LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 4

Blog101D

Ahora, destaquemos para beneficio de los lectores jóvenes algunas de las características por las cuales se puede identificar una pareja consagrada e idónea.

Primero, la reputación: un hombre bueno por lo general tiene un buen nombre (Prov. 22:1). Nadie puede acusarlo de pecados patentes.

Segundo, el semblante: nuestro aspecto revela nuestro carácter, y es por eso que las Escrituras hablan de “miradas orgullosas” y “miradas lascivas”, “La apariencia de sus rostros testifica contra ellos” (Isa. 3:9).

Tercero, lo que dice: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). “El corazón del sabio hace prudente su boca, y añade gracia a sus labios” (Prov. 16:23). “Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26).

Cuarto, la ropa: la mujer modesta se conoce por la modestia de su ropa. Si la ropa es vulgar o llamativa, el corazón es vanidoso. Quinto, la gente con quien anda: Dios los cría y ellos se juntan: se puede conocer a una persona por las personas con quien se asocia.

Quizá no vendría mal una advertencia. No importa con cuánto cuidado y oración uno elige su pareja, su matrimonio nunca será perfecto. No que Dios no la haya hecho perfecto, sino que, desde entonces el hombre ha caído, y la caída ha estropeado todo. Puede ser que la manzana siga siendo dulce, pero tiene un gusano adentro. La rosa no ha perdido su fragancia, pero tiene espinas. Queramos o no, en todas partes leemos de la ruina que causa el pecado. Entonces no soñemos de esa persona perfecta que una imaginación enferma inventa y que los novelistas describen. Aun los hombres y mujeres más consagrados tienen sus fallas, y aunque son fáciles de sobrellevar cuando existe un amor auténtico, de igual manera hay que sobrellevarlas.

Agreguemos algunos comentarios breves sobre la vida familiar de la pareja casada. Obtendrás luz y ayuda aquí si tienes en cuenta que el matrimonio es usado como un ejemplo de la relación entre Cristo y su iglesia. Esto, pues, incluye tres cosas.

Primero, la actitud y las acciones del esposo y la esposa tienen que ser reguladas por el amor. Ese es el vínculo que consolida la relación entre el Señor Jesús y su esposa; un amor santo, un amor sacrificado, un amor perdurable que nunca puede dejar de ser. No hay nada como el amor para hacer que todo marche bien en la vida diaria del hogar. El esposo tiene con su pareja la misma relación que el Redentor con el redimido, y de allí la exhortación: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia” (Ef. 5:25), con un amor fuerte y constante, buscando siempre el bien para ella, atendiendo sus necesidades, protegiéndola y manteniéndola, aceptando sus debilidades, “dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Ped. 3:7).

Segundo, el liderazgo del esposo. “El varón es la cabeza de la mujer” (1 Cor. 11:3). “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23). A menos que esta posición dada por Dios se observe, habrá confusión. El hogar tiene que tener un líder, y Dios ha encargado su dirección al esposo, haciéndolo responsable del orden en su administración. Se perderá mucho si el hombre cede el gobierno a su esposa. Pero esto no significa que la Biblia le da permiso para ser un tirano doméstico, tratando a su esposa como una sirvienta: su dominio debe ser llevado a cabo con amor hacia la que es su consorte. “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas” (1 Ped. 3:7). Busquen su compañía cuando haya acabado la labor del día…

Tercero, la sujeción de la esposa. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Ef. 5:22). Hay una sola excepción en la aplicación de esta regla: cuando el esposo manda lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios manda. “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 Ped. 3:5). ¡Ay, qué poca evidencia de este “adorno” espiritual hay en la actualidad! “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1 Ped. 3:6). La sujeción voluntaria y amorosa hacia el marido por respeto a la autoridad de Dios es lo que caracteriza a las hijas de Sara. Donde la esposa se niega a someterse a su esposo, es seguro que los hijos desobedecerán a sus padres ––quien siembra vientos, recoge tempestades…

De “Marriage – 13:4) en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de
Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La
soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y
muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más
adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

Anuncios

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 3

Blog101C.jpg

CONSIDEREMOS AHORA LA ELECCIÓN DE NUESTRA PAREJA.

Primero,  la persona seleccionada para ser nuestra pareja de por vida no puede ser unpariente cercano que la ley divina prohíbe (Lev. 18:6-17).

Segundo, el matrimonio debe ser entre cristianos. Desde el principio, Dios ordenó que “un pueblo que vive apartado, que no se cuente entre las naciones” (Núm. 23:9, NVI).La ley para Israel en relacióncon los cananeos era: “Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo” (Deut. 7:3 y ver Jos. 23:12). Con cuánta más razón entonces, requiere Dios la separación entre los que son su pueblo por un vínculo espiritual y celestial y los que solo tiene una relación carnal y terrenal con él. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Cor. 6:14)…

Hay solo dos familias en este mundo: los hijos de Dios y los hijos del diablo (1 Juan 3:10). Entonces, ¡si una hija de Dios se casa con un hijo del maligno, ella pasa a ser la nuera de Satanás! ¡Si un hijo de Dios se casa con una hija de Satanás, se convierte en el yerno del diablo! Con este paso tan infame, se forma una afinidad entre uno que pertenece el Altísimo y uno que pertenece a su archienemigo. “¡Lenguaje extraño!” Sí, pero no demasiado fuerte. ¡Ay la deshonra que tal unión le hace a Cristo! ¡Ay la cosecha amarga de tal siembra! En cada caso, es el pobre creyente el que sufre… Como sufriría un atleta que se amarra a una roca pesada y después espera ganar una carrera, así sufriría el que quiere progresar espiritualmente después de casarse con alguien del mundo.

Para el lector cristiano que contempla la perspectiva de comprometerse para casarse, la primera pregunta para hacer ante la presencia del Señor tiene que ser: ¿Será esta unión con un inconverso? Porque si tiene usted realmente conciencia de la diferencia inmensa que Dios, en su gracia, ha establecido en su corazón y su alma y aquellos que ––aunque atractivos físicamente–– permanecen en sus pecados, no tendrá ninguna dificultad en rechazar cualquier sugerencia y propuesta de hacer causa común con ellos. Es usted “la justicia de Dios” en Cristo mientras que los no creyentes son “inicuos”. Usted es “luz en el Señor” mientras que ellos son tinieblas. Usted ha sido trasladado al reino del Hijo amado de Dios, mientras que todos los inconversos se encuentran bajo el poder de Belial. Usted es el hijo de paz, mientras que todos los inconversos son “hijos de ira”. Por lo tanto: “Apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Cor. 6:17).

El peligro de formar una alianza así aparece antes del matrimonio o aun antes del compromiso matrimonial, cosa que ningún creyente verdadero consideraría seriamente a menos que hubiera perdido la dulzura de la comunión con el Señor. Tiene que haber un apartarse de Cristo antes de poder disfrutar de la compañía de los que están enemistados con Dios, y cuyos intereses se limitan a este mundo. El hijo de Dios que está guardando su corazón con diligencia (Prov. 4:23) no disfrutará, no puede disfrutar de una amistad cercana con el no regenerado. Ay, con cuánta frecuencia es el buscar o aceptar una amistad cercana con no creyentes el primer paso que lleva a apartarse de Cristo. El sendero que el cristiano está llamado a tomar es realmente uno angosto, pero si intenta ampliarlo o dejarlo por un camino más ancho, lo hará violando la Palabra de Dios y para su propio e irreparable perjuicio.

Tercero,casarse… con tal que sea en el Señor” (1 Cor. 7:39) va mucho más allá que prohibir casarse con un no creyente. Aun entre los hijos de Dios hay muchos que no serían compatibles. Una cara linda es atractiva, pero oh cuán vano es basar en algo tan insignificante aquello que es tan serio. Los bienes materiales y la posición social tienen su valor, pero qué vil y degradante es dejar que controlen una decisión tan seria. ¡Oh, cuánto cuidado y oración necesitamos para regular nuestros sentimientos! ¿Quién entiende cabalmente el temperamento que coincidirá con el mío, que podrá soportar pacientemente mis faltas, corregir mis tendencias y ser realmente una ayuda en mi anhelo de vivir para Cristo en este mundo? ¡Cuántos hacen una magnífica impresión al principio, pero terminan siendo un desastre! ¿Quién sino Dios mi Padre puede protegerme de las muchas maldades que acosan al desprevenido?

“La mujer virtuosa es corona de su marido” (Prov. 12:4). Una esposa consagrada y competente es lo más valioso de todas las bendiciones temporales de Dios; ella es el favor especial de su gracia. “La esposa inteligente es un don del Señor” (Prov. 19:14, NVI) y el Señor requiere que busquemos definitiva y diligentemente una así (ver Gén. 24:12). No basta que tengamos la aprobación de amigos de confianza y de nuestros padres, por más valioso y necesario que esto sea (generalmente) para nuestra felicidad, porque por más
interesados que estén por nuestro bienestar, su sabiduría no es suficiente. Aquel que estableció la ordenanza tiene que ser nuestra prioridad si esperamos contar con su bendición sobre nuestro matrimonio. Ahora bien, la oración nunca puede tomar el lugar del cumplimiento de nuestras responsabilidades; el Señor requiere que seamos cuidadosos y discretos y que nunca actuemos apurados y sin reflexionar…

El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Prov. 18:22). “Halla” implica una búsqueda. A fin de guiarnos en esto, el Espíritu Santo nos ha dado dos reglas o calificaciones. Primero, consagración, porque nuestra pareja tiene que ser como la esposa de Cristo, pura y santa. Segundo, adecuada, una “ayuda idónea para él” (Gén. 2:18), que muestra que una esposa no puede ser una “ayuda” a menos que sea “idónea”, y para ello tiene que tener mucho en común con su pareja. Si el esposo es un obrero, sería una locura que escogiera una mujer perezosa; si es un hombre erudito, una mujer sin conocimientos sería muy inadecuada. La Biblia llama “yugo” al matrimonio, y los dos no pueden tirar parejo si todo el peso cae sobre uno solo, como el caso de que alguien débil y enfermizo fuera la pareja escogida.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 2

Blog101B

Así como Dios el Padre honró la institución del matrimonio, también lo hizo Dios el Hijo.

Primero: por haber “nacido de mujer”(Gál. 4:4). Segundo: por sus milagros, porque su primera señal sobrenatural fue en la boda en Caná de Galilea (Juan 2:8), donde transformó el agua en vino, sugiriendo que si Cristo está presente en la boda de usted (es decir, si se “casa en el Señor”) su vida será gozosa o bendecida.

Tercero: por sus parábolas, porque comparó el reino de Dios con un matrimonio (Mat. 22:2) y la santidad con un “vestido de boda” (Mat. 22:11). Lo mismo hizo en sus enseñanzas. Cuando los fariseos trataron de tenderle una trampa con el tema del divorcio, dio su aprobación oficial al orden original, agregando “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mat. 19:4-6).
La institución del matrimonio también ha sido honrada por el Espíritu Santo: Porque la usó como un ejemplo de la unión que existe entre Cristo y la iglesia: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.

Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:31-32). La Biblia compara repetidamente la relación entre el Redentor y el redimido con la que existe entre un hombre y una mujer casados: Cristo es el “Esposo” (Isa. 54:5), la iglesia es la “esposa” (Apoc. 21:9). “Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo” (Jer. 3:14). Así que cada persona de la bendita Trinidad ha puesto su sello de aprobación sobre el estado matrimonial.

No hay duda de que en el matrimonio verdadero, cada parte ayuda de igual manera a la otra, y en vista de lo que he señalado anteriormente, cualquiera que se atreve a creer o enseñar otra doctrina o filosofía lo hace en contra del Altísimo. No es que esto establezca la regla absoluta de que todos los hombres y todas las mujeres están obligados a contraer matrimonio: puede haber buenas y sabias razones para vivir solos y motivos adecuados para quedarse solteros física y moralmente, doméstica y socialmente. No obstante, la soltería debe ser considerada… la excepción en lugar de lo ideal. Cualquier enseñanza que lleve a los hombres y a las mujeres a pensar en el matrimonio como una esclavitud y el sacrificio de toda independencia o que considera que ser esposa y ser madre es algo desagradable que interfiere con el destino más importante de la mujer, cualquier sentimiento público que sugiere el celibato como algo más deseable y honroso o que sustituye cualquier otra cosa por el matrimonio y el hogar, no solo contradice la ordenanza de Dios sino que abre la puerta a crímenes indescriptibles y amenaza el fundamento mismo de la sociedad.

ES LÓGICO PENSAR QUE EL ESTABLECIMIENTO DEL MATRIMONIO TIENE QUE TENER SUS RAZONES.

Las Escrituras dan tres:
Primero, procrear hijos: Este es el propósito obvio y normal. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén 1:27), no ambos hombres o ambos mujeres, sino una hombre y una mujer. Para que esto fuera claro y no diera pie a equivocaciones, Dios dijo: “Fructificad y multiplicaos” (1:28). Por esta razón, a esta unión se la llama “matrimonio” lo cual significa maternidad, porque es el resultado de que vírgenes lleguen a ser madres. Por lo tanto, es preferible contraer matrimonio en la juventud, antes de haber pasado la flor de la vida: dos veces leemos en las Escrituras acerca de “la mujer de tu juventud” (Prov. 5:18; Mal. 2:15). Hemos destacado que tener los hijos es una finalidad “normal” del matrimonio; no obstante, hay momentos especiales que causan una “angustia” aguda como la que indica 1 Corintios 7:29.

Segundo, el matrimonio fue concebido como una prevención contra la inmoralidad: “Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido” (1 Cor 7:2). Si alguno fuera exento, se supone que serían los reyes a fin de evitar que no tuvieran un sucesor al trono por la infertilidad de su esposa; no obstante, al rey se le prohíbe tener más de una esposa (Deut. 17:17), demostrando que el hecho de poner en peligro la monarquía no es suficiente razón para justificar el pecado del
adulterio. Por esta razón, a la prostituta se la llama “mujer extraña” (Prov. 2:16), mostrando que debiera ser una extraña para nosotros; y a los niños nacidos fuera del matrimonio, se los llama “bastardos” los cuales bajo la Ley eran excluidos de la congregación del Señor (Deut. 23:2).

El tercer propósito del matrimonio es evitar la soledad: Esto es lo que quiere decir “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18), como si el Señor estuviera diciendo: “Esta vida sería tediosa e infeliz si al hombre no se le diera una compañera”. “¡Ay del solo! Que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Ecl. 4:10). Alguien ha dicho: “Como una tortuga que ha perdido su pareja, como una pierna cuando amputaron la otra, como un ala cuando la otra ha sido cortada, así hubiera sido el hombre si Dios no le hubiera dado una mujer”. Por lo tanto, Dios unió al hombre y a la mujer para compañía y bienestar mutuo, de modo que los cuidados y temores de esta vida fueran mitigados por el optimismo y la ayuda de su pareja.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
_______________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios

 Blog66

LA INFIDELIDAD es uno de los pecados más preponderantes en esta época impía en que vivimos. En el mundo de los negocios, dar la palabra de uno, con muy raras excepciones, ya no es algo en que se puede confiar. En el mundo social, la infidelidad matrimonial abunda por todas partes, los vínculos sagrados del matrimonio se rompen con la misma facilidad que se descarta una vieja prenda de vestir. En el terreno eclesiástico, miles que han prometido solemnemente predicar la verdad no tienen ningún escrúpulo en atacarla y negarla. Ni puede el lector o el escritor declararse completamente inmune a este terrible pecado: ¡De cuántas maneras hemos sido infieles a Cristo y a la luz y los privilegios que Dios nos confió! Qué refrescante, entonces, que bendición indescriptible es levantar nuestra vista de esta escena de ruina, y contemplar a Aquél que es fiel, fiel en todas las cosas, fiel en todas las épocas.

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9). Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella él no puede ser Dios. Que Dios fuera infiel sería un acto contrario a su naturaleza, lo cual sería imposible: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13). La fidelidad es una de las perfecciones gloriosas de su ser. Él está cubierto de ella; “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). De la misma manera, cuando Dios se encarnó fue dicho: “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor
de sus riñones” (Isa. 11:5).  Qué palabra es la de Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu
misericordia; tu verdad hasta las nubes.” Mucho más allá de toda la comprensión finita se encuentra la fidelidad inmutable de Dios. Todo lo que se refiere a Dios es grande, vasto, incomparable. Él nunca olvida, nunca falla, nunca tambalea, nunca es infiel a su palabra. El  Señor se ha ceñido exactamente a cada declaración de promesa o profecía, cumplirá cada pacto o amenaza porque “Dios no es hombre,  para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por lo tanto, el creyente exclama: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22, 23).

Versiculo 31

En las Escrituras abundan las ilustraciones de la fidelidad de Dios.  Hace más de cuatro mil años dijo: “Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno,  y día y noche, no cesarán” (Gén. 8:22). Cada año que llega brinda un nuevo testimonio del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios. En Génesis 15 encontramos que Jehová le declaró a Abraham: “Tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá á los de allí,… Y en la cuarta generación volverán acá” (vv. 13-16). Los siglos pasaron sin pausa. Los descendientes de Abraham se quejaban en medio de los hornos de ladrillos de Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? Por cierto que no. Lea Éxodo 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos  de Jehová de la tierra de Egipto.” Por medio de Isaías el Señor declaró: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su  nombre Emmanuel” (7:14). Nuevamente pasaron siglos, pero “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4).

Dios es verdad. Su Palabra de promesa es segura. Dios es fiel en todas sus relaciones con su pueblo. Se puede confiar plenamente en él. Hasta ahora, nadie ha confiado en él en vano. Encontramos esta valiosa verdad expresada casi en todas partes en las Escrituras,
porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial  del carácter divino. Esta es la base de nuestra confianza en él. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y muy otra actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado muchas “preciosas y grandísimas promesas”, pero, ¿realmente esperamos que las cumpla? ¿Estamos realmente esperando que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Nos apoyamos en la seguridad implícita de estas palabras: “Fiel es el que prometió” (Heb. 10:23)?

Hay temporadas en la vida de todos cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel. Nuestra fe es puesta muy a prueba, nuestros ojos están llenos de lágrimas, y ya no podemos distinguir la obra de su amor. Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateísticos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de su quieta y apacible voz. Planes anhelados se han desmoronado, amigos en quienes confiábamos nos han fallado, alguno que profesaba ser hermano o hermana en Cristo nos ha traicionado. Estamos estupefactos.
Quisimos ser fieles a Dios, y ahora una nube tenebrosa lo esconde de nuestra vista. Nos resulta difícil, sí, hasta imposible por razones La fidelidad de Dios, carnales, armonizar su providencia severa con sus promesas llenas de su gracia. Ah, alma que flaquea, compañero peregrino que ha sido probado duramente, busque la gracia para atender lo que dice Isaías 50:10: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de
su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios ” Cuando se sienta tentado a dudar de la fidelidad de Dios, clame:
“Retírate, Satanás.” Aunque no pueda armonizar los tratos misteriosos de Dios con las declaraciones de su amor, espere en él hasta recibir más luz. En el momento propicio se lo hará ver con claridad. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás
después” (Juan 13:7). Lo que luego vendrá demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a su hijo. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio:
bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “No juzgues al Señor con la debilidad de los sentidos”.  En cambio, confía en que te hará objeto de su gracia,
Detrás de una providencia que frunce el ceño  Se esconde un rostro que sonríe.

A.W.Pink 3.jpg

Santos que teméis, armaos de nueva valentía, Los nubarrones que tanto os aterrorizan,
Están repletos de misericordias, e irrumpirán Derramando bendiciones sobre vuestras cabezas.”  “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 119:138). Dios no sólo nos ha dicho lo mejor, no ha reprimido lo peor. Ha descrito fielmente la ruina que la Caída ha producido. Ha diagnosticado fielmente el terrible estado que el pecado ha  producido. Ha dado a conocer fielmente su inveterado odio por el mal, y que debe castigarlo. Nos ha advertido fielmente de que él es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su Palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en cumplir sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en cumplir sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel es un ejemplo de esta realidad solemne. Así fue que individuos como Faraón, Korah, Achan y muchos otros son prueba de ello. Y lo mismo sucederá con usted, mi lector: a menos que haya huido o huya hacia Cristo en busca de
refugio, el Lago de Fuego que arde eternamente será su porción cierta y segura. Dios es fiel. Dios es fiel en preservar a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo…” (1 Cor. 1:9). En el versículo anterior aparece la promesa de que Dios confirmará a su pueblo hasta el fin. La confianza del Apóstol en la seguridad absoluta del creyente  se basaba no en la fuerza de sus resoluciones o en su habilidad de
perseverar, sino en la veracidad de Aquél que no puede mentir. Dado que Dios ha prometido a su Hijo un pueblo determinado como su herencia, librarlos del pecado y la condenación, y hacerlos partícipes de la vida eterna en gloria, ciertamente no dejará que ninguno de ellos perezca.

Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. Es fiel en lo que retiene, tanto como en lo que da. Es fiel en enviar dolor tanto como en dar gozo. La fidelidad de Dios es una verdad que hemos de confesar no sólo cuando vivimos tranquilos sino también cuando estamos
sufriendo bajo la más aguda reprensión. Tampoco debe ser esta confesión meramente de nuestros labios, sino también de nuestros corazones. Cuando Dios nos golpea con la vara del castigo, su fidelidad es la mano que la sostiene. Reconocer esto significa que nos
humillamos ante él, admitimos que merecemos plenamente su corrección y, en lugar de murmurar, se la agradecemos. Dios nunca aflige sin tener una razón. “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Cor. 11:30), dice Pablo, ilustrando este
principio. Cuando su vara cae sobre nosotros, digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (9:7). “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). El sufrimiento y la aflicción no sólo coinciden con el amor de Dios prometido en el pacto eterno, sino que son partes del mismo. Dios no sólo es fiel en impedir aflicciones, sino fiel en enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, y ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32, 33). Disciplinar no sólo va de acuerdo con el amor y bondad de Dios, sino que es su efecto y expresión. Tranquilizaría mucho la mente del pueblo de Dios si recordaran que su amor de pacto lo obliga a ejercer sobre ellos una corrección apropiada. Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15).

A.W.Pink 2

Dios es fiel en glorificar a su pueblo. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1 Tes. 5:24). La referencia inmediata aquí es al hecho de que los santos serán “guardados… sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Dios no trata con nosotros en base a nuestros méritos (porque no tenemos ninguno), sino para que
su nombre sea glorificado. Dios es constante a sí mismo y a su propio La fidelidad de Dios propósito de gracia: “A los que llamó… a éstos también glorificó” (Rom. 8:30). Dios brinda una completa demostración de la constancia de su bondad eterna hacia sus elegidos llamándolos eficazmente de las tinieblas a su luz maravillosa, y esto debe darles la plena seguridad de la certidumbre de su continuidad. “El fundamento de Dios está firme” (2 Tim. 2:19). Pablo descansaba sobre la fidelidad de Dios cuando dijo: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito ara aquel día” (2 Tim. 1:12).

Apropiarnos de esta bendita verdad nos guardará de las preocupaciones. Estar llenos de cuidados, ver nuestra situación con oscura aprensión, anticipar el mañana con triste ansiedad, es una mal reflejo de la fidelidad de Dios. El que ha cuidado a su hijo a través de los años no lo abandonará en su vejez. El que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a suplir su necesidad en la emergencia del presente. Descanse en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”

Apropiarnos de esta bendita verdad detendrá nuestras murmuraciones. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y uno de los efectos de descansar en esta verdad será silenciar nuestra quejas petulantes. Honramos grandemente a Dios
cuando, pasando por pruebas y disciplinas, tenemos buenos pensamientos de él, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor justamente en sus reprimendas.

Apropiarnos de esta bendita verdad engendrará una confianza en Dios que va aumentando. “Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Criador, haciendo bien” (1 Ped. 4:19). Cuando confiadamente nos ponemos nosotros mismos y ponemos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, plenamente convencidos de su amor y fidelidad, nos sentiremos satisfechos con sus providencias y comprenderemos que “Él hace bien todas las cosas.”

 

_______________________
A. W. Pink (1886-1952): pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Siete cosas para considerar

pencil-918449_960_720

Primero, consideremos las causas y los medios de la salvación. Hay al menos siete cosas que coinciden con esta gran obra, pues todas ellas dicen, en algún pasaje u otro, que nos “salvan” .

La Salvación se atribuye al amor de Dios, a la expiación de Cristo y a las operaciones poderosas del Espíritu, a la instrumentación de la Palabra, a las labores del predicador, a la conversión del pecador, a las ordenanzas o sacramentos. El concepto de salvación que tienen en la actualidad los que profesan ser cristianos es tan superficial, tan estrecho, tan inadecuado. Por cierto, es tan grande la ignorancia que ahora prevalece que será mejor que ofrezcamos los versículos que prueban estas siete causas coincidentes, no sea que se nos acuse de errar en un tema tan vital.

La salvación se atribuye a Dios el Padre: “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo” (2 Tim. 1:9), a causa de su amor selectivo en Cristo.

Al Señor Jesús: “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21), a causa de sus méritos y cumplimiento.

Al Espíritu Santo: “quien nos salvó… por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5), a causa de su todopoderosa eficacia y sus operaciones.

A la instrumentación de la Palabra: “la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stga. 1:21), porque nos da a conocer la gracia por la que podemos ser salvos.

A las labores del predicador: “haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16), a causa de su subordinación a la Palabra de Dios.

A la conversión del pecador en el que ejercemos arrepentimiento y fe: “Sed salvos de esta perversa generación”, por el arrepentimiento del cual habla el versículo 38 (Hch.2:40). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” (Ef.2:8).

A las ordenanzas o sacramentos: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (1 Ped. 3:21), porque sella la gracia de Dios en el corazón que cree. El amor y la sabiduría de Dios constituyen la causa principal, la primera impulsora de todas las demás causas que contribuyen a nuestra salvación.

De “The Doctrine of Human Depravity).

A.W. Pink .