“… Los que hemos muerto al pecado,¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2).

Antes de vivir como un cristiano, tengo que ser cristiano. ¿Lo soy? Debería saberlo. ¿Lo sé? y sabiéndolo, ¿sé de quién soy y a quién sirvo?

Si voy a vivir como un hijo de Dios, primero debo ser su hijo, y tengo que saberlo. De otra manera, mi vida será una imitación artificial, la pieza de un mecanismo sin vida que realiza excelentemente ciertos movimientos, pero sin calor y fuerza viva. Eso es lo que hacen muchos, tratan de vivir como hijos con el fin de convertirse en hijos, olvidando el plan sencillo de Dios para llegar a serlo inmediatamente: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

En muchos de nosotros, la fe se trata sólo de un intento por creer; el arrepentimiento es nada más un intento por arrepentirnos y, en nuestras tentativas, no hacemos más que usar palabras que hemos aprendido de otros… La descripción de Dios de lo que es un cristiano es clara y bien definida. Incluye tan pocas imprecisiones y generalidades que uno se pregunta cómo puede haber surgido alguna equivocación al respecto y tantas aseveraciones dudosas y falsas.

El cristiano es el que ha “gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2:3), el que ha sido regenerado “para una esperanza viva” (1 P. 1:3), el que ha recibido “vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:5), él ha sido hecho un participante de Cristo (He. 3:14), un participante de la naturaleza divina (2 P. 1:4), quien ha sido librado “del presente siglo malo” (Gá. 1:4).

Tal es la descripción que Dios hace del que ha encontrado su camino a la cruz y merece adjudicarse el nombre antioqueño8 de “cristiano” o el nombre apostólico “santo”. No tiene nada bueno que decir de sí mismo antes de recibir el perdón gratuito. No recuerda nada digno de amor que lo pudiera haber recomendado delante de Dios, nada apropiado que lo hubiera calificado para recibir el favor divino, excepto que necesitaba vida. Lo único que puede decir junto con otros en iguales circunstancias es: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros” (1 Jn. 4:16) y, al creer, ha descubierto lo
que, no sólo lo convierte en un hombre feliz, sino en uno santo. Ha encontrado la fuente de una vida santa.

¿He encontrado pues, mi camino a la cruz? Si es así, tengo seguridad. Tengo vida eterna. El primer toque auténtico de la cruz me ha asegurado la bendición eterna. Estoy en las manos de Cristo y nadie me puede arrebatar de ellas (Jn. 10:28).

La cruz nos convierte en personas regeneradas. Una vez regeneradas o renacidas, iniciamos el proceso de la santificación. Antes de recibir el beneficio de la cruz, éramos seres quebrantados y despedazados, sin un centro sobre el cual gravitar. La cruz forma ese centro de gravitación y, al hacerlo, une los fragmentos desordenados de nuestro ser; entonces
podemos decir: El Señor “afirma mi corazón” (Sal. 86:11). Se produce entonces, una integridad o unidad que ningún objeto con menos poder de atracción podría lograr. Es una integridad o unidad que, empezando con el individuo, se reproduce en una escala mayor en la iglesia de Dios, pero con el mismo centro gravitacional.

La cruz es la fuente de la salud espiritual: De ella brota la “virtud” (dunamis, el poder, Lc. 6:19) que cura todos las enfermedades, sean leves o mortales porque “por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5) y en él encontramos “el árbol de la vida” con sus hojas curativas
(Ap. 22:2). Gólgota se convierte en Galaad, con su Médico excelente y su “bálsamo macerado” (Jer. 8:22; Is. 53:5. El anciano Latimer bien dice de la mujer que Cristo curó: “Creía que Cristo era un hombre tan sano que ella se sanaría en cuanto lo tocara” (de Mt. 9:20). “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Is. 1:5); pero ahora la enfermedad ha desaparecido y el corazón que desmayaba recobra sus fuerzas. La mirada o, más bien, el Objeto al que ha mirado ha hecho su obra (Is. 45:22); la serpiente de bronce ha logrado lo que no pudo ningún remedio terrenal. Ya no se puede decir de nosotros: “No hay para ti
medicamentos eficaces” (Jer. 30:13) porque la promesa del Médico por excelencia es: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jer. 33:6). Así es como la abundancia de esa paz y verdad se nos revela en la cruz.

La cura no se perfecciona en una hora. Pero, a medida que la vista de la cruz comienza, también la completa por fin. Los pulsos de nueva salud ahora laten en todas nuestras venas. Todo nuestro ser reconoce el poder curativo del remedio divino, ante el cual ceden nuestras enfermedades.

Sí, la cruz sana: Posee la virtud doble de sanar el pecado y avivar la santidad. Hace que se marchiten todos los frutos de la carne, a la vez que cuida y madura el fruto del Espíritu, el cual es: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá.
5:22-23). Por medio de esto, no es que la enfermedad del alma sea “sanada un poco”, sino del todo y a fondo. Actúa como el bálsamo renovador del aire cálido del sur para aquel a quien han debilitado la escarcha y la humedad del aire polar. Da un nuevo tono y energía a nuestras facultades, una nueva inclinación y meta a todos nuestros propósitos, y una nueva altura a todas nuestras esperanzas y nuestros anhelos. Le da el golpe de gracia al yo y mortifica nuestros miembros terrenales. Crucifica la carne con sus afectos y lascivias. Es así como con los ojos puestos continuamente en la cruz cada día, como si fuera el primero, nos
hace sensibles a la recuperación de la salud de nuestra alma; el mal pierde su control, mientras el bien fortalece y madura.

No se trata sólo de “gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gá. 6:14), se trata también que de ella recibimos fuerza. Es el lugar de la debilidad porque allí Cristo fue “crucificado en debilidad” (2 Co. 13:4); no obstante, es para nosotros el origen del poder porque así como por la muerte vino la vida, de la debilidad vino la fuerza. Ésta es fuerza, no para una sola cosa, sino para todo. Es fuerza para hacer y para enfrentar cualquier embate, tanto para santidad como para el obrar. El que quiere ser santo o útil tiene que permanecer junto a la cruz. Allí está el secreto del poder y la promesa de victoria. Con ella, luchamos y vencemos. No hay arma que la pueda resistir, ni enemigo que la pueda vencer. Ningún arma puede prosperar contra ella, ni ningún enemigo puede someterla. Con ella, podemos enfrentar las luchas exteriores, al igual que los temores interiores. Con ella, libramos la buena batalla, luchamos contra principados y poderes, “ofrecemos resistencia” y “permanecemos firmes” (Ef. 6:11-13); libramos la buena batalla, terminamos la carrera y guardamos la fe (2 Ti. 4:7).

Tomado de God’s Way of Holiness.

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Horatius Bonar (1808-1889): Pastor presbiteriano escocés, cuyos poemas, himnos y
tratados religiosos eran sumamente populares durante el siglo XIX; nacido en Edinburgo,
Escocia.