1. Aquel pecado que le hace remorder la conciencia de una manera particular es, posiblemente, su pecado preferido. La palabra griega traducida conciencia… significa “un conocimiento en conjunto” o “conocimiento [compartido] con otro”. Considera las cosas en conjunto con Dios. La conciencia es el lugarteniente de Dios, el espía de Dios, el agente secreto en nuestro pecho, el observador perfecto de lo que pensamos o hacemos, cotestigo con Dios, como lo sugiere San Pablo sin reservas (Ro. 9:1). Ahora bien, ¿le parece usted que no sabe cuál es el pecado que usted ama? Escuche la voz de su conciencia. ¿Lo condena de orgullo, de pasión, de mundanalidad, de perseguir los caminos de Dios? Ay, recuerde que usted es el virrey de Dios. Hágale caso porque es importante y considere seriamente lo que dice…
  2. Es posible reconocerlo por su impaciencia con el reproche. Herodes escuchaba con gusto a Juan el Bautista hasta que empezó a predicar contra su Herodías. Éste es un “no me toques”… Una reacción clásica del pecador que reacciona cuando le ponen el dedo en la llaga. El ojo es una parte sensible y propensa a reaccionar con enojo si se entromete con él. Ésta es la razón por la cual muchos se enfurecen contra un ministerio poderoso y salvador que escudriña el alma. La mayoría prefiere a los charlatanes que pretenden curar con superficialidades, ¡en cambio no pueden tolerar a los médicos serios que hurgan, buscan y limpian la herida! “Yo le aborrezco”, le dijo Acab a Micaías, “nunca me profetiza bien sino solamente mal” (1 R. 22:8). Agregaré solo esto: Que el hombre, especialmente el pastor, que reprocha a otro por sus pecados, tiene que ser él mismo, inocente de lo que condena… El que tiene una viga en el
    ojo no puede pretender sacar la paja en el ojo de su hermano.
  3. Es posible reconocerlo por esto: Hace al hombre completamente parcial a su propio caso. A David no le parecía mal quitarle la esposa a otro hombre, pero no tenía obstáculo en condenar a muerte al que le quitara su cordero a otro hombre.
  4. Es posible reconocerlo por los argumentos que utiliza el pecador para justificar su pecado. La inmundicia e intemperancia son “cosas de la juventud”. El lujo es “magnificencia”. La codicia es “buena [mayordomía]”. El orgullo es “nobleza y grandeza de espíritu” o, mejor aún,
    “humildad”. Algunos fingen humildad en público, pero en realidad, es pura soberbia… Tenga cuidado de decir algo para justificar cualquier forma de maldad…
  5. Cuando un pecado se apega a su alma más que otros, éste es su pecado querido, el pecado del ojo derecho o el pecado de su mano derecha. Cuando a Sansón nadie podía quitarle su fuerza, pudo hacerlo Dalila fácilmente. Vea cómo Salomón expresa la conducta de la mala mujer con el joven: “Lo rindió con la suavidad de sus muchas palabras, le obligó con la zalamería de sus labios” (Pr. 7:21). Lo único que hizo fue adularlo y, sólo con eso, “lo rindió”. El pecado obra por seducción: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Stg. 1:14). La seducción es una fuerza comparable al pedido de un rey: es una orden.
  6. Aquel pecado que el hombre desearía que no lo fuera es, posiblemente, su pecado querido. El caso del joven rico en el Evangelio es un ejemplo. Dice nuestro Salvador: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas
    posesiones” (Mt. 19:21-22), es decir, se fue triste porque tuvo que enfrentarse con una verdad como ésta: El que quiere seguir a Cristo debe renunciar al mundo. Dice el Salmo 14:1: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”. “Ay”, dice el necio, “¡ojalá que no hubiera un Dios! ¡Que no hubiera un cielo! ¡Que no hubiera un infierno!”. En ese caso, el pecado querido es el ateísmo. Primero, los hombres desean que no hubiera una Deidad y luego, deciden que no la hay y, finalmente, lo afirman…
  7. Aquel pecado que es lo primero en lo que pensamos en la mañana y lo último en la noche, es nuestro pecado favorito… El deseo carnal querido ocupa, generalmente, el primer lugar y el último; es el primer pensamiento cada mañana y el último en la noche. Sí, este pecado querido tiene que ocupar mucho de su pensamiento en la cama. El salmista, hablando del impío, nos dice: “Medita maldad sobre su cama” (Sal. 36:4). Por lo general, éste es el amigo que admitimos junto a nuestro lecho.
  8. Aquel pecado que más infesta y preocupa en nuestros momentos a solas es nuestro pecado querido. Lo que quiero decir es que cuando el hombre está solo, ya sea en su aposento o en el campo trabajando, y no tiene que ocupar su mente con lo que está haciendo, el pensamiento del pecado que aparece inconscientemente, puede muy bien ser su pecado querido… ¡Ay cristiano! Tome nota de lo que su corazón medita en privado y es muy posible que haga algunos descubrimientos (Sal. 19:14). Cuando alguien se retira a un lugar solitario, por lo general se considera un atrevimiento molestarlo. En este caso, tiene que ser un amigo el que se acerca y le ofrece su compañía. Sin duda, el pecado en el que pensamos en nuestros momentos a solas no es cualquier pecado, sino uno que realmente queremos.
  9. En último lugar, aquel pecado por el cual estamos dispuestos a tolerar muchas penurias y sufrimientos es nuestro pecado querido. Por ejemplo, supongamos que la codicia es el pecado querido. ¡En qué situaciones infames, absurdas e irrazonables se pone el codicioso! ¡Con cuánta mezquindad, avaricia y tacañería vive en su comunidad, exponiéndose a la burla y al desprecio de todos los que lo conocen! O supongamos que la ambición es el pecado querido; ¡cómo hace promesas y luego las rompe; y se amolda y, como el remero, mira para un lado y rema para el otro, y hace casi cualquier cosa para lograr sus ambiciones. Si su pecado querido es el libertinaje, ¡destruye su cuerpo, avergüenza su nombre y malgasta sus bienes para gratificar su deseo carnal! No cabe duda que el peor y más humilde trabajo –lavar cacerolas y platos sucios, remar afanosamente para mover una barca, escarbar una mina– son ocupaciones honrosas en comparación con las prácticas mundanas a las que conduce el pecado que más amamos.

Tomado de “How May Beloved Lust Be Discovered and Mortified?” en Puritan Sermons 1659-1689, Being the Morning Exercises at Gripplegate.

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Benjamin Needler (1620-1682): Pastor no conformista, predicador capaz, recordado por Richard Baxter como “un teólogo muy humilde, serio y apacible”; nacido en Laleham, Middlesex, Inglaterra.