Y esta adoración a Dios, de maneras inventadas por nosotros, es idólatra por dos razones: (1) Es diseñada por nuestra propia voluntad o sea que tal adoración no tiene otro fundamento o razón que la voluntad del hombre (Col. 2:23) y, entonces, destrona a Dios, poniendo la voluntad humana por encima de la divina, y otorgando a las criaturas el honor que sólo le pertenece a la soberanía y gloria inmarcesible del Dios bendito. Porque la soberanía absoluta de Dios, la cual es su gloria (1 Ti. 6:15) se manifiesta de manera especial en dos cosas: En sus decretos (Ro. 9:20) y en sus leyes (Is. 33:22; Stg. 4:12). El Señor es nuestro Rey y Legislador, y hay un solo Legislador. Ahora bien, al prescribir cualquier cosa basados
en nuestra autoridad, en lo que a adoración se refiere, anulamos los mandatos de Dios (Mt. 15:6) y despreciamos su ley real. El trono de Dios es invadido por las criaturas, que quieren ser legisladores también, lo cual no puede ser, como no puede ser que en el cielo haya dos soles; y el resultado es que Dios es olvidado, como dice Oseas 8:14: “Olvidó, pues, Israel a su Hacedor, y edificó templos” o sea que edificaron [templos] cuando Dios había determinado un solo templo. Y por esto, la indignación y la ira de Dios se manifestaron de una manera tan terrible contra usurpadores como Nadab y Abiú porque Dios es un Dios celoso, siendo los celos algo que conocemos por ser también un sentimiento humano que provoca indignación. Dios considera esto [lo que dice Oseas] como la maldad más grande y descarada que la criatura puede cometer. “Toda la maldad de ellos fue en Gilgal” (Os. 9:15) o sea que aquello era la peor maldad posible porque adoraban al Señor según el gusto de ellos, lo cual era una afrenta a la sabiduría y soberanía de Dios que de ninguna manera
podía tolerar. Esto se llama poner nuestro umbral junto al umbral del Señor (Ez. 43:8). Y cuanto más se acerca éste a él, más lo provoca. Por eso, dice en el mismo texto: “Poniendo sólo una pared entre mí y ellos” o sea que levantó una pared entre ellos como, por lo general, se interpreta o quiere destacar cómo Dios es provocado cuando se acercan tanto a él con sus invenciones. En hebreo dice: “Había una pared entre yo y ellos”. Con esto, se hace evidente que las ceremonias doctrinales y simbólicas, me refiero a ritos y ceremonias que se incluyen en la adoración a Dios, que tienen un significado espiritual sólo por autoridad del hombre, son mezclas y agregados idólatras y cosas similares que provocan terriblemente a Dios. Toda la libertad que las Escrituras nos dan es sólo esta: Observar y realizar aquellas cosas que Dios ha instituido de una forma ordenada y apropiada (1 Co. 15:46) y no pretender adorar a Dios con todas las innovaciones que nos plazcan.

Y además (2), es idólatra también porque la insolencia atrevida de los hombres al adorar a Dios a su propia manera revela sus nociones y sus conceptos burdos y carnales acerca de Dios. Idear una manera carnal y pomposa de adorarle significa que, primero, hemos establecido un ídolo en nuestra imaginación, alguien como nosotros y totalmente distinto al Dios verdadero, quien es el Ser más sencillo, puro y espiritual, y como tal debe ser adorado (Juan 4:24). Pero al idear una manera tan carnal de adorar, pienso que es obvio que hemos creado otro dios, uno de fantasía, totalmente distinto del Dios que nos revela la Palabra. En cuanto a esto, Josué le dijo al pueblo: “No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados” (Jos. 24:19). No se puede servir al Dios verdadero hasta tener un concepto correcto de él. Hay los que fantasean que Dios es todo misericordia, como si a la par de su compasión, no tuviera justicia o rectitud para hacerles rendir cuentas de sus pecados y, en consecuencia, no hacen más que adorar a un ídolo concebido en su propia imaginación, en lugar del Dios verdadero. Y si observamos detenidamente el tema, parece ser también idolatría, someternos y reconocer la autoridad soberana de una criatura para establecer leyes para la adoración e hincarnos ante un dios
imaginario o un ídolo, fruto de nuestra propia fantasía, al punto de inclinarnos ante a una imagen de fundición o tallada en madera y adorarla.

Por lo dicho, podemos ver la naturaleza de este segundo tipo de idolatría, al igual que su origen y proliferación. No es más que el corazón orgulloso y carnal del hombre, que no está dispuesto a mantenerse dentro de los límites de la Palabra, por lo que descarta una manera espiritual clara y sencilla de adorar. En su lugar, se inventan nuevos ritos, ceremonias y formas de adorar a Dios más apropiados y agradables a la carne. Y de allí que en las Escrituras, la idolatría es considerada como obra de la carne (Gá. 5:20) porque el hombre natural, teniendo un corazón orgulloso y una imaginación activa, depende de los sentidos; y al no ser elevado y rectificado por la fe, da forma a conceptos y nociones carnales de Dios y después inventa una manera de adorar acorde con esas nociones suyas. De modo que, como alguien bien ha dicho: “Ésta es la fuente y el principio de todo error: que los hombres piensen que lo que les complace a ellos, complace a Dios, y que lo que les desagrada a ellos, seguramente le desagrada a él”. De modo que esta idolatría es concebida entre el corazón
carnal y el diablo, quien, al no poder atraer a los hombres a la idolatría de antes, se esfuerza todo lo posible para enredarlos y profanarlos con esto, en parte por malicia hacia Dios, sabiendo qué cosa preciada es para él el que lo adoren y, en parte, por su plan de arruinar a todo el que se siente atraído a tomar este camino. Satanás sabe que los dolores del idólatra se multiplicarán y que Dios rara vez deja escapar a uno de ellos sin castigar (Sal. 16:4).

En resumidas cuentas, vemos claramente que la adoración puede ser correcta en cuanto a su objeto, pero idólatra con respecto a la manera de realizarla. Porque lo que, sin darle importancia, la criatura hace, pretendiendo un poder total, no sólo es despreciar la ley real, sino también una traición terrible contra Jesucristo.

Instituir algo, aunque sea la parte más pequeña de la adoración, por nuestra propia autoridad, sin apoyo o base en las Escrituras, es tan idólatra como si adoráramos a un ídolo… de modo que la adoración a Dios está corrompida por una mezcla de ritos y ceremonias humanas doctrinales y simbólicas que Dios no ha ordenado para su adoración en su
Palabra. Aunque nuestra adoración sea correcta en cuanto al objeto, es idólatra por la manera de realizarla. En esto tenemos que estar en guardia y tener cuidado porque es un punto crítico.

Toda la adoración instituida por Dios y cada parte de ella dependen enteramente de su voluntad soberana. Por lo tanto, nadie, fuera de Dios, puede alterar ninguna parte de ella porque nadie sabe lo que es aceptable a Dios, sino Dios mismo. Aquello que es de alta estima para el hombre, es una abominación para Dios.

La voluntad de Dios, que es el fundamento y regla de su adoración, se nos revela únicamente en las Escrituras, por lo cual es claro que en cuanto a la adoración todos tienen que aferrarse a la Palabra.

Por consiguiente, podemos ver la puerta por la cual entra la superstición y cómo se van agregando cosas nuevas no ordenadas. Inventar ritos y ceremonias, e incluirlas en la adoración a Dios, dándoles un significado y uso espiritual, es caer en superstición porque es algo distinto y fuera de lo que Dios ordena y requiere. Y así como toda el agua del Tíber no puede limpiar a los papistas de la suciedad de su idolatría y superstición en sus misas, altares, vestiduras y cruces; tampoco nada fuera de la sangre de Jesús puede limpiarnos a nosotros de lo mismo, si actuamos como ellos.

Tomado de “Antipharmacum Saluberrimum or A Serious and Seasonable Caveat to All the Saints in This Hour of Tempation” en The Works of John Flavel, Tomo VI.

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John Flavel (c. 1630-1691): Inglés presbiteriano. Prolífero autor de obras evangélicas como The Fountain of Life Opened (La fuente de vida abierta) y Keeping the Heart (Cuidando el corazón). Nacido en Bromagrove, Worcester.