Dolientes en Sion, consolaos! Si la suya es una vida de dolor, también lo es una religión de esperanza. Si el libro de la Providencia le parece “escrito por delante y por detrás”, como el rollo de Ezequiel, con “endechas y lamentaciones y ayes” (Ez. 2:10), la Biblia está llena también de consolación y paz. Y cuanto más tormentoso sea su peregrinaje por este mundo, más terribles los juicios de Dios, más severos y desconcertantes sus pruebas y sufrimientos por las pérdidas de seres queridos, más amado debe serle a usted ese libro bendito, del que todo discípulo auténtico puede decir con el afligido salmista: “Ella es mi consuelo en mi aflicción” (Sal. 119:50).

El gran beneficio de la aflicción profunda que nos hace perder la confianza en todo lo demás y que acaba con nuestras esperanzas que puedan venir de cualquier otra dirección, es el hecho de que nos lleva a escudriñar la Palabra de Dios en busca de consuelo.

La gran peculiaridad de la Biblia, como libro de consolación, es que no pretende esconder nuestros sufrimientos, sino que nos los muestra en toda su variedad y magnitud. Nos enseña a encontrar consuelo en medio de sufrimientos palpables y nos da luz en medio de las tinieblas más negras, “a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos” (1 Ts. 3:3). En muchos aspectos, la Palabra presenta un panorama más sombrío que, muchas veces, no estamos dispuestos a admitir. Presenta a la aflicción como “ordenada” para nosotros y dice que “para esto estamos
puestos”, de modo que no la podemos evitar. Nos dice que nuestro futuro estará salpicado de pruebas, como lo ha estado nuestro pasado. No da ninguna seguridad de un respiro del sufrimiento mientras estamos en este mundo: “Porque a vosotros os es concedido a causa de
Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Fil. 1:29). Y cuando rastrea las causas de situaciones dolorosas, cuando presenta al sufrimiento como el fruto y la paga del pecado; cuando nos acusa de ser culpables y afirma que hemos provocado a la ira al Señor, cuando nos lleva a considerar que nuestros sufrimientos están relacionados con nuestro carácter e infligidos por un Soberano y Juez justo y, cuando llevándonos a ver más allá de este mundo, señala un estado eterno de retribución que le espera a la culpa impenitente y no perdonada, nos está presentando un panorama de nuestra condición actual y las perspectivas del futuro que debieran intimidarnos y alarmarnos sobremanera. Aun así, es el “libro de consolación”, que contiene los elementos de paz, la semilla de esperanza y la fuente de gozo eterno.

Es de la misma tenebrosidad de nuestro estado actual y nuestras perspectivas para la eternidad, que surge el resplandor de aquel amanecer que se transformará en el día eterno; los rayos dorados de la luz y el amor divino aparecen en medio de aquel negro nubarrón, la copa de amargura es endulzada por una infusión de misericordia para que los cristianos puedan estar “gozosos en medio de la tribulación” y alegrarse, “aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tienen que ser afligidos en diversas pruebas” (1 P. 1:6). “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 P. 4:12-13).

James Buchanan (1804-1870): Pastor y teólogo escocés, escritor prolífico y popular con una reputación de ser un predicador profundo, elocuente y poderoso de la Iglesia Libre de Escocia. Mejor conocido por The Office and Work of the Holy Spirit (El oficio y la obra del Espíritu Santo) y The Doctrine of Justification (La doctrina de la justificación); nacido en Paisley, Escocia.

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