“Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén” (1 Juan 5:21).

Hay eruditos que dicen que éstas son probablemente las últimas palabras de todas las Escrituras, si se toman en orden cronológico. No hay pruebas de que así sea, pero habría mucho que decir sobre esto. De cualquier manera, éstas son las últimas palabras de [Juan] quien estaba muy preocupado por la vida y el futuro de los cristianos a quienes les estaba escribiendo. Las palabras de un anciano siempre merecen respeto y consideración; son palabras basadas en largos años de experiencia. Las últimas palabras de cualquier persona son importantes, pero las últimas de grandes hombres son excepcionalmente importantes y cuando las últimas palabras son de un Apóstol del Señor Jesucristo, tienen muchísima importancia.

Aquí tenemos a un hombre quien habla con base en sus extraordinarias experiencias. Es un anciano; sabe que el final está cerca, ve a este grupo de gente en un mundo hostil y quiere que vivan una vida victoriosa. Quiere que tengan un gozo que puede ser absoluto y les dirige sus últimas palabras, diciéndoles: “Hijitos, guardaos de los ídolos”.

Hay cosas en esta vida y este mundo que constantemente amenazan interponerse entre nosotros y el conocimiento de Dios. En otras palabras, nos guste o no, es una guerra, es una lucha de fe; hay un enemigo en contra de nosotros. Hacia el final de la carta, Juan nos recuerda al “maligno” cuyo objetivo supremo es interponerse entre nosotros y ese conocimiento. Y ¿cómo lo hace? Por supuesto, tratando de que fijemos nuestra mente,
nuestra atención y nuestro corazón en otra cosa. Es por eso que Juan termina con este tenor para advertirnos contra ese terrible peligro.

Por lo tanto, permítanme poner esto en la forma de tres proposiciones.

La primera es que el peor enemigo que confrontamos en la vida espiritual es la adoración a ídolos. El peligro más grande que todos enfrentamos no es cuestión de obras o de acciones, sino de idolatría.

¿Qué es idolatría? La manera más fácil de definirla es ésta: Un ídolo es cualquier cosa en nuestra vida que ocupa el lugar que debiera ocupar Dios únicamente… cualquier cosa que ocupa una posición controladora en mi vida es un ídolo.

Obviamente, puede ser un ídolo propiamente dicho, pero no se limita a eso, ¡qué bueno que así fuera! No, la idolatría puede consistir en tener nociones falsas acerca de Dios. Si yo estoy adorando mi propia idea de Dios y no al verdadero Dios viviente, eso es idolatría.

Pero quiero recalcar que la idolatría puede asumir otras formas; es posible que adoremos nuestra religión en lugar de adorar a Dios. ¡Qué cosa sutil es esta idolatría! Podemos creer que estamos adorando a Dios, cuando en realidad simplemente estamos adorando a nuestras propias prácticas y observancias religiosas. Siempre es un error cualquier tipo católico de religión que da importancia a hacer ciertas cosas específicas de ciertas maneras concretas, como por ejemplo levantarse muy temprano para ir a la primera misa del día. El énfasis puede ser más en esta práctica que en la adoración a Dios.

Digo eso sólo como ilustración. No se circunscribe a algo de corte católico, se encuentra también en círculos evangélicos. Es posible que adoremos, no sólo nuestra propia religión, sino nuestra propia iglesia, nuestra propia congregación, nuestra propia secta, nuestro propio punto de vista. Éstas son las cosas que podemos estar adorando. La teología se ha
convertido, a menudo, en un ídolo para muchos que, en realidad, han estado adorando ideas y no a Dios. A pesar de lo terrible que es esto, estoy seguro de que todos coincidirán en lo fácil que es olvidar la persona del Señor Jesucristo y circunscribir nuestra adoración a las ideas, a las teorías y a las enseñanzas relacionadas con él.

Además, hay personas que adoran sus propias experiencias; no hablan de Dios, hablan de ellos mismos y lo que les ha sucedido teniendo siempre al yo en primer plano usurpando el lugar de Dios. Hay quienes adoran al estado o a ciertas personas en el poder. Existe una especie de misticismo que se ha ido desarrollando… hay quienes todavía adoran al estado, a su poder y a lo que éste puede hacer por ellos, viven para él, haciéndolo su ídolo, su dios.

O quizá el ídolo supremo es el yo, porque me imagino que en un último análisis podemos encontrar el origen de todos los demás en el yo. Las personas, por ejemplo, adoran su país porque es su país. No adoran otro país y eso es por una sola razón: Nacieron en este país en lugar de aquél. Se trata de ellos mismos. Sucede lo mismo con los hijos; es porque son sus hijos. ¿Y estos otros? Pues bien, se trata de la relación con los que significan algo para usted; siempre se trata del yo. Todos los santos a través de los siglos, así lo han reconocido. El ídolo definitivo con el cual debemos tener sumo cuidado es este horrible yo, la preocupación por nosotros mismos, poniéndonos a nosotros mismos en el lugar donde debiéramos poner a
Dios. Todo gira alrededor de mí mismo, mis intereses, mi posición, mi desarrollo y todo lo que se deriva de eso.

El peligro más grande en la vida espiritual es la idolatría y el hecho que se infiltra en todas nuestras actividades. Se inmiscuye en nuestra obra cristiana. El peligro más grande que enfrenta el predicador detrás del púlpito, es la preocupación de querer predicar de cierta manera en particular. Se inmiscuye en todas nuestras actividades. Examinémonos a nosotros
mismos mientras pensamos en estas cosas.

Continuará …

Tomado de Life of God Dios, Tomo 5, en Life in Christ: Studies in 1 John por David Martyn Lloyd-Jones

________________________________________________________


David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Después de estudiar medicina exitosamente, estuvo a punto de ejercer dicha profesión cuando Dios lo llamó a predicar el evangelio. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Gales.