Queremos ahora considerar al ídolo que es esta gran deidad llamada libre albedrío y cuyo origen no es conocido. Algunos pretenden que, como la imagen de Diana de los efesios, el libre albedrío cayó del cielo y recibió sus atributos de lo alto. Pero si tenemos en cuenta lo
insignificante que era al principio cuando fue descubierto, en comparación con la gran importancia que ha llegado a tener, podemos decir de él lo que dijo el pintor de su cuadro que llegó a ser algo monstruoso, luego de haberlo corregido o, más bien, cambiado y arruinado, siguiendo la opinión de todos los demás: “Es el producto de la mente de la gente”. Supuestamente, Orígenes lo introdujo por primera vez en la iglesia, pero entre los muchos
adoradores sinceros de la gracia divina, este presentador de nuevos demonios encontró poca aceptación. Lo veían como el tronco de Dagón, con su cabeza y manos colocadas ante el arca de Dios. sin cuya ayuda no podía saber ni hacer ningún bien de ninguna clase, pues seguía siendo considerado “el palo de una higuera, un pedazo inútil de madera”. Los padres de las épocas subsiguientes debatían mucho sobre qué uso debieran darle y la mayoría llegaba a la conclusión de que se dejara seguir siendo un palo hasta que, con el tiempo, apareció un fuerte campeón desafiando en su nombre a toda la iglesia de Dios y, como un caballero errante, iba de este a oeste para enfrentar a cualquiera que se opusiera a su ídolo. Pelagio se
topó con diversos adversarios, uno en especial, quien, en el nombre de la gracia de Dios, frustraba continuamente sus esfuerzos y lo dejaba tendido en el suelo con la aprobación de todos los jueces legítimos reunidos en concilios y en la opinión de la mayoría de los cristianos comunes. No obstante, con su insidiosa sutileza, plantó tal opinión de la deidad del ídolo y de la autosuficiencia en el corazón de algunos que, hasta hoy, no ha sido posible arrancarlo de raíz.

Pues bien, después de la muerte de sus adoradores pelagianos, algunos de los maestros de filosofía y teología de la Edad Media, viéndolo expuesto desde su nacimiento al viento y el mal tiempo, a todos los ataques en su contra, por pura caridad y amor propio, le construyeron un templo y lo adornaron con luces naturales, méritos, operaciones independientes incontroladas y muchas otras alegres virtudes. Pero al comienzo de la Reforma — época fatal para la idolatría y superstición, al igual que para abadías y monasterios— el celo y erudición de nuestros antepasados, con la ayuda de la Palabra de Dios, arrasaron con este templo destruyéndolo totalmente. Era nuestra esperanza que, en sus escombros, el ídolo habría sido enterrado a tal profundidad que nunca más levantaría su cabeza para ser exaltada para detrimento de la iglesia de Dios. Pero tiempo después, algunos
ocurrentes curiosos, cuyos estómagos débiles estaban henchidos de maná y aborrecían la leche sincera de la Palabra, rastrillando las ruinas en busca de algo novedoso, para desgracia, dieron con este ídolo y con no menos alegría que la del matemático al descubrir una nueva proporción geométrica, exclamaron: ¡Eureka! ¡Lo hemos encontrado! Sin más ni más, levantaron un santuario y hasta el día de hoy siguen ofreciendo alabanzas y acciones de
gracias por todo el bien que le hace a la obra de sus propias manos.

A fin de que el ídolo no volviera a la ruina, a la cual, sabían por experiencia, podía volver, le agregaron una contingencia, diosa nueva que ellos mismos crearon, que ha probado ser muy fructífera produciendo nacimientos monstruosos como fruto de su unión. No dudan de que jamás les faltará alguien para colocar en el trono y hacer soberano de todas las acciones humanas. De modo que, teniendo diversos triunfos en al menos mil doscientos años, contendiendo con la providencia y la gracia de Dios, se jacta ahora como si hubiera obtenido una victoria total. No obstante, todos sus éxitos son atribuibles a la diligencia y el barniz de sus nuevos cómplices con —¡para nuestra vergüenza sea dicho!— la negligencia de sus adversarios. No hay en él y su causa, más valor auténtico que cuando fue maldecido y quitado de la Iglesia. De modo que, aquellos que pueden, recorriendo laberintos de curiosas ideas, se encuentran que han sido como los novicios egipcios, quienes pasando por majestuosos frontispicios y cortinajes suntuosos con mucho celo y devoción, al final se encontraban con la imagen de un feo simio.

Sin embargo, no nos oponemos totalmente al libre albedrío, como si fuera sólo un fruto de la imaginación o como si fuera algo que no existe, sino sólo en el sentido que le dan los pelagianos y arminianos. No argumentaremos sobre palabras. Aceptamos que, sustancialmente en todas sus acciones, el hombre tiene tanto poder y libertad como es capaz de tener una criatura creada. Aceptamos que es libre para tomar decisiones sin que se le obligue desde afuera y sin una necesidad natural interior de obrar según [su preferencia] y
deliberadamente, adoptando espontáneamente lo que le parezca bien a él. Asimismo, no tenemos ningún problema que llamen a este poder: Libre albedrío o lo que les plazca, siempre y cuando no lo consideren supremo, independiente y sin medida. La selección de nombres depende de la discreción de los que los inventan.

Tomado de “A Display of Arminianism”.

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John Owen (1161-1683): Llamado “El príncipe de los puritanos”, estaba comprometido con el estilo congregacional del gobierno de la iglesia. Era capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicerrector de la Universidad de Oxford, aunque la mayor parte de su vida la pasó como pastor de iglesias congregacionales. Sus escritos, que abarcan cuarenta años y llenan veinticuatro tomos, se cuentan entre los mejores recursos teológicos en el idioma inglés. Nacido de progenitores puritanos en la aldea de Oxfordshire de Stadham.