“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne: porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:12-13 – Reina Valera Antigua).

La santificación es un proceso en el cual el hombre cumple un papel, en el que es llamado a hacer algo “por el Espíritu” que mora en él. Consideremos ahora qué exactamente es lo que tiene que hacer. La exhortación, el mandato es: “Si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne…”. El cristiano es llamado a mortificar [o sea, hacer morir] las obras de la carne.

Tenemos que enfocarnos primero en la palabra carne, que se refiere a nuestro cuerpo físico, nuestra estructura física, como lo hizo también en el versículo 10. No significa “estar en la carne”. Aun el reconocido Dr. John Owen se equivoca en este punto y lo encara como “estar en la carne” y no la carne como sinónimo de cuerpo. Lo ha hecho en los versículos 10 y 11, y en el capítulo 6:12. Se está refiriendo a este cuerpo físico en el cual aún mora el pecado, pero que un día se levantará “incorruptible” 13 y glorificado, para ser como el cuerpo glorificado de nuestro Señor y Salvador. Vuelvo a subrayar que tenemos que entender claramente este asunto porque corre gran peligro de ser mal entendido. La enseñanza no es que el cuerpo humano sea inherentemente pecaminoso ni que lo sea la materia. Hubo herejes que enseñaban ese error conocido como dualismo. Por el contrario, el Nuevo Testamento enseña
que el hombre fue hecho [bueno] en cuerpo, alma y espíritu. No enseña que la materia fue siempre mala y que, por lo tanto, el cuerpo ha sido siempre malo. Hubo un tiempo cuando el cuerpo… era totalmente libre de pecado; pero cuando el hombre cayó, cuando pecó, todo su ser se convirtió en pecaminoso, de cuerpo, mente y espíritu. Pero hemos visto que en el nuevo nacimiento, el espíritu del hombre ya ha sido liberado. Recibe vida nueva: “El espíritu vive a causa de la justicia” (Ro. 8:10). Pero aun así, “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado” (8:10). ¡Ésta es la enseñanza del Nuevo Testamento! Es decir, aunque el
cristiano ha sido regenerado, el pecado todavía está en su cuerpo mortal moribundo. He aquí el problema de vivir la vida cristiana, he aquí la lucha y la disputa contra el pecado mientras estemos en este mundo porque el cuerpo es todavía la sede y el instrumento del pecado y la
corrupción. Nuestros cuerpos no han sido liberados todavía. Lo serán, pero mientras tanto, hay pecado en ellos. Como hemos visto, el Apóstol enuncia esto claramente. En 1 Corintios 9:27, dice: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” porque el cuerpo nos impulsa a cometer actos pecaminosos. No es que los instintos del cuerpo sean en sí y por sí mismos pecaminosos. Los instintos son naturales y normales, y no son inherentemente pecaminosos. Pero el remanente de pecado en nosotros siempre está tratando de convertirlos en “afectos libertinos”, en exagerarlos; trata de hacer que comamos demasiado, bebamos demasiado y
de hacernos complacer demasiado a todos nuestros instintos hasta convertirse en “libertinos”. Y viéndolo desde el lado opuesto, este principio pecaminoso trata de impedir que demos atención al proceso de disciplina y dominio propio al que nos llaman constantemente las páginas de las Escrituras. El pecado que todavía queda en el cuerpo, tiende a actuar de esta manera. Por ello, el Apóstol habla de “las obras de la carne”. Trata de convertir lo natural y lo normal en algo pecaminoso y malvado.

El significado del término mortificar es claro. “Mortificar” es morir, hacer morir… Por lo tanto, la exhortación es que tenemos que “hacer morir”, dar fin a “las obras de la carne”. Ésta es la gran exhortación del Nuevo Testamento en relación con la santificación, desde el punto de
vista práctico, y va dirigida a todos los creyentes.

¿Cómo se debe realizar esta obra?… El Apóstol lo dice claramente. “Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne”…“¡por el Espíritu!”. El Espíritu es mencionado de una manera especial, por supuesto, porque su presencia y su obra son la marca especial y singular del verdadero cristianismo. Esto es lo que distingue al cristianismo de la moralidad, del “legalismo” y del falso puritanismo: “¡por el Espíritu!”. Como hemos visto que el Espíritu Santo mora en nosotros como cristianos, no podemos ser cristianos sin él. Si somos cristianos, el Espíritu Santo de Dios está en nosotros y obrando en nosotros. Nos capacita, nos da fuerzas, nos da poder. Mediante él, se hace realidad la gran salvación que el Señor Jesucristo logró para nosotros en el sacrificio de la cruz. Por lo tanto, los cristianos nunca debemos quejarnos de falta de habilidad y poder. Que un cristiano diga: “No puedo hacerlo”, es negar las Escrituras. Aquel en quien mora el Espíritu Santo nunca debe decir algo así: es negar esta verdad en él.

Como dice el apóstol Juan en el capítulo 1, versículo 16 de su Evangelio, cristiano es el que puede decir: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Luego, en el capítulo 15, describe a los creyentes como los pámpanos de la Vid verdadera, por lo que nunca hemos de decir que no tenemos poder. Es cierto que el diablo es activo en el mundo y que tiene gran poder, pero “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Jn. 4:4). O, como dice 1 Juan 5:18- 19: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado”. No practicar el pecado es lo mismo que decir que no sigue pecando. ¿Por qué no? “El que fue engendrado por Dios le guarda” –o sea el Señor Jesucristo− “el maligno no le toca”. Ésta, dice Juan, es la verdad acerca de todo cristiano. El cristiano no sigue viviendo en pecado porque Cristo vive en él y el maligno no lo puede tocar. No sólo que no lo puede controlar, ni siquiera lo puede tocar. El creyente no cae bajo el poder del maligno. Y luego para sellar la verdad, Juan dice en el versículo 19: “Sabemos que… [hemos] nacido de Dios”, pero por otro lado dice: “El mundo entero está bajo el maligno”. El mundo está en los brazos del maligno quien lo controla… Tiene al mundo y a los que son del mundo enteramente en sus garras y bajo su control, convirtiéndolos en sus víctimas indefensas. No hay por qué decirles a estos que “mortifiquen las obras de la carne”; no pueden hacerlo porque están en las manos del diablo. Pero el caso del cristiano es muy distinto; el cristiano
es “de Dios” y el maligno ni siquiera lo puede tocar. Puede gritarle, en ocasiones puede asustarlo, pero no puede tocarlo y mucho menos controlarlo.

Estas son afirmaciones típicas del Nuevo Testamento con respecto al cristiano; y al tomar conciencia de que el Espíritu está en nosotros, tendremos la experiencia de su poder. Siendo así, somos llamados a usar y practicar el poder que está en nosotros por medio del Espíritu
Santo que mora en nosotros. “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne”. La exhortación es que pongamos en práctica el poder que está en nosotros “por el Espíritu”. El Espíritu es poder y él está morando en nosotros, y por eso el Señor nos insta a ejercitar el poder que está en nosotros.

Continuará …

Tomado de Romans: An Exposition of Chapter 8:5-17, The Sons of God.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Quizá es el mejor predicador expositivo del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68; nacido en Cardiff, Gales.