Los Frutos del Arrepentimiento

CON el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze. 14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el
efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.

“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios…, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado
contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que “aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures?


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

La Cruz. El Camino de Salvación según Dios

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” Gálatas 6:14

Pueden caber pocas dudas de que el Dr. Martyn Lloyd-Jones ha sido el predicador más importante que haya alumbrado el mundo anglófono en el siglo XX. Los que tuvimos el privilegio de escucharle no olvidaremos con facilidad la reverencia experimentada cuando la gloria del Evangelio se apoderaba de su alma y Dios hablaba con tal poder a través de él. Sin embargo, no era un hombre que se quedara en el intelecto, ni tampoco eran unos dones humanos o una capacidad intelectual lo que más huella dejaba. Más bien era el poder de la Verdad, la grandeza de Dios, la pobreza del hombre y la gloriosa pertinencia y autoridad de la Santa Escritura los que marcaban de forma indeleble a sus oyentes.

La publicación de sus sermones, pues, debe ser motivo de inmensa gratitud para toda la Iglesia cristiana. Esta serie en particular se predicó en Westminster Chapel, Londres, en otoño de 1963, inspirada por las palabras del Apóstol en Gálatas 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Es un magnífico ejemplo de la exhaustiva exposición que hacía el doctor de un texto como este, pero también es una brillante muestra de su predicación de Cristo crucificado.

Cuando observas la Cruz de Cristo, ¿qué ves? ¿La derrota de un hombre crucificado que sufre injusta y vergonzosamente?

No —dice el Dr. Lloyd-Jones—. Considerar la Cruz un fracaso es perder de vista el propósito y la gloria de ese acontecimiento decisivo que se produjo en el monte Calvario. Porque en Jesucristo, y especialmente en su muerte. Dios estaba cumpliendo una promesa hecha en el amanecer de la Historia humana. Estaba posibilitando que mujeres y hombres imperfectos tuvieran una relación personal con su Creador perfecto.

En el presente libro, el Dr. Lloyd-Jones muestra clara y detalladamente la veracidad de esta impresionante afirmación y analiza sus enormes implicaciones para todo el mundo en la actualidad.

La predicación del Dr. Martyn Lloyd-Jones era una extraordinaria combinación de apasionada elocuencia y de razonamiento lógico, de una profundidad que era motivo de reflexión para el más maduro de sus oyentes y de una sencillez que permitía que hasta los niños pudieran entenderle. Todas estas características quedan ejemplificadas en esta serie de sermones. Difícilmente podrían ser más necesarios en la actualidad, en parte por el declive de una predicación bíblica poderosa en el mundo anglófono y en parte por la cuestión que tratan. Necesitamos que se nos recuerde urgentemente esta verdad esencial del Evangelio cristiano, estudiarla y proclamarla y, por encima de todo, gloriarnos en ella. En otro contexto, el Dr. Lloyd-Jones dijo en cierta ocasión: “Las ideas superficiales con respecto a la obra de Cristo conducen a vidas cristianas superficiales”. Que Dios utilice grandemente la lectura de estas páginas para alentar en nosotros un renovado gloriarnos en la Cruz, un renovado deseo de predicación bíblica y un renovado amor a Cristo.

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¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

Pecado, Pecadores y Arrepentimiento 2

(6) Sexto, no solo hay que arrepentirse de pecados reales y transgresiones del pensamiento, las palabras y las acciones, sino también del pecado original que mora en nosotros. Por eso David, cuando cometió pecados
terribles y fue llevado a un auténtico sentimiento de sincero arrepentimiento por ellos, no solo los confesó en el salmo de arrepentimiento que escribió en esa ocasión, sino que fue guiado a notar, reconocer y lamentarse de la corrupción original de su naturaleza. De esto se originaban todas sus acciones pecaminosas: “He aquí, en maldad he sido formado” (Sal. 51:5)… Ahora bien, cuando un pecador sensible confiesa, lamenta y sufre por la corrupción original de su naturaleza y del pecado que mora en él, es una indicación clara de que su arrepentimiento es auténtico y sincero…

EN SEGUNDO LUGAR, EL TEMA DEL ARREPENTIMIENTO GIRA ALREDEDOR DE LOS PECADORES Y SOLO TALES. Adán, en un estado de inocencia, no estaba sujeto al arrepentimiento. No habiendo pecado, no tenía ningún pecado del cual arrepentirse. Los tales, que en su propia opinión son perfectamente justos y sin pecado, no necesitan arrepentirse. Por lo tanto, Cristo dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13; Luc. 15:7). Ahora bien,

(1) Todos los hombres son pecadores, todos descendientes de Adán. Toda su posteridad, estando seminalmente en él y representada por él cuando pecó, peca en él. A todos les es imputado su pecado y de él derivan una naturaleza corrupta. Por lo tanto, son transgresores desde la matriz y son todos culpables de pecados y transgresiones concretos. Por lo tanto, todos necesitan arrepentirse, aun los que se creen que son justos y desprecian a los demás como menos santos que ellos mismos. Estos creen que no necesitan arrepentirse, pero sí necesitan hacerlo. Y no solo ellos, sino los que son justos en el mejor sentido de la palabra necesitan arrepentirse cotidianamente, dado que continuamente pecan en todo lo que hacen.

(2) Los hombres de todas las naciones, judíos y gentiles, deben arrepentirse. Todos pecan, se encuentran bajo el poder del pecado, son culpables de él y por él les corresponde ser castigados. Dios mandó “a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). Durante el tiempo de Juan el Bautista y de nuestro Señor sobre la tierra, la
doctrina del arrepentimiento era predicada solo a los judíos. Pero después de su resurrección, Cristo instruyó y ordenó a sus apóstoles “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). En consecuencia, los apóstoles primero exhortaron a los judíos y luego a los
gentiles que se arrepintieran. Y particularmente el apóstol Pablo testificó “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios”, al igual que “de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

(3) Los hombres son el tema del arrepentimiento solo en la vida presente. Cuando esta vida se acabe, acaba la dispensación del evangelio, y cuando Cristo vuelva, la puerta del arrepentimiento, al igual que la de la fe, se cerrará. No se encontrará ningún lugar para hacerlo, ninguna oportunidad, ningún medio, ni nadie capaz de hacerlo. En cuanto a los santos en el cielo, no lo necesitan, ya que están completamente sin pecado. En cuanto a los impíos en el infierno, se encuentran en total desamparo y sin la capacidad de arrepentirse para vida… porque aunque allí hay llanto y lamentos, no hay arrepentimiento. Es por eso que el rico en el infierno estaba tan ansioso de que Lázaro fuera enviado a sus hermanos en vida, con la esperanza de que se arrepentirían si alguien ya muerto les llegara para advertirles acerca del lugar de tormento. Él sabía que nunca lo harían, si no en la vida presente, antes de llegar al lugar donde él estaba.
Por lo tanto, el arrepentimiento no debe dejarse para mañana.

De A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from Sacred Scripture.


John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

Pecado, Pecadores y Arrepentimiento 1

EL OBJETO DEL ARREPENTIMIENTO ES EL PECADO. Por lo tanto, se denomina “arrepentimiento de obras muertas” (Heb. 6:1), lo cual son los pecados. De esto, la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador arrepentido y le da paz y perdón (Heb. 9:14). Y,

(1) Primero, es necesario arrepentirse no solo de los pecados más terribles, sino también de los más pequeños. Existen diferencias en los pecados. Algunos son mayores, otros menores (Juan 19:11). De ambos hay que arrepentirse. Los pecados contra la primera y la segunda tabla de la Ley: pecados más directamente contra Dios, y pecados contra los hombres. Algunos contra los hombres son más atroces y enormes que otros, al igual que los que son contra Dios, como ser: adorar a los demonios e ídolos de oro y plata, etc., y homicidios, brujerías, fornicaciones y robos… Y no solo
eso, sino también de pecados menores hay que arrepentirse, hasta de los pensamientos pecaminosos, porque “el pensamiento del necio es pecado” (Prov. 24:9)… El pecador tiene que arrepentirse de sus pensamientos y apartarse de ellos, tal como el impío de sus caminos, y volverse al Señor. No solo hay que arrepentirse de pensamientos impuros, soberbios, maliciosos, envidiosos y vengativos, sino aun de los pensamientos que buscan justificación1 ante Dios sobre la base de la justicia del hombre, a lo cual puede estar refiriéndose el texto (Isa. 55:7).

(2) Segundo, es necesario arrepentirse no solo de los pecados públicos sino también de los privados. Algunos pecados son cometidos de un modo muy público, a la luz de día, y todos los conocen. Otros son más secretos.
El verdadero pecador sensible2 de sus pecados… se arrepiente de ellos con todo su ser, hasta de los pecados desconocidos por todos, excepto Dios y su propia alma. Esto es una prueba de la autenticidad de su arrepentimiento.

(3) Tercero, existen pecados de omisión al igual que de comisión de los cuales hay que arrepentirse. Cuando alguien excluye las cuestiones más importantes de la religión y solo se ocupa de las menores, cuando debió haber hecho lo primero sin haber dejado de hacer lo segundo; y debido a 1 justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, por la cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de él solo por la justicia de Cristo imputada que Dios perdona ambos (Isa. 43:22-25), de ambos hay que arrepentirse. Sentir su gracia perdonadora impulsará al pecador sensato a hacerlo.

(4) Cuarto, existen pecados que son cometidos en el culto más solemne, serio, religioso y santo del pueblo de Dios, de los cuales hay que arrepentirse. No existe justo que haga lo bueno y que no peque en eso bueno que hace. Hay no solo una imperfección, sino una impureza en la mejor rectitud y justicia de los santos las cuales son sus propias acciones y por lo tanto se las llama “trapo de inmundicia” (Isa. 64:6)…

(5) Quinto, existen pecados del diario vivir de los cuales hay que arrepentirse. Nadie vive sin pecado. Aun el mejor de los hombres lo comete cotidianamente. Todos ofendemos de muchas maneras, y también en todas las cosas. Así como necesitamos orar y somos guiados a orar diariamente pidiendo el perdón de los pecados, necesitamos arrepentirnos
de ellos diariamente… Tiene que ser algo practicado continuamente por los creyentes, debido a que pecan continuamente contra Dios con el pensamiento, las palabras y las acciones.

Continuará …

De A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from Sacred Scripture.


John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué Orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en “Institución de la Religión Cristiana”, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 3

Esto me lleva a la segunda mitad del mandato, el cual es: “Creed en el evangelio”. Fe significa confianza en Cristo. Ahora bien, debo volver a recalcar que algunos han predicado tan bien y tan completamente esta confianza en Cristo que no puedo menos que admirar su fidelidad y bendecir a Dios por ellos. No obstante, hay una dificultad y un peligro. Puede ser que en la predicación de una simple confianza en Cristo como el medio de salvación, dejen de recordar al pecador que ninguna fe puede ser auténtica a menos que esté íntimamente consistente con el arrepentimiento de pecados del pasado. Me parece a mí que mi texto indica que: Ningún arrepentimiento es verdadero si no se compromete con la fe; ninguna fe es verdadera si no está relacionada con un arrepentimiento honesto y sincero debido a los pecados del pasado. Por lo tanto, queridos amigos, aquellos que tienen una fe que permite que no tomen en serio los pecados cometidos en el pasado, tienen la fe de los demonios, no la fe de los escogidos de Dios… Los hombres que tienen una fe que los deja vivir de manera despreocupada en el presente, que dicen: “Bueno, soy salvo simplemente por fe”, y luego se sientan con los ebrios, o están parados en el bar con los bebedores de bebidas fuertes, o andan con compañías mundanas y disfrutan de los placeres y las lascivias de la carne,
los tales son mentirosos; no tienen la fe que salva el alma. Tienen una hipocresía engañadora, no tienen una fe que los lleve al cielo.

Y luego, hay otros que tienen una fe que no los lleva a aborrecer el pecado. Observan los pecados de otros sin ningún tipo de vergüenza. Es cierto que no harían lo que otros hacen, pero pueden divertirse viendo lo que hacen. Disfrutan de los vicios de otros, se ríen de los chistes profanos y sonríen ante su vocabulario burdo. No corren del pecado como de una serpiente, no lo detestan como al asesino de su mejor amigo. No, juegan con él. Lo excusan. Cometen en privado lo que en público condenan. Llaman pequeños errores o defectos a las ofensas graves. En los negocios, se encojen de hombros cuando ven desviaciones de lo recto y las consideran meramente cosas del trabajo, la realidad siendo que tienen una fe que se sienta codo a codo con el pecado, y comen y beben en la misma mesa con la impiedad. ¡Oh! Si alguno de ustedes tiene una fe así, pido a Dios que la transforme de principio a fin. ¡No les sirve para nada! Cuanto antes sean limpiados de ella, mejor será para ustedes, porque cuando este fundamento arenoso sea arrasado por la corriente, quizá comiencen a edificar sobre la Roca.

Mis queridos amigos, quiero ser sincero en cuanto a la condición de sus almas, y, aplicar el bisturí al corazón de cada uno. ¿En qué consiste el arrepentimiento de ustedes? ¿Tienen un arrepentimiento que los lleva de mirarse a sí mismos a mirar a Cristo únicamente? Por otro lado, ¿tienen esa fe que los lleva al verdadero arrepentimiento? ¿A odiar la idea misma del pecado? ¿De tal modo que al ídolo más querido que han conocido, sea lo que sea, lo quieran destronar para poder adorar a Cristo y únicamente a Cristo? Estén seguros de que nada de esto les servirá al final. Un
arrepentimiento y una fe de cualquier otro tipo pueden satisfacerles ahora, tal como a los niños les satisface una golosina. Pero cuando estén en su lecho de muerte y vean la realidad de las cosas, se sentirán compelidos a decir que son falsos y un refugio de mentiras. Encontrarán que han sido meramente tapados con cal, que se han dicho a sí mismos: “Paz, Paz”, cuando no había nada de paz. Nuevamente lo repito con las palabras de Cristo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Confíen en Cristo para que los salve, laméntense de que necesitan ser salvos, y lloren porque esta necesidad ha expuesto al Salvador a la vergüenza, a sufrimientos espantosos y a una muerte terrible.

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Apagando el Espíritu 1

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Pensamientos Martyn Lloyd-Jones

“La necesidad de arrepentimiento es otra premisa fundamental de la fe cristiana, y es también una de las verdades que más ofende a las personas. Hablar de arrepentimiento enfurece a la gente de hoy, tanto como lo hizo entre los gobernantes en Jerusalén. No existe diferencia alguna en este sentido entre el siglo I y el actual. El hecho de que el
mensaje de arrepentimiento sea considerado como un gran insulto es una prueba más de ese fariseísmo fatal que siempre es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del evangelio”.

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

La fe a prueba

¿Por qué la próspera sociedad que nos rodea parece marchar tan bien sin Dios? Cuando el mundo parece tan rico, tan exitoso, ¿cómo permite Él que el cristiano pase por problemas, tentaciones y angustia? ¿Cómo puede hallar el cristiano un asidero en el resbaladizo camino de la duda y la desesperación?

Estos problemas no son nuevos. El autor del Salmo 73 participó acusadamente de ellos. Aquí tenemos el testimonio de un hombre que afrontó sus dudas y sus temores de forma honrada y realista, que clamó a Dios y halló una respuesta que le llevó de la desesperación a una fe renovada.

El Salmo 73 trata un problema que ha confundido y desanimado con frecuencia al pueblo de Dios. Es un problema doble: ¿por qué tienen que sufrir los piadosos frecuentemente, especialmente en vista del hecho de que los impíos suelen parecer más prósperos?

Es una declaración clásica de la forma que tiene la Biblia de tratar ese problema. El Salmista relata su propia experien-cia, expone su alma a nuestra mirada de una manera sumamente dramática, y nos lleva paso a paso desde la práctica desesperación hasta el triunfo y la certidumbre finales. Estos son los motivos de que haya apelado siempre a los predicadores y los asesores espirituales.

La preparación y la predicación de los siguientes sermones, y la exposición de esta provechosa enseñanza durante una serie de cultos dominicales matinales, fue un “trabajo de amor” y de verdadero gozo. Dios utilizó el sermón de esta serie titulado “Con todo” para proporcionar alivio inmediato y un inmenso gozo a un hombre cuya alma estaba experimentando un sufrimiento atroz y se encontraba al borde del colapso. Había viajado unos 9000 km y había llega-do a Londres justo el día anterior. Estaba convencido, y lo sigue estando, de que Dios en su infinita gracia le hizo reco-rrer esa distancia para escuchar el sermón.

Deseo que ese sermón y los demás resulten una “puerta de esperanza” para muchos otros cuyos pies “casi se hayan deslizado” y sus pasos “por poco hayan resbalado”.

El Dr. Martyn Lloyd-Jones, antiguo pastor de Westminster Chapel, conduce al lector por esta experiencia. Escribe impulsado por una profunda preocupación por los problemas de la vida cristiana hoy día. No nos ofrece meros retazos devocionales o clichés irreales. Tampoco nos presenta el Salmo meramente como una forma de escapismo emocional. Por medio de un análisis pormenorizado, nos muestra en términos concretos y prácticos la forma en que un hombre llegó a entender los caminos de Dios, y alcanzó una fe renovada en Él.

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Si nadie se pierde, entonces la Misión de Cristo fue una perdida de Tiempo

Es fácil recluirnos en nosotros mismos, no de forma consciente, ni maliciosamente; sin embargo pasamos por el otro lado a fin de mantenernos desentendidos del dolor y la desesperanza espiritual que nos rodea. Ese no fue el ejemplo de Jesús. Él buscó el dolor. Buscó a los perdidos. Ese fue su primer paso en la redención de los perdidos.

Jesús ganó una reputación por asociarse con aquellos que eran considerados marginados. Los indeseables, los desestimados de la cultura judía, todos estos se reunían con Jesús. Esto molestó a los fariseos y los escribas, los dignatarios y el clero de la época. Estos habían adoptado una tradición la cual enseñaba que la salvación era por segregación: mantente apartado de todo aquel involucrado en pecado, así es como puedes asegurar tu propia redención. Era parte de su filosofía de trabajo el aislarse de todos aquellos que fuesen pecadores. Jesús vino y desafió aquella tradición al asociarse abiertamente con los rechazados de la cultura.

Jesús no se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos.

Fue en una de estas ocasiones cuando los fariseos comenzaron a murmurar y a quejarse sobre los compañeros de Jesús. En respuesta, Jesús cuenta una serie de parábolas, la primera de las cuales dice lo siguiente:

¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: “Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.” Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento (Lucas 15:4-7).

Esta parábola se llama «la parábola de la oveja perdida». Hay aquellos hoy en día que no creen que haya quien se pierda, rechazan por completo el concepto de estar perdido. Hay quienes son universalistas, que creen todas las personas irán directo al cielo de forma automática; la justificación no es por fe ni obras, sino simplemente por la muerte, porque nadie está realmente perdido. Luego, hay quienes dicen que dado el tiempo suficiente, los perdidos eventualmente encontrarán su camino de regreso; solo necesitamos dejarlos solos.

Sin embargo, si nadie se pierde o si al final todos terminan encontrando su camino de regreso, entonces la misión de Cristo fue una perdida de tiempo; la expiación de Cristo no era necesaria. Esto ensombrece la misión de Jesús.

Jesús definió su misión diciendo: “el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). No se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos. Esto es, antes de que los perdidos puedan ser redimidos, estos tienen que ser hallados.

Es el encontrar a los perdidos lo que requiere la labor de las misiones. Es fácil engañarnos a nosotros mismos pensando que no hay nadie perdido y una forma de hacer esto es hacernos a un lado de la búsqueda, esto es, asegurarnos de mantenernos desinformados sobre las necesidades del perdido, aislarnos de forma tal de desconocer qué es lo que realmente está pasando en el mundo. Por ejemplo, no nos salimos de nuestro camino para entender y aprender sobre todas las personas que mueren de hambre en el mundo. Cuando somos confrontados con ello, nuestras conciencias son punzadas y somos movidos a acción. Pero no salimos de nuestro andar para encontrar la miseria; pensamos que ya hay suficiente miseria en nuestras propias vidas, sin tener que buscar más.

Cuando era chico, aún era común que un doctor hiciera visitas a domicilio, y en realidad viniera hasta tu casa. Todos los días conducía por el barrio y visitaba a niños, ancianos y todo aquel que estuviera enfermo. Hoy en día, si estás enfermo, el doctor no es quien va a ti, sino que eres tú quien debe ir al doctor. Por desgracia, muchas iglesias se manejan de esta forma, cuelgan un letrero e invitan a que la gente vaya a ellas.

Jesús no tenía un edificio, no esperaba detrás de puertas cerradas a que la gente se acercara a verlo. Su ministerio era uno de “andar caminando”. Él salía a donde las personas estaban. De eso es lo que se tratan las misiones. El ministerio de Cristo era un ministerio de buscar el dolor y a aquellos que están perdidos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 2

Aunque el evangelio es un mandato, es un mandato de dos partes que se explican por sí mismas. “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Conozco algunos muy excelentes hermanos —Dios quisiera que hubiera más como ellos en su celo y su amor— quienes, en su celo por predicar una fe sencilla en Cristo, han tenido un poco de dificultad en cuanto al asunto del arrepentimiento. Conozco a algunos que han tratado de superar la dificultad suavizando la dureza aparente de la palabra arrepentimiento, explicándola según su equivalente griego más común, palabra que aparece en el original de mi texto y significa “cambiar de idea”. Aparentemente interpretan el arrepentimiento como algo menos importante de lo que nosotros usualmente concebimos, dicen que es, de hecho, un mero cambiar de idea. Ahora bien, sugiero a aquellos queridos hermanos que el Espíritu Santo nunca predica el arrepentimiento como algo insignificante. El cambio de idea o comprensión del que habla el evangelio es una obra muy profunda y seria, y no debe ser menoscabado de manera alguna.

Además, existe otra palabra que también se usa en el griego original para significar arrepentimiento, aunque con menos frecuencia, lo admito. No obstante, es usada. Significa “un cuidado posterior”, que incluye algo más de tristeza y ansiedad que lo que significa cambiar de idea. Tiene que haber tristeza por el pecado y aborrecimiento hacia él en el verdadero arrepentimiento, de no ser así leemos la Biblia con poco provecho… Arrepentirse sí significa cambiar de idea. Pero es un cambio total en la comprensión y en todo lo que hay en la mente, de modo que incluye una iluminación, sí, una iluminación del Espíritu Santo. Creo que incluye un descubrimiento de la iniquidad y un aborrecimiento por ella, sin lo cual no puede haber un arrepentimiento auténtico. Opino que no debemos subestimar al arrepentimiento. Es una gracia bendita de Dios el Espíritu Santo, y es absolutamente necesaria para salvación.

El mandato es muy fácil de entender. Consideremos, primero, el arrepentimiento. Es bastante seguro que sea cual sea el arrepentimiento aquí mencionado, es un arrepentimiento totalmente enlazado con la fe. Por lo tanto, obtenemos la explicación de qué debe ser el arrepentimiento por su vínculo con el próximo mandato: “creed en el evangelio”…
Recuerden, entonces, que ningún arrepentimiento es digno de tener que no sea totalmente consecuente con la fe en Cristo. Un santo anciano en su lecho de enfermo usó esta notable expresión: “Señor, húndeme en el arrepentimiento tan bajo como el infierno, pero” —y aquí va lo hermoso— “elévame en fe tan alto como el cielo”. Ahora bien, ¡el arrepentimiento que hunde al hombre tan bajo como el infierno de nada vale si no está la fe que también lo eleva tan alto como el cielo! Los dos son totalmente consecuentes, el uno con el otro. Alguien puede sentir desprecio y abominación por sí mismo, y a la vez, saber que Cristo puede salvarlo y lo ha salvado. De hecho, así es como viven los verdaderos cristianos. Se arrepienten tan amargamente por el pecado como si supieran que deberían ser condenados por él, pero se regocijan tanto en Cristo como si el pecado no fuera nada.

¡Oh, qué bendición es saber dónde se encuentran estas dos líneas, el desnudarnos de arrepentimiento y vestirnos de fe! El arrepentimiento que expulsa el pecado como un inquilino malvado y la fe que da entrada a Cristo como el único Soberano del corazón; el arrepentimiento que purga el alma de las obras muertas y la fe que llena el alma con obras vivientes; el arrepentimiento que tira abajo y la fe que levanta; el arrepentimiento

que desparrama las piedras y la fe que agrupa las piedras; el arrepentimiento que establece un tiempo para llorar y la fe que ofrece un tiempo para danzar. Estas dos cosas unidas componen la obra de gracia interior por medio de la cual las almas de los hombres son salvas. Sea pues declarado como una gran verdad, escrita muy claramente en nuestro texto: el arrepentimiento que tenemos que predicar es uno conectado con la fe. Siendo así, podemos predicar a una el arrepentimiento y la fe sin ninguna dificultad…

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento

Nuestro Señor Jesucristo comienza su ministerio anunciando sus mandatos principales. Surge del desierto recién ungido, como el novio sale de su cámara. Sus notas de amor son arrepentimiento y fe. Viene totalmente preparado para su misión, habiendo estado en el desierto, “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15)… Oíd, oh cielos, escuchad, oh tierra, porque el Mesías habla en la grandeza de su poder. Clama a los hijos de los hombres: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Prestemos atención a estas palabras, las que, igual que su Autor, están llenas de gracia y de verdad. Ante nosotros tenemos la suma y sustancia de la totalidad de las enseñanzas de Jesucristo, el Alfa y el Omega de todo su ministerio. Por salir de la boca de tal Ser, en tal momento, con un poder tan singular, démosles nuestra atención más seria. Dios nos ayude a obedecerlas desde lo más profundo de nuestro corazón.

Comenzaré diciendo que el evangelio que Cristo predicó fue claramente un mandato: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Nuestro Señor condescendió a razonar con nosotros. En su gracia, su ministerio con frecuencia ponía en práctica el texto antiguo: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isa. 1:18). Persuade a los hombres con sus poderosos argumentos, los que debiera llevarlos a buscar la salvación de sus almas. Sí, llama a los hombres y oh, con cuánto amor los convence a
ser sabios: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28). Ruega a los hombres. Se rebaja para ser, por así decir, un mendigo para sus propias criaturas pecadoras, rogándoles que vengan a él. Ciertamente, hace de esto la responsabilidad de sus siervos: “Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5:20). No obstante, recordemos, que aunque condesciende a razonar, persuadir, llamar y rogar, el evangelio tiene en sí toda la dignidad y fuerza de un mandato. Si hemos de predicarlo en esta época como lo hizo Cristo, tenemos que hacerlo como un mandato de Dios, acompañado de una sanción divina que no debe descuidarse, so pena de poner el alma en infinito peligro… “Arrepentíos” es un mandato de Dios tanto como lo es “No hurtarás” (Éxo. 20:15). “Cree en el Señor Jesucristo” tiene tanta autoridad divina como “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Luc. 10:27).

¡No crean, oh, hombres, que el evangelio es algo opcional, que pueden optar por aceptarlo o no! ¡No sueñen, oh pecadores, que pueden despreciar la Palabra de lo Alto y no cargar con ninguna culpa! ¡No crean poder descuidarlo sin sufrir las consecuencias! Es justamente este descuido y desprecio de ustedes lo que llenará la medida de nuestra iniquidad. Por esto clamamos: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Heb. 2:3). ¡Dios manda que se arrepientan! El mismo Dios ante quien el Sinaí tembló y se cubrió de humo, ese mismo Dios quien proclamó la Ley con sonido de trompeta, con relámpagos y truenos, nos habla a nosotros con más suavidad, sonido de trompeta, con truenos y relámpagos, nos habla con suavidad y tan divinamente, por medio de su Hijo unigénito, cuando nos dice: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”…

Entonces, a todas las naciones sobre la tierra hagamos llegar este decreto de Dios. Oh hombres, Jehová quien nos hizo, nos dio aliento, él, a quien hemos ofendido, nos manda este día que nos arrepintamos y creamos en el evangelio.

Sé que a algunos hermanos no les gustará esto, pero no lo puedo remediar. Nunca seré esclavo de ningún sistema, porque el Señor me ha librado de esta esclavitud de hierro. Ahora soy el siervo gozoso de la verdad que nos hace libres. Ya sea que ofenda o agrade, con la ayuda de Dios predicaré cada verdad que voy aprendiendo de la Palabra. Sé que si algo hay escrito en la Biblia, está escrito como con un rayo del sol: Dios en Cristo manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio. Es una de las pruebas más tristes de la depravación total del hombre el que no quiera
obedecer este mandato, sino que desprecia a Cristo y de este modo hace que su condenación sea peor que la condenación de Sodoma y Gomorra…

Continuará …

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en Institución de la Religión Cristiana, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero? 2

El evangelio no es solo que por gracia somos salvos por medio de la fe, sino que es también el evangelio de arrepentimiento. Cuando Jesús, después de su resurrección, abrió el entendimiento de sus discípulos a fin de que
pudieran comprender las Escrituras, les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:46-47). Cuando Pedro predicó a las multitudes en Pentecostés, se sintieron constreñidos a decir: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:37-38). Más adelante, de igual manera, Pedro interpretó la exaltación de Cristo como una exaltación en la capacidad de “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31). ¿Puede haber algo que certifique con más claridad que el evangelio es el evangelio del arrepentimiento más que el hecho de que el ministerio celestial de Jesús como Salvador consiste en dispensar arrepentimiento para perdón de los pecados? Por lo tanto, Pablo, cuando dio un informe de su propio ministerio
a los ancianos de Éfeso, dijo que había testificado “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Y el escritor de la epístola a los Hebreos indica que “el arrepentimiento de obras muertas” es uno de los primeros principios de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1). No puede ser de otra manera. La vida nueva en Cristo Jesús significa que las ataduras que nos amarran al dominio del pecado han sido rotas. El creyente está muerto al pecado por el cuerpo de Cristo, el viejo hombre ha sido crucificado para que el cuerpo del pecado sea destruido, y de allí en adelante no sirve al pecado (Rom. 6:2, 6). Esta ruptura con el pasado queda registrada conscientemente al volverse del pecado a Dios “con total propósito de y procurando una nueva obediencia”…

El arrepentimiento es lo que describe la respuesta de volverse del pecado a Dios. Este es su carácter específico tal como es el carácter específico de la fe recibir a Cristo y confiar exclusivamente en él para salvación. El arrepentimiento nos recuerda que si la fe que profesamos es una fe que nos permite andar en los caminos de este mundo corrupto de hoy, en la lascivia de la carne, la lascivia de la vista y la vanagloria de la vida y en la comunión con las obras de tinieblas, entonces nuestra fe es una burla y un engaño. La fe verdadera está saturada de arrepentimiento. Y así como la fe no es solo un acto momentáneo, sino una actitud permanente de fe y confianza en el Salvador, así también el arrepentimiento resulta en una contrición constante. El espíritu quebrantado y el corazón contrito son señales
permanentes del alma creyente… la sangre de Cristo es el lavabo del limpiamiento inicial, pero es también la fuente a la cual el creyente tiene que recurrir continuamente. Es en la cruz de Cristo que el arrepentimiento tiene su comienzo; es en la cruz de Cristo que tiene que seguir revelando sus sentimientos en las lágrimas de confesión y contrición.

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero?

¿Cuál viene primero? ¿Fe o arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria, e insistir que uno es anterior al otro es en vano. No existe una prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree… La interdependencia de fe y arrepentimiento puede notarse enseguida cuando recordamos que la fe es fe en Cristo para salvación de los pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento por el pecado y el anhelo de ser salvo de él. Tal aborrecimiento del pecado involucra arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios. Lo recalco, si recordamos que el arrepentimiento es volvernos del pecado hacia Dios, el volvernos hacia Dios implica fe en la misericordia de Dios tal como fue revelada en Cristo. Es imposible desenredar la fe del arrepentimiento. La fe salvadora está saturada de arrepentimiento y el arrepentimiento está saturado de fe. La regeneración se expresa conforme practicamos la fe y el arrepentimiento.

El arrepentimiento consiste esencialmente de un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. El cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad se refiere principalmente a cuatro cosas. Es un cambio en la mente respecto a Dios, respecto a nosotros mismos, respecto al pecado y respecto a la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia se encuentra radicalmente pervertido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente. Los renueva radicalmente. Por lo tanto, sucede un cambio radical en nuestros
pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es muy importante observar que la fe que es para salvación es una fe que va acompañada por el cambio en los pensamientos y en las actitudes. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, particularmente en la evangelización popular, lo trascendental del cambio que la fe simboliza no es comprendido ni apreciado. Existen dos errores. Uno es poner la fe fuera del contexto que le da significado. El otro es pensar en la fe en términos de una simple decisión y una, por cierto, bastante barata. Estos errores se relacionan íntimamente y se condicionan mutuamente. El énfasis sobre el arrepentimiento y sobre el cambio profundo de pensamiento y sentimientos que esto involucra es precisamente lo que se necesita para corregir este concepto de la fe, que empobrece y destruye el alma. La naturaleza del arrepentimiento sirve para acentuar la urgencia de las cuestiones en juego en la demanda del evangelio, el apartarse del pecado que la aceptación del
evangelio significa, y la totalmente nueva manera de ver las cosas que la fe del evangelio imparte.

No hemos de pensar en el arrepentimiento como algo que consiste meramente de un cambio general en la manera de pensar. Es muy particular y concreto. Y como es un cambio en la manera de pensar con respecto al pecado, es un cambio en la manera de pensar con respecto a pecados en particular, pecados en toda la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Nos es muy fácil hablar del pecado, de censurarlos, y censurar los pecados particulares de otros, y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados en particular. La prueba del
arrepentimiento es la autenticidad y firmeza de nuestro arrepentimiento con respecto a nuestros propios pecados, pecados caracterizados por lo peculiarmente insoportable que nos resultan ser. El arrepentimiento, en el caso de los tesalonicenses, se manifestó en el hecho de que se apartaron de los ídolos para servir al Dios viviente. Era su idolatría lo que caracterizaba la evidencia de su enemistad con Dios, y era el arrepentimiento de esta enemistad la prueba de la autenticidad de su fe y esperanza (1 Tes. 1:9-10).

Continuará …

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 3

INGREDIENTE 4: VERGÜENZA POR EL PECADO. El cuarto ingrediente del arrepentimiento es la vergüenza: “Avergüéncense de sus pecados” (Eze. 43:10). El rubor es el color de la virtud. Cuando el corazón está negro por
el pecado, la gracia hace que el rostro se sonroje: “Avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti” (Esd. 9:6). El hijo pródigo arrepentido estaba tan avergonzado de sus excesos que no se sentía merecedor de ser llamado hijo (Luc. 15:21). El arrepentimiento causa una timidez generada por la vergüenza. Si la sangre de Cristo no estuviera en el corazón del pecador, no aparecería tanta sangre en el rostro. Existen… consideraciones sobre el pecado que pueden causar vergüenza:

(1) Cada pecado nos hace culpables, y la culpabilidad por lo general produce vergüenza.
(2) En cada pecado, hay mucha ingratitud; y eso es motivo de vergüenza. Abusar de la bondad de un Dios tan bueno, ¡cuánta vergüenza nos da!… Ser ingratos es un pecado tan grande que Dios mismo se sorprende de él (Isa. 1:2).
(3) El pecado nos ha desnudado, y eso puede generar vergüenza. El pecado nos ha despojado de nuestro lino blanco de santidad. Nos ha desnudado y deformado ante la vista de Dios, lo cual puede causar que nos sonrojemos…
(4) Nuestros pecados han avergonzado a Cristo ¿y no debiéramos nosotros estar avergonzados? Él se vistió de púrpura, ¿y no se ruborizarán nuestras mejillas?…
(5) Lo que puede hacernos sonrojar es que los pecados que cometemos son peores que los pecados de los paganos. Actuamos en contra de más luz.
(6) Nuestros pecados son peores que los pecados de los demonios. Los ángeles caídos nunca pecaron contra la sangre de Cristo. Cristo no murió por ellos… Ciertamente si hemos pecado más que los demonios, esto nos hará ruborizar.

INGREDIENTE 5: ODIO POR EL PECADO. El quinto ingrediente del arrepentimiento es el odio por el pecado. Los “Schoolmen” se distinguían por un odio doble: odio por las abominaciones y odio por la enemistad.

Primero, hay odio o aborrecimiento por las abominaciones: “Y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades” (Eze. 36:31). El arrepentido auténtico es un aborrecedor del pecado. Si alguien detesta aquello que le descompone el estómago, mucho más detestará aquello que le descompone la conciencia. Aborrecer el pecado representa más que meramente dejarlo… Cristo nunca es amado hasta que uno aborrece el pecado. Nunca se anhela el cielo hasta que uno aborrece el pecado… Segundo, hay odio por la enemistad. No hay mejor manera de descubrir la
vida que por medio del movimiento. Los ojos se mueven, el pulso late. Así que para descubrir el arrepentimiento no hay mejor señal que una antipatía santa contra el pecado… El arrepentimiento firme comienza en el amor de Dios y termina en el odio por el pecado.

¿Cómo puede reconocerse el verdadero odio por el pecado?

  1. Cuando el espíritu del hombre se opone al pecado. No solo la boca se expresa contra el pecado, sino que también lo aborrece el corazón, de modo que no importa lo atractivo que parezca el pecado, lo encontramos detestable, tal como detestamos el retrato de alguien que aborrecemos mortalmente, por más hermoso que se haya dibujado… No importa que el diablo cocine y aderece el pecado con placeres y ventajas, el arrepentido auténtico con un aborrecimiento secreto por él se siente disgustado por él y no se mezclará con él.
  2. El verdadero odio por el pecado es universal. El verdadero odio por el pecado es universal de dos maneras: con respecto a las facultades y al objeto. (1) El odio es universal con respecto a las facultades; es decir, que hay una antipatía por el pecado no solo mental, sino también de la voluntad y los sentimientos. Muchos están convencidos de que el pecado es una cosa vil y mentalmente tienen una aversión por él. No obstante gustan de su dulzura y se complacen secretamente en él. En estos casos se manifiesta en una aversión mental por el pecado y a la vez en un amor por él; mientras que el verdadero arrepentimiento, el odio por el pecado está en todas las facultades, no solo en la parte intelectual, sino principalmente en la voluntad: “Lo que aborrezco, eso hago” (Rom. 7:15). Pablo no estaba
    libre de pecado, no obstante estaba en contra de él. (2) El odio es universal con respecto al objeto. El que aborrece un pecado aborrece todos… El hipócrita aborrece algunos pecados que pueden arruinar su reputación, pero el verdadero convertido aborrece todos los pecados, los pecados que le producen ganancias, los pecados por sus debilidades y los primeros indicios de corrupción. Pablo odiaba la propensión a pecar (Rom. 7:23).
  3. El verdadero odio contra el pecado es contra el pecado en todas sus formas. El corazón santo detesta el pecado por su contaminación intrínseca. El pecado deja una mancha en el alma. La persona regenerada aborrece el pecado no solo por la maldición, sino también por lo contagioso. Aborrece esta serpiente no solo por su picadura, sino también por su veneno. Aborrece el pecado no solo por el infierno, sino como el infierno.
  4. El verdadero odio es implacable. Nunca volverá a reconciliarse con el pecado. El enojo puede reconciliarse, pero el aborrecimiento, no…
  5. Donde hay verdadero odio, no solo nos oponemos al pecado en nosotros mismos sino también en los demás. La iglesia en Éfeso no podía tolerar a los malos (Apoc. 2:2). Pablo censuró tremendamente a Pedro por su duplicidad aunque él era un Apóstol. Cristo, en un disgusto justificado, echó con azotes a los cambistas del templo (Juan 2:15). No toleraba que hicieran del templo una casa de cambio. Nehemías reprendió a los nobles por su usura (Neh. 5:7) y su profanación del día de reposo (Neh. 13:17). El que odia el pecado no lo tolera en su familia: “No habitará dentro de mi
    casa el que hace fraude” (Sal. 101:7). ¡Qué vergüenza el que las autoridades puedan demostrar mucho entusiasmo por sus pasiones, pero nada de heroísmo para reprimir la corrupción! Los que no sienten antipatía por el pecado desconocen el arrepentimiento. El pecado es en ellos lo que el veneno es en una serpiente, el cual, siendo parte de su
    naturaleza, les brinda placer.

¡Qué lejos están del arrepentimiento los que, en lugar de odiar el pecado, lo aman! Para el fiel, el pecado es como una espina en el ojo; para los malos, es como una corona sobre su cabeza: “…Habiendo hecho tantas abominaciones… ¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). Amar el pecado es peor que cometerlo. Un hombre bueno puede caer en una acción pecaminosa sin darse cuenta, pero amar el pecado es el colmo. ¿Qué hace que a un porcino le encante revolcarse en el fango? ¿Qué hace que el diablo ame aquello que se opone a Dios? Amar el pecado demuestra que la
voluntad está en pecado; y cuanto más de la voluntad está en pecado, más grande el pecado. La obstinación lo convierte en un pecado que no puede ser purgado por medio de un sacrificio (Heb. 10:26). ¡Oh, cuántos hay que
aman el fruto prohibido! Aman sus juramentos y adulterios; aman el pecado y aborrecen la reprensión… Así que los que aman el pecado, los que se aferran a aquello que les significa la muerte, los que juegan con la condenación, “está[n] lleno[s]… de insensatez en su corazón” (Ecl. 9:3). Nos persuade a demostrar nuestro arrepentimiento por medio de un odio implacable por el pecado…

INGREDIENTE 6: DEJAR EL PECADO. El sexto ingrediente del arrepentimiento es dejar el pecado… Este dejar el pecado se llama dejar el mal camino (Isa. 55:7), tal como el hombre deja la compañía de un ladrón o adivino. Se llama echar lejos el pecado (Job 11:14), tal como Pablo echó la víbora en el fuego (Hch. 28:5). Morir al pecado es la vida de arrepentimiento. El mismo día que el cristiano deja el pecado, tiene que aplicar una abstinencia perpetua. La vista tiene que abstenerse de miradas impuras. Los oídos tienen que abstenerse de escuchar calumnias. La lengua tiene que
abstenerse de jurar. Las manos tienen que abstenerse de los sobornos. Los pies tienen que abstenerse del sendero de la ramera. Y el alma tiene que abstenerse del amor al mal. Este dejar el pecado implica un cambio importante… Dejar el pecado es tan visible que los demás lo notan. Por eso se le llama pasar de la oscuridad a la luz (Ef. 5:8). Pablo, después de haber visto la visión celestial, cambió tanto que todos estaban atónitos ante el cambio (Hch. 9:21). El arrepentimiento convirtió al carcelero en enfermero y médico (Hch. 16:33). Este tomó a los apóstoles, les lavó las heridas y les dio de comer. El barco puede estar yendo hacia el este; pero viene un viento que lo hace girar para el oeste. De la misma manera, el hombre puede haber estado rumbo al infierno antes de que soplara el viento del Espíritu que le cambió el curso y causó que se dirigiera rumbo al cielo… Así de visible es el cambio que el arrepentimiento produce en la persona, como si fuera otra el alma que mora en el mismo cuerpo.

Para que el dejar el pecado sea legítimo tiene que reunir estas condiciones:

  1. Tiene que, de todo corazón, dejar el pecado. El corazón es el primum vivens, lo primero que vive, y tiene que ser el primum vertens, lo primero que se transforma. El corazón es aquello por lo que el diablo más se esfuerza por dominar… En la religión, el corazón lo es todo. Si el corazón no deja el pecado, no es más que una mentira… Dios exige que todo el corazón deje el pecado. El verdadero arrepentimiento no puede tener ninguna reserva o prisioneros.
  2. Tiene que ser dejar todo pecado. “Deje el impío su camino” (Isa. 55:7). El que se ha arrepentido verdaderamente deja el camino del pecado. Abandona cada pecado… Aquel que esconde a un rebelde en su casa es un traidor de la nación, y el que practica un pecado es un traidor hipócrita.
  3. Tiene que ser dejar el pecado sobre un fundamento espiritual. El hombre puede refrenarse de cometer un pecado y, no obstante, no dejar el pecado de un modo correcto. Los actos pecaminosos pueden refrenarse por temor o designio, pero el arrepentido auténtico deja de pecar sobre la base de principios religiosos, específicamente, el amor a Dios… Tres hombres se preguntaban unos a otros qué los había impulsado a dejar el pecado. El primero respondió: “Pienso en los gozos del cielo”, el segundo dijo: “Pienso en los tormentos del infierno”, pero el tercero dijo: “Pienso en el amor de Dios, y eso me hace abandonarlos. ¿Cómo podría yo ofender al Dios de amor?”

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Sublime gratitud

“¿Cómo podemos tener corazones rebosantes de alegría?”.

Mientras cantábamos junto a los niños de la clase bíblica, mi amiga y hermana en Cristo hizo esta pregunta a los pequeños para que meditaran en lo que estaban cantando. La respuesta se encontraba en los mismos versos de la alabanza: “Rebosando está mi copa desde que Él me salvó; grande gozo tengo yo”. El gozo de nuestra salvación se refleja en corazones agradecidos, o por lo menos debería. ¿Será que realmente manifestamos gratitud de corazón por lo que Dios ha hecho con nosotros? ¿O nuestra “oración de gratitud” parece más bien una lista de supermercado que completar rápidamente cada mañana?

En el libro Sublime gratitud, Mary K. Mohler — esposa del presidente del Southern Baptist Theological Seminary— nos recuerda que nuestra principal fuente de gratitud, alabanza, y gozo es la salvación que Cristo ofrece. A través de ocho capítulos de lectura sencilla y reflexiva, la autora propone que consideremos nuestra actitud actual de agradecimiento: ¿Cómo luce realmente nuestra vida cristiana? ¿Cuáles son nuestros obstáculos más grandes para tener un corazón agradecido? Para ayudarnos a meditar al finalizar cada capítulo, Mohler nos guía en oración y haciéndonos algunas preguntas de reflexión.

Sublime gratitud es un libro que te permite examinar tu vida y encaminarla hacia la voluntad de Dios. Mientras avanzaba a través de las páginas, consideraba más y más cómo mis actitudes diarias muchas veces no reflejan un corazón agradecido y que ello no daba buen testimonio de mi Salvador. Afortunadamente, Mary no nos deja ahí. Luego de ser confrontada con mi pecado, fui exhortada para ver cómo puedo cambiar en el poder del Espíritu y para la gloria de Dios.

Tipos de gratitud

En cada capítulo (todos, por cierto, te hacen sentir como si Mary te estuviese exhortando en persona) se distinguen dos tipos de gratitud, propuestas originalmente por el teólogo norteamericano Jonathan Edwards (1730-1733). La primera de ellas —la gratitud natural—, consiste en agradecer a Dios por las dádivas y bendiciones que nos permite gozar día a día, incluso aquellas por las quizá nunca se nos habría ocurrido agradecer, como las dificultades (p. 79). Un segundo tipo de gratitud es la que se ha llamado “gratitud espiritual”, que nos lleva a pensar en el carácter de Dios —en cómo y quién es Él— y agradecer por ello en adoración.

​Ser intencionalmente agradecidos de ambas maneras, incluso en las dificultades, tiene un propósito: glorificar a Dios. Nuestra gratitud puede ser un poderoso testimonio; Mary escribe que debemos “rebosar agradecimiento al Señor y dejar que se derrame en el modo en que tratamos a los demás” (p. 122).

Comienza hoy

Sin duda, Sublime gratitud es un libro que te permite examinar tu vida y encaminarla hacia la voluntad de Dios. Mientras avanzaba a través de las páginas, consideraba más y más cómo mis actitudes diarias muchas veces no reflejan un corazón agradecido y que ello no daba buen testimonio de mi Salvador. Afortunadamente, Mary no nos deja ahí. Luego de ser confrontada con mi pecado, fui exhortada para ver cómo puedo cambiar en el poder del Espíritu y para la gloria de Dios.

No importa quiénes seamos o de dónde vengamos, aún estamos a tiempo de llenar nuestras mentes y corazones de aquello que nos lleva a glorificar al Señor en gratitud. Te invito a descubrir cuánto gozo puede alcanzar tu corazón al mostrar agradecimiento hacia nuestro Salvador y, si es necesario, eliminar de raíz las situaciones o posturas que nos impiden ser agradecidos. Sublime gratitud es un excelente recurso para empezar a dar pasos en la dirección correcta.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 2

INGREDIENTE 3: CONFESIÓN DEL PECADO. El dolor es una pasión tan intensa que tiene que desahogarse. Se desahoga por los ojos con el llanto y por la boca con la confesión: “Y estando en pie, confesaron sus pecados” (Neh. 9:2). Gregory Nazianzen4 llama a la confesión “un bálsamo para el alma herida”.

La confesión es una acusación hacia uno mismo “Yo pequé” (2 Sam. 24:17)… Y lo cierto es que por medio de esta autoacusación prevenimos la acusación de Satanás. En nuestras confesiones nos acusamos de orgullo, infidelidad, pasión, de modo que cuando Satanás, llamado el acusador de los hermanos, ponga estas cosas a nuestra cuenta, Dios dirá: “Ellos mismos ya se han acusado. Por lo tanto, Satanás, tus cargos no corresponden, tus acusaciones llegan demasiado tarde”… Y escuche lo que dice el apóstol Pablo: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no
seríamos juzgados” (1 Cor. 11:31).

Pero, ¿acaso hombres malvados como Judas y Saúl no confesaron su pecado? Sí, pero la suya no fue una confesión auténtica. Para que la confesión de pecado sea correcta y genuina, estos… tienen que cumplir estos requisitos:

  1. La confesión tiene que ser voluntaria. Tiene que brotar como el agua de un manantial, libremente. La confesión del malvado es arrancada a la fuerza, como en el caso de las torturas. Cuando una chispa de la ira de Dios penetra en su conciencia o si teme la muerte, entonces confiesa… Pero la verdadera confesión brota de los labios como mirra del árbol o miel del panal, libremente…
  2. La confesión tiene que ser por compunción. El corazón tiene que sentirla profundamente. Las confesiones del hombre natural pasan por él como el agua por un caño. No lo afectan para nada. En cambio, la confesión auténtica deja en el hombre las marcas del corazón herido. David sentía un peso en su alma cuando confesó sus pecados. “Como carga pesada se han agravado sobre mí” (Sal. 38:4). Una cosa es confesar el pecado y otra es sentirlo.
  3. La confesión tiene que ser sincera. Nuestro corazón tiene que acompañar nuestras confesiones. El hipócrita confiesa su pecado pero lo ama, igualmente, el ladrón confiesa lo que robó, pero la encanta hacerlo. Cuántos confiesan orgullo y codicia con la boca pero los saborean debajo de la lengua como a la miel… Un buen cristiano es más honesto. Su
    corazón se mantiene a ritmo con su boca. Está convencido de los pecados que confiesa y aborrece los pecados de los que está convencido.
  4. En la confesión auténtica, el hombre especifica los pecados. El hombre malo reconoce que es un pecador en general. Confiesa el pecado al mayoreo. El convertido auténtico reconoce sus pecados específicos. Es como el herido que acude al médico y le muestra cada una de sus heridas: “Aquí tengo un tajo en la cabeza, allí me dispararon en el brazo”. Del
    mismo modo el pecador atribulado confiesa las diversas condiciones desordenadas, las enfermedades, de su alma.
  5. El verdadero doliente confiesa el pecado desde su origen. Admite lacontaminación de su naturaleza. Lo pecaminoso de nuestra naturaleza noes solo falta de lo bueno, sino una infusión de maldad… Nuestranaturaleza es un abismo y semillero de toda maldad, desde la cualprovienen esos escándalos que infectan al mundo. Es esta depravación dela naturaleza lo que envenena nuestras cosas sagradas. Es esto lo que traelos juicios de Dios y causa que al nacer nazcamos sin nuestrasmisericordias. ¡Oh, confiese el pecado desde su origen!…

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

El mensaje de la Biblia

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Seis ingredientes del Arrepentimiento

El arrepentimiento es una gracia del Espíritu de Dios por la cual el pecador es interiormente humillado y visiblemente reformado. Para aclararlo más ampliamente, sepa que el arrepentimiento es un medicamento espiritual compuesto de seis ingredientes especiales… si uno de ellos falta, pierde su virtud.

INGREDIENTE 1: VER EL PECADO. La primera parte del remedio de Cristo es el ungüento para los ojos (Hch. 26:18). Es lo más admirable que se nota en el arrepentimiento del pródigo: “Y volviendo en sí” (Luc. 15:17). Se vio a sí mismo como un pecador y nada más que un pecador. Antes de que el hombre pueda venir a Cristo, tiene que primero volver en sí. Salomón, en su descripción del arrepentimiento considera esto como el primer ingrediente: “Si se convirtieren” (1 Rey. 8:47). El hombre tiene que primero reconocer y considerar cuál es su pecado y conocer la plaga de su corazón antes de poder ser debidamente humillado por él. La primera creación de Dios fue la luz. De igual modo, lo primero que sucede en el arrepentido es la iluminación: “Más ahora sois luz en el Señor” (Ef. 5:8). El ojo se hizo para ver al igual que para llorar. Hay que primero ver el pecado antes de poder llorar por él. Por eso, digo que donde no se ve el pecado, no puede haber arrepentimiento. Muchos que pueden ver faltas en otros no ven ninguna en ellos mismos… Están cegados por un velo de ignorancia y soberbia. Por ello, no ven el alma deformada que tienen. El diablo hace con ellos lo que el halconero hace con el halcón: los ciega y se los lleva tapados al infierno…

INGREDIENTE 2: SENTIR DOLOR POR EL PECADO. “Me contristaré por mi pecado” (Sal. 38:18). Ambrosio1 llama al dolor o contrición la amargura del alma. La palabra hebrea para estar contristado significa “tener un alma, por así decir, crucificada”. Esto debe ser parte del verdadero arrepentimiento: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán” (Zac.
12:10), como si sintieran los clavos de la cruz en sus costados. El que una mujer espere dar luz a un hijo sin dolores es igual a que uno espere tener arrepentimiento sin dolor. Desconfíe del que puede creer sin dudar, desconfíe del que se arrepiente sin dolor… Este dolor por el pecado no es superficial: es una agonía santa. Es lo que las Escrituras llaman
quebrantamiento del corazón: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado” (Sal. 51:17); y un corazón rasgado: “Rasgad vuestro corazón” (Joel 2:13). Las expresiones herirse el muslo (Jer. 31:19), golpearse el pecho (Luc. 18:13), vestir cilicio (Isa. 22:12), arrancarse el pelo de la cabeza (Esd. 9:3), son todas señales exteriores de dolor interior. Este dolor es (1) Para hacer inestimable a Cristo. ¡Oh qué deseable es un Salvador para el alma atribulada! Ahora Cristo es ciertamente Cristo, y la misericordia es ciertamente misericordia. Hasta que el corazón esté lleno de remordimiento después de haber pecado, no puede ser apto para Cristo. ¡Cuán bienvenido es el médico para el hombre cuyas heridas están sangrando! Es (2) Para ahuyentar al pecado. El pecado produce dolor, y el dolor mata al pecado… Lo salado de las lágrimas mata el gusano de la conciencia. Es (3) Para abrir el camino al verdadero consuelo. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5). El arrepentido adquiere una siembra regada de lágrimas, pero también una cosecha deliciosa. El arrepentimiento desintegra los abscesos del pecado y entonces el alma descansa… El que Dios agite el alma por el pecado es como el agitar del estanque por parte del ángel (Juan 5:4), lo cual abría el camino para la curación.

Pero no todo dolor es evidencia verdadera del arrepentimiento… ¿De qué se trata este arrepentimiento piadoso? Tiene seis requisitos:

El auténtico dolor piadoso es interno. Es interno por dos razones: (1) Tiene que ver con un dolor en el corazón. El dolor de los hipócritas se nota en sus rostros: “Demudan sus rostros” (Mat. 6:16). Ponen cara de afligidos, pero su dolor no pasa de allí, así como el rocío sobre una hoja no penetra hasta la raíz. El arrepentimiento de Acab era una demostración externa. Rasgó sus vestiduras pero no su espíritu (1 Rey. 21:27). El dolor piadoso es profundo, como una vena que sangra por dentro. El corazón sangra por el pecado: “se compungieron de corazón” (Hch. 2:37). Como el corazón es el principal responsable del pecado, así también debe ser el dolor. (2) Es un dolor por los pecados del corazón, los primeros brotes y apariciones del pecado. Pablo se entristeció por la ley en sus miembros (Rom. 7:23). El
verdadero doliente llora por las muestras de orgullo y concupiscencia. Sufre por la “raíz de amargura” aunque nunca se manifieste en una acción. El hombre malo puede sentirse mal por los pecados desvergonzados; el verdadero convertido se lamenta por los pecados del corazón.

El dolor piadoso es honesto. Es un dolor por la ofensa más bien que porel castigo. La Ley de Dios ha sido quebrantada, su amor maltratado. Esto deshace en lágrimas al alma. El hombre puede lamentarse, pero no arrepentirse. El ladrón se lamenta cuando lo apresan, no porque haya robado sino porque tiene que pagar por su culpa… Por otro lado, el dolor piadoso es principalmente por haber pecado contra Dios, de modo que aun si no tuviere conciencia que lo molestara, ni el diablo que lo acusara, ni infierno que lo castigara, su alma todavía estaría atribulada por la falta cometida contra Dios… ¡Oh que no ofendiera yo a un Dios tan bueno, que no afligiera a mi Consolador! ¡Esto me destroza el corazón…!

El dolor piadoso es uno que confía. Está entremezclado con la fe… El dolor espiritual hunde el corazón si la polea de la fe no lo levanta. Así como nuestro pecado está siempre delante de nosotros, debe estar también la promesa de Dios siempre delante de nosotros…

El dolor piadoso es un dolor grande. “En aquel día habrá gran llanto…, como el llanto de Hadadrimón” (Zac. 12:11). Dos soles se pusieron el día que murió Josías3, y hubo gran llanto fúnebre. A este extremo tiene que hervir el dolor por el pecado…

El dolor piadoso en algunos casos va acompañado de restitución. Quien haya cometido una falta contra la propiedad de otros por medio de tratos injustos y fraudulentos debe conscientemente hacer restitución. Hay una ley específica para esto: “Y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Núm. 5:7). Por ello, Zaqueo hizo restitución: “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado” (Luc. 19:8).

El dolor piadoso es duradero. No tiene que ver con derramar unas pocas lágrimas por emoción. Algunos lloran a mares durante un sermón, pero es como el chaparrón de primavera, pronto pasa o como abrir una llave de agua que pronto uno cierra. El verdadero dolor tiene que ser habitual. Oh cristiano, la enfermedad de su alma es crónica y con frecuencia recurrente. Por lo tanto, usted tiene que aplicarse continuamente curaciones por medio del arrepentimiento. Tal es el dolor que es para con Dios, verdaderamente “piadoso”.

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Juan 3:16 y la capacidad del hombre para elegir a Dios

Es irónico que en el mismo capitulo en el cual nuestro Señor enseña la necesidad absoluta del nuevo nacimiento para ver el Reino, o siquiera poder escogerlo, aquellos que no son reformados encuentran uno de los textos principales que “apoyan” que el hombre caído retiene una pequeña capacidad de escoger a Cristo. Me refiero al versículo de Juan 3:16 que dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquél que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

¿Qué enseña este famoso versículo de la capacidad que tiene el hombre caído para elegir a Cristo? La repuesta sencilla es que no enseña nada. El argumento usado es que el texto enseña que todas las personas en el mundo tienen el poder para aceptar o rechazar a Cristo. Pero una vista cuidadosa del texto revela que no enseña nada de eso. Lo que el texto enseña es que todos los que creen en Cristo serán salvos. Quienquiera que haga lo primero (creer) recibirá lo segundo (la vida eterna). El texto no dice nada, absolutamente nada, de quiénes creerán. No dice nada de la capacidad moral natural del hombre caído. Tanto la gente reformada como la gente no-reformada están de acuerdo que todos los que creen serán salvos; donde no están de acuerdo es sobre quién tiene la capacidad de creer.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios.

Algunos pueden decir “Está bien. El texto no enseña explícitamente que el hombre caído tiene la capacidad de elegir a Cristo sin primero haber nacido de nuevo, pero eso es lo que insinúa”. No estoy diciendo explícitamente que el texto insinúa algo así. Sin embargo, aun si lo hiciera no marcaría una diferencia en el debate. ¿Por qué no? Nuestra regla de interpretar las Escrituras es que las implicaciones que vienen de las Escrituras siempre necesitan ser subordinadas a la enseñanza explicita de las Escrituras. Nunca, nunca, nunca tenemos que revertir este orden para subordinar la enseñanza explicita de las Escrituras a las implicaciones posibles que vienen de las Escrituras.

Si el versículo de Juan 3:16 mostrara una capacidad humana natural y universal del hombre caído de elegir a Cristo, esta implicación sería arrasada por la enseñanza explicita de Jesús en sentido contrario. Jesús enseñó explícitamente y sin ambigüedad que el hombre no tiene la capacidad de venir a Él excepto si Dios hace algo para darle esa capacidad, a menos que lo atraiga a Él.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios. Pablo declara, “la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7,8).

Preguntamos, entonces, “¿Quienes son los que están ‘en la carne’?” Pablo continúa declarando: “Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El” (Romanos 8:9). La palabra crucial aquí es “si”. Lo que distingue a los que están en la carne de los que no están es la presencia del Espíritu Santo. Nadie que no ha nacido de nuevo tiene la presencia del Espíritu Santo que mora en ellos. La gente que está en la carne no ha nacido de nuevo. A menos que primero hayan nacido de nuevo, nacido del Espíritu Santo, no pueden someterse a la ley de Dios. No pueden complacer a Dios.

Dios nos manda a creer en Cristo. Él se complace con los que eligen a Cristo. Si la gente no regenerada pudiera elegir a Cristo, pudiera someterse por lo menos a uno de los mandamientos de Dios y por lo menos pudieran hacer algo agradable a Dios. Si esto es verdad, el apóstol ha errado aquí cuando insiste que los que están en la carne no pueden someterse a Dios ni complacerle.

Llegamos a la conclusión de que el hombre caído todavía está libre para escoger lo que desea, pero ya que sus deseos son absolutamente malvados, le falta la capacidad moral para venir a Cristo. En tanto que permanece en la carne, el no regenerado nunca elegirá a Cristo. No puede elegir a Cristo precisamente porque no puede actuar en contra de su propia voluntad. No tiene ningún deseo para Cristo. No puede elegir a lo que no desea. Su caída es grande. Es tan grande que solo la gracia eficaz de Dios, obrando en su corazón, puede traerlo a la fe.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

La necesidad de Arrepentimiento 2

(b) Por otro lado, sin arrepentimiento no hay felicidad alguna en la vida presente. Puede haber optimismo, entusiasmo, risa y alegría mientras hay buena salud y dinero en el bolsillo. Pero estas cosas no significan felicidad sólida. Hay en todos los hombres una conciencia, y esa conciencia tiene que ser satisfecha. Mientras que la conciencia sienta que el pecado no ha causado arrepentimiento y no ha sido abandonado, no estará tranquila y no dejará que el hombre se sienta tranquilo por dentro…

(c) Además, sin arrepentimiento no puede haber idoneidad para el cielo en el mundo venidero. El cielo es un lugar preparado, y los que van al cielo tienen que ser un pueblo preparado. Nuestro corazón tiene que estar en armonía con las labores del cielo, de otra manera el cielo mismo sería una morada amarga. Nuestra mente tiene que estar en armonía con los habitantes del cielo, o de hecho la sociedad del cielo pronto nos resultaría intolerable… ¿Qué cosa podría hacer usted en el cielo si llega allí con un corazón que ama el pecado? ¿Con cuál de los santos hablaría? ¿Junto a quién se sentaría? ¡Seguramente los ángeles de Dios no producirían música melodiosa en el corazón del que no puede aguantar a los santos en la tierra y que nunca alabaron al Cordero por su amor redentor! Seguramente la compañía de patriarcas, apóstoles y profetas no sería motivo de gozo para el hombre que no lee su Biblia ahora y a quien no le importa conocer lo que los apóstoles y profetas escribieron. ¡Oh, no! ¡No! No puede haber felicidad alguna en el cielo, si allí llegamos con un corazón impenitente…

Le ruego por las misericordias de Dios que considere profundamente las cosas que he estado diciendo. Vive usted en un mundo de engaños, falsedades y mentiras. Que nadie lo engañe en cuanto a la necesidad del arrepentimiento. ¡Oh, que los que profesan ser cristianos vieran, supieran y sintieran más de lo que hacen, de la necesidad, la necesidad absoluta de un auténtico arrepentimiento ante Dios! Hay muchas cosas que no son necesarias. Las riquezas no son necesarias. La salud no es necesaria. La ropa fina no es necesaria. Los dones y el mucho saber no son necesarios. Millones han llegado al cielo sin todo eso. Miles están llegando al cielo cada año sin todo esto. Pero nadie ha llegado al cielo sin “el arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

No permita que nunca nadie lo convenza que cualquier religión, en la que el arrepentimiento ante Dios no ocupa un lugar prominente, merece ser llamada el evangelio. ¡Un evangelio, sí! No es evangelio aquel en que el
arrepentimiento no es lo principal. Un evangelio es el evangelio del hombre, pero no el de Dios. ¡Un evangelio! Viene de la tierra, pero no del cielo. ¡Un evangelio! No es de ninguna manera el evangelio. Es puro antinomianismo3 y nada más. Mientras abrace usted sus pecados y se aferre a sus pecados y tenga sus pecados, puede hablar todo lo que quiera sobre el evangelio, pero sus pecados no han sido perdonados. Si gusta, puede llamarlo legalismo. Si gusta, puede decir que “espero que al final todo resulte bien ––Dios es misericordioso— Dios es amor ––Cristo murió— espero ir al cielo al final”. ¡No! Le afirmo que eso no está bien, nunca estará bien… Está usted pisoteando la sangre de la expiación. No tiene hasta ahora arte ni parte con Cristo. Mientras que no se arrepienta del pecado, el evangelio de nuestro Señor Jesucristo no es evangelio para su alma. Cristo es un Salvador del pecado, no un Salvador para el hombre en pecado. Si el hombre quiere retener sus pecados, el día vendrá cuando ese Salvador misericordioso le dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41).

No permita que nadie le haga creer que puede ser feliz en este mundo sin el arrepentimiento. ¡Oh, no!… Cuanto más sigue sin arrepentirse, más infeliz será ese corazón suyo. Cuando vaya haciéndose anciano y peine canas ––cuando ya no pueda ir a donde una vez iba, y disfrutar de lo que antes disfrutaba— la desdicha y el sufrimiento lo atacarán como un hombre armado. Escríbalo en las tablas de su corazón: ¡sin arrepentimiento no hay paz!

Espero ver muchas maravillas en el día final. Espero ver algunos a la derecha del Señor Jesucristo quienes yo temía ver a su izquierda. Y veré a algunos a la izquierda que suponía buenos creyentes y esperaba ver a la derecha. Pero estoy seguro de una cosa que no veré. No veré a la derecha de Jesucristo a ningún hombre impenitente.

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Roca de mi Alma

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuentralos en: www,solosanadoctrina.com/tienda

La necesidad de Arrepentimiento 1

“Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El texto que encabeza esta página, a primera vista parece inflexible y severo: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Me imagino que algunos dirían: “¿Es este el evangelio?” “¿Son estas las buenas nuevas?” “¿Son estas las buenas nuevas de las que hablan los ministros?” “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60).

Pero, ¿de la boca de quién salieron estas palabras? Salieron de la boca de Aquel que nos ama con un amor que sobrepasa todo entendimiento, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Fueron dichas por Aquel que tanto nos amó que dejó el cielo por nosotros, vino al mundo por nosotros, fue a la cruz por nosotros, fue al sepulcro por nosotros y murió por nuestros pecados. Las palabras que salen de una boca como esta son indudablemente palabras de amor.

Después de todo, ¿qué prueba más grande de amor puede haber que el que uno advierta a su amigo de un peligro inminente? El padre que ve a su hijo caminando hacia el borde de un precipicio, al verlo exclama bruscamente: “¡Detente, detente!” ¿Quiere decir esto que ese padre no ama a su hijo? La tierna madre que ve a su infante a punto de comer una mora venenosa y exclama bruscamente: “¡Detente, detente! ¡Deja eso!” ¿Quiere decir esto que la madre no ama a esa criatura? Es la indiferencia la que no molesta a la gente y deja que cada uno se vaya por su propio camino. Es el amor, el amor tierno el que advierte y da el grito de alarma. El grito de “¡Fuego, fuego!” a medianoche puede sobresaltar súbita y desagradablemente al hombre que duerme. Pero, ¿quién se va a quejar si ese grito significa la salvación de una vida? Las palabras: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” al principio pueden parecer duras y severas. Pero son palabras de amor, y pueden ser la única manera de librar del infierno a almas preciosas.

Paso ahora a… considerar la necesidad del arrepentimiento: ¿Por qué es necesario el arrepentimiento? El texto al principio de esta página muestra claramente la necesidad del arrepentimiento. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo son precisas, expresivas y enfáticas: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Todos, todos sin excepción necesitan arrepentirse delante de Dios. Es necesario no solo para los ladrones, homicidas, borrachos, adúlteros, fornicarios y reos en las cárceles. No. Todos los nacidos de la semilla de Adán, todos sin excepción
necesitan arrepentirse delante de Dios. La reina en su trono y el indigente en un albergue; el rico en su sala y la sirvienta en la cocina; el profesor de ciencias en la universidad y el muchachito pobre e ignorante detrás del arado… todos, por naturaleza, necesitan el arrepentimiento. Todos son nacidos en pecado; y todos tienen que arrepentirse y convertirse para ser salvos. El corazón de todos tiene que ser cambiado en lo que al pecado respecta. Todos tienen que arrepentirse al igual que creer en el evangelio. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos” (Mat. 18:3). “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Luc. 13:3).

Pero, ¿de dónde viene la necesidad del arrepentimiento? ¿Por qué se usa un lenguaje tan tremendamente fuerte en relación con esta necesidad? ¿Cuáles son las razones… por las cuales el arrepentimiento es tan indispensable?

(a) Por un lado, sin el arrepentimiento no hay perdón de pecados. Al decir esto, tengo que cuidarme de que se me malinterprete. Le pido enfáticamente que no me entienda mal: las lágrimas de arrepentimiento no lavan ningún pecado. Es mala enseñanza cristiana decir que lo hacen. Ese es el oficio, esa es la obra de la sangre de Cristo exclusivamente. La contrición1 no expía ninguna transgresión. Es una teología espantosa decir que lo hace. De ninguna manera puede. Nuestro mejor arrepentimiento es deficiente, imperfecto y debemos repetirlo una y otra vez. Nuestra mejor contrición tiene suficientes defectos como para hundirnos en el infierno. “Somos contados como justos delante de Dios únicamente por medio de nuestro Señor Jesucristo, por fe, y no por nuestras propias obras ni por nuestros méritos”, ni por nuestro arrepentimiento, santidad, ni obras de caridad, no por recibir ningún sacramento ni nada parecido. Todo esto es absolutamente cierto. No obstante, no es menos cierto que la gente justificada es siempre gente arrepentida y que el pecador perdonado es siempre un hombre que deplora y aborrece sus pecados. Dios en Cristo está dispuesto a recibir al hombre rebelde y darle paz con que solo venga a él en nombre de Cristo, por más malvado que haya sido. Pero Dios requiere, y requiere con justicia, que el rebelde renuncie a sus armas. El Señor Jesucristo está listo para compadecerse, perdonar, quitar, limpiar, lavar, santificar y preparar para el cielo. Pero el Señor Jesucristo anhela ver al hombre aborrecer los pecados que quiere que le sean perdonados. Quien quiera, llame “legalidad” a esto. Quien quiera, llámelo “esclavitud”.

Yo me baso en las Escrituras. El testimonio de la Palabra de Dios es claro e indubitable. La gente justificada es siempre gente arrepentida. Sinarrepentimiento, no hay perdón de pecados.

Continuará …

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Verdadera Felicidad

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. (Salmo 1:1-2)

Una exposición del Salmo 1. La gente busca la felicidad por todas partes sin encontrar más que decepciones. Esto se debe a que la buscan como un fin en sí misma mientras que, según el Dr. Lloyd-Jones, únicamente puede hallarse en el conocimiento de Dios.

En esta exposición del Salmo 1, predicada originariamente en forma de cuatro sermones de Año Nuevo a comienzos de 1963, el Dr. Lloyd-Jones muestra la profunda diferencia que existe entre la verdadera felicidad y los falsos sustitutos que la gente intenta poner en su lugar. El Dr. Lloyd-Jones ministró en Westminster Chapel, Londres, durante treinta años hasta su jubilación en 1965. Murió el 1 de marzo de 1981.

Este primer salmo es de gran interés y los expertos están de acuerdo en que es verdaderamente significativo. Sin lugar a dudas, es una especie de introducción general a todo el libro de los Salmos. Este es un libro que enseña una filosofía concreta, una forma de ver la vida. También la encontramos en Proverbios y en los otros libros de sabiduría (Job, Eclesiastés); asimismo, la encontramos en las partes más didácticas de la Biblia, las teológicas. Pero aquí la tenemos, bajo esta forma poética en concreto, expresada como una experiencia por la que ha pasado el autor, el salmista; cómo ha entendido la enseñanza de Dios con respecto a eso y cómo Dios, en esa misma experiencia, lo ha guiado a una comprensión más profunda de sus caminos con respecto a los hombres. Este salmo es, pues, una introducción y, por tanto, tal como podríamos esperar, en él encontramos la enseñanza y la filosofía básicas de todo el libro.

UN MENSAJE

Pero al mismo tiempo, pues, y por la razón que acabo de exponer, es una introducción y un resumen muy bueno del mensaje de toda la Biblia. Porque la Biblia contiene un solo mensaje: lo expresa de diversas formas, pero se trata de un solo mensaje. Encontramos bastante geografía y geología, y bastante historia; se nos habla mucho de reyes, príncipes, guerras, luchas, nacimientos, bodas, muertes; infinitos detalles, pero un solo tema: los hombres y las mujeres en su relación con Dios y lo que Dios ha hecho por nosotros y nuestra salvación.

Hallamos esto, pues, en cada lugar y pasaje de la Biblia; y puesto que es el gran tema del Libro de los Salmos en general, también lo encontramos concentrado en este Salmo 1. Podemos decir, pues, que aquí tenemos la quintaesencia de la enseñanza de la Biblia con respecto a los hombres y las mujeres y a sus vidas en este mundo y en el tiempo. Por eso pido que prestes atención. Somos criaturas del tiempo y por eso cada año que pasar es significativo para nosotros. Dividimos el tiempo de esa forma: no tiene nada de malo si lo utilizamos correctamente. Cualquier cosa que nos haga detenernos y reflexionar y meditar, cual-quier cosa que nos haga considerar estas cuestiones y nuestra relación con el Dios todopoderoso, es positiva.

«Pero —dirá alguno—, ¿por qué nos cuentas estas cosas? ¿No te has quedado un poco anticuado? ¿No es esto una especie de anacronismo con respecto a este mundo moderno? ¿No nos puedes ofrecer algo más actual? ¿No puedes ofrecernos algo moderno? ¿No puedes ofrecernos una enseñanza nueva? Estamos en un nuevo mundo, en una época científica. ¿No puedes analizar la vida tal como es hoy día y ofrecernos tus conclusiones, así como lo que otros piensan y defienden? ¿Por qué no intentas aventurar lo que sucederá en el futuro? ¿Por qué no nos dices ~que debiéramos hacer, aquello por lo que deberíamos movilizarnos y que tendríamos que intentar que hicieran nuestros gobernantes? ¿Por qué no intentas planificar un nuevo orden mundial o una forma mejor de vivir? ¿Por qué no haces algo así, por qué retroceder a ese viejo Libro tuyo? ¿Por qué no haces algo nuevo?».

Esa, en mi opinión, es una pregunta justa. No pongo objeciones a ella. Y su respuesta se ofrece en un libro de la Biblia llamado Eclesiastés: «Nada hay nuevo debajo del sol» (Eclesiastés 1:9). ¡Nada en absoluto, nada nuevo! Si alguien pudiera demostrarme que la situación en que nos encontramos en la actualidad es verdaderamente distinta, pensaría que la argumentación precisa de un nuevo enfoque; pero creo que podré demostrar que no hay nada diferente en absoluto.

La situación de los hombres y las mujeres en el mundo sigue siendo la de siempre. Podemos advertir lo que la gente buscaba en los tiempos del salmista. La felicidad. «Feliz es el hombre —¡ahí lo tenemos!—, feliz es el hombre que no anduvo en consejo de malos»: Bienaventurado, feliz. Estaban buscando la felicidad, y este hombre lo sabía; él mismo la había estado buscando.

Hoy día, pues, la necesidad fundamental de las personas sigue siendo la felicidad. No somos las primeras personas que han deseado ser felices: el género humano siempre ‘ha estado en busca de ello. Toda la vida, la Historia y la civilización no es sino esta gran búsqueda de la felicidad. Nadie quiere ser desgraciado; nadie quiere ser infeliz; todo el mundo busca el gozo, la felicidad y el regocijo. La situación, pues, es exactamente la misma, no hay nada nuevo.

«¡Ay —dirás—, pero mira el mundo»! Pero el mundo siempre ha sido como es: un lugar de guerra y envidia; un lugar de celos, malicia, pesar y decepción. Siempre ha sido así. Puede adoptar diversas formas, pero eso no supone diferencia alguna en sí. Hubo un tiempo en que el cañón era tan terrible como lo es la bomba para nosotros.

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¿Qué es el arrepentimiento 2?

Pero, ¿qué es el verdadero arrepentimiento? Esta es una pregunta de primordial importancia. Merece toda nuestra atención. La siguiente es probablemente una definición tan buena como hasta ahora se ha dado. “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora operada en el corazón del pecador por el Espíritu y la palabra de Dios, por la cual hace en él un modo de ver, y un sentimiento no sólo de lo peligroso, sino también de lo inmundo y odioso de sus pecados y al apercibir la misericordia de Dios en Cristo para aquellos que se han arrepentido, se aflige por sus pecados los odia y se aparta de todos ellos a Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente en andar con el Señor en todos los caminos de una nueva obediencia”. El que esta definición es irrebatible y bíblica se va viendo con más claridad cuanto más a fondo se examina. El arrepentimiento verdadero es un dolor por el pecado que termina en una reforma. Meramente lamentarse no es arrepentirse, tampoco lo es una reforma que solo sea externa. No es la imitación de la virtud: es la virtud misma…

Aquel que realmente se arrepiente está principalmente afligido por sus pecados; aquel cuyo arrepentimiento es falso, está preocupado principalmente por sus consecuencias. El primero se arrepiente principalmente de que ha hecho una maldad, el último de que ha traído sobre sí una maldad. El uno lamenta profundamente que merece el castigo, el otro que tiene que sufrir el castigo. El uno aprueba de la Ley que lo condena; el otro cree que es tratado con dureza y que la Ley es rigurosa. Al arrepentido sincero, el pecado le parece muy pecaminoso. El que se arrepiente según las normas del mundo, el pecado de alguna manera le parece agradable. Se lamenta que sea prohibido. El uno opina que es una cosa mala y amarga pecar contra Dios, aun cuando no recibe castigo; el otro ve poca maldad en la transgresión si no es seguida por dolorosas consecuencias. Aunque no hubiera un infierno, el primero desearía ser librado del pecado; si no hubiera retribución, el otro pecaría cada vez más. El arrepentido auténtico detesta principalmente el pecado como una ofensa contra Dios. Esto incluye todos los pecados de todo tipo. Pero se ha comentado con frecuencia que dos clases de pecados parecen pesar mucho en la conciencia de aquellos cuyo arrepentimiento es del tipo espiritual. Estos son los pecados secretos y los pecados de omisión. Por otro lado, en el arrepentimiento falso, le mente parece centrase más en los pecados que son cometidos a la vista de otros y en pecados de comisión. El arrepentido auténtico conoce la plaga de un corazón malo y una vida estéril; el arrepentido falso no se preocupa mucho por el verdadero estado del corazón, sino que lamenta que las apariencias estén tanto en su contra.

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Qué es el arrepentimiento?

El arrepentimiento pertenece exclusivamente a la religión de pecadores. No tiene cabida en las actividades de criaturas no caídas. Aquel que nunca ha cometido un acto pecaminoso, ni ha tenido una naturaleza pecaminosa, no necesita perdón, ni conversión, ni arrepentimiento. Los ángeles santos nunca se arrepienten. No tienen nada de qué arrepentirse. Esto resulta tan claro que no hay razón para discutir el tema. En cambio, los pecadores necesitan todas estas bendiciones. Para ellos, son indispensables. La maldad del corazón humano lo hace necesario.

Bajo todas las dispensaciones, desde que nuestros primeros padres fueran despedidos del Jardín del Edén, Dios ha insistido en el arrepentimiento. Entre los patriarcas, Job dijo: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Bajo la Ley, David escribió los salmos 32 y 51. Juan el Bautista clamó: “Arrepentíos, porque el reino
de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). La descripción que Cristo hizo de sí mismo fue que había venido para llamar a “a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Justo antes de su ascensión, Cristo mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y los Apóstoles enseñaron la misma doctrina, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Por lo tanto, cualquier sistema religioso entre los hombres que no incluya el arrepentimiento de hecho es falso. Dice Matthew Henry: “Si el corazón del hombre hubiera seguido recto y limpio, las consolaciones divinas quizá hubieran sido recibidas sin la previa operación dolorosa; pero siendo pecador, tiene que primero sufrir antes de recibir consolación, tiene que luchar antes de poder descansar. La herida tiene que ser investigada, de otro modo no puede ser curada. La doctrina del arrepentimiento es la doctrina correcta del evangelio. No solo el austero Bautista, que era considerado un hombre triste y mórbido, sino también el dulce y amante Jesús, cuyos labios destilaban miel, predicaba el arrepentimiento…” Esta doctrina no dejará de ser mientras exista el mundo.

Aunque el arrepentimiento es un acto obvio y muchas veces dictaminado, no puede realizarse verdadera y aceptablemente sino por la gracia de Dios. Es un don del cielo. Pablo aconseja a Timoteo que instruya en humildad a los que se oponen, “Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Tim. 2:25). Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador “para dar arrepentimiento” (Hch. 5:31). Por lo tanto, cuando los paganos se incorporaban a la iglesia, esta glorificaba a Dios, diciendo: “¡¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!!” (Hch. 11:18). Todo esto coincide con el tenor de las promesas del Antiguo Testamento. Allí, Dios dice que realizará esta obra por nosotros y en nosotros. Escuche sus palabras llenas de gracia: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Eze. 36:26-27)… El verdadero arrepentimiento es una misericordia especial de Dios. Él la da. No procede de ningún otro. Es imposible que la pobre naturaleza que ha caído tan bajo se recupere por sus propias fuerzas como para que realmente se arrepienta. El corazón está aferrado a sus propios caminos y justifica sus propios caminos pecadores con una tenacidad incurable hasta que la gracia divina ejecuta el cambio. Ninguna motivación hacia el bien es lo suficientemente poderosa como para vencer la depravación del corazón natural del hombre. Si hemos de obtener su gracia, tiene que ser por medio del gran amor de Dios hacia los hombres que perecen.

No obstante, el arrepentimiento es sumamente razonable… Cuando somos llamados a cumplir responsabilidades que somos renuentes a cumplir, nos convencemos fácilmente que lo que se nos exige es irrazonable. Por lo tanto es siempre provechoso para nosotros tener un mandato de Dios que compele nuestra conciencia. Es realmente
benevolente que Dios nos hable con tanta autoridad sobre este asunto. Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). La base del mandato radica en que todos los hombres en todas partes son pecadores. Nuestro bendito Salvador no tenía pecado, y por supuesto, no podía arrepentirse. Salvo esa sola excepción, desde la Caída no ha habido ni una persona justa que no necesitara el arrepentimiento. Y no hay nadie más digno de lástima que el pobre iluso que no ve nada en su corazón y su vida por lo que debe arrepentirse.

Continuará …

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Cuándo una Iglesia deja de ser Iglesia?

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo y el Amor al Prójimo

En «Los Hermanos Karamazov», de Fyodor Dostoevsky, se desarrolla una poderosa escena entre el padre Zósimo, el obispo que vive en el monasterio y sirve como mentor de Aliocha, y una dama que se acerca a él para pedirle consejo. Ella le confiesa que teme que no puede «amar activamente» porque a menudo sus motivos son malos. El padre Zósimo responde a su preocupación haciendo referencia a una confesión similar que había escuchado muchos años antes de la boca de un médico.

“Amo a la humanidad», dijo, «pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez» –dijo– «he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido al calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos», dijo. «Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad».

El padre Zósimo concluye su consejo diciendo:

“Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia”.

Hay una gran diferencia entre el amor contemplativo y el amor en acción, entre el ideal del amor y su demostración práctica. El amor contemplativo es fácil y no requiere nada de nosotros más que imaginación, mientras que el amor activo es exigente, demanda que nuestra imaginación se ejercite y encuentre expresión a través de nuestro cuerpo. El amor contemplativo es una idea romántica que se desarrolla en nuestra mente con un público admirador ficticio, pero el amor activo es un drama real que requiere presencia y perseverancia. Cuando Jesús y los autores del Nuevo Testamento resumen la ley como amar a Dios y amar a nuestro prójimo, tienen en mente el amor activo.

El apóstol Juan nos llama al amor activo cuando escribe: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3:18). El amor se hace visible al llevar a cabo las demandas severas que requiere. Jesús nos mostró perfectamente este tipo de amor y desea obrarlo en nosotros y a través de nosotros. Pero amar a nuestro prójimo con este amor activo es, como dice el padre Zósimo, «algo cruel y espantoso», y requerirá la ayuda del Espíritu Santo.

Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil.

El amor activo es específico
Jesús no solo amaba a la gente en general y a distancia. Amaba a la gente de manera personal y cercana. Su amor no era un vago sentimiento hacia las masas sino un amor tangible dirigido a personas particulares. Él amó a Su familia, sometiéndose a Sus padres terrenales mientras crecía bajo su autoridad (Lc 2:51). Mostró amor por Su madre en Sus momentos de agonía al confiar su bienestar a Su amigo y discípulo Juan (Jn 19:26-27). Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil. Él amó a Sus enemigos, no rivales desconocidos en tierras lejanas, sino personas de su misma comunidad que le hacían oposición de manera agresiva, le calumniaban y le rechazaban violentamente (Lc 4:16-30). Jesús amó a personas con nombres, historias y necesidades específicas. Buscó conocer esos nombres, ser parte de esas historias y satisfacer esas necesidades. Sanó a la suegra de un amigo (Mc 1:29-31). En compasión, tocó y sanó a un leproso. Alimentó a los hambrientos, curó a los enfermos, dio vista a los ciegos, liberó a los oprimidos y enseñó a las multitudes que eran como ovejas sin pastor.
El amor contemplativo no requiere que uno realmente entre en la vida y el dolor de otro. Pero el amor activo es tangible en su expresión. Está dirigido a personas reales y busca aliviar necesidades reales. Nos demanda ir más allá del sentimiento por los desconocidos, sino acoger al otro, conocerlo, escucharlo y ayudarlo.

El amor activo es sacrificial
El hombre contemporáneo está abiertamente comprometido con el «individualismo expresivo». Este dogma cultural cree que la persona verdaderamente feliz es la que está libre de responsabilidades, libre para perseguir sus sueños, seguir su corazón y vivir sus más profundos deseos, echando a un lado a cualquier persona o entidad que pueda restringir esa búsqueda. La felicidad es el objetivo, y sacrificarse a sí mismo se considera traición, la forma más segura de arruinar la felicidad propia.

Pero para amar verdaderamente, tenemos que limitar voluntariamente nuestras libertades. El amor «no busca lo suyo» (1 Co 13:5) sino que considera las necesidades de los demás. El amor contemplativo no requiere en realidad la muerte del yo, el sacrificio de las libertades o el llevar las cargas de los demás. Sin embargo, amar «de hecho y en verdad» a menudo requiere que desechemos nuestras propias preferencias, comodidades y calendarios por el bien de otro. En nuestros matrimonios, familias, iglesias, amistades y vecindarios, si queremos amar verdaderamente, tenemos que poner el bien del otro por encima del nuestro. No podemos vivir la visión de autonomía e individualismo radical y experimentar las profundidades del amor, porque el amor, por su propia naturaleza, impone restricciones en nuestras vidas.

Jesús modeló esta verdad. «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28). Él no vino a hacer Su propia voluntad, sino la voluntad del Padre (Jn 6:38). Se negó a exigir Su propia voluntad, sino que a causa del amor se sometió a la voluntad del Padre y al bien eterno de aquellos a quienes vino a salvar. Jesús con gusto tomó nuestras cargas y las llevó a la cruz. La muerte sustitutiva de Cristo se convierte en el modelo de amor para la comunidad cristiana. Pablo nos exhorta a «[andar] en amor, así como Cristo también os amó y se dio a sí mismo por nosotros» (Ef. 5:1-2). Si queremos amar a nuestro prójimo como Jesús nos ha amado, debemos renunciar a la autonomía y la libertad egocéntrica y recibir gozosamente las restricciones y cruces que el amor introduce. Debemos dar la bienvenida a las interrupciones e inconvenientes que el amor sacrificial requiere de nosotros.

El amor activo a menudo no es recíproco
El amor contemplativo espera una recompensa inmediata. Ansía ser apreciado, afirmado y celebrado por los esfuerzos que hace, y se cansa cuando el reconocimiento tarda en llegar. Pero el amor activo trabaja y persevera aun cuando no es correspondido.

El amor cristiano no fluctúa según el retorno de la inversión. El amor de Jesús fue y es repudiado, rechazado y no correspondido. Sin embargo, Él es firme en Su amor y no lo niega ni siquiera a las personas que constantemente lo rechazan.

Amar a nuestros amigos, familias y vecinos, como Jesús nos ama, exige la renuncia a los requisitos que naturalmente le otorgamos a los destinatarios de nuestro amor. El amor activo y concreto significa que seguimos amando incluso cuando ese amor es despreciado y no valorado. Nuestro amor debe ser cruciforme, moldeado por la cruz. La cruz no fue solo la manifestación del amor de Dios en Cristo, también fue el rechazo de la humanidad al amor de Dios en Cristo, y la imagen perfecta de la vitalidad de ese amor aún frente al rechazo. Cuando amamos a los demás y nuestro amor es encontrado con ira, amargura, ingratitud o presunción, nuestra visión de Jesús continuamente orando por Sus verdugos mientras lo crucificaban sirve para sustentar nuestro amor.

El amor activo produce belleza en nosotros
Dios desea hacernos más como Jesús. Él nos ha dado el Espíritu Santo para conformarnos a la imagen de Jesús para que podamos llegar a ser más y más lo que Dios quiere que seamos. Al darnos en amor a nuestro prójimo, el Espíritu Santo cultiva nuestra humanidad y produce belleza en nosotros. Esa belleza no vendrá al simplemente imaginarnos actos de amor sino mediante el ejercicio repetitivo del amor desinteresado. Nuestro carácter se forja por los actos que repetimos. Cuando elegimos una y otra vez limitar nuestras libertades en amor sacrificial hacia personas en particular que quizá lo rechacen, nos transformamos en un cierto tipo de persona, un pueblo que ama como Jesús amaba.
No somos justificados por nuestro amor. El mensaje del evangelio no es «ama como Jesús». Jesús murió la muerte que Él murió porque no podemos vivir la vida que Él vivió. Somos justificados solo por la fe en Su obra terminada. Pero aquellos que son justificados por la fe reciben el glorioso llamado de vivir y amar como Jesús, confiando en que Su Espíritu es suficiente para fortalecer nuestros esfuerzos y que Su gracia es suficiente para perdonar nuestros fracasos.

El Rev. J.R. Vassar es el pastor principal de Church at the Cross [La iglesia en la cruz], en Grapevine, TX.

Dios es incomprensible

¿Qué podemos saber acerca de Dios? Esta es la pregunta más básica de la teología, ya que lo que podamos saber sobre Él, en caso de ser esto posible, determinará el alcance y contenido de nuestro objeto de estudio. Respecto a esto, debemos tomar en cuenta la enseñanza de los mejores teólogos de la historia, quienes en su totalidad han afirmado la “incomprensibilidad de Dios”.

Al usar el término incomprensible, no se están refiriendo a algo que no podemos comprender o conocer en lo absoluto. Teológicamente hablando, decir que Dios es incomprensible no quiere decir que Dios sea completamente incognoscible; significa que ninguno de nosotros puede comprender a Dios por completo.

La incomprensibilidad está relacionada con un principio clave de la Reforma protestante: lo finito no puede contener (ni retener) lo infinito. Los seres humanos son criaturas finitas, por lo tanto nuestras mentes siempre funcionan desde una perspectiva finita. Vivimos, nos movemos, y existimos en un plano finito, pero Dios vive, se mueve, y existe en lo infinito. Nuestro entendimiento finito no puede contener a un sujeto infinito; por lo tanto, Dios es incomprensible. Este concepto es un equilibrio que nos sirve de advertencia, no sea que pensemos que hemos entendido y dominado cada detalle de Dios. Nuestra finitud siempre limita nuestra comprensión de Él.

Si malinterpretamos la doctrina de la incomprensibilidad de Dios, podemos caer fácilmente en dos graves errores. El primero es sostener que Dios, dado que es incomprensible, debe ser completamente incognoscible, y todo lo que afirmemos sobre Él es palabrería. Pero el cristianismo afirma la racionalidad de Dios junto con su incomprensibilidad. Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación. Pero esa revelación es inteligible, no irracional. No es mera palabrería, o un sinsentido. El Dios incomprensible se ha revelado verdaderamente a sí mismo.

Es entonces que aludimos al principio de la Reforma, según el cual Dios está tanto oculto como revelado. Hay una dimensión misteriosa de Dios que no conocemos. Sin embargo, no nos deja en la oscuridad, buscándolo a tientas en la penumbra. Él se revela a sí mismo, y es este el fundamento de la fe cristiana. El cristianismo es una religión de revelación. El Dios creador se ha revelado claramente en el glorioso teatro de la naturaleza; a esto llamamos “revelación natural”. Dios también se ha revelado a sí mismo verbalmente. Ha hablado, y tenemos su Palabra grabada en la Biblia. Aquí nos referimos a la revelación especial, la información que Dios nos da y que nunca podríamos descubrir por cuenta propia.

Dios permanece incomprensible porque se revela a sí mismo sin revelar todo lo que hay que saber acerca de Él. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre” (Dt. 29:29). No es que no tengamos conocimiento de Dios, o que tengamos un conocimiento completo de Él; más bien, tenemos un conocimiento práctico que es útil y crucial para nuestras vidas.

Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación.

Esto plantea la pregunta de cómo podemos hablar de manera significativa sobre el Dios incomprensible. Los teólogos tienen una desafortunada tendencia a oscilar entre dos extremos. Uno es el del escepticismo, considerado anteriormente, el cual asume que nuestro lenguaje acerca de Dios carece por completo de sentido y no tiene ningún punto de referencia respecto a Él. El otro extremo es una forma de panteísmo que asume falsamente que hemos entendido o contenido a Dios. Nos mantenemos al margen de estos errores cuando comprendemos que nuestro lenguaje sobre Dios se basa en la analogía. Podemos decir cómo es Dios, pero tan pronto como igualemos cualquier cosa que usamos para describirlo en su esencia, hemos cometido el error de pensar que lo finito puede contener lo infinito.

Históricamente, vemos al liberalismo protestante y a la neo-ortodoxia vacilar entre los dos errores mencionados anteriormente. La teología liberal del siglo XIX identificó a Dios con el flujo de la historia y con la naturaleza. Promovió un panteísmo en el que todo era Dios y Dios era en todo. En ese contexto, la neo-ortodoxia se negó a identificar a Dios con la creación y buscó restaurar la trascendencia de Dios. En su celo, los teólogos neo-ortodoxos hablaban de Dios como aquel que es “completamente otro”. Esa idea es problemática. Si Dios es completamente otro, ¿cómo podríamos saber cualquier cosa acerca de Él? Si Dios es completamente diferente a nosotros, ¿cómo podría revelarse?, ¿qué medios podría usar?, ¿podría revelarse a través de una puesta de sol?, ¿podría revelarse a través de Jesús de Nazaret? Si Él fuera completamente otro a los seres humanos, ¿qué base común pudo existir alguna vez para la comunicación entre Dios y la humanidad? Si Dios es completamente diferente a nosotros, no habría forma de que nos hablara.

Comprender que nos relacionamos con el Señor a través de la analogía resuelve el problema. Hay un punto de contacto entre el hombre y Dios. La Biblia nos dice que somos creados a la imagen de Dios (Gn. 1:26-28). En cierto sentido, los seres humanos son como Dios. Eso hace posible que la comunicación ocurra. Dios ha puesto esta capacidad de comunicación en la creación. No somos Dios, pero somos como Él porque llevamos su imagen y somos hechos a su semejanza. Por lo tanto, Dios puede revelarse a nosotros, no en su lenguaje, sino en el nuestro. Él puede hablar con nosotros, puede comunicarse de una manera que podamos entender, no de forma exhaustiva, sino verdadera y significativa. Si te deshaces de la analogía, terminas en el escepticismo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Hogar bajo Su Gracia

Karla de Fernández es Coordinadora de Iniciativas para Mujeres en Soldados de Jesucristo y directora del podcast Mujer en Su Palabra. En el libro Hogar bajo su gracia, Fernández nos muestra cómo cada detalle de tu hogar puede ser un reflejo de nuestra morada celestial. La autora nos muestra el corazón que Dios quiere formar en nosotras, haciéndonos semejantes a Cristo al servir desde nuestros hogares. 

A través de diez capítulos aprendemos cómo en cada aspecto de la vida del hogar Dios dirige a sus hijos e hijas a la realidad eterna, y también cómo el rol de la mujer —diseñado por Dios para su gloria— se ve afectado de manera negativa por la sociedad actual.

Hogar bajo su gracia

Como muchos libros dirigidos a mujeres, la autora destina su escritura a esposas y madres. Aun así, si eres joven o adulta soltera y no tienes hijos, te invito a que consideres lo que Karla nos enseña en Hogar bajo su gracia; desde el inicio del libro, ella señala la importancia de aprender a reflejar a Cristo en el hogar desde antes del matrimonio. Puede que seas la hermana mayor en tu familia, o la única mujer… sea como sea, puedes considerar cada enseñanza desde tu propia realidad.

Retrato de la mujer virtuosa

En los dos primeros capítulos del libro, Karla nos dirige en el análisis de Proverbios 31, pasaje donde se describe a una mujer que “nos reta a buscar ser una esposa ejemplar, leal, íntegra, confiable y servicial” (loc. 562). Cada detalle que se extrae del capítulo nos muestra que los talentos que el Señor nos ha dado pueden ayudar a edificar sabiamente nuestro hogar, considerando que cada decisión a tomar dentro de él debe ser guiada por Dios para el bienestar y el futuro de nuestra familia.

La autora señala que muchas veces sentiremos que no podremos más con las muchas cosas que debemos hacer a diario, por lo que nos muestra la importancia de “estar fortalecidas en nuestro Padre porque las pruebas y luchas vendrán, y si no estamos bien cimentadas, firmes y fortalecidas en Él, vamos a sucumbir” (loc. 897). El resto del libro sigue presentando más lecciones valiosas para toda mujer.

Con respecto a los hijos, la autora recalca la importancia de reflejar a Cristo en nuestro rol como madres, para tener la oportunidad de aplicar el evangelio en todo cuanto vivimos día a día, formando a nuestros hijos desde temprana edad para la gloria de Dios. Fernández también nos enseña sobre la importancia de aprovechar al máximo el tiempo junto a los hijos que Dios nos ha permitido tener. Es importante conocerlos, ayudarles, y estar para ellos siempre que lo necesiten. Sobre todo, Karla nos llama a preocuparnos por su salud espiritual; sabemos que la salvación es del Señor, pero llevarlos ante Él es nuestra responsabilidad como padres.

Por otro lado, respecto a la vida de pareja, la autora nos muestra cómo muchas veces consideramos que el matrimonio es únicamente para nuestro deleite, cuando fue creado por Dios para ser un reflejo constante de Cristo y su Iglesia, y se trata principalmente acerca de Él. Frente a esta realidad, Fernández nos dirige a considerar primeramente que el matrimonio, al estar compuesto por dos almas pecadoras, estará lleno de imperfecciones y dificultades, pero que en medio de esto Dios puede trabajar para moldearlo de acuerdo a Sus propósitos divinos y reflejar Su gracia. Asimismo —y a diferencia de lo que la cultura actual nos señala— la autora alude a la importancia de ser la ayuda idónea de nuestro esposo y no competir con él respecto al liderazgo en el hogar. Dios nos hizo diferentes al hombre y esto tiene un propósito divino; esta verdad no disminuye nuestro valor como personas.

​Cada familia tiene una historia distinta y se compone de diferentes maneras. Muchos hogares cristianos cuentan con un cónyuge que no es salvo, y otros más ni siquiera cuentan con la presencia de un padre. En cada realidad, es la voluntad de Dios la que reina; Él es quien da las fuerzas para continuar día a día y nos guía para tomar las decisiones correctas.

Conclusiones

Como muchos libros dirigidos a mujeres, la autora destina su escritura a esposas y madres. Aun así, si eres joven o adulta soltera y no tienes hijos, te invito a que consideres lo que Karla nos enseña en Hogar bajo su gracia; desde el inicio del libro, ella señala la importancia de aprender a reflejar a Cristo en el hogar desde antes del matrimonio. Puede que seas la hermana mayor en tu familia, o la única mujer… sea como sea, puedes considerar cada enseñanza desde tu propia realidad.

“Saturemos nuestro hogar con la presencia de Jesucristo. Que todo cuanto se hable en casa esté impregnado de Él, que cada decisión que tomemos esté de acuerdo con Sus principios bíblicos” (loc. 2699).

Hogar bajo su gracia es un libro perfecto para realizar estudios individuales o en grupo, con mujeres casadas o solteras de cualquier edad que quieran aprender cada vez más sobre cómo reflejar el amor divino a través de sus hogares.

Editorial B&H ESPAÑOL. 264 pp. Rústica

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/matrimonio-y-familia/974-hogar-bajo-su-gracia.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Amando a los difíciles de amar

«¡Enciérrenlos y tiren la llave! ¡Son solo una amenaza para la sociedad! ¿De quién se está hablando aquí? De hombres, mujeres y jóvenes encerrados detrás de los barrotes y las paredes de nuestras cárceles y prisiones. Ellos son realmente difíciles de amar. Sin embargo, estamos llamados a ir a ellos y mostrarles el amor de Jesucristo.

¿Hay algún ejemplo bíblico de amar al difícil de amar? Hay muchos ejemplos, pero considero que uno que se destaca de una manera especialmente poderosa, mostrándonos el amor que Dios tiene por los que son difíciles de amar, se trata de un hombre llamado Ananías. Muchas personas nunca han oído hablar de él, pero Ananías fue usado maravillosa y poderosamente por Dios para amar a un hombre muy difícil de amar llamado Saulo de Tarso.

Hechos 9 cuenta la historia de cómo Saulo se dirigía a Damasco para hacer cosas terribles a los seguidores de Jesús, incluso asesinarlos. Él no era exactamente alguien fácil de amar. Ananías, siendo un seguidor de Jesús, era objeto de la ira de Saulo. Pero Dios le habló a Ananías y le dijo que fuera a Saulo. Y mira la respuesta de Ananías a Dios: “Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre» (Hch 9:13-14). Nosotros pudiéramos Podríamos decir: «Señor, ¿estás bromeando conmigo? Ir a hablar con un criminal que está fuera de control y a punto de hacer cosas horribles, ¿en serio?

Ahora mira la respuesta de Dios a Ananías en el versículo 15: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel». Esto debería ayudarnos a entender que hay instrumentos escogidos por Dios detrás de los barrotes y las paredes de la prisión, y es nuestro honor y privilegio compartir la verdad de la Palabra de Dios con ellos.

Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido.

Lo que sucedió después

Ahora somos testigos del resultado de la obediencia de Ananías al amar al difícil de amar:

Ananías fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.. . . Y enseguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas, diciendo: Él es el Hijo de Dios. (vr. 17, 20)

¿Qué fue lo que pasó aquí? El evangelio hizo lo que hace el evangelio. El evangelio transforma vidas, y transformó la vida de Pablo para siempre.

He visto esto suceder en la prisión de manera regular. Déjame darte un par de ejemplos.

Recientemente, un joven entró a mi oficina en la prisión con un pedazo de papel y comenzó a explicarme qué contenía. Él dijo: «Tengo treinta y dos años y nunca he tenido un trabajo en mi vida. Todo lo que he sido es ser un traficante de drogas». Luego dijo: «En este papel hay una lista de todos los pecados horribles que recuerdo haber cometido en mi vida. Creo que ni siquiera Dios pudiera perdonar lo que hay en este papel». Hablamos durante un buen rato. Compartí las Escrituras con él sobre la obra de Jesús en la cruz y sobre cómo podemos confesar nuestros pecados y recibirlo como nuestro Salvador y Señor. Tomó un tiempo, pero él entendió el evangelio.

Él confió en Jesucristo como su Salvador y Señor, luego le pedí que pusiera su mano sobre ese papel con todos los pecados enumerados cuidadosamente. Enseguida puse mi mano sobre su mano y le entregamos todo a Jesús mientras le dabamos gracias por Su precioso y total perdón. Luego tomé el papel y lo hice trizas justo en frente de él. Le dije: «Tú, mi querido hermano, ahora eres libre». Desde ese día, ha sido un poderoso testigo para otros reclusos, para el personal de la prisión y para su familia. Condujo a su padrastro a Jesucristo, así como a su hijo de once años en la sala de visitas de la prisión.

Una vez, cuando estaba ministrando una mañana en el pabellón de los condenados a muerte en la Florida, un recluso que había confiado en Jesucristo como su Salvador y Señor y que ahora estaba llegando al final de su vida en esta tierra me dijo: «¡Dios me ha dado una esperanza infinita en vez de un final sin esperanza!» Sentí un gran amor por él en ese precioso momento.

Demostración de amor verdadero

Lee con cuidado el siguiente pasaje de las Escrituras. Aquí vemos el amor de nuestro Dios por nosotros. Un amor que realmente no es de este mundo. Un amor que nos defiende y nos respalda cuando todo y todos nos abandonen.

Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación (Rom 5:6-11).

¿Podemos amar a quien es difícil de amar? Sí. Nosotros también podemos ser un Ananías. Podemos visitar una cárcel o prisión, o incluso ir a donde ese vecino o compañero de trabajo tan falto de amor, y mostrarles cómo luce realmente el amor de Jesús. Estamos llamados a hacerlo, y en la obediencia hay bendiciones que ni siquiera podemos imaginar.

Nunca me canso de ver a Dios tomar a un individuo despreciable y perdido y transformarlo totalmente en una persona piadosa, productiva, útil y amorosa que está comprometida con Jesucristo y todo lo que eso significa. Es un gran gozo ser parte de ello. Algunos de los mejores hombres que conozco fueron algunos de los hombres más despreciables que haya conocido. ¿Qué pasó? El evangelio.

Me encanta el himno «Roca de la Eternidad» de Augustus Toplady. Sus palabras, «Nada traigo para Ti / Mas tu cruz es mi sostén», retratan vívidamente lo que sucede en las vidas de las personas difíciles de amar cuando se enfrentan cara a cara con la realidad de quién es Jesús y lo que ha hecho en sus vidas mientras confían solamente en Él para su salvación.

El Rev. Dan Matsche es un capellán de prisiones con Good News Jail & Prison Ministry. Él ha estado sirviendo en cárceles y prisiones por casi treinta y cinco años. Actualmente sirve en una prisión en Canon City, Colorado.

La Hermosura de Cristo

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos.​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary. Está casado con Charo de nacionalidad Peruana, con quien tiene 4 hijos: Ian, Evan,Rowan y Bronwyn, actualmente viven en Radford, Virginia.

Un niño nos es nacido 3

¿CÓMO ES PRESENTADO CRISTO? Es presentado,

En la predicación del evangelio. “¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?” (Gá. 3:1). A quien quiera que le llegue el evangelio, Cristo le es presentado como se expresa en las palabras del evangelio, para ser discernidas por fe. “Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:8).

En la administración de las [ordenanzas]. Así como en la Palabra, Cristo es presentado a los oídos, en las [ordenanzas] es presentado a los ojos. En las ordenanzas, hay una representación viva de Cristo, sangrando y muriendo en la cruz por los pecadores. “Esto es mi cuerpo” (Mt. 26:26). Aunque no está corporalmente presente en las [ordenanzas], lo está de hecho y espiritualmente en la fe de los creyentes, que obra cosas invisibles: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1)…

En la obra interior de iluminación salvadora. El Espíritu del Señor no sólo da luz, sino vista, a los escogidos. No sólo les abre las Escrituras, sino que les abre los ojos y revela a Cristo en ellas. (Gá. 1:15-16). Ésta es aquella demostración del Espíritu de la cual habla Pablo, la cual es el antecedente inmediato de la fe, sin la cual nadie cree.

¿[POR QUÉ] NOS ES PRESENTADO CRISTO DESDE SU NACIMIENTO?

Para que veamos la fidelidad de Dios en cumplir su promesa. La promesa de Cristo era antigua, cuyo cumplimiento había sido largamente demorado, pero ahora la vemos cumplida en el tiempo que Dios le tenía asignado, por lo que podemos estar seguros de que cumplirá a su tiempo el resto de sus promesas.

Para que podamos regocijarnos en él. El nacimiento de su precursor fue un gozo para muchos (Lc. 1:14 entonces ¿cuánto más el de él? Los ángeles cantaron de gozo por el nacimiento de Cristo (Lc. 2:13-14). Y nos es presentado para que podamos cantar con ellos, pues es motivo de gran gozo (Lc. 2:10-11). Y todo el que conoce el peligro de su pecado se regocijará cuando Cristo le sea presentado, tal como el hombre inculpado se goza cuando ve al Príncipe quien puede indultarlo.

Para que pongamos nuestros ojos en él, veamos su gloria y seamos llevados con él. Por esta razón, se invita a menudo a los pecadores a fijar sus ojos en él: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22). “Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón con la corona con que le coronó su
madre en el día de su desposorio, y el día del gozo de su corazón” (Cnt. 3:11). Mirar la fruta prohibida ha corrompido tanto a los ojos de la humanidad que las cosas del mundo se ven como a través de una lente de aumento y es imposible verlas como realmente son, hasta contemplar a Jesús en toda su gloria.

En último lugar, para que podamos reconocerlo en el carácter en el que se manifiesta como Salvador del mundo y nuestro Salvador. Porque es presentado como un joven príncipe al ser reconocido como heredero de la corona. El Padre lo escogió a él para ser el Salvador del mundo, nos lo ha dado como nuestro Salvador y así lo presenta para que lo reconozcamos.

APLICACIÓN: Le exhorto, por tanto, a creer que Cristo le es presentado a usted en su nacimiento como uno de su familia. Si pregunta usted qué debe hacer cuando cree, le respondo:

(1) Abrácelo con alegría. “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria” (Sal. 24:7). Cuando [Jesús] fue presentado en el templo, el anciano Simeón lo tomó en sus brazos sintiendo en su alma total satisfacción (Lc. 2:28-29). En cuanto a su presencia corporal, está ahora en el cielo, pero le es presentado a usted en el evangelio, abrácelo por fe de todo corazón, creyendo en él para salvación, renunciando por él a todos los demás salvadores, ¡entregándose a él para tranquilidad de su conciencia y su corazón!

(2) Béselo —con un beso de amor (Sal. 2:12), entregándole su corazón: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26), con un beso de honra, honrándole en su corazón, con sus labios y su vida, y con un beso de sometimiento, recibiéndole como su Señor, Rey, Cabeza y Esposo.

(3) Bendígalo —“Cantad a Jehová, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación” (Sal. 96:2). ¡Es Dios bendito para siempre! Pero hemos de bendecirle, como bendecimos a Dios: abiertamente, proclamándolo bendito (Sal. 72:17), orando de corazón que venga su reino (Sal. 72:15).

(4) Adórelo. Es lo que hicieron los sabios de oriente (Mt. 2:11). Es el Dios eterno y, por lo tanto, debe ser adorado: “Inclínate a él, porque él es tu señor” (Sal. 45:11): Su Esposo, su Rey, su Dios. Adórelo con una adoración interior, consagrándole toda su alma; y adórelo con una adoración exterior.

(5) En último lugar, preséntele obsequios. Eso hicieron los magos (Mt. 2:11). Obséquiele su corazón a él (Pr. 23:26). [Entréguele] todo su ser (2 Co. 8:5) para glorificarlo en su alma, cuerpo, su sustancia, ¡su todo!

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Un niño nos es nacido 2

Ha nacido un Salvador. La hora feliz del nacimiento largamente esperado ha llegado y el Niño ha venido al mundo. Los ángeles lo proclaman: “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2:10-11).
Los antepasados, reyes y profetas ya estaban en la tumba, murieron teniendo fe de que nacería y ¡ahora era una realidad! Realmente había nacido: Un Niñito pequeño, pero un Dios todopoderoso, un Infante, de menos de un día de nacido, pero ¡el Padre eterno! ¡Nacimiento maravilloso como el mundo nunca había visto antes, ni volverá a ver nunca!

Algunos han sido asignados a presentar a este Niño a amigos y familiares y todavía siguen haciéndolo. ¡Oh qué asignación tan honrosa! Más honrosa que la de presentar un príncipe de este mundo recién nacido al rey, su padre. José y María tuvieron el cargo de presentarlo al Señor (Lc. 2:22). Pero, ¿quién tiene el honor de presentárnoslo a nosotros?

(1) El Espíritu Santo tiene el ministerio de presentárnoslo internamente. “Pues me propuse”, dice Pablo, “no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado… y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co. 2:2-4). Y por [el Espíritu] su
Padre nos lo presenta a nosotros: “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16:16-17). De esta manera, es presentado a los pecadores en toda su gloria celestial,
para que tengan una vista amplia de él, que es la que debe tenerse en la tierra por fe: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14).

(2) Los ministros del evangelio tienen el cargo de presentárnoslo externamente, en los pañales de la Palabra y las [ordenanzas]. Han sido llamados a presentarlo a los pecadores creyentes: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2) y de presentar a Cristo a los pecadores para que crean en él. Vienen con el anciano Simeón, con Jesús, el niño santo en sus brazos por medio de las palabras del evangelio (Ro.10:6-8) y dicen, con Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Los ministros de Dios dicen como Pablo: “…Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:8).

¿A QUIÉN ES PRESENTADO CRISTO?

Negativamente, no es presentado a los ángeles caídos. No nació para ellos, ninguno es familiar suyo, “porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (He. 2:16). Su casa fue originalmente más honrosa que la casa de Adán, pero Cristo le dio un honor más elevado a la casa de Adán que a la de los ángeles. Los ángeles son sus siervos; los ángeles impíos sus verdugos, en cambio, los hombres santos son sus hermanos.

Positivamente, es presentado a los humanos pecadores, a cada uno y a todos ellos. A ellos va dirigido el anuncio: “He aquí el Cordero de Dios” (Jn. 1:29), etc. “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador” (Luc. 2:10-11). Primero fue presentado a los judíos [y mostrado] a Israel (Jn. 1:31); pero después a todo el mundo, a todas las naciones por igual (Mr. 16:15). De allí que desde los rincones más lejanos de la tierra, se oyen cánticos cuando se les muestra a los hombres el Cristo que nació para ellos; su gloria se manifiesta sin paralelo. En lo particular,

Es presentado a la Iglesia visible: A todas y cada una de ellas. Es cierto que hay muchas en el mundo a las cuales no es presentado. No cuentan con su voz ni su gloria, ni lo han visto representado en su Palabra. Pero dondequiera que llega el evangelio, Cristo es presentado a cada persona como el que vino a nacer para ellos… Es cierto que corporalmente
está ahora en el cielo, pero espiritualmente hablando, está en su Palabra y en las ordenanzas, presentadas a pecadores, y vistas por fe, aunque la mayoría no lo verá.

Es presentado eficazmente a todos los escogidos. Cristo es revelado en ellos (Gá. 1:15-16). Entonces, creen en él, y lo mismo se aplica a todos, sea como fuere que otros lo juzguen. “Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48). Todos son como fue Pablo en un sentido: Escogidos para ver al Justo y verlo con ojos espirituales los impulsa a desprenderse de todo para comprar el campo, el tesoro y la perla…

Continuará …

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Un niño nos es nacido

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).

El mundo esperó por mucho tiempo la venida de Cristo y aquí el profeta da la noticia: Aquel largamente esperado, al fin ha venido. El “niño…es nacido”. La palabra que aquí aparece como niño es un nombre que indica género –“un niño varón”— y es sólo un muchacho, un muchacho-niño. Tal fue nuestro Señor Jesucristo. Es un nombre dado comúnmente a los infantes del género masculino, desde que nacen y lo siguen teniendo durante sus primeros años hasta llegar a ser hombres adultos. La palabra que aparece como nacido significa algo más, indica mostrado o presentado nacido. Es una costumbre tan natural que siempre ha existido en el mundo: cuando un niño nace, es vestido y presentado o mostrado a los de su familia para su tranquilidad. Los hijos de Maquir fueron presentados a José, su bisabuelo, y sobre sus rodillas fueron criados (Gn. 50:23) y el hijo de Rut a Noemí (Rut 4:17).

Entonces lo que dice el profeta es: “Este niño maravilloso es presentado”, es decir, a los de su familia. ¿Y quiénes son estos? Tiene familia en el cielo: El Padre es su Padre, el Espíritu Santo es su Espíritu, los ángeles son sus siervos, pero no se refiere a estos. ¡Se refiere a nosotros, los hijos e hijas de Adán! Somos sus parientes pobres y a nosotros como
sus parientes pobres sobre la tierra, hijos de la familia de Adán, de la cual es él la rama más alta, este Niño nacido nos es presentado para nuestro consuelo en nuestra condición inferior.

El nacimiento de Cristo era esperando. La Iglesia, su madre, (Cnt. 3:11) tuvo una temprana promesa de que vendría (Gn. 3:15). Fue en virtud de esa promesa que fue concebido y que nació. Toda la humanidad aparte de él, lo fue por otra palabra, a saber: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Gn. 1:28).

Aunque María, su madre en la carne [estuvo embarazada con él por nueve meses], la Iglesia, su madre figuradamente [estuvo “embarazada” con él] desde aquel momento (Gn. 3:15) durante unos cuatro mil años. Muchas veces, ésta esperaba que ya naciera y corría el peligro de pensar que era un falso embarazo [porque] tardaba tanto. Los reyes y
profetas esperaban y ansiaban que llegara el día: “Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lc. 10:24). Toda la Iglesia del Antiguo Testamento ansiaba que llegara el día de Cristo “Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas” (Cnt. 8:14).

Ha nacido un Salvador. La hora feliz del nacimiento largamente esperado ha llegado y el Niño ha venido al mundo. Los ángeles lo proclaman: “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2:10-11).
Los antepasados, reyes y profetas ya estaban en la tumba, murieron teniendo fe de que nacería y ¡ahora era una realidad! Realmente había nacido: Un Niñito pequeño, pero un Dios todopoderoso, un Infante, de menos de un día de nacido, pero ¡el Padre eterno! ¡Nacimiento maravilloso como el mundo nunca había visto antes, ni volverá a ver nunca!

Continuará …

Tomado de “Christ Presented to Mankind-Sinners” en The Works of Thomas Boston.


Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Bersichshire, Escocia.

Amando a nuestra familia

El amor familiar tiene sus raíces en la creación. Por la misericordia de Dios, los seres humanos caídos todavía tienden a conservar un amor natural por sus familias. Aunque malvados, los padres dan buenos regalos a sus hijos (Mt 7:9-11). La bondad familiar a menudo despierta respuestas de amor incluso en los malvados (Mt 5:46-47). Solo cuando Dios permite que el pecado siga su curso completo, el amor propio del hombre destruye el afecto natural y desintegra a la familia (2 Tim 3: 1-4). Esa es la tragedia que se desarrolla en la cultura occidental.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado. Dios envió a Su Hijo como el sacrificio expiatorio por nuestros pecados para llevar el justo juicio que nuestros pecados merecían: «En esto consiste el amor» (1 Jn 4:10 ). En el mejor de los casos, somos pecadores merecedores de la ira de Dios, pero Él nos ama al más alto grado. El afecto natural es una extensión del amor propio, pero la cruz infunde un amor sacrificial en nuestras almas. Cada fracaso en amar a nuestro padre, madre, hermana, hermano y a cualquier otra persona tiene su raíz en nuestro fracaso de abrazar a Cristo crucificado con una fe viva.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado.

La familia crece a partir del vínculo matrimonial entre marido y mujer. Ninguna otra relación capta nuestro supremo llamado a reflejar el amor de Cristo: las esposas en su reverente sumisión y los maridos en su abnegado servicio (Ef 5:22-25). Juntos, marido y mujer deben convertirse en mejores amigos a través de la vida que comparten en Cristo (vv. 28-30). O, si el cónyuge de un cristiano no es creyente, entonces el creyente debe vivir con la esperanza de ganar al pecador por el testimonio de la belleza de la santidad, la pureza y el temor divino (1 Pe 3:1-4). Cuando llevar la cruz en el matrimonio atraviesa nuestras almas, debemos recordar que Dios diseñó el matrimonio por algo más que nuestra satisfacción. El matrimonio existe para la gloria de Dios. Un cónyuge amoroso es una imagen de Dios (Gén 1:27).

Unidos como amantes y colaboradores, el esposo y la esposa aman a sus hijos, con el hombre como el principal responsable: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos (Ef. 6:4). Esto trasciende las cosas de este mundo y abarca «en la disciplina e instrucción del Señor» (v. 4).

Los padres cristianos actúan en unión con Cristo nuestro Mediador, porque como miembros de Él, comparten Su unción. Por consiguiente, deberían amar a sus hijos como profetas bajo el gran Profeta, hablándoles la Palabra de Dios con pasión y amor (Deut 6:6-7). Deben amar a sus hijos como sacerdotes bajo el Sumo Sacerdote con tierna misericordia, intercesión diaria y adoración conjunta en el hogar y la iglesia (Heb 2:17-18; 4:14-16; 10:19-25; 13:15). También deben amar a sus hijos como reyes bajo el Rey supremo, protegiéndolos de las influencias corruptoras y depredadoras (Jn 10: 12-14), y gobernarlos con disciplina para entrenarlos en el camino de la paz (Is 9:6-7). Sin embargo, deben recordar que ellos mismos no pueden salvar a sus hijos, ya que solo hay un Mediador (1 Tim 2:5-6), y el evangelio a veces divide a una familia como una espada (Mat 10:34-36).

Padres y madres, ¿es Jesús su Profeta, Sacerdote y Rey? ¿Están actuando en el nombre de Jesús como profetas, sacerdotes y reyes en sus hogares con perseverancia, por amor a Él?

El amor de un niño por su padre y su madre se muestra en sumisión a su autoridad y receptividad a su instrucción, tal como Dios lo ordena (Ef 6:1-3). Un niño puede honrar a sus padres correctamente solo por fe, en unión y comunión con Jesucristo («en el Señor», v.1). Hijos e hijas, ¿son como ramas que habitan en la vid (Jn 15:5), extrayendo amor por sus padres de Jesucristo por la fe?

Con el tiempo, los niños crecen y las relaciones se multiplican. El amor requiere que los padres capaciten a los hijos mayores incrementando su libertad para vivir como miembros responsables de la sociedad. Deben sentir el peso de proveerse a sí mismos: «Si alguno no trabaja, tampoco debe comer» (2 Tes 3:10). El amor nos guía a recibir a nuestros yernos y nueras como a nuestros propios hijos, y también a liberar a estas nuevas parejas para que formen sus propios hogares: deben «irse» para «unirse» (Gen 2:24). No tenemos autoridad para seguir gobernándolos, pero siempre debemos amarlos, interesarnos por lo que Dios está haciendo en sus vidas y ser consejeros fieles (Ex 18:7-9, 13-24). Los hijos adultos nunca dejan atrás el deber de honrar y amar a sus padres, ya que abandonar a sus padres ancianos contradice tanto la ley como el evangelio (Mt 15:3-6; 1 Tim 5:8, 16). Por su parte, los abuelos y bisabuelos deberían dar ejemplos de fe perseverante, orar mucho por sus descendientes y compartir la sabiduría de Dios con ellos, para que la bendición de Dios se extienda hasta mil generaciones (Deut 7:9).

El Dr. Joel R. Beeke es presidente del Puritan Reformed Theological Seminary y pastor de Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan.

¿Qué estabas esperando?

La dura realidad del matrimonio es que no todo es tan bonito como nos gustaría. Muchas veces le echamos la culpa a nuestra pareja o a nuestras circunstancias. Muy pocas veces tomamos en serio la naturaleza de nuestro propio pecado. ¿Qué Estabas Esperando? te retará a verte en el espejo de la Palabra de Dios y verte a ti mismo con claridad. Quizás eres tú. Quizás te amas más de lo que amas a tu pareja. Quizás amas tu pequeño reino en lugar del gran Reino de Dios. Cuando llegas a alcanzar ese nivel de honestidad, estás al borde de entrar a tiempos verdaderamente buenos en tu matrimonio. Comienza a trabajar en un matrimonio de unidad, comprensión y amor.

Noel y yo escuchamos la mayor parte de este libro mientras íbamos en el automóvil. Palabras sabias. Experiencia auténtica. Aplicación provocativa. Este libro cambió un largo viaje en automóvil en un fructífero seminario de matrimonio para dos. —John Piper, Desiring God Ministries.

La razón por la que el libro ¿Qué Estabas Esperando? es tan poderoso no es porque Paul Tripp sea un experto en matrimonio con tips y trucos para resolver tus problemas, es porque su enseñanza está empapada en el Evangelio y en la Palabra de Dios. Este libro honesto te ayudará a verte a ti y a tu pareja bajo una nueva luz mientras de muestra quién es Jesús y como conectar Su Gracia redentora a las realidades diarias de tu matrimonio. Personas solteras o parejas comprometidas se beneficiarán de este libro también. —Joshua Harris, pastor, Covenant Life Church, Gaithersburg, Maryland.

Lo que he llegado a esperar de Paul Tripp es consejo consistentemente profundo, transparente, sabio, práctico y motivado por el evangelio. En lugar de ensuciar el agua con estrategias egocéntricas diseñadas para satisfacer nuestras necesidades, Paul, tal como un experto cirujano del alma, diagnostica correctamente nuestros problemas y provee la cura&mdash fe humilde en Jesucristo. No me decepcioné. Tú tampoco te decepcionarás. —Elyse Fitzpatrick, consejera, autora, Give Them Grace.

Contenido

  • PREFACIO
  • ¿QUÉ ESTABAS ESPERANDO?
  • UNA RAZÓN PARA CONTINUAR
  • ¿EL REINO DE QUIÉN?
  • DIA A DIA
  • COMPROMISO I: Nos entregaremos a un estilo de vida de confesión y perdón.
  • SIENDO HONESTOS: LA CONFESIÓN
  • CANCELANDO DEUDAS
  • COMPROMISO 2: Haremos del crecimiento y el cambio nuestra agenda diaria.
  • ARRANCANDO LA MALEZA
  • PLANTANDO SEMILLAS
  • COMPROMISO 3: Trabajaremos unidos para formar un vínculo robusto de confianza.
  • ARRIESGANDO EL CUELLO
  • UNA PERSONA CONFIABLE
  • COMPROMISO 4: Nos comprometeremos a cultivar una relación de amor.
  • TODO LO QUE NECESITAMOS ES EL AMOR
  • PREPARADOS, DISPUESTOS Y ESPERANDO
  • COMPROMISO 5: Negociaremos nuestras diferencias con aprecio y gracia.
  • MARAVILLOSA GRACIA
  • ANTES DE QUE OSCUREZCA 215

*Faro de Gracia Editorial 220

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http://www.solosanadoctrina.com/tienda/matrimonio-y-familia/1278-que-estabas-esperando.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Cuando Dios no da hijos

Cuánta ansiedad de espíritu sufren algunos matrimonios porque no tienen hijos! Tienen muchas otras cosas positivas en su vida, pero no tener descendientes amarga todo lo demás. Abraham mismo sufría por esta razón: “Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer?… Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa” (Gn. 15:2-3). La pasión de Raquel era aún más intensa: “Dame hijos”, le dijo a su marido, “o si no, me muero” (Gn. 30:1). Los hijos son una bendición muy grande, son prometidos como tales en el Salmo 128:3-4 y en otros pasajes. Efectivamente, son una de las flores más dulces que crecen en el jardín de las dichas terrenales. Por eso, es difícil para algunos conformarse con no tenerlos. Pero sea quien sea usted que sufre esto, le ruego que de cualquier manera procure lograr contentamiento. Para lograrlo, considere:

(1) Es el Señor quien niega este favor. Porque lo da o no lo da según le parece bien. La Providencia no se hace más evidente en ninguna esfera humana que en esta de los hijos, si habrá muchos o pocos, algunos o ninguno, todo depende de la voluntad de Dios. Cuando Raquel se mostró tan desesperada por no tener hijos, Jacob la reprendió duramente: “¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?” (Gn. 30:2). “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Sal. 127:3). “Él hace habitar en familia a la estéril, que se goza en ser madre de hijos” (Sal. 113:9). Pensar seriamente en estos pasajes ¿acaso no traería paz al corazón? Cuando Dios ordena algo, ¿nos vamos a disgustar o inquietar por lo que hace? ¿Acaso no puede él derramar sus bendiciones donde le plazca? Por otro lado, si nos las da, estemos agradecidos por su bondad; si no las da, aceptemos con paciencia su soberanía.

(2) A veces niega este favor, pero da otros mejores. Dios no da hijos, pero se da a sí mismo, ¿no es él “mejor que diez hijos?”, como le dijo Elcana a Ana refiriéndose a él mismo. (1 S. 1:8). El Señor prometió que daría un “nombre mejor que el de hijos e hijas” (Is. 56:5). No hay razón alguna para que los que tienen ese “nombre mejor” murmuren porque
les falta aquello que es peor. Aquellos que cuentan a Dios como su Padre en los cielos debieran contentarse con no tener hijos en la tierra. Si Dios no me da lo menor, pero me da lo que es mayor, ¿tengo razón para indignarme?…

(3) A veces son retenidos por mucho tiempo, pero al final Dios los da. Tenemos muchos ejemplos de esto. El caso nunca está perdido mientras nos mantengamos sumisos y esperemos. Quizá Dios quiera darnos ese favor, después de contentarnos con no haberlo recibido al tiempo nuestro.

(4) Si los hijos son dados después de apartarse uno del Señor y desearlos de una manera irregular, es cuestionable si los dio como un favor. ¡Y es de temer que en este caso, los hijos no provienen necesariamente por la misericordia
de Dios! Lo que obtenemos descontentos, rara vez nos contenta. ¡Cuántos padres de familia han vivido esta verdad! No estuvieron tranquilos hasta tener hijos y después de tenerlos tampoco lo estuvieron porque estos resultaron ser tan desobedientes, testarudos e inútiles que fueron más motivo de irritación que el no haberlos tenido.

(5) Los hijos son de gran bendición, pero las bendiciones comúnmente vienen mezcladas con dificultades. La rosa tiene su hermosura, pero también tiene sus espinas, y lo mismo sucede con los hijos. ¡Oh, las preocupaciones, los temores e inquietudes que causan a los padres! Son preocupaciones seguras y consuelos inseguros, como dicen algunos. Vemos
solo lo dulce de esta relación y eso nos inquieta; si viéramos también lo amargo, estaríamos más tranquilos.

(6) Si hubiéramos recibido este favor cuando más lo anhelábamos y esperábamos, hay mil probabilidades contra una que hubiera dominado demasiado nuestro corazón. ¡Y la consecuencia de eso sería fatal por muchas razones! Por lo tanto, previendo Dios esto, es por su bondad y su amor que no nos lo otorga. Creo que considerar todas estas cosas en relación con la falta de hijos, da contentamiento al corazón.

Tomado de “How Christians May Learn in Every State to be Content”, en Puritan Sermons.

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Thomas Jacombe (1623-1687): Pastor presbiteriano inglés; hombre de vida ejemplar y gran erudición; nacido en Melton Mowbray, Leicestershire, Reino Unido.

Amándonos a nosotros mismos

Cuando el fariseo le pregunta: “¿Cuál es el gran mandamiento de la ley?” Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mat 22:37). Y luego agrega: “Y el segundo es semejante a éste, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat 22:39). Nota la frase al final del versículo 39: ”como a ti mismo”. ¿Por qué Jesús agrega estas cuatro palabras? Es porque instintivamente buscamos hacernos el bien; nadie nos obliga a cuidar de nosotros mismos. El amor propio es natural, normal, se da por sentado. Así como el amor propio es un hecho, Jesús dice que debemos amar a nuestro prójimo. Sin embargo, a causa de mi pecado, no quiero hacer el trabajo difícil de amarlo. No obstante, si yo amo a Cristo, debo amar a mi prójimo tanto como me amo a mí mismo, como si mi prójimo fuese yo mismo.

En un mundo donde la gente es egoísta y se preocupa muy poco por los demás, cualquier conversación que trate del amor propio puede hacer sentir incómodo a un cristiano. ¿Acaso la Biblia no me llama a negarme a mí mismo y a poner a los demás primero? Sí, lo hace. ¿Acaso la Biblia no dice que el propósito de la vida es glorificar a Dios? Sí, lo dice. Pero estas verdades no pueden descartar la intención de Jesús en Mateo 22:39: Ya que siempre buscas tu propio bien, busca el bien de tu prójimo con la misma intensidad.

Jesús presupone que nos amamos a nosotros mismos, y no condena todas las formas de hacerlo, por lo tanto debe haber una manera bíblica de pensar en el amor propio. Es entendible que el cristiano se sienta incómodo al hablar del amor a sí mismo; nuestro mundo está repleto de personas que son fundamentalmente egoístas. Pero hay una manera correcta (bíblica) y una manera incorrecta (anti-bíblica) de amarnos a nosotros mismos.

Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener.

La manera incorrecta

Un amor propio que exalta mis necesidades, mis deseos y mis esperanzas por encima de Dios u otros está mal. Es como un tirano manipulando a los demás para conseguir lo que él quiere. Por ejemplo, Jennifer está soltera y desesperadamente quiere un esposo. Ella cambia la manera de vestirse y comienza a coquetear para llamar la atención de los hombres. Cuando es crudamente honesta, su deseo de casarse le resta valor a la vida que Dios le ha dado. Otro ejemplo, Pedro está frustrado porque su esposa se entrega por completo a los hijos y lo tiene a él descuidado. A él le importa más su necesidad de sexo y atención que el obedecer a Dios y amar a su esposa.

Un amor propio que pone a Dios en segundo plano en relación a mis necesidades y mis deseos es común pero inaceptable para los cristianos. Toda versión del amor propio que me pone en el centro de mi universo (ignorando a Dios) me lleva a enfocarme demasiado en mí mismo. Jennifer está más preocupada por su deseo de obtener la felicidad que por confiar en Dios. Pedro quiere sexo y atención por encima de todo lo demás y manipula a su esposa para obtenerlo.

Un amor propio que me cega a mis errores y minimiza mi pecado es peligroso. Solo cuando Dios abre mis ojos a mi pecado es que llego a comprenderme adecuadamente. Un concepto adecuado de nosotros mismos nos hace ver que somos completamente depravados, en todos los aspectos: nuestras mentes, corazones y cuerpos.

Un amor propio cuyo objetivo es hacerme sentir mejor acerca de mí mismo no está bien. El movimiento de la autoestima nos susurra al oído: “¡Eres asombroso, por lo tanto siéntete bien contigo mismo!”, o: “¡No te sientas mal, lo estás haciendo genial!” Como creyentes, nuestra confianza no está arraigada en nosotros mismos, nuestras habilidades, o nuestro autodiscurso motivacional, sino en el Dios que en Su misericordia nos salva a través de Su Hijo.

La manera correcta

Un correcto amor propio exalta a Dios y nos pone en segundo plano (Ex 20:1-6; Sal 40:8; Mat 6:9-10,33). Dios ajusta nuestras prioridades de tal manera que no podemos hacernos “rey del universo”. Una vida de rey es peligrosa porque la auto-exaltación y el egocentrismo suelen seguirle los pasos. Solo el Dios Todopoderoso tiene derecho de sentarse en el trono. Cuando nos sometemos a Su reinado, Él nos coloca en nuestro lugar, y nuestro amor propio no se sale de control. La intensidad de la búsqueda de un esposo por parte de Jennifer se disminuye a medida que ella va creciendo en su fe, confiando en que el amor de Dios es mejor para ella que cualquier otra cosa. La vida de soltera ya no es intolerable. Una vida centrada en el evangelio le da ojos para ver más allá de su propio interés.

Un correcto amor propio nos facilita el negarnos a nosotros mismos (Mat 16:24). Negarnos a nosotros mismos no es odiarnos a nosotros mismos. Más bien es poner nuestras necesidades a un lado para reorganizar nuestras vidas conforme a los valores del reino, usando la fuerza que Dios nos da. Pedro se siente olvidado por su esposa, pero su fe le ayuda a confiar en que teniendo conversaciones honestas con ella y una actitud humilde como la de Cristo, y poniéndola a ella por encima de sus propias necesidades, honrará a Dios y ayudará a la recuperación de su matrimonio.

Un correcto amor propio incluye el cuidarnos física, espiritual y relacionalmente (I Cor 6:19-20). Negarse a uno mismo no es un pretexto para descuidarnos. Hay un tipo de autocuidado que es normal y saludable para los cristianos. Ejercitarse no se trata simplemente de mantenerse en forma, pero aún más importante que eso, es ser un buen mayordomo del cuerpo que Dios nos ha dado. Pasar tiempo regularmente en la Palabra y recibiendo una prédica semanal en una iglesia nos mantiene espiritualmente en forma. Cuando regularmente empapamos nuestros corazones con la Palabra, vamos creciendo en una esperanza centrada en Cristo. Y porque Dios nos ha hecho dependientes los unos de los otros, aislarnos no es una opción. Dios nos hizo para hallar satisfacción y crecimiento en el crisol de relaciones que exaltan Su nombre. La salud física, espiritual y relacional nos da la fuerza para demostrarle amor a otros.

Un correcto amor propio reconoce nuestras limitaciones y nuestra necesidad de volvernos a Jesús (2 Cor 5). El orgullo nos hace pensar que podemos sobrevivir solos. Peor aún, nos engaña de tal modo que intentamos autorescatarnos (“¿Quién necesita a Jesús? Yo me puedo encargar de esto”.) El orgullo nos hace pensar más de nosotros mismos y de nuestras destrezas de lo que deberíamos pensar. El apóstol Pablo le rogó a los Corintios para que “ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5:15). Esta misma advertencia aplica para nosotros. Cuando nuestros sentimientos están orientados alrededor de Cristo y no de nosotros mismos, todo cambia. Los mandamientos de Cristo ya no nos pesan y son un gozo cumplirlos. Cuando confiamos en Jesús, no perdemos la perspectiva, sino más bien obtenemos la perspectiva propia que debemos tener. Cuando amamos a Jesús, nos amamos mejor a nosotros mismos . Cuando solo nos amamos a nosotros mismos e ignoramos a Jesús, hacemos de nuestras vidas un desastre.

Amando al prójimo como a ti mismo

Hay un amor propio tan preocupado y centrado en sí mismo que no nos ayuda a tener un buen punto de comparación con lo que dice Mateo 22:39. Este es un amor que nos exalta, minimiza nuestro pecado y nos hace altaneros. No puede ser la clase de amor propio que Jesús tenía en mente.

Un amor que honra a Jesús, que se niega a sí mismo y que es sensible al pecado es radicalmente diferente. No se ocupa tanto de sí mismo que ignora a los demás. Nos enfoca en el evangelio y no exclusivamente en nosotros mismos. Logra ver los valores de Dios y los atesora. Encuentra descanso en Cristo. Evita los autorescates diarios y se vuelve a Jesús por ayuda.

Jesús nos dice que debemos atender las necesidades de nuestro prójimo como lo hacemos con nosotros mismos. Como es normal amarnos a nosotros mismos, pero no es normal hacerlo correctamente (porque todos somos pecadores), démosle gracias a Dios que Jesús nos da la sabiduría y la fuerza de amarnos a nosotros mismos bíblicamente y de amar a nuestro prójimo con sabiduría.

El Dr. Deepak Reju es pastor de consejería bíblica y de ministerio familiar en Capitol Hill Baptist Church en Washington, D.C.

Pensamientos de Martín Lutero

En nuestra época, el matrimonio ha sido despojado del prestigio y honor que merece y el verdadero conocimiento de la Palabra y ordenanza de Dios ha desaparecido. Entre los padres este conocimiento era puro y correcto. Por esta razón, valoraban altamente el procrear hijos.

Cuando usted nació, su nacimiento no fue un acontecimiento secreto, ni fue una invención humana. Su nacimiento fue una obra de Dios.

Es inhumano e impío despreciar a los hijos. Los santos padres reconocían que una esposa que podía tener hijos era una bendición especial de Dios y, por el contrario, consideraban a la esterilidad como una maldición. Basaban este juicio en la Palabra de Dios, en Génesis 1:28 donde el Señor dijo: “Fructificad y multiplicaos”. De esto, consideraban a los hijos como un regalo de Dios. —Martín Lutero

Martín Lutero (Eisleben, Alemania, 10 de noviembre de 1483-ibid., 18 de febrero de 1546), nacido como Martin Luder, después cambiado a Martin Luther, como es conocido en alemán, fue un teólogo y fraile católico agustino que comenzó e impulsó la Reforma protestante en Alemania y cuyas enseñanzas se inspiraron en la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo.​

Lutero exhortaba a la iglesia cristiana a regresar a las enseñanzas originales de la Biblia, lo que produjo una reestructuración de las iglesias cristianas en Europa. La reacción de la iglesia católica ante la Reforma protestante fue la Contrarreforma. Sus contribuciones a la civilización occidental se extienden más allá del ámbito religioso, ya que sus traducciones de la Biblia ayudaron a desarrollar una versión estándar de la lengua alemana y se convirtieron en un modelo en el arte de la traducción. Su matrimonio con Catalina de Bora, el 13 de junio de 1525, inició un movimiento de apoyo al matrimonio sacerdotal dentro de muchas corrientes cristianas.

El mejor apoyo a la maternidad 2

Segundo: Hacer un registro de las [experiencias] que le ha dado al cumplir su palabra con usted en particular. ¿Le ha quitado Dios sus temores, secado sus lágrimas y escuchado sus oraciones? Grabe las memorias de su bondad y fidelidad en las tablas de su corazón. Tenemos el gran ejemplo de nuestro amado Señor y Maestro, Jesucristo, quien cuando estaba muy triste por Lázaro a quien “amaba”: “lloró”, presentando su pedido a Dios en su favor. [Éste] fue contestado por gracia. Entonces, con gran devoción de corazón, “alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído” (Jn. 11:3, 35, 38, 41). Que cada madre noble y agradecida, a quien Dios ha calmado los dolores y librado de los peligros de dar a luz, imprima un recuerdo agradecido de tal señal de misericordia con letras indelebles en su mente: “Porque ha mirado la bajeza de su sierva” (Lc. 1:48). Cuando me encontraba yo en una agonía y agotada por los dolores constantes, tú estuviste conmigo y con mi bebé. Sí, nos ayudaste admirablemente, haciendo que el niño pasara los obstáculos sin problemas, manteniéndonos a los dos con vida. Sí, y puede ser que cuando nuestros amigos pensaban con tristeza que mi criatura no vería la luz del día y que yo, junto con él, cerraría mis ojos para siempre, habiendo ya perdido la esperanza de lograr que naciera, tú encontraste una manera de que ambos siguiéramos con vida” (cf. 1 Co. 10:13) …Al igual que Pablo cuando tuvo conciencia de la gran misericordia demostrada en su liberación, por favores sin medida, “dio gracias a Dios y cobró aliento” (Hch. 28:15), cada madre feliz tiene que
agradecer a Dios y ser valiente al enfrentar el futuro… Debe compartir su inusual [experiencia] para animar a otras… Porque bien dijo el escritor trágico griego: “Bueno es que una mujer esté a mano para ayudar a otra cuando da a luz”.


Vemos pues, que esta doctrina enseña a hombres y a mujeres los cuidados necesarios en esta circunstancia. También brinda consuelo, tanto a la buena esposa misma, como a su marido.


(1) A la esposa buena misma que tiene las cualidades que he descrito, pero que en un momento de tentación podría estar agotada por su pesada carga, desesperándose por temor a los dolores intensos o por el terrible temor de morir en el trance que la espera. Permanecer constantemente fiel a las gracias y los deberes ya mencionados es una base segura para mantener su esperanza que superará los dolores de dar a luz, los cuales, está segura, no serán en absoluto un obstáculo para su bienestar eterno… El Apóstol incluye mi texto como un antídoto contra la desesperanza y para alegrar a la mujer temerosa y desconfiada. Son palabras ara cada mujer desalentada y debiera llevarla, junto con Sara, a creer “que era fiel quien lo había prometido” (He. 11:11)… Dios no le dará más sufrimiento del que pueda soportar y le dará fuerzas para sobrellevar sus dolores de parto. [Él] encontrará la manera de sacarla adelante, ya sea por un alivio grato y santificado aquí, o un traslado bendito al cielo para cosechar en gozo lo que fue sembrado con lágrimas y estas [son] sólo temporales, mientras los gozos son eternos. Además, da consuelo,

(2) Al marido de la esposa buena , o sea la que continúa en las gracias y deberes antes y durante su embarazo… Cuando lo único que puede hacer el marido es comprender y compadecerse de su esposa en sus dolores, anímese con la confianza humilde de que —el aguijón del castigo ha sido quitado— las alegrías de su esposa aumentarán por los dolores que sufre. Dios la librará y oirá sus oraciones, y ella lo glorificará (Jn. 16:21; Sal. 50:15). Y si, después de oraciones y lágrimas, su esposa amada muere en medio de los dolores del alumbramiento, aunque esto sea una cruz pesada e hiriente en sí, puede obtener consuelo del hijo que le ha nacido porque esto es, por cierto, el mejor de los consuelos, dar vida en la muerte… El marido piadoso y la esposa bondadosa que está trayendo un hijo al mundo, confíen en Dios humildemente para recibir un apoyo santificado en el momento que más necesitan la ayuda divina. Entonces, la sierva del Señor puede confiar humildemente que recibirá ayuda en su tribulación para ser madre y, a su tiempo, aun una liberación temporal (suponiendo que esto es lo mejor para ella) de esos dolores y peligros. Sea su consuelo la promesa llena de gracia del Señor dada por medio del profeta… “No temas, porque yo estoy contigo; no
desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10).

Tomado de “¿Cómo se puede apoyar mejor a las mujeres en gestación contra, en y bajo el peligro de su tribulación?”.

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Richard Adams, ministro presbiteriano inglés, nació en Worral, Cheshire, en 1626 y murió el 7 de febrero de 1698.

Conociendo al Dios Vivo 1

Mediante el uso de este libro se le anima al estudiante a estudiar la doctrina bíblica y a descubrir su lugar exaltado en la vida cristiana. El verdadero cristiano no puede soportar ni aun sobrevivir un divorcio de las emociones y el intelecto, ni entre la devoción a Dios y la doctrina de Dios. Según las Escrituras, ni nuestras emociones ni nuestras experiencias nos dan los cimientos adecuados para la vida cristiana. Solamente las verdades de la Escritura, entendidas por la mente y comunicadas mediante la doctrina, pueden proporcionar aquellos cimientos sólidos sobre los cuales podemos establecer nuestras creencias y nuestro comportamiento y también determinar la validez de nuestras emociones y experiencias. La mente no es enemigo del corazón, y la doctrina no es obstáculo a la devoción. Ambos son indispensables y deberían ser inseparables. Las Escrituras nos mandan que amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente (Mateo 22:37), y que adoremos a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:24).

El estudio de la doctrina es una disciplina intelectual y devocional. Es una búsqueda apasionada de Dios que debería llevar al estudiante a una transformación, obediencia y sincera adoración personal mayor. Por esto, el estudiante debe tener cuidado de no cometer el gran error de buscar solamente el conocimiento impersonal en vez de buscar la persona de Dios. La devoción mecánica ni afanes meramente intelectuales son provechosos porque en los dos casos se pierde a Dios.

LA VERSIÓN REINA-VALERA 1960
Aunque hay varias buenas traducciones de la Biblia al castellano, este estudio se tradujo para usarse con la versión Reina-Valera 1960. Uno no está obligado a utilizar esta versión pero hay muchas ocasiones cuando el estudiante notará una diferencia menor si utiliza una traducción distinta (especialmente si usa una traducción menos exacta o no literal). Escogimos esta traducción de las Escrituras por los siguientes motivos: (1) la precisión relativa de la traducción respecto a su fidelidad a los idiomas originales; y (2) su difusión y familiaridad en el mundo hispanoparlante.

La meta principal de este estudio es que el estudiante tenga un encuentro con Dios mediante Su Palabra. Fundado sobre la convicción de que las Escrituras son la inspirada e infalible Palabra de Dios, este estudio se diseñó de tal manera que es literalmente imposible que el estudiante avance sin tener una Biblia abierta ante él o ella. Nuestra meta es obedecer la exhortación del Apóstol Pablo en II Timoteo 2:15:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.”

Cada lección trata una doctrina específica de los atributos de Dios. El estudiante terminará cada lección contestando las preguntas según la Escrituras proporcionadas. Se le anima al estudiante a meditar sobre cada texto y escribir sus pensamientos. El beneficio que uno cosecha de este estudio dependerá de la inversión del estudiante. Si el estudiante contesta las preguntas copiando el texto sin pensar y sin buscar una comprensión de su significado, será poco provechoso.

El estudiante encontrará que esto es principalmente un estudio bíblico y no tiene mucho en cuanto a ilustraciones bonitas, historias entretenidas ni aun comentarios teológicos. Fue nuestro deseo proporcionar una obra que solamente señalara el camino a las Escrituras y que dejara que las Escrituras hablaran por sí mismas.

Este libro lo puede usar un individuo, una célula o una clase de escuela dominical. Es muy recomendable que el estudiante termine cada capítulo solo o sola antes de reunirse para discusión y preguntas con el grupo o el líder de discipulado.

TABLA DE CONTENIDOS

UN SOLO DIOS

DIOS ES ESPÍRITU

DIOS ES GRANDE Y PERFECTO

DIOS ES ETERNO, AUTO-EXISTENTE, E INMUTABLE

DIOS ES OMNIPOTENTE, OMNIPRESENTE, Y OMNISCIENTE

DIOS ES SANTO

DIOS ES JUSTO

DIOS ES VERDADERO Y VERAZ

DIOS ES FIEL

DIOS ES AMOR

DIOS ES CREADOR Y SUSTENTADOR

DIOS ES SEÑOR SOBRE TODO

DIOS ES LEGISLADOR Y JUEZ

LOS NOMBRES DE DIOS

“La guía de estudio de Paul Washer sobre la doctrina de Dios, El Único Dios Verdadero, es la mejor obra introductoria que conozco. Expone grandes verdades de una manera clara y equilibrada. No se citan autoridades humanas pero es evidente que el autor conoce la literatura del Cristianismo histórico y por consiguiente evita las trampas en las cuales otros podrían caer. El jóven cristiano dificilmente podría dedicarse a algo más fructífero que el estudio cuidadoso de éstas páginas.” I AN MURRAY COFUNDADOR Y DIRECTOR EDITORIAL DEI. BANNER OF TRUTH TRUST


“El Único Dios Verdadero le guiará por un ejercicio provechoso en la teología bíblica y sistemática. Aprenderá qué dice la Biblia acerca del carácter y los atributos del Dios que verdaderamente no es como ningún otro. Esta es una obra maravillosa y oro que ayude a muchos a crecer en el conocimiento de Dios. Léalo y sea bendecido. Léalo y adore a su Dios.” -DANIEL L. AKIN PRESIDENTE DEL SOUTHEASTERN BAPTIST THEOLOGICAl. SEMINARY


“Cuando mi hijo joven se puso lentes por primera vez, se quedó estupefacto por el mundo maravilloso que podía ver. Les quería hablar a todos de lo que había pasado. Esta mirada guiada hacia lo que Dios ha revelado de Sí mismo, será así para muchos cristianos cortos de vista. El estudio de la autobiografía de Dios no solamente tratará nuestra miopía, sino que también nos soltará la lengua. Como oftalmólogo hábil, a menudo utilizaré y recomendaré El Único Dios Verdadero.” -JIM ELLIFF CHRISTIAN COMMUNICATORS WORLDWIDE WWW.CCWTODAY.ORG


“En El Único Dios Verdadero, Paul Washer ha proporcionado un estudio teológico sólido, bíblico y substancial para aquellos que hemos estado anhelado más. Cualquier persona a quién le interese reforzar su entendimiento de la Doctrina de Dios encontrará este estudio inmensamente valioso. Además, puesto que El Único Dios Verdadero es de naturaleza expositora, también puede servir como herramienta de enseñanza para dar cimientos sólidos a nuevos creyentes o para ayudar en la evangelización de los incrédulos.” -VODDIE BAUCHUM, PASTOR, AUTOR DE PATRIMONIO ESPIRITUAL

HeartCry 333 pp. Rústica. 2021 Legado Bautista Confesional

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El mejor apoyo a la maternidad 1

La aplicación de esta observación o sea, que la perseverancia en las gracias y obligaciones cristianas y conyugales es el mejor apoyo a la mujer contra, en y bajo sus dolores de parto, puede servir para enseñar brevemente cómo cuidarla y qué consuelo brindarle.

AQUEL QUE YA TIENE UNA ESPOSA DEBE TENER ESPECIAL CUIDADO, justamente por esta razón, debe cumplir sus obligaciones como buen y fiel esposo de su esposa que espera un hijo, a saber:

Primero: “Vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P. 3:7). Sí, y estar diariamente con ella, tanto con su consejo cristiano como conducta santa, para que su esposa se dedique más y más a la práctica constante de estas gracias y obligaciones a fin de que sus dolores sean santificados y pueda ver la salvación de Dios en su concepción y en su alumbramiento. Y si el gran Dios santo determina, en su sabiduría, que es mejor llevársela en el momento de dar a luz, que aprenda a someterse a su voluntad e ir a su descanso, satisfecha de haber dado evidencia del bienestar eterno de su alma.

Segundo: Esforzarse, en lo posible, cumplir la función de buen marido, cristiano y tierno hacia a su compañera más querida en una condición tan dolorosa. Tiene que identificarse con los dolores antes, durante y después del parto que su estado incluye, los cuales, él mismo, nunca puede sentir por experiencia. Le corresponde, por el bien de su esposa buena y piadosa, que se “vista como escogido de Dios, santo y amado, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, etc.” (Col. 3:12). Debería cumplir lo mejor posible, todos los deberes de su relación conyugal, brindándole, no sólo lo que necesita, sino también lo que la ayude a estar más cómoda. [El esposo debe satisfacer] sus antojos y la necesidad de aliento de su esposa querida que sufre y que puede deprimirse por el miedo a los dolores que le esperan. Busque también el apoyo de pastores fieles y amigos piadosos para que oren intercediendo a Dios por ella. Y si Dios escucha las oraciones,

Tercero: Estar profundamente agradecido a Dios por el alivio seguro de su buena esposa de los dolores y peligros de traer un hijo al mundo. Cuando el esposo cariñoso realmente se ha preocupado por las enfermedades, los dolores, las agonías y quejidos de su querida esposa durante su [embarazo] y por el hecho de que le dará un hijo con ayuda de lo Alto, nada puede ser más obligatorio para él que adorar y estar agradecido a Dios, quien ha causado una separación confortable entre ella y el fruto de su vientre, como [respuesta] a las oraciones y ha venido en su ayuda al escuchar sus quejidos… El esposo cristiano –habiendo visto a su esposa amada poniendo en práctica las gracias de las que he estado hablando, pasar por el peligro de dar a luz y ser preservada admirablemente por el poder de Dios y su bondad— tiene la obligación de agradecer de todo corazón a Dios quien cumplió su promesa, que les dio esperanza y tal muestra de misericordia… Así pues, brevemente, he enfocado el tema del cuidado del hombre casado en lo que respecta a su esposa en las condiciones mencionadas. Además, esta doctrina enseña,

UNA LECCIÓN A LA MUJER SOBRE LO QUE DEBE CUIDAR. Considere… Si ya es casada, y esto “en el Señor”, quien la creó y le dio el poder de concebir, lo que le corresponde, como sierva fiel del Señor,

Primero: Seguir la práctica constante de estas gracias. Indudablemente, usted que ha sido bendecida como instrumento de la propagación de la humanidad –cuando se entera de que ha concebido y espera un hijo— se preocupa en gran manera por prepararse para el nacimiento. Un trabajo importante en el que, por lo general, se ocupará es preparar la ropa de cama donde dará a luz y no la voy a desalentar, sino más bien alentar, que tome todos los pasos necesarios para tener todo listo para usted y su bebé… Debe darse el lujo de preparar el nido donde deberán
acostarse usted y su infante (Lc. 9:58). Pero la modestia y moderación de la cual ha oído, no le permitirá gastar en preparativos superfluos que excedan sus posibilidades económicas, cuando los pobres pastores y miembros de Cristo por todas partes, dependen de su caridad. ¡Oh, le ruego, buena mujer cristiana, que su cuidado principal sea… estar
ataviada del verdaderamente espiritual “lino fino limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos”! (Ap. 19:7-8). Esto, esto es lo principal: “Fe, amor, santidad, con modestia” con las que se manifiesta la verdadera prudencia cristiana… Y si Dios ya le ha dado una prueba fehaciente de cumplir la promesa de mi texto
[1 Timoteo 2:15] asegurándole salvación temporal, le corresponde tener cuidado de:

Continuará …

Tomado de “¿Cómo se puede apoyar mejor a las mujeres en gestación contra, en y bajo el peligro de su tribulación?”.

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Richard Adams, ministro presbiteriano inglés, nació en Worral, Cheshire, en 1626 y murió el 7 de febrero de 1698.

Sara dio a luz por Fe 2

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 1

Fue “por la fe” que Sara “recibió fuerza” y fue también por la fe que después “dio a luz” a un hijo. Lo que aquí se sugiere es la constancia y perseverancia de su fe. No hubo aborto, ni natural ni provocado; ella confió en Dios hasta el fin. Esto nos trae a un tema del que poco se escribe en estos días: El deber y privilegio de la mujer cristiana de contar con Dios para tener un resultado seguro en el trance más difícil y crítico de su vida. La fe no es para ser practicada sólo en los actos de adoración, sino también en las ocupaciones comunes de nuestras actividades diarias. Hemos de comer y beber por fe, trabajar y dormir por fe; y la esposa cristiana debe traer al mundo a su hijo por fe. El peligro es grande y si hay un caso extremo que necesite fe, mucho más donde la vida misma está involucrada. Trataré de condensar algunos comentarios provechosos del puritano Manton.

Primero, tenemos que ser sensibles a qué necesidad tenemos de poner en práctica la fe en este caso, para que no corramos al peligro con los ojos vendados; y si escapamos, que no pensemos que fue por pura casualidad. Raquel murió en esta condición, igualmente la esposa de Finees (1 S. 4:19-20); existe un gran peligro, entonces hay que ser conscientes de ello. Cuánta más dificultad y peligro haya, más oportunidad hay para demostrar fe (cf. 2 Cr. 20:12; 2 Co. 1:9). Segundo, porque los dolores de parto son un monumento al odio de Dios por el pecado (Gn. 3:16), con más razón hay que procurar con mayor fervor un interés en Cristo, a fin de contar con el remedio contra el pecado. Tercero, meditar en la promesa de 1 Timoteo 2:15, que se cumple eterna o temporalmente según Dios quiera. Cuarto, le fe que uno debe practicar tiene que glorificar su poder y someterse a su voluntad. Lo siguiente expresa el tipo de fe que es correcto para todos los favores temporales: “Señor, si tú quieres, puedes salvarme”; esto es suficiente para librar al corazón de mucha tribulación y temor desconcertante.

“Y dio a luz”. Como hemos destacado en el párrafo anterior, esta cláusula fue agregada para mostrar la fe continua de Sara y la bendición de Dios sobre ella. La fe auténtica, no sólo se apropia de su promesa, sino que sigue confiando en la misma hasta que aquello que cree, de hecho, se convierte en realidad. El principio de esto está enunciado en Hebreos 3:14 y Hebreos 10:36. “Retengamos firme”, “hasta el fin nuestra confianza del principio”. Es en este punto que muchos fracasan. Se esfuerzan por apropiarse de una promesa divina, pero durante el periodo de prueba, la pierden. Por eso es que Cristo dijo en Mateo 21:21: “si tuviereis fe, y no dudareis”, etc. “no dudareis”, no sólo en el momento de reclamar la promesa, sino durante el tiempo en que se espera su cumplimiento. Por eso también a “Fíate de Jehová de todo tu corazón”, se le agrega “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr. 3:5).

“Aun fuera del tiempo de la edad”. Esta cláusula es agregada para enfatizar el milagro que Dios, en su gracia, realizó en respuesta a la fe de Sara. Ensalza la gloria de su poder. Fue escrita para alentarnos. Nos muestra que ninguna dificultad ni obstáculo debe causar que dejemos de creer en la promesa. Dios no se circunscribe al orden de la naturaleza, ni está limitado por ninguna causa secundaria. Revoluciona la naturaleza antes que faltar a su palabra. Hizo brotar agua de una roca que el hierro flotara (2 R. 6:6) y sustentó a un pueblo de dos millones en un desierto inhóspito. Estas cosas debieran motivar al cristiano a esperar en Dios con una seguridad plena, aun en las peores emergencias. Efectivamente, entre más difíciles sean los obstáculos que enfrentamos, más debiera aumentar nuestra fe. El corazón confiado dice: “Es esta una ocasión apropiada para tener fe; ahora que todas las corrientes humanas se han agotado tengo una oportunidad magnífica para contar con que Dios mostrará su fuerza por mí. ¡Qué hay que él no [pueda] hacer! Hizo que una mujer de noventa años tuviera un hijo –algo muy contrario a la naturaleza— por lo que puedo esperar con seguridad que él hará maravillas también por mí”.

Continuará …

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.