Otra máxima usada por el Apóstol en esta Epístola a los Romanos, la encontramos en el capítulo 13, versículo 14: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. Si quiere usted mortificar las obras de la carne, “no provea para los deseos de la carne”. ¿Qué significa esto? Encontramos una luz muy clara en cuanto al significado en el primero de los Salmos. Ésta es la receta: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos” (Sal. 1:1). Si quiere usted vivir una vida consagrada y ser capaz de mortificar las obras de la carne, no pase el tiempo parado en las esquinas de las calles porque, si lo hace, caerá en pecado. Si anda donde es muy posible que se cometan pecados, no se sorprenda si cae. Si sabe que ciertas personas tienen una mala influencia sobre usted, evítelas, manténgase apartado de ellas. Quizá diga usted: “Pero ando con ellas para poder ayudarles y, sin embargo, ellos me llevan a pecar”. Si es así, no está usted en posición para ayudarles…

El sabio dice en el libro de Job: “Hice pacto con mis ojos” (Job 31:1). “Mira derecho para adelante”, dice, “no mires ni a derecha ni a izquierda, cuida esos ojos para que no se extravíen, esos ojos que parecen moverse casi automáticamente y que buscan cosas que lo tienten e incitan a pecar”. “Haga un pacto con sus ojos”, dice Job, decídase a no mirar nada que tienda a llevarlo a pecar. ¡Si fue importante en la antigüedad, cuanto más lo es hoy, cuando tenemos periódicos, cines, anuncios publicitarios, televisores, etc.! Si alguna vez tuvo el hombre necesidad de hacer pactos con sus ojos, es ahora. Tenga cuidado con lo que lee. Si
lee ciertos periódicos, libros y revistas que sabe que le pueden hacer daño, evítelos. Tiene que evitar cualquier cosa que lo dañe y que debilite su resistencia. No mire en su dirección, no tenga nada que ver con ellos… La Palabra de Dios le dice que “mortifique las obras de la carne”, que “no provea para los deseos de la carne”. Gracias a Dios por un evangelio poderoso; gracias a Dios por un evangelio que nos dice que ahora somos seres responsables en Cristo, que nos llama a actuar de una manera que glorifica al Salvador. Entonces, “no proveáis para los deseos de la carne”.

Mi próximo punto es de suma importancia: Hágale frente a los primeros indicios y movimientos de pecado y tentación en su interior; enfréntelos en el momento cuando aparecen. Si no lo hace, está perdido. Fracasará, como nos enseña la Epístola de Santiago: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. (Stg. 1:13-
15). El primer indicio es tentación, una leve inquietud de lascivia y seducción. En ese momento es cuando tiene que hacerle frente y solucionarlo. Si no lo hace en esta etapa, será vencido. Córtelo de raíz; hágalo inmediatamente; nunca le dé el más mínimo poder. No lo acepte para nada. Quizá se sienta inclinado a decir: “Y bueno, no es que vaya a hacer esto”. Ay, si lo acepta usted en su mente y empieza a entretener la idea, a jugar con ella en su imaginación, ya ha sido vencido. Según nuestro Señor, ya ha pecado. No tiene que realmente cometer el acto; con que lo piense es suficiente. Darle un lugar en su corazón es pecado a la vista de Dios, quien nos conoce a la perfección y lee aun lo que sucede en nuestro corazón y nuestra imaginación. Por lo tanto, córtelo de raíz, no tenga nada que ver con él, deténgalo al instante, al primer indicio, antes de que ese proceso indigno descrito por Santiago empiece a suceder.

Pero recuerde esto –y esto puede ser nuestro próximo punto–, eso no significa represión. Si uno solamente reprime una tentación o este primer indicio de pecado, es probable que vuelva a aparecer otra vez y ahora con más fuerza. En esto, coincido con la psicología moderna. La represión es siempre mala. “Bueno, entonces ¿qué hago?” −puede preguntar
alguno−. Respondo: Cuando siente usted ese primer indicio de pecado, levántese y diga: “No voy a tener nada que ver con esto”. Exponga la cosa y diga: “Esto es pecaminoso, esto es vil, esto fue lo que expulsó al primer hombre del Paraíso”. Arránquelo, mírelo, denúncielo,
aborrézcalo por lo que es; sólo entonces, lo habrá extirpado. No tiene que echarlo fuera con un espíritu de temor y de timidez. Sáquelo a la vista, expóngalo y analícelo; y luego denúncielo por lo que es hasta aborrecerlo.

Mi último punto bajo este encabezado, es que, si a pesar de todo, cae usted en pecado (¿y quién no?), no se cure con demasiada facilidad, ni demasiada prisa. Busque 2 Corintios 7 y lea lo que dice: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento”. Encare una vez más lo que ha hecho. Mírelo, analícelo, expóngalo, denúncielo, aborrézcalo y confiéselo. ¡Pero no de manera que caiga usted en la profundidad de la depresión y desesperación! Siempre tendemos a ir a los extremos; somos demasiado superficiales o demasiado profundos. No hemos de curar “la herida […] con liviandad” (Jer. 6:14), pero tampoco tenemos que caer en la desesperación y depresión y decir que todo está perdido, que no podemos ser cristianos en absoluto y volvemos a estar bajo condenación. Eso es igual de equivocado. Tenemos que evitar ambos extremos. Comprométase a hacer un examen sincero de usted mismo y de lo que ha hecho, y condénese a sí mismo y su obra sin reservas.; pero luego sea consciente que al confesárselo a Dios, sin presentar ninguna excusa “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). Si hace esto “superficialmente”, volverá a
caer en pecado; y si cae en el desánimo, se sentirá sin esperanza, al grado que caerá en pecado repetidamente. Un ambiente de desesperanza y fracaso lleva a más fracaso. No caiga en ninguno de estos errores, en cambio, ocúpese de la obra de la manera como el Espíritu siempre nos instruye que lo hagamos.

Tomado de Romans: An Exposition of Chapter 8:5-17, The Sons of God.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Quizá es el mejor predicador expositivo del
siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel,
Londres, Inglaterra, 1938-68; nacido en Cardiff, Gales.