Además, queridos amigos, ¿no les parece que, a menudo, limitamos nuestra idea de servir a Dios a las prácticas públicas del santuario y olvidamos cuánto espera nuestro Señor nuestra fidelidad y obediencia personal? Dice usted: “No puedo servir a Dios” cuando no puede enseñar en la escuela dominical o predicar desde el púlpito, cuando no puede integrar una comisión o hablar desde una plataforma, como si estas fueran las únicas formas de servir que hubiera. ¿Acaso no piensa usted que una madre que alimenta a su bebé está sirviendo a Dios? ¿No piensa que los hombres y mujeres que cumplen con su trabajo a diario y con las obligaciones de la vida doméstica con paciencia y productividad están sirviendo a Dios? Si piensa lo correcto, sabe que sí. La empleada doméstica que barre una habitación, la señora que prepara una comida, el obrero que clava un clavo, el negociante que trabaja en su libro de contabilidad, debe hacer todo como un servicio al Señor. Aunque, por supuesto, es de desear que cada uno y todos tengamos una obra religiosa para realizar, es mucho mejor santificar nuestros quehaceres comunes y hacer que nuestro trabajo diario resuene con melodías de un alma en armonía con el cielo. Si dejamos que la verdadera religión sea nuestra vida, entonces nuestra vida será la verdadera religión. Así es como debe ser. “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col. 3:17). Por lo tanto, hagamos que la corriente de nuestra vida cotidiana, a medida que se desenvuelve —oscura, inadvertida— sea santa y valiente. Descubriremos así que, mientras “también sirven los que sólo se detienen y esperan”, no será olvidado el que sencillamente se sienta a los pies de Jesús y escucha
sus palabras cuando es todo lo que puede hacer. Éste es servicio realizado para él, que él aprecia, no importa quién se queje.

Sepa, mi querida hermana, que por sus sufrimientos el Señor la ha hecho más compasiva. Usted, mi querido hermano, que por las disciplinas con que ha sido castigado, ha aprendido a ser consolador. ¿Dice que no puede hacer nada? Yo sé algunos secretos que usted no sabe.
No se ve usted como lo veo yo. ¿Acaso no trató el otro día de alentar a un pobre vecino contándole lo bueno que fue el Señor con usted cuando estaba enfermo y como brotó una lágrima sagrada derramada por el dolor de un prójimo? ¿No es acaso su costumbre, aunque usted mismo sufre, decirles a otros que sufren igual que usted, algunas palabras en nombre de su Maestro cada vez que puede? Me dice usted que no puede hacer nada. ¡Alma querida, sepa que animar a los santos de Dios es una de las obras más dignas de las que se puede ocupar! Dios envía profetas a sus siervos en los momentos cuando necesitan ser reprochados. Si quiere reconfortarlos, por lo general les envía un ángel, porque esa es la tarea del ángel. Leemos que a Jesucristo mismo le fueron enviados ángeles para servirle ¿Cuándo? ¿Acaso no fue en el jardín de Getsemaní cuando estaba abrumado por el dolor? Consolar no es una tarea cualquiera, es una especie de obra angelical. “Y se le apareció un
ángel del cielo para fortalecerle” (Lc. 22:43). A los israelitas les fue enviado un profeta para advertirles de su pecado, pero cuando Gedeón necesitaba aliento para salir y pelear por su patria, fue un ángel del Señor quien se le acercó. Por todo esto, creo que la obra de reconfortar es obra de los ángeles.

Ustedes, queridos hombres y mujeres de buen corazón, que piensan que no pueden hacer nada para reconfortar o consolar con palabras alentadoras a almas desanimadas y angustiadas, si lo hicieran estarían cumpliendo una misión muy bendecida y convirtiéndola en una obra que a muchos pastores les resulta difícil cumplir. Conozco algunos que nunca han tenido sufrimientos y enfermedades, y cuando tratan de reconfortar al pueblo cansado de Dios, lo hacen con lamentable torpeza. Son como elefantes que levantan alfileres; pueden hacerlo, ¡pero requiere un gran esfuerzo! Los hijos de Dios que han pasado por pruebas se reconfortan mutuamente con amor, lo hacen como si hubieran nacido para eso. Comprenden el arte de decir una palabra a tiempo al cansado y, cuando éste es el caso, no pueden quejarse diciendo que no están haciendo nada.

Ahora, amados, para ustedes que pensaban que no hacían nada y en este momento, espero, perciben que son útiles, sepan que puede haber un territorio más amplio hacia el cual avanzar. Eleven esta noche la oración de Jabes, quien era más honorable que sus hermanos porque su madre lo dio a luz en dolor. Ésta fue su oración: “¡Oh, sí me dieras bendición, y ensancharas mi territorio!” (1 Cr. 4:10). Pídale a Dios que le dé un campo de utilidad más amplio y él lo hará. Ahora quiero dirigir unas palabras a otro tipo de obreros…

II. A LOS QUE CREEN QUE HAN SIDO DESCARTADOS. “Querido señor”, puede decir alguno, “necesito que me aliente. Antes era útil. Por lo menos, me contaba como uno de un grupo de hermanos que trabajaban unidos con mucho entusiasmo, pero ahora que me he mudado, soy un desconocido en el vecindario donde vivo, y me siento descartado. No he hecho últimamente nada y esto me inquieta. Ojalá pudiera volver a trabajar”. Mi querido hermano, espero que lo haga. No pierda ni cinco minutos en decidirse. Estos tiempos necesitan tanto esfuerzo cristiano que, cuando alguno me pregunta: “¿Cómo puedo trabajar para Cristo?”, acostumbro a decir: “Vaya y hágalo”. “Pero, ¿cuál es la manera de hacerlo?”. Comience inmediatamente. Ponga manos a la obra, mi hermano. No se siente ni un minuto. Por otro lado, supongamos que se ve obligado a dejar de trabajar por un tiempo; no permita que decline su interés por la causa de su Señor y Maestro. Algunos de los mejores obreros de Dios, alguna vez han tenido que tomarse un respiro por un tiempo. Moisés estuvo cuarenta años en el desierto sin hacer nada. Alguien más grande que él, nuestro bendito Salvador mismo, estuvo treinta años, no diré sin hacer nada, pero de hecho, sin hacer ninguna obra pública. Cuando se encuentra usted retirado o inactivo, aproveche para ir preparándose para el momento cuando Dios lo vuelve a activar. Si se encuentra marginado, no se quede allí, en cambio, ore al Señor pidiéndole que le dé entusiasmo para que cuando lo vuelva a usar, esté bien preparado para la obra que él tiene para que usted realice.

Mientras está inactivo, quiero que haga esto: Ore por otros que están activos. Ayúdelos. Anímelos. No se ponga de mal humor con resentimientos y menospreciando las obras de otros. Hay quienes, cuando no pueden hacer nada ellos mismos, no les gusta que nadie más sea diligente y trabajador. Diga en cambio: “Yo no puedo ayudar, pero nunca seré piedra de tropiezo, alentaré a mis hermanos”.

Pase su tiempo en oración a fin de estar capacitado para ser usado por el Maestro y, mientras tanto, comience ya a ayudar a otros. Se cuenta que cuando Gibraltar fue sitiada y la flota lo rodeó y decidió marchar sobre el peñón, el gobernador disparó un proyectil hirviente a
los atacantes. A los enemigos no les gustó para nada el caluroso recibimiento del gobernador. Piense en cómo pudo hacerlo. Allí estaban los soldados de artillería disparando desde las murallas y, a cada uno de ellos, le hubiera gustado hacer lo mismo. ¿Qué hicieron los que no estaban a cargo de disparar? Pues, preparaban el proyectil, y eso es lo que tiene que hacer usted. Aquí, soy yo, por lo general, el principal artillero, prepárenme el proyectil, por favor. Mantengan el fuego encendido para que cuando dispare un sermón pueda estar al rojo vivo gracias a sus oraciones. Cuando ve a sus amigos… en el medio de la calle trabajando para Dios, si no puede usted sumarse a ellos, diga: “No importa; les voy a tener listo el proyectil. Aunque no puedo colaborar de ninguna otra manera, no faltarán mis oraciones”. Éste es el consejo para usted mientras se ve obligado a permanecer inactivo. Ahora quiero dirigirme a otros que están muy desalentados. Son…

III. AQUELLOS QUE TIENEN POCOS TALENTOS. “¡Oh”, dicen, “cómo quisiera servir a Jesucristo como Pablo o como Whitefield7, que pudiera recorrer todo el país proclamando su nombre y ganando a miles para el Señor! Pero soy lerdo para hablar y de pocas ideas, y lo que intento produce poco o ningún efecto”. Bueno, hermano, asegúrese de hacer lo que puede. ¿Recuerda la parábola de los hombres a quienes les confiaron talentos? No quiero enfatizar demasiado el hecho de que fue el hombre con un solo talento el que lo enterró. Pero, ¿por qué es él, el que es presentado como el que lo hizo? No creo que haya sido
porque los hombres con dos y cinco talentos nunca enterraron los suyos, sino que la tentación es más fuerte para la gente que tiene sólo un talento. Dicen “¿Qué puedo hacer? No sirvo para nada. Tendrán que excusarme”. Esa es la tentación.

Hermano, no caiga en esa trampa. Si el Señor le ha dado sólo un talento, él no espera que gane tantos intereses como el que tiene cinco; pero, igual, sí espera que le rinda interés. Por lo tanto, no entierre su talento. No es sino con la fuerza que nos es dada que cualquiera de
nosotros puede servirle. No tenemos nada para consagrarle, sino el don que primero recibimos de él. Usted es débil. Siente que lo es. ¿Pero qué le dice su Dios? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). El Señor puede
hacerlo útil, aunque no tenga cualidades extraordinarias. ¡Una bala puede dar muy buen resultado, aunque no puede compararse con una granada o una bomba!

El pecador puede ser llevado a Cristo por la sinceridad sencilla de un campesino o un artesano sin tener que recurrir a la elocuencia de un erudito o de un predicador. Dios puede bendecirle mucho más de lo que usted cree que es su capacidad, porque no es cuestión de su habilidad, sino de la ayuda divina. Me dice usted que no tiene confianza en sí mismo. Entonces le ruego que se refugie en Dios porque es evidente que necesita más de su ayuda. Ponga manos a la obra, la ayuda es suya si la quiere. Él fortalece al cansado. “Los muchachos se fatigan y se cansan… pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas” (Is. 40:30-31). De hecho, creo que es posible que sea usted más provechoso que si tuviera cinco talentos porque ahora orará usted más y dependerá más de Dios de lo que lo habría hecho si hubiera
tenido fuerza en sí mismo.

Una palabra más. Dado que no está dotado usted de muchos talentos, cuide los que tiene. ¿Sabe cómo los comerciantes y vendedores que tienen poco capital se arreglan para competir con los que cuentan con más medios? Procuran reponer su dinero cada día. El vendedor ambulante no puede venderles a los caballeros que le pagarían en tres meses.
Él no. A él tienen que pagarle en el acto para poder comprar más mercadería a la mañana siguiente y volver a hacer lo mismo; de otra manera, no podría ganarse la vida con un capital tan reducido. Si tiene usted sólo una moneda, hágala circular y obtendrá más ganancia que
otro que se guarda su billete. La actividad, a menudo, compensa la falta de habilidad. Si usted no puede obtener fuerza por el peso del balón, obténgalo por la velocidad con que surca por el aire. El hombre con un solo talento que arde de pasión es una gran molestia para el diablo y un campeón para Cristo. En cuanto a ese gran erudito con cinco talentos que actúa con tanto desgano, Satanás siempre lo puede aventajar y ganar el día. Si usted, simplemente, puede hacer circular continuamente su talento en el nombre de Dios, logrará grandes maravillas. Por lo tanto, lo animo a trabajar para el Señor. Ahora quiero dirigirme a otro grupo…

Continuará …

Tomado de un sermón predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. En la actualidad hay más material escrito por Spurgeon que ningún otro autor cristiano del presente o del pasado; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.