La depravación humana

La Biblia nos dice que aunque el hombre caído es capaz de hacer algunos actos externamente buenos, no puede hacer nada verdaderamente bueno o agradable a los ojos de Dios (Ro. 8:8), a menos que sea regenerado por el Espíritu Santo (Jn. 3:1-8). Desde el punto de vista de Dios, que es el único punto de vista verdadero, el hombre natural es incapaz de ser bueno en pensamiento, palabra o acción y, por lo tanto, no puede contribuir en nada a su salvación. Él está en total rebelión contra Dios.

Cuando hablamos de depravación total, estamos confesando nuestra falta de mérito y corrupción ante Dios por nuestros pecados originales y actuales. No podemos ni borrar nuestra falta de mérito ni hacer nada para merecer el favor salvador de Dios. Para comprender todas las implicaciones de esta verdad, debemos entender cinco cosas que se encuentran en el corazón de lo que la Escritura presenta como depravación total.

Primero, la depravación total es inseparable de la iniquidad. La depravación total es el resultado inevitable de nuestro pecado, y el pecado es el resultado inevitable de nuestra depravación total. No puedes entender lo que es la depravación total, si no entiendes lo que es el pecado. La Biblia nos dice: “Pues el pecado es infracción de la ley” de Dios (1 Jn. 3:4). Por lo tanto, el pecado es cualquier falla en cumplir la ley moral de Dios en nuestras acciones, actitudes o naturaleza —ya sea haciendo o siendo lo que no debemos hacer o ser (pecados de comisión), o no haciendo o no siendo lo que debemos hacer o ser (pecados de omisión)—. El pecado es injusticia y toda injusticia es anti-Dios. En esencia, el pecado es todo lo que está en oposición a Dios. El pecado desafía a Dios; viola su Carácter, su Ley y su Pacto. Se opone, como dijo Martín Lutero, a “dejar que Dios sea Dios”. El pecado apunta a destronar a Dios y se esfuerza por colocar a alguien o a algo más, en su legítimo trono.

La Biblia usa una variedad de palabras para referirse al pecado. Tomados individualmente, significan (1) perder la marca que Dios ha establecido como nuestra meta; es decir, no vivir para su gloria; (2) ser impíos e irreverentes, lo cual es mostrar la ausencia de justicia; (3) transgredir los límites de la ley de Dios; es decir, violar sus límites establecidos; (4) participar en la iniquidad, es decir, desviarse de un curso correcto, mostrar una falta de integridad o fallar en hacer lo que Él ha mandado; (5) desobedecer y rebelarse contra Dios a través de una violación de la confianza o un acto consciente de traición; (6) cometer una perversión al torcer la mente contra Dios y (7) cometer abominación contra Dios al realizar actos particularmente reprensibles ante Dios.

Cada vida —incluyendo la suya y la mía— ha fallado en su objetivo y es irreverente por naturaleza. Cada vida ha transgredido las líneas de las prohibiciones de Dios y se ha comprometido en la iniquidad. Toda vida ha desobedecido la voz de Dios, se ha rebelado contra Él, y es propensa a cometer inmoralidad y abominación. Isaías 53:6 dice que “todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” y Romanos 3:23 dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

Por lo tanto, la depravación total significa que somos violadores de la ley en todo momento. Por naturaleza, nunca amamos a Dios sobre todo o a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estamos en “enemistad contra Dios” (Ro. 8:7), viviendo en una hostilidad activa y frenética hacia Él, y somos “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3). Siempre estamos pecando porque nuestros motivos nunca son del todo puros.

Segundo, la depravación total es principalmente interna, una interioridad que proviene de nuestra profunda y trágica caída en Adán. Cuando pensamos en el pecado, somos propensos a limitarnos a acciones externas como el asesinato, el robo, el homicidio, la crueldad y cualquier otra cosa que sea externa y observable en el comportamiento humano. Pero la Biblia es mucho más rigurosa y radical. No mira simplemente a lo que es exterior, palpable y escuchado; va a las profundidades de la vida humana y dice que el pecado y la depravación existen también allí, en nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestras decisiones, nuestros motivos y nuestras aspiraciones.

Jesús dijo que no es lo que un hombre come o toca lo que lo contamina, sino lo que sale de él lo que lo contamina y afecta todo lo que piensa y hace (Mt. 15:17-20). No es tanto que las acciones o los discursos humanos hayan perdido el objetivo; es que el corazón del hombre ha perdido el objetivo. El corazón mismo del hombre es incrédulo, egoísta, codicioso, sensual y siempre deseoso de desplazar a Dios mismo. Por lo tanto, el mismo deseo de pecar es pecado. Juan Calvino lo dijo de esta manera: “Según la constitución de nuestra naturaleza, el aceite puede ser extraído de una piedra, antes de que podamos realizar una buena obra”.

¿Por qué es esto? ¿Por qué todos somos tan interiormente depravados? ¿Por qué es imposible que el hombre natural produzca justicia? Para responder a estas preguntas, debemos regresar al Paraíso. Allí fuimos afectados por el pecado de Adán de dos maneras. Primero, la culpabilidad de su pecado fue imputada a todos nosotros, así que somos pecadores culpables ante Dios, como Pablo nos dice gráficamente en Romanos 5:18a: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres,…”. Segundo, heredamos la contaminación de su pecado, así que somos pecadores corruptos ante Dios, concebidos y nacidos en iniquidad, como David nos dice gráficamente en Salmo 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. De este modo, somos completamente depravados en nuestro ser interior a través de nuestra caída en Adán, tanto en nuestro estado de culpabilidad como en nuestra condición de contaminación. Isaías dijo que lo mejor de nuestra justicia —es decir, lo mejor de lo mejor de nosotros— es como “trapo de inmundicia” delante del Dios santo (Is. 64:6). Somos peores de lo que podemos imaginar. Jeremías 17:9 dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Calvino declara que nadie sabe ni siquiera el uno por ciento de su pecado. Y un antiguo proverbio común dice: “Si las faltas del mejor hombre estuvieran escritas en su frente, le haría ponerse el sombrero hasta sus ojos”.

Tenemos dos problemas a los ojos de Dios: Tenemos un mal historial y un mal corazón y, el segundo problema es, con mucho, el mayor de los dos. Cuando entendemos nuestra depravación interior en términos bíblicos (Ro. 3:9-20), vemos que esta condición —conocida por el término teológico de pecado original— es una carga mucho mayor que nuestros pecados actuales porque todos nuestros pecados actuales fluyen de la fuente de nuestro pecado original y de nuestro mal corazón. Pecamos porque somos depravados internamente, no porque estemos incapacitados externamente. Por eso Calvino escribe: “Todo pecado debe convencernos de la verdad general de la corrupción de nuestra naturaleza”.

Cuando Pablo vislumbró las profundidades de su depravación, confesó que él era el “principal” pecador entre la humanidad (1 Ti. 1:15). Cuando John Bunyan vio un poco de su depravación interior, dijo que intercambia ría su corazón con cualquiera en toda Inglaterra. Lutero resume bien nuestro problema: “El pecado original está en nosotros como nuestra barba. Hoy estamos afeitados y parecemos limpios; mañana nuestra barba ha vuelto a crecer, y no deja de crecer mientras permanezcamos en la tierra. Del mismo modo, el pecado original no puede ser extirpado de nosotros; brota en nosotros mientras vivimos”

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.