Pero, ¿cómo se manifiesta esto en la práctica?… Para empezar, tenemos que entender espiritualmente nuestra posición porque muchos de nuestros problemas se deben al hecho de que no nos percatamos y no recordamos quiénes somos y lo que somos como cristianos. Muchos creen que no tienen poder, que no pueden hacer esto ni aquello. Lo que realmente necesitan que les digan no es que son inservibles, que no se den por vencidos, sino saber lo que dice 2 Pedro 1:2-4: “Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad…”. Todo lo que pertenece “a la vida y a la piedad” nos ha sido dado “mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,…”. Dice además: “…por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas [las preciosas y grandísimas
promesas] llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia;…”.

Aun así, los cristianos se lamentan y quejan de que no tienen fuerza. La respuesta para gente así es: “Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad, le han sido dadas. Deje de lamentarse, murmurar y quejarse. Levántese y use lo que hay en usted. Si es usted cristiano, tiene el poder dado por el Espíritu Santo; no es un inservible”. Pero el apóstol Pedro no termina allí. En el versículo 9 del mismo capítulo dice: “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”, −es decir, el hombre que no hace las cosas que le ha estado exhortando a hacer− “es ciego”. Es corto de vista, “no puede ver de lejos”. No tiene un concepto acertado de la vida cristiana. Está hablando y viviendo como si todavía no fuera regenerado. Dice cosas tales como: “No puedo seguir siendo cristiano. Es demasiado para mí”. Pedro le insta a conocer la verdad acerca de sí mismo. Necesita ser avivado; necesita que le abran los ojos y que le refresquen la memoria. Necesita ponerse en marcha y trabajar, en lugar de quejarse de sus deficiencias.


Además, hemos de tener conciencia que si somos culpables de pecado, estamos contristando “al Espíritu Santo de Dios” que mora en nosotros (Ef. 4:30). Cada vez que pecamos, no es sólo el hecho de hacerlo y sentirnos mal lo que más importa, sino entristecer al Espíritu Santo de Dios que mora en nuestro cuerpo. ¿Cuándo pensamos en eso? He notado que cuando alguien se me acerca para hablar de este tema, habla siempre de él mismo: “Mi fracaso”. “Caigo constantemente en este pecado”. “Este pecado me está venciendo”. Habla exclusivamente de sí mismo. No habla de su relación con el Espíritu Santo y por esta razón:
El que se da cuenta que el problema principal en su vida pecaminosa es que está entristeciendo al Espíritu Sano, deja de hacerlo inmediatamente y lo encara. Ya no se preocupa principalmente de sus propios sentimientos; cuando tiene conciencia de que está entristeciendo al Espíritu Santo de Dios, entra inmediatamente en acción tomando de
inmediato, las medidas que corresponden.

Otra consideración muy importante bajo este encabezado general es que debemos tener siempre presente nuestra meta final. Pedro enfatiza esto en ese mismo capítulo, diciendo: “Haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:10b-11). Dice que si hacen estas cosas que les exhorta hacer, su muerte, cuando llegue, será maravillosa; no porque de alguna manera entren al reino de Dios, sino porque gozarán de una entrada “amplia y generosa”. Será una procesión triunfante, ¡las puertas se abrirán y habrá gran regocijo! No se está refiriendo a nuestra salvación presente, sino a nuestra glorificación15 final, nuestra entrada “en las moradas eternas” (Lc. 16:9). Por lo tanto, debemos mantener nuestra mirada en esa meta. Nuestro problema más grande es que estamos siempre mirándonos a nosotros mismos y mirando al mundo. Si nos consideráramos más y más como peregrinos (lo cual somos), caminando hacia la eternidad, toda nuestra
actitud se transformaría. Pablo declaró eso aquí [en Romanos 8:11]: Pongan su mirada en eso, dice en efecto, mantengan su mirada en la meta. Juan dice lo mismo en su primera epístola: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:2-3). La causa de la mayoría de nuestros problemas como cristianos es que vivimos
para este mundo y en el tiempo. Insistimos en olvidar que aquí no somos más que “peregrinos y extranjeros”. Pertenecemos al cielo: Nuestra ciudadanía está en el cielo (Fil. 3:20) y allí nos dirigimos. Si mantuviéramos esto como pensamiento principal en nuestra mente, este problema de nuestra lucha contra el pecado tomaría otra dimensión…

Pasemos ahora de lo general a lo particular, sin olvidar, al hacerlo, que todo se hace “por el Espíritu” y con una mente iluminada por el Espíritu. ¿Qué tenemos que hacer en particular? La enseñanza del Apóstol puede ser entendida mejor bajo dos encabezados principales:
Directo o negativo e indirecto o positivo.

Bajo el encabezado directo o negativo, lo primero es que el cristiano tiene que “abstenerse de pecado”. ¡Es así de sencillo y directo! “Amados…”, dice Pedro en su primera epístola, capítulo 2, versículo 11: “…os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. Más claro, imposible. No hay ninguna indicación de que estemos “absolutamente sin esperanza” y que debemos dejar de luchar y “dejárselo todo” al Señor resucitado. “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis…”. ¡Dejemos de hacerlo, detengámonos inmediatamente, nunca
volvamos a hacerlo! Tenemos que abstenernos totalmente de estos pecados, estos “deseos carnales que batallan contra el alma”. No tenemos ningún derecho a decir: “Soy débil, no puedo y la tentación es poderosa”. La consigna del Nuevo Testamento es: “Dejen de hacerlo”. No necesitan un hospital ni un tratamiento; tienen que calmarse y reflexionar que son ustedes como “extranjeros y peregrinos”. La consigna es: “Absténganse”. No tienen por qué meterse en esas cosas. Recuerden nuevamente la enseñanza de Efesios 4: “El que hurtaba, no hurte más”. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. ¡Nada de estas palabras necias ni de bromas con doble sentido! ¡No lo hagan! ¡Absténganse! Es así de sencillo y así de práctico. ¡Basta!

En segundo lugar y, particularmente, para citar de nuevo al Apóstol en Efesios 5:11-12: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”. Note que dice: “Y no participéis…”. No sólo debe abstenerse de tales cosas, tampoco debe juntarse con los que las hacen o que tienen ese estilo de vida. El principio rector del cristiano debe ser: No asociarse con personas de ese tipo. No tengamos comunión con el mal, sino apartémonos de él y mantengámonos lo más lejos posible de él.

Otra expresión es “…golpeo mi cuerpo…” (1 Co. 9:27). “…y lo pongo en servidumbre,…”, dice el Apóstol. “Todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio. Corred de tal manera que lo obtengáis”; es decir, el que compite en las carreras, se disciplina. Cualquiera que se
entrena para participar en grandes justas atléticas cuida mucho su dieta, deja de fumar y no toma bebidas alcohólicas. ¡Qué cuidadoso es! ¡Y todo porque quiere ganar el premio! Si hace eso, dice Pablo, por coronas perecederas, cuanto más debiéramos nosotros disciplinarnos
para ganar una corona incorruptible… El cuerpo tiene que ser sometido. Las palabras de nuestro Señor en Lucas 21:34, indican cómo hacerlo: “Mirad también por vosotros mismos…”, −está hablando a sus seguidores− “…que vuestros corazones no se carguen de glotonería y
embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. No comamos ni bebamos demasiado, no nos preocupemos demasiado con las cosas del mundo. Comamos lo suficiente, comamos alimento saludable, no seamos glotones. Si uno abusa de su cuerpo por lo que come o bebe o cualquier otra cosa, le será más difícil vivir una vida cristiana santificada y más difícil mortificar las obras de la carne. Por lo tanto, evitemos los impedimentos como estos y vivamos una vida normal, disciplinada y ordenada en todo sentido; de otra manera nuestro cuerpo será vencido por la pereza, el desgano, la indiferencia, el aburrimiento y la apatía; y existe una relación tan íntima entre el cuerpo, la mente y el espíritu que nos significará muchos problemas en nuestra guerra espiritual. “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre,…”.

Continuará …

Tomado de Romans: An Exposition of Chapter 8:5-17, The Sons of God.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Quizá es el mejor predicador expositivo del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68; nacido en Cardiff, Gales.