Ponga su fe en Cristo para hacer morir su pecado: Su sangre es el gran remedio soberano para sanar las almas enfermas de pecado. Ponga en práctica esto y morirá siendo un conquistador; sí, por la providencia misericordiosa de Dios, vivirá hasta ver muertos a sus
pies los deseos de la carne.


Pero preguntará usted: “¿Cómo se manifestará la fe en Cristo con este fin y propósito?”. Mi respuesta es que lo hace de varias maneras.


(1) Por fe, llene su alma de esa provisión que hay en Jesucristo para este fin y propósito: Que todos sus deseos, todas las lascivias en que anda enredado, sean mortificadas. Por fe, reflexione en esto: Usted por sí solo, no puede vencer sus pecados. Aunque ya esté cansado de luchar y esté a punto de desmayar, hay en Jesucristo suficiente poder para darle alivio (Fil. 4:13)… En sus peores momentos de desesperación y angustia, considere aquella plenitud de gracia, esas riquezas, esos tesoros de fuerza, poder y auxilio que él tiene para sostenernos (Jn. 1:16; Col. 1:19). Deje que penetren y permanezcan en su mente. Considere que él fue exaltado y hecho príncipe para dar arrepentimiento a Israel y perdón de pecados (Hch. 5:31), también para dar mortificación, sin la cual, lo primero no sucede ni puede suceder. Cristo nos dice que permaneciendo en él (Jn. 15:4) podemos ser objeto de su gracia.

Actuar por fe en la plenitud que hay en Cristo para contar con nuestra porción de ella es una manera sustancial de permanecer en Cristo porque, tanto nuestra inserción como permanencia en él son por fe (Ro. 11:19-20). Deje que su alma se ejercite por fe con pensamientos como estos: “Soy una pobre y débil criatura, inestable como el agua. No me
puedo superar. Esta corrupción es demasiado difícil para mí y está a punto de arruinar mi alma. No sé qué hacer. Mi alma es como tierra seca y morada de dragones. He hecho promesas y no las he cumplido; mis votos y compromisos han sido un fracaso total. Me he convencido muchas veces, de que había logrado la victoria y estaría a salvo. Pero me engañaba y ahora veo claramente que sin una buena medida de ayuda y auxilio, estoy perdido y lo seguiré estando hasta haberme entregado totalmente a Dios. Sin embargo, aunque sea éste mi estado y condición, levántense mis brazos caídos y fortalézcanse mis débiles rodillas. He aquí que Cristo, el Señor, quien tiene toda plenitud de gracia en su corazón y toda plenitud de poder en su mano, es capaz de arrasar con todos estos enemigos. Hay en él suficiente provisión para aliviarme y ayudarme. Él puede tomar mi alma caída y moribunda, y hacerme más que vencedor… Puede hacer que la aridez de mi alma se convierta en un estanque y que mi corazón sediento y estéril sea como manantiales de agua. Sí, él puede convertir esta morada de dragones, este corazón tan lleno de deseos abominables y tentaciones infernales, en un lugar de verdes pastos y frutos para sí (Is. 35:7)”.

De esa manera, Dios sostuvo a Pablo en su hora de tentación con la suficiencia de su gracia: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9)… Le insto, entonces, que por fe tenga muy en cuenta esa provisión y plenitud en Jesucristo y que confíe en que puede darle fuerza y liberación en el
momento que lo necesite…

(2) Cobre ánimo su corazón por fe en la esperanza del socorro de Cristo. El socorro de Cristo, en este caso, es como la visión del profeta: “Aunque la visión tardará aún por tiempo, más se apresura hacia el fin, y no mentirá: aunque se tardare, espéralo, porque sin duda vendrá; no tardará” (Hab. 2:3). Aunque parezca que la espera es larga cuando está
pasando por momentos de preocupación y angustia, seguramente el socorro llegará en el tiempo determinado por el Señor Jesús, éste será el mejor tiempo. Si entonces puede cobrar ánimo seguro de que el alivio de Jesucristo llegará… su alma estará satisfecha. Es seguro que él lo librará. Dará muerte a su deseo carnal y el resultado será la paz. Espere sólo el socorro de la mano de Cristo. Viva en la expectativa de cuándo y cómo actuará. “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis” (Is. 7:9)… ¿Acaso no debieran todas nuestras expectativas basarse en Cristo únicamente? Fije esto en su corazón: Si no tiene alivio de él,
nunca recibirá nada. Todos los caminos, esfuerzos y luchas que no son motivados por esta esperanza del socorro de Cristo y de él únicamente, son inútiles y no le harán ningún bien… Ahora, para comprometerlo a usted más con esta expectativa,…

(3). Considere su misericordia, ternura y bondad, ya que él es nuestro gran Sumo Sacerdote a la diestra de Dios. No hay duda de que se compadece de usted en su angustia. Dice: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo” (Is. 66:13). Tiene ternura semejante a la de una madre que amamanta a
su hijo. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:17-18). ¿Cómo nos presenta la Palabra, la habilidad de Cristo en razón de sus sufrimientos? “Padeció… siendo tentado, es poderoso”. Habiendo sufrido y sido tentado, es poderoso para romper todas las barreras que puedan impedir el alivio de las pobres almas que también son tentadas: “es poderoso para socorrer”… Puede ahora socorrer,
por haber sido tentado él mismo. Por esa habilidad, podemos decir: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:15-16). La exhortación del versículo 16 confirma lo que estoy aseverando de que podemos esperar confiadamente el socorro de Cristo que el Apóstol llama: “gracia para el oportuno socorro”. El alma dice: “Si alguna vez el socorro es oportuno, lo es para mí en este momento. Esto es lo que anhelo: gracia para el oportuno socorro. Estoy pronto a morir y a estar perdido para siempre. La iniquidad me vencerá si no recibo ayuda”. El Apóstol exhorta: “¡Espera esta ayuda, este socorro, esta gracia de Cristo!”. Sí, pero ¿por qué? Por lo que expresa el versículo 15… Afirmo sin vacilar que posicionar el alma por fe en la esperanza de que el socorro que viene de nuestro Sumo Sacerdote sirve para aniquilar los deseos de la carne y es la mejor y más rápida manera de hacer morir esos deseos. Los resultados son mucho mejores que la forma severa de automaceración que puedan practicar
los hijos de los hombres. Agregaré que ningún hombre que haya elevado su alma por fe, esperando el oportuno socorro con expectativa de recibir alivio por parte de Cristo, ha perecido ni perecerá jamás por el poder de cualquiera de los deseos de la carne.

Continuará …

Tomado de “The Mortification of Sin in Believers” en The Works of John Owen.

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John Owen (1616-1683): Predicador y autor congregacionalista, conocido como “El
Príncipe de los puritanos”; nacido en Oxfordshire, Stadhamn, Inglaterra.