Ocúpate de matar al pecado o el pecado te matará a ti.

Cuando el pecado nos deja tranquilos, podemos dejar tranquilo al pecado. Pero
como el pecado nunca está quieto y menos cuando parece estarlo, y sus aguas
son generalmente profundas cuando están quietas, así nuestras luchas contra
él, tienen que ser vigorosas en todo tiempo y bajo todas las condiciones,
aun donde menos sospechemos que esté.

La mortificación por nuestra propia fuerza, realizada de maneras que
nosotros mismos inventamos da como resultado a fariseos, de hecho,
es el alma y la sustancia de toda la religión falsa en el mundo.

Los santos cuyas almas respiran después de su desconcertante rebelión
[contra el pecado], saben que no existe una seguridad contra él más
que librar una constante batalla.

Ahora bien, se requieren varias cosas en lo que respecta a esta lucha contra el
pecado: [1] Saber que el hombre tiene este enemigo para enfrentar, para tener en
cuenta, para realmente considerarlo como un enemigo y que tiene que ser destruido
por todos los medios. [2] Esforzarse por familiarizarse con las maneras, las
argucias, los métodos, ventajas y ocasiones para tener éxito es el principio de esta
guerra. [3] Sopesar diariamente todas las cosas… que son graves, mortales y destructivas,
marca el apogeo de esta contienda… Ahora bien, mientras el alma está en
esta condición, lidiando con esto, lo principal es que el pecado está muriendo bajo
la espada. Además, cuando el hombre llega a este estado y condición en que los
deseos de la carne están debilitados desde su raíz y sus comienzos, que sus actividades
y acciones han disminuido y son más débiles que antes, cuando puede, con
un espíritu quieto y tranquilo, encontrar y luchar contra el pecado y salir airoso,
entonces el pecado es mortificado en gran medida y, a pesar de toda su oposición,
el hombre puede tener paz con Dios todos su días.

Sólo el Espíritu trae la cruz de Cristo a nuestros corazones
con su poder de matar el pecado.

El pecado usa toda su fuerza contra cada acto de santidad y contra cada grado de crecimiento en nosotros. Nadie crea que está progresando en santidad si no está haciendo morir los deseos de la carne.

Y esto es lo primero que hace el Espíritu para la mortificación de cualquier
lascivia: Convence al alma de toda su impiedad, cercena todos sus ruegos,
descubre todos sus engaños, detiene todas sus evasivas, tiene respuestas
para sus pretensiones, obliga al alma a admitir su abominación
y a caer bajo el peso de sentirla… Sólo el Espíritu establece
en el corazón, la expectativa de recibir alivio de Cristo.

Los mejores creyentes, que están seguros de ser libres del poder condenatorio
del pecado tienen, no obstante, que ocuparse todos sus días en mortificar
el poder del pecado que mora en ellos.

John Owen (1616 – 24 de agosto de 1683) fue un líder de una iglesia congregacional inglesa, teólogo y administrador académico de la Universidad de Oxford. Está relacionado con el movimiento puritano.