“En la Epístola a los Efesios, Pablo declara que antes de la vivificación del Espíritu de Dios, cada alma yace muerta en transgresiones y pecados. Ahora, seguramente se puede asegurar que estar muerto y estar muerto en pecado, es evidencia clara y positiva de que no queda ni aptitud ni poder para la realización de ninguna acción espiritual. Si un hombre está muerto, en un sentido natural y físico, de inmediato se declara su inhabilidad para realizar cualquier acción física. Un cadáver no puede actuar de ninguna manera y un hombre que se atreve a afirmar lo contrario sería recordado como alguien que ha perdido el juicio. Si un hombre está muerto espiritualmente, por lo tanto, es igualmente evidente que es incapaz de realizar ninguna acción espiritual, y, por lo tanto, la doctrina de la incapacidad moral del hombre descansa sobre una fuerte evidencia bíblica”.


“Según el principio de que nada limpio puede salir de lo que es impuro (Job 14:4), todos los que nacen de mujer son declarados ‘abominables y sucios’, para cuya naturaleza sólo la iniquidad es atractiva (Job 15:14-16). Por consiguiente, para volverse pecadores, los hombres no esperan hasta que llega la edad de su uso de razón. Más bien, son apóstatas desde el vientre y, tan pronto como nacen, se desvían, diciendo mentiras (Sal. 58:3); incluso son moldeados en la iniquidad y concebidos en el pecado (Sal. 51:5). La propensión ( יעֵֶר ) de su corazón es mala desde su juventud (Gn. 8:21) y es del corazón de donde todos los asuntos de la vida proceden (Pr. 4:23; 20:11). Los actos de pecado, por lo tanto, no son sino la expresión del corazón natural, que es engañoso sobre todas las cosas y está desesperadamente enfermo (Jer. 17:9)”.


Ezequiel presenta esta misma verdad en un lenguaje gráfico y nos da la imagen de la recién nacida indefensa que fue arrojada afuera en su sangre y dejada a morir, pero que el Señor, en su gracia, encontró y cuidó (Ez. 16).

Esta doctrina del pecado original supone que los hombres caídos tienen la misma clase y grado de libertad para pecar bajo la influencia de una naturaleza corrupta que el diablo y los demonios, o que pueden actuar correctamente bajo la influencia de una naturaleza santa, como los santos en gloria y los santos ángeles. Es decir, los hombres y los ángeles actúan de acuerdo a su naturaleza. Así como los santos y los ángeles son confirmados en santidad, es decir, poseen una naturaleza totalmente inclinada a la justicia y adversa al pecado, la naturaleza de los hombres caídos y de los demonios es tal que no pueden realizar un solo acto con motivos correctos hacia Dios. De ahí, la necesidad de que Dios cambie soberanamente el carácter de la persona en la regeneración.


Las ceremonias de circuncisión del niño recién nacido y de purificación de la madre del Antiguo Testamento fueron diseñadas para enseñar que el hombre viene al mundo pecaminoso, que desde la caída, la naturaleza humana es corrupta en su origen mismo.


Pablo declaró esta verdad de una manera más fuerte en 2 Corintios 4:3-4: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. En una palabra entonces, los hombres caídos sin las operaciones del Espíritu de Dios están bajo el gobierno de Satanás. Son llevados cautivos por él a su voluntad (2 Ti. 2:26). Mientras este hombre fuerte y totalmente armado no sea expulsado por aquel que es “más fuerte que él”, mantendrá su reino en paz y sus cautivos cumplirán voluntariamente sus órdenes. Pero el “más fuerte que él” lo ha vencido, le ha quitado su armadura y ha liberado parte de sus cautivos (Lc. 11:21-22; Mt. 12:29-30; Mr. 3:27-28). Dios, ahora ejerce el derecho de liberar a quien Él quiera y todos los cristianos nacidos de nuevo son pecadores rescatados de ese reino.


Las Escrituras declaran que el hombre caído es un cautivo, un esclavo dispuesto al pecado, y completamente incapaz de liberarse de su esclavitud y corrupción. Es incapaz de comprender y, mucho menos, de hacer las cosas de Dios. Existe lo que podríamos llamar “la libertad de la esclavitud”, un estado en el que el sujeto es libre sólo de hacer la voluntad de su amo, que en este caso es el pecado. A esto se refirió Jesús cuando dijo: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8:34).


Y siendo tal la profundidad de la corrupción del hombre, está totalmente más allá de su propio poder limpiarse a sí mismo. Su única esperanza de enmendar su vida, yace de acuerdo a esto, en un cambio de corazón, el cual es traído por el poder soberano del Espíritu Santo “capaz de crear de la nada”, Quien trabaja cuando, donde y como le plazca (Jn. 3:8). Es como si se intentara bombear el agua de un barco con fugas mientras estas aún no han sido reparadas, del mismo modo ocurre si se trata de reformar a los que no se han regenerado sin este cambio interior. O también como muy bien dice la Escritura: ¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23). Este cambio de la muerte espiritual a la vida espiritual lo llamamos regeneración58. En las Escrituras, se hace referencia a ella en varios términos: La “regeneración”, la vivificación, la llamada de las tinieblas a la luz, un despertar, el nuevo nacimiento, la eliminación del corazón de piedra y la entrega del corazón de carne, etc., cuya obra es exclusivamente del Espíritu Santo (Tit. 3: 5; Ef. 2:5; 1 P. 2:9; Ez. 36:26). Como resultado de este cambio, un hombre llega a ver la verdad y la acepta con gusto. Sus mismos instintos e impulsos íntimos se trasladan al lado de la Ley, en la que la obediencia se convierte en la expresión espontánea de su naturaleza. Se dice que la regeneración es obra del mismo poder sobrenatural que Dios hizo en Cristo cuando lo resucitó de los muertos (Ef. 1:18-20). El hombre no posee el poder de la auto-regeneración y hasta que este cambio interior tenga lugar, no puede ser convencido de la verdad del evangelio por ninguna cantidad de testimonio externo. “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lc. 16:31).

De (The Reformed Doctrine of Predestination).

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Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.