Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29-30).

En Mateo 5:28, nuestro Salvador nos dice “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Lo dijo en oposición a los escribas y fariseos, y se aplica a muchos protestantes carnales que tienen conceptos equivocados de la Ley de Dios y, particularmente, cuando opinan que sólo el acto exterior de impureza, quebranta el séptimo mandamiento que dice: “No cometerás adulterio”. Aquí, nuestro Salvador corrige este error diciendo que “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, no dice el que lo va a hacer, sino que lo ha hecho ya. Lo que el ojo ve, entra muy rápido en el corazón. Y porque el ojo y la mano son usados, muchas veces, como incitadores principales de este pecado, nuestro Salvador da a sus discípulos, al igual que a nosotros, este consejo serio y santo en las palabras que hemos leído: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti…”.

Algunos entienden que “el ojo derecho” y “la mano derecha” se refieren a nuestros deseos carnales más queridos. El Espíritu de Dios usa en las Escrituras un lenguaje figurado para expresar la corrupción de las partes y los miembros de nuestro cuerpo… Aunque estamos expuestos a todos los pecados, hay algunos que, de una manera especial, podemos llamar pecados de nuestro ojo derecho y pecados de nuestra mano derecha. O, dicho de otra manera, cada ser humano tiene su depravación particular, su pecado más querido… Y considerar esta doctrina es parte de mi tarea… a saber: “¿Cómo descubrir y mortificar los
deseos carnales más queridos?”…

  1. Es posible reconocerlo por la expresión de cariño y la atención tierna que el pecador brinda a este pecado. El amor fuerte, generalmente, tiene un solo objeto. Los afectos son más como rayos de luz vistos a través de una lupa; cuanto más unidos están en un punto, más fuertes son. El impío tiene un afecto especial por su deseo carnal particular. Así como dijo Abraham: “Ojalá Ismael viva delante de ti” (Gn.17:18), dice el impío: “¡Ojalá me dejes este pecado!”. El alma está pronta para decir: “Aquí hay un pecado que tiene que ser arrancado y aquí hay otro para cortar de raíz; pero ¿tiene que morir también este otro deseo carnal tan querido? Todo está en mi contra”. El pecador parece arrepentirse del pecado y condenar al pecado, y condenarse a sí mismo por el pecado. Pero cuando llega el momento de ejecutarlo, le tiene lástima y suspende su sentencia mientras se perdona otro pecado. ¡Ay, no puede cortarle la cabeza a su deseo querido!… Pero si sucede que su pecado querido muere de muerte natural –por ejemplo, si el adúltero, por su edad, ya no puede andar en las inmundicias de antes– lo conserva hasta la muerte, como conservamos a nuestros amigos queridos, y sufre porque él y su querido deseo carnal tienen que separarse.
  2. Es posible reconocerlo de esta manera: El pecado que nos aparta de nuestros deberes santos es nuestro pecado querido. Sabemos que la temperatura natural del agua es la fría y esa es la característica a la que vuelve, no importa lo caliente que haya llegado a estar. A veces, el alma se enardece al participar de una ordenanza, pero pronto se enfría y sigue practicando el pecado que más le gusta. El orgullo era el pecado principal de los discípulos. Mientras sanaban enfermedades y echaban fuera demonios del cuerpo de otros, el demonio del orgullo obraba en sus almas. Nuestro Salvador los reprendió diciendo: “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc. 10:20).
  3. Es posible reconocerlo por su dominio, por su poder de mando sobre todos los otros pecados. Así como hay una especie de gobierno en el infierno (…Belcebú es llamado “príncipe de los demonios”), hay también en el alma del hombre malvado, algún pecado que sigue siendo el principal y que conserva su trono. Todos los demás pecados, por así decir,
    se arrodillan ante éste, son parte de su séquito y sus siervos obedientes. Le dice a uno: “Ve” y éste va; a otro le dice: “Ven” y viene. Por ejemplo, si la codicia es el pecado querido, mentir, engañar y estafar son los pecados que le sirven. Si es la ambición, amoldarse y transigir pecaminosamente son los pecados que le sirven. Si es el adulterio, utilizar pecaminosamente el tiempo, los bienes y el cuerpo son pecados que le sirven. Si la vanagloria es el gran pecado de los fariseos (Mt. 23), devorar las casas de las viudas pretendiendo hacer largas oraciones es pecado que le sirve. En suma, el pecador comparte, por así decir, la maldición pronunciada sobre Cam: “Siervo de siervos” (Gn. 9:25). Los demás pecados son siervos de su pecado querido y él mismo es esclavo de todos ellos.

Continuará …

Tomado de “How May Beloved Lust Be Discovered and Mortified?” en Puritan Sermons 1659-1689, Being the Morning Exercises at Gripplegate.

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Benjamin Needler (1620-1682): Pastor no conformista, predicador capaz, recordado por Richard Baxter como “un teólogo muy humilde, serio y apacible”; nacido en Laleham, Middlesex, Inglaterra.