[Algunos] han entablado relaciones ilícitas. Forman vínculos prohibidos por la Palabra de Dios. Por ejemplo, he sabido de algunos que profesan ser cristianos —Dios sabe si lo son o no— que han descartado el mandato de nuestro Señor de no unirnos en yugo desigual con inconversos y han seguido los dictados de la carne uniéndose con estos en matrimonio. Es
cosa terrible estar casado con alguien del que uno sabe que al paso del tiempo tendrá que separarse para siempre, uno quien no ama a Dios y, por lo tanto, nunca podrá estar en su compañía en el cielo. Si éste ya es el caso de alguno de ustedes, sus oraciones tienen que elevarse al cielo día y noche para que su pareja querida pueda acudir a Cristo como su Señor y Salvador. Por otro lado, el que una persona joven creyente se una deliberadamente a otra que no lo es, significa colocar un ídolo en lugar de Dios. Habrá llanto y lamento antes de que pase mucho tiempo… cualquier forma de amor que compite con el amor de Cristo es idolatría.

Muchísimos adoran a un ídolo llamado alabanza de los hombres. Lo expresan así: “Oh, sí, tiene usted razón, pero comprenda que no puedo seguir a Cristo”. Bueno, ¿por qué no? “Porque no sé qué diría mi tío” o “a mi esposa no le gustaría”. “No estoy seguro cómo reaccionaría mi abuelo”. El temor a la reacción de los familiares o a la opinión pública mantiene a muchos esclavizados mental y moralmente. El temor a lo que opine la gente
domina a muchos otros. Me dan lástima los que no se atreven a hacer lo que creen que es lo correcto. A mí me parece que la más grande de todas las libertades, la libertad por la cual Cristo nos hace libres, es la libertad de hacer y enfrentar lo que sea que la conciencia manda en su nombre. Pero muchos tienen que pedirles a otros que les permitan respirar, que les den permiso para pensar y de creer, sea lo que sea, por temor al “qué dirán”. La pequeña sociedad en que viven significa todo para ellos. ¿Qué va a pensar Fulano o Mengano? El obrero no se atreve a ir al lugar de adoración porque sus compañeros de trabajo le harían burla diciendo: “¡Oye! ¿Acaso no eres tú uno de esos evangélicos?”. Muchos hombres que miden 1.80 m. de estatura le tienen miedo a uno que mide la mitad que él. Tienen miedo
que algún sujeto que no vale nada haga un chiste a sus expensas y ser objeto de un chiste les parece horroroso. ¡Ay, pobres almas! ¡Pobres almas!… estamos vivos después de los ataques que hemos sufrido y no estamos peor que antes; y lo mismo sucederá con ustedes, queridos amigos, si tienen el anhelo y la valentía de hacerle frente a lo que sea por el Señor Jesucristo. Este ídolo del temor al hombre devora a miles de almas. Es un ídolo sediento de sangre, tan cruel como cualquiera de los ídolos hindúes, “el temor del hombre pondrá lazo”; algunos de ustedes saben que son demasiado cobardes y no se atreven a hacer lo que saben que deberían hacer por temor a que alguien haga un comentario sobre lo extraños y lo raros que son. Dios les ayude a librarse de ese ídolo.

El último punto es la pregunta definitiva: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Digámoslo así: “¿Qué tengo que ver con ellos de aquí en adelante? Ya he tenido demasiado que ver con ellos. ¿Qué han hecho ya mis pecados por mí?”. Hermanos y hermanas, miremos objetivamente lo que los pecados han hecho por nosotros a lo largo de nuestro peregrinaje.
Hicieron que el hermoso Edén, ese jardín creado para nuestro deleite, se transformara en un desierto y nos convirtió en hijos de trabajo arduo y nos ha causado mucho dolor. ¿Qué ha hecho el pecado por nosotros? Nos ha quitado nuestra belleza y apartado de Dios, ha puesto como guardia al querubín flameante con la espada desenfundada para impedir que nos
volvamos a acercar a Dios mientras vivamos en pecado. El pecado nos ha herido, arruinado, matado y corrompido. El pecado ha puesto la enfermedad en el mundo, cavado la tumba y alimentado al gusano. Oh pecado, tú eres la madre de todos los pesares, lamentos, suspiros y
lágrimas que han existido en este mundo. Oh, pecado miserable, ¿qué tenemos que ver ya contigo? Ya hemos tenido demasiado de ti.

¿Y no hemos tenido, ustedes y yo personalmente, ya demasiado de nuestros ídolos? Afirmo decididamente que yo ya he tenido demasiado que ver con mi fariseísmo porque, oh, cuánto aborrezco pensar que alguna vez he sido tan necio como para pensar que había algo bueno en mí, que alguna vez soñara en volver a Dios con mi propia justicia. ¡Oh, no quiero ni pensarlo! No permita Dios que, ni siquiera por un momento, esté yo más que avergonzado de haberme jactado por lo que podía hacer, sentir o ser. ¿No se sienten ustedes humillados cuando recuerdan tal orgullo y engreimiento? ¿Qué tienen ya que ver con el ídolo de la justificación del yo? Nada. Ya nunca podemos inclinarnos ante esto.


Predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

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Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de Junio  de 1834  – Menton, Francia, 31 de enero de 1892) fue un  teólogo, predicador,  misionero, erudito bíblico,  escritor y  pastor  bautista reformado inglés, conocido porque, según la Internet Christian Library  (ICLnet), a lo largo de su vida evangelizó alrededor de 10 millones de personas y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y es conocido como el «Príncipe de los Predicadores».