“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).

Este versículo en Romanos 8, nos da un ejemplo de la lógica divina. Contiene una conclusión que se deriva de esta premisa: Dios entregó a Cristo por todo su pueblo, por lo tanto, todo lo
demás que éste necesite es seguro que también se lo dará. Hay muchos ejemplos en las Sagradas Escrituras de esta lógica divina. “Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” (Mt. 6:30). “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” (Ro. 5:10). “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mt. 7:11). Por lo tanto,
aquí en nuestro texto, el razonamiento es irresistible y va directamente a la mente y al corazón.

Nuestro texto nos revela el carácter lleno de gracia de nuestro Dios amante manifestado por el don de su Hijo. Y esto, no sólo es para que lo sepamos, sino también para consuelo y seguridad en nuestros corazones. El don de su propio Hijo es la garantía de Dios a su pueblo de que le dará todas las bendiciones que necesite. Lo más grande incluye lo más pequeño: Su don espiritual inefable es la promesa de que contaremos con todas los favores temporales que necesitemos. Notemos lo siguiente:

1) EL SACRIFICIO COSTOSO DEL PADRE. Esto nos presenta un aspecto de la verdad que me temo raramente meditamos. Nos encanta pensar en el amor maravilloso de Cristo, quien fue más fuerte que la muerte y quien estimó que ningún sufrimiento era demasiado grande por su pueblo. Pero, ¡qué debe haber sentido el corazón del Padre cuando su Amado dejó su patria celestial! Dios es amor y nada hay que sea más sensible que el amor. No creo que la Deidad no sienta emociones, que sea estoico como lo presentaban los teólogos y escritores de la Edad Media. Creo que enviar a su Hijo fue algo que el corazón del Padre sentía, que significaba un gran sacrificio de su parte. Dele la importancia debida, entonces, al hecho solemne de que: ¡Dios “no eximió ni a su propio Hijo”! ¡Palabras expresivas, profundas y emocionantes, sabiendo muy bien, como solo él podía, todo lo que la redención involucraba: La Ley rígida y férrea que exige una obediencia perfecta y la muerte de sus transgresores; justicia, severa e inexorable, que requiere total satisfacción, que “de ningún modo tendrá por
inocente al malvado” (Éx. 34:7)! No obstante, no se negó a dar en sacrificio lo único que podía aplicarse al caso.

Dios “no eximió ni a su propio Hijo”, no vaciló, aunque sabía muy bien lo humillante e ignominioso que sería el pesebre de Belén, la ingratitud de los hombres, el no tener dónde recostar su cabeza, el odio y la oposición de los impíos y la enemistad y las heridas infligidas
por Satanás. Dios no cambió ninguno de los requisitos santos de su trono, ni eliminó ni un ápice de su terrible maldición. No, no eximió ni a su propio Hijo. Se requería pagar hasta el último centavo, las últimas gotas de la ira tenían que ser bebidas. Aun cuando su Hijo amado
clamó desde el huerto: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42), Dios no lo hizo. Aun cuando manos viles lo habían clavado en el madero, Dios clamó: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero
mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas; y haré volver mi mano contra los pequeñitos” (Zac. 13:7).

2) LOS DESIGNIOS DE LA GRACIA DEL PADRE. “Sino que lo entregó para todos nosotros”. Aquí nos dice por qué el Padre hizo un sacrificio tan costoso: ¡No le perdonó la sentencia a Cristo para poder perdonar la nuestra! No fue por falta de amor por el Salvador sino ¡por el amor maravilloso, sinigual y sin medida por nosotros! ¡Oh, maravillémonos ante los designios extraordinarios del Altísimo! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Por cierto que, tanto amor sobrepuja todo entendimiento. Además, no hizo este sacrificio costoso a regañadientes ni con renuencia, sino libremente por amor… “lo entregó” a la vergüenza y las escupidas, al odio y la persecución, al sufrimiento y a la muerte misma. ¡Y lo entregó por nosotros, descendientes del rebelde Adán, depravado y corrupto, vil y despreciable! Por nosotros que nos “fuimos lejos” de la casa del Padre, rebelándonos contra él y malgastando allí nuestros bienes viviendo perdidamente (Lc. 15:13). Sí, “por todos nosotros” que nos hemos descarriado como ovejas, yendo cada cual “por su propio camino” (Is. 53:6). Nosotros que “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” en quienes nada bueno había (Ef. 2:3). ¡Por nosotros que nos rebelamos contra nuestro Creador, aborrecimos su santidad, despreciamos su Palabra, quebrantamos sus mandamientos y resistimos a su Espíritu! Por nosotros que bien merecíamos ser echados al fuego eterno y recibir la paga de nuestros pecados (Ro. 6:23). Sí, por usted hermano cristiano que, a veces, se siente tentado a interpretar sus aflicciones como muestras de la dureza de Dios, que considera su pobreza como evidencia de su negligencia y sus rachas de oscuridad como evidencias de su deserción. Oh, confiésele la maldad de sus dudas deshonrosas y nunca vuelva a cuestionar el amor de Aquel que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Ro. 8:32).

La fidelidad a su Palabra exige que señale la palabra “todos”. En el versículo 31 encontramos la pregunta: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Los “nosotros” son los más favoritos del cielo, el objeto de su gracia soberana: Los escogidos de Dios. No obstante, en sí mismos, por naturaleza y práctica, no son más que merecedores de su ira. Pero, a Dios gracias, se trata de todos nosotros. Los peores, al igual que los mejores…

Continuará…

Tomado de Comfort for Christians.

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Arthur Walkington Pink (Nottingham, Inglaterra 1 de abril de 1886 – Stornoway, 15 de julio de 1952) fue un teólogo, evangelista, predicador,  misionero,  escritor y erudito  bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Por ejemplo, llamaba al Dispensacionalismo «un error moderno y pernicioso».​ Como suscriptores de su revista mensual Estudio sobre las Escrituras  estaban Martyn Lloyd-Jones y el Dr. Douglas Johnson, primer director general del Inter-Varsity.

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