El segundo principio es que debemos guardarnos de esto. “Guardaos”, dice Juan, la cual realmente significa que tenemos que mantenernos en guardia como si estuviéramos detrás de una barricada contra el horrible peligro de la idolatría. Ahora bien, notemos que Juan nos dice que esto es algo que tenemos que hacer nosotros, nadie lo puede hacer por nosotros.
“Guardaos de los ídolos”. No es cuestión de decir: “El Señor se encargará de eso”. No, tenemos que mantenernos siempre en guardia, velar y orar. Debemos hacerlo teniendo conciencia de este terrible peligro. A primera vista, pareciera que Juan se está contradiciendo, porque en el versículo dieciocho dice: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no
practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca”. ¿Se está contradiciendo? No, estas cosas forman el equilibrio perfecto que siempre encontramos en las Escrituras de principio a fin. Es sencillamente la manera como Juan está diciendo:

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12-13).

En otras palabras, tenemos que mantenernos en una relación correcta con él. Si usted y yo mantenemos nuestra mente puesta en el Señor Jesucristo por medio del Espíritu Santo, no necesitamos preocuparnos. El Hijo de Dios nos protegerá y el maligno no podrá tocarnos. No tengo que enfrentarme con el maligno en una sola batalla, no estoy luchando directamente contra el diablo, por así decir. Lo que hago es mantenerme en esa relación correcta con Cristo y él vencerá al enemigo por mí. Tengo que cuidarme de que algún ídolo no esté recibiendo mi tiempo y energía, ni las cosas que debo dar a Dios. Tengo que estar constantemente en guardia… Debo velar por mi mente y entendimiento, debo velar por mi espíritu y mi corazón. Ésta es la labor más delicada del mundo. Es la tentación central, por lo que tengo que velar y orar constantemente, y mantenerme ahora y siempre en guardia.

Esto me trae a la última proposición, la cual es esencialmente práctica. ¿Cómo haré esto? ¿Cómo me guardo de los ídolos? Me parece a mí que los principios son muy sencillos.

Lo primero que tenemos que hacer es recordar la verdad acerca de nosotros mismos. Tenemos que recordar que somos pueblo de Dios, que somos los que Cristo ha comprado por precio y a costa de su sangre preciosa. Tenemos que recordar nuestro destino y el tipo de vida en que estamos inmersos y en el cual transitamos. Tenemos que recordar, como Juan nos lo recuerda en el versículo diecinueve, que “somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno”. En otras palabras, somos de Dios y pertenecemos a Dios, entonces tenemos que vivir para Dios y no para ninguna otra cosa. Sea lo que sea, no debo vivir para nada en esta vida y en el mundo. Puedo usar las cosas, pero no abusar de ellas. Dios me ha dado dones, pero si convierto a cualquiera de ellos en mi dios, estoy abusando de ellos; estoy adorando a la criatura en lugar del Creador. ¡Ay, qué tragedia sería si eso hiciera! La manera de evitarlo es tener conciencia de lo que soy, de ejercitar este “entendimiento” que Cristo me ha dado por
medio del Espíritu Santo (v. 20). Tengo que recordar que no soy de este mundo y, por lo tanto, no debo vivir para el mundo ni adorar algo o alguien que pertenece a éste.

O podemos expresar lo dicho como un segundo principio: Recordar la verdadera naturaleza de los ídolos. Esa es la forma de evitar adorarlos y una muy buena manera de guardarnos de la idolatría. Miremos y consideremos lo que son, y esto es también algo que necesitamos que nos recuerden constantemente. Observemos las cosas a las que somos propensos a rendir
culto y adorar; aun en el mejor de los casos, ¿lo merecen?, ¿existe en este mundo transitorio algo que sea digno de nuestra adoración y nuestra devoción? Sabemos muy bien que no. En este mundo no existe nada que dure, todo es temporal, todo se encamina hacia un final. No hay nada duradero y eterno, nada de esto es digno de nuestra adoración. Todo esto son cosas que nos fueron dadas por Dios, entonces usémoslas como tales, no las consideremos dignas de toda nuestra devoción. ¿No es trágico pensar en un alma humana adorando el dinero, sus posesiones, su posición, el éxito, a otra persona, hijos o cualquier otra cosa de esta vida y mundo? Todo pasa. Hay sólo uno que es digno de toda adoración y ese es Dios.

Y esto es lo último para recordar. La manera definitiva de evitar la idolatría es recordar la verdad acerca de Dios y vivir en comunión con él. Cuando nos sintamos tentados a caer en la idolatría, pensemos una vez más en la naturaleza y la persona de Dios. Recordemos que es él quien nos da el privilegio de adorarlo y andar con él, conocerle y tener comunión y conversar con él, ser un hijo de Dios, seguir adelante y pasar la eternidad en su santa presencia.

A medida que tenemos conciencia de esta maravillosa posibilidad de conocer a Dios, todo lo demás se torna insignificante. En otras palabras, el consejo final del Apóstol, me parece a mí, puede expresarse así: Debemos luchar sin cesar para hacer que la presencia y la comunión con Dios sea una realidad. Hacer una realidad de su proximidad y su presencia, hacer una realidad de su comunión, saber que estamos con él y en él y, así, asegurarnos de que nunca nada ni nadie se interpondrá entre nosotros y él.

Tomado de Life of God Dios, Tomo 5, en Life in Christ: Studies in 1 John por David Martyn Lloyd-Jones.

________________________________________


David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Después de estudiar medicina exitosamente, estuvo a punto de ejercer dicha profesión cuando Dios lo llamó a predicar el evangelio. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Gales.