Las Escrituras y las buenas obras 2

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos el lugar correcto de las buenas obras. “Muchos, en su anhelo por apoyar la ortodoxia como un sistema, hablan de la salvación por gracia y fe de un modo que le restan importancia a la santidad y a la vida consagrada a Dios. Pero esto no se fundamenta en las Sagradas Escrituras. El mismo evangelio que declara que la salvación es dada libremente por la gracia de Dios por fe en la sangre de Cristo, también dice que la fe sin obras es muerta. Si por un lado asegura, de la manera más enfática, que el pecador es justificado por la justicia del Salvador que le es imputada cuando cree en él sin ninguna relación con las obras de la Ley, también nos asegura que sin santidad nadie verá a Dios, que los creyentes son limpios por la sangre de la expiación, que sus corazones son purificados por fe, que obra por amor y vence al mundo. La gracia que da salvación a todo hombre, enseña a todo el que lo recibe, que dejando toda impiedad y lascivias mundanas, deben vivir modesta, recta y devotamente en este mundo. Temer que la doctrina de la gracia
puede sufrir por inculcar debidamente las buenas obras sobre un fundamento bíblico denota un conocimiento inadecuado y muy defectuoso de la verdad divina. Y cualquier manipulación de las Escrituras con el fin de silenciar su testimonio a favor de los frutos de la justicia como algo absolutamente necesario en el cristiano, es una perversión y una falsificación de la Palabra de Dios”.

Pero, ¿qué fuerza (preguntan algunos) tiene este mandato de Dios de realizar buenas obras, cuando, a pesar de que no lo obedecemos, de igual manera somos justificados por la imputación de la justicia de Cristo, pudiendo ser salvos sin ellas? Una objeción sin sentido como ésta es por pura ignorancia del estado presente del creyente y su relación con Dios. Suponer que el corazón del regenerado no es tan eficazmente influenciado por la autoridad y los mandatos de Dios como para ser obedecidos como si fueron dados a fin de ser justificados, es ignorar lo que es la fe auténtica y los argumentos y motivaciones que afectan y constriñen principalmente la mente del cristiano. Además, es no tener en cuenta la conexión inseparable que Dios ha hecho entre nuestra justificación y nuestra santificación. Suponer que uno de los dos existe sin el otro es descartar todo el evangelio. El Apóstol trata justamente con esta objeción en Romanos 6:1-3.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la necesidad absoluta de las buenas obras. Está escrito que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22) y que “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6). Las Escrituras de la Verdad, también declaran: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14). La vida que viven los santos en el cielo no es más que la consumación plena de la vida que, después de la regeneración, viven aquí en la tierra. La diferencia entre ambas no es de tipos, sino de grados. “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Pr. 4:18). Si no hay un andar con Dios aquí en la tierra, no habrá una morada con Dios allá en el cielo. Si no hay una verdadera comunión con él en el tiempo, no la habrá con él en la eternidad. La muerte no obra ningún cambio vital en el corazón. Es cierto que los pecados dejados atrás cuando muere el santo, son dejados para siempre, pero en ese momento no se le imparte ninguna nueva naturaleza. Si antes de morir no aborrecía el pecado y amaba la santidad, tampoco lo hará después.

En realidad, nadie quiere irse al infierno, aunque son pocos los que están dispuestos a dejar el camino ancho que inevitablemente allí los lleva. A todos les gustaría ir al cielo, ¿pero están realmente dispuestos
y decididos los cristianos profesantes a andar por el camino angosto, el único que los puede llevar allí? Es a estas alturas que podemos discernir el lugar preciso que las buenas obras ocupan en relación con la salvación. No la merecen, pero son inseparables de ella. No obtienen un título en el cielo, pero están entre los medios que Dios ha dispuesto para que su pueblo llegue al cielo. Las buenas obras no son en ningún sentido lo que causa la obtención de la vida eterna, pero son parte del medio (como lo son la obra del Espíritu en nosotros y el arrepentimiento, la fe y la obediencia nuestras) que conduce a ella. Dios ha dispuesto el camino por el que tenemos que andar para llegar a la herencia que Jesús compró para nosotros. Una vida de obediencia diaria a Dios es lo único que nos da la felicidad que Cristo compró para su pueblo. Somos admitidos ahora por fe, entraremos en ella al morir y la disfrutaremos a plenitud cuando él vuelva.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la verdadera naturaleza de las buenas obras… La verdadera naturaleza de las “buenas obras” fue demostrada perfectamente por el Señor Jesús. Todo lo que hizo fue en obediencia a su Padre. Él no “se agradó a sí mismo” (Ro. 15:3), sino que obedeció las órdenes de Aquel que lo envió (Jn. 6:38). Pudo decir: “yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). No había límites cuando Cristo se sometía a la voluntad del Padre. Él siempre fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Asimismo, todo lo que hizo procedía de su amor al Padre y a su prójimo. El amor es el cumplimiento de la Ley; sin amor, el cumplimiento de ley no es sino una sujeción servil que no puede ser aceptable a Aquel que es Amor. La prueba de que la obediencia de Cristo fluía del amor se encuentra en sus palabras: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). Igualmente, todo lo que hacía Cristo buscaba la gloria del Padre: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn. 12:28). En todas sus acciones revelaba siempre su motivación.

La Palabra nos es provechosa cuando nos enseña el verdadero alcance de las buenas obras. Esto es tan amplio que incluye el cumplimiento de nuestras obligaciones en cada relación en la que Dios nos ha colocado. Es interesante e instructivo notar que la primera “buena obra” (que describen) las Escrituras es la unción del Salvador por parte de María de Betania (Mt. 26:10; Mr. 14:6). Indiferente por igual a la gloria o la crítica de los hombres, con sus ojos puestos solamente en el “señalado entre diez mil”, le prodigó su precioso ungüento. Otra mujer, Dorcas (Hch. 9:36), se menciona como alguien que “abundaba en buenas
obras”; después de adorar al Señor sale del recinto de adoración y se consagra al servicio que glorifica a Dios entre los hombres y beneficia a sus prójimos.

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra” (Col. 1:10). La crianza de los hijos (sin provocarlos a ira), practicar la hospitalidad (espiritual); lavar los pies de los santos (satisfacer necesidades temporales) y socorrer a los afligidos (1 Ti. 5:10) son acciones llamadas “buenas obras”. A menos que nuestra lectura y estudio de las Escrituras nos convierta en mejores soldados de Jesucristo, mejores ciudadanos de nuestro país, mejores miembros de nuestra familia terrenal (más buenos, gentiles y generosos) “enteramente preparados para toda buena obra”, poco o nada nos aprovecha.

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

_________________________________________________

A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.

Las Escrituras y las buenas obras 1

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16, 17).

Al hombre, dejado a su suerte, siempre le ha sido imposible discernir la verdad entre lo que parecen ser doctrinas conflictivas, como son la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre; la elección por gracia y la proclamación universal del evangelio; la justificación por la fe de Pablo y la demostración de la fe por las obras de Santiago. Con demasiada frecuencia, donde se ha insistido en la soberanía absoluta de Dios, se ha ignorado la responsabilidad del hombre y donde se ha mantenido con firmeza la elección incondicional, se ha descuidado la predicación sin límites del evangelio a los incrédulos. Por otro lado, donde se ha enfatizado la responsabilidad humana y un ministerio evangélico, la soberanía de Dios y la verdad de la elección, por lo general se han ido reduciendo o se han ignorado por completo.

Muchos de nuestros lectores han visto ejemplos que ilustran la verdad presentada en el párrafo anterior, pero pocos se percatan de que existe exactamente la misma dificultad cuando se intenta mostrar la
relación precisa entre fe y buenas obras. Si, por un lado, algunos han errado atribuyéndoles a las buenas obras un lugar que las Escrituras no justifican, por otro lado, algunos no le dan a las buenas obras la
función que las Escrituras les asignan. Si, por un lado es un error grave adjudicar nuestra justificación delante de Dios a algo que nosotros hacemos, por otro lado, son igual de culpables los que niegan que las buenas obras son necesarias para poder llegar al cielo y afirman que son simplemente evidencias o frutos de nuestra justificación. Sabemos muy bien que estamos ahora, por así decir, en terreno difícil, y que corremos el peligro de ser acusados de herejía. No obstante, consideramos indispensable buscar la ayuda divina al encarar esta dificultad y luego dejarla en sus manos.

En algunos sectores, las demandas de la fe, aunque no totalmente negadas, han sido degradadas debido al celo por magnificar las buenas obras. En otros círculos, conocidos como ortodoxos (y son los que ahora
tenemos principalmente en mente), rara vez se les adjudica a las buenas obras el lugar que les corresponde y, muy pocas veces, reciben los creyentes exhortaciones serias para que las realicen. Sin duda, a veces esto se debe al temor de valorar menos la fe y llevar al pecador al error de confiar más en sus propias acciones que en la justicia de Cristo. Pero estos temores no debieran impedir que el predicador declare “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27)… ni que olvide el mandato divino: “que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tit. 3:8).

Este versículo recién citado es el más pertinente para estos días de libertinaje y liberalismo, de profesiones de fe que nada valen y de jactancia vacía. La expresión “buenas obras” aparece en el Nuevo Testamento en plural o en singular más de treinta veces, no obstante lo cual muchos predicadores reconocidos por lo correcto de su fe, rara vez los usan, enfatizan y se explayan en ellos, tanto que muchos que los escuchan podrían llegar a la conclusión de que esas palabras aparecen una o dos veces en la Biblia…Además, Efesios 2:8-10 afirma que Dios ha juntado dos cosas benditas de vital importancia que nunca deben ser separadas en nuestro corazón ni en nuestra mente, a pesar de que muy a menudo se las separa en el púlpito moderno. ¿Cuántos sermones se predican basados en estos primeros dos versículos que declaran con tanta claridad que la salvación es por fe y no por obras? Y por otro lado, casi nunca nos recuerdan que la frase que comienza con gracia y fe, se completa en el versículo 10, que nos dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Iniciamos esta serie destacando que la palabra de Dios puede usarse por diversos motivos y leída con diferentes intenciones, pero que 2 Timoteo 3:16-17, da a conocer para qué es realmente “útil”, de hecho para adoctrinar o enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia y todo esto para que “el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”… consideremos ahora cómo es que nos prepara para “toda buena obra”. Hay aquí otro criterio vital por el cual el alma sincera, con la ayuda del Espíritu Santo, puede juzgar si su lectura y estudio de la Palabra, en realidad le está siendo provechosa.

Continuará …

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

__________________________________________________________________________________

A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepentimiento 3

Acompañado de restitución donde es necesario y posible. Ningún arrepentimiento puede ser auténtico si no va acompañado por una transformación total de la vida. La oración del alma auténticamente arrepentida es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). Y cuando uno realmente anhela
estar bien con Dios, anhela estarlo también con sus prójimos. Aquel que en su vida pasada ha agraviado a alguien, y ahora no hace todo lo que esté dentro de su alcance para reparar el mal que hizo, ¡por cierto no se ha arrepentido! John G. Paton cuenta cómo después de que cierto sirviente se convirtió, ¡lo primero que hizo fue devolverle a su amo todos los artículos que le había robado!

Estos frutos son permanentes. Porque el verdadero arrepentimiento va precedido por una comprensión de la hermosura y excelencia del carácter divino y una aprehensión por lo extremadamente grave del pecado de haber tratado con desprecio a un Ser tan infinitamente glorioso, la contrición y el aborrecimiento hacia toda impiedad permanecen. Al ir creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor, y de nuestra deuda y responsabilidades para con él, nuestro arrepentimiento se profundiza, nos juzgamos a nosotros mismos más a fondo, y asumimos un lugar cada vez más bajo ante él. Cuanta más sed tiene el corazón por un andar más íntimo con Dios, más descartaremos todo lo que lo impide.

No obstante, el arrepentimiento nunca es perfecto en esta vida. Nuestra fe nunca es tan completa como para llegar al punto en que el corazón ya no es acosado por las dudas. Y nuestro arrepentimiento nunca es tan puro como para estar totalmente libre de la dureza del corazón. El arrepentimiento es un acto de por vida. Tenemos que orar diariamente
pidiendo un arrepentimiento más profundo.

En vista de todo lo dicho, confiamos que ahora le sea muy claro a todo lector imparcial de que aquellos predicadores que repudian el arrepentimiento son, para las almas perdidas, “médicos que no valen nada”. Los que omiten de su predicación el arrepentimiento están predicando “un evangelio diferente” (Gál. 1:6) que el que Cristo (Marc. 1:15; 6:12) y sus apóstoles (Hch. 17:30; 20:21) proclamaron. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, aunque no se puede confiar en ella porque no contribuye nada para salvación. Los que nunca se han arrepentido siguen estando engañados por el diablo (2 Tim. 2:25-26) y están atesorando para sí ira para el día de ira (Rom. 2:4-5).

“Si, por lo tanto, los pecadores han de tomar el camino más sabio a fin de ser más aptos para el uso de los medios de gracia, tienen que procurar seguir los designios de Dios y las influencias del Espíritu, y esforzarse por ver y sentir su estado pecaminoso, culpable y perdido. Para este fin tienen que renunciar a las malas compañías, desistir de sus pasatiempos desmedidamente mundanos, abandonar todo lo que tiende a mantenerlos en pecado y que apaga las acciones del Espíritu, y hacia estos fines tienen que leer, meditar y orar; comparándose con la Ley santa de Dios, tratando de verse a sí mismos como Dios los ve, y emitirse el mismo juicio que él les emite, a fin de estar capacitados para aprobar de la Ley y admirar la gracia del evangelio, de juzgarse a sí mismos y apelar humildemente a la gracia de Dios a través de Jesucristo para todas las cosas, y por medio de él, volver a Dios”

Un resumen de lo antedicho puede ser provechoso para algunos: 1. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, y ningún predicador merece ser considerado siervo de Cristo si guarda silencio sobre el tema (Luc. 24:47). 2. El arrepentimiento es requerido por Dios en esta dispensación (Hch. 17:30) al igual que en todas las anteriores. 3. El arrepentimiento de ninguna manera constituye un mérito, no obstante, sin él no se puede creer para salvación (Mat. 21:32; Mar. 1:15). 4. El arrepentimiento es una comprensión dada por el Espíritu de lo extremadamente grave del pecado y de ponerse del lado de Dios y en contra de sí mismo. 5. El arrepentimiento presupone una aprobación total de la Ley de Dios y un consentimiento pleno de sus requerimientos justos, los cuales se resumen todos en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” 6. El arrepentimiento va acompañado de un auténtico aborrecimiento y dolor por el pecado. 7. El arrepentimiento se evidencia por la renuncia al pecado. 8. El arrepentimiento se reconoce por su permanencia, tiene que haber un rechazo continuo del pecado y dolor por él cada vez que uno cae. 9. El arrepentimiento, aunque permanente, nunca es completo ni perfecto en esta vida. 10. El arrepentimiento debe buscarse como un don de Cristo (Hch. 5:31).

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepetimiento 2

Confesión de pecado. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Prov. 28:13). Es “segunda naturaleza” del pecador negar sus pecados, directa o indirectamente, restarles importancia o excusarlos. Eso hicieron Adán y Eva en el principio. Pero cuando el Espíritu Santo obra en un alma, sus pecados son expuestos a la luz, y él, a su vez, los reconoce ante
Dios. No hay alivio para el corazón quebrantado hasta que lo hace: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). Reconocer francamente y con corazón contrito nuestros pecados es imperativo si hemos de mantener en paz nuestra conciencia. Este es el cambio de actitud que Dios requiere.

Dejar definitivamente el pecado. “Seguramente no habrá nadie aquí tan aturdido por el láudano1 de una indiferencia infernal como para imaginar que puede deleitarse en sus lascivias y después usar las vestiduras blancas de los redimidos en el Paraíso. Si se imaginan ustedes que pueden ser partícipes de la sangre de Cristo, y a la vez beber de la
copa de Belial; si se imaginan que pueden ser miembros de Satanás y a la vez miembros de Cristo, tienen menos inteligencia de la que parecen tener. No, ustedes saben que la mano derecha tiene que ser amputada y el ojo derecho arrancado —que tienen que renunciar a los pecados más queridos— si van a entrar en el reino de Dios” (de Spurgeon sobre Lucas 12:24).

El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para presentar diferentes fases del arrepentimiento. Primero, metanoeo, que significa “un cambio en la manera de pensar” (Mat. 3:2; Mar. 1:15, etc.). Segundo, metanolomai, que significa “un cambio en la manera de sentir” (Mat. 21:29, 32; Heb. 7:21). Tercero, metanoia, que significa “un cambio en la manera
de vivir” (Mat. 3:8; 9:13; Hch. 20:21). Tienen que darse los tres para que haya un arrepentimiento auténtico. Muchos experimentan un cambio en su manera de pensar: son educados y saben la diferencia entre el bien y el mal, pero siguen desobedeciendo a Dios. Algunos hasta se sienten inquietos o les remuerde la conciencia, pero siguen en pecado. Algunos se reforman, pero no por amor a Dios y aborrecimiento por el pecado. Tienen que darse los tres. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). El que no lo anhela de todo corazón y deja, cada vez más, sus malos caminos en su diario vivir, no se ha arrepentido. Si yo realmente aborrezco el pecado y me duelo por él, ¿acaso no lo abandonaré? ¡Fíjese cuidadosamente en la frase “en otro tiempo” de Efesios 2:2 y el “éramos” de Tito 3:3! “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia” (Isa. 55:7). Este es el cambio en la manera de vivir que Dios requiere.

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepentimiento

CON el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze. 14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el
efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.

“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios…, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado
contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que “aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures?


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 2

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

_____________________________________________________________

A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 1

Fue “por la fe” que Sara “recibió fuerza” y fue también por la fe que después “dio a luz” a un hijo. Lo que aquí se sugiere es la constancia y perseverancia de su fe. No hubo aborto, ni natural ni provocado; ella confió en Dios hasta el fin. Esto nos trae a un tema del que poco se escribe en estos días: El deber y privilegio de la mujer cristiana de contar con Dios para tener un resultado seguro en el trance más difícil y crítico de su vida. La fe no es para ser practicada sólo en los actos de adoración, sino también en las ocupaciones comunes de nuestras actividades diarias. Hemos de comer y beber por fe, trabajar y dormir por fe; y la esposa cristiana debe traer al mundo a su hijo por fe. El peligro es grande y si hay un caso extremo que necesite fe, mucho más donde la vida misma está involucrada. Trataré de condensar algunos comentarios provechosos del puritano Manton.

Primero, tenemos que ser sensibles a qué necesidad tenemos de poner en práctica la fe en este caso, para que no corramos al peligro con los ojos vendados; y si escapamos, que no pensemos que fue por pura casualidad. Raquel murió en esta condición, igualmente la esposa de Finees (1 S. 4:19-20); existe un gran peligro, entonces hay que ser conscientes de ello. Cuánta más dificultad y peligro haya, más oportunidad hay para demostrar fe (cf. 2 Cr. 20:12; 2 Co. 1:9). Segundo, porque los dolores de parto son un monumento al odio de Dios por el pecado (Gn. 3:16), con más razón hay que procurar con mayor fervor un interés en Cristo, a fin de contar con el remedio contra el pecado. Tercero, meditar en la promesa de 1 Timoteo 2:15, que se cumple eterna o temporalmente según Dios quiera. Cuarto, le fe que uno debe practicar tiene que glorificar su poder y someterse a su voluntad. Lo siguiente expresa el tipo de fe que es correcto para todos los favores temporales: “Señor, si tú quieres, puedes salvarme”; esto es suficiente para librar al corazón de mucha tribulación y temor desconcertante.

“Y dio a luz”. Como hemos destacado en el párrafo anterior, esta cláusula fue agregada para mostrar la fe continua de Sara y la bendición de Dios sobre ella. La fe auténtica, no sólo se apropia de su promesa, sino que sigue confiando en la misma hasta que aquello que cree, de hecho, se convierte en realidad. El principio de esto está enunciado en Hebreos 3:14 y Hebreos 10:36. “Retengamos firme”, “hasta el fin nuestra confianza del principio”. Es en este punto que muchos fracasan. Se esfuerzan por apropiarse de una promesa divina, pero durante el periodo de prueba, la pierden. Por eso es que Cristo dijo en Mateo 21:21: “si tuviereis fe, y no dudareis”, etc. “no dudareis”, no sólo en el momento de reclamar la promesa, sino durante el tiempo en que se espera su cumplimiento. Por eso también a “Fíate de Jehová de todo tu corazón”, se le agrega “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr. 3:5).

“Aun fuera del tiempo de la edad”. Esta cláusula es agregada para enfatizar el milagro que Dios, en su gracia, realizó en respuesta a la fe de Sara. Ensalza la gloria de su poder. Fue escrita para alentarnos. Nos muestra que ninguna dificultad ni obstáculo debe causar que dejemos de creer en la promesa. Dios no se circunscribe al orden de la naturaleza, ni está limitado por ninguna causa secundaria. Revoluciona la naturaleza antes que faltar a su palabra. Hizo brotar agua de una roca que el hierro flotara (2 R. 6:6) y sustentó a un pueblo de dos millones en un desierto inhóspito. Estas cosas debieran motivar al cristiano a esperar en Dios con una seguridad plena, aun en las peores emergencias. Efectivamente, entre más difíciles sean los obstáculos que enfrentamos, más debiera aumentar nuestra fe. El corazón confiado dice: “Es esta una ocasión apropiada para tener fe; ahora que todas las corrientes humanas se han agotado tengo una oportunidad magnífica para contar con que Dios mostrará su fuerza por mí. ¡Qué hay que él no [pueda] hacer! Hizo que una mujer de noventa años tuviera un hijo –algo muy contrario a la naturaleza— por lo que puedo esperar con seguridad que él hará maravillas también por mí”.

Continuará …

Tomado de Studies in the Scriptures.

_____________________________________________________________

A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Pensamientos de A.W. Pink

El escritor ha conocido a muchas personas que profesan ser cristianas, pero cuya vida diaria no se diferencia en nada de los miles de no profesantes que los rodean. Rara vez, por no decir ninguna, se les encuentra en la reunión de oración, no tienen adoración familiar, pocas veces leen las Escrituras, no hablan con nadie de las cosas de Dios, su caminar es absolutamente mundano y ¡a pesar de todo, están bastante seguros de que irán al cielo! Investiga en el campo de su confianza y te dirán que hace mucho tiempo aceptaron a Cristo como su Salvador y que ahora su consuelo es que “una vez salvo, siempre salvo”. Existen miles de personas como estas en la tierra hoy que, a pesar de
ello, se encuentran en la senda ancha que lleva a destrucción, caminando por ella con una paz falsa en sus corazones y una profesión vana en sus labios. — A. W. Pink

Arthur Walkington Pink (Nottingham, Inglaterra 1 de abril de 1886 – Stornoway, 15 de julio de 1952) fue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Por ejemplo, llamaba al Dispensacionalismo “un error moderno y pernicioso”. Como suscriptores de su revista mensual Estudio sobre las Escrituras estaban Martyn Lloyd-Jones y el Dr. Douglas Johnson, primer director general del InterVarsity.

Una oportunidad única de testificar al mundo

Blog140

El Apóstol nos recuerda que en las épocas de apostasía, en las épocas de gran impiedad e irreligiosidad, cuando los fundamentos mismos tiemblan, una de las manifestaciones más destacadas de desorden es ser “desobedientes a los padres” (2 Tim. 3:2)… ¿Cuándo aprenderán las autoridades civiles de que existe una conexión indisoluble entre la impiedad y la falta de moralidad y de conducta decente?… La tragedia es que las autoridades civiles—sea cual fuere el partido político que esté en el poder—parecen estar todas gobernadas por la sicología moderna en lugar de las Escrituras. Todos están convencidos que pueden solucionar directamente y solos la falta de justicia y de rectitud. Pero eso es imposible.

La falta de justicia y rectitud es siempre el resultado de la impiedad, y la única esperanza de volver a tener alguna medida de justicia y rectitud en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que les está diciendo el Apóstol a los efesios y nos está diciendo a nosotros (Ef. 6:1-4). Los mejores y más morales periodos en la historia de este país, y de cualquier otro país, siempre han sido esos periodos después de poderosos avivamientos religiosos. Este problema de anarquismo y falta de disciplina, el problema de niños y jóvenes, no existía hace cincuenta años como existe ahora. ¿Por qué? Porque todavía operaba la gran tradición del Avivamiento Evangélico del Siglo XVIII. Pero como ya ha desaparecido, estos terribles problemas morales y sociales están volviendo, como nos enseña el Apóstol, y como siempre han vuelto a lo largo de los siglos.

Por lo tanto, las condiciones presentes demandan que observemos la declaración del Apóstol. Yo creo que los padres e hijos cristianos y las familias cristianas tienen una oportunidad única de testificar al mundo en la actualidad siendo simplemente distintos. Podemos ser verdaderos evangelistas al mostrar esta disciplina, esta ley y este orden, esta relación auténtica entre padres e hijos. Podríamos ser los medios, bajo la mano de Dios, de llevar a muchos al conocimiento de la Verdad. Por lo tanto, creamos que así es.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 al 6:9.

______________________________________

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

“Los padres deben pulir la naturaleza ruda de sus hijos con buenos modales.”
—Thomas Boston (1676-1732)

“Vivimos en una época que se caracteriza por su irreverencia, y, en consecuencia, el espíritu de anarquía, que no tolera ninguna clase de restricciones y que anhela librarse de todo lo que interfiere con la libertad de hacer lo que se le da la gana, envuelve velozmente a la tierra como una gigantesca marejada. Los de la nueva generación son los ofensores más flagrantes; y en la decadencia y desaparición de la autoridad paternal, tenemos el precursor seguro de la abolición de la autoridad cívica. Por lo tanto, en vista de la creciente falta de respeto por las leyes humanas y el no querer dar honra al que honra merece, no nos asombremos de que el reconocimiento de la majestad, la autoridad y la soberanía del Todopoderoso vaya desapareciendo cada vez más, y que las masas tengan cada vez menos paciencia con los que insisten en dar ese reconocimiento.”—A. W. Pink (1886-1952)

Culto familiar 2

blog118b

Un antiguo escritor bien dijo: “Una familia sin oración es como una casa sin techo, abierta y expuesta a todas las tormentas del cielo”. Todas nuestras comodidades domésticas y las misericordias temporales que tenemos proceden del amor y la bondad del Señor, y lo mejor que podemos hacer para corresponderle es reconocer con agradecimiento, juntos, su bondad para con nosotros como familia. Las excusas para no cumplir este sagrado deber son inútiles y carecen de valor. ¿De qué nos valdrá decir, cuando rindamos cuentas ante Dios por la mayordomía de nuestra familia, que no
teníamos tiempo ya que trabajábamos sin parar desde la mañana hasta la noche? Cuanto más urgentes son nuestros deberes temporales, más grande es nuestra necesidad de buscar socorro espiritual. Tampoco sirve que el cristiano alegue que no es competente para realizar semejante tarea: Los dones y talentos se desarrollan con el uso y no con descuidarlos.

El culto familiar debe realizarse reverente, sincera y sencillamente. Es entonces que los pequeños recibirán sus primeras impresiones y formarán sus primeros conceptos del Señor Dios. Debe tenerse sumo cuidado a fin de no darles una idea falsa de la Persona Divina. Con este fin, debe mantenerse un equilibrio entre comunicar su trascendencia y su inmanencia, su santidad y su misericordia, su poder y su ternura, su justicia y su gracia. La adoración debe empezar con unas pocas palabras de oración invocando la presencia y bendición de Dios. Debe seguirle un corto pasaje de su Palabra, con breves comentarios sobre el mismo. Pueden cantarse dos o tres estrofas de un salmo y luego concluir con una oración en que se encomienda a la familia a las manos de Dios. Aunque no podamos orar con elocuencia, hemos de hacerlo de todo corazón. Las oraciones que prevalecen son generalmente breves. Cuídese de no cansar a los pequeñitos.

Los beneficios y las bendiciones del culto familiar son incalculables. Primero, el culto familiar evita muchos pecados. Maravilla el alma, comunica un sentido de la majestad y autoridad de Dios, presenta verdades solemnes a la mente, brinda beneficios de Dios sobre el hogar. La devoción personal en el hogar es un medio muy influyente, bajo Dios, para comunicar devoción a los pequeños. Los niños son mayormente criaturas que imitan, a quienes les encanta copiar lo que ven en los demás. “El estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos, para que lo sepa la generación venidera, los hijos que nacerán, y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos. A fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos” (Sal. 78:5-7). ¿Cuánto de la terrible condición moral y espiritual de las masas en la actualidad puede adjudicarse al descuido de este deber por parte de los padres de familia? ¿Cómo pueden los que descuidan la adoración a Dios en su familia pretender hallar paz y bienestar en el seno de su hogar? La oración cotidiana en el hogar es un medio bendito de gracia para disipar esas pasiones dolorosas a las cuales está sujeta nuestra naturaleza común. Por último, la oración familiar nos premia con la presencia y la bendición del Señor. Contamos con una promesa de su presencia que se aplica muy apropiadamente a este deber:

Vea Mateo 18:19, 20. Muchos han descubierto en el culto familiar aquella ayuda y comunión con Dios que anhelaban y que no habían logrado en la oración privada.
_______________________
A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Culto familiar 1

Blog118

Existen algunas ordenanzas exteriores y medios de gracia exteriores claramente implícitos en la Palabra de Dios, pero en la práctica tenemos pocos, si acaso algunos, preceptos claros y positivos; más bien nos limitamos a recogerlos del ejemplo de hombres santos y de diversas circunstancias secundarias. Se logra un fin importante por este medio y es así cómo se prueba el estado de nuestro corazón. Sirve para hacer evidente si los cristianos descuidan un deber claramente implícito por el hecho de no poder cumplirlo. Así, se descubre más del verdadero estado de nuestra mente y se hace manifiesto si tenemos o no, un amor ardiente por Dios y por servirle. Esto se aplica tanto a la adoración pública como a la familiar. No obstante, no es difícil dar pruebas de la obligación de ser devotos en el hogar.

Considere primero el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles y el amigo de Dios. Fue por su devoción a Dios en su hogar que recibió la bendición de: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Gén. 18:19). El patriarca es elogiado aquí por instruir a sus hijos y siervos en el más importante de los deberes, “el Camino del Señor”; la verdad acerca de su gloriosa persona, su derecho indiscutible sobre nosotros, lo que requiere de nosotros. Note bien las palabras “que mandará”, es decir que usaría la autoridad que Dios le había dado como padre y cabeza de su hogar para hacer cumplir en él, los deberes relacionados con la devoción a Dios. Abraham también oraba a la vez que enseñaba a su familia: Dondequiera que levantaba su tienda, edificaba “allí un altar a Jehová” (Gén. 12:7; 13:4). Ahora bien, mis lectores, preguntémonos: ¿Somos “linaje de Abraham” (Gál. 3:29) si no em>“hacéis las obras de Abraham” (Juan 8:39) y descuidamos el serio deber del culto familiar? El ejemplo de otros hombres santos es similar al de Abraham. Considere la devoción que refleja la determinación de Josué quien declaró a Israel: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). No dejó que la posición exaltada que ocupaba ni las obligaciones públicas que lo presionaban, lo distrajeran de procurar el bienestar de su familia. También, cuando David llevó el arca de Dios a Jerusalén con gozo y gratitud, después de cumplir sus obligaciones públicas, “volvió para bendecir su casa” (2 Sam. 6:20). Además de estos importantes ejemplos, podemos citar los casos de Job (1:5) y Daniel (6:10). Limitándonos a sólo uno en el Nuevo Testamento pensamos en la historia de Timoteo, quien se crió en un hogar piadoso. Pablo le hizo recordar la “fe no fingida” que había en él y agregó: “…la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice,…”. ¡Con razón pudo decir enseguida: “…desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras” (2 Tim. 3:15)!

Por otra parte, podemos observar las terribles amenazas pronunciadas contra los que descuidan este deber. Nos preguntamos cuántos de nuestros lectores han reflexionado seriamente sobre estas palabras impresionantes: “¡Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu Nombre!” (Jer. 10:25). Qué tremendamente serio es saber que las familias que no oran son consideradas aquí iguales a los paganos que no conocen al Señor. ¿Esto nos sorprende? Pues, hay muchas familias paganas que se juntan para adorar a sus dioses falsos. ¿Y no es esto causa de vergüenza para los cristianos profesos? Observe también que Jeremías 10:25 registra imprecaciones terribles sobre ambas clases por igual: “Derrama tu enojo sobre…”. Con cuánta claridad nos hablan estas palabras. No basta que oremos como individuos privadamente en nuestra cámara; se requiere que también honremos a Dios. Dos veces cada día como mínimo, –de mañana y de noche— toda la familia debe reunirse para arrodillarse ante el Señor —padres e hijos, amo y siervo— para confesar sus pecados, para agradecer las misericordias de Dios, para buscar su ayuda y su bendición. No debemos dejar que nada interfiera con este deber: Todos los demás quehaceres domésticos deben supeditarse a él. La cabeza del hogar es el que debe dirigir el momento devocional, pero si está ausente o gravemente enfermo, o es inconverso, entonces la esposa tomará su lugar. Bajo ningún concepto ha de omitirse el culto familiar. Si queremos disfrutar de las bendiciones de Dios sobre nuestra familia, entonces reúnanse sus integrantes diariamente para alabar y orar al Señor. “Honraré a los que me honren” es su promesa.

Continuará …

_______________________
A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures  y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 4

Blog101D

Ahora, destaquemos para beneficio de los lectores jóvenes algunas de las características por las cuales se puede identificar una pareja consagrada e idónea.

Primero, la reputación: un hombre bueno por lo general tiene un buen nombre (Prov. 22:1). Nadie puede acusarlo de pecados patentes.

Segundo, el semblante: nuestro aspecto revela nuestro carácter, y es por eso que las Escrituras hablan de “miradas orgullosas” y “miradas lascivas”, “La apariencia de sus rostros testifica contra ellos” (Isa. 3:9).

Tercero, lo que dice: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). “El corazón del sabio hace prudente su boca, y añade gracia a sus labios” (Prov. 16:23). “Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26).

Cuarto, la ropa: la mujer modesta se conoce por la modestia de su ropa. Si la ropa es vulgar o llamativa, el corazón es vanidoso. Quinto, la gente con quien anda: Dios los cría y ellos se juntan: se puede conocer a una persona por las personas con quien se asocia.

Quizá no vendría mal una advertencia. No importa con cuánto cuidado y oración uno elige su pareja, su matrimonio nunca será perfecto. No que Dios no la haya hecho perfecto, sino que, desde entonces el hombre ha caído, y la caída ha estropeado todo. Puede ser que la manzana siga siendo dulce, pero tiene un gusano adentro. La rosa no ha perdido su fragancia, pero tiene espinas. Queramos o no, en todas partes leemos de la ruina que causa el pecado. Entonces no soñemos de esa persona perfecta que una imaginación enferma inventa y que los novelistas describen. Aun los hombres y mujeres más consagrados tienen sus fallas, y aunque son fáciles de sobrellevar cuando existe un amor auténtico, de igual manera hay que sobrellevarlas.

Agreguemos algunos comentarios breves sobre la vida familiar de la pareja casada. Obtendrás luz y ayuda aquí si tienes en cuenta que el matrimonio es usado como un ejemplo de la relación entre Cristo y su iglesia. Esto, pues, incluye tres cosas.

Primero, la actitud y las acciones del esposo y la esposa tienen que ser reguladas por el amor. Ese es el vínculo que consolida la relación entre el Señor Jesús y su esposa; un amor santo, un amor sacrificado, un amor perdurable que nunca puede dejar de ser. No hay nada como el amor para hacer que todo marche bien en la vida diaria del hogar. El esposo tiene con su pareja la misma relación que el Redentor con el redimido, y de allí la exhortación: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia” (Ef. 5:25), con un amor fuerte y constante, buscando siempre el bien para ella, atendiendo sus necesidades, protegiéndola y manteniéndola, aceptando sus debilidades, “dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Ped. 3:7).

Segundo, el liderazgo del esposo. “El varón es la cabeza de la mujer” (1 Cor. 11:3). “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23). A menos que esta posición dada por Dios se observe, habrá confusión. El hogar tiene que tener un líder, y Dios ha encargado su dirección al esposo, haciéndolo responsable del orden en su administración. Se perderá mucho si el hombre cede el gobierno a su esposa. Pero esto no significa que la Biblia le da permiso para ser un tirano doméstico, tratando a su esposa como una sirvienta: su dominio debe ser llevado a cabo con amor hacia la que es su consorte. “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas” (1 Ped. 3:7). Busquen su compañía cuando haya acabado la labor del día…

Tercero, la sujeción de la esposa. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Ef. 5:22). Hay una sola excepción en la aplicación de esta regla: cuando el esposo manda lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios manda. “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 Ped. 3:5). ¡Ay, qué poca evidencia de este “adorno” espiritual hay en la actualidad! “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1 Ped. 3:6). La sujeción voluntaria y amorosa hacia el marido por respeto a la autoridad de Dios es lo que caracteriza a las hijas de Sara. Donde la esposa se niega a someterse a su esposo, es seguro que los hijos desobedecerán a sus padres ––quien siembra vientos, recoge tempestades…

De “Marriage – 13:4) en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de
Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La
soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y
muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más
adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 3

Blog101C.jpg

CONSIDEREMOS AHORA LA ELECCIÓN DE NUESTRA PAREJA.

Primero,  la persona seleccionada para ser nuestra pareja de por vida no puede ser unpariente cercano que la ley divina prohíbe (Lev. 18:6-17).

Segundo, el matrimonio debe ser entre cristianos. Desde el principio, Dios ordenó que “un pueblo que vive apartado, que no se cuente entre las naciones” (Núm. 23:9, NVI).La ley para Israel en relacióncon los cananeos era: “Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo” (Deut. 7:3 y ver Jos. 23:12). Con cuánta más razón entonces, requiere Dios la separación entre los que son su pueblo por un vínculo espiritual y celestial y los que solo tiene una relación carnal y terrenal con él. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Cor. 6:14)…

Hay solo dos familias en este mundo: los hijos de Dios y los hijos del diablo (1 Juan 3:10). Entonces, ¡si una hija de Dios se casa con un hijo del maligno, ella pasa a ser la nuera de Satanás! ¡Si un hijo de Dios se casa con una hija de Satanás, se convierte en el yerno del diablo! Con este paso tan infame, se forma una afinidad entre uno que pertenece el Altísimo y uno que pertenece a su archienemigo. “¡Lenguaje extraño!” Sí, pero no demasiado fuerte. ¡Ay la deshonra que tal unión le hace a Cristo! ¡Ay la cosecha amarga de tal siembra! En cada caso, es el pobre creyente el que sufre… Como sufriría un atleta que se amarra a una roca pesada y después espera ganar una carrera, así sufriría el que quiere progresar espiritualmente después de casarse con alguien del mundo.

Para el lector cristiano que contempla la perspectiva de comprometerse para casarse, la primera pregunta para hacer ante la presencia del Señor tiene que ser: ¿Será esta unión con un inconverso? Porque si tiene usted realmente conciencia de la diferencia inmensa que Dios, en su gracia, ha establecido en su corazón y su alma y aquellos que ––aunque atractivos físicamente–– permanecen en sus pecados, no tendrá ninguna dificultad en rechazar cualquier sugerencia y propuesta de hacer causa común con ellos. Es usted “la justicia de Dios” en Cristo mientras que los no creyentes son “inicuos”. Usted es “luz en el Señor” mientras que ellos son tinieblas. Usted ha sido trasladado al reino del Hijo amado de Dios, mientras que todos los inconversos se encuentran bajo el poder de Belial. Usted es el hijo de paz, mientras que todos los inconversos son “hijos de ira”. Por lo tanto: “Apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Cor. 6:17).

El peligro de formar una alianza así aparece antes del matrimonio o aun antes del compromiso matrimonial, cosa que ningún creyente verdadero consideraría seriamente a menos que hubiera perdido la dulzura de la comunión con el Señor. Tiene que haber un apartarse de Cristo antes de poder disfrutar de la compañía de los que están enemistados con Dios, y cuyos intereses se limitan a este mundo. El hijo de Dios que está guardando su corazón con diligencia (Prov. 4:23) no disfrutará, no puede disfrutar de una amistad cercana con el no regenerado. Ay, con cuánta frecuencia es el buscar o aceptar una amistad cercana con no creyentes el primer paso que lleva a apartarse de Cristo. El sendero que el cristiano está llamado a tomar es realmente uno angosto, pero si intenta ampliarlo o dejarlo por un camino más ancho, lo hará violando la Palabra de Dios y para su propio e irreparable perjuicio.

Tercero,casarse… con tal que sea en el Señor” (1 Cor. 7:39) va mucho más allá que prohibir casarse con un no creyente. Aun entre los hijos de Dios hay muchos que no serían compatibles. Una cara linda es atractiva, pero oh cuán vano es basar en algo tan insignificante aquello que es tan serio. Los bienes materiales y la posición social tienen su valor, pero qué vil y degradante es dejar que controlen una decisión tan seria. ¡Oh, cuánto cuidado y oración necesitamos para regular nuestros sentimientos! ¿Quién entiende cabalmente el temperamento que coincidirá con el mío, que podrá soportar pacientemente mis faltas, corregir mis tendencias y ser realmente una ayuda en mi anhelo de vivir para Cristo en este mundo? ¡Cuántos hacen una magnífica impresión al principio, pero terminan siendo un desastre! ¿Quién sino Dios mi Padre puede protegerme de las muchas maldades que acosan al desprevenido?

“La mujer virtuosa es corona de su marido” (Prov. 12:4). Una esposa consagrada y competente es lo más valioso de todas las bendiciones temporales de Dios; ella es el favor especial de su gracia. “La esposa inteligente es un don del Señor” (Prov. 19:14, NVI) y el Señor requiere que busquemos definitiva y diligentemente una así (ver Gén. 24:12). No basta que tengamos la aprobación de amigos de confianza y de nuestros padres, por más valioso y necesario que esto sea (generalmente) para nuestra felicidad, porque por más
interesados que estén por nuestro bienestar, su sabiduría no es suficiente. Aquel que estableció la ordenanza tiene que ser nuestra prioridad si esperamos contar con su bendición sobre nuestro matrimonio. Ahora bien, la oración nunca puede tomar el lugar del cumplimiento de nuestras responsabilidades; el Señor requiere que seamos cuidadosos y discretos y que nunca actuemos apurados y sin reflexionar…

El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Prov. 18:22). “Halla” implica una búsqueda. A fin de guiarnos en esto, el Espíritu Santo nos ha dado dos reglas o calificaciones. Primero, consagración, porque nuestra pareja tiene que ser como la esposa de Cristo, pura y santa. Segundo, adecuada, una “ayuda idónea para él” (Gén. 2:18), que muestra que una esposa no puede ser una “ayuda” a menos que sea “idónea”, y para ello tiene que tener mucho en común con su pareja. Si el esposo es un obrero, sería una locura que escogiera una mujer perezosa; si es un hombre erudito, una mujer sin conocimientos sería muy inadecuada. La Biblia llama “yugo” al matrimonio, y los dos no pueden tirar parejo si todo el peso cae sobre uno solo, como el caso de que alguien débil y enfermizo fuera la pareja escogida.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 2

Blog101B

Así como Dios el Padre honró la institución del matrimonio, también lo hizo Dios el Hijo.

Primero: por haber “nacido de mujer”(Gál. 4:4). Segundo: por sus milagros, porque su primera señal sobrenatural fue en la boda en Caná de Galilea (Juan 2:8), donde transformó el agua en vino, sugiriendo que si Cristo está presente en la boda de usted (es decir, si se “casa en el Señor”) su vida será gozosa o bendecida.

Tercero: por sus parábolas, porque comparó el reino de Dios con un matrimonio (Mat. 22:2) y la santidad con un “vestido de boda” (Mat. 22:11). Lo mismo hizo en sus enseñanzas. Cuando los fariseos trataron de tenderle una trampa con el tema del divorcio, dio su aprobación oficial al orden original, agregando “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mat. 19:4-6).
La institución del matrimonio también ha sido honrada por el Espíritu Santo: Porque la usó como un ejemplo de la unión que existe entre Cristo y la iglesia: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.

Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:31-32). La Biblia compara repetidamente la relación entre el Redentor y el redimido con la que existe entre un hombre y una mujer casados: Cristo es el “Esposo” (Isa. 54:5), la iglesia es la “esposa” (Apoc. 21:9). “Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo” (Jer. 3:14). Así que cada persona de la bendita Trinidad ha puesto su sello de aprobación sobre el estado matrimonial.

No hay duda de que en el matrimonio verdadero, cada parte ayuda de igual manera a la otra, y en vista de lo que he señalado anteriormente, cualquiera que se atreve a creer o enseñar otra doctrina o filosofía lo hace en contra del Altísimo. No es que esto establezca la regla absoluta de que todos los hombres y todas las mujeres están obligados a contraer matrimonio: puede haber buenas y sabias razones para vivir solos y motivos adecuados para quedarse solteros física y moralmente, doméstica y socialmente. No obstante, la soltería debe ser considerada… la excepción en lugar de lo ideal. Cualquier enseñanza que lleve a los hombres y a las mujeres a pensar en el matrimonio como una esclavitud y el sacrificio de toda independencia o que considera que ser esposa y ser madre es algo desagradable que interfiere con el destino más importante de la mujer, cualquier sentimiento público que sugiere el celibato como algo más deseable y honroso o que sustituye cualquier otra cosa por el matrimonio y el hogar, no solo contradice la ordenanza de Dios sino que abre la puerta a crímenes indescriptibles y amenaza el fundamento mismo de la sociedad.

ES LÓGICO PENSAR QUE EL ESTABLECIMIENTO DEL MATRIMONIO TIENE QUE TENER SUS RAZONES.

Las Escrituras dan tres:
Primero, procrear hijos: Este es el propósito obvio y normal. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén 1:27), no ambos hombres o ambos mujeres, sino una hombre y una mujer. Para que esto fuera claro y no diera pie a equivocaciones, Dios dijo: “Fructificad y multiplicaos” (1:28). Por esta razón, a esta unión se la llama “matrimonio” lo cual significa maternidad, porque es el resultado de que vírgenes lleguen a ser madres. Por lo tanto, es preferible contraer matrimonio en la juventud, antes de haber pasado la flor de la vida: dos veces leemos en las Escrituras acerca de “la mujer de tu juventud” (Prov. 5:18; Mal. 2:15). Hemos destacado que tener los hijos es una finalidad “normal” del matrimonio; no obstante, hay momentos especiales que causan una “angustia” aguda como la que indica 1 Corintios 7:29.

Segundo, el matrimonio fue concebido como una prevención contra la inmoralidad: “Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido” (1 Cor 7:2). Si alguno fuera exento, se supone que serían los reyes a fin de evitar que no tuvieran un sucesor al trono por la infertilidad de su esposa; no obstante, al rey se le prohíbe tener más de una esposa (Deut. 17:17), demostrando que el hecho de poner en peligro la monarquía no es suficiente razón para justificar el pecado del
adulterio. Por esta razón, a la prostituta se la llama “mujer extraña” (Prov. 2:16), mostrando que debiera ser una extraña para nosotros; y a los niños nacidos fuera del matrimonio, se los llama “bastardos” los cuales bajo la Ley eran excluidos de la congregación del Señor (Deut. 23:2).

El tercer propósito del matrimonio es evitar la soledad: Esto es lo que quiere decir “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18), como si el Señor estuviera diciendo: “Esta vida sería tediosa e infeliz si al hombre no se le diera una compañera”. “¡Ay del solo! Que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Ecl. 4:10). Alguien ha dicho: “Como una tortuga que ha perdido su pareja, como una pierna cuando amputaron la otra, como un ala cuando la otra ha sido cortada, así hubiera sido el hombre si Dios no le hubiera dado una mujer”. Por lo tanto, Dios unió al hombre y a la mujer para compañía y bienestar mutuo, de modo que los cuidados y temores de esta vida fueran mitigados por el optimismo y la ayuda de su pareja.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios

 Blog66

LA INFIDELIDAD es uno de los pecados más preponderantes en esta época impía en que vivimos. En el mundo de los negocios, dar la palabra de uno, con muy raras excepciones, ya no es algo en que se puede confiar. En el mundo social, la infidelidad matrimonial abunda por todas partes, los vínculos sagrados del matrimonio se rompen con la misma facilidad que se descarta una vieja prenda de vestir. En el terreno eclesiástico, miles que han prometido solemnemente predicar la verdad no tienen ningún escrúpulo en atacarla y negarla. Ni puede el lector o el escritor declararse completamente inmune a este terrible pecado: ¡De cuántas maneras hemos sido infieles a Cristo y a la luz y los privilegios que Dios nos confió! Qué refrescante, entonces, que bendición indescriptible es levantar nuestra vista de esta escena de ruina, y contemplar a Aquél que es fiel, fiel en todas las cosas, fiel en todas las épocas.

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9). Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella él no puede ser Dios. Que Dios fuera infiel sería un acto contrario a su naturaleza, lo cual sería imposible: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13). La fidelidad es una de las perfecciones gloriosas de su ser. Él está cubierto de ella; “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). De la misma manera, cuando Dios se encarnó fue dicho: “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor
de sus riñones” (Isa. 11:5).  Qué palabra es la de Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu
misericordia; tu verdad hasta las nubes.” Mucho más allá de toda la comprensión finita se encuentra la fidelidad inmutable de Dios. Todo lo que se refiere a Dios es grande, vasto, incomparable. Él nunca olvida, nunca falla, nunca tambalea, nunca es infiel a su palabra. El  Señor se ha ceñido exactamente a cada declaración de promesa o profecía, cumplirá cada pacto o amenaza porque “Dios no es hombre,  para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por lo tanto, el creyente exclama: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22, 23).

Versiculo 31

En las Escrituras abundan las ilustraciones de la fidelidad de Dios.  Hace más de cuatro mil años dijo: “Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno,  y día y noche, no cesarán” (Gén. 8:22). Cada año que llega brinda un nuevo testimonio del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios. En Génesis 15 encontramos que Jehová le declaró a Abraham: “Tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá á los de allí,… Y en la cuarta generación volverán acá” (vv. 13-16). Los siglos pasaron sin pausa. Los descendientes de Abraham se quejaban en medio de los hornos de ladrillos de Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? Por cierto que no. Lea Éxodo 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos  de Jehová de la tierra de Egipto.” Por medio de Isaías el Señor declaró: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su  nombre Emmanuel” (7:14). Nuevamente pasaron siglos, pero “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4).

Dios es verdad. Su Palabra de promesa es segura. Dios es fiel en todas sus relaciones con su pueblo. Se puede confiar plenamente en él. Hasta ahora, nadie ha confiado en él en vano. Encontramos esta valiosa verdad expresada casi en todas partes en las Escrituras,
porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial  del carácter divino. Esta es la base de nuestra confianza en él. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y muy otra actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado muchas “preciosas y grandísimas promesas”, pero, ¿realmente esperamos que las cumpla? ¿Estamos realmente esperando que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Nos apoyamos en la seguridad implícita de estas palabras: “Fiel es el que prometió” (Heb. 10:23)?

Hay temporadas en la vida de todos cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel. Nuestra fe es puesta muy a prueba, nuestros ojos están llenos de lágrimas, y ya no podemos distinguir la obra de su amor. Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateísticos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de su quieta y apacible voz. Planes anhelados se han desmoronado, amigos en quienes confiábamos nos han fallado, alguno que profesaba ser hermano o hermana en Cristo nos ha traicionado. Estamos estupefactos.
Quisimos ser fieles a Dios, y ahora una nube tenebrosa lo esconde de nuestra vista. Nos resulta difícil, sí, hasta imposible por razones La fidelidad de Dios, carnales, armonizar su providencia severa con sus promesas llenas de su gracia. Ah, alma que flaquea, compañero peregrino que ha sido probado duramente, busque la gracia para atender lo que dice Isaías 50:10: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de
su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios ” Cuando se sienta tentado a dudar de la fidelidad de Dios, clame:
“Retírate, Satanás.” Aunque no pueda armonizar los tratos misteriosos de Dios con las declaraciones de su amor, espere en él hasta recibir más luz. En el momento propicio se lo hará ver con claridad. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás
después” (Juan 13:7). Lo que luego vendrá demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a su hijo. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio:
bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “No juzgues al Señor con la debilidad de los sentidos”.  En cambio, confía en que te hará objeto de su gracia,
Detrás de una providencia que frunce el ceño  Se esconde un rostro que sonríe.

A.W.Pink 3.jpg

Santos que teméis, armaos de nueva valentía, Los nubarrones que tanto os aterrorizan,
Están repletos de misericordias, e irrumpirán Derramando bendiciones sobre vuestras cabezas.”  “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 119:138). Dios no sólo nos ha dicho lo mejor, no ha reprimido lo peor. Ha descrito fielmente la ruina que la Caída ha producido. Ha diagnosticado fielmente el terrible estado que el pecado ha  producido. Ha dado a conocer fielmente su inveterado odio por el mal, y que debe castigarlo. Nos ha advertido fielmente de que él es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su Palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en cumplir sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en cumplir sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel es un ejemplo de esta realidad solemne. Así fue que individuos como Faraón, Korah, Achan y muchos otros son prueba de ello. Y lo mismo sucederá con usted, mi lector: a menos que haya huido o huya hacia Cristo en busca de
refugio, el Lago de Fuego que arde eternamente será su porción cierta y segura. Dios es fiel. Dios es fiel en preservar a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo…” (1 Cor. 1:9). En el versículo anterior aparece la promesa de que Dios confirmará a su pueblo hasta el fin. La confianza del Apóstol en la seguridad absoluta del creyente  se basaba no en la fuerza de sus resoluciones o en su habilidad de
perseverar, sino en la veracidad de Aquél que no puede mentir. Dado que Dios ha prometido a su Hijo un pueblo determinado como su herencia, librarlos del pecado y la condenación, y hacerlos partícipes de la vida eterna en gloria, ciertamente no dejará que ninguno de ellos perezca.

Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. Es fiel en lo que retiene, tanto como en lo que da. Es fiel en enviar dolor tanto como en dar gozo. La fidelidad de Dios es una verdad que hemos de confesar no sólo cuando vivimos tranquilos sino también cuando estamos
sufriendo bajo la más aguda reprensión. Tampoco debe ser esta confesión meramente de nuestros labios, sino también de nuestros corazones. Cuando Dios nos golpea con la vara del castigo, su fidelidad es la mano que la sostiene. Reconocer esto significa que nos
humillamos ante él, admitimos que merecemos plenamente su corrección y, en lugar de murmurar, se la agradecemos. Dios nunca aflige sin tener una razón. “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Cor. 11:30), dice Pablo, ilustrando este
principio. Cuando su vara cae sobre nosotros, digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (9:7). “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). El sufrimiento y la aflicción no sólo coinciden con el amor de Dios prometido en el pacto eterno, sino que son partes del mismo. Dios no sólo es fiel en impedir aflicciones, sino fiel en enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, y ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32, 33). Disciplinar no sólo va de acuerdo con el amor y bondad de Dios, sino que es su efecto y expresión. Tranquilizaría mucho la mente del pueblo de Dios si recordaran que su amor de pacto lo obliga a ejercer sobre ellos una corrección apropiada. Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15).

A.W.Pink 2

Dios es fiel en glorificar a su pueblo. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1 Tes. 5:24). La referencia inmediata aquí es al hecho de que los santos serán “guardados… sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Dios no trata con nosotros en base a nuestros méritos (porque no tenemos ninguno), sino para que
su nombre sea glorificado. Dios es constante a sí mismo y a su propio La fidelidad de Dios propósito de gracia: “A los que llamó… a éstos también glorificó” (Rom. 8:30). Dios brinda una completa demostración de la constancia de su bondad eterna hacia sus elegidos llamándolos eficazmente de las tinieblas a su luz maravillosa, y esto debe darles la plena seguridad de la certidumbre de su continuidad. “El fundamento de Dios está firme” (2 Tim. 2:19). Pablo descansaba sobre la fidelidad de Dios cuando dijo: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito ara aquel día” (2 Tim. 1:12).

Apropiarnos de esta bendita verdad nos guardará de las preocupaciones. Estar llenos de cuidados, ver nuestra situación con oscura aprensión, anticipar el mañana con triste ansiedad, es una mal reflejo de la fidelidad de Dios. El que ha cuidado a su hijo a través de los años no lo abandonará en su vejez. El que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a suplir su necesidad en la emergencia del presente. Descanse en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”

Apropiarnos de esta bendita verdad detendrá nuestras murmuraciones. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y uno de los efectos de descansar en esta verdad será silenciar nuestra quejas petulantes. Honramos grandemente a Dios
cuando, pasando por pruebas y disciplinas, tenemos buenos pensamientos de él, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor justamente en sus reprimendas.

Apropiarnos de esta bendita verdad engendrará una confianza en Dios que va aumentando. “Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Criador, haciendo bien” (1 Ped. 4:19). Cuando confiadamente nos ponemos nosotros mismos y ponemos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, plenamente convencidos de su amor y fidelidad, nos sentiremos satisfechos con sus providencias y comprenderemos que “Él hace bien todas las cosas.”

 

_______________________
A. W. Pink (1886-1952): pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Siete cosas para considerar

pencil-918449_960_720

Primero, consideremos las causas y los medios de la salvación. Hay al menos siete cosas que coinciden con esta gran obra, pues todas ellas dicen, en algún pasaje u otro, que nos “salvan” .

La Salvación se atribuye al amor de Dios, a la expiación de Cristo y a las operaciones poderosas del Espíritu, a la instrumentación de la Palabra, a las labores del predicador, a la conversión del pecador, a las ordenanzas o sacramentos. El concepto de salvación que tienen en la actualidad los que profesan ser cristianos es tan superficial, tan estrecho, tan inadecuado. Por cierto, es tan grande la ignorancia que ahora prevalece que será mejor que ofrezcamos los versículos que prueban estas siete causas coincidentes, no sea que se nos acuse de errar en un tema tan vital.

La salvación se atribuye a Dios el Padre: “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo” (2 Tim. 1:9), a causa de su amor selectivo en Cristo.

Al Señor Jesús: “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21), a causa de sus méritos y cumplimiento.

Al Espíritu Santo: “quien nos salvó… por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5), a causa de su todopoderosa eficacia y sus operaciones.

A la instrumentación de la Palabra: “la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stga. 1:21), porque nos da a conocer la gracia por la que podemos ser salvos.

A las labores del predicador: “haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16), a causa de su subordinación a la Palabra de Dios.

A la conversión del pecador en el que ejercemos arrepentimiento y fe: “Sed salvos de esta perversa generación”, por el arrepentimiento del cual habla el versículo 38 (Hch.2:40). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” (Ef.2:8).

A las ordenanzas o sacramentos: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (1 Ped. 3:21), porque sella la gracia de Dios en el corazón que cree. El amor y la sabiduría de Dios constituyen la causa principal, la primera impulsora de todas las demás causas que contribuyen a nuestra salvación.

De “The Doctrine of Human Depravity).

A.W. Pink .