En primer lugar, todos nosotros, por naturaleza, estamos legalmente muertos: “Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17), le dijo Dios a Adán y, aunque Adán no murió en ese momento físicamente, murió legalmente; es decir, su muerte quedó registrada
en su contra. Tan pronto como en Old Bailey, el juez se cubre la cabeza con una gorra negra y pronuncia la sentencia, el reo es considerado muerto según la ley. Aunque pueda transcurrir todavía un mes antes de que sea llevado al cadalso para que se cumpla la sentencia, la ley lo considera un hombre muerto. Es imposible que ese hombre realice ninguna transacción. No puede heredar nada ni puede hacer un testamento; él no es nada: Es un hombre muerto. Su país considera que no tiene vida. Si hay elecciones, él no puede votar porque está considerado como muerto. Está encerrado en su celda de condenado a muerte y es un muerto vivo.

¡Ah! Ustedes, pecadores impíos, que nunca han tenido vida en Cristo, ustedes están vivos hoy, por una suspensión temporal de la sentencia, pero deben saber que ustedes están legalmente muertos; que Dios los considera así, que el día en que su padre Adán tocó el fruto y cuando ustedes mismos pecaron, Dios, el Eterno Juez, se puso una gorra negra de Juez y los ha condenado.

Ustedes tienen opiniones muy elevadas acerca de propia posición, y de su bondad, y de su moralidad. ¿Dónde está todo eso? La Escritura dice que “ya han sido condenados” (Jn. 3:18). No tienen que esperar el Día del juicio para escuchar la sentencia (allí será la ejecución de la sentencia) ustedes “ya han sido condenados”. En el instante en que pecaron, sus nombres fueron inscritos en el libro negro de la justicia; cada uno ha sido sentenciado a muerte por Dios, a menos que encuentre un sustituto por sus pecados en la persona de Cristo.

¿Qué pensarían ustedes si entraran en la celda de un condenado a muerte y vieran al reo sentado en su celda riéndose muy feliz? Ustedes dirían: “Ese hombre es un insensato, pues ya ha sido condenado y va a ser ejecutado; sin embargo, cuán feliz está”. ¡Ah! ¡Y cuán insensato es el hombre del mundo, quien, aunque tiene una sentencia registrada en su contra, vive muy contento! ¿Piensas tú que la sentencia de Dios no se cumplirá? ¿Piensas tú que tu pecado, que está escrito para siempre con una pluma de hierro sobre las rocas, no contiene horrores en su interior? Dios dice que ya has sido condenado. Si tan sólo pudieras sentirlo, esto mezclaría gotas amargas en tu dulce copa de gozo; tus bailes llegarían a su fin, tu risa se convertiría en llanto, si recordaras que ya has sido condenado. Todos nosotros deberíamos llorar si grabáramos esto en nuestras almas: Que, por naturaleza, no tenemos vida ante los ojos de Dios; que estamos, en realidad, efectivamente condenados; que tenemos una sentencia de muerte en contra nuestra y que somos considerados por Dios tan muertos, como si en realidad ya hubiésemos sido arrojados al infierno. Aquí ya hemos sido condenados por el pecado. Aún no hemos sufrido el correspondiente castigo, pero la sentencia ya está escrita y estamos legalmente muertos. Tampoco podemos encontrar vida, a menos que encontremos vida ante la ley en la persona de Cristo, de lo que hablaremos
más adelante.

Pero, además de estar legalmente muertos, también estamos muertos espiritualmente
porque, además de que la sentencia fue registrada en el libro, también se registró en el corazón; entró en la conciencia; obró en el alma, en la razón, en la imaginación, en fin, en todo. “…el día que de él comieres, ciertamente morirás”, se cumplió, no sólo por la sentencia que fue registrada, sino por algo que ocurrió en Adán. De la misma forma que en un momento determinado, cuando me muera, la sangre se detendrá, cesará de latir el pulso, los pulmones dejarán de respirar, así el día que Adán comió del fruto, su alma murió. Su imaginación perdió su poder maravilloso de elevarse hacia las cosas celestiales y ver el cielo, su voluntad perdió el poder que tenía para elegir siempre lo bueno, su juicio perdió toda la habilidad anterior de discernir entre el bien y el mal, de manera decidida e infalible, aunque algo de eso fue retenido por la conciencia; su memoria quedó contaminada, sujeta a recordar lo malo y olvidar lo bueno; todas sus facultades perdieron el poder de la vitalidad moral. La bondad, que era la vitalidad de sus facultades, desapareció. La virtud, la santidad, la integridad, todas estas cosas, eran la vida del hombre; pero cuando desaparecieron, el hombre murió. Y ahora, todo hombre, está “muerto en sus delitos y pecados” (Ef. 2:1) espiritualmente. En el hombre carnal, el alma no está menos muerta de lo que está un cuerpo cuando es depositado en la tumba; está real y efectivamente muerta, no a la manera de una metáfora, pues Pablo no está hablando de manera metafórica cuando afirma: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1).

Pero, queridos lectores, nuevamente quisiera poderles predicar a sus corazones en relación a este tema. Ha sido algo penoso tener que recordarles que la muerte ya está registrada; pero ahora tengo que hablarles y decirles que la muerte ya ha ocurrido, efectivamente, en sus corazones. Ustedes no son lo que antes eran; ustedes no son lo que eran en Adán, ni son lo que eran cuando fueron creados. El hombre fue creado puro y santo. Ustedes no son las criaturas perfectas que algunos presumen ser; ustedes están completamente caídos, completamente extraviados, llenos de corrupción y suciedad. ¡Oh! Por favor, no escuchen el canto de la sirena de quienes les hablan de su dignidad moral o de su elevada capacidad en los asuntos de la salvación. Ustedes no son perfectos; esa terrible palabra “ruina”, está escrita en sus corazones y la muerte está sellada en su espíritu.

No pienses, oh hombre moral, que tú serás capaz de comparecer ante Dios sólo con tu moralidad, pues no eres otra cosa que un cadáver embalsamado en legalidad, un esqueleto vestido elegantemente, pero, al final, putrefacto a los ojos de Dios. ¡Y tampoco pienses tú, que posees una religión natural, que tú puedes hacerte aceptable ante Dios mediante tu propia fuerza y poder! ¡Vamos, hombre! ¡Tú estás muerto! Y tú puedes maquillar a un muerto tan gloriosamente como te plazca, pero no dejará de ser una solemne burla.

Allí está la reina Cleopatra con una corona sobre su cabeza, vestida con sus mantos reales, siendo velada en la sala mortuoria. ¡Pero qué escalofríos recorren tu cuerpo cuando pasas junto a ella! Aun en su muerte, se ve bella. ¡Pero cuán terrible es estar junto a un muerto, aun si se trata de una reina muerta, muy celebrada por su belleza majestuosa! Así también tú puedes tener una belleza gloriosa y ser atractivo, amable y simpático; te pones sobre tu cabeza la corona de la honestidad y te vistes con los vestidos de la rectitud, pero, a menos que Dios te haya dado vida60, ¡oh, hombre!, a menos que el Espíritu haya obrado en tu alma, tú eres a los ojos de Dios tan desagradable, como ese frío cadáver es desagradable para ti.

Tú no elegirías vivir con un cadáver para que comparta tu mesa; tampoco a Dios le agrada tenerte ante sus ojos. Él está airado contigo cada día (Sal. 7:11), pues tú estás en pecado, tú estás muerto. ¡Oh! Debes creer esto; deja que penetre en tu alma; aplícalo a ti, pues es muy cierto que estás muerto, tanto espiritualmente como legalmente.

Extracto de El libre albedrío: Un Esclavo.

____________________________________________________

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en
Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.