Además, aun en cuanto a las cosas espirituales, negamos que nuestra voluntad tenga obstáculos o que algo pueda impedir que la cumplamos. Pero aquí decimos que, ciertamente, no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos hace libres… no pretendemos tener una libertad al punto que nos hace despreciar la gracia de Dios, por medio de la cual realmente podemos obtener la verdadera libertad, la cual nos da más
libertad, y no nos quita nada de nuestra libertad original. Pero esto lo digo después de haber mostrado qué ídolo han hecho los arminianos del libre albedrío. Y tomen nota de que al comenzar a hablar ahora de éste, no lo hago como algo que Dios creó al principio y que ahora se ha corrompido y, aun así, le adjudican más de lo que jamás abarca.

“En esto”, dice Arminio, “consiste la libertad de la voluntad, en que aun contando con todo lo requerido para capacitarla a tener la voluntad de lograr algo específico, no le importa si la lleva a cabo o no”. Y todos los participantes del sínodo dicen: “Acompaña a la voluntad del hombre una propiedad inseparable que llamamos libertad y, por ende, la voluntad es
llamada un poder, el cual, cuando todas las cosas consideradas como necesarias a su operación son satisfechas, puede o no aceptarla. ¡Es decir que, según esa creencia, nuestro libre albedrío tiene tal poder absoluto e incontrolable en la esfera de las acciones humanas, que ninguna influencia de la providencia de Dios, ninguna certidumbre de sus mandatos, ninguna inmutabilidad de su propósito, puede cambiar las determinaciones tomadas libremente ni tener poder de lo Alto para causarle que quiera o resuelva llevar a cabo alguna acción que Dios tiene la intención de producir por intermedio de él! Tomemos como ejemplo la gran obra de nuestra conversión. “Todos los hombres no regenerados”, dice Arminio, “tienen en virtud de su libre albedrío, el poder de resistir al Espíritu Santo, de oponerse a la gracia ofrecida por Dios, de rechazar el consejo de Dios en lo que a ellos mismos se refiere, de rechazar el evangelio de gracia, de no abrirle el corazón a él, que todo lo sabe”. ¡Qué
ídolo tenaz es éste, que ni el Espíritu Santo, ni la gracia y el consejo de Dios, ni el llamado del evangelio tocando a la puerta del corazón, lo puede mover, ni aun en la medida más pequeña prevalecer contra él! ¡Ay de nosotros entonces, si cuando Dios nos llama, nuestro libre albedrío no tiene la inclinación ni la disposición de acudir a él! Pues parece que no
hay ninguna otra manera de responder a él, por más todopoderoso que sea. “Porque reconozcamos”, dice Corvino, “que a pesar de todas las operaciones de gracia que Dios puede usar para nuestra conversión, ésta permanece bajo el poder de nuestra propia libertad por lo que podemos no convertirnos; es decir que queda en nosotros el poder de arrepentirnos o no”. Dondequiera que el ídolo claramente desafía al Señor a obrar con todo su poder, después de haberlo hecho, le dice que, al final de cuentas, seguirá haciendo lo que quiere. Su presciencia , su poderosa predeterminación, la eficacia moral del evangelio, la infusión de su gracia, la operación eficaz del Espíritu Santo, todo esto es nada, nada puede ayudar ni cambiar nuestra voluntad independiente en lo que respecta a lo antedicho. Bueno, ¿entonces en qué lugar hemos de colocar al ídolo?

“En alguien a quien ha llevado a pecar o a hacer lo que le place”, como sugiere el mismo autor. Pareciera que, en lo que al pecado se refiere, ¿entonces nada se requiere de él para hacer el bien que contar con el permiso de Dios? ¡No! Porque los Remonstrantes «siempre suponen un poder libre de obedecer o no obedecer, tanto en el caso de aquellos que
obedecen como de aquellos que no obedecen», donde todos los méritos de nuestra obediencia, que nos hace diferentes de los demás, se nos atribuye a nosotros mismos y a ese poder que tenemos de elegir libremente.

Ahora bien, esto se aplica, no sólo al acto de obedecer, sino a la fe misma y su total consumación. “Porque si alguien dijera que todos los hombres en el mundo tienen el poder de creer, si esa es su voluntad, y de obtener salvación, y que este poder es parte de su naturaleza, ¿qué argumento tendríamos para refutarlo?”, le dice triunfalmente Arminio a
Perkins32, confundiendo claramente el sofístico innovador, la gracia y la naturaleza como siempre lo hizo Pelagio. Entonces, lo que los arminianos declaran aquí en nombre de su libre albedrío, es una independencia absoluta de la providencia de Dios al hacer cualquier cosa que sea y de toda su gracia al hacer lo bueno: Una autosuficiencia en todos nuestros actos y
una neutralidad absoluta al hacer lo que queremos, que esto o aquello se superpone a cualquier influencia de lo Alto. De modo que, según esta creencia, las buenas acciones nacen de nuestra voluntad y no dependen en absoluto de la providencia de Dios como actos originados en su gracia porque son actos buenos, sino que en ambos casos proceden de un
principio dentro de nosotros mismos que no son motivados de ninguna manera por un ser superior.

Continuará …

Tomado de “A Display of Arminianism”, Tomo X.

_______________________


John Owen (1161-1683): Llamado “El príncipe de los puritanos”, estaba comprometido con el estilo congregacional del gobierno de la iglesia. Era capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicerrector de la Universidad de Oxford, aunque la mayor parte de su vida la pasó como pastor de iglesias congregacionales. Sus escritos, que abarcan cuarenta años y llenan veinticuatro tomos, se cuentan entre los mejores recursos teológicos en el idioma inglés. Nacido de progenitores puritanos en la aldea de Oxfordshire de Stadham.