“Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor” (Cantares 2:4). La bandera es un emblema de seguridad y protección, una señal de la presencia de un huésped. Las personas que pertenecen a un ejército acampan seguros bajo su bandera. Lo mismo hicieron los hijos de Israel en el desierto; cada tribu mantenía sus campamentos bajo su propio estandarte. Es también una muestra de triunfo y victoria (Sal. 20:5). Cristo tiene una bandera para sus santos y ésta es amor. Toda la protección que reciben es por su amor y tendrán toda la protección que su amor les puede dar. Esto los protege del infierno, la muerte y todos sus
enemigos. Cualquier cosa que los presiona tiene que pasar por la bandera del amor del Señor Jesús. Al hacerlo, cuentan con gran seguridad espiritual. —John Owen

Vivimos en esta tierra tan hermosa y placentera –estamos rodeados de un mundo que sonríe y es alegre—que si no sufriéramos enfermedades, pruebas y desencantos, olvidaríamos nuestra patria celestial y levantaríamos nuestra tienda junto a esta Sodoma. Por eso es que el pueblo de Dios pasa por grandes tribulaciones, por eso es que, a menudo, es llamado a sufrir el ardor de la aflicción y la ansiedad, o a llorar ante el sepulcro de aquellos a quienes han amado con toda su alma. Es la mano del Padre que los disciplina; es así como les quita su afecto por las cosas de este mundo y lo fija solo en él, así los prepara para la eternidad y corta uno por uno los hilos que atan sus inconstantes corazones a este mundo. Sin duda, esta
disciplina es difícil por un tiempo, pero aun así hace aflorar muchas gracias escondidas y corta muchas semillas secretas de maldad, de manera que contemplaremos a aquellos que más han sufrido brillando entre las estrellas más brillantes del cielo. El oro más puro es el que ha estado más tiempo en el horno del refinador. El diamante más brillante es, a menudo, el que requiere ser más pulido y lustrado. Pero nuestra leve aflicción dura solo un momento y produce en nosotros un, cada vez más excelente y eterno, peso de gloria (2 Co. 4:17). Los santos son hombres que han salido de grandes tribulaciones, nunca permanecen ni mueren en ellas. La última noche de llanto pronto pasará, la última ola de problemas habrá acabado de rodar sobre nosotros y, entonces, tendremos una paz que sobrepuja todo entendimiento: Moraremos eternamente con el Señor. —J.C Ryle

Tenemos que ser humillados. Por tanto, Dios nos coloca en el fuego de la aflicción, en el crisol de la purificación. Él tiene solo un objetivo: Librarse de la escoria y refinar el oro. Pero en nuestra inmadurez escuchamos al diablo, refunfuñamos y nos quejamos. “¿Por qué me está sucediendo esto? Estoy tratando de ser un buen cristiano, miren a aquellos otros”. Espero que nunca volvamos a hablar así, cayendo víctimas de los engaños del diablo. ¿Acaso no puede ver usted que todo esto viene de Dios quien, como su Padre, está manifestando su amor por usted y revelando el gran propósito misericordioso y glorioso que tiene para usted? Su intención es perfeccionarlo, hasta que no tenga ni una “mancha ni arruga ni cosa semejante” (Ef. 5:27). Primero tiene que librarlo de mucha basura. —David Martyn Lloyd-Jones

Dios quiere que sus santos conozcan por experiencia su verdad y a Cristo, quien es la verdad. El cristiano que lo es en teoría o el religioso solo de nombre es de poco valor. La experiencia se logra en una relación personal con Cristo y su evangelio. Todo los hijos de Dios reciben las enseñanzas de Dios en la misma escuela; con la misma verdad y por medio del mismo Maestro, da forma al “corazón de todos ellos” (Sal. 33:15). Si pues, este conocimiento por experiencia de la Biblia es resultado de la aflicción, ¡reciba con gusto la disciplina, cuya vara de corrección florece y produce un fruto tan dorado como éste! —Octavius Winslow

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