¿Nunca se le ha ocurrido que quizá puede tocarle hoy preparar el terreno y labrar la tierra de la cual, obreros después de usted, obtengan una muy abundante cosecha? Tal vez su Señor sabe qué labrador eximio es usted. Él tiene un campo grande y no está en sus planes que sea
usted el que cosecha porque sabe qué buen sembrador es y, como tiene sembradíos que necesitan ser labrados todo el año, lo mantiene ocupado en esto. Él lo conoce mejor de lo que se conoce usted mismo. A lo mejor, si alguna vez le dejara subir al carro cargado de sus propios frutos, se le iría a la cabeza y todo terminaría en un fracaso, entonces dice: “Sigue arando y plantando, y otro levantará la cosecha”.

Quién sabe si cuando haya terminado su carrera, pueda ver desde el cielo –donde no correrá peligro verlo— que no trabajó en vano ni gastó inútilmente sus energías. “Uno es el que siembra, y otro es el que siega” (Jn. 4:37). Así es la economía divina. Creo que cada uno que ama a su Maestro dirá: “Siempre que haya una cosecha, no cuestionaré quién trae los frutos. Dame suficiente fe para estar seguro de que la cosecha vendrá y estaré satisfecho”. Considere a Guillermo Carey, quien fue a la India con esta oración: “India para Cristo”. ¿Qué alcanzó a ver Carey? Bien, vio suficiente éxito como para regocijarse, pero, por cierto, que no vio todo el cumplimiento de su oración. Desde entonces, han ido sucesivamente otros misioneros y han dedicado sus vidas a ese vasto campo. ¿Con qué resultado? Un resultado más que suficiente como para justificar su trabajo, pero, comparado con los millones que siguen en el paganismo, dista mucho de lo que la Iglesia ansía y mucho de alcanzar la corona de Cristo. No importa cómo le va a cada obrero. El poderoso imperio volverá al Redentor y casi puedo imaginar en los registros del futuro, la frase: “Estos son los nombres de los valientes que tuvo David”, al consignar las acciones valientes de los héroes del Señor que serán descritas en sus crónicas.

Cuando la vieja catedral de San Pablo, en Londres, tuvo que ser derribada a fin de dar lugar al edificio actual, los obreros se encontraron con que algunas de las paredes eran de rocas durísimas. Christopher Wren decidió tirarlas abajo con un viejo ariete romano. El ariete comenzó a golpear y los obreros siguieron con el trabajo hora tras hora y día tras día, aparentemente, sin ningún resultado. Daban golpe tras golpe contra las paredes, tremendos golpazos que hacían temblar a los curiosos. Las paredes seguían en pie al punto de que muchos llegaran a la conclusión de que todo era inútil. Pero el arquitecto sabía que cederían.
Siguió golpeando con su ariete hasta que la última partícula de las paredes sentía los golpes y, por fin, ¡se vinieron abajo con un tremendo estruendo! ¿Felicitó alguien a los obreros que habían causado el colapso final o les adjudicaron a ellos el éxito? No, para nada. Fue por el esfuerzo de todos. Los que se habían tomado tiempo para comer y los que habían iniciado el trabajo años antes, merecieron tanta honra como los que habían dado el golpe de gracia.

Sucede lo mismo en la obra de Cristo. Tenemos que seguir golpeando, golpeando y golpeando hasta que, aunque no suceda hasta dentro de mil años, ¡el Señor triunfará! Podría ser que Cristo venga pronto, podría ser que demore diez mil años. Pero sea como sea, la idolatría tiene que morir y la verdad tiene que reinar. Las oraciones y energías a través del tiempo producirán el éxito, y Dios será glorificado. Perseveremos en nuestros esfuerzos santos, sabiendo que, al final, tendremos la victoria. Cuando cierto general estaba en batalla, le preguntaron: “¿Qué hace?”. Respondió: “No mucho, pero sigo dándole duro y parejo”.
Eso es lo que debemos hacer nosotros. No podemos lograr mucho de una sola vez, pero tenemos que seguir insistiendo y, con el tiempo, llegará el fruto anhelado.

Es posible, queridos amigos, que aunque creen haber tenido poco éxito, han tenido más de lo que se imaginan. Puede haber otros que por no obtener éxito sienten que tienen que cambiarse a otra parte o intentar algún otro método. Si no nos va bien de una manera, tenemos que probar otra. Lleve el asunto a Dios en oración. Clame al Señor con todas sus fuerzas porque él le dará la victoria y de él será la gloria. Cuando lo haya humillado, cuando le haya enseñado lo ineficiente que es usted, cuando lo haya llevado al punto de desesperarse y tener que confiar implícitamente en él, entonces puede ser que le dé más trofeos y triunfos de los que jamás hubiera soñado. De cualquier manera, si yo prospero o no en la vida, no es la cuestión. Llevar almas a Cristo es mi meta principal, pero no es la prueba definitiva del éxito en mi ministerio. Mi responsabilidad es vivir para Dios, crucificar el yo y entregarme a él completamente. Si eso hago, pase lo que pase seré aceptado. Quisiera tener el espíritu de aquel valiente anciano condenado a la hoguera. Sabía que la sentencia se llevaría a cabo a la mañana siguiente, pero con un alma llena de valentía y con un corazón alegre, lo último que hizo la noche anterior fue conversar con sus amigos –a pesar de haces de leña y fuego que enfrentaría en la mañana—y le dijo a uno de ellos: “Soy un viejo árbol en el huerto de mi Señor. Cuando era joven, por su gracia, di pocos frutos. Eran verdes y agrios, pero él los toleró; la edad me ha suavizado y he podido, también por su gracia, dar fruto para él. Ahora el árbol ha envejecido y mi Señor va a talar y quemar el viejo tronco. Pues bien, dará calor al corazón de algunos de sus fieles mientras me estoy consumiendo”. Hasta esbozó una sonrisa por la alegría de pensar que podría cumplir un propósito tan bueno.
Quiero que usted tenga ese mismo espíritu y diga: “Viviré para Cristo mientras soy joven. Moriré para él y daré calor a los corazones de mis hermanos”. Sabemos que las persecuciones de aquellos días de martirio engendraron un heroísmo y valentía entre sus discípulos que los que vivimos en tiempos de paz ni siquiera podemos imaginar. Se cuenta de la vieja iglesia bautista en Londres cuyos miembros fueron temprano una mañana a Smithfield para ver morir a su pastor en la hoguera. Cuando alguien les preguntó a los jóvenes para qué habían ido, respondieron: “Para aprender la manera de morir”. ¡Qué espléndido! ¡Habían ido para aprender la manera de morir!

¡Ah, vayamos a la Cruz del Maestro para aprender la manera de vivir y de morir! Reflexionemos sobre cómo se dio a sí mismo por nosotros y luego, salgamos aprisa y vivamos para él. “Estimado seré en los ojos de Jehová” (Is. 49:5), aunque creamos que no hayamos sido victoriosos, nuestra consagración incondicional será para nuestra honra el
Día del Señor. Por nuestra vida santificada y nuestro servicio humilde, glorificaremos su nombre.

¡Oh Señor, determina nuestras obligaciones y anímanos en el servicio de tu casa! “Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma” (Sal. 90:17). Sean las bendiciones de nuestro Dios del Pacto sobre ustedes, mis hermanos, en nombre de Jesús. Amén.

Tomado de un sermón predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. En la actualidad hay más material escrito por Spurgeon que ningún otro autor cristiano del presente o del pasado; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

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