B. El oficio profético de Cristo es el gran y único alivio que tenemos contra la ceguera e ignorancia de nuestra mente. Él es aquel gran Profeta de su Iglesia que Moisés predijo, lo que los judíos esperaban y todos los
hombres necesitaban (Dt. 18:15; Jn. 1:24-25, 45; 6:14); el Sol de Justicia, quien con sus rayos disipa la bruma de la ignorancia y el error que oscurece la mente de los hombres. Por eso es llamado, para demostrar su eminencia, “la luz” (Jn. 1:8) y “luz verdadera” (Jn. 1:9). El cumplimiento de este oficio profético fue revelar la suficiencia de la voluntad de Dios necesaria para nuestra salvación, en parte haciendo que estas revelaciones fueran poderosas y eficaces.

  1. En revelar la voluntad de Dios porque “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). La manera de revelar la mente de Dios ha sido diferente en distintas épocas.
    a. A veces, haciendo uso de instrumentos, a veces ordinarios y otras veces extraordinarios. Ordinarios como los labios de los sacerdotes que debían preservar la sabiduría (Mal. 2:7; 2 Cr. 15:3) y, bajo el evangelio, deben hacerlo los pastores y maestros. O extraordinarios, como los profetas bajo la Ley, y como los apóstoles y evangelistas durante el naciente evangelio (Ef. 4:11- 13).
    b. Por algún tiempo, instruyendo inmediatamente a su Iglesia en cuanto a su propia Persona. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He. 1:1-2).
  2. Al iluminar eficazmente las almas de su pueblo, haciendo que los ciegos vieran y haciendo que los que andaban en tinieblas fueran “luz en el Señor” (Ef. 5:8). Instruye con su Palabra y con su Espíritu (1 P. 1:12) y, por la soberanía que tiene sobre el corazón de los hombres, los ablanda para que reciban su Palabra. Aquel que puede hablar así, no sólo al oído, sino al corazón en este oficio, es totalmente idóneo para la obra de mediación.

C. El oficio real de Cristo es grande y el único alivio que tenemos contra nuestra esclavitud bajo el pecado y Satanás. Aquel a quien “toda potestad… es dada… en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). Aquel a quien Dios
levantó de entre los muertos y lo sentó “a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:20-22; He. 2:8; Fil. 2:9-11; 1 Co. 15:27-28) es el que da “libertad a los cautivos” y “a los presos apertura de la cárcel” (Is. 61:1). Cumple este gran oficio de Rey, principalmente con estos actos reales:

  1. Reuniendo en sí a un pueblo de entre todas las familias, naciones y lenguas (Gn. 49:10; Is. 2:2-3) y haciéndolos un pueblo que se ofrece voluntariamente en el día de su poder (Sal. 110:3).
  2. Gobernando a ese pueblo con leyes oficiales y censuras ordenadas por él (1 Co. 3:2-8; Is. 33:22; Ef. 4:11-12; Mt. 18:17-18).
  3. Llevando a todos sus escogidos a un estado de gracia salvadora y manteniendo viva esa gracia en sus almas, aunque sea como una chispa de fuego en un océano de agua, llevándolo a la perfección y coronándolo de
    gloria (1 P. 1:3-5; Ef. 4:12-13; 1 Ts. 4:16-17).
  4. Refrenando, anulando y, por último, destruyendo todos sus enemigos y los enemigos de su Iglesia (Sal. 110:1). A los que no se someten al cetro de su gracia, los gobierna con su “vara de hierro” y, al final, “como vasija de alfarero los desmenuzará” (Sal. 2:9). Así es Cristo, no sólo con respecto a lo digno de su persona, sino a suidoneidad para cumplir sus oficios, el único Mediador entre Dios y los hombres…

APLICACIÓN 1: Esto nos hace ver lo abominablemente insensato y miserable que es todo el que desprecia a este Mediador. Hay un solo Mediador, un solo camino a la reconciliación con Dios, un solo camino para que sean perdonados nuestros pecados, limpiada nuestra naturaleza, restaurado el favor de Dios, cambiada nuestra condición y, todo esto, a través de la mediación de Cristo. ¿Se dirá de nosotros, como dijo Cristo mismo de esos judíos neciamente obstinados: “no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40)? En Cristo, somos justificados para librarnos de la muerte eterna a la cual la Ley nos sentencia; además está la santificación para librarnos de la muerte espiritual que por naturaleza nos corresponde (Col. 3:4). En él hay suficiente alivio ante cualquier desaliento ¿y seremos tan enemigos de nosotros mismos, tan desvergonzados en cuanto a nuestras propias preocupaciones, como para rechazar la ayuda que él ofrece y que nosotros tanto necesitamos?

A. El que rechaza a este Mediador, peca contra la mayor y más grande misericordia que puede ser concedida a las criaturas. La Palabra menciona como un admirable acto de amor por parte de Dios que amó tanto al mundo, que dio a su “Hijo unigénito” (Jn. 3:16), tanto que no tiene comparación, tanto, que sobrepasa toda otra expresión. Y, oh, que maravillosa condescendencia fue la de Cristo, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse” y decidió tomar “forma de siervo hecho semejante a los hombres y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8; Jn. 15:13; ver Ro. 5:8). ¡Y todo esto como nuestro Mediador! No disfrutamos de ninguna piedad que no sea el fruto de esta misericordia.

B. Identifique su propia condición. Puede ser como la del pagano, cuya desgracia es ésta: Está sin Cristo y, por lo tanto, sin esperanza (Ef. 2:12). Sí, la misma de los demonios, que no tienen mediador que intervenga ante Dios
a su favor; sino que, así como pecaron a causa del tentador, así perecen sin un Salvador. Ésta es la desgracia de ellos, ¿sería esto lo que elegiríamos?

C. De ser así, su condición es peor que la de ellos, porque desprecia la misericordia que a ellos nunca les fue ofrecida. El peligro de este pecado fue claramente identificado por el Apóstol (He. 2:3; 10:28-30; 12:25).

SEGUNDA APLICACIÓN: Decídase a hacer buen uso de todos los oficios de Cristo, en quien tiene un antídoto universal contra todo desaliento. ¿Está su conciencia alarmada por el estruendo de las amenazas de las Escrituras y las maldiciones de la Ley? Recurra sin demora a aquella “sangre rociada”, cuya voz es mucho más fuerte que el clamor de sus pecados (He. 12:24). ¿Ha sido mordido por el reptil de sus corrupciones? Eleve su mirada a Cristo como su Serpiente de Bronce para que cure sus heridas y lo libre de la muerte (Jn. 3:14). ¿Está desanimado por sus oraciones porque han sido hasta ahora pecaminosamente defectuosas? Considere la intercesión de Cristo y cobre aliento en virtud de ella (1 Jn. 2:1; He. 4:14, 16). ¿Está afligido por su propia contumacia? Ponga sus ojos en él como el gran Profeta enviado por Dios y ruéguele que le dé las enseñanzas interiores y eficaces de su Espíritu para que pueda hablar con tanto poder de su Palabra a su muerto corazón como una vez habló a Lázaro ya muerto (Jn. 11:43). ¿Se siente inquieto por dudas y temores con respecto a su propia perseverancia? Aunque las tentaciones son alborotadoras y violentas las corrupciones, confíe en Aquel que se halla sentado a la diestra del Padre hasta que todos sus enemigos se conviertan en estrado de sus pies (Sal. 110:1; Col. 1:11). ¿Está usted lleno de temores a causa de Sion, las aflicciones, los peligros, los enemigos de la Iglesia? Recuerde: El Padre “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:22). En suma: Sean cuales fueren sus aflicciones o problemas, la mediación
de Cristo es alivio suficiente.

Tomado de “The Mediator of the Covenant, described in His Person, Natures, and Offices” en Puritan Sermons .


William Whitaker (1548-1595): Teólogo puritano; nacido en Holme, Burnley, Lancashire, Inglaterra

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