Sentimos por nosotros mismos un cariño enfermizo que nos impide mortificar nuestra corrupción. ¿Le ha sucedido alguna vez que, a pesar de que descubrió o vio la impiedad y amargura del pecado, siguió viviendo en paz? Entonces, le sigue controlando Satanás; si nunca ha sufrido el dolor de pasar un cálculo biliar, es que todavía lo tiene. Si su corazón nunca ha sentido el dolor del pecado, quiere decir que su corazón nunca ha sido circuncidado. El poder del pecado permanece donde el evangelio no ha efectuado una mortificación… Efectivamente, qué grandes reformas han tenido lugar entre algunos, tanto
que por su estilo de vida podemos pensar que son verdaderos conversos al ver su perfección y ternura. Sin embargo, son enemigos de la gracia y extraños al evangelio y, en consecuencia, a la verdadera mortificación que no puede ser por la Ley porque es la fuerza del pecado.

Pregunta: ¿Cómo puedo saber si mortifico el pecado por el evangelio o por la Ley?

Respuesta: 1. La mortificación por el evangelio y la legal difieren en los principios de los cuales proceden. La mortificación por el evangelio procede de los principios del evangelio o sea, (1) el Espíritu de Dios: “Si vivís conforme a la carne, moriréis; más si por el Espíritu hacéis
morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13); (2) la fe en Cristo: “purificando por la fe sus corazones” (Hch. 15:9) y (3) el amor de Cristo que constriñe: “el amor de Cristo nos constriñe” (2 Co. 5:14). En cambio, la mortificación por la Ley se basa en principios legales, como por
ejemplo: en el aplauso y la alabanza de los hombres; como en el caso de los fariseos, su hipocresía; como Pablo antes de su conversión: por temor al infierno; por una conciencia natural: por el ejemplo de otros, por algunas [instigaciones] naturales del Espíritu y, muchas veces, por el poder del pecado mismo, cuando un pecado lucha contra otro. Alguien quizá no beba ni use lenguaje soez: ¿Por qué? Porque está organizando y estableciendo una justicia propia, con el fin de obtener el favor de Dios. Éste es solo un ejemplo de un pecado luchando contra otro.

2. La mortificación por el evangelio y la que es por la Ley difieren en las armas con que luchan contra el pecado. El creyente del evangelio lucha con armas de la gracia o sea, la sangre de Cristo, la Palabra de Dios, las promesas del pacto y la virtud de la muerte de Cristo en la cruz. “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14). En cambio, el hombre bajo la Ley lucha contra el pecado con las promesas y las amenazas de la Ley. Por sus promesas, diciendo: “Obtendré vida y me ganaré el cielo si hago esto y aquello”; por su amenazas diciendo: “Me iré al infierno y seré condenado si no hago esto y aquello”. A veces, lucha con las armas de sus propios votos y resoluciones que son su torre fuerte en la que se refugia creyéndose a salvo.

3. Difieren en el objeto de su mortificación. Es cierto que ambos buscan mortificar el pecado, pero la lucha del legalista es más con los pecados de su conducta y estilo de vida. El verdadero cristiano anhela luchar como lo hacían los sirios, siguiendo las órdenes que recibían, es decir, no contra lo grande ni lo pequeño, tanto como contra el rey mismo o sea, en contra de la corrupción original (2 Cr. 18:30). Un cuerpo de pecado y muerte lo aflige más que cualquier otro pecado en el mundo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24). Su gran responsabilidad es lograr que la simiente de la mujer hiera la cabeza de la serpiente.

4. Difieren en las razones de la lucha. El creyente, a quien la gracia enseña a rechazar toda impiedad, lucha contra el pecado porque éste deshonra a Dios, se opone a Cristo, entristece al Espíritu y causa la separación entre su Señor y él. En cambio, el legalista lucha contra el
pecado porque le quita la paz, le remuerde la conciencia y lo daña haciéndolo víctima de la ira y el juicio, se parece a los niños que no juegan en el polvo, especialmente el polvo que se levanta con el viento. ¿Por qué? No porque les ensucia la ropa, sino porque les entra en los
ojos y les hace mal. Es por esta misma razón que el legalista no se mete con el pecado. ¿Por qué? No porque ensucia y mancha las perfecciones de Dios y deshonra su alma, sino porque le hace mal. No niego que hay demasiada de esta actitud legalista aun entre los fieles.

5. Difieren en sus motivaciones y sus propósitos. El creyente no es siervo del pecado porque tiene vida en Dios y está muerto al pecado (Ro. 6:6). El legalista renuncia al pecado, no porque esté vivo, sino para vivir. El creyente mortifica el pecado porque Dios lo ama; en cambio el legalista lo mortifica para conseguir el favor de Dios con su mortificación. Puede hacer grandes esfuerzos, pero sigue siendo para lograr su propia gloria, haciendo que el fundamento de su esperanza y tranquilidad sea él mismo.

6. Difieren en la naturaleza de su mortificación: El legalista no se opone violentamente al pecado, buscando su destrucción total; si puede aplacar el pecado no busca echarlo fuera. En cambio el creyente, teniendo una naturaleza y un principio contrario al pecado, busca no
sólo debilitarlo, sino extirparlo; su lucha es irreconciliable, no hay términos por los que puede adaptarlo ni aceptarlo; no se permite ninguna alianza con el pecado, como lo hacen los hipócritas.

7. Difieren en el alcance de la batalla: No sólo objetivamente, el creyente aborreciendo cada senda falsa, sino también subjetivamente, todas las facultades del alma del creyente, toda la parte regenerada de su ser está contra el pecado. No sucede lo mismo con el hipócrita o el legalista; así como perdona algún yerro u otro, su oposición al pecado sólo es cosa de su conciencia. Su luz y su conciencia se oponen a tal cosa, mientras que su corazón lo aprueba. También hay un alcance de tiempo; la oposición del legalista al pecado dura poco, en cambio la del creyente es hasta el final, la gracia y la corrupción se siguen oponiendo siempre una a la otra.

8. Difieren en el éxito: No hay creyente, que en su lucha contra el pecado, no lo venza, ya sea al principio o al final, aunque no siempre lo discierne. Y aunque pierda muchas batallas, gana la guerra. En cambio el legalista, a pesar de todo su esfuerzo, nunca tiene verdadero éxito:
Aunque, de hecho, se haya librado de algún pecado, nunca ha cambiado su naturaleza corrupta. Nunca tiene un nuevo corazón. La dura cerviz que se opone a Dios nunca se doblega y cuando logra mortificar un pecado, a veces surge otro más peligroso. Por lo tanto, todos los pecados y las contaminaciones a las que siempre renunciaban los fariseos y todas las obras buenas que realizaban, no hacían más que aumentar su orgullo y fortalecer sus prejuicios contra Cristo, lo cual constituía el pecado más grande y más peligroso. Hemos visto, entonces, la diferencia entre la mortificación del evangelio y de la Ley. Este conocimiento nos capacita para probarnos en cuanto a nuestra realidad espiritual. Hagámoslo.

Tomado de “The Strength of Sin”, sermones cxxx-cxxxi en The Works of Ralph Erskine.


Ralph Erskine (1685-1752): Pastor presbiteriano; predicador popular en la Iglesia de
Escocia de su época; nacido en Monilaws, Northumberland, Escocia.

Anuncio publicitario