“Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).

El avaro, al igual que cada uno mencionado en nuestro texto, es un idólatra. No sólo el avaro, sino que también el inmundo, es idólatra. Porque el apóstol, que cataloga a la avaricia como
idolatría, incluye también como idólatra al que sólo piensa en lo terrenal, que hace del vientre su dios (Fil. 3:19). De hecho, cada lascivia reinante es un ídolo y cada persona en la que reina, es un idólatra. “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”, es decir los placeres, las riquezas y los honores que recibe son la trinidad del hombre
carnal, los tres grandes ídolos del hombre mundano, ante los cuales postra su alma. Y al darles aquello que corresponde sólo a Dios, se hacen culpables de idolatría. Para hacer más claro el hecho de que la avaricia, la inmundicia y demás deseos de la carne son idolatría, consideremos qué es y las formas cómo se manifiesta.

Idolatría es darle el honor y la adoración a la criatura que le corresponde únicamente a Dios (Ro. 1:25). Ahora bien, cuando esta adoración se hace común y se adoran otras cosas, sean lo que sean, hacemos de ellas ídolos y, por ende, cometemos idolatría. Sucede que esta adoración debida sólo a Dios no es algo que hacen únicamente los paganos al adorar a sus dioses; los papistas a los ángeles, santos, imágenes, etc., sino también el hombre carnal a sus deseos porque hay una adoración doble que se debe rendir sólo a Dios:

Externa, que consiste de actos y lenguaje corporal. Cuando el hombre se inclina o se postra ante algo, esto es adoración del cuerpo. Y cuando alguien se inclina o se postra ante algo o alguien, no por un respeto común sino religioso, con intención de honrar a algo considerándolo divino, entonces esto es adoración debida sólo a Dios.

Interna, que consiste de actos del alma y acciones que responden a ella. Cuando la mente está dominada por un objeto y el corazón y los afectos se concentran en él, esto es adoración del alma; y esta adoración le corresponde sólo a Dios porque siendo él el mejor bien y lo máximo entre las criaturas inteligentes, es a quien le corresponde y es la correcta cuando brota del alma y se dirige únicamente a él. La verdadera adoración es darle sólo a Dios, el primer y más elevado lugar en nuestro pensamiento, corazón y acciones.

Ahora bien, según esta distinción en la adoración, existen dos clases de idolatría:

Idolatría abierta, externa, cuando los hombres, por respeto religioso se inclinan o se postran ante algo o alguien aparte de Dios. Ésta es la idolatría de los paganos y parte de la idolatría de los papistas.

Idolatría secreta y del alma, cuando la mente y el corazón se dirigen a cualquier otra cosa o persona aparte de Dios; cuando cualquier cosa se valora más y se quiere más; cualquier objeto o persona en que se confía más, se ama más o cuando nuestros empeños son para algo o alguien que no es Dios. Entonces, esa es adoración del alma que es debida sólo a Dios. Por lo tanto, los idólatras secretos no tendrán herencia en el reino de Dios. Tanto la idolatría del alma como la idolatría externa excluyen al hombre del cielo. El que satisface sus concupiscencias es tan inepto para el cielo como el que sirve y adora a ídolos de madera o de piedra. Antes de pasar a confirmar y aplicar esta verdad, será mejor exponer con más claridad esta idolatría secreta. Para hacerlo, consideremos que hay trece actos de adoración del alma:

Estima. Convertimos en dios a aquello que más valoramos porque la estima es un acto de adoración del alma. Adoración es la estima mental de algo que es de gran excelencia. De hecho, el Señor considera la estima más alta un acto de honra y adoración debido sólo a él. Por lo tanto, tener una alta estima por otras cosas, mientras estimamos menos a Dios, es
idolatría. Tener una alta opinión de nosotros mismos, de nuestro papel y logros, de nuestras relaciones y nuestros placeres, de nuestras riquezas y honores, es idolatría. Cuando exaltamos a aquellos que son ricos y honorables o le damos gran valor a cualquier cosa semejante, a la vez que valoramos menos a Dios. Cuando ponemos estas cosas en lugar de Dios, haciendo de ellas ídolos por darles el honor y la adoración debida sólo a la Majestad divina, estamos practicando idolatría. Convertimos en nuestro Dios a lo que más estimamos o sea que si usted estima más a otras cosas o personas, es idólatra (Job 21:14).

Predisposición. Convertimos en nuestro dios a aquello por lo cual tenemos mayor inclinación. Lo que más ocupa nuestra mente, aquello en lo que más pensamos movidos por nuestra predisposición, es adoración que corresponde a Dios, y que él mismo declara que se le debe rendir únicamente a él (Ec. 12:1). Podemos tener inclinación hacia otras cosas, pero si nos inclinamos más hacia ellas que a Dios, es idolatría. Al ser humano se le manda adorar a Dios. Puede haber inclinación por otras cosas, pero si hay más inclinación por ellas que por Dios, es idolatría; la adoración a Dios es dirigida a la criatura antes que al Creador. Cuando nos prestamos más atención a nosotros mismos, a nuestras propiedades e intereses, a nuestras ganancias o placeres más que a Dios, erigimos estas cosas como nuestros dioses dándoles el lugar de Dios. Cuando ese tiempo, que debiera estar saturado de pensamientos acerca de Dios, está copado por pensamientos hacia otras cosas, es idolatría. Cuando Dios no está en todos nuestros pensamientos o cuando lo está, pero en menor grado. O cuando no pensamos en él para nada, lo cual deberíamos hacer cotidianamente con seriedad, pero en cambio voluntariamente, en lugar de pensar en Dios, enfocamos nuestros pensamientos en otras cosas, caemos en idolatría.

Si usted no piensa en Dios o piensa de él algo diferente de lo que es; si piensa que es todo misericordia, olvidando su justicia; si piensa que es todo misericordia y compasión, y no tiene en cuenta su pureza y santidad; si piensa en su fidelidad en cumplir sus promesas, olvidando que también cumple sus amenazas; si lo cree todo amor, dejando de lado su soberanía, entonces tiene un ídolo en lugar de Dios. Pensar en él de una manera distinta de la que se ha revelado y dedicar sus afectos a otras cosas tanto o más que a Dios, es idolatría.

Continuará …

Tomado de “Soul Idolatry Excludes Men out of Heaven” en The Works of David Clarkson.

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David Clarkson (c. 1621-1686): Predicador y autor puritano. Colega de John Owen
y su sucesor en el púlpito. Nacido en Workshire, Inglaterra.