Ahora bien, rechazamos la primera premisa porque nuestra voluntad es creada y, en segundo lugar, porque es corrupta. El hecho de ser creada le impide hacer algo por sí misma sin la ayuda de la providencia de Dios y el hecho de ser corrupta le impide hacer algo bueno sin la gracia divina. A menos que nuestra intención sea convertirla en un dios, no podemos aceptar
una operación autosuficiente o sea, sin la obra eficaz del Dios todopoderoso. Y no hemos de otorgar al hombre un poder de hacer el bien como lo tiene de hacer el mal, a menos que neguemos la caída de Adán y pensemos que todavía estamos en el Paraíso.

Tenemos, sí, un libre albedrío que es libre de toda compulsión externa y necesidad interna, que tiene la facultad de elegir aquello que le parece bueno, dentro de lo que comprende una elección libre. No obstante, está sujeto a lo decretado por Dios, tal como ya lo he demostrado. Es totalmente libre en todo lo que hace, tanto con respecto al objeto que escoge como al poder y facultad vital por los que obra infaliblemente de acuerdo con la
providencia de Dios. Pero afirmar una independencia suprema y en todo sentido, ajena a cualquier sujeción, como pretenden los arminianos, que suponen que todas las otras cosas necesarias deben permanecer absolutamente en nuestro propio poder de voluntad, a hacer algo o no hacerlo, es simplemente negar que nuestra voluntad está sujeta al gobierno del
Altísimo… contra tal exaltación de ese grado de independencia, me opongo:

Primero, toda operación que sea independiente de cualquier otra cosa es puramente activa y, en consecuencia, un dios, porque nada, fuera de una voluntad divina, puede ser un acto puro, poseyendo tal libertad en virtud de su propia esencia. Cada voluntad creada debe tener la libertad de participación, que incluye una potencialidad tan imperfecta que no puede ser activada sin la acción previa de un ser superior. Ni es esta acción extrínseca en perjuicio de
todo libre albedrío, el cual requiere que el principio de funcionamiento interno se active y libere, pero no dice que éste no sea activado por un ser superior externo. Nada, en este sentido, puede tener un principio independiente de operación, si no cuenta con un ser independiente.

Segundo, si los actos libres de nuestra voluntad están sujetos a la providencia de Dios a fin de usarla para cumplir su voluntad y, por medio de ellos, cumplir muchos de sus propósitos, entonces no pueden por sí mismos ser absolutamente independientes al punto de, por su propio poder, manejar cada circunstancia y condición a su antojo. Ahora bien, he dado prueba de lo anterior presentando todas las razones y los pasajes de las Escrituras para mostrar que la providencia de Dios invalida las acciones y determina la voluntad de los hombres para que libremente realicen aquello que él ha determinado. Y, por cierto que si fuera de otra manera, el dominio de Dios sobre la mayoría de las cosas en este mundo sería excluido: No tendría nada de poder para determinar algo que alguna vez pudiera suceder relacionado con lo que tiene que ver con la voluntad del hombre.

En tercer lugar, la doctrina del libre albedrío es aceptable cuando se ejerce bajo la dirección de Dios “en quien vivimos, nos movemos y somos”, pero es idolatría cuando se ejerce sólo porque el hombre tiene la facultad de hacerlo.

Considerando ahora, en segunda instancia, el poder de nuestro libre albedrío en hacer aquello que es moralmente bueno, encontraremos que, no sólo es esencialmente imperfecto, por ser creado, sino también es corrupto por un efecto contraído. La habilidad que los arminianos le adjudican en este sentido —de tener el poder de hacer aquello que es
moral y espiritualmente bueno— es tanta que hasta lo declaran un estado de inocencia, aun el de un poder para creer el evangelio y el poder para resistirlo, de obedecer y no obedecer, y de volverse a Dios o no.

En las Escrituras, como ya he mencionado, no existe ese término [libre albedrío] ni ningún equivalente. En cambio, las expresiones que usa concernientes a nuestra naturaleza y todas sus facultades en esta condición de pecado y de falta de regeneración parecen implicar todo lo contrario: Que estamos “sujetos a servidumbre” (He. 2:15), “muertos en… pecado” (Ef. 2:1) y, por lo tanto “libres acerca de la justicia” (Ro. 6:20); “esclavos del pecado” (v. 17); bajo el reinado y dominio del mismo (vv. 12 y 14) y nuestros “miembros” siendo “instrumentos de iniquidad” (v. 13); que no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos libere (Jn. 8:36); de modo que este ídolo que es el libre albedrío, en lo que respecta a cosas espirituales, no es ni un ápice mejor que los otros ídolos de los paganos.

Tomado de “A Display of Arminianism” The Works of John Owen Tomo X.

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John Owen (1161-1683): Llamado “El príncipe de los puritanos”, estaba comprometido con el estilo congregacional del gobierno de la iglesia. Era capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicerrector de la Universidad de Oxford, aunque la mayor parte de su vida la pasó como pastor de iglesias congregacionales. Sus escritos, que abarcan cuarenta años y llenan veinticuatro tomos, se cuentan entre los mejores recursos teológicos en el idioma inglés. Nacido de progenitores puritanos en la aldea de Oxfordshire de Stadham.