1. PRUEBA DIVINA: “Me probará”. “El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones” (Pr. 17:3). Ésta era la manera como Dios probaba a Israel en la antigüedad y su manera de probar al cristiano en la actualidad. Justo antes de que Israel entrara a Canaán, Moisés hizo un recuento de la historia del pueblo desde que habían salido de Egipto. Dijo: “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Dt. 8:2). De la misma manera, Dios nos prueba, examina y humilla.

“Me probará”. Si fuéramos más conscientes de esto, resistiríamos mejor la hora de aflicción y seríamos más pacientes cuando sufrimos. Las irritaciones cotidianas de la vida, las cosas que molestan tanto, ¿qué significan? ¿Por qué son permitidas? La respuesta es ésta: ¡Dios lo está “probando”! Esa es la explicación (por lo menos, en parte) de aquel desencanto, la pérdida de sus esperanzas terrenales, en medio de esa gran pérdida: Dios estaba, está probándolo. Dios está probando su humor, su valentía, su fe, su paciencia, su amor y su fidelidad.

“Me probará”. Con cuánta frecuencia los santos de Dios ven a Satanás como la única causa de sus problemas. Consideran que ese gran enemigo es responsable por muchos de sus sufrimientos. Pero esta manera de pensar no trae verdadero consuelo al corazón. ¡No negamos que el diablo produce mucho de lo que nos hostiga!, pero por encima de Satanás ¡está el Señor todopoderoso! El diablo no puede tocar un cabello de nuestra cabeza sin el permiso de Dios y cuando le es permitido molestarnos y distraernos, aun entonces ¡es sólo Dios quien lo usa para “probarnos”! Aprendamos, entonces, a mirar más allá de las causas y los instrumentos secundarios de Aquel que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad (Ef. 1:11). Esto fue lo que hizo Job.

En el primer capítulo del libro de Job, encontramos a Satanás que le pide permiso a Dios para hacer sufrir a su siervo Job. Usó a los sabeos para destruir los animales de Job (1:15), envió a los caldeos para dar muerte a sus siervos (1:17) y causó que un viento fuerte matara a sus hijos (1:19). ¿Y cuál fue la reacción de Job? Exclamó: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21). Job miró más allá de los ejecutores humanos, más allá de Satanás que los había empleado, puso sus ojos en el Señor que tiene control de todo. Comprendió que el Señor lo estaba probando. Vemos lo mismo en el Nuevo Testamento. Juan escribió a los santos que sufrían en Esmirna: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados” (Ap. 2:10). El que fueran echados en la cárcel era simplemente que Dios los “probaba”.

¡Cuánto perdemos por olvidar esto! Qué consuelo es para el corazón zarandeado por los problemas, saber que no importa de qué forma se presente la prueba, no importa cuál sea el ejecutor que indigna, es Dios quien está “probando” a sus hijos. ¡Qué ejemplo perfecto nos da el Salvador! Cuando sus captores se acercaron en el jardín y Pedro desenvainó su espada y le cortó la oreja a Malco, el Salvador le dijo: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn. 18:11). Los hombres estaban por descargar su terrible ira sobre él, la serpiente heriría su calcañar, pero él miró más allá. Querido lector, no
importa lo amargo de su contenido (infinitamente menos que lo que el Salvador bebió), aceptemos la copa porque viene de la mano del Padre.

En algunos casos, tendemos a cuestionar la sabiduría de Dios y su derecho a probarnos. Muy a menudo murmuramos contra sus dispensaciones. ¿Por qué razón me da Dios una carga tan intolerable? ¿Por qué otros tienen a sus seres queridos y los míos me fueron quitados? ¿Por qué me es negado tener buena salud y fuerzas y, quizá aún, el don de la vista? La primera respuesta a todas las preguntas como esas es: “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Ro. 9:20). El que alguno cuestione los tratos del gran Creador es una insubordinación maligna. “¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” (Ro. 9:20). ¡Con qué seriedad necesita cada uno de nosotros clamar a Dios para que su gracia silencie nuestras palabras rebeldes y calme la tempestad dentro de nuestro desesperadamente malvado corazón! También 1 Pedro 4:12-13 nos dice: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os
aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría”. Aquí se expresan los mismos pensamientos que en el pasaje anterior. Hay una causa detrás de nuestras “pruebas”
y por eso no hemos de considerarlas extrañas, sino esperarlas. Y también encontramos aquí la esperanza bendita de ser ricamente recompensados en la segunda venida de Cristo. Después vemos que se agrega el mensaje de que, no sólo debemos encarar estas pruebas con la fortaleza de la fe, sino que debemos regocijarnos también en ellas porque Dios nos permite compartir “las aflicciones de Cristo”. Él también sufrió: suficiente le es entonces “al discípulo ser como su maestro” (Mt. 10:24-25).

“Me probará”. Querido lector cristiano, no hay excepciones. Dios tuvo un solo Hijo sin pecado, pero nunca uno sin aflicciones. Tarde o temprano, de una forma u otra, pasaremos por pruebas duras y pesadas. “Y enviamos a Timoteo nuestro hermano… para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos” (1 Ts. 3:2-3). También está escrito: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22). Así ha sido en todas las épocas. Abraham fue “probado”, probado con severidad. Igualmente lo fueron José, Jacob, Moisés, David, Daniel, los Apóstoles,
etc.

Continuará …

Tomado de Comfort for Christians


A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros. Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y luego volvió a su tierra en 1934.