“Puso también a los sacerdotes en sus oficios, y los confirmó en el ministerio de la casa de Jehová” (2 Crónicas 35:2).

Como recordarán, en los primeros años de su reinado, Josías se levantó contra las idolatrías prevalecientes para eliminarlas del país. Luego decidió reparar y hermosear el templo. Después de eso, la meta de su corazón era restaurar los servicios sagrados, observar las fiestas solemnes y reavivar el culto a Dios en el debido orden, según las palabras del libro del Pacto que fue encontrado en la casa del Señor. Nuestro texto nos explica algo del método que utilizó para realizar la obra y éste puede muy bien servirnos como modelo.

Lo primero es conseguir que cada uno esté en el lugar que le corresponde. Lo segundo es que cada uno esté contento en el lugar donde está, a fin de que lo ocupe dignamente. Supondré, queridos amigos que, por la providencia de Dios, cada uno de ustedes está en el lugar que él le ha asignado, que por la dirección del Espíritu de Dios ha buscado y encontrado la manera exacta de ser útil y que lo está siendo. En esta ocasión, no pretendo mostrarles cuál es su lugar, pero digamos que es bueno que se quede usted donde está; mi objetivo será animarle a realizar bien su trabajo para el Señor sin desanimarse. No pienso tanto predicar, como hablar a personas en diferentes condiciones en la obra del Señor que están desanimadas, a fin de entusiasmarlas, de juntarlas con nosotros y alentarlas a mantenerse fieles. Quiero enfocarme en seis tipos de cristianos…

I. A AQUELLOS QUE PIENSAN QUE NO PUEDEN HACER NADA. Me dirán que en un sermón como éste no se aplica a ellos ni siquiera una frase. Si lo que voy a hacer es animar a este tipo de hermanos a servir en la casa del Señor, lo que diga, ¿será en vano para ellos porque no pueden hacer nada? Bien, queridos amigos, no den eso por sentado. Tienen que estar muy seguros de no poder hacer nada, antes de que me atreva a hablarles como si eso fuera cierto, porque a veces, uno no encuentra la forma de hacer las cosas porque no tiene la voluntad de hacerlas. Aunque no iré al extremo de afirmar que éste es su caso, bien
sabemos que, a menudo, el “no puedo” significa “no quiero” y, “no haber tenido éxito”, significa que “no lo he intentado”. Quizá usted ha estado tan desalentado que ha usado su desaliento como excusa para no intentar nada y su inacción lo ha llevado a la indolencia. Si alguno, con la idea de que no puede levantar la mano derecha nunca la mueve, no me sorprendería si después de semanas y meses ya no la puede mover. De hecho, se paralizaría sin ninguna razón, excepto porque no la ha movido. ¿No le parece que, antes de que sus músculos se pongan rígidos, le convendría ejercitarlos haciendo algún tipo de trabajo? Especialmente ustedes, jóvenes, si no trabajan para el Señor en cuanto se convierten, les será muy difícil hacerlo más adelante. He notado a menudo que las aptitudes vienen con la práctica; las personas negligentes y perezosas se van debilitando y terminan siendo inútiles.

Usted dice que no puede mover el brazo y, entonces, no lo mueve. Cuidado porque, con el tiempo, su pretexto se convertirá en la razón de una incapacidad real.

Pero digamos que lo que ha dicho es cierto. Usted está enfermo. El vigor que sentía cuando gozaba de buena salud ha desaparecido. Sufre dolor, cansancio y agotamiento. A menudo, ni siquiera puede salir y ahora su casa parece todo el día un triste hospital, en lugar de un hogar
alegre cuando llega la noche. Por lo tanto, es cierto que poco puede hacer, tan poco que termina creyendo que no puede hacer absolutamente nada. Pensarlo le es una carga. Le gustaría poder servir al Señor.

¡Cuántas veces ha soñado con el placer de hacer algo, desde que ya no puede hacerlo! ¡Qué dispuestos estarían sus pies a correr! ¡Qué listas sus manos para trabajar! ¡Qué contenta su boca para testificar! Envidia usted a los que pueden y usted los imitaría y superaría; no es
que les desee ningún mal, pero anhela devotamente poder realizar alguna obra personal en la causa de su Señor.

Ahora bien, quiero animarle, en primer lugar, recordándole que la Ley del Hijo de David es la misma que la ley de David mismo, y conoce usted la ley de David concerniente a los que salían a la batalla. Había algunos lisiados y algunos que tenían alguna incapacidad que les
impedía ir al frente y, a ellos, los dejó en las trincheras cuidando los pertrechos. “Pues bien”, les dijo, “están ustedes muy cansados y enfermos. Quédense en el campamento. Cuiden las tiendas y las armas mientras nosotros salimos a pelear”. Resulta que llegado el momento
de la repartición, los hombres que fueron al frente de batalla se creían merecedores de todo el botín. Dijeron: “¡Estos no han hecho nada! Se han quedado en las trincheras. No les corresponde parte del botín”. Allí mismo, en ese mismo instante, el rey David dictó la ley que decía que ambos grupos tenían que compartirlo equitativamente: los que habían quedado en las trincheras y los que habían librado la batalla.

“Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje; les tocará parte igual. Desde aquel día en adelante, esto fue por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy” (1 S. 30:24-25). No es menos generosa la Ley del Hijo de David. Si por enfermedad se ve usted confinado a su casa – si por alguna otra razón, como edad o debilidad, no puede estar al frente de batalla – pero es un verdadero soldado y realmente siente que si pudiera, pelearía, compartirá las recompensas con los mejores y más valientes soldados que, vestidos con la armadura de Dios, se enfrentan y luchan contra el adversario.

Hermanos, no tienen ninguna razón para envidiar a los que son diligentes y exitosos en el servicio de Cristo, aunque sí pueden admirarlos todo lo que quieran. Les recuerdo una Ley del Reino de los Cielos que todos conocemos: “El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá” (Mt. 10:41). Por cierto, es un cargo espléndido el de ser un siervo del Señor. David así lo consideraba porque en el comienzo de algunos de sus salmos leemos: “Oración de David, siervo de Jehová”, nunca “Oración de David, Rey de Israel”, porque consideraba de más valor ser un siervo de Dios que ser un rey de Israel. Tener buena salud y energía, habilidad y oportunidad de cumplir una misión para el Maestro son muy deseables, pero estas no deben considerarse siempre como pruebas de salvación personal. Alguien puede predicar admirablemente y realizar maravillas en la iglesia y, aun así, no ser partícipe de la gracia salvadora. Recordemos la ocasión cuando los discípulos volvieron de predicar y dijeron: “Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre”. A esto el Señor les respondió: “Pero no os regocijéis [de eso]… regocijaos de que vuestros
nombres están escritos en los cielos” (Lc. 10:17, 20). Entre ellos estaba Judas; Judas echaba fuera demonios; Judas predicaba el evangelio y, aun así, era hijo de perdición y está perdido para siempre. El hecho de que no pueda usted hacer mucho, no significa que no sea salvo;
asimismo, si se encuentra entre los obreros cristianos principales, eso no prueba que es un hijo de Dios. No se preocupe, entonces, porque ya no puede participar de las alegres actividades que otros comparten. Si su nombre ya está escrito en el cielo y su corazón verdaderamente sigue al Señor, tendrá abundante recompensa en el gran Día Final, aunque aquí esté condenado a sufrir, en lugar de gozar la dicha de ser un obrero en acción.

No obstante, a mí me parece muy posible que algunos de ustedes, queridos amigos, que están tristes, están sumiéndose en tinieblas más profundas que su caso merece. ¿Es su vida realmente una rutina aburrida, que por falta de variedad y actividades entusiastas, no deja ningún recuerdo? Creo que no. “Las ricas reliquias de una hora bien vivida”, a veces, se presentan en su camino como un haz de luz que nos alegra a los demás, aunque usted no lo note. ¿Es usted paciente en medio de sus sufrimientos? ¿Se esfuerza por controlar las pasiones de la carne, gobernar su espíritu, abstenerse de murmurar y por fomentar la alegría? Eso, mi amigo, es hacer mucho. Estoy convencido de que la serenidad santa de un hijo de Dios que sufre, es uno de los mejores sermones que puede ser predicado en el seno de una familia. A menudo, un santo enfermo ha sido de más provecho en un hogar que lo que
pudiera haberlo sido el más elocuente teólogo. Los que lo rodean ven con cuánta dulzura se somete a la voluntad de Dios, con cuánta paciencia aguanta dolorosas cirugías y cómo Dios le da cantos en la noche. Ya ve, es usted muy útil. A veces, me han llamado a visitar a personas postradas en cama que no han podido levantarse desde hace muchos, muchos años; y me he enterado de que su influencia se ha extendido por toda su comunidad. Eran conocidas como pobres y piadosas mujeres o señores cristianos de experiencia, a quienes muchos los visitaban. Comentan pastores cristianos que muchas veces se benefician más de estar sentados media hora conversando con la pobre anciana Betsy que lo que han disfrutado leyendo los libros en su biblioteca, a pesar de que Betsy decía que ella no estaba haciendo nada. Considere su caso desde esa perspectiva y verá que puede alabar a Dios desde su lecho y hacer que su ambiente sea tan elocuente para Dios y para los demás como lo puede ser este púlpito.

Además, queridos amigos, ¿no les parece que, a menudo, limitamos nuestra idea de servir a Dios a las prácticas públicas del santuario y olvidamos cuánto espera nuestro Señor nuestra fidelidad y obediencia personal? Dice usted: “No puedo servir a Dios” cuando no puede enseñar en la escuela dominical o predicar desde el púlpito, cuando no puede integrar una comisión o hablar desde una plataforma, como si estas fueran las únicas formas de servir que hubiera. ¿Acaso no piensa usted que una madre que alimenta a su bebé está sirviendo a Dios?

¿No piensa que los hombres y mujeres que cumplen con su trabajo a diario y con las obligaciones de la vida doméstica con paciencia y productividad están sirviendo a Dios? Si piensa lo correcto, sabe que sí. La empleada doméstica que barre una habitación, la señora que prepara una comida, el obrero que clava un clavo, el negociante que trabaja en su libro de contabilidad, debe hacer todo como un servicio al Señor. Aunque, por supuesto, es de desear que cada uno y todos tengamos una obra religiosa para realizar, es mucho mejor santificar nuestros quehaceres comunes y hacer que nuestro trabajo diario resuene con melodías de un alma en armonía con el cielo. Si dejamos que la verdadera religión sea nuestra vida, entonces nuestra vida será la verdadera religión. Así es como debe ser. “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col. 3:17). Por lo tanto, hagamos que la corriente de nuestra vida cotidiana, a medida que se desenvuelve —oscura, inadvertida— sea santa y valiente. Descubriremos así que, mientras “también sirven los que sólo se detienen y esperan”, no será olvidado el que sencillamente se sienta a los pies de Jesús y escucha
sus palabras cuando es todo lo que puede hacer. Éste es servicio realizado para él, que él aprecia, no importa quién se queje.

Sepa, mi querida hermana, que por sus sufrimientos el Señor la ha hecho más compasiva. Usted, mi querido hermano, que por las disciplinas con que ha sido castigado, ha aprendido a ser consolador. ¿Dice que no puede hacer nada? Yo sé algunos secretos que usted no sabe.
No se ve usted como lo veo yo. ¿Acaso no trató el otro día de alentar a un pobre vecino contándole lo bueno que fue el Señor con usted cuando estaba enfermo y como brotó una lágrima sagrada derramada por el dolor de un prójimo? ¿No es acaso su costumbre, aunque usted mismo sufre, decirles a otros que sufren igual que usted, algunas palabras en nombre de su Maestro cada vez que puede? Me dice usted que no puede hacer nada. ¡Alma querida, sepa que animar a los santos de Dios es una de las obras más dignas de las que se puede ocupar! Dios envía profetas a sus siervos en los momentos cuando necesitan ser reprochados. Si quiere reconfortarlos, por lo general les envía un ángel, porque esa es la tarea del ángel. Leemos que a Jesucristo mismo le fueron enviados ángeles para servirle ¿Cuándo? ¿Acaso no fue en el jardín de Getsemaní cuando estaba abrumado por el dolor? Consolar no es una tarea cualquiera, es una especie de obra angelical. “Y se le apareció un
ángel del cielo para fortalecerle” (Lc. 22:43). A los israelitas les fue enviado un profeta para advertirles de su pecado, pero cuando Gedeón necesitaba aliento para salir y pelear por su patria, fue un ángel del Señor quien se le acercó. Por todo esto, creo que la obra de reconfortar es obra de los ángeles.

Ustedes, queridos hombres y mujeres de buen corazón, que piensan que no pueden hacer nada para reconfortar o consolar con palabras alentadoras a almas desanimadas y angustiadas, si lo hicieran estarían cumpliendo una misión muy bendecida y convirtiéndola en una obra que a muchos pastores les resulta difícil cumplir. Conozco algunos que nunca han tenido sufrimientos y enfermedades, y cuando tratan de reconfortar al pueblo cansado de Dios, lo hacen con lamentable torpeza. Son como elefantes que levantan alfileres; pueden hacerlo, ¡pero requiere un gran esfuerzo! Los hijos de Dios que han pasado por pruebas
se reconfortan mutuamente con amor, lo hacen como si hubieran nacido para eso. Comprenden el arte de decir una palabra a tiempo al cansado y, cuando éste es el caso, no pueden quejarse diciendo que no están haciendo nada.

Ahora, amados, para ustedes que pensaban que no hacían nada y en este momento, espero, perciben que son útiles, sepan que puede haber un territorio más amplio hacia el cual avanzar. Eleven esta noche la oración de Jabes, quien era más honorable que sus hermanos porque su madre lo dio a luz en dolor. Ésta fue su oración: “¡Oh, sí me dieras bendición, y ensancharas mi territorio!” (1 Cr. 4:10). Pídale a Dios que le dé un campo de utilidad más amplio y él lo hará. Ahora quiero dirigir unas palabras a otro tipo de obreros…

II. A LOS QUE CREEN QUE HAN SIDO DESCARTADOS. “Querido señor”, puede decir alguno, “necesito que me aliente. Antes era útil. Por lo menos, me contaba como uno de un grupo de hermanos que trabajaban unidos con mucho entusiasmo, pero ahora que me he mudado, soy un desconocido en el vecindario donde vivo, y me siento descartado. No he hecho últimamente nada y esto me inquieta. Ojalá pudiera volver a trabajar”. Mi querido hermano, espero que lo haga. No pierda ni cinco minutos en decidirse. Estos tiempos necesitan tanto esfuerzo cristiano que, cuando alguno me pregunta: “¿Cómo puedo trabajar para Cristo?”, acostumbro a decir: “Vaya y hágalo”. “Pero, ¿cuál es la manera de hacerlo?”. Comience inmediatamente. Ponga manos a la obra, mi hermano. No se siente ni un minuto. Por otro lado, supongamos que se ve obligado a dejar de trabajar por un tiempo; no permita que decline su interés por la causa de su Señor y Maestro. Algunos de los mejores obreros de Dios, alguna vez han tenido que tomarse un respiro por un tiempo. Moisés estuvo cuarenta años en el desierto sin hacer nada. Alguien más grande que él, nuestro bendito Salvador mismo, estuvo treinta años, no diré sin hacer nada, pero de hecho, sin hacer ninguna obra pública. Cuando se encuentra usted retirado o inactivo, aproveche para ir preparándose para el momento cuando Dios lo vuelve a activar. Si se encuentra marginado, no se quede allí,
en cambio, ore al Señor pidiéndole que le dé entusiasmo para que cuando lo vuelva a usar, esté bien preparado para la obra que él tiene para que usted realice.

Mientras está inactivo, quiero que haga esto: Ore por otros que están activos. Ayúdelos. Anímelos. No se ponga de mal humor con resentimientos y menospreciando las obras de otros. Hay quienes, cuando no pueden hacer nada ellos mismos, no les gusta que nadie más sea diligente y trabajador. Diga en cambio: “Yo no puedo ayudar, pero nunca seré piedra de tropiezo, alentaré a mis hermanos”. Pase su tiempo en oración a fin de estar capacitado para ser usado por el Maestro y, mientras tanto, comience ya a ayudar a otros. Se cuenta que cuando Gibraltar fue sitiada y la flota lo rodeó y decidió marchar sobre el peñón, el gobernador disparó un proyectil hirviente a los atacantes. A los enemigos no les gustó para nada el caluroso recibimiento del gobernador. Piense en cómo pudo hacerlo. Allí estaban
los soldados de artillería disparando desde las murallas y, a cada uno de ellos, le hubiera gustado hacer lo mismo. ¿Qué hicieron los que no estaban a cargo de disparar? Pues, preparaban el proyectil, y eso es lo que tiene que hacer usted. Aquí, soy yo, por lo general, el principal artillero, prepárenme el proyectil, por favor. Mantengan el fuego encendido para que cuando dispare un sermón pueda estar al rojo vivo gracias a sus oraciones. Cuando ve a sus amigos… en el medio de la calle trabajando para Dios, si no puede usted sumarse a ellos, diga:

“No importa; les voy a tener listo el proyectil. Aunque no puedo colaborar de ninguna otra manera, no faltarán mis oraciones”. Éste es el consejo para usted mientras se ve obligado a permanecer inactivo.

Continuará …