Declaración de la doctrina: En la Confesión de Westminster, la doctrina de la incapacidad total se establece de la siguiente manera:

“El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido por completo toda capacidad de voluntad para obtener cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación; así como un hombre natural, completamente reacio al bien y muerto en pecado, no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse a sí mismo, o prepararse para ello”.

Pablo, Agustín y Calvino tienen como punto de partida, el hecho de que toda la humanidad pecó en Adán y que todos los hombres están sin excusa (Ro. 2:1). Una y otra vez, Pablo nos dice que estamos muertos en delitos y pecados, alejados de Dios e indefensos. Al escribir a los cristianos de Éfeso, les recordó que antes de recibir el Evangelio estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12). Allí notamos el énfasis quíntuple al apilar frase sobre frase para enfatizar esta verdad.


El alcance y los efectos del pecado original: Esta doctrina de la inhabilidad total, que declara que los hombres están muertos en pecado, no significa que todos los hombres sean igualmente malos, ni que cualquier hombre sea tan malo como podría serlo, ni que alguien sea completamente destituido de la virtud, ni que la naturaleza humana sea mala en sí misma, ni que el espíritu del hombre sea inactivo y, mucho menos, que el cuerpo esté muerto. Lo que sí significa es que desde la Caída, el hombre yace bajo la maldición del pecado el cual es activado por principios equivocados y que es totalmente incapaz de amar a Dios o de hacer algo que merezca la salvación…

Es en este sentido que el hombre desde la Caída “está totalmente indispuesto, incapacitado, hace lo opuesto a todo lo bueno y está totalmente inclinado a todo lo malo”. Posee un sesgo fijo de la voluntad contra Dios e, instintiva y voluntariamente, se vuelve hacia el mal. Es un extranjero de nacimiento y un pecador por elección. La incapacidad bajo la cual trabaja no es una incapacidad para ejercer voluntades, sino una incapacidad para estar dispuesto a ejercer voluntades santas. Y es esta faceta, la que llevó a Lutero a declarar que “el libre albedrío es una frase vacía, en la cual la realidad se ha perdido. La libertad perdida, según mi gramática, no es libertad en absoluto”. En lo que concierne a su salvación, el hombre no regenerado no tiene libertad para elegir entre el bien y el mal, sino sólo para elegir entre el mal mayor y el menor, que no es propiamente libre albedrío. El hecho de que el hombre caído todavía tenga la habilidad de hacer ciertos actos moralmente buenos en sí mismos, no prueba que pueda hacer actos que merezcan la salvación, pues sus motivos pueden ser totalmente erróneos.

El hombre es un agente libre, pero no puede originar el amor de Dios en su corazón. Su voluntad es libre en el sentido de que no está controlada por ninguna fuerza fuera de sí mismo. Así como el pájaro con el ala rota es “libre” para volar, pero no puede, así el hombre natural es libre para venir a Dios, pero no puede. ¿Cómo puede arrepentirse de su pecado cuando él lo ama? ¿Cómo puede acercarse a Dios cuando lo odia? Ésta es la incapacidad de la voluntad bajo la cual el hombre trabaja. Jesús dijo: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19) y otra vez: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40). La ruina del hombre reside principalmente en su propia voluntad perversa. No puede venir porque no quiere. La ayuda es suficiente si sólo está dispuesto a aceptarla. Pablo nos dice: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Ro. 8:7).

Asumir que porque el hombre tiene la habilidad de amar, por lo tanto tiene la habilidad de amar a Dios, es tan sabio como asumir que ya que el agua tiene la habilidad de fluir, por lo tanto tiene la habilidad de fluir hacia arriba; o razonar que debido a que un hombre tiene el poder de lanzarse desde la cima de un precipicio hacia abajo, tiene el mismo poder para transportarse de abajo hacia arriba.

El hombre caído no ve nada deseable en Aquel que es “todo él codiciable… señalado entre diez mil” (Cnt. 5:16, 10). Puede que admire a Jesús como hombre, pero no quiere tener nada que ver con Él como Dios y resiste las influencias santas externas del Espíritu con todo su poder. El pecado, se ha convertido en su elemento natural, de tal suerte que no tiene ningún deseo de salvación; olvidando por completo la justicia. La naturaleza caída del hombre da lugar a una ceguera, estupidez y oposición muy obstinada con respecto a las cosas de Dios. Su voluntad está bajo el control de un entendimiento oscuro, que pone dulce por amargo y amargo por dulce, bueno por malo y malo por bueno (Is. 5:20). En lo que se refiere a su relación con Dios, sólo quiere lo que es malo y lo desea libremente. La espontaneidad y la esclavitud existen realmente juntas.

Continuará …

De (The Reformed Doctrine of Predestination).

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Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.