En cuanto a otros ídolos, ¿no han tenido ya bastante que ver con ellos? El convertido que antes fue un ebrio dirá: “Ya he tenido bastante que ver con la copa de intoxicación. “¿Para quién el dolor?… ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino” (Pr. 23:29-30; Isa. 5:22)”. El bebedor ya ha tenido suficiente de eso. Lo ha pagado caro y ahora ya no quiere volver a tener nada que ver con aquellos desenfrenos y excesos. El hombre que ha caído en el vicio, a menudo tendrá que admitir: “Me ha perjudicado corporal, mental y materialmente. ¿Qué más puedo querer tener que ver con eso?”. “Ay”, me dijo uno el otro día, “cuando vivía en pecado me resultaba tan caro que me llevará años recuperar lo que he malgastado con el diablo y conmigo mismo. No soy el hombre al servicio de Dios que pudiera haber sido, si no hubiera sido por eso”. ¡Ah, ya hemos tenido bastante de eso, más que bastante! No existe copa de pecado, por más dulce que nos pareciera antes de que fuéramos regenerados, que provoque otro sentimiento que el de ya no querer nada de eso, aun con sus burbujas brillando en la copa. Estamos hartos de eso, hartos hasta la muerte y, el solo nombrarlo, le da nauseas a nuestra alma. ¿Qué quiero tener ya que ver con ídolos cuando considero todo lo malo que los ídolos han hecho por mí?

Pero hay otra manera de considerar la pregunta: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. ¿Pueden aguantar contemplar ese extraño cuadro: Tres patíbulos en la colina de un monte y en el del centro un hombre maravilloso sufriendo una agonía horrorosa clavado a la cruz? Si lo observan, verán que hay una mezcla de majestuosidad en su sufrimiento que revela al instante que es su Señor. Sí, es el Esposo de sus almas, el más Amado de sus corazones, ¿Quién lo clavó allí? ¿Quién lo clavó allí, repito? ¿Dónde está el martillo? ¿De dónde aparecieron los clavos? ¿Quién lo clavó a la cruz? Y la respuesta es: Nuestros ídolos fueron los que lo clavaron: ¡Nuestros pecados atravesaron su corazón! Ay, entonces, ¿qué quiero ya
con ellos? Si yo tuviera un cuchillo favorito y un asesino lo usara para matar a mi esposa, ¿les parece que volvería a usar ese cuchillo en mi mesa o que lo llevaría siempre conmigo? ¡Fuera con esa cosa maldita! Cuánto odiaría el solo verlo. ¡Y el pecado ha asesinado a Cristo! ¡Nuestros ídolos le dieron muerte a nuestro Señor! Permanezcan al pie de la cruz y contemplen su cuerpo moribundo, torturado, sangrando de sus cinco grandes heridas, y dirá cada uno de ustedes: “¿Qué más tendré yo con estos ídolos?”. El vinagre y la hiel, el sudor de sangre y los estertores de la muerte han divorciado a mi alma de todos sus antiguos amores y me han llevado a unir mi corazón para siempre con el Amado, el Rey de reyes. “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Nada aparta al hombre del pecado, tanto como el sentido del amor y de los sufrimientos de Jesús. La gracia redentora y el amor hasta el punto de morir por nosotros hacen redoblar las campanas de la muerte para nuestras fornicaciones e ídolos.

“En cuanto la fe al Señor puede ver, sangrando en la cruz por mí, todos mis ídolos desaparecen, Jesús me toma y llena el corazón”.

Ahora bien, recordemos que no debemos ya tener nada que ver con ídolos porque los mismos pecados que llevaron a la muerte a nuestro Señor nos llevarán a la muerte a nosotros también. Oh, hijos de Dios, nunca pecamos sin perjudicarnos a nosotros mismos. Aun el pecado más pequeño que se desliza dentro de nuestro corazón, es un ladrón que quiere matar y destruir. El pecado nunca nos ha beneficiado, ni nunca lo hará. No, el
pecado es veneno, veneno mortal para nuestro espíritu. ¡No lo toleraremos más ni por un instante! ¿Qué más tendremos ya que ver con él? Sabemos que es infernal, nada más que infernal, y lo es continuamente. Sabemos que perjudica nuestra fe, destruye nuestra alegría, marchita nuestra paz, debilita nuestras oraciones e impide que nuestro ejemplo beneficie a otros y, por todas estas razones, ¿qué más tendremos ya con ídolos?

Dentro de pocos meses, algunos de nosotros estaremos en el cielo o, aun quizá, dentro de pocas semanas. ¿Qué tenemos ya que ver con los ídolos? Mientras tanto que estamos aquí, el Señor nos ha elevado y nos ha hecho sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. ¿Qué tenemos ya que ver con ídolos? Este día hemos sido aceptados en el Amado, somos los
escogidos de Dios justificados por fe y nuestros nombres están escritos en las palmas de las manos de Jesús. ¿Qué tenemos ya que ver con ídolos? En realidad, la pregunta misma implica la respuesta. No tenemos nada con ellos, excepto odiarlos, y cuando quieren asentarse en nuestro corazón, aun por un momento, destrozarlos con el poder del Espíritu eterno.

Amados, si Dios ha realizado una gran obra en ustedes y transformado sus corazones, de modo que los ídolos que antes adoraban, ahora detestan, les ruego que se mantengan alejados de ellos todo lo posible. Si no quieren tener nada que ver con ellos, entonces no vayan a lugares donde se les honra. “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Si sé que una calle está infectada de viruela, no querré andar por ella. Preferiría evitarla, para evitar la plaga. Lo mismo sea con lo que una vez fue su pecado más querido. Aléjense de él cuanto sea posible, como lo harían de una enfermedad muy contagiosa. No tengan ya nada que ver con los ídolos, por lo tanto, no entren en sus templos ni se junten con los que les rinden culto. Manténganse lo más lejos posible del pecado. Si han aprendido a decir: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”, también cuídense de no dar la apariencia del mal, ni de tener ninguna relación con él, lo cual corrompe las buenas costumbres. El bar, el salón de baile y el teatro no son para ustedes. Detesto oír a los cristianos preguntar: “¿Qué opina usted de éste o
aquel trivial entretenimiento?”

Pues bien, mis queridos amigos, si disfrutan ustedes de algo que tiene en sí alguna suciedad, pongo en tela de juicio el que sepan algo del amor de Dios. Recuerden el comentario de Rowland Hill34 a la persona que le gustaba ir al teatro. La persona dijo: “Bien, Sr. Hill, usted sabe que soy miembro de la iglesia, pero no asisto con frecuencia, voy apenas una o dos
veces al año, como algo especial nada más”. “Ah”, respondió el Sr. Hill, “usted es mucho peor de lo que pensaba. Suponga que alguien comentara y se corriera la voz de que el Sr. Hill comía carroña y que le encantaba comer carne podrida. Y suponga que se me acercara alguien y dijera: ‘He oído, Sr. Hill, que le encanta comer carroña’. ‘Oh, no’, le contesto. ‘De ninguna manera. No la como regularmente, ¡solo como un platillo una o dos veces al año como algo especial, nada más!’. Entonces todos dirían: ‘Le gusta más de lo que pensábamos porque si hay pobres gentes que tienen que comerla todos los días porque no pueden conseguir nada mejor, el gusto de ellos no está tan viciado como el suyo que se aparta de la comida saludable y considera la podredumbre como un platillo fino y exquisito para comer”.
Si podemos encontrar nuestro placer y deleite donde siempre está cerca y accesible el pecado de la peor clase, donde la fe cristiana está fuera de lugar y donde no podemos esperar que Cristo nuestro Señor se haga presente, no hemos aprendido a decir con Efraín: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”.

Apártense a toda velocidad de cualquier cosa que tenga la mancha, aún más pequeña de pecado; y quiera Dios ayudarles a seguir haciéndolo toda la vida. ¿Es esto a fin de que sean salvos? ¡De ninguna manera! Le estoy hablando sólo a los que son salvos. Si alguno entre ustedes no es salvo, lo primero que necesita es tener un corazón renovado por fe en Jesucristo y, después de eso, no hay ninguna imposición, no se le cobra nada, no es
obligación pagar nada. En cambio, nuestro anhelo es aumentar su gozo, su alegría, su privilegio, y mantenerlos cerca de su Señor y decir: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”.

Dios bendiga a cada uno en el nombre de Cristo.


Predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

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Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de Junio  de 1834  – Menton, Francia, 31 de enero de 1892) fue un  teólogo, predicador,  misionero, erudito bíblico,  escritor y  pastor  bautista reformado inglés, conocido porque, según la Internet Christian Library  (ICLnet), a lo largo de su vida evangelizó alrededor de 10 millones de personas y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y es conocido como el «Príncipe de los Predicadores».