Luego le sigue una exposición magistral de la espantosa doctrina: “Es posible”, dice él, “tener una idea imaginaria de Cristo en su naturaleza humana, y no es posible que podamos pensar en la naturaleza humana del Cristo verdadero en la Palabra sin concebirlo o tener una idea de él en la mente con la ayuda y asistencia de esa facultad llamada imaginación, que es lo que hemos estado llamando ‘idea imaginaria’. Y éste es un Cristo tan verdadero como lo es Cristo en la Palabra, siempre que sea una idea de él que coincida con la Palabra. Por ejemplo, el Cristo verdadero nos es presentado en esa Palabra, diciendo, ‘Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre’ (1 Ti. 2:5)”.

A lo que dice el párrafo anterior respondo: Tenemos aquí un lenguaje muy extraño y dos suposiciones muy absurdas y abominables.

La primera es que podemos tener una idea imaginaria de Cristo, tal cual lo presenta la Palabra. Esto es imposible según la [explicación] del mismo Sr. Robe, a menos que la idea de Cristo presentada en la Palabra no fuera más que un objeto corporal. Si las palabras de Cristo son espíritu y vida (Jn. 6:63), entonces su Palabra es un objeto espiritual que no puede ser
alcanzado por poderes corporales, sino espirituales. La Palabra es el objeto de ese conocimiento y fe que pueden percibir verdades, la cual son todas cosas espirituales, pero no pueden ser el objeto de esa imaginación que nada percibe fuera de las cosas que son corporales.

En segundo lugar, supone él, y efectivamente de hecho, afirma con claridad que el Cristo percibido por medio de una idea imaginaria es tan verdadero como el Cristo en la Palabra, si es una idea de él presentada en la Palabra. He demostrado que una idea imaginaria de Cristo, tal como la presenta la Palabra, es absurda e imposible. Y ahora demostraré que esa otra expresión es vil y abominable. Y no tengo paciencia para leer una doctrina tan horrible que pretende que una representación de Cristo por medio de una imagen de él en la mente humana sea un Cristo como el que describe la Palabra de Dios. ¡Qué extrañamente aferrado a sus nociones imaginarias está el hombre que cree que su propia representación de Cristo en su mente es tan verdadera como lo es la representación de él en la Palabra divina! Fabrica su idea imaginaria para dárnosla como verdadera figura de Cristo tan infalible como la que Dios nos da en su Palabra. Si fuera así, entonces un Cristo corpóreo en la imaginación es tan legítimamente objeto de fe como lo es el verdadero Cristo, Emanuel, Dios con nosotros, que encontramos en la Palabra. En consecuencia, un Cristo dentro de nosotros es tan valedero como un Cristo sin nosotros. Con esto se abre una puerta amplia para un terrible entusiasmo y un deplorable cuaquerismo porque si el Cristo que podemos ver en nuestra imaginación es tan verdaderamente un Cristo como el de la Palabra, entonces no es más que un Cristo como el que fantaseaban los antiguos herejes Marción y Valentino.

Estamos seguros de que Cristo es exactamente lo que la Palabra de fe declara que es. Pero si Cristo es representado con cualquier tipo de naturaleza por cualquier idea y en su naturaleza humana por una idea imaginaria es un Cristo tan verdadero, entonces… (1) Cristo y la idea
imaginaria de él son una misma cosa o Cristo es meramente una idea imaginaria, lo cual es terrible. (2) Según el número de ideas imaginarias es el número de cristos; es decir, en consecuencia Cristo no existe. (3) La idea imaginaria o la imagen de Cristo en la mente es el objeto de fe y adoración y debe ser deificada y adorada, la cual es la más burda de las
idolatrías. (4) Uno mismo se puede fabricar un Cristo en su propia cabeza, cada vez que se le ocurra.

Cristo mora en el corazón por fe (Ef. 3:17) o sea por fe en su Palabra, donde, sólo por gracia por medio de esa fe, el creyente ve al Cristo verdadero. Pero no puede verlo en su corazón o afectos y mucho menos en su cabeza o imaginaciones. De hecho, el verdadero creyente puede sentir a veces a Cristo gozosamente en su corazón después de haber creído (Ef.
1:13), pero nunca puede verlo allí como base para creer en él porque la fe no puede ver más que en su Palabra su figura perfecta. En ninguna otra parte se ve al verdadero Cristo como objeto de fe: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca
y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 10:6-8).

El autor del sermón titulado How Is the Practical Love of Truth the Best Preservative against Popery?17 (¿Cómo es la práctica del amor a la verdad el mejor antídoto contra el papismo?), dice estas palabras después de citar este texto de Pablo: “La pregunta es: ¿Cómo podemos ser hechos partícipes de Cristo y su justicia por medio de él? ¿O cómo podemos tenerlo presente con nosotros? Esto, dice el Apóstol, es realizado por la palabra del evangelio que es predicado, que está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón. ‘No’, dicen estos hombres, ‘no entendemos cómo puede ser así, no vemos que sea así, que Cristo esté cerca de nosotros, presente para nosotros por su Palabra; por eso ascenderemos al cielo para
traer abajo a Cristo desde lo alto porque haremos imágenes de él en su estado glorioso en el cielo y, de esta manera, estará presente para nosotros o cerca de nosotros. Haremos lo mismo descendiendo a lo profundo para levantar a Cristo de entre los muertos y todo lo haremos fabricando crucifijos primero y luego imágenes de su gloriosa resurrección,
trayéndonos a él nuevamente de entre los muertos. Esto será en lugar de aquella palabra del evangelio, que pretenden que sólo es útil y eficaz para estos fines’”. Y un poco más arriba de esta cita están estas palabras: “Siendo sus mentes entenebrecidas, carnales y proclives a la superstición, como son las mentes de todos los hombres por naturaleza, no ven nada en la representación de él (es decir, Cristo) en el evangelio, que tenga algún poder sobre ellos o que en alguna medida los afecte. En estas imágenes, por medio de la vista e imaginación, encontraron lo que realmente obra sobre sus afectos, y, tal como pensaban, los estimuló para que amaran a Cristo”.

Aquí está la fuente y raíz de toda la adoración de imágenes en el mundo, ya sea mental o externa; ninguna de las cuales puede dar una representación del Cristo verdadero de quien sólo tenemos una representación verdadera y espiritual en la palabra del evangelio.

Quiera esta generación ser liberada de una fe, religión y conversión imaginarias. Dicha dimensión de fe no unirá a nadie con el Cristo verdadero, ni llevará a nadie al cielo verdadero, ni lo librará del infierno verdadero. Y quiera el Señor librar a su pueblo de la influencia de vanas ilusiones, en lugar de la doctrina del evangelio; de la basura carnal, en
lugar de la verdad espiritual y de la verdad según la imaginación del hombre, en lugar de la verdad según Jesucristo y su santa Palabra, la única regla para indicarnos cómo podemos glorificar y disfrutar a Dios.


Tomado de Faith No Fancy or A Treatise of Mental Images, W. & T. Ruddimans, Edinburgo.

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Ralph Erskine (1685-1752): Uno de los predicadores más populares en la Iglesia de Escocia de su época. Junto con Thomas Boston participó en la Marrow’s Controversy (Controversia de Médula). Sus sermones estaban llenos del amor de Dios y los llamados de Cristo en el evangelio. Su publicación más extensa fue Faith No Fancy or A Treatise of Mental Images. Nacido en Monilaws, Escocia.