Los creyentes pueden emplear la ayuda de una disciplina y tenacidad interior, y practicar externamente moderación y abstinencia; y aunque pueden detener y reprimir sus hábitos impíos por un tiempo, a menos que el Espíritu manifieste su poder en ellos, no habrá ninguna mortificación auténtica. ¿Y cómo realiza el Espíritu esta obra en particular? De muchas maneras distintas:

Primero, en el momento del nuevo nacimiento nos da una naturaleza nueva. Luego, por medio de alimentar y preservar esa naturaleza, fortaleciéndonos en nuestro hombre interior con su poder, dándonos cada día nuevas provisiones de su gracia. Poniendo en nosotros un aborrecimiento del pecado, dolor por él y la determinación para apartarnos de él. Dándonos convicción sobre la verdad de lo que Cristo declara ser y dándonos disposición de tomar nuestra cruz y seguirle. Trayendo a la mente algún precepto o advertencia e impulsándonos a orar.

No obstante, tomemos nota que nuestro texto no dice: “Si el Espíritu mortifica” y, ni siquiera, “si el Espíritu, a través de ustedes, mortifica”, sino que, en cambio, dice: “Si por el espíritu mortificáis” [acción del ser humano, no del Espíritu]. El creyente no es sujeto pasivo en esta obra, sino activo. No hemos de suponer que el Espíritu nos va a ayudar sin nuestra colaboración, ni mientras dormimos, ni cuando estamos despiertos, ni si mantenemos o no una vigilancia cuidadosa sobre nuestros pensamientos y nuestras obras. Tampoco tendremos su ayuda si no hacemos más que desearla superficialmente o elevar una tibia oración
pidiendo la mortificación de nuestros pecados. Se requiere de los creyentes que se ocupen seriamente en la tarea. Si por un lado no podemos cumplir este deber sin la ayuda del Espíritu, por otro, él no nos ayudará si somos demasiado indolentes y no nos esforzarnos al máximo. En este caso, no crea el cristiano perezoso que alguna vez logrará la victoria sobre sus deseos carnales.

La gracia y el poder del Espíritu no permiten la ociosidad, sino que nos llaman a ser diligentes en el uso de los medios y en confiar que dará su bendición a nuestra diligencia. La Palabra nos exhorta expresamente: “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu,
perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1) y eso muestra claramente que el creyente es importante en esta obra. Las operaciones de la gracia del Espíritu nunca fueron diseñadas para remplazar el cumplimiento del deber del cristiano. Aunque su ayuda es indispensable, ésta no nos libra de nuestras obligaciones. “Hijitos, guardaos de los ídolos” (1 Jn. 5:21) enfatiza y da evidencia de que Dios requiere mucho más que nuestra confianza en él para impulsarnos a la acción…

Mortificación es una tarea a la cual todo cristiano debe consagrarse con devota diligencia y decidida seriedad. Los regenerados tienen en su interior una naturaleza espiritual que los habilita para actuar con santidad; de otra manera, no habría diferencia entre ellos y los no regenerados. Se requiere de ellos que utilicen bien la muerte de Cristo, que sus sufrimientos les agrien el gusto por los pecados. Han de usar la gracia recibida para dar frutos de justicia. No obstante, es una tarea que trasciende por mucho, nuestros débiles poderes. Es sólo “a través del Espíritu” que alguno de nosotros puede, aceptable y efectivamente (en cualquier grado), “mortificar las obras de la carne”. Él es quien nos convence de las afirmaciones de Cristo, recordándonos que porque murió por el pecado, no debemos escatimar esfuerzos por morir al pecado, luchando contra él (He. 12:4), confesándolo (1 Jn. 1:9), renunciando a él (Pr. 28:13). Él es quien nos preserva contra el desaliento y nos da nuevos ánimos para la lucha. Él es quien profundiza nuestras ansias de santidad y nos mueve a clamar: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:1).

“Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne”. Tome nota, lector mío, el hermoso equilibrio de la verdad que se conserva aquí con tanto cuidado. Aunque se aplica estrictamente a la responsabilidad del cristiano, de igual manera, mantiene definitivamente la honra del Espíritu y magnifica la gracia divina. Los creyentes son los agentes en esta obra, sin embargo, la realizan por el poder de Otro. El deber es de ellos, pero el éxito y la gloria es del Espíritu. Sus operaciones se realizan de acuerdo con la constitución que Dios nos ha dado, obrando en y sobre nosotros como agentes morales. Desde un punto de vista, la obra en sí es de Dios y, desde otro, nuestra. Él nos ilumina dándonos comprensión y nos hace más sensibles al pecado que mora en nosotros. Sensibiliza más nuestra conciencia. Profundiza nuestro anhelo de ser más puros. Obra en nosotros, tanto el querer como el hacer (Fil. 2:13).
Nuestro deber es hacer caso a sus convicciones, responder a sus impulsos santos, implorar su ayuda y depender de su gracia.

“Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). He aquí la promesa alentadora dada al luchador en medio de sus dolorosas pruebas. Dios no será deudor de nadie; de hecho, es galardonador de los que le buscan con diligencia (He. 11:6). Entonces, si por gracia coincidimos con el Espíritu, renegando de la carne y procurando la santidad, seremos ricamente recompensados. La promesa a este deber es lo opuesto a la amenaza de muerte en la cláusula precedente porque allí, “morir” incluye las consecuencias penales del pecado; entonces “viviréis” se refiere a todas las bendiciones espirituales de la gracia. Si, por la habilitación del Espíritu y nuestro uso diligente de los medios dados divinamente, nos oponemos, sincera y constantemente, y rechazamos las solicitudes del pecado innato, entonces –y sólo entonces– viviremos una vida de gracia y bienestar aquí, y una vida de gloria y dicha eterna en el más allá. Hemos demostrado en otro lugar que “vida eterna” (1 Jn. 2:25) es una posesión actual del creyente (Jn. 3:36; 10:28) y su meta futura (Mr. 10:30; Gá. 6:8; Tit. 1:2). Ahora, éste tiene el título y el derecho a él; lo tiene por fe y con esperanza; tiene su semilla en su nueva naturaleza. Pero todavía no la posee totalmente, ni ha llegado a su máxima fruición… La vida de gloria no procede de la mortificación como el efecto de una causa, sino que, sencillamente, la sucede tal como el fin se vale de los medios. El camino de santidad es el único que lleva al cielo.


Tomado de una serie en Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante de la Biblia, autor de Studies in
the Scriptures y numerosos libros incluyendo su muy conocido The Sovereignty of God
(La Soberanía de Dios), nacido en Nottingham, Inglaterra.