No puede haber una comunión real con Dios mientras las lascivias pecaminosas se mantengan sin ser mortificadas. Dar lugar al mal, aparta de Dios al corazón, confunde los afectos, trastorna el alma y provoca al Santo a cerrar sus oídos a nuestras oraciones: “Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo
de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos?” (Ez. 14:3). Dios no puede deleitarse, de ninguna manera, en un alma que no ha sido mortificada: si así lo hiciera, sería negarse a sí mismo o actuar contra su propia naturaleza. No se agrada de la maldad y no puede considerar la impiedad ni con la más mínima aprobación. El pecado es una ciénaga y entre más contaminados estemos con el fango, menos aptos seremos para presentarnos ante él (Sal. 40:2). El pecado es lepra (Is. 1:6) y, mientras más se extiende en nuestra vida, menos comunión tendrá el Señor con nosotros. Mantener vivo al pecado, deliberadamente, es defenderlo contra la voluntad de Dios y, como consecuencia, combatir contra el Altísimo. El pecado no mortificado es contrario a todos los designios del evangelio, es como si el sacrificio de Cristo hubiera tenido la intención de consentir al pecado, en lugar de redimirnos de él. La finalidad misma de la muerte de Cristo fue la muerte del pecado; dio su vida para impedir que el pecado siguiera con vida.

Aunque resucitados con Cristo –su vida escondida con él en Dios– y seguros de que aparecerán con Cristo en gloria, los santos, no obstante, son exhortados a hacer morir lo terrenal en ellos (Col. 3:1-5). Puede parecer extraño cuando notamos qué cosas terrenales especificaba el Apóstol.

No se trataba de pensamientos vanos, frialdad del corazón, ni de un andar irreflexivo, sino lo más repulsivo del viejo hombre: “fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia” y, en el versículo 8, vuelve a rogarles: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” y no mintáis. Es alarmante y grave encontrar que los creyentes requieren un llamado a hacer morir pecados tan groseros y viles como esos; no obstante, es un llamado necesario. Los mejores
cristianos sobre la tierra tienen en ellos tanta corrupción, que los dispone habitualmente a estas iniquidades (que son tan grandes y atroces), y el diablo hace que sus tentaciones sean justamente las más apropiadas para cada uno, de modo que los lleva a convertir sus corrupciones en acciones, a menos que se controlen rigurosamente y estén siempre vigilantes en el ejercicio de hacerlas morir en ellos. Nadie, sino el Santo de Dios, puede afirmar fehacientemente: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí…” (Jn. 14:30),… que sus dardos ardientes pudieran encender.

Es debido a la confianza en sí mismos y su descuido, que, a veces, los más consagrados y de más experiencia, de pronto son sorprendidos por horribles yerros. Cuando el predicador insta a sus oyentes que se cuiden de no cometer homicidios, no blasfemar, que no renieguen de
su profesión de fe, sólo el fariseo puede decir con Hazael: “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?” (2 R. 8:13). No hay crimen, por más enorme que sea, ninguna abominación por más vil que sea, que cualquiera de nosotros no sea capaz de cometer, si no ponemos la cruz de Cristo en nuestros corazones por medio de una mortificación diaria.

Pero, ¿por qué “hacer morir las obras de la carne”? En vista del cuidadoso equilibrio de las diversas cláusulas en esta frase antitética, esperábamos leer “mortificad la carne”. En el capítulo 7 y los primeros versículos del 8, el Apóstol había hablado del pecado innato como la fuente de todas las acciones impías, y aquí insiste en mortificar, tanto la raíz como las ramificaciones de la corrupción, refiriéndose a este deber bajo el nombre de los frutos que lleva. Las “obras de la carne” no se refieren solamente a obras externas, sino también a las fuentes de las cuales brotan. Como bien dijo Owen: “El hacha tiene que aplicarse a la raíz del árbol”… Las “obras de la carne” son las obras que produce la naturaleza corrupta, o sea, nuestros pecados… Aquí se habla de la carne con el propósito de informarnos que el alma es la morada original de “la carne”, el cuerpo físico es el instrumento principal de sus acciones.
Nuestras corrupciones se manifiestan, principalmente, en nuestros miembros externos; es allí donde se encuentran y se sienten. Los pecados son llamados “las obras de la carne”, no sólo porque son lo que los deseos de la carne tienden a producir, sino también porque son realizados por el cuerpo (Ro. 6:12). Entonces, nuestra tarea no es transformar, ni transmutar4 “la carne”, sino matarla: no ceder a sus impulsos, rechazar sus aspiraciones, hacer morir sus apetitos.

Pero, ¿quién es suficiente para semejante tarea, una labor que no es una obra de la naturaleza, sino totalmente espiritual? Sobrepasa por mucho, los simples poderes del creyente. Los medios y las ordenanzas no pueden efectuarla por sí mismas. Va más allá de la competencia y habilidad del predicador; es la omnipotencia la que tiene que cumplir la parte principal de la obra. “Más si por el Espíritu hacéis morir”, es decir “el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo” de Romanos 8:9, a saber, el Espíritu Santo porque éste no es sólo el Espíritu de santidad en su naturaleza, sino también en sus operaciones. Es la principal causa
eficaz de la mortificación. ¡Maravillémonos y adoremos la gracia divina que nos ha brindado tal Ayudador! Reconozcamos y seamos conscientes de que estamos verdaderamente en deuda y que dependemos de las operaciones del Espíritu, tanto como de la elección del Padre y la redención del Hijo. Aunque la gracia mora en el corazón de los regenerados, no tienen en sí mismos el poder para actuar. Aquel que impartió la gracia tiene que renovarla, avivarla y dirigirla.

Continuará …


Tomado de una serie en Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante de la Biblia, autor de Studies in
the Scriptures y numerosos libros incluyendo su muy conocido The Sovereignty of God
(La Soberanía de Dios), nacido en Nottingham, Inglaterra.