Si usted no mortifica su cuerpo, está frustrando la finalidad de sus gracias. ¿Ha implantado Dios en usted un principio noble, activo y divino que resultará victorioso si lo emplea? ¿Y está decidido usted −cuyos deseos carnales y tentaciones están invadiendo su alma y haciéndola su presa− a vivir según ese principio y regirse por él? La gracia tiene en sí, una aversión y repugnancia contra el pecado y, donde tiene libertad de hacerlo, lo destruirá. El Apóstol nos dice: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gá. 5:17). Y, ¡qué! ¿Acaso se queda el Espíritu inactivo y silencioso bajo tal… oposición? No, dice él: “El Espíritu” también “lucha contra la carne”. En cuanto ve una corrupción comienza a agitar y sacudir el corazón, y pronto la ataca. La ataca y la vence si es que su engañoso corazón no lo traiciona y armoniza con los deseos de la carne. Ahora considere:

1. ¿No es esto gran ingratitud y falta de sinceridad contra Dios, el Dios de toda gracia? Él, quien al ver su debilidad e impotencia para enfrentar esas corrupciones poderosas que atacan, rugen y quieren dominar su interior, ha enviado el auxilio y socorro de su gracia divina para ayudarle. Y usted la traiciona y entrega para ser abusada, si es posible aun para que sus deseos carnales tarde o temprano acaben con su vida…
2. ¿No es una locura y necedad grave descuidar u obstaculizar la gracia divina provista para defenderlo y luchar por usted? ¡Ay! La lucha no es de la gracia, sino suya; y no es nada menos que su salvación eterna o su condenación eterna lo que está en juego aquí. Cuando se presenta la corrupción en toda su manifestación y con el diablo a la cabeza, ¿cree acaso que usted puede hacerles frente sin ayuda? La gracia está a su lado para brindarle un socorro seguro, ¿y lo rechaza usted evidenciando que no le interesa su auxilio? ¿Qué es esto, sino invalidar el uso y oficio de la gracia, y despreciar la bondad de Dios, quien le dio la gracia justamente para esta finalidad, para que la utilice contra sus deseos carnales? El pecado no mortificado, no sólo frustra la finalidad y la utilidad de la gracia, sino, lo que es peor, también debilita y desperdicia miserablemente la gracia. Es imposible que, tanto la gracia como la corrupción, sean fuertes y vigorosas a la misma vez, en la misma alma. Si una prospera, la otra languidece… Si su alma está repleta de pecados no mortificados, como malezas dañinas que brotan y se extienden rápidamente, la gracia se deteriora y se marchita, porque [su alma] no cuenta con su savia para nutrirla. Dos cosas son necesarias para nutrir la gracia, de modo que aumente poderosamente su fuerza y hermosura: Estas son los pensamientos santos y deberes santos. Por lo general, el hombre no necesita más que alimento y ejercicio para estar fuerte. Los pensamientos santos son, comparativamente hablando, el alimento de la gracia… Los deberes santos son, por así decir, el ejercicio, por el que la gracia obtiene y conserva su buena salud. Pero un deseo carnal no mortificado impide que la gracia obtenga fuerza de los pensamientos o los deberes. Porque, i. Un deseo carnal no mortificado, por lo general, domina los pensamientos del hombre. ¡Cuánto poder tiene un deseo carnal de acaparar todos los pensamientos para satisfacerlo! A algunos los manda a cumplir un encargo, a otros, otro, y todos tienen que estar ocupados en atender su deseo. Donde el pecado no mortificado es la codicia, la soberbia o la lascivia, ¡qué llena está la imaginación de pensamientos que satisfacen estos deseos carnales! Algunos producen el pecado, algunos lo embellecen y adornan; y algunos aprueban, alaban y recomiendan el pecado al alma. Además, si acaso queda lugar para otros pensamientos, algunos lo emplean para imaginarse situaciones y quimeras que posiblemente nunca sucedan, pero tienden a alimentar y nutrir esa corrupción. Apelo a su propia experiencia para confirmar lo que estoy diciendo. Y esto será bueno hacerlo para poder encontrar cuál es su pecado no mortificado. Analice qué es lo más sucio que se imagina, que con más frecuencia seduce sus pensamientos. ¿Le sucede que cuando sus pensamientos divagan, vuelven llenos de cosas del mundo? ¿Le presentan, por lo general, fantásticas riquezas, posesiones, ganancias, adquisiciones con el valor agregado de las artimañas para convertirlas en realidad? Entonces, la codicia es su deseo carnal no mortificado. ¿Se concentra y piensa en sus propias perfecciones? ¿Talla un ídolo de sí mismo en su propia imaginación y luego cae de rodillas ante él y lo adora? Entonces su pecado no mortificado es el orgullo. Y lo mismo podríamos decir de los demás. Ahora bien, cuando un deseo carnal no mortificado ha acaparado todos los pensamientos y los ha puesto al servicio de una imaginación corrupta, a la gracia le falta su alimento, sufre de inanición. ¡No es de extrañar si languidece y decae!

Continuará …

Tomando de “The Great Duty of Mortification” en The Works of Ezekiel Hopkins.


Ezekiel Hopkins (1634-1690): Pastor anglicano, capellán de Magdalen College, Oxford, fue más adelante Obispo de Derry, Irlanda; sus escritos son legibles, claros, y prácticos; nacido en Sandford, Crediton, Devonshire.

Anuncio publicitario