3. La crucifixión del pecado no consiste [simplemente] en dejar de cometer actos pecaminosos porque, en ese sentido, los deseos del hombre pueden morir por sí mismos por muerte natural. Los miembros del cuerpo son armas de impiedad, según dice el Apóstol. La edad o enfermedad puede amellar o quebrar esas armas de modo que no pueden ser usadas con los propósitos y fines a los que estaban acostumbradas en sus épocas vigorosas y sanas de la vida; no es que haya menos pecado en el corazón, sino que el cuerpo tiene menos fuerza y actividad. Es como el viejo soldado que tiene tanta habilidad, conocimiento y gusto
como siempre de las acciones militares; pero la edad y los años de dura lucha lo han debilitado, de manera que ya no puede ser parte de un contingente militar.

4. La crucifixión del pecado no consiste en castigar severamente el cuerpo ni la flagelación con azotes, ayunos ni peregrinajes agotadores. Esto puede interpretarse como mortificación entre los papistas, pero estos castigos no han podido destruir los deseos de la carne. Es cierto que los cristianos no deben consentir ni gratificar al cuerpo, el cual es instrumento del pecado, ni hemos de creer que las corrupciones espirituales del alma sienten los azotes sobre el cuerpo: “Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación… pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col. 2:23). No es la vanidad de la superstición, sino el poder de la verdadera religión lo que crucifica y destruye la corrupción. Es la fe en la sangre de Cristo, no el derramamiento de nuestra propia sangre, lo que le da el golpe mortal al pecado.

Pero si se preguntan mis lectores: Entonces ¿qué significa la mortificación o crucifixión del pecado y en qué consiste? Respondo:

1. Implica necesariamente que el alma tiene que estar implantada en Cristo y unida a él porque, de otra manera, es imposible que ninguna corrupción sea mortificada. Los que son de [Cristo] han crucificado la carne. Cualquier otro intento de todos los demás son en vano e ineficaces: “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte” (Ro. 7:5). En aquel tiempo, el pecado tenía todo el dominio: Ninguna abstinencia ni flagelo exterior; ningún propósito, promesa ni voto solemne puede mortificarlo o destruirlo. Tiene que haber una implantación en Cristo antes de que pueda haber una crucifixión eficaz del pecado. ¿Qué creyente, en los primeros días de su conversión, no ha probado todos los métodos y medios externos de mortificar el pecado, sólo para descubrir que todo eso tuvo tan poco poder como las cuerdas con que ataron a Sansón? Pero una vez que puso su fe en la muerte de Cristo, las intenciones de la mortificación prosperaron y dieron buen resultado.

  1. Mortificación del pecado implica la acción del Espíritu de Dios en esa obra, sin cuya ayuda nuestros esfuerzos son inútiles. Podemos decir de esta obra lo que la Palabra dice de otro caso: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). Por lo tanto, cuando el Apóstol quiso mostrar qué mano es la que obra la mortificación, lo expresó así: “Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; más si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13 – Reina Valera Antigua). El deber es nuestro, pero el poder con el que lo cumplimos es de Dios…
  2. La crucifixión del pecado implica la ruina de su dominio en el alma. Un pecado mortificado no puede ser un pecado reinante (Ro. 6:12-14). Dos cosas constituyen dominio del pecado o sea, la plenitud de su poder y el sometimiento del alma a él. En cuanto a la plenitud de su poder, ésta se debe a lo apropiado que es para el corazón corrupto del hombre y el placer que le produce. Parece ser tan necesario como la mano derecha, tan útil y agradable como el ojo derecho (Mt. 5:29). En cambio, el corazón mortificado ha muerto a todos los placeres y beneficios del pecado. No se deleita ni se agrada en él, sino que se transforma en su carga y queja diaria. Mortificación presupone la iluminación de la mente y convicción de la conciencia, por lo que el pecado no puede engañar ni cegar la mente ni hechizar y atrapar la voluntad y las pasiones como le gustaría hacerlo. En consecuencia, su dominio sobre el alma ha sido destruido y perdido.
  3. La crucifixión de la carne implica un debilitamiento gradual del poder del pecado sobre el alma. La muerte en la cruz era una muerte lenta y prolongada, y la persona crucificada se iba debilitando poco a poco. Lo mismo sucede con la mortificación del pecado: El alma todavía se está limpiando de “toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1). Y así como el cuerpo de pecado se debilita cada vez más, el hombre interior o nueva criatura “se renueva de día en día” (2 Co. 4:16). Porque la santificación es una obra progresiva del Espíritu: A medida que aumenta la santidad y se va arraigando con más profundidad en el alma, más va menguando y debilitándose el poder del pecado y el amor por él hasta que, finalmente, es sorbido en victoria.
  4. La crucifixión de la carne significa para nosotros, la aplicación por el creyente de todos los medios espirituales e instrumentos santificados para su destrucción. No hay cosa en este mundo que el corazón creyente desea y anhela más intensamente que la muerte del pecado y verse librado totalmente de él (Ro. 7:24). La sinceridad de tales deseos se manifiesta en la aplicación cotidiana de todos los remedios de Dios. Por ejemplo, estar diariamente en guardia contra las ocasiones para pecar: “Hice pacto con mis ojos” (Job 31:1). Más que la vigilancia ordinaria sobre su pecado especial o apropiado: “Me he guardado de mi maldad” (Sal. 18:23). Los clamores sinceros al cielo pidiendo gracia preventiva: “Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí” (Sal. 19:13). Una humillación profunda del alma por los pecados del pasado, que es una prevención excelente contra pecados futuros: “¡Qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!” (2 Co. 7:11). Cuídense de no dar lugar a las intenciones del pecado consintiendo a la carne para satisfacer sus deseos, como lo hacen otros (Ro. 13:13-14). Disposición de ser reprendidos por el pecado: “Que el justo me castigue, será un favor” (Sal. 141:5). Estos y otros medios de mortificación similares, son recursos que las almas regeneradas usan y aplican diariamente, a fin de hacer morir el pecado.

Tomado de “The Methods of Grace” en (The Works of John Flavel).

__________________________

John Flavel (c. 1630-1691): Presbiteriano inglés y pastor en Darmouth, Devonshire,
Inglaterra. Prolífico autor de obras evangélicas como The Fountain of Life Opened (La
fuente abierta de vida) y Keeping the Heart (Guardando el corazón). Sus vívidas imágenes
descritas en palabras, resultaron en sermones memorables que transforman
vidas. Uno de sus oyentes ha dicho: “Tiene que tener una cabeza muy blanda y un
corazón muy duro o ambos, el que puede estar bajo su ministerio sin que le afecte”;
nacido en Bromsgrove, Worcestershire, Inglaterra.

o la