Esperanza. Convertimos en nuestro dios a aquello en que ciframos nuestra esperanza porque tener esperanza en algo o alguien es un acto de adoración… y la adoración corresponde sólo a Dios. Es su prerrogativa ser la esperanza de su pueblo (Jer. 17:13; Ro. 15:13). Cuando ciframos en otras cosas nuestra esperanza, les rendimos el honor que le corresponde sólo a Dios; es dejar al Señor, la Fuente, y remplazarlo con cisternas rotas (Jer. 2:13), adorándolas como si fueran Dios. Esto hacen abiertamente los papistas cuando ponen su esperanza en María, la cruz de madera y los santos difuntos. Y lo mismo hacen otros entre nosotros que ponen su esperanza en sus oraciones, su dolor por su pecado, sus obras de caridad o
cualquier otro acto religioso o de justicia y cuando esperan satisfacer la justicia, pacificar el desagrado de Dios, con el fin de comprarse el cielo. Nada puede comprarlo, sino aquello que es infinito: La justicia de Dios. Y ésta la obtenemos sólo en y de Cristo. Por lo tanto, la Palabra lo llama nuestra esperanza (1 Ti. 1:1) y “nuestra esperanza de gloria” (Col. 1:27). Los que hacen de su propia justicia el fundamento de su esperanza, la exaltan en lugar de Cristo y la honran en lugar de Dios.

Anhelos. Convertimos en nuestro dios a aquello que más anhelamos porque uno anhela lo que considera de más valor, de hecho, por eso es que lo anhela tanto. Y lo que considera de más valor, se convierte en su dios. Anhelar es un acto de adoración… y eso que más se anhela es justamente esa adoración, esa honra debida sólo a Dios. Anhelar cualquier cosa más o
tanto como anhelar a Dios es idolatrarla, es postrar el corazón ante ella y adorarla como sólo Dios debe ser adorado. Sólo él debe ser el objeto anhelado por sobre todas las cosas como lo fue para David (Sal. 27:4).

Deleite. Convertimos en nuestro dios a aquello que más nos deleita y más alegría nos produce porque el deleite trascendente es un acto de adoración del cual sólo Dios es digno. Y este sentimiento, en toda su plenitud, se llama glorificar. Nos gloriamos en aquello que nos deleitamos por sobre todas las cosas y esa es una prerrogativa que el Señor impugna (1
Co. 1:31; Jer. 9:23, 24). Alegrarnos en nuestra sabiduría, fuerza y riqueza más que en el Señor, es idolatría. Deleitarnos más en nuestras relaciones, cónyuge o hijos, en conforts y comodidades externas, en lugar de hacerlo en Dios, es adorarlos tal como deberíamos adorar sólo a Dios. Deleitarnos en cualquier tipo de pecado, inmundicia, intemperancia y actividad
terrenal que en los caminos de Dios, que en esos servicios espirituales y celestiales en que podemos disfrutar de Dios, es idolatría.

Celo. Convertimos en nuestro dios aquello por lo cual sentimos más celo porque tal celo es un acto de adoración del cual sólo Dios es digno. Por lo tanto, es idólatra ser más celosos de nuestras propias cosas que de las cosas de Dios, ser entusiastas por nuestras propias causas e indiferentes a la causa de Dios, ser más ardientes por nuestros propios méritos, intereses y logros que por las verdades, los caminos y la honra de Dios; ser fervientes en espíritu, persiguiendo nuestros propios intereses, promoviendo nuestros designios, pero tibios e indiferentes en el servicio de Dios; considerar intolerables los reproches, las calumnias e injurias de las que somos objeto, pero no demostrar nada de indignación cuando Dios es deshonrado, cuando su nombre, su Día, su adoración son profanados y cuando sus verdades, caminos y pueblo son injuriados.

Gratitud. Convertimos en nuestro dios a aquello por lo cual sentimos más gratitud porque la gratitud es un acto de adoración. Adoramos aquello por lo cual estamos más agradecidos. Podemos sentir agradecimiento por otras personas, podemos reconocer la ayuda que
significan tantos medios e instrumentos; pero si allí nos quedamos y no nos elevamos más allá de nuestra gratitud y reconocimiento; si el Señor no es recordado como aquel sin quien nada es posible, es idolatría. El Señor acusa de idólatras a los que hacen esto (Os. 2:5, 8). Por lo tanto, cuando atribuimos nuestra prosperidad y riquezas a nuestro propio esfuerzo y
trabajo; nuestro éxito a nuestro propio discernimiento y diligencia cometemos idolatría. Cuando adjudicamos la solución de nuestros problemas a nuestro amigos, medios y recursos, sin mirar más allá, o no tanto a Dios como a estos, los estamos idolatrando y ofreciendo sacrificios a ellos, tal como lo expresa el profeta (Hab. 1:16). Atribuir aquello que proviene de Dios a las criaturas, es colocar lo creado en el lugar del Creador, y eso es idolatría (Ro. 1:25).

Cuando nos interesamos y desvelamos más por otras cosas que por Dios caemos en la idolatría. Nadie puede servir a dos señores. No podemos servir a Dios y a las riquezas, ni a Dios y nuestras concupiscencias al mismo tiempo, porque servirnos a nosotros mismos y servir al mundo monopoliza los intereses, desvelos y esfuerzos que obligadamente deben
ser consagrados al Señor si hemos de servirle como nuestro Dios. Y cuando estos son para el mundo y nuestras concupiscencias, les estamos sirviendo como deberíamos servir a Dios y, entonces, los convertimos en nuestros dioses. Cuando nos preocupamos y desvelamos más por complacernos a nosotros mismos y complacer a los demás que por complacer a Dios, nos ocupamos más de nosotros mismos y de nuestra posteridad que de ser más útiles a Dios, cometemos idolatría. Cuando estamos más interesados en lo que comemos, bebemos o vestimos, que por honrar y disfrutar a Dios, o de satisfacer las necesidades de la carne y sus deseos, que satisfacer la voluntad de Dios, somos idólatras. Cuando nos desvelamos más por
promover nuestros propios intereses que los designios de Dios; por ser ricos, grandes o respetados entre los hombres que por el hecho de que Dios sea honrado y dado a conocer en el mundo, estamos formando dioses ajenos y alejándonos de Dios. Cuando estamos más interesados en cómo obtener logros del mundo que en cómo emplearlos para Dios; levantarnos temprano, acostarnos tarde, ser hacendosos para prosperar materialmente,
mientras la causa, los caminos y los intereses de Cristo son objeto de poco o ningún esfuerzo de nuestra parte, es idolatrar al mundo, a nosotros mismos, nuestras concupiscencias y nuestra relaciones mientras que descuidados al Dios del cielo. Por todos estos intereses humanos, la adoración y el servicio que se le deben tributar sólo a él son consagrados
idolátricamente a otras cosas.

Aquel que por fin encuentra a Cristo y hace de él su meta principal aquietará su corazón, falte lo que le falte y pierda lo que pierda. Lo considera como su recompensa perfecta por todas sus lágrimas, oraciones, inquietudes, esperas y esfuerzos.

Tomado de “Soul Idolatry Excludes Men out of Heaven” en The Works of David Clarkson.

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David Clarkson (c. 1621-1686): Predicador y autor puritano. Colega de John Owen y su sucesor en el púlpito. Nacido en Workshire, Inglaterra.