Intención. Convertimos en nuestro dios a aquello que más tenemos intención de hacer porque lo que es prioritario en nuestras intenciones es un acto de adoración que debiéramos rendir sólo al Dios verdadero. Siendo él el principal bien, debe ser también la meta final de nuestras intenciones. Ahora bien, lograr nuestra meta final tiene que ser también nuestra finalidad principal; es decir, hemos de apuntar a esa meta por sí misma, y todo lo demás que queremos lograr debe sujetarse a ella. Ahora bien, cuando hacemos de otras cosas nuestra meta principal, las estamos colocando en lugar de Dios y las convertimos en ídolos. Cuando
nuestra intención principal es llegar a ser ricos, grandes, famosos o poderosos; cuando nuestro gran propósito es lograr nuestro propio confort o placer, obtener reconocimientos, ganancias o beneficios; cuando nuestra meta o intención principal es otra que glorificar y disfrutar de Dios, caemos en la idolatría del alma.

Determinación. Convertimos en nuestro dios aquello que más determinamos hacer. La determinación de poner a Dios sobre todas las cosas es un acto de adoración que éste nos exige como algo debido sólo a él. Suplantar eso por otras cosas es darles a éstas la adoración que corresponde a Dios y, por ende, convertirlos en dioses. Lo hacemos cuando seguimos con determinación otros intereses debido a nuestras concupiscencias, antojos, ventajas externas, mientras que apenas si seguimos a Dios, sus caminos, su honra y su servicio.
Hacemos determinaciones idólatras cuando optamos por otras cosas y dejamos a Dios para otro momento: “Déjenme disfrutar ahora plenamente del mundo, de lo que me place, de mis concupiscencias; pensaré en Dios en el futuro, cuando sea anciano, esté enfermo y en mi lecho de muerte”. Dejamos a Dios de lado; las criaturas y nuestros deseos carnales ocupan el lugar de Dios y damos a estos la honra debida sólo a él.

Amor. Convertimos en nuestro dios aquello que más amamos porque el amor es un acto de adoración del alma. A veces amar y adorar son sinónimos. Lo que uno ama, eso adora. Es indudable que si nuestra intención es amar algo superlativo, pero que no es Dios, amar aquello por sobre todas las cosas es idolatría porque amar es un acto de honra, adoración, que el Señor declara que se debe rendir a él exclusivamente (Dt. 6:5). El Señor Jesús resumió en Mateo 22:37 toda la adoración requerida del hombre. Podemos amar otras cosas, pero él debe ser amado por sobre todas ellas. Ha de ser amado transcendental y absolutamente por quién él es. Todas las cosas deben ser amadas en él y por él. Él considera que no lo estamos adorando en absoluto, que no lo estamos considerando el único Dios cuando amamos a otras cosas más que a él, o tanto como a él (1 Jn. 2:15). El amor, cuando se sale de las reglas prescritas, es un afecto idólatra.

Confianza. Convertimos en nuestro dios aquello en que más confiamos porque confianza y dependencia es un acto de adoración que el Señor proclama le debemos rendir sólo a él. ¿Y qué acto de adoración existe que el Señor más requiere que esta dependencia del alma sólo de él? “Fíate de Jehová de todo tu corazón” (Pr. 3:5). Confiar en las riquezas: Job lo rechaza
y cuenta entre los actos idólatras que eran juzgados como una maldad (Job 31:24). David se suma a esto y lo considera como un rechazo a Dios (Sal. 52:7) y nuestro Apóstol, quien llama idolatría a la avaricia, aconseja no poner la confianza en las riquezas en lugar de ponerla en Dios (1 Ti. 6:17). Confiar en los amigos aunque sean muchos y poderosos. Condena esto porque significa apartarse de Dios, renunciar a Dios y dar más fuerza a lo que confiamos en lugar de Dios (Sal. 146:3). Salmo 118:8-9 afirma: “Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes”. La idolatría que significa esta confianza equivocada, es que el verdadero Dios es olvidado. Confiar en la criatura en lugar del Creador siempre es idolatría.

Temor. Convertimos en nuestro dios aquello a lo que más tememos porque el temor es un acto de adoración. Ciertamente que el que teme, adora a lo que teme, cuando lo que teme es trascendente. Las Escrituras definen a menudo la adoración total a Dios con esta sola palabra: Temor (Mt. 4:10; Dt. 6:13) y el Señor impugna esta adoración o sea, ese temor
que es debido sólo a él (Is. 51:12-19). Nuestro dios es ese temor que nos domina (Lc. 12:4, 5). Si tememos otras cosas más que a él, estamos rindiendo a ellas el culto que corresponde solo a Dios y eso es, simple y llanamente, idolatría.

Continuará …

Tomado de “Soul Idolatry Excludes Men out of Heaven” en The Works of David Clarkson.

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David Clarkson (c. 1621-1686): Predicador y autor puritano. Colega de John Owen y su sucesor en el púlpito. Nacido en Workshire, Inglaterra.