naturaleza lanza un profundo y tremendo gemido! ¡Los cielos se oscurecen y quedan en tinieblas, la tierra tiembla, y los millones de culpables languidecen con horror ante su sonido! Y vean, Aquel cuyas palabras son obras, cuyo puño produjo de la nada los mundos, Aquel que puede reducir diez mil mundos a la nada con son solo fruncir su seño; Aquel cuyo trueno venció la insurrección de ángeles rebeldes en el cielo y los lanzó de cabeza a las profundidades del infierno; vean, se vuelve a su izquierda, hacia el gentío culpable. Su rostro denota la justa indignación que late en su pecho. Su rostro se muestra inexorable, que no hay ya lugar para oraciones y lágrimas. Ahora ya ha pasado la hora dulce, gentil, mediadora, y nada aparece más que la majestad y el terror del Juez. Horror y tinieblas surcan su frente, y de sus ojos salen relámpagos vindicadores. Ahora — ¡Oh! ¡Quién puede tolerar el rugido! El Señor habla: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41). ¡Oh, el énfasis cortante de cada palabra! ¡Apartaos! ¡Apartaos de mí! De mí, el autor de todo lo bueno, la fuente de toda felicidad. Apartados de mí con todo mi profunda y total maldición sobre vosotros. Apartaos al fuego, al fuego
eternal preparado, abastecido de combustible y que arde con furia, preparado para el diablo y sus ángeles.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 1

“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

En los tiempos oscuros de ignorancia que precedieron a la publicación del evangelio, Dios parecía pasar por alto o cerrar los ojos a la idolatría y a las diversas formas de impiedad que se habían extendido por el mundo. Es decir, parecía no tener en cuenta ni notarlas como para castigarlas ni para dar a las naciones llamados explícitos para
que se arrepintieran. Ahora, dice San Pablo, la situación ha cambiado. Ahora el evangelio es publicado por todo el mundo, y por lo tanto Dios ya no parece indiferente a la maldad y la impenitencia de la humanidad, sino que publica su gran mandato a un mundo rebelde, explícitamente y a gran voz, mandando que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Les da motivos y exhortaciones particulares a este fin.

Un motivo de mayor peso, que antes no había sido publicado clara y extensivamente, es la doctrina del juicio universal. Sin lugar a dudas, la perspectiva de un juicio debe ser una motivación fuerte para que los pecadores se arrepientan; esto, si acaso se puede, tiene que despertarlos de su seguridad irreflexiva y traerlos al arrepentimiento.

Dios ha asegurado a todos los hombres, es decir, a todos los que oyen el evangelio, que tiene un día designado a este gran propósito, y que Jesucristo, el Dios-hombre, habrá de presidir en persona esta majestuosa solemnidad. Ha garantizado esto… La resurrección de Cristo lo garantiza varios modos. Es un ejemplo y promesa de una resurrección general, ese gran preparativo para el Juicio. Es también una prueba auténtica de que el Señor es quien afirma ser y prueba irrefutable de su misión divina…

Entremos ahora a la escena majestuosa. Pero, ¡ay!, ¿qué imágenes usaré para representarlo? Nada que hayamos visto, nada que hayamos oído, nada que jamás haya sucedido en el curso del tiempo puede proporcionarnos ilustraciones adecuadas. Todo es bajo y humillante, todo es débil y obsceno debajo del sol en comparación con el gran fenómeno de aquel día. Estamos tan acostumbrados a lo bajo y a las pequeñeces que es imposible elevar nuestro pensamiento a una altura apropiada. Dentro de pronto seremos espectadores atónitos de estas maravillas majestuosas, y nuestros ojos y nuestros oídos serán nuestros instructores. Pero ahora es necesario que tengamos los conceptos de ellos que puedan afectar nuestro corazón y prepararnos para la escena. Pasemos, pues, a mostrar esas representaciones que nos da la revelación divina que es nuestra única guía para este caso…

En cuanto a la persona del Juez, nos dice el salmista, Dios mismo es el Juez. Sin embargo, Cristo nos dice que el Padre no juzga a nadie, sino que ha encargado todo el juicio a su Hijo, y que le ha dado autoridad para ejecutar el juicio porque él es el Hijo del hombre. Es, por lo tanto, Cristo Jesús, el Dios-hombre, como ya lo mencioné, quien tendrá esta elevada misión. Por razones ya mencionadas, comprendemos que es muy apropiado que le fuera delegada a él. Siendo Dios y hombre, todas las ventajas de la divinidad y la humanidad se centran en él y lo hacen más digno para este oficio que si fuera únicamente Dios o únicamente hombre. Este es el Juez augusto ante quien hemos de comparecer. Tal perspectiva puede inspirarnos reverencia, gozo y terror.

En cuanto a la forma de su aparición, será la apropiada para la dignidad de su persona y oficio. Brillará en todas las glorias intachables de la Divinidad y en las glorias más moderadas del hombre perfecto. Sus asistentes agregarán dignidad a su gran aparición, y la alegría de la naturaleza aumentará la solemnidad y el terror de ese día. Sus propias
palabras lo describen: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mat. 25:31). “Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1:7-8). Este es el Juez ante quien hemos de comparecer…

Continuará …

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El motivo principal para el Arrepentimiento 2

Mira fijamente al que fue traspasado, y nota el sufrimiento que incluye la palabra “traspasado”. Nuestro Señor sufrió mucho y terriblemente. No puedo en un discurso cubrir la historia de sus sufrimientos; los sufrimientos de su vida de pobreza y persecución; los sufrimientos de Getsemaní y de su sudor de sangre; los sufrimientos de haber sido objeto
de deserción, negación y traición; los sufrimientos ante Pilato; los azotes, las escupidas y las burlas; los sufrimientos de la cruz con su deshonra y agonía… Nuestro Señor fue hecho maldición por nosotros. La pena del pecado, o lo que es equivalente, él soportó: “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “El castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).

¡Hermanos, los sufrimientos de Jesús debieran derretir nuestro corazón! Lloro esta mañana porque no lloro como debiera hacerlo. Me acuso a mí mismo de esa dureza del corazón que condeno porque puedo contarles esta
historia sin emocionarme. Los sufrimientos de mi Señor son inimaginables. ¡Pensemos y consideremos si alguna vez hubo dolor como su dolor! Aquí nos inclinamos para ver un abismo aterrador y mirar en sus profundidades sin fondo… Si consideramos tenazmente el que Jesús fuera traspasado por nuestros pecados y todo lo que esto significa, nuestro
corazón tendría que ceder. Tarde o temprano, la cruz sacará a luz todos los sentimientos de los cuales somos capaces y nos dará capacidad para más. Cuando el Espíritu Santo pone la cruz en el corazón, el corazón se disuelve de ternura… La dureza del corazón muere cuando vemos a Jesús morir tan trágicamente.

Hemos de notar también quiénes lo hirieron: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron”. En cada caso, los que están actuando son las mismas personas. Nosotros dimos muerte al Salvador, aun nosotros, los que miramos a él y vivimos… En el caso del Salvador, el pecado fue la causa de su muerte. Las transgresiones lo traspasaron. Pero, ¿las transgresiones de quién? No fueron las de él, porque él no conoció pecado, ni había malicia alguna en su boca. Pilato dijo: “Ningún delito hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Hermanos, el Mesías fue ajusticiado, pero no por su propia culpa. Fueron nuestros pecados los que mataron al Salvador. Él sufrió porque no había otra manera de vindicar la justicia de Dios y dejarnos escapar. La espada, que nos hubiera herido a nosotros, entró en acción contra el Pastor
del Señor, contra el Hombre que era el Compañero de Jehová (Zac. 13:7)… Si esto no nos destroza y derrite el corazón, pasemos entonces a notar por qué llegó al punto en que pudo ser traspasado por nuestros pecados. Fue amor, amor poderoso, ninguna cosa sino el amor lo que lo llevó a la cruz. Ningún otro cargo más que este puede jamás serle imputado: “Fue culpable de un exceso de amor”. Se puso a disposición para ser traspasado porque estaba decidido a salvarnos… ¿Podemos oír esto, pensar en esto, considerar esto y aún permanecer indiferentes? ¿Somos peores que
las bestias? ¿Hemos dejado toda humanidad que es humana? Si Dios el Espíritu Santo está obrando ahora, una mirada de Cristo indudablemente derretirá nuestro corazón de piedra…

Quiero decirles también, amados, que cuanto más se fijen en Jesús crucificado, más se afligirán por sus pecados. Cuanto más piensen en él más se enternecerán. Quiero que miren mucho al Traspasado, para que aborrezcan mucho al pecado. Los libros que tratan sobre la pasión de nuestro Señor y los himnos que cantan acerca de su cruz han sido muy atesorados por la mente de los santos debido a su influencia santa sobre el corazón y la conciencia. Vivan en el Calvario, amados, porque allí vivirán una vida cada vez más plena en él. Vivan en el Calvario, hasta que vivir y amarle sea una misma cosa. Les digo, miren al Traspasado hasta que su propio corazón haya sido traspasado. Un teólogo del pasado dijo: “Mira la cruz hasta que todo lo que está en la cruz esté en tu corazón”. Dijo además: “Mira a Jesús hasta que él te mire a ti”. Miren constantemente a su persona sufriente hasta que él parezca volver la cabeza y mirarlos a
ustedes, como lo hizo con Pedro cuando este salió y lloró amargamente. Miren a Jesús hasta que se vean así mismos: lloren por él hasta que lloren por sus propios pecados… Él sufrió en el lugar, reemplazo y sustitución de hombres pecadores. Este es el evangelio. Sea lo que sea que otros prediquen, “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23). Siempre llevaremos la cruz en la mente. La sustitución de Cristo por el pecador es la esencia del evangelio. No restamos importancia a la doctrina de la Segunda Venida; pero, primero y ante todo, predicamos al Traspasado: esto es lo que los llevará al arrepentimiento evangélico cuando el Espíritu de gracia se derrame.

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

El motivo principal para el Arrepentimiento

LA SENSIBILIDAD DIVINA QUE HACE QUE LOS HOMBRES SE AFLIJAN POR HABER PECADO SURGE DE UNA OPERACIÓN DIVINA. No está en el hombre caído renovar su propio corazón. ¿Puede el adamantino convertirse en cera o el granito ablandarse hasta llegar a ser barro? Solo él, que extiende el cielo y pone el fundamento de la tierra, puede formar y reformar desde adentro el espíritu del hombre. El poder para que la roca de nuestra naturaleza fluya con ríos de arrepentimiento no radica en la roca misma. El poder radica en el Espíritu omnipotente de Dios…
Cuando trata con la mente humana por medio de sus operaciones secretas y misteriosas, la llena de nueva vida, percepción y emoción. “Dios me debilita el corazón”, dijo Job (Job 23:16, Reina Valera Contemporánea); y, en el mejor sentido de la palabra, esto es verdad. El Espíritu Santo nos ablanda como cera, de manera que puede grabar en nosotros su sello sagrado… Pero ahora paso al núcleo y meollo de nuestro tema—

LA SENSIBILIDAD DE CORAZÓN Y AFLICCIÓN POR EL PECADO DE HECHO ES CAUSADA POR UNA MIRADA DE FE AL HIJO DE DIOS QUE FUE TRASPASADO. El verdadero dolor por el pecado no viene sin el Espíritu de Dios. Pero aun el Espíritu de Dios mismo no obra sino por medio de llevarnos a mirar a Jesús el crucificado. No existe un verdadero pesar por el pecado hasta que la mirada se pose en Cristo… Oh alma, cuando te acercas a mirar al que todos los ojos debieran mirar, a aquel que fue traspasado, entonces tus ojos comienzan a llorar por aquello que los ojos debieran llorar, ¡el pecado que dio muerte a tu Salvador! No existe el arrepentimiento salvador a menos que esté a la vista de la cruz… El arrepentimiento evangélico y ningún otro, es el arrepentimiento aceptable. La esencia del arrepentimiento evangélico es que posa su mirada en él, a quien hirió con su pecado… Ten por seguro que por dondequiera que el
Espíritu Santo realmente se acerque, siempre conduce al alma a mirar a Cristo. Hasta ahora nadie ha recibido el Espíritu de Dios para salvación, a menos que lo haya recibido por haber sido llevado a mirar a Cristo y a afligirse por el pecado.

La fe y el arrepentimiento nacen juntos, viven juntos y prosperan juntos. ¡No separe el hombre lo que Dios ha juntado! Nadie puede arrepentirse del pecado sin creer en Jesús ni creer en Jesús sin arrepentirse de su pecado. Acuda entonces con amor a él quien sangró por usted en la cruz, porque al hacerlo encontrará perdón y será maleable en sus manos. Qué maravillo es que todas nuestras impiedades son remediadas por esa única receta: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). No obstante, nadie mirará hasta que el Espíritu de Dios lo impulse a hacerlo. No obra en nadie para salvación a menos que se someta a sus influencias y pose su vista en Jesús…

La mirada que nos bendice con el fin de ablandar el corazón es una que ve a Jesús como aquel que fue traspasado. Quiero comentar esto por una razón. No es mirar a Jesús como Dios lo único que afecta el corazón, sino que es mirar a este mismo Señor y Dios como crucificado por nosotros. Es cuando vemos al Señor herido, que nuestro propio corazón comienza a ser herido. Cuando el Señor nos revela a Jesús, empieza a revelarnos nuestros pecados…

Vengan, almas queridas, vayamos juntos a la cruz por un ratito y fijémonos quién fue el que recibió la estocada del soldado romano. Miren su costado, y noten esa terrible herida que ha traspasado su corazón y dio inicio al doble torrente. El centurión exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mat. 27:54). Él, quien por naturaleza es Dios sobre todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3), tomó sobre sí nuestra naturaleza y se hizo hombre como nosotros, excepto que no estaba manchado por el pecado. En su condición de hombre, fue
obediente hasta la muerte, aun la muerte en la cruz. ¡Fue él quien murió! ¡Él, el único que tiene inmortalidad, condescendió a morir! ¡Fue todo amor y gracia, no obstante, murió! ¡La bondad infinita fue crucificada en un madero! ¡Una riqueza sin medida fue traspasada por una lanza! ¡Esta tragedia excede a todas las demás! Por más deplorable que pueda ser la ingratitud del hombre, ¡es en este caso la más deplorable de todas! Por más horrible que sea su inquina contra la virtud, ¡esa inquina es más cruel en este caso! Aquí el infierno ha sobrepasado todas sus villanías anteriores, clamando: “Este es el heredero; venid, matémosle” (Mat. 21:38).

Dios vivió entre nosotros, y el hombre nada quiso saber de él. Hasta donde el hombre pudo herir a su Dios y dar muerte a su Dios, se ocupó de cometer este horroroso crimen. ¡El hombre dio muerte al Señor Jesucristo y lo traspasó con una lanza! Al hacerlo, demostró lo que le haría al Eterno mismo si pudiera. El hombre es, de hecho, un deicida. Estaría contento si no hubiera un Dios. Dice en su corazón: “No hay Dios” (Sal. 14:1). Si su mano se pudiera extender todo lo que se puede extender su corazón, Dios no existiría ni una hora más. Esto es lo que significa herir a nuestro Señor con tanta intensidad de pecado: significó herir a Dios.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué es el buen Dios perseguido de este modo? Por la bondad de nuestro Señor Jesús, por la gloria de su persona y por la perfección de su carácter, les ruego: ¡Siéntanse sobrecogido y avergonzados de que fue herido! ¡Esta no es una muerte común! Este homicidio no es un crimen cualquiera. ¡Oh hombre, aquel que fue herido con la lanza era tu Dios! Allí, en la cruz, ¡contempla a tu Creador, tu Benefactor, tu mejor Amigo!

Continuará …

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

Pensamientos Martyn Lloyd-Jones

“La necesidad de arrepentimiento es otra premisa fundamental de la fe cristiana, y es también una de las verdades que más ofende a las personas. Hablar de arrepentimiento enfurece a la gente de hoy, tanto como lo hizo entre los gobernantes en Jerusalén. No existe diferencia alguna en este sentido entre el siglo I y el actual. El hecho de que el
mensaje de arrepentimiento sea considerado como un gran insulto es una prueba más de ese fariseísmo fatal que siempre es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del evangelio”.

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 2

Aunque el evangelio es un mandato, es un mandato de dos partes que se explican por sí mismas. “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Conozco algunos muy excelentes hermanos —Dios quisiera que hubiera más como ellos en su celo y su amor— quienes, en su celo por predicar una fe sencilla en Cristo, han tenido un poco de dificultad en cuanto al asunto del arrepentimiento. Conozco a algunos que han tratado de superar la dificultad suavizando la dureza aparente de la palabra arrepentimiento, explicándola según su equivalente griego más común, palabra que aparece en el original de mi texto y significa “cambiar de idea”. Aparentemente interpretan el arrepentimiento como algo menos importante de lo que nosotros usualmente concebimos, dicen que es, de hecho, un mero cambiar de idea. Ahora bien, sugiero a aquellos queridos hermanos que el Espíritu Santo nunca predica el arrepentimiento como algo insignificante. El cambio de idea o comprensión del que habla el evangelio es una obra muy profunda y seria, y no debe ser menoscabado de manera alguna.

Además, existe otra palabra que también se usa en el griego original para significar arrepentimiento, aunque con menos frecuencia, lo admito. No obstante, es usada. Significa “un cuidado posterior”, que incluye algo más de tristeza y ansiedad que lo que significa cambiar de idea. Tiene que haber tristeza por el pecado y aborrecimiento hacia él en el verdadero arrepentimiento, de no ser así leemos la Biblia con poco provecho… Arrepentirse sí significa cambiar de idea. Pero es un cambio total en la comprensión y en todo lo que hay en la mente, de modo que incluye una iluminación, sí, una iluminación del Espíritu Santo. Creo que incluye un descubrimiento de la iniquidad y un aborrecimiento por ella, sin lo cual no puede haber un arrepentimiento auténtico. Opino que no debemos subestimar al arrepentimiento. Es una gracia bendita de Dios el Espíritu Santo, y es absolutamente necesaria para salvación.

El mandato es muy fácil de entender. Consideremos, primero, el arrepentimiento. Es bastante seguro que sea cual sea el arrepentimiento aquí mencionado, es un arrepentimiento totalmente enlazado con la fe. Por lo tanto, obtenemos la explicación de qué debe ser el arrepentimiento por su vínculo con el próximo mandato: “creed en el evangelio”…
Recuerden, entonces, que ningún arrepentimiento es digno de tener que no sea totalmente consecuente con la fe en Cristo. Un santo anciano en su lecho de enfermo usó esta notable expresión: “Señor, húndeme en el arrepentimiento tan bajo como el infierno, pero” —y aquí va lo hermoso— “elévame en fe tan alto como el cielo”. Ahora bien, ¡el arrepentimiento que hunde al hombre tan bajo como el infierno de nada vale si no está la fe que también lo eleva tan alto como el cielo! Los dos son totalmente consecuentes, el uno con el otro. Alguien puede sentir desprecio y abominación por sí mismo, y a la vez, saber que Cristo puede salvarlo y lo ha salvado. De hecho, así es como viven los verdaderos cristianos. Se arrepienten tan amargamente por el pecado como si supieran que deberían ser condenados por él, pero se regocijan tanto en Cristo como si el pecado no fuera nada.

¡Oh, qué bendición es saber dónde se encuentran estas dos líneas, el desnudarnos de arrepentimiento y vestirnos de fe! El arrepentimiento que expulsa el pecado como un inquilino malvado y la fe que da entrada a Cristo como el único Soberano del corazón; el arrepentimiento que purga el alma de las obras muertas y la fe que llena el alma con obras vivientes; el arrepentimiento que tira abajo y la fe que levanta; el arrepentimiento

que desparrama las piedras y la fe que agrupa las piedras; el arrepentimiento que establece un tiempo para llorar y la fe que ofrece un tiempo para danzar. Estas dos cosas unidas componen la obra de gracia interior por medio de la cual las almas de los hombres son salvas. Sea pues declarado como una gran verdad, escrita muy claramente en nuestro texto: el arrepentimiento que tenemos que predicar es uno conectado con la fe. Siendo así, podemos predicar a una el arrepentimiento y la fe sin ninguna dificultad…

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero? 2

El evangelio no es solo que por gracia somos salvos por medio de la fe, sino que es también el evangelio de arrepentimiento. Cuando Jesús, después de su resurrección, abrió el entendimiento de sus discípulos a fin de que
pudieran comprender las Escrituras, les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:46-47). Cuando Pedro predicó a las multitudes en Pentecostés, se sintieron constreñidos a decir: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:37-38). Más adelante, de igual manera, Pedro interpretó la exaltación de Cristo como una exaltación en la capacidad de “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31). ¿Puede haber algo que certifique con más claridad que el evangelio es el evangelio del arrepentimiento más que el hecho de que el ministerio celestial de Jesús como Salvador consiste en dispensar arrepentimiento para perdón de los pecados? Por lo tanto, Pablo, cuando dio un informe de su propio ministerio
a los ancianos de Éfeso, dijo que había testificado “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Y el escritor de la epístola a los Hebreos indica que “el arrepentimiento de obras muertas” es uno de los primeros principios de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1). No puede ser de otra manera. La vida nueva en Cristo Jesús significa que las ataduras que nos amarran al dominio del pecado han sido rotas. El creyente está muerto al pecado por el cuerpo de Cristo, el viejo hombre ha sido crucificado para que el cuerpo del pecado sea destruido, y de allí en adelante no sirve al pecado (Rom. 6:2, 6). Esta ruptura con el pasado queda registrada conscientemente al volverse del pecado a Dios “con total propósito de y procurando una nueva obediencia”…

El arrepentimiento es lo que describe la respuesta de volverse del pecado a Dios. Este es su carácter específico tal como es el carácter específico de la fe recibir a Cristo y confiar exclusivamente en él para salvación. El arrepentimiento nos recuerda que si la fe que profesamos es una fe que nos permite andar en los caminos de este mundo corrupto de hoy, en la lascivia de la carne, la lascivia de la vista y la vanagloria de la vida y en la comunión con las obras de tinieblas, entonces nuestra fe es una burla y un engaño. La fe verdadera está saturada de arrepentimiento. Y así como la fe no es solo un acto momentáneo, sino una actitud permanente de fe y confianza en el Salvador, así también el arrepentimiento resulta en una contrición constante. El espíritu quebrantado y el corazón contrito son señales
permanentes del alma creyente… la sangre de Cristo es el lavabo del limpiamiento inicial, pero es también la fuente a la cual el creyente tiene que recurrir continuamente. Es en la cruz de Cristo que el arrepentimiento tiene su comienzo; es en la cruz de Cristo que tiene que seguir revelando sus sentimientos en las lágrimas de confesión y contrición.

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero?

¿Cuál viene primero? ¿Fe o arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria, e insistir que uno es anterior al otro es en vano. No existe una prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree… La interdependencia de fe y arrepentimiento puede notarse enseguida cuando recordamos que la fe es fe en Cristo para salvación de los pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento por el pecado y el anhelo de ser salvo de él. Tal aborrecimiento del pecado involucra arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios. Lo recalco, si recordamos que el arrepentimiento es volvernos del pecado hacia Dios, el volvernos hacia Dios implica fe en la misericordia de Dios tal como fue revelada en Cristo. Es imposible desenredar la fe del arrepentimiento. La fe salvadora está saturada de arrepentimiento y el arrepentimiento está saturado de fe. La regeneración se expresa conforme practicamos la fe y el arrepentimiento.

El arrepentimiento consiste esencialmente de un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. El cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad se refiere principalmente a cuatro cosas. Es un cambio en la mente respecto a Dios, respecto a nosotros mismos, respecto al pecado y respecto a la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia se encuentra radicalmente pervertido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente. Los renueva radicalmente. Por lo tanto, sucede un cambio radical en nuestros
pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es muy importante observar que la fe que es para salvación es una fe que va acompañada por el cambio en los pensamientos y en las actitudes. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, particularmente en la evangelización popular, lo trascendental del cambio que la fe simboliza no es comprendido ni apreciado. Existen dos errores. Uno es poner la fe fuera del contexto que le da significado. El otro es pensar en la fe en términos de una simple decisión y una, por cierto, bastante barata. Estos errores se relacionan íntimamente y se condicionan mutuamente. El énfasis sobre el arrepentimiento y sobre el cambio profundo de pensamiento y sentimientos que esto involucra es precisamente lo que se necesita para corregir este concepto de la fe, que empobrece y destruye el alma. La naturaleza del arrepentimiento sirve para acentuar la urgencia de las cuestiones en juego en la demanda del evangelio, el apartarse del pecado que la aceptación del
evangelio significa, y la totalmente nueva manera de ver las cosas que la fe del evangelio imparte.

No hemos de pensar en el arrepentimiento como algo que consiste meramente de un cambio general en la manera de pensar. Es muy particular y concreto. Y como es un cambio en la manera de pensar con respecto al pecado, es un cambio en la manera de pensar con respecto a pecados en particular, pecados en toda la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Nos es muy fácil hablar del pecado, de censurarlos, y censurar los pecados particulares de otros, y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados en particular. La prueba del
arrepentimiento es la autenticidad y firmeza de nuestro arrepentimiento con respecto a nuestros propios pecados, pecados caracterizados por lo peculiarmente insoportable que nos resultan ser. El arrepentimiento, en el caso de los tesalonicenses, se manifestó en el hecho de que se apartaron de los ídolos para servir al Dios viviente. Era su idolatría lo que caracterizaba la evidencia de su enemistad con Dios, y era el arrepentimiento de esta enemistad la prueba de la autenticidad de su fe y esperanza (1 Tes. 1:9-10).

Continuará …

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 3

INGREDIENTE 4: VERGÜENZA POR EL PECADO. El cuarto ingrediente del arrepentimiento es la vergüenza: “Avergüéncense de sus pecados” (Eze. 43:10). El rubor es el color de la virtud. Cuando el corazón está negro por
el pecado, la gracia hace que el rostro se sonroje: “Avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti” (Esd. 9:6). El hijo pródigo arrepentido estaba tan avergonzado de sus excesos que no se sentía merecedor de ser llamado hijo (Luc. 15:21). El arrepentimiento causa una timidez generada por la vergüenza. Si la sangre de Cristo no estuviera en el corazón del pecador, no aparecería tanta sangre en el rostro. Existen… consideraciones sobre el pecado que pueden causar vergüenza:

(1) Cada pecado nos hace culpables, y la culpabilidad por lo general produce vergüenza.
(2) En cada pecado, hay mucha ingratitud; y eso es motivo de vergüenza. Abusar de la bondad de un Dios tan bueno, ¡cuánta vergüenza nos da!… Ser ingratos es un pecado tan grande que Dios mismo se sorprende de él (Isa. 1:2).
(3) El pecado nos ha desnudado, y eso puede generar vergüenza. El pecado nos ha despojado de nuestro lino blanco de santidad. Nos ha desnudado y deformado ante la vista de Dios, lo cual puede causar que nos sonrojemos…
(4) Nuestros pecados han avergonzado a Cristo ¿y no debiéramos nosotros estar avergonzados? Él se vistió de púrpura, ¿y no se ruborizarán nuestras mejillas?…
(5) Lo que puede hacernos sonrojar es que los pecados que cometemos son peores que los pecados de los paganos. Actuamos en contra de más luz.
(6) Nuestros pecados son peores que los pecados de los demonios. Los ángeles caídos nunca pecaron contra la sangre de Cristo. Cristo no murió por ellos… Ciertamente si hemos pecado más que los demonios, esto nos hará ruborizar.

INGREDIENTE 5: ODIO POR EL PECADO. El quinto ingrediente del arrepentimiento es el odio por el pecado. Los “Schoolmen” se distinguían por un odio doble: odio por las abominaciones y odio por la enemistad.

Primero, hay odio o aborrecimiento por las abominaciones: “Y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades” (Eze. 36:31). El arrepentido auténtico es un aborrecedor del pecado. Si alguien detesta aquello que le descompone el estómago, mucho más detestará aquello que le descompone la conciencia. Aborrecer el pecado representa más que meramente dejarlo… Cristo nunca es amado hasta que uno aborrece el pecado. Nunca se anhela el cielo hasta que uno aborrece el pecado… Segundo, hay odio por la enemistad. No hay mejor manera de descubrir la
vida que por medio del movimiento. Los ojos se mueven, el pulso late. Así que para descubrir el arrepentimiento no hay mejor señal que una antipatía santa contra el pecado… El arrepentimiento firme comienza en el amor de Dios y termina en el odio por el pecado.

¿Cómo puede reconocerse el verdadero odio por el pecado?

  1. Cuando el espíritu del hombre se opone al pecado. No solo la boca se expresa contra el pecado, sino que también lo aborrece el corazón, de modo que no importa lo atractivo que parezca el pecado, lo encontramos detestable, tal como detestamos el retrato de alguien que aborrecemos mortalmente, por más hermoso que se haya dibujado… No importa que el diablo cocine y aderece el pecado con placeres y ventajas, el arrepentido auténtico con un aborrecimiento secreto por él se siente disgustado por él y no se mezclará con él.
  2. El verdadero odio por el pecado es universal. El verdadero odio por el pecado es universal de dos maneras: con respecto a las facultades y al objeto. (1) El odio es universal con respecto a las facultades; es decir, que hay una antipatía por el pecado no solo mental, sino también de la voluntad y los sentimientos. Muchos están convencidos de que el pecado es una cosa vil y mentalmente tienen una aversión por él. No obstante gustan de su dulzura y se complacen secretamente en él. En estos casos se manifiesta en una aversión mental por el pecado y a la vez en un amor por él; mientras que el verdadero arrepentimiento, el odio por el pecado está en todas las facultades, no solo en la parte intelectual, sino principalmente en la voluntad: “Lo que aborrezco, eso hago” (Rom. 7:15). Pablo no estaba
    libre de pecado, no obstante estaba en contra de él. (2) El odio es universal con respecto al objeto. El que aborrece un pecado aborrece todos… El hipócrita aborrece algunos pecados que pueden arruinar su reputación, pero el verdadero convertido aborrece todos los pecados, los pecados que le producen ganancias, los pecados por sus debilidades y los primeros indicios de corrupción. Pablo odiaba la propensión a pecar (Rom. 7:23).
  3. El verdadero odio contra el pecado es contra el pecado en todas sus formas. El corazón santo detesta el pecado por su contaminación intrínseca. El pecado deja una mancha en el alma. La persona regenerada aborrece el pecado no solo por la maldición, sino también por lo contagioso. Aborrece esta serpiente no solo por su picadura, sino también por su veneno. Aborrece el pecado no solo por el infierno, sino como el infierno.
  4. El verdadero odio es implacable. Nunca volverá a reconciliarse con el pecado. El enojo puede reconciliarse, pero el aborrecimiento, no…
  5. Donde hay verdadero odio, no solo nos oponemos al pecado en nosotros mismos sino también en los demás. La iglesia en Éfeso no podía tolerar a los malos (Apoc. 2:2). Pablo censuró tremendamente a Pedro por su duplicidad aunque él era un Apóstol. Cristo, en un disgusto justificado, echó con azotes a los cambistas del templo (Juan 2:15). No toleraba que hicieran del templo una casa de cambio. Nehemías reprendió a los nobles por su usura (Neh. 5:7) y su profanación del día de reposo (Neh. 13:17). El que odia el pecado no lo tolera en su familia: “No habitará dentro de mi
    casa el que hace fraude” (Sal. 101:7). ¡Qué vergüenza el que las autoridades puedan demostrar mucho entusiasmo por sus pasiones, pero nada de heroísmo para reprimir la corrupción! Los que no sienten antipatía por el pecado desconocen el arrepentimiento. El pecado es en ellos lo que el veneno es en una serpiente, el cual, siendo parte de su
    naturaleza, les brinda placer.

¡Qué lejos están del arrepentimiento los que, en lugar de odiar el pecado, lo aman! Para el fiel, el pecado es como una espina en el ojo; para los malos, es como una corona sobre su cabeza: “…Habiendo hecho tantas abominaciones… ¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). Amar el pecado es peor que cometerlo. Un hombre bueno puede caer en una acción pecaminosa sin darse cuenta, pero amar el pecado es el colmo. ¿Qué hace que a un porcino le encante revolcarse en el fango? ¿Qué hace que el diablo ame aquello que se opone a Dios? Amar el pecado demuestra que la
voluntad está en pecado; y cuanto más de la voluntad está en pecado, más grande el pecado. La obstinación lo convierte en un pecado que no puede ser purgado por medio de un sacrificio (Heb. 10:26). ¡Oh, cuántos hay que
aman el fruto prohibido! Aman sus juramentos y adulterios; aman el pecado y aborrecen la reprensión… Así que los que aman el pecado, los que se aferran a aquello que les significa la muerte, los que juegan con la condenación, “está[n] lleno[s]… de insensatez en su corazón” (Ecl. 9:3). Nos persuade a demostrar nuestro arrepentimiento por medio de un odio implacable por el pecado…

INGREDIENTE 6: DEJAR EL PECADO. El sexto ingrediente del arrepentimiento es dejar el pecado… Este dejar el pecado se llama dejar el mal camino (Isa. 55:7), tal como el hombre deja la compañía de un ladrón o adivino. Se llama echar lejos el pecado (Job 11:14), tal como Pablo echó la víbora en el fuego (Hch. 28:5). Morir al pecado es la vida de arrepentimiento. El mismo día que el cristiano deja el pecado, tiene que aplicar una abstinencia perpetua. La vista tiene que abstenerse de miradas impuras. Los oídos tienen que abstenerse de escuchar calumnias. La lengua tiene que
abstenerse de jurar. Las manos tienen que abstenerse de los sobornos. Los pies tienen que abstenerse del sendero de la ramera. Y el alma tiene que abstenerse del amor al mal. Este dejar el pecado implica un cambio importante… Dejar el pecado es tan visible que los demás lo notan. Por eso se le llama pasar de la oscuridad a la luz (Ef. 5:8). Pablo, después de haber visto la visión celestial, cambió tanto que todos estaban atónitos ante el cambio (Hch. 9:21). El arrepentimiento convirtió al carcelero en enfermero y médico (Hch. 16:33). Este tomó a los apóstoles, les lavó las heridas y les dio de comer. El barco puede estar yendo hacia el este; pero viene un viento que lo hace girar para el oeste. De la misma manera, el hombre puede haber estado rumbo al infierno antes de que soplara el viento del Espíritu que le cambió el curso y causó que se dirigiera rumbo al cielo… Así de visible es el cambio que el arrepentimiento produce en la persona, como si fuera otra el alma que mora en el mismo cuerpo.

Para que el dejar el pecado sea legítimo tiene que reunir estas condiciones:

  1. Tiene que, de todo corazón, dejar el pecado. El corazón es el primum vivens, lo primero que vive, y tiene que ser el primum vertens, lo primero que se transforma. El corazón es aquello por lo que el diablo más se esfuerza por dominar… En la religión, el corazón lo es todo. Si el corazón no deja el pecado, no es más que una mentira… Dios exige que todo el corazón deje el pecado. El verdadero arrepentimiento no puede tener ninguna reserva o prisioneros.
  2. Tiene que ser dejar todo pecado. “Deje el impío su camino” (Isa. 55:7). El que se ha arrepentido verdaderamente deja el camino del pecado. Abandona cada pecado… Aquel que esconde a un rebelde en su casa es un traidor de la nación, y el que practica un pecado es un traidor hipócrita.
  3. Tiene que ser dejar el pecado sobre un fundamento espiritual. El hombre puede refrenarse de cometer un pecado y, no obstante, no dejar el pecado de un modo correcto. Los actos pecaminosos pueden refrenarse por temor o designio, pero el arrepentido auténtico deja de pecar sobre la base de principios religiosos, específicamente, el amor a Dios… Tres hombres se preguntaban unos a otros qué los había impulsado a dejar el pecado. El primero respondió: “Pienso en los gozos del cielo”, el segundo dijo: “Pienso en los tormentos del infierno”, pero el tercero dijo: “Pienso en el amor de Dios, y eso me hace abandonarlos. ¿Cómo podría yo ofender al Dios de amor?”

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 2

INGREDIENTE 3: CONFESIÓN DEL PECADO. El dolor es una pasión tan intensa que tiene que desahogarse. Se desahoga por los ojos con el llanto y por la boca con la confesión: “Y estando en pie, confesaron sus pecados” (Neh. 9:2). Gregory Nazianzen4 llama a la confesión “un bálsamo para el alma herida”.

La confesión es una acusación hacia uno mismo “Yo pequé” (2 Sam. 24:17)… Y lo cierto es que por medio de esta autoacusación prevenimos la acusación de Satanás. En nuestras confesiones nos acusamos de orgullo, infidelidad, pasión, de modo que cuando Satanás, llamado el acusador de los hermanos, ponga estas cosas a nuestra cuenta, Dios dirá: “Ellos mismos ya se han acusado. Por lo tanto, Satanás, tus cargos no corresponden, tus acusaciones llegan demasiado tarde”… Y escuche lo que dice el apóstol Pablo: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no
seríamos juzgados” (1 Cor. 11:31).

Pero, ¿acaso hombres malvados como Judas y Saúl no confesaron su pecado? Sí, pero la suya no fue una confesión auténtica. Para que la confesión de pecado sea correcta y genuina, estos… tienen que cumplir estos requisitos:

  1. La confesión tiene que ser voluntaria. Tiene que brotar como el agua de un manantial, libremente. La confesión del malvado es arrancada a la fuerza, como en el caso de las torturas. Cuando una chispa de la ira de Dios penetra en su conciencia o si teme la muerte, entonces confiesa… Pero la verdadera confesión brota de los labios como mirra del árbol o miel del panal, libremente…
  2. La confesión tiene que ser por compunción. El corazón tiene que sentirla profundamente. Las confesiones del hombre natural pasan por él como el agua por un caño. No lo afectan para nada. En cambio, la confesión auténtica deja en el hombre las marcas del corazón herido. David sentía un peso en su alma cuando confesó sus pecados. “Como carga pesada se han agravado sobre mí” (Sal. 38:4). Una cosa es confesar el pecado y otra es sentirlo.
  3. La confesión tiene que ser sincera. Nuestro corazón tiene que acompañar nuestras confesiones. El hipócrita confiesa su pecado pero lo ama, igualmente, el ladrón confiesa lo que robó, pero la encanta hacerlo. Cuántos confiesan orgullo y codicia con la boca pero los saborean debajo de la lengua como a la miel… Un buen cristiano es más honesto. Su
    corazón se mantiene a ritmo con su boca. Está convencido de los pecados que confiesa y aborrece los pecados de los que está convencido.
  4. En la confesión auténtica, el hombre especifica los pecados. El hombre malo reconoce que es un pecador en general. Confiesa el pecado al mayoreo. El convertido auténtico reconoce sus pecados específicos. Es como el herido que acude al médico y le muestra cada una de sus heridas: “Aquí tengo un tajo en la cabeza, allí me dispararon en el brazo”. Del
    mismo modo el pecador atribulado confiesa las diversas condiciones desordenadas, las enfermedades, de su alma.
  5. El verdadero doliente confiesa el pecado desde su origen. Admite lacontaminación de su naturaleza. Lo pecaminoso de nuestra naturaleza noes solo falta de lo bueno, sino una infusión de maldad… Nuestranaturaleza es un abismo y semillero de toda maldad, desde la cualprovienen esos escándalos que infectan al mundo. Es esta depravación dela naturaleza lo que envenena nuestras cosas sagradas. Es esto lo que traelos juicios de Dios y causa que al nacer nazcamos sin nuestrasmisericordias. ¡Oh, confiese el pecado desde su origen!…

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Seis ingredientes del Arrepentimiento

El arrepentimiento es una gracia del Espíritu de Dios por la cual el pecador es interiormente humillado y visiblemente reformado. Para aclararlo más ampliamente, sepa que el arrepentimiento es un medicamento espiritual compuesto de seis ingredientes especiales… si uno de ellos falta, pierde su virtud.

INGREDIENTE 1: VER EL PECADO. La primera parte del remedio de Cristo es el ungüento para los ojos (Hch. 26:18). Es lo más admirable que se nota en el arrepentimiento del pródigo: “Y volviendo en sí” (Luc. 15:17). Se vio a sí mismo como un pecador y nada más que un pecador. Antes de que el hombre pueda venir a Cristo, tiene que primero volver en sí. Salomón, en su descripción del arrepentimiento considera esto como el primer ingrediente: “Si se convirtieren” (1 Rey. 8:47). El hombre tiene que primero reconocer y considerar cuál es su pecado y conocer la plaga de su corazón antes de poder ser debidamente humillado por él. La primera creación de Dios fue la luz. De igual modo, lo primero que sucede en el arrepentido es la iluminación: “Más ahora sois luz en el Señor” (Ef. 5:8). El ojo se hizo para ver al igual que para llorar. Hay que primero ver el pecado antes de poder llorar por él. Por eso, digo que donde no se ve el pecado, no puede haber arrepentimiento. Muchos que pueden ver faltas en otros no ven ninguna en ellos mismos… Están cegados por un velo de ignorancia y soberbia. Por ello, no ven el alma deformada que tienen. El diablo hace con ellos lo que el halconero hace con el halcón: los ciega y se los lleva tapados al infierno…

INGREDIENTE 2: SENTIR DOLOR POR EL PECADO. “Me contristaré por mi pecado” (Sal. 38:18). Ambrosio1 llama al dolor o contrición la amargura del alma. La palabra hebrea para estar contristado significa “tener un alma, por así decir, crucificada”. Esto debe ser parte del verdadero arrepentimiento: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán” (Zac.
12:10), como si sintieran los clavos de la cruz en sus costados. El que una mujer espere dar luz a un hijo sin dolores es igual a que uno espere tener arrepentimiento sin dolor. Desconfíe del que puede creer sin dudar, desconfíe del que se arrepiente sin dolor… Este dolor por el pecado no es superficial: es una agonía santa. Es lo que las Escrituras llaman
quebrantamiento del corazón: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado” (Sal. 51:17); y un corazón rasgado: “Rasgad vuestro corazón” (Joel 2:13). Las expresiones herirse el muslo (Jer. 31:19), golpearse el pecho (Luc. 18:13), vestir cilicio (Isa. 22:12), arrancarse el pelo de la cabeza (Esd. 9:3), son todas señales exteriores de dolor interior. Este dolor es (1) Para hacer inestimable a Cristo. ¡Oh qué deseable es un Salvador para el alma atribulada! Ahora Cristo es ciertamente Cristo, y la misericordia es ciertamente misericordia. Hasta que el corazón esté lleno de remordimiento después de haber pecado, no puede ser apto para Cristo. ¡Cuán bienvenido es el médico para el hombre cuyas heridas están sangrando! Es (2) Para ahuyentar al pecado. El pecado produce dolor, y el dolor mata al pecado… Lo salado de las lágrimas mata el gusano de la conciencia. Es (3) Para abrir el camino al verdadero consuelo. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5). El arrepentido adquiere una siembra regada de lágrimas, pero también una cosecha deliciosa. El arrepentimiento desintegra los abscesos del pecado y entonces el alma descansa… El que Dios agite el alma por el pecado es como el agitar del estanque por parte del ángel (Juan 5:4), lo cual abría el camino para la curación.

Pero no todo dolor es evidencia verdadera del arrepentimiento… ¿De qué se trata este arrepentimiento piadoso? Tiene seis requisitos:

El auténtico dolor piadoso es interno. Es interno por dos razones: (1) Tiene que ver con un dolor en el corazón. El dolor de los hipócritas se nota en sus rostros: “Demudan sus rostros” (Mat. 6:16). Ponen cara de afligidos, pero su dolor no pasa de allí, así como el rocío sobre una hoja no penetra hasta la raíz. El arrepentimiento de Acab era una demostración externa. Rasgó sus vestiduras pero no su espíritu (1 Rey. 21:27). El dolor piadoso es profundo, como una vena que sangra por dentro. El corazón sangra por el pecado: “se compungieron de corazón” (Hch. 2:37). Como el corazón es el principal responsable del pecado, así también debe ser el dolor. (2) Es un dolor por los pecados del corazón, los primeros brotes y apariciones del pecado. Pablo se entristeció por la ley en sus miembros (Rom. 7:23). El
verdadero doliente llora por las muestras de orgullo y concupiscencia. Sufre por la “raíz de amargura” aunque nunca se manifieste en una acción. El hombre malo puede sentirse mal por los pecados desvergonzados; el verdadero convertido se lamenta por los pecados del corazón.

El dolor piadoso es honesto. Es un dolor por la ofensa más bien que porel castigo. La Ley de Dios ha sido quebrantada, su amor maltratado. Esto deshace en lágrimas al alma. El hombre puede lamentarse, pero no arrepentirse. El ladrón se lamenta cuando lo apresan, no porque haya robado sino porque tiene que pagar por su culpa… Por otro lado, el dolor piadoso es principalmente por haber pecado contra Dios, de modo que aun si no tuviere conciencia que lo molestara, ni el diablo que lo acusara, ni infierno que lo castigara, su alma todavía estaría atribulada por la falta cometida contra Dios… ¡Oh que no ofendiera yo a un Dios tan bueno, que no afligiera a mi Consolador! ¡Esto me destroza el corazón…!

El dolor piadoso es uno que confía. Está entremezclado con la fe… El dolor espiritual hunde el corazón si la polea de la fe no lo levanta. Así como nuestro pecado está siempre delante de nosotros, debe estar también la promesa de Dios siempre delante de nosotros…

El dolor piadoso es un dolor grande. “En aquel día habrá gran llanto…, como el llanto de Hadadrimón” (Zac. 12:11). Dos soles se pusieron el día que murió Josías3, y hubo gran llanto fúnebre. A este extremo tiene que hervir el dolor por el pecado…

El dolor piadoso en algunos casos va acompañado de restitución. Quien haya cometido una falta contra la propiedad de otros por medio de tratos injustos y fraudulentos debe conscientemente hacer restitución. Hay una ley específica para esto: “Y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Núm. 5:7). Por ello, Zaqueo hizo restitución: “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado” (Luc. 19:8).

El dolor piadoso es duradero. No tiene que ver con derramar unas pocas lágrimas por emoción. Algunos lloran a mares durante un sermón, pero es como el chaparrón de primavera, pronto pasa o como abrir una llave de agua que pronto uno cierra. El verdadero dolor tiene que ser habitual. Oh cristiano, la enfermedad de su alma es crónica y con frecuencia recurrente. Por lo tanto, usted tiene que aplicarse continuamente curaciones por medio del arrepentimiento. Tal es el dolor que es para con Dios, verdaderamente “piadoso”.

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

¿Qué es el arrepentimiento 2?

Pero, ¿qué es el verdadero arrepentimiento? Esta es una pregunta de primordial importancia. Merece toda nuestra atención. La siguiente es probablemente una definición tan buena como hasta ahora se ha dado. “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora operada en el corazón del pecador por el Espíritu y la palabra de Dios, por la cual hace en él un modo de ver, y un sentimiento no sólo de lo peligroso, sino también de lo inmundo y odioso de sus pecados y al apercibir la misericordia de Dios en Cristo para aquellos que se han arrepentido, se aflige por sus pecados los odia y se aparta de todos ellos a Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente en andar con el Señor en todos los caminos de una nueva obediencia”. El que esta definición es irrebatible y bíblica se va viendo con más claridad cuanto más a fondo se examina. El arrepentimiento verdadero es un dolor por el pecado que termina en una reforma. Meramente lamentarse no es arrepentirse, tampoco lo es una reforma que solo sea externa. No es la imitación de la virtud: es la virtud misma…

Aquel que realmente se arrepiente está principalmente afligido por sus pecados; aquel cuyo arrepentimiento es falso, está preocupado principalmente por sus consecuencias. El primero se arrepiente principalmente de que ha hecho una maldad, el último de que ha traído sobre sí una maldad. El uno lamenta profundamente que merece el castigo, el otro que tiene que sufrir el castigo. El uno aprueba de la Ley que lo condena; el otro cree que es tratado con dureza y que la Ley es rigurosa. Al arrepentido sincero, el pecado le parece muy pecaminoso. El que se arrepiente según las normas del mundo, el pecado de alguna manera le parece agradable. Se lamenta que sea prohibido. El uno opina que es una cosa mala y amarga pecar contra Dios, aun cuando no recibe castigo; el otro ve poca maldad en la transgresión si no es seguida por dolorosas consecuencias. Aunque no hubiera un infierno, el primero desearía ser librado del pecado; si no hubiera retribución, el otro pecaría cada vez más. El arrepentido auténtico detesta principalmente el pecado como una ofensa contra Dios. Esto incluye todos los pecados de todo tipo. Pero se ha comentado con frecuencia que dos clases de pecados parecen pesar mucho en la conciencia de aquellos cuyo arrepentimiento es del tipo espiritual. Estos son los pecados secretos y los pecados de omisión. Por otro lado, en el arrepentimiento falso, le mente parece centrase más en los pecados que son cometidos a la vista de otros y en pecados de comisión. El arrepentido auténtico conoce la plaga de un corazón malo y una vida estéril; el arrepentido falso no se preocupa mucho por el verdadero estado del corazón, sino que lamenta que las apariencias estén tanto en su contra.

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Qué es el arrepentimiento?

El arrepentimiento pertenece exclusivamente a la religión de pecadores. No tiene cabida en las actividades de criaturas no caídas. Aquel que nunca ha cometido un acto pecaminoso, ni ha tenido una naturaleza pecaminosa, no necesita perdón, ni conversión, ni arrepentimiento. Los ángeles santos nunca se arrepienten. No tienen nada de qué arrepentirse. Esto resulta tan claro que no hay razón para discutir el tema. En cambio, los pecadores necesitan todas estas bendiciones. Para ellos, son indispensables. La maldad del corazón humano lo hace necesario.

Bajo todas las dispensaciones, desde que nuestros primeros padres fueran despedidos del Jardín del Edén, Dios ha insistido en el arrepentimiento. Entre los patriarcas, Job dijo: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Bajo la Ley, David escribió los salmos 32 y 51. Juan el Bautista clamó: “Arrepentíos, porque el reino
de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). La descripción que Cristo hizo de sí mismo fue que había venido para llamar a “a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Justo antes de su ascensión, Cristo mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y los Apóstoles enseñaron la misma doctrina, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Por lo tanto, cualquier sistema religioso entre los hombres que no incluya el arrepentimiento de hecho es falso. Dice Matthew Henry: “Si el corazón del hombre hubiera seguido recto y limpio, las consolaciones divinas quizá hubieran sido recibidas sin la previa operación dolorosa; pero siendo pecador, tiene que primero sufrir antes de recibir consolación, tiene que luchar antes de poder descansar. La herida tiene que ser investigada, de otro modo no puede ser curada. La doctrina del arrepentimiento es la doctrina correcta del evangelio. No solo el austero Bautista, que era considerado un hombre triste y mórbido, sino también el dulce y amante Jesús, cuyos labios destilaban miel, predicaba el arrepentimiento…” Esta doctrina no dejará de ser mientras exista el mundo.

Aunque el arrepentimiento es un acto obvio y muchas veces dictaminado, no puede realizarse verdadera y aceptablemente sino por la gracia de Dios. Es un don del cielo. Pablo aconseja a Timoteo que instruya en humildad a los que se oponen, “Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Tim. 2:25). Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador “para dar arrepentimiento” (Hch. 5:31). Por lo tanto, cuando los paganos se incorporaban a la iglesia, esta glorificaba a Dios, diciendo: “¡¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!!” (Hch. 11:18). Todo esto coincide con el tenor de las promesas del Antiguo Testamento. Allí, Dios dice que realizará esta obra por nosotros y en nosotros. Escuche sus palabras llenas de gracia: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Eze. 36:26-27)… El verdadero arrepentimiento es una misericordia especial de Dios. Él la da. No procede de ningún otro. Es imposible que la pobre naturaleza que ha caído tan bajo se recupere por sus propias fuerzas como para que realmente se arrepienta. El corazón está aferrado a sus propios caminos y justifica sus propios caminos pecadores con una tenacidad incurable hasta que la gracia divina ejecuta el cambio. Ninguna motivación hacia el bien es lo suficientemente poderosa como para vencer la depravación del corazón natural del hombre. Si hemos de obtener su gracia, tiene que ser por medio del gran amor de Dios hacia los hombres que perecen.

No obstante, el arrepentimiento es sumamente razonable… Cuando somos llamados a cumplir responsabilidades que somos renuentes a cumplir, nos convencemos fácilmente que lo que se nos exige es irrazonable. Por lo tanto es siempre provechoso para nosotros tener un mandato de Dios que compele nuestra conciencia. Es realmente
benevolente que Dios nos hable con tanta autoridad sobre este asunto. Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). La base del mandato radica en que todos los hombres en todas partes son pecadores. Nuestro bendito Salvador no tenía pecado, y por supuesto, no podía arrepentirse. Salvo esa sola excepción, desde la Caída no ha habido ni una persona justa que no necesitara el arrepentimiento. Y no hay nadie más digno de lástima que el pobre iluso que no ve nada en su corazón y su vida por lo que debe arrepentirse.

Continuará …

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.